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Crueldad y civilizacion – Los juegos romanos

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NOTA PRELIMINAR
De todos los monumentos que nos han legado los romanos, los anfiteatros son los más imponentes y, sin lugar a dudas, los mejor conocidos por el público —tal vez porque algunos de ellos, diseminados por los territorios que constituyeron el Imperio, aparecen todavía casi intactos—. Todo el mundo sabe también qué clase de espectáculos —escándalos organizados podríamos decir, como han subrayado a menudo los historiadores— tenían lugar tras aquellas arcadas a las que los arquitectos romanos prestaron una nobleza que alcanzaba los límites de la grandilocuencia.

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¿Una mentalidad particular?
¿Quién de nosotros no recuerda la angustia y la fascinación horrorizada experimentadas ante las imágenes que aparecen en los libros de lectura de la escuela primaria entre las chozas de los primeros pobladores de nuestro país y los sólidos contrafuertes sobre los que se yerguen los primeros torreones de la Edad Media? Un gladiador, de movimiento torpe y rígido a causa de su armadura, se inclina, rodilla en tierra, mientras levanta hacia las tribunas, apenas esbozadas, su visera arqueada y extrañamente agujereada, en tanto que su mano derecha dirige hacia el hombre que yace a sus pies la espada curva con la que acaba de vencerle —y su calma, la mesura de sus ademanes, su indiferencia no son, para el niño que contempla la escena, los menores motivos de estupefacción—. Más allá, la leona se dispone a saltar sobre el condenado cuyo vestido casi transparente se arremolina alrededor de la víctima; más lejos, algunas frágiles siluetas se apretujan entre sí ante otra fiera que avanza hacia ellas; o tal vez ésta descansa, tranquila, con las patas replegadas sobre una masa informe, desafiando a un público cuya esquematización parece aumentar su densidad.

 

En cierto sentido, esas imágenes algo traumatizantes nos enseñan lo que en este caso nos importa saber: que la vida de un hombre no siempre ha tenido el valor que nuestra moral se esfuerza en darle; en otros tiempos pudo ser un objeto, y la muerte el instrumento de una diversión colectiva. Pero al «porqué» de naturaleza metafísica que semejante descubrimiento sugiere generalmente en el niño, poca respuesta le da el texto explicativo que figura al pie de la imagen: estas escenas se graban en nuestra mente por la fuerza conjugada de lo monstruoso y lo inexplicable que muestran. Y su aparente gratuidad nos incita poco a poco a atribuir la violencia que nos revelan a una crueldad exclusiva de los romanos: prejuicio que ni un contacto más estrecho con el mundo antiguo consigue corregir.

 

La verdad es que nada hay más incompatible con la mentalidad romana, en lo que tiene de específico, que la forma de crueldad llamada sadismo, sin la cual es difícil explicarse la persistencia y el éxito de algunos de esos «juegos» que han llegado a ser siniestramente célebres.

 

En una medida muy amplia, semejante crueldad es gratuita: destruye y consume sin provecho, para satisfacer una pasión, o, como suele decirse, por puro placer. Es un lujo. Ahora bien, el romano no es solamente realista, sino también rigurosamente esclavo de lo útil: el sacrificio de lo que puede representar una riqueza, llevado a cabo con la intención de satisfacer un instinto, una inclinación, un sentimiento puramente subjetivos, significa a sus ojos una falta grave, una ofensa al más elemental principio de su moral. Y ello es cierto, tanto para las cosas pequeñas como para las grandes: existía, por ejemplo, en Roma, una serie de leyes que prohibían la pérdida de riquezas que ocasionaba la costumbre de quemar y enterrar con el muerto algo de lo que le había pertenecido. Y, ciertamente, los romanos no enterraban con él, como con el Gran Khan, a su mujer y a su caballo, sino pequeños objetos o animales domésticos como gatos o pájaros. Con mayor razón todavía, la ley obligaba a abstenerse de inundar la pira con perfumes costosos, o de poner oro en el féretro, con la excepción, formalmente especificada, de aquel oro que el difunto pudiera llevar en la boca.

 

Si no cedían al despilfarro a que incita el dolor, los romanos también ofrecían resistencia al que dicta la venganza: trataban generalmente al vencido con una generosidad cuidadosamente calculada; así evitaban atizar un deseo de desquite más o menos latente y preservaban un territorio que para ellos se había convertido en un capital. El aniquilamiento, la matanza despiadada era para ellos un último recurso frente al adversario irreductible; tal fue el caso de Cartago, o el de las hordas bretonas que fueron exterminadas en masa en los anfiteatros porque eran demasiado indómitas para ser aprovechadas como soldados, y demasiado salvajes para servir de esclavos: únicamente eran buenas como enemigos. El realismo y la prudencia imponían entonces el recurso a las violencias extremas.

 

Otras veces castigaban para desalentar la rebelión y la infidelidad; en este caso continuaban obrando por cálculo, y no por instinto sanguinario. No puede confundirse con la crueldad la dureza a veces excesiva, pero nunca arbitraria, de que los romanos dan prueba incluso contra ellos mismos: ni el general que manda arrasar una ciudad, ni el que arroja a los desertores a las fieras se comportan como déspotas; uno y otro sancionan la enormidad de un crimen mediante la elección de un castigo inédito, a la medida de la vergüenza que recae sobre los culpables.

 

Sin duda, esos sentimientos pudieron, con el tiempo, cambiar, o por lo menos matizarse. Pero este breve análisis muestra claramente que no existe ningún vínculo necesario entre la conciencia específica del romano y la crueldad que suponían ciertos juegos en boga entre el público, y que, incluso en una considerable medida, resultan contradictorias entre sí. Sería, pues, completamente vano atribuir su desarrollo y su éxito a una «mentalidad» particular: los espectáculos que han suscitado la reprobación de la posteridad son un producto, en cierto modo paradójico, de la historia; y el gusto por la sangre, si ha existido, es en Roma donde empezó.

 

Más adelante intentaremos hallar explicaciones a esta paradoja de una civilización que nada concedía al placer y a la fantasía, y que, sin embargo, terminó por organizar y dispensar con profusión los placeres menos honestos y las más locas extravagancias. Pero nuestro propósito no es escribir una historia que debería abarcar diez siglos aproximadamente. Nos limitaremos, en este campo, a presentar los elementos indispensables para la comprensión de los cuadros que luego describiremos.

 

Es difícil imaginarnos en nuestro tiempo, a causa del carácter algo mítico que para nosotros revisten, hasta qué punto los juegos figuraban entonces entre los aspectos más corrientes de la vida pública. Podemos decir, incluso, que la invadieron. Determinan el vacío y la afluencia en la ciudad, el silencio y el alboroto. Imponen un ritmo a la existencia y suministran alimento a las pasiones. Todo el mundo espera el espectáculo con impaciencia, lo comenta, lo aplaude, lo abuchea con frenesí. Por costumbre, por ociosidad, por fanatismo, un pueblo entero se hacina en las graderías del circo o del anfiteatro, como en un templo con ritual propio: en Roma existía, sin duda, una sensibilidad especial con respecto al anfiteatro, como existe entre nosotros un gusto particular que lleva a la gente a las salas del cine, independientemente de la película que se proyecta.

