El Area 18

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Congodia se halla en una estratégica situación geográfica y las apuestas se tornan más importantes. Así lo comprende una poderosa corporación multinacional, que decide armar un conjunto capaz de obtener la victoria en el estadio Bombasí. Para ello, recluta a una pandilla de desesperados bajo la capitanía de un hombre que puede llevarlos al éxito: Best Hama Seller.

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CAPÍTULO I


Al fondo, a cien o a lo sumo doscientos metros por delante de la nariz de caprichosa
curva de Seller, debía aparecer la salida. Tenía que aparecer. El aire estaba sorpresivamente
fresco y, quizás, enrarecido. No podía deberse a la profundidad porque, según recordaba el
sirio, no habían descendido demasiado. Las pequeñas luces del techo, protegidas con mallas
de alambre, se mostraban cada vez más espaciadas y el grupo de hombres, al caminar, debía
atravesar ahora cortos tramos de sombra.
Desde el momento en que habían entrado al túnel, el silencio se había apoderado de
ellos como una consigna. Sólo se escuchaba sobre el piso de cemento el resonar de las
pisadas, el disparejo golpeteo de los tacones. En el sensitivo oído de Seller, capaz de captar el
crepitar de la brasa de un cigarro, discurría también el respirar agitado de Obdan, el polaco,
detrás suyo, aún no recompuesto tras la violenta sesión de calistenia previa, allá arriba. Seller
había logrado normalizar el ritmo de sus inspiraciones con el simple recurso de comprimir el
aire que circulaba por su pulmón derecho contra la vena subclavia y luego rebatirlo,
violentamente, contra las paredes de la tráquea. Este procedimiento, que le enseñara un
monje lama en Quito, Ecuador, le devolvía de inmediato el pulso normal y su respiración
tornaba a ser calma y mansa como la de un niño.
La voz estentórea de Dagomir, el cimbreante negro original de Florianópolis, al sur
de Brasil, les sobresaltó.
—¡Escuchen! —repitió Dagomir—. No se oye nada.
Era cierto, el estruendo, aquel ensordecedor estruendo que les llegara
permanentemente desde arriba desde hacía casi dos horas, había cesado. Lo había
reemplazado un silencio denso y sólido, que oprimía los oídos y, podía decirse, vibraba.
—Se callaron —aventuró Seller.
—¿Qué les pasa? —masculló Obdan.
—¡Sigan, sigan! —desde atrás, estentórea, llegó la orden de Muller—. ¡No se
detengan, no hagan caso a nada, sigan!
El grupo continuó la marcha. Bajo el olor penetrante del aceite verdusco que
abrillantaba las piernas de los hombres, tras el agrio tufo a sudor, entre el vaho a almíbar
limonado que despedía su propia colonia, Seller atrapó ahora un espeso aroma a fruta
podrida, a aguas estancadas, a pescado levemente descompuesto que llegaba desde adelante,
desde allá al fondo, quizás desde la salida, flotando por el aire como embalsamado y ya
caliente.
—¡Hace calor acá! —gritó Renault.
—Debemos estar pasando cerca de las calderas —aclaró alguien atrás.
—¿Cuánto hace que estamos caminando?
Eso era bueno, reflexionó Seller. Que hablaran. Que se animaran a hacerlo. Estaban
recuperando el ánimo. Estaban volviendo a manejar la particular excitación gozosa y
enervante previa a los grandes acontecimientos.
—¡Los hijos de puta nos han mandado por otra parte! —se rió, atrás, Pedro.
Salvo Seller, todos rieron e insultaron en voz alta. Alguien empezó a palmear. Era el
momento de cantar. Seguramente quien palmeaba era Muller. Sí, pensó Seller, si aquella
caminata se prolongaba, mejor para ellos. Llegarían a la salida eufóricos, desbordados,
agresivos y feroces como un pelotón de rinocerontes enardecidos, como una piara de
chanchos salvajes. Así le habían contado que lanzaban los toros a la lidia.
Palmeó al compás y abrió la boca para atacar la canción marcial. Fue cuando de
repente, arriba, estalló en mil pedazos el silencio y un fragor alucinante sacudió incluso la
tierra, rebotó acrecentándose entre las paredes del túnel, desgarró los tímpanos de todos y
llegó a despeinar el prolijo cabello de Obdan, el polaco. Se detuvieron como si hubiesen
chocado contra la misma masa sonora que caía desde allá adelante, cual una inmensa y
ensordecedora ola, golpeándoles.
