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Las señoras primero

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Al levantarse el telón la escena está completamente vacía. Las luces encendidas y el balcón abierto, por el que entra una música lejana de un slow fox que se supone viene de la orquesta que toca en el jardín. Encima de la cama hay una maleta abierta con ropas de hombre. En el respaldo de la silla, una chaqueta colgada y tirada en el suelo una corbata. A los pocos segundos, entra en escena CARLOS, que aparenta unos treinta años. Sale del cuarto de baño, va en mangas de camisa y viene tarareando la música que toca la orquesta.

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(CARLOS trae en las manos un pequeño frasco y un vaso de agua, que deja encima de la mesa, después de haber vertido unas gotas en él. Se acerca a la mesa e introduce una carta dentro del sobre, luego lo cierra y escribe una dirección, a continuación deja el sobre en la mesa, va hacia el vaso y bebe su contenido sin respirar, siente un pequeño mareo. Inmediatamente se toma un caramelo que saca del bolsillo. Al momento se repone del mareo, coge la corbata del suelo, se pone ésta y luego la chaqueta, de uno de los bolsillos extrae una pistola del nueve corto, la carga y se la lleva a la frente. Cuando se la va a disparar, unos golpes en la puerta dela izquierda, lo vuelven a la realidad, mira hacia donde han partido, titubea y por fin se dirige hacia allí, siempre con la pistola en la mano. Abre la puerta y entra precipitadamente en la habitación, una mujer, se llama
RAQUEL, es joven, bonita, etc., etc… Calza zapatillas de tacón alto y viste un pijama azul debajo de una bata de seda encarnada.)

RAQUEL.-¿Está usted solo?… Chist… Sí, claro que debe estar usted solo. (Pasa y cierra la puerta.) Pero bueno, dígame algo. No se quede usted así, no levante < mucho la voz y diga… ¿Está usted solo?

CARLOS.-Desde luego, hace un momento cuando no había llegado usted, yo habría jurado.., pero claro.

RAQUEL.-No sabe el peso que me quita de encima, menos mal.

CARLOS.-Vaya, me alegro.

RAQUEL.-Oiga, ¿no esperará usted a alguien?

CARLOS.-No, no, a nadie, tenga en cuenta que no es una hora muy apropiada para hacer visitas a la gente.

RAQUEL. ¿Ah, no? ¿Es que tiene usted algo contra la una y media de la madrugada?… ¿Le parece tarde?
 
CARLOS.-Eso depende; la una y media aquí en San Sebastián, en pleno mes de agosto, con inedia Semana Grande por delante y una noche como ésta, me parece una hora estupenda para cualquier cosa, pero no me negará que para practicar el bello deporte de la visita, creo quedas reglas de sociedad recomiendan otras horas del día…

RAQUEL.-Es verdad… ¿Por qué será eso? Todo el mundo tiene la manía de hacer las visitas por la tarde y casi siempre a una hora fija.

CARLOS.-Sí, como las corridas de toros.

RAQUEL.-Cuánto más bonito serla de tres a seis de la madrugada, además no se correría el riesgo de en contrar la casa vacía.

CARLOS.-Sí, y mucho más cómodo. Recibiría uno a los amigos en pijama, zapatillas y vaso de agua. La sociedad es eso; hacer las cosas más fáciles de la manera más difícil, para dar mérito a los actos que en sí solos…

RAQUEL.-Sí, tiene usted razón, se nota que es usted un hombre de mundo, yo a los hombres de mundo los conozco en seguida.

CARLOS: -¿Sí?

RAQUEL.-Desde luego, son así como usted: morenos, con don de gentes y… Oiga perdone esta pregunta indiscreta, pero qué quiere, soy mujer.

CARLOS.-No hacía falta la aclaración.

RAQUEL.-¿Eso que tiene usted en la mano, que parece una pistola, qué es? Calle, no me lo diga. Es un mechero. ¿Verdad?… Yo tuve uno así. Bueno, era un poco más pequeño, y más mono, y no encendía nunca.

CARLOS.-Le creo, porque esto no es ningún mechero, es…

RAQUEL-Entonces, ya sé, es una radio… Naturalmente. Si no hay más que verla, lo que pasa -es que es muy fea, además no debe coger nada..

CARLOS -Siento contradecirla otra vez, pero tampoco es una radio. Esto que tengo en la mano en forma de pistola, asómbrese: es una pistola.

RAQUEL.-No.

CARLOS.-Se lo juro.

RAQUEL.-Me deja de piedra… ¿Quién lo iba a decir? De pronto se encuentra una con un señor que tiene en la mano un chisme que parece una pistola, empieza a preguntar, a preguntar, a preguntar, y resulta que es.

CARLOS.-No sé cómo le extraña.

RAQUEL-Como hoy día nada de lo que a primera vista vemos es realmente lo que parece, ¿cómo iba yo a figurarme…? Señor, Señor, pero créame que me alegra ver que quedan cosas que no varían con el tiempo. Porque eso de ir a coger un libro de una biblioteca y encontrarse que es un bar, ver unas escaleras que no conducen a ninguna parte, la arcaica mesa de camilla que por las noches se convierte en una espléndida cama de matrimonio, y el cuarto ese pequeño donde nos mandaban a jugar nuestros padres, y que era el de los trastos, hoy día convertido en un estupendo piso con derecho a cocina, donde viven tres familias numerosas y una abuela que no sirve para nada, créame que no hay quien lo resista. Yo prefiero que el pan sea pan y el vino si puede ser de Málaga, mejor que mejor. (Pausa.) Oiga, ¿y por qué lleva usted pistola?… (Con alegría) No me diga… qué ilusión… ¿Es usted asesino? SI, no cabe duda. Usted ha debido matar a mucha gente.