 

Chateaubriand, en una prosa que, a pesar de su grandilocuencia, en ocasiones ofrece los auténticos colores de la vida, quiso describir la grandiosidad y la barbarie de aquellas reuniones: «Entretanto, el pueblo se congregaba en el anfiteatro de Vespasiano: Roma entera había acudido para beber la sangre de los mártires. Cien mil espectadores, unos cubiertos con un faldón de su túnica, otros protegidos por sombrillas, se apretujaban en las graderías. La muchedumbre, vomitada por los pórticos, bajaba y subía a lo largo de las escaleras exteriores y tomaba asiento en los escalones revestidos de mármol… Tres mil estatuas de bronce, gran cantidad de cuadros, de columnas de jaspe y de pórfido, jarrones preciosamente labrados, decoraban la escena…
»En un canal excavado alrededor de la arena nadaban un hipopótamo y varios cocodrilos; quinientos leones, cuarenta elefantes, tigres, panteras, toros, osos acostumbrados a destrozar cuerpos humanos, rugían en las cavernas del anfiteatro. Unos gladiadores no menos feroces enjugaban aquí y allá sus brazos ensangrentados. Junto a los antros de la muerte, se levantaban lugares de prostitución pública: cortesanas desnudas y mujeres romanas de alta condición aumentaban, como en tiempos de Nerón, el horror del espectáculo, e iban, rivales de la muerte, a disputarse los favores de un príncipe moribundo. Añadid a este cuadro los aullidos de las ménades tendidas en las calles y expirando bajo el esfuerzo de su dios y conoceréis todas las pompas y todo el deshonor de la esclavitud.»

 

Sería absurdo criticar los medios empleados por el escritor para lograr el efecto deseado. El historiador debe admitir, por lo menos, que en aquellas asambleas había algo que rebasaba la medida, una especie de profusión «bárbara». Con todo, apresurémonos a añadir que, tras aquel decorado imponente, el observador novato no debía tardar en discernir la rutina del hormiguero.

 

Antes del alba, una muchedumbre vocinglera hace cola frente al anfiteatro, esperando el momento de conseguir, a fuerza de golpes y empujones, las mejores plazas de una especie de galería situada en la techumbre del edificio, donde el calor es abrumador cuando no sopla un viento seco. Los demás espectadores —la mayoría— subirán tranquilamente, billete en mano, las empinadas escaleras: son los que tienen derecho a un asiento en las graderías, cuya atribución les es garantizada por un escrupuloso servicio de orden. Han tenido tiempo para llenar su estómago, para arreglarse, y algunos de ellos alquilarán, antes de dirigirse hacia sus respectivos asientos, una modesta almohadilla al empleado cincuentón, ya que el estar sentado en la dura piedra causa entumecimiento. Pero los primeros, los de la galería, por miedo a perder su puesto, no han tenido más remedio que traer consigo un tentempié: comen y beben sin preocuparse de la compostura, incluso en presencia del Emperador. Un día, Augusto mandó decir a un espectador, por mediación del heraldo, que él, en semejante circunstancia, se iría a su casa. El hombre contestó: «Sí, pero tú no te expones a perder el sitio…»

 

Originalidad de los espectáculos en Roma: los «juegos».


En Roma, los espectáculos eran gratuitos. Representaban para el ciudadano un derecho, y no un lujo que cada cual puede pagarse según sus gustos y sus medios. La ciudad aseguraba las diversiones al pueblo —llegando a organizar banquetes donde cualquiera puede participar al lado de los ricos, o, si así lo deseaban, en la misma mesa de éstos—. Este principio suponía una organización en el sentido estricto de la palabra. Los espectáculos, en su conjunto, eran manifestaciones regulares que se inscribían, cada año, en el calendario oficial por el que se fijaban las fechas de los ludi o juegos celebrados en honor de los dioses. Hay que advertir, no obstante, que, a partir de una determinada época, aparecen espectáculos extraordinarios, presentados por iniciativa de altas personalidades. En este caso se trata de espectáculos propiamente dichos, independientes de toda motivación y origen religioso.

 

Si prescindimos de esas distinciones de orden jurídico o religioso y las vinculaciones que tienen entre sí, podemos distinguir seis formas de espectáculos, entre los cuales las carreras de carros (Ludi Circenses) eran, con mucho, los más frecuentes y populares. Los combates de gladiadores deben ser considerados aparte, por cuanto son relativamente menos frecuentes que los juegos del circo y, precisamente por esta razón, apreciados como un manjar exquisito. A menudo, solían celebrarse juntamente con la venatio, la «cacería», espectáculo muy variado cuyos protagonistas eran los animales: en esta ocasión era cuando se arrojaban reos de muerte a las fieras. Pero la venatio no se reducía, en modo alguno, a esa especie de carnicería que, incluso a los ojos de los romanos, era considerada como algo vil y degradante. Al lado de esos espectáculos que todo el mundo conoce, existían otros de un tipo harto particular: las «naumaquias», unos combates navales librados en un gran estanque, y lo que podríamos llamar «dramas mitológicos», representaciones teatrales de naturaleza muy especial que tenían lugar, no en la escena, sino en el circo propiamente dicho.

 

Finalmente, en el calendario de los «juegos» se reservaban cierto número de fechas para representaciones teatrales. Pero el teatro formaba, bajo sus distintos géneros, un mundo aparte que ya ha sido objeto de estudios particulares y del que nosotros no nos ocuparemos aquí.
 
 

CAPITULO PRIMERO
DEL RITO AL ESPECTÁCULO: LOS COMBATES DE GLADIADORES
Aparición de los combates de gladiadores


Estos combates empiezan a celebrarse en Roma mucho tiempo después de los juegos del circo, en el año 264 antes de Jesucristo, como un rito funerario reservado exclusivamente a la aristocracia: en dicho año, en efecto, los hijos de Junio Bruto, descendientes del gran Bruto, decidieron honrar la memoria de su padre haciendo luchar a tres parejas de esclavos, según una costumbre que no era de origen romano. Aun cuando esos primeros gladiadores, llamados bustuarii, tomaran su nombre de bustum, palabra que se refiere a la tumba o a la hoguera en que era incinerado el cadáver, no parece que los gladiadores lucharan a muerte, como se dice a veces por una simplificación del lenguaje, «ante la tumba» del difunto. Lo que sí podemos suponer es que se celebraban algunos días después de las exequias —probablemente unos nueve días—, cual un espectáculo más entre los juegos fúnebres con que tradicionalmente se cerraba el período oficial de luto en honor de un gran personaje fallecido.