Dagomir giró la cabeza y miró hacia atrás; su piel negra había tomado la tonalidad de
la pizarra, de la mica muy ajada o la de una roca de basalto que ha perdido el feldespato. La
gritería, tremenda, aunque pareciese imposible, seguía in crescendo dando la impresión de
que en cualquier momento las gruesas paredes del túnel se partirían pulverizadas por el
ruido.
Seller sintió que le tocaban el hombro. Se dio vuelta y vio cómo Obdan le gritaba algo.
Gritaba a tres centímetros de su cara, pero no le escuchó. Era como intentar comunicarse en
el vórtice del tifón "Magdalena" de las Azores o en la pista central de "Mármara", la
restallante discoteca de Estambul. Acercó su oído a la boca de Obdan.
—¡Sigan, sigan! —le señaló Obdan hacia el frente. Seller golpeó el hombro de Jerry,
delante suyo, y con la mano le indicó que continuaran el camino. Jerry se volvió para gritarle
algo, pero Seller no lo escuchó, sólo vio las flácidas facciones del yanki agitándose en el aire,
como un pez abisal, tal vez insultando. Jerry Kaminsky había sido piloto de prueba del F-14
y su rostro, achatado, estrujado y distendido por las velocidades superiores al Mach 2, nunca
había recobrado la tonicidad muscular original. Especialmente desde aquella dura tarde en
que una gallineta montera reventó el vidrio de su carlinga.
El grupo había reiniciado la marcha. Seller volvió la cabeza y observó a Dagomir. Se
lo notaba nervioso y retorcía entre sus dedos el collar de cola de iguana. Mister Muller,
conocedor de ciertas flaquezas anímicas del moreno, había encomendado a Seller la custodia
y el respaldo moral de Dagomir Lula Mario Lobo Marchessi. La vista experta de Seller se fijó
solamente en los lagrimales mórbidos y rosáceos del negro. Contó las palpitaciones. Se
tranquilizó: Dagomir resistiría.
El sirio tropezó de repente contra la espalda de Jerry. De nuevo se habían detenido.
Adelante, el pasadizo se abría en dos direcciones. No se veía ninguna indicación y por otra
parte la luz era cada vez más escasa. Dagomir y también Gianni pretendían pedir
instrucciones hacia la retaguardia del grupo. Era totalmente imposible hacerse oír. Seller giró
su enrulada cabeza buscando con la mirada a Muller. Lo vio semioculto por Ted,
congestionado bajo su gorra a cuadros, haciendo señas de que debían tomar el túnel de la
derecha.
—¡A la derecha, a la derecha! —se desgañitó Seller innecesariamente, porque ya
Renault había continuado la marcha hacia ese lado.
El estruendo no había disminuido absolutamente nada. Sin dejar de caminar, el sirio
introdujo su mano derecha por debajo de una de sus medias y arrancó del reverso del
protector de aluminio que cubría su pierna diestra una mata de algodón apelmazado. Lo
separó en dos pedazos y se los introdujo en las orejas. La opresión del fragor no desapareció,
pero al menos ya no parecía que tuviese el cráneo ceñido por un aro de acero ardiente. Esa
precaución debería haberla tomado Billy "el Asqueroso", antes de salir, maldijo Seller.
En ese instante volvieron a detenerse. Dagomir intentaba explicarle algo y gesticulaba
como poseído, señalando hacia la pared. Adheridos a ésta se veía cerca de una docena de
voluminosos hongos blanquecinos, acanalados en la base y con la piel tan rugosa como la de
un hipopótamo. Chorreaban una melaza densa que había formado un charco junto a la
pared. Seller se abrió paso enérgicamente hacia los primeros hombres y observó los hongos
ante la atención de todos. Cortó uno de los más pequeños y lo masticó. Sabía a orín y su
consistencia era la misma que hubiese resultado de masticar un batracio nonato. Seller
reprimió una arcada. Tiró el resto del hongo.
—¡Ya pasamos por aquí! —gritó—. ¡Son los mismos hongos!
No pudieron escucharlo, pero los gestos del sirio eran por demás gráficos. El
desconcertado grupo tornó sobre sus pasos.