CARLOS.-Siento contradecirla otra vez.
RAQUEL.-A ver, míreme a los ojos… No, qué va, usted qué va a matar… Usted debe ser representante de armas, o coleccionista de objetos extraños… ¿verdad?

CARLOS.-No, tampoco. Ahora no soy nada. Pero eso no im. porta, lo importante es lo que se ha sido. Y yo, hasta hace doce días exactamente, no me aplauda por favor, era empleado.

RAQUEL.-Vaya, le felicito.

CARLOS.-No, compadézcame mejor.

RAQUEL.-¿Pero empleado del Estado o de los que trabajan?

CARLOS.-De los segundos. Empleado de la más importante fábrica de cosas americanas; todo lo que se fabrica allí es americano. "Giráldez y Giráldez, Sociedad Limitada": El negocio más productivo desde que le pasó a los alemanes lo que les pasó; un consejo de administración, con su presidente y todo para que no falte de nada; un di. rector, un co-director, un vice-director, cuatro jefes de personal y un empleado.

RAQUEL. (Con alegría.) -¿Usted?

CARLOS.-Exacto, yo. (Dándole una tarjeta de visita.) Car. los Pérez Rodríguez como mi nombre indica, natural de Ciudad Real, de 31 años de edad, cinco meses y tres días, no mal parecido, de…
RAQUEL.-Oiga, en Madrid conocí a un señor que se apellidaba Pérez, fíjese, como usted. (RAQUEL se ríe mucho.) Tiene gracia, ¿no?

CARLOS.-Mucha, ya lo creo. El mundo es un pañuelo… Bien, bien, y usted, ¿cómo se llama?

RAQUEL.-Raquel, y no me avergüenzo, por lo menos tengo nombre de mujer, que en estos tiempos, ya es algo. (Pausa.) ¡Pero no me ha dicho para qué lleva usted ese trasto encima!
(Por la pistola)

CARLOS.-He aquí un prodigio de la imaginación humana, con un sólo movimiento del dedo, se manda a hacer gárgaras a una persona, animal o cosa.

RAQUEL.-¿Y para qué quiere hacer todo eso?

CARLOS.-Es una historia muy larga de contar. Dentro de unos momentos, con su permiso, claro está, me voy a suicidar.

RAQUEL.-Vaya, hombre, qué pena… con lo moreno y lo bien que está usted… Y ¿por qué?… No me diga… una mujer ha tenido la culpa, una mujer… siempre pasa lo mismo, ¿a que no me equivoco?

CARLOS.-¡Y qué mujer! ¡Si la hubiera usted visto!

RAQUEL.-Rubia, ¿verdad?

CARLOS.-Rubia, como una peseta y un metro sesenta y seis con tacones, ¿he dicho algo?

RAQUEL.-Francesa.

CARLOS.-Francesa como De Gaulle, ojos verdes, rasgados…
RAQUEL.-Boca sensual.

CARLOS.-Boca sensual, y encima una nariz graciosísima tirando a chata.

RAQUEL-Cincuenta centímetros de cintura.

CARLOS.-Cuarenta y ocho centímetros de cintura… ¡Oiga! ¿Usted cómo sabe todo eso?

RAQUEL.-Porque son así las mujeres por las que se matan los hombres sin personalidad. Suicidarse por una mujer como esa, no tiene mérito, lo hace cualquiera. Lo verdaderamente digno de mayor elogio, es levantarse la tapa de los sesos por una manchega bajita de…

CARLOS.-¡Si usted hubiera conocido a mi Colette!

RAQUEL.–La hubiera hecho un monumento o la habría cantado la Marsellesa, en fin, cualquier cosa, menos suicidarme.

CARLOS.-Pero póngase en mi caso. Yo padecía un sueldo de dos mil treinta y siete pesetas menos los descuentos, que se quedaba reducido a mil trescientas cincuenta, más la carestía de vida, que hacía un total líquido de mil trescientas cincuenta y seis con treinta y…

RAQUEL.-¿Al año?

CARLOS.-No, todos los meses.

RAQUEL.-Ah, todos los meses… Qué granuja. Mira, mira, todos los meses sus mil y pico pesetitas, para que luego digan.

CARLOS-Pues bien, ella necesitaba más.

RAQUEL.-Eso es muy francés. No se conforman con nada.

CARLOS.-Además, como las francesas son así, que no se casan. Salen carísimas.

RAQUEL.-Qué distintas de las españolas, ¿verdad usted? Que, en cuanto nos hablan de boda, aunque sea en árabe, nos ponemos a ahorrar como idiotas.

CARLOS.-¿ES usted casada?

RAQUEL.-Sí, claro, por eso lo digo, hablo con conocimiento de causa… Pero siga contando cosas de su Colette. A mí me traen sin cuidado, pero usted lo pasa en grande.

CARLOS.-Qué mujer… Unos ojos…

RAQUEL.-Dos, verdad. Como me figuro que se va a referir a los mismo se lo hago constar.

CARLOS.-Sí, tiene razón. (Saca una fotografía de la cartera.) Mire, esta es, ¿le gusta?

RAQUEL.-Muy pintada… ¿no?

CARLOS.-.Si, pero bien. Lo importante en una mujer no es que se pinte, sino que se pinte bien.

RAQUEL. Ya, ya. Pero es que esta mujer parece un autoretrato.
 

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