 

El primer combate a que acabamos de referirnos tuvo lugar en el forum boarium, es decir, el mercado de bueyes; a partir de entonces se estableció la costumbre de celebrar esa clase de manifestaciones en el Foro. Hacía ya mucho tiempo que el lugar no era «el campo de sauces y de cañas estériles» cantado por Ovidio, ni la necrópolis regada por un riachuelo que los arqueólogos han descubierto. Tampoco había allí las carnicerías y verdulerías que otrora bordeaban la plaza: habían sido sustituidas por unos comercios más nobles cuyas fachadas se adornaban con escudos apropiados durante la guerra con los samnitas. Las tiendas, distribuidas en dos hileras, y los templos de Vesta y de la Concordia, delimitaban imperfectamente una arena rectangular. La plaza, ya en aquella época, estaba adornada con numerosos monumentos cuya severidad quedaba sólo atenuada por las techumbres cubiertas de tejas rosadas. Acababan de colocar cerca de los Espolones un reloj de sol traído de Catania, el cual durante un siglo indicaría a los romanos una hora ligeramente inexacta.

 

Aun cuando el marco en que se celebraban, como vemos, no tuviese nada de salvaje, aquellos primeros combates debieron ser algo rudos y primitivos, ya que ningún preparativo, ninguna puesta en escena complicada atenuaba o sublimaba la brutalidad de la lucha. Más tarde, los organizadores tuvieron la idea de colocar alrededor del Foro unas hileras de asientos destinados a los espectadores; pero, al principio, los espectadores —entre los cuales no podía haber mujeres— se colocaban donde buenamente podían, principalmente en unas galerías construidas sobre las tiendas que había en los lados más largos de la plaza. De pie y con la cabeza descubierta, ya que tenían conciencia de asistir, más que a una diversión, a una ceremonia en cierto modo sagrada, los concurrentes contemplaban cómo la sangre corría por el empedrado del Foro: la proximidad del espectáculo confería a la efusión un carácter violento y fuertemente emocional; por decirlo así, «mágico».

 

Los gladiadores luchaban por parejas; en aquella época todos iban armados de la misma manera, al estilo samnita: un escudo alargado, rectangular, una espada recta, casco y grebas. Por desgracia, desconocemos muchos detalles sobre la organización de esos combates. Los historiadores nos han transmitido únicamente el número de parejas que tomaban parte en ellos: aumenta regularmente, pasando de 3 a 25, luego de 25 a 60 en menos de un siglo. Estas cifras no deben hacernos perder de vista que en aquella época los combates de gladiadores conservaban el carácter de manifestaciones excepcionales. Con frecuencia iban acompañados de un banquete que se celebraba en la misma plaza del Foro. Dichos espectáculos fueron designados con el nombre de munus (en plural, munera, regalo), no por el hecho de que fueran una largueza de la que el pueblo podía beneficiarse, sino porque, según una tradición que nos transmite Tertuliano, representaban ante-todo un «deber» para con los muertos.

 

La sangre de las sombras


Así pues, antes de convertirse en un espectáculo aclamado por la compacta muchedumbre que llenaba el Coliseo, los combates de gladiadores fueron un rito celebrado en el recogimiento de las ceremonias sagradas. ¿Cuál fue el sentimiento religioso que llevó a los romanos a adoptar esos juegos macabros? ¿Qué rito arcaico y bárbaro resucitaron, revivificaron o sustituyeron?
Los propios romanos lo habían olvidado y, por otra parte, la cuestión les preocupaba poco. El origen de esos combates es oscuro: procedían, probablemente, de Etruria, a través de la Campania, donde, según Jacques Heurgon, debieron encontrar «su pleno desarrollo y su forma clásica» antes de implantarse en Roma. Su significación exacta no es menos borrosa. Alguien ha sostenido que la sangre vertida por los gladiadores era un tributo exigido por los dioses devoradores de hombres que en aquella época todavía poblaban algunas costas del Mediterráneo. Pero los textos invocados para apoyar esta tesis parece que fueron dictados, como manifestó el llorado Georges Ville, por la propaganda cristiana con el propósito de desacreditar al paganismo.

 

Es más juicioso atenerse a las lacónicas noticias dadas por Festus: «Había la costumbre —escribe— de sacrificar prisioneros sobre la tumba de los guerreros valerosos; cuando se hizo patente la crueldad de este uso, se decidió sustituirlo por combates de gladiadores ante la tumba.» De ser así, los combates supondrían una suavización de las costumbres, en virtud de la cual, un pueblo todavía esclavo de las antiguas supersticiones habría dado, por decirlo así, una forma «civilizada» a los sacrificios humanos. Y los gladiadores, que sustituían a la víctima amarrada, representaban un papel parecido al de los maniquíes de mimbre que eran arrojados, atados de pies y manos, el 14 de mayo, por encima del puente Sublicio, en lugar de las víctimas vivas a las que antaño se reservaba esta suerte. Pero en los juegos de gladiadores, la sustitución engendraba el drama en vez de crear el símbolo.

 

La sangre de los gladiadores era, pues, derramada en memoria de los muertos. Tenía por objeto, como a menudo se ha dicho, «apaciguar sus espíritus». Fórmula cómoda, pero ambigua. Mediante el pago de esta deuda, parece ser que se trataba de precaverse contra posibles actos de hostilidad por parte del difunto y, más exactamente, contra su intrusión, siempre temida en el mundo de los vivos. El temor a los muertos no es en modo alguno extraño a la religión romana: en ciertas circunstancias, sus espíritus insatisfechos regresan a la tierra, donde pueden desencadenar calamidades, la peor de las cuales es, sin duda, la de arrastrar a los vivos al otro mundo. Pero este temor estaba conjurado por una disposición muy concreta que limitaba a ciertos días el retorno de los manes a la tierra y definía un conjunto de ritos públicos y privados cuyo cumplimiento tenía por objeto hacerlos inofensivos: la minuciosidad con que eran controladas por Roma las relaciones entre los vivos y los muertos hace casi inverosímil que un rito reservado a algunos privilegiados, y tan excepcional como los combates de gladiadores, haya podido tener la finalidad de prevenir los maleficios de los desaparecidos.

 

Ya que el muerto no es, por naturaleza, un ser agresivo al que hay que desarmar a toda costa, la hostilidad que oculta en sí es latente, y sólo se convierte en esencial en el caso de que hayan sido descuidadas las honras que le son debidas —por ejemplo, si no ha sido llorado y enterrado según los ritos—. El muerto es, por esencia, una sombra sin sustancia, «una cabeza sin fuerza», indistinta, anónima; su condición se define como una «carencia», una demanda sorda y lánguida, pero tenaz, de un sentimiento de realidad.

 

Si esto es así, ¿qué virtud puede poseer la sangre para un difunto, si no es la de operar una regeneración y dar a las almas que «duermen» en la muerte una especie de supervivencia, aunque sea momentánea?

 

La sangre que corre por las piedras del Foro y la que Ulises mantiene a distancia de las almas con la punta de su espada, en el Hades, tienen una misma significación. Hasta que no bebe la sangre, Anticlea, madre de Ulises, no reconoce a su hijo y le dirige la palabra. El divino Tiresias formula la ley implacable que rige el mundo subterráneo: sólo las almas que beban la sangre de los sacrificios volverán a encontrar algo parecido a la vida y la facultad de hablar; los demás se hundirán en el olvido tan pronto como queden alejados de aquella sangre. Se comprende que, para la mentalidad romana primitiva, la sangre humana derramada en honor de un muerto, además de operar aquella regeneración momentánea de que hemos hablado, pudiera asegurarle una supervivencia permanente, es decir, operar una auténtica divinización: no olvidemos que la ofrenda de la sangre se dirige a los guerreros, y que los combates de gladiadores, en Roma, antes de vulgarizarse, eran consagrados a sus antepasados por los miembros de las grandes familias, las cuales, en las postrimerías de la República, inventarán para ellas genealogías divinas.