—¡Hemos estado dando vueltas en círculo! —casi lloriqueó Zorba.
Tras el giro, Muller había quedado al frente de la expedición, pero al percatarse de
ello, se recostó contra una de las paredes dejando pasar a todos para mantener un puesto en
la retaguardia, junto a Billy "el Asqueroso".
El férreo ordenamiento previo se había perdido. Mister Muller había previsto un
pelotón encabezado por un cuarteto de choque constituido por Renault adelante, casi como
pionero, y, dos pasos tras de él, Gianni, Zorba y Seller. En el medio, Obdan, Oscar Rómulo
Garfagnoli, Jerry y Dagomir. Cerrando el pelotón con la apoyatura de Massimo, Ted y Pedro
adelante de mister Muller, Billy "el Asqueroso" y los mellizos Heineken. Pero los cambios de
dirección, que ya sumaban ocho, la imposibilidad de comunicarse, los nervios, el
aturdimiento y la premura por salir de aquella ratonera, habían distorsionado el perfecto
diagrama elaborado por el cerebro alemán. Seller, decididamente, tomó la cabeza del grupo,
buscando la salida, la luz final. Ya no percibían ni el sonido de sus propios pasos. Y Seller
comprobó que hacia el frente la luz se atenuaba paulatinamente hasta convertirse en una
pétrea oscuridad, cerrada y cruda.
Volvió la cabeza y vio detrás suyo los ojos enrojecidos y espantados de Massimo.
Miró hacia arriba antes de recomenzar la marcha y advirtió por primera vez en ese nuevo
segmento de túnel una especie de riel que corría adosado al techo. A pesar de su capacidad
deductiva, Seller no llegó a precisar de qué podía tratarse y tampoco era el momento de
entretenerse en investigaciones complejas. El grupo debía continuar la marcha rumbo a la
oscuridad.
Seller estiró los brazos hacia ambos costados del cuerpo hasta casi rozar las paredes
laterales del pasadizo y avanzó. Pronto dejaron atrás la desmayada luminosidad de la última
lamparilla superior y caminaron en la más total de las negruras. Seller adelantaba sus pies
con cuidado, con la atenta morosidad de un bailarín ritual tailandés, tanteando el camino,
lentamente pero sin detenerse. Las manos de Massimo se sujetaban a sus hombros y suponía
que todos estarían haciendo otro tanto con el que les precedía, conformando un casi infantil
encolumnado ciego y medroso. Sentía el sirio, cada tanto, en la punta de los dedos, el roce
áspero de las paredes. De pronto algo le mojó los tobillos, notó agua bajo sus botines,
humedeciendo el grueso tejido de las medias, infiltrándose insidiosamente bajo los
protectores de aluminio que ceñían sus pantorrillas.
—¡Agua! —dictaminó, confuso. Pero no se detuvo; el nivel del agua, al parecer, no
crecía. Era tibia, casi caliente. Por un momento sintió desaparecer la presión de las manos de
Massimo sobre sus hombros.
Aquello lo desconcertó. No era posible que los demás hubiesen abandonado la
marcha dejándolo solo, allí dentro. Sin embargo, antes de darse vuelta, volvió a sentir las
manos de Massimo depositándose, aferrándose a sus protuberantes clavículas. Bajo el agua
que cubría sus pies, algo carnoso le golpeó el tobillo. Levantó instintivamente el pie derecho
mirando hacia abajo, pero la oscuridad era impenetrable. Un sudor helado le congeló el labio
superior. Pensó en una manta raya. De repente vio un reflejo de luz quebrado en las ondas
del agua. No podían ser peces luminosos, era sólo un reflejo. Elevó la vista y vio al fondo,
lejos, una luz.
—¡La salida! —gritó.
La luz se fue agigantando, su diámetro fue creciendo. No era la salida, era un foco.
Un foco que se acercaba a gran velocidad desde la lejanía. Seller sintió en la punta de sus
dedos que las paredes del túnel temblequeaban, y aun dentro del pavoroso estruendo que
siempre los rodeaba, detectó el trepidante lanzazo de un silbato.
—¡Un tren! —gritó al tiempo que las manos de Massimo sobre sus hombros se hacían
garras que amenazaban destruirle las clavículas.
En una infinitesimal fracción de tiempo recordó el riel en el techo, vio abalanzarse
sobre su cuerpo el ya enorme foco como suspendido en el aire y se echó hacia atrás
esperando el impacto. Era el final. Cerró los ojos y cuando los abrió de nuevo la oscuridad
impregnaba todo, estaba arrodillado sobre los diez centímetros de agua caldeada y los
brazos de Massimo le rodeaban el cuello. Otra mano, desconocida, se retorcía bajo sus
glúteos empapados. Había sido tan sólo un foco, un foco adosado al techo, deslizándose por
aquel riel superior a enorme velocidad, lo que había pasado como una exhalación sobre sus
cabezas.
Seller se reincorporó de un brinco, furioso.
Estaban procurando asustarlos con recursos dignos del más barato de los parques de
diversiones. Reemprendió la marcha, decididamente. Pronto un par de manos se aferraron a
su cintura. Podía ser Massimo o cualquier otro. Con seguridad nuevamente el precario orden
se habría ido al demonio ante aquel foco volador que había pasado sobre sus cabezas cual un
cometa Halley de utilería.
Buscó con la punta de sus dedos las paredes laterales y comprobó que lograba
tocarlas con las palmas de las manos. Aquello se iba estrechando. No había dudas. En tanto
caminaba, advirtió que las paredes ya se encontraban a escasos diez centímetros de cada uno
de sus hombros. Tuvo una alarmante presunción y levantó su mano derecha violentamente,
estrellándola contra el techo que se hallaba ahora apenas a veinte centímetros sobre su
cabeza.
Apuró el paso sintiendo cómo el agua tibia se arremolinaba bajo sus botines
anegados. El túnel no había continuado estrechándose, al menos, pero de todos modos no se
veían luces adelante todavía.
Seller detectó entonces una vibración. Primero fue un ligero temblor, un
estremecimiento, un parpadeo del aire, que adjudicó a su cuerpo destemplado. De inmediato
desechó esa posibilidad. Era un hombre hecho, e incluso deshecho, en la fragua de la
expresión corporal, un hombre que controlaba y conocía todos los recovecos de su
organismo como a las palmas de sus manos, y a las palmas de sus manos como al mapa
orográfico de Siria, su tierra natal. Y precisamente allí, en las palmas de sus manos, estaba
recibiendo ya un golpeteo histérico de las paredes, un sacudirse ostensible del techo. Bajo sus
pies, el agua caldeada tomó vida y salpicó más arriba de las rodillas. El piso en la oscuridad
pareció irse y venir para tornar a alejarse, y una suerte de terremoto con distintos epicentros
hizo que el grupo detuviera la marcha y que todos manotearan con angustia las paredes
esquivas. Tras tres minutos de temblores, las sacudidas tendieron a disminuir, no así el
estruendo, que en ningún momento, tras la corta interrupción, había menguado de nivel.
Seller aprovechó, arrancó violentamente hacia adelante, se desprendió por un
instante de las manos que lo tomaban de la cintura pero que de inmediato volvieron a
atraparlo. Debían salir de allí. De pronto, como una aparición, allá al frente, vio una luz. Una
luz neta y brillante. Un destello.
—¡Allá, allá! —gritó sin que nadie lo escuchara, pero estimó que los demás también
deberían haberla visto. Estaría a trescientos metros de ellos y a medida que se acercaban las
vibraciones volvían a hacerse más y más notorias.
Un fino polvillo, como una llovizna alcalina, comenzó a desprenderse del techo y se
pegoteó en los transpirados rostros. El túnel comenzaba a hacerse más amplio y ya la
luminosidad que llegaba del fondo hacía adivinar el final. También el agua parecía haber
desaparecido. Seller consideró la posibilidad de correr hacia la luz, pero el movimiento del
piso lo tornaba peligroso. Con la boca hecha una lanilla, el sudor que insistía en
introducírsele en los ojos y el corazón saltándole en el pecho, trotó seguido por el grupo de
desesperados. La luz iba cobrando más nitidez y una blancura irreal. Pronto todos quedaron,
jadeantes, al pie de la escalinata de cemento que los llevaría al exterior. Era una escalera muy
larga, mucho más de lo que ellos hubiesen imaginado.
—Estamos más profundo que lo que suponíamos —carraspeó Seller.
De cualquier forma era casi imposible precisar el verdadero final de la escalera, dado
que la luz, en lo alto, enceguecía.