 

 Esta interpretación, si es exacta, supone, naturalmente, una influencia extranjera. Los romanos, que, como sabemos, lo organizaban todo, no organizaron el mundo de los muertos por la sencilla razón de que al principio no se interesaban por él. Todas sus representaciones sobre el reino de ultratumba las tienen de prestado; un autor ha escrito, sobre la religión romana, «que no hay en ella ninguna representación de un reino de los muertos, de un más allá donde éstos moran. Todo ello aparece y se desarrolla bajo la influencia griega, parcialmente bajo la influencia etrusca». Nada tiene, pues, de extraño que un rito importado se ilumine algo bajo una amalgama de creencias extranjeras.El rito se convierte en espectáculo

 

Felizmente para nosotros, no es en la historia religiosa donde debemos buscar las razones del extraordinario éxito que alcanzaron los combates de gladiadores. Muy pronto, antes incluso del fin de la República, perdieron casi por completo su valor de rito, y podemos hablar ciertamente de «secularización». A partir de entonces, desempeñan en la vida política de Roma el papel concreto y plenamente particular a que les predestinaban por lo menos dos factores.
Por lo pronto, su popularidad, que fue grande ya desde el primer momento. Había poquísimos espectáculos a los que los romanos no hubieran renunciado de buena gana para asistir a un combate de gladiadores: tal vez únicamente se salvaban las carreras de carros, y no es nada seguro, pues dichas carreras, mucho más frecuentes, no gozaban del prestigio que confería a los munera su relativa escasez. Terencio, en todo caso, comprobó a costa suya que el público no vacilaba ni un segundo entre los juegos verbales de sus comedias y los de los combatientes.

 

El segundo factor del problema reside en su carácter privado. Esto requiere una explicación En tiempos de la República, el Estado, o, si se quiere, el Senado, ejerció, por lo menos hasta el día en que su autoridad se volvió irremediablemente vacilante, un riguroso control sobre toda clase de espectáculos. Es el Senado quien establece, dentro del cuadro de las fiestas religiosas, el «calendario de los espectáculos» cuya ejecución confía a los magistrados. El espectáculo tiene, pues, en Roma, carácter de «cosa pública», y, por lo menos originariamente, ya que las cosas se complicaron muy pronto, el magistrado encargado de dispensar las diversiones a sus conciudadanos es solamente un ejecutor constreñido por unas reglas bastante estrictas.

 

Ahora bien, el único espectáculo que escapa a este control es el de los gladiadores. Hasta 105, fecha en que, al parecer, son admitidos a figurar entre los espectáculos oficiales, eran ofrecidos exclusivamente por particulares. Nada limitaba, en este campo, el derecho de iniciativa, reservado, no obstante, como es fácil de comprender, a los miembros de las grandes familias, aunque no fuese más que por razones financieras: ya que, aun cuando en la Roma del siglo II los munera son acontecimientos que interesan a toda la ciudad, los gastos que ocasionan, y los del banquete que a menudolos acompaña dado al pueblo, son sufragados por el particular que los organiza.

 

Dejados, pues, a la iniciativa de cualquier ciudadano adinerado, estos espectáculos, por razón de su popularidad, pasaron a ser un instrumento ideal de propaganda y de publicidad para aquellos que soñaban con carreras fuera de serie y con éxitos electorales fulgurantes: era un medio fácil para ganarse la voluntad de la plebe. El Senado no tardó en darse cuenta de ello. Incluso en la época en que ninguna ambición personal amenazaba todavía su autoridad, mostróse reticente ante esa institución que halagaba los gustos del «populacho». No atreviéndose a prohibirla o atacarla de frente, no hizo nada para asegurar a los espectadores la más elemental comodidad: al comienzo de este capítulo hemos visto las condiciones precarias en que se desarrollaban los combates. Incluso, más de una vez, el Senado tomó medidas para mantener esas incomodidades. De hecho, y la cosa es bien significativa, hubo que esperar hasta el año 20 antes de Jesucristo para que Roma dispusiera de un anfiteatro permanente, de piedra, edificado por Estatilio Tauro.

 

A pesar de esas reticencias, vemos aparecer muy pronto una curiosidad prometedora de un gran porvenir: el munus, que hace época por su excepcional brillantez, el primero de los cuales fue el ofrecido por Escipión, no en Roma, sino en Cartagena, en honor de su padre y de su tío, muertos en España en la lucha contra los cartagineses.

 

Las indecisiones de Curión y las instituciones de César
Para que los combates de gladiadores desempeñaran el papel de instrumento de propaganda electoral, fue necesario esperar a que la descomposición de las instituciones determinara la entrega del Estado a la puja de los generales que aspiraban a la dictadura. Los ambiciosos no escatiman los favores a la plebe que distribuye «fama, mando, magistraturas» (cosas cuya privación equivale a una sentencia de muerte para un hombre político).

 

Esta circunstancia modifica profundamente las características del munus. Ciertamente, su objeto sigue siendo, en principio, honrar la memoria de un pariente difunto, pero, de hecho, cualquier pretexto es bueno para hacer el obsequio de los combates al pueblo: César ofreció un espectáculo de esta naturaleza incluso a la memoria de su hija, cosa nunca vista hasta entonces. Como afirma Cicerón, «ofrecer juegos ya no basta para clasificar a nadie». Pasa a ser una trivialidad. Para realzar el espectáculo y darle una mayor consistencia, se introduce la costumbre de añadir al munus una «cacería», que, durante el Imperio, constituirá su acompañamiento habitual: a partir de este momento, el político de oficio deberá saber procurarse hermosos tigres. Respecto a los combates, alcanzarán una amplitud sin parangón con lo que eran un siglo antes, en los que figuraban, a lo más, 25 parejas de gladiadores: César, que fue un asiduo cultivador de esta clase de publicidad, reunió a más de 300 parejas para un solo munus.

 

Con todo, llegó un momento en que el prestigio de la cantidad ya no bastaba. En épocas anteriores, la plebe consideraba esa clase de espectáculos como un homenaje rendido por los poderosos a su indigencia —homenaje que satisfacía su sentido de la justicia en la medida en que la moral de la antigüedad obligaba a los ricos a entregar a los desheredados las migajas del festín—. Pero más tarde empezó a considerarlos como un derecho, y se mostró cada vez más exigente. Se hizo necesario deslumbrarla, halagar su orgullo con un creciente esplendor. Los organizadores ya no sabían qué inventar. De aquella época data el gusto por el «gran espectáculo», el equivalente anticipado de lo que hoy llamamos «películas de romanos»: así fue como César edil, en los juegos fúnebres ofrecidos en honor de su padre, revistió a los gladiadores con armaduras de plata; esta innovación, seguida muy pronto por L. Murena y C. Antonio, no tardó en pasar de moda a causa de su mismo éxito: al poco tiempo sólo producía sensación en provincias, donde, un siglo más tarde, según registra Plinio, llegó a los municipios más alejados de la capital.

 

Y ahora es cuando podemos hablar de los apuros de Curión. En efecto, ¿qué hacer para sorprender la imaginación de los electores saturada de «sensacionalismo»? Con la circunstancia agravante de que Curión no era un hombre acaudalado y hacía falta muchísimo dinero para soportar semejantes cargas. Cicerón, profundamente hostil, no a los espectáculos en sí mismos, sino al cariz que iban tomando, le aconsejó que se abstuviera. Curión no se rindió a los argumentos más o menos realistas de su corresponsal. Pidió dinero prestado. Y se dio cuenta de que existía un campo poco explorado en el que la innovación podía alcanzar de golpe un sensacionalismo inédito y procurar a su autor, de la noche a la mañana, un número de votos que la virtud predicada por Cicerón, dadas las condiciones políticas del momento, podría muy bien tardar siglos en conseguir. Hasta entonces, los organizadores de juegos sólo habían introducido novedades y mejoras en la puesta en escena, pero nadie había pensado hasta aquel momento, mediados del siglo I antes de Jesucristo, en mejorar un poco el confort de los espectadores: no existía en Roma ningún edificio permanente concebido de manera especial para los combates de gladiadores. Tenían lugar en el circo o, como en el pasado, en el Foro, donde eran montados unos andamios de madera en forma de graderías que al terminar eran desmontados a toda prisa.
Curión, en el año 53, hizo construir dos teatros de madera con forma de hemiciclos griegos, asentados sobre soportes móviles y adosados uno al otro. Por la mañana, se daban allí simultáneamente dos representaciones teatrales distintas: en tal posición, la existencia de dos tabiques medianeros bastaba para aislar las dos escenas y para impedir que el ruido de una de las representaciones perjudicara a la otra. Por la tarde, giraban sobre sus ejes los dos teatros cuyas graderías estaban atestadas de espectadores: «Y he aquí cómo todo el pueblo romano —dijo Plinio el Viejo—, embarcado, por así decirlo, en dos navíos, es llevado sobre dos ejes.» Los dos hemiciclos de madera se unen, desaparecen los tabiques y los escenarios: nace el anfiteatro, ante la sorpresa de los romanos maravillados, y los gladiadores avanzan por la arena.

 

La fórmula, llevada a cabo con demasiada complejidad, presentaba todavía algunos inconvenientes, pero la idea de implantar en Roma un edificio que ya existía en Pompeya estaba en marcha y parecía llamada a tener gran porvenir. Signo de los tiempos, la familia de Curión no gozaba de especial brillantez; aquel hombre no tenía, como dice Plinio, «otra fortuna que la discordia de los grandes». En efecto, gracias a la aspereza de las rivalidades políticas pudo liquidar las enormes deudas que había contraído: las pagó César para hacerse suyo a aquel hombre que más adelante había de prestarle grandes servicios. El hecho de que un particular más bien oscuro dotara a Roma, aunque sólo fuese a título temporal, de unos edificios públicos que le faltaban, muestra en todo caso hasta qué punto de abdicación había llegado el Estado.

 

El Senado intentó, por todos los medios, limitar esa especie de puja en cuanto a la espectacularidad de los juegos. Pero todo quedó, poco más, poco menos, en papel mojado. Mientras Cicerón, en una célebre carta, expresaba respecto a los juegos, mediante unas alusiones plagadas de filosofía, la solapada irritación y la envidiosa ironía de una aristocracia desolada y pasiva, César asentaba las bases de lo que llegaría a ser bajo el Imperio una organización sometida a unos principios claramente definidos. Recoge la idea del anfiteatro imaginado por Curión, la mejora, y da a los combates de gladiadores su marco definitivo hasta la caída de Roma. Dedica una gran atención al reclutamiento y a los entrenamientos de los gladiadores: «Dondequiera que gladiadores famosos lucharan ante un público hostil —dice Suetonio—, debían ser llevados por la fuerza, bajo orden de César, y quedar a su disposición. En cuanto a los aprendices de gladiadores, los adiestraba, no en una escuela ni por medio de maestros de esgrima, sino en casas particulares y a cargo de caballeros romanos, e incluso de senadores hábiles en dicho arte…» Llegó a hacer construir en Ravena una escuela de gladiadores.

 

Creó, finalmente, por lo menos en estado embrionario, el anfiteatro y los ludi imperiales, pues se dio cuenta de que había que dotar al Poder de los medios originales necesarios para mantener a raya a una muchedumbre cada vez más ávida de esa clase de espectáculos.

 

La política imperial


A los emperadores no les quedaba más remedio que aprovechar las lecciones de la experiencia. Como un primer paso, se apresuraron a confiscar en provecho propio, en la medida de lo posible, un medio de propaganda cuya historia acababa de demostrar su eficacia. La organización que a partir de este momento rige el derecho a celebrar munera traduce una tendencia al monopolio cada vez más acentuada y confesada, que se expresaba mediante medidas legislativas y consideraciones de hecho: en Roma, por lo menos, todos los combates de gladiadores, con la única excepción de los que tenían lugar en diciembre, son ofrecidos al pueblo por el Emperador. El es quien determina la importancia de dichos combates, su duración, la fecha de su celebración: en general, procura celebrarlos en circunstancias memorables, aniversarios, inauguraciones, victorias. Pero no hay regla fija: Suetonio relata que Calígula se vio precisado a improvisar un munus a petición de los mirones. Este capricho demuestra claramente el auténtico carácter de los combates: los munera imperiales «pertenecen absolutamente al príncipe».

 

Ciertamente, a los magistrados y a los particulares no les había sido formalmente prohibido celebrarlos: hay quien cita uno o dos casos en que tuvieron lugar juegos de esta clase a su cargo en los anales del Imperio. Pero, ¿qué hombre un poco avisado podía atreverse a provocar mediante esas liberalidades extremadamente costosas las sospechas de un Poder cuyos celos eran a menudo mórbidos y que estaba dispuesto a alejar o a suprimir a todo aquel en quien adivinase un rival? Y halagar abiertamente al pueblo prodigándole un espectáculo hacia el que se sentía tan inclinado era, ni más ni menos, que erigirse en rival del Poder establecido.

 

No obstante, en las ciudades de provincias, el Poder no tenía las mismas razones de sospecha. Que un magistrado de Nimes o de Tarragona persiguiera el derecho al reconocimiento de sus conciudadanos y una reputación de generosidad por las fastuosidades municipales de un munus fuera de serie, no podía eclipsar en absoluto al Emperador. Nada impedía tampoco que cualquier ciudadano se hiciera merecedor de una estatua por el hecho de donar a la ciudad, como nos consta que ocurrió en Tesalónica, el dinero necesario para la celebración de un munus. Pero, en definitiva, poco importa la naturaleza, para nosotros oscura, de la legislación en vigor en casos como éste. Pues, durante todo el Imperio, los combates de gladiadores, en su inmensa mayoría, fueron ofrecidos por los grandes sacerdotes del culto imperial, provincianos o municipales, y consagrados, no a los muertos como otrora, sino al Emperador, sobre cuya persona se tiende a cristalizar la religiosidad inherente a los espectáculos. Por ello, en aquellas ocasiones de particular importancia para la muchedumbre como eran los munera, el amo del imperio se hallaba simbólicamente presente en los cuatro extremos del mundo romano. Su presencia se hacía también patente a través de unos minuciosos reglamentos que fijaban el número de días autorizados para los festejos, e incluso el número de gladiadores que debían tomar parte en ellos.