Se volvió hacia los demás y vio rostros demudados, ojos dilatados por el temor y la
expectativa. Tras el grupo, también advirtió las mandíbulas apretadas, las tensas venas del
cuello de mister Muller, que le gritaba algo.
—¡Suba, suba!
No era necesario escucharlo para adivinar la orden. Seller tragó saliva y miró hacia
arriba. La escalinata le recordaba a aquellas que llevaban hasta la cúspide de ciertas
pirámides aztecas, hacia las piedras de sacrificio. Pisó el primer peldaño. Algo le golpeó la
espalda y cayó a sus pies. Era Dagomir, aferrado torpemente de un brazo por Obdan.
—¡No quiero salir, no quiero salir! —gritó el negro, crispado.
Muller se abrió paso entre el grupo y pegó un puntapié al brasileño en un muslo.
—¡Arriba, arriba, afuera, vamos!
—¡Tiene una crisis! —intercedió alguien. Billy "el Asqueroso" se abalanzó sobre él
destapando el frasco de sales reactivantes. En realidad era un engendro de su invención,
consistente en menta, amoníaco, granos de pimienta, formol y purpurado tóxico de
permanganato sódico. Una inspiración tan sólo de su aroma hubiese podido reanimar
incluso a una tortuga disecada. Dagomir le arrancó el frasco de la mano y bebió dos tragos
con desesperación, posiblemente confundiéndolo con agua. Abrió la boca entonces de una
manera espantosa, las órbitas retuvieron a los ojos en un esfuerzo titánico y se tomó el cuello
con las manos como para ahorcarse. Seller saltó junto a él y lo enderezó apresándolo por los
hombros.
Calculó el golpe y le asestó un impresionante mandoble con el filo de su mano
derecha abierta. Casi en la sien izquierda del negro, sobre la oreja. La cabeza del brasileño se
agitó como una peonza y pareció que nunca volvería a la quietud. Cuando se detuvo,
Dagomir miró fijamente hacia adelante dando la impresión de que jamás hubiese visto a sus
compañeros.
—¿Qué hacemos acá, por qué no salimos? —balbuceó confuso.
Fue una inyección de ánimo para todos. Seller tomó la delantera y comenzó el
ascenso.
Allá arriba, algo bullía, hirviente, rabioso, como el interior de un caldero con
serpientes.
Allá arriba, un animal monstruoso, multiforme, destrozaba el aire calcinado y tenso
de la noche con un fragor de alaridos insoportables.
Allá arriba, el calor mismo palpitaba, agazapado, esperando con furia, que asomara la
enrulada cabellera del sirio.
Seller continuó subiendo, entumecidos ya los músculos recios de sus piernas, viendo
agrandarse escalón a escalón el rectángulo de luz enceguecedora. Cuando faltaban apenas
diez peldaños para alcanzar el nivel del piso, una oleada de vapor tropical húmedo lo
envolvió como si se hubiesen abierto de golpe las puertas de un horno. Les llegó a todos un
olor abigarrado a papayas, a mangos, a mangles, a macachines, a césped mojado, a
transpiración, a naranja, a cigarro de hoja.
—Hay anís también —especificó Seller.
Alguien, desde atrás, le alcanzó el balón. Palpar la fresca porosidad del cuero, seguir
con los dedos las canaletas demarcatorias de los gajos, lo tranquilizó un poco. Era el
momento de salir, lo que habían esperado tanto tiempo. Habría que cuidar el andar, el paso,
el primer impacto teatral de la aparición.
"Cabeza alta, dientes apretados, mirada al frente, pecho adelante, el balón sostenido
con la mano izquierda sobre la cintura, la otra mano con puño cerrado, o bien, acomodando
como al descuido la tela del pantalón sobre los testículos, tocando la protuberancia
masculina de los testículos. Como para que vayan sabiendo…", recitó mentalmente el sirio,
tal cual lo había practicado mil veces durante la preparación.
Saltó los dos últimos escalones y así, tras la figura ágil y fibrosa de Best Seller, bajo el
ensordecedor griterío de ciento veinte mil desaforados, los Mapaches Aulladores del Spartan
Soccer de Dyersville (Iowa) fueron pisando, uno a uno, y por vez primera la tierna grama del
Bombasí Stadium, el inexpugnable reducto de la escuadra local.

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