 

Pero este dirigismo que tendía a paralizar la iniciativa de los particulares y de los magistrados, habría tenido el inconveniente, si se hubiera aplicado dicho principio hasta el final, de reducir el número de los munera, cuando lo que convenía, de acuerdo con su gran popularidad, era asegurar su frecuencia. Y nos hallamos con otro aspecto de la política imperial, en contradicción con el primero: la preocupación por la cantidad que lleva al Emperador a compartir con los magistrados, en determinadas condiciones, el privilegio de ofrecer al pueblo esas prodigalidades. Hemos podido comprobar que, en todo el Imperio, los grandes sacerdotes provinciales contrajeron la obligación de celebrar munera. En Roma, la obligación recaía en los pretores y en los cuestores: cada año, en el mes de diciembre, debían celebrar un munus que se distinguía de los del Emperador por su periodicidad y su carácter más bien rígido.

 

Pero, y ahí radica la sutileza del sistema, el número de parejas luchadoras con que pueden contar los magistrados en el curso de esos espectáculos está rigurosamente limitado; de tal manera que, comparados con los que ofrece el Emperador, cuya fastuosidad supera a veces los límites de lo verosímil, tienen la apariencia modesta de una especie de pan de cada día. Ello hace que su valor propagandístico se vea muy reducido. El Estado, al mismo tiempo que aseguraba a la plebe «su» munus anual, segaba la hierba bajo los pies de los ambiciosos.
Mediante este sistema, conseguía otras ventajas: el tesoro público quedaba libre de unas cargas que le habrían resultado muy onerosas, puesto que los gastos de dichos espectáculos eran naturalmente soportados por los magistrados. Para éstos, en el marco de ese régimen autoritario, los munera anuales acabaron por no ser más que una obligación costosa, un impuesto sobre los honores que, en las postrimerías del Imperio, trataban de evitar.

 

La organización domiciana

Los combates de gladiadores resultaban caros. Y, además, había que contar con los enormes gastos ocasionados por la «caza» que generalmente los acompañaba. La calidad de los hombres contratados también subía más o menos el precio: los veteranos de la arena, expertos en su oficio, conocidos por sus victorias, representaban, como veremos, un auténtico capital —que podía ser aniquilado por un simple espadazo: y tenía que ser forzosamente así, puesto que, sin pérdida de hombres, un munus no habría tenido ningún aliciente—. El número de combatientes también repercutía en el precio: Augusto contaba, en general, con 625 pares de gladiadores por espectáculo. Trajano, para celebrar su victoria sobre los dacios, hizo luchar a diez mil hombres, muchos de los cuales, ciertamente, debían ser prisioneros sin calificación. ¿Cómo se conseguía la gran cantidad de gente que exigían esas manifestaciones gigantescas?
Antiguamente, con la bolsa bien llena, se iba a casa del lanista. Era un personaje pintoresco que facilitaba al editor (el «procurador», si se quiere, con la única diferencia de que financiaba el espectáculo sin ninguna esperanza de recuperar ni un céntimo) los gladiadores que le hacían falta. Con la venta o el alquiler de la cuadrilla que había llevado a su caserna, se decía que el lanista conseguía unas ganancias considerables.

 

Se hallaba, en efecto, en la situación del intermediario todopoderoso, pues los magistrados no podían regatear: a unos hombres que podían desacreditarse ofreciendo al público unos gladiadores patizambos, el lanista podía imponerles tranquilamente sus tarifas. Le bastaba con especular con la urgente necesidad en que se encontraba de procurarse gladiadores, y de los buenos. Pero las ventajas financieras que conseguía con su empresa lucrativa eran contrarrestadas por la decadencia social y el menosprecio moral de que era objeto. Se le mantenía, como al último de sus gladiadores, en el rango de los infames. En efecto, los romanos veían en ese personaje algo de carnicero y de prostituidor a la vez. Y le conferían el papel de cabeza de turco: la sociedad volcaba sobre él el desprecio provocado por una institución que rebajaba a los hombres a la categoría de mercancía y de ganado.

 

Se da el hecho curioso de que este desprecio no se hacía patente en el caso de aquellas personas que sostenían una tropa de gladiadores y comerciaban con ella, siempre y cuando ello no constituyera un medio de subsistencia, sino una simple ayuda económica. Por otra parte, según la ley, cualquier ciudadano tenía derecho a poseer gladiadores cuyo número, en principio, no estaba limitado. Y los magistrados que, de acuerdo con las funciones que ejercían, o con el crédito que codiciaban, se veían en la necesidad de ofrecer juegos a menudo, a partir del siglo I de nuestra era se enfrentaron a la necesidad de poseer su propia tropa de gladiadores, siempre dispuestos a alquilarla cuando no tenían que servirse de ella.

 

También en esta circunstancia, el Imperio sólo tuvo que sistematizar una experiencia ya en marcha. La magnificencia de los munera que ofrecía le permitía no depender de ningún intermediario. El Estado se hizo empresario: edificó casernas, los ludi imperiales, que en Roma eran las únicas escuelas de gladiadores autorizadas. Así, el privilegio legal se acrecentaba con un semimonopolio económico.

 

Además del Ludus Matutinus, donde se entrenaba a los «cazadores» destinados a luchar con las fieras, había otros tres: el Ludus Gallicus, el Ludus Dacicus y el Ludus Magnus. Este último, del cual se estuvo hablando en Roma sin que se conociera su ubicación exacta hasta el año 1937, fecha en que se iniciaron las excavaciones que pusieron al descubierto importantes vestigios del mismo, estaba situado al lado del Coliseo. Comunicaba con éste, según parece, mediante un pasadizo subterráneo, como han demostrado A. M. Colini y L. Cozza en su publicación Ludus Magnus. Su construcción, iniciada por Domiciano, la terminaron Trajano y Adriano. Bajo Marco Aurelio, fue devastado por un incendio, pero fue inmediatamente reparado, como si se tratara de uno de los edificios más indispensables a la colectividad.

 

Más adelante describiremos el aspecto ordinario de esos lugares. Ahora nos ocuparemos únicamente de su organización. Eran unos extensos conjuntos que comprendían, además de las celdas y las salas de entrenamiento, un arsenal y una fragua. Ocupaban a mucho personal, desde los armeros hasta los entrenadores, pasando por el médico. Para gobernar una institución autárquica de esa clase, hacía falta toda una jerarquía de funcionarios, a la cabeza de los cuales había un procurator responsable de la administración financiera y técnica. La importancia de dicho procurator estaba determinada por el hecho de que pertenecía al orden ecuestre.

 

Por otra parte, Roma no tenía la exclusiva de las casernas imperiales: había otras en todas las provincias, en Preneste, en Capua, en Alejandría, en Pérgamo. Solían ser menos importantes: un solo funcionario asumía la dirección de varias casernas de una misma circunscripción. Era el procurator «por las Galias», «por Asia», etc. Destaquemos que estos últimos establecimientos no tenían como único objeto proveer a las necesidades de la provincia. Eran el plantel donde se reclutaba a la élite llamada a figurar en Roma en los munera imperiales.

 

Es harto difícil formarse una idea del número de gladiadores que llegaban a concentrarse en las casernas. En lo que a las de Roma se refiere, reunidas podían alcanzar la cifra de dos mil hombres. Pero, con relación a la dimensión de dicha organización ramificada, el lanista quedaba en una situación como de artesano. La mayor parte del mercado se le escapaba: incluso en provincias, si algunos grandes sacerdotes se dirigían a él para procurarse gladiadores, muchos otros poseían su propia tropa. Además, a partir de Marco Aurelio, el Estado no solamente le impone las tarifas, sino que llega a obligarle a facilitar a todo organizador de munus un número determinado de gladiadores a bajo precio.

 

Vemos, pues, que todo el mercado de gladiadores estaba apresado entre las mallas más o menos flexibles de una reglamentación inspirada por el principio de que la «producción» de los munera era algo de interés público. Al nuevo régimen se le planteaba la necesidad de crear un marco a la medida de los combates que celebraba. La República, como hemos visto, había dejado únicamente la idea de ello. Su realización fue precedida de algunas pruebas anárquicas o desdichadas.

 

El primer anfiteatro permanente se construyó gracias a la iniciativa de un particular inmensamente rico, Estatilio Tauro, a instancias, y tal vez, bajo la protección de Augusto, con quien le unían lazos familiares. El edificio desapareció durante el gran incendio que asoló Roma bajo Nerón. Tuvieron que recurrir de nuevo a la vieja fórmula de los anfiteatros de madera improvisados que se desmontaban una vez terminado el espectáculo, o a los que, como el de Nerón, eran lo suficientemente sólidos como para durar algunos años. El problema no quedó resuelto hasta finales del siglo I: Vespasiano mandó iniciar la construcción de un coliseo que fue terminado en tiempos de sus sucesores Tito y Domiciano. Hubo que recurrir a una inmensa cantidad de mano de obra para conseguir llevar a cabo una tarea tan enorme en un plazo de tiempo relativamente corto. Las piedras necesarias para la construcción del edificio fueron arrancadas de la cantera de Tibur, situada a 27 kilómetros de Roma. Hubo que construir una carretera especial por la que, según la tradición, pasaban sin cesar, en doble hilera ininterrumpida, 30.000 prisioneros judíos dedicados exclusivamente al traslado de las piedras. Vemos, pues, que la idea de un César-Faraón ya no era ninguna fantasía: en efecto, el monumento era de proporciones espectaculares. Penetremos en él.

 

Una ciudad en las graderías


La víspera del día en que iban a tener lugar unos juegos extraordinarios, la población de la ciudad se veía incrementada por gran número de italianos y extranjeros que habían tenido noticia del acontecimiento por medio de los carteles que habían sido colocados sobre los sepulcros que bordeaban las grandes vías. Los ricos dejaban sus casas de campo, y los campesinos sus rebaños. Roma, ya de por sí superpoblada, no conseguía dar alojamiento a tantos curiosos, y adquiría el aspecto de un gran campamento. Había tiendas de campaña por las calles, sobre el adoquinado de sílex, y en las encrucijadas, cerca de los santuarios de los Lares: el hormigueo de la muchedumbre era tal, que había incluso quien perdía allí la vida, aplastado o asfixiado.

 

Pero al día siguiente, a la hora del espectáculo, la ciudad, completamente desierta, quedaba abandonada a los filósofos y a los ladrones. Los primeros sólo podían temer que alguna llamada a la puerta les obligara a fijar su atención, concretada hasta aquel momento en el estudio, en alguna chismorrería intrascendente de cualquier inoportuno. No hay paseantes por el Campo de Marte, así como tampoco ningún visitante, en esos días muertos que Séneca, en algunos escritos célebres, se recreó en utilizar como telón de fondo de algunas de sus meditaciones. Nada —nos dice— viene a perturbar la absoluta disponibilidad del solitario. Salvo, de vez en cuando, «una súbita, una universal aclamación» que sacude la ciudad silenciosa y repercute hasta las colinas adornadas de verde oscuro. Pero ese griterío no le molesta en absoluto: saca de él la trama de paralelismos entre el alma y el cuerpo, de cuyo contenido no nos ocuparemos ahora; o bien los ignora, pues «el griterío confuso de la masa es como una ola, como el viento que azota el bosque, como todo aquello que únicamente da sonidos ininteligibles».

 

En cuanto a los ladrones, que pululaban por Roma, y cuyas clases no acabaríamos nunca de enumerar, dispuestos a aprovechar la ocasión, hubo que organizar un servicio de vigilancia especial por toda la ciudad mientras durase el espectáculo.

 

Una masa de cerca de sesenta mil personas se reunía en el anfiteatro de los Flavios, ávida de contemplar las «cazas» y los combates. Se conservan muchas monedas de la época imperial que dan testimonio de ello. La primera tiene valor de símbolo: en un estilo ingenuo, representa, sentado en medio de su pueblo, al emperador Gordiano el Piadoso, cuya silueta aparece en relieve, contrariamente a los demás detalles materiales que podrían distraer la atención. Hay otra, acuñada bajo Tito; se trata de un bronce conmemorativo, donde el Coliseo aparece en perspectiva, como visto desde una altura alejada: en las graderías que van de arriba abajo de la fachada, reproducida con una gran precisión, la muchedumbre amontonada presenta su masa en forma de abanico, cuyas dos escaleras ininterrumpidas, que arrancan casi de la techumbre del edificio y convergen en la arena, subrayan la absoluta uniformidad: «…En todas partes el mismo aspecto, no hay nada que rompa la continuidad de los asientos, nada que sobresalga de su nivel.»

 

Se puede admirar en ella, en efecto, «la igualdad de los asientos que parece confundir al príncipe con el pueblo», de que hablaba Plinio halagando a Trajano. Pero no se trataba más que de una ficción demagógica, pues en el anfiteatro, todavía más que en el circo, la desigualdad social se manifestaba con una precisión tanto mayor cuanto que los edificios ganaban en importancia y en complicación. Para cualquiera que los hubiese contemplado no tan de lejos, que hubiese entrado por una de las cuatro puertas que daban a la arena, la ficción se le habría hecho patente a la primera ojeada ante el simple contraste entre las togas blancas que llenaban las graderías hasta unos dos tercios del edificio, y los vestidos oscuros de la gente del pueblo, amontonada en las alturas, entre un muro de separación imponente adornado con estatuas y las columnas de una galería cubierta. De hecho, la cavea, es decir, el conjunto de las graderías donde los espectadores tomaban asiento, estaba dividida por tres muros circulares (baltei) en cuatro secciones superpuestas, la más elevada de las cuales (pullati) estaba, a su vez, subdividida: había, pues, en total, cinco categorías de asientos.

 

La primera, podium, estaba constituida por cuatro hileras de gradas que llegaban hasta la arena y quedaba circunscrita por dos paredes cuyo lujo llamaba poderosamente la atención: la de arriba (el primer balteus), que separaba el podium del resto de la cavea, estaba adornada con mosaicos; la otra —la pared anterior—, con una altura de cuatro metros, destinada a aislar al espectador de la arena, era toda de mármol. Este material, aparte de su suntuosidad, poseía la ventaja de no ofrecer ningún asidero a los animales feroces, lo cual no impedía, no obstante, que para las cacerías se instalaran unos sistemas de protección suplementarios. El podium presentaba, además, la particularidad de poseer unas gradas más anchas que las otras: estaban destinadas a servir de asientos a aquellas personas distinguidas preocupadas por su confort —senadores, vestales, altos magistrados— que tenían sus plazas reservadas allí. También en el podium, cerca de la entrada situada en el eje menor de la arena, y desde donde, por tanto, se goza de mejor vista, se levantaba el palco del Emperador y de sus íntimos. Se accedía al mismo por una escalera particular, lo cual permitía, llegado el caso, abandonar el espectáculo sin llamar la atención; en el lado opuesto, había otra escalera reservada a los cónsules y al presidente de los juegos. Un detalle facilitado por Suetonio permite pensar que algunos dignatarios no se privaban de dar, mediante su vestimenta, una nota de color a estas graderías, nota que destacaba entre la uniformidad de las togas blancas; pero a veces era con peligro de perder la vida: Calígula no dudó en ordenar la ejecución de un rey de Egipto, huésped y primo suyo, cuya capa de púrpura había causado sensación entre los espectadores. No se trataba en absoluto de un acto de locura: el pueblo mantenía los ojos clavados en el podium, y el menor detalle adquiría valor de signo, hasta el punto de que Augusto, con gran sabiduría, juzgaba preferible que Claudio, a causa de su extraña persona, no apareciera jamás a su lado en el palco imperial.

 

Sobre el podium se elevaban dos hileras de graderías, separadas por una pared (el segundo balteus), reservadas, la primera a los caballeros, y la segunda a los tribunos y a los ciudadanos. Entre ambas secciones, denominadas 1. º y 2. º moenianum, no había, según parece, ninguna diferencia importante: los caballeros tenían únicamente el privilegio de servirse de una almohadilla. Por contra, el último balteus establecía entre el segundo y el tercer moenianum una separación muy clara, y señalaba, por decirlo así, el límite de la parte noble del edificio. Estaba, como hemos visto, adornado con estatuas y columnas, y había en él muchas puertas que daban acceso a la cavea. Tras ese muro se situaban los pobres que no poseían derecho de ciudadanía, con sus capas remendadas abrochadas con una tosca hebilla y su calzado maltrecho que dejaba a la vista los recientes recosidos cual si de esclavos se tratara. Pues el derecho a asistir a los espectáculos en las gradas del 2. º moenianum era, como el beneficio de las distribuciones de víveres, un privilegio que confería la ciudadanía. Más arriba, las graderías de madera de la galería cubierta que coronaba el anfiteatro estaban destinadas a las mujeres plebeyas.

 

Con el fin de evitar cualquier posible desorden y permitir que toda esa gente pudiera colocarse sin dificultades en las graderías, se había ideado un doble sistema de comunicaciones interiores: uno, horizontal, constituido por los pasadizos (proecinctationes), que, a lo largo de cada muro de separación, daban la vuelta a toda la arena; otro, vertical, constituido por unos escalones (scalaria) que, partiendo de cada una de las puertas abiertas, en el tercer balteus, convergían en la gradería hacia el podium y dividían la cavea en secciones idénticas denominadas cunei porque tenían forma de cuña.

 

Pero no podemos contentarnos con esta clasificación abstracta que sugerirá sin duda al lector una atmósfera distinta a la que debía existir en realidad en las reuniones del Coliseo. Es casi indispensable que evoquemos aquí la Roma de los poetas satíricos, pues es bien cierto que los senadores que ocupaban las plazas de honor no eran ningún Catón, de la misma manera que los caballeros no tenían gran cosa en común con aquellos hombre que, dos siglos atrás, partían tras los generales en busca de fortuna, con peligro de su vida, hacia países todavía a medio pacificar. Principalmente a los segundos, Juvenal los retrató, con rabia, de la manera más negra: sólo tienen derecho a aplaudir en aquellas localidades «los antiguos empleados de las arenas municipales, mofletudos, bien conocidos en otros tiempos por el público», los hijos de prostituidores, de lanistas, los muchachos peluqueros que han conseguido una excepcional fortuna valiéndose «del medio actualmente más seguro, la vulva de una anciana rica».

 


Pero dejemos los vicios y las torpezas de aquellas gentes. Con su aspecto tenemos más que suficiente. En sus dedos sudorosos y grasientos, a pesar de los innumerables cuidados que dedican a su piel, vemos largas hileras de sortijas adornadas con las más valiosas piedras preciosas, sortijas que sus dueños no se ponen en la mano derecha, como el anillo de los antiguos romanos, sino en la izquierda, para no estropearlas; se llevan la mano a la cabeza, sobre un cráneo calvo donde resplandecen tantas joyas. Para fingir estoicismo, se afeitan el cráneo y se dejan crecer la barba; ello hace decir a Juvenal «que tienen los cabellos más cortos que las pestañas»; otros, al contrario, no dudan en teñirse los cabellos o en llevar peluca: ¿puede sorprendernos, pues, que en el aspecto y en la cara de esos hombres haya, a un mismo tiempo, algo de adivino y de carnicero? Y el gladiador que está manejando la red en la arena tiene más sangre noble en las venas que todos los senadores allí reunidos, incluso más que el príncipe que patrocina los juegos. Veamos, por otra parte, cómo se presentaba en público Calígula: vestido de Venus; calzado con coturnos de mensajero o con borceguíes de mujer; revestido con la coraza que había hecho sacar ex profeso de la tumba de Alejandro Magno y que adornaba con insignias detriunfo —el equivalente, para él, de la corbata—.

 


En cuanto a las esposas de los dignatarios, que gozaban del honor de sentarse cerca de las vestales, no hace falta que nos preguntemos si van al anfiteatro para ver o para ser vistas. Llegan en litera, con el rostro cubierto por un velo «para no saciar las miradas», al trote de ocho sirios cuyos músculos tiemblan bajo la librea colorada, precedidos de corredores africanos vestidos con túnica blanca; sale rubia, de estos palacios ambulantes, aquella que era morena a la hora sexta —pero los germanos están de moda— y la construcción de su peinado es tan compleja como los cimientos del Coliseo. Lleva una fortuna encima: brazaletes que pesan hasta diez libras, piedras preciosas, una sola de las cuales bastaría para comprar una buena parte de Italia. Pero Olgunia todo lo lleva de prestado: ha alquilado, para este gran día, el vestido, la escolta, las amigas, la nodriza y la doncella. Sólo el maquillaje, aplicado abundantemente sobre la cara, ha salido de su propio armario…
 

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