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Los polinizadores del Edén

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De acuerdo con la referencia (A) y en cumplimiento de la referencia (B), se remite adjunto el historial de la paciente, una mujer caucasiana de veinticuatro años, anteriormente empleada como cistóloga en el Gabinete de Plantas Exóticas; este caso requiere algunas recomendaciones extramédicas.

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El episodio traumático del paciente tuvo lugar el 16-17 de mayo, mientras participaba en la expedición científica C, de Charlie, al planeta llamado indistintamente Flora, Planeta Flor o Planeta de las Flores. Sin embargo, los análisis de narcosis profunda revelan que los acontecimientos que contribuyeron a la hospitalización de la paciente comenzaron en enero con la llegada procedente de Flora de la primera sección, A, de Able, al campo de aterrizaje de la marina en Fresno…

Freda Carón, rubia, esbelta y poseedora de unas envidiables redondeces, se puso de pie en el puente de la torre de control y observó el azul de la mañana sobre el valle de San Joaquín con los prismáticos del comodoro Minor, registrando el sector que éste le señalaba. En ese momento pudo apreciar el primer reflejo del sol en la nave espacial «Botany»; mientras el transporte hacía oscilar la popa hacia abajo para comenzar la aproximación a la Tierra, vio la primera aguja que formaba su cola cuando la nave comenzaba a caer a peso en la atmósfera.

Estaba enfocando todavía la gota de vanadio 320 que bajaba a toda velocidad cuando el vigía del puente llamó:
—¡«Botany», responda!

Cuando los retrocohetes comenzaron a actuar de freno en la atmósfera, que se iba espesando cada vez más, la nave se había convertido en un punto en el cielo que avanzaba palmo a palmo hacia el suroeste, mientras las colas de sus cohetes se disipaban hacia el este. El punto se fue haciendo mayor. Los oídos de Freda captaron el rugido de los retrocohetes, que se hizo agudo primero y que luego se fue apagando cuando la concavidad de la plataforma de lanzamiento fue quedando atrás; el trueno imponente se convirtió en un rumor que apenas se dejó notar en la torre de control, a un kilómetro de la plataforma.

La silueta del «Botany», plateada y delgada, fue emergiendo ante sus ojos moviéndose en un colchón de aire auto-comprimido. Debajo de su posición de observadora, la cámara de descontaminación, una tobera de salida que surgía del enorme edificio, se arrastraba sobre las ruedas en dirección a la plataforma. Le pareció a Freda que toda la tecnología humana se había concentrado en ese segmento de tiempo en que la Tierra recibía a sus hijos a la vuelta del espacio, y sintió un escalofrío ante aquella visión, hasta que…

Por encima de ella, los alerones de aterrizaje se habían desplegado hacia afuera y hacia abajo sobre unos extensores que parecían las varillas de un paraguas doblado por el viento, y su graciosa silueta se alteró hasta alcanzar un parecido grotesco con una mantis religiosa. Hasta su color plateado se transformó en gris oscuro, cuando la nave descendió por debajo de la línea del horizonte de la cordillera costera, con su color verde invernal. La máquina que había surcado el espacio en compañía de las estrellas era ahora cautiva de la Tierra.

En ese momento, y Freda lo sabía, la carga de pasajeros, sumergidos en el interior de los huevos de agua, sería expulsada en contenedores, numerados del uno al tres, desde las cubiertas A, B y C. Se despertarían deslizándose por unos conductos curvos que les llevarían hacia los niveles inferiores, de donde pasarían, siempre por secciones, a unos compartimentos situados en la cámara de descontaminación, alineados y graduados por rango y números de serie, grados académicos, identificación de la seguridad social, empleo, etcétera. Se imaginó que oía el plop-plop que al caer provocaban las secciones que habían constituido la sección Able del Proyecto Flora.

Pero las secciones no eran sino sus amigos y socios: se llamaban Rex, Hal y Kenneth. Y entre ellos había uno muy especial, a quien ella ya había escogido, probado y seleccionado para que fuera su marido.

Paul Theaston llegaba de Flora. Si no hubiera sido porque proyectaban casarse en junio, la misma Freda hubiera partido en abril, con la sección Charlie, al Planeta de las Flores.
Flora, el Planeta de las Flores. ¡Por lo menos habían evitado ponerle por nombre una simple serie de números!
Freda recordó la emisión teledifundida pocos meses antes en la que el capitán de la Real Marina Espacial que descubriera el planeta se negó a sí mismo un lugar en la historia al no seguir el ritual según el cual los exploradores daban su nombre precediendo a la numeración astrológica. Recordaba sus palabras exactas: «Cuando se llame al Gran Cañón "el Pozo de Powell", entonces permitiré que se llame a este planeta "Ramsbotham-Twatwetham, número 3"».

Mientras ella recordaba la emisión televisada, la «Botany» se posaba en la plataforma con tanta suavidad que sus puntales apenas cedieron. Antes de que los motores quedaran en completo silencio, la tortuga descontaminadora alcanzaba ya su destino, procedía a la apertura de las esclusas de aire y se apartaba de los extensores, parecidos a patas de araña. Al lado de Freda, el comodoro estalló en una frase de admiración.
—Barron siempre las hace bajar con la misma suavidad que si fueran pétalos de rosa.

Freda sonrió asintiendo, aunque sabía que el viejo lobo del espacio sólo estaba siguiendo una costumbre de la Marina. El comodoro Minor sabía muy bien que una caja no mayor que la cabeza de un hombre había controlado el descenso de la nave, y que cualquier aprendiz del espacio hubiera podido realizar el aterrizaje con la misma perfección que el capitán de la Marina Espacial de los Estados Unidos Philip Barron.
 

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2 Replies to “Los polinizadores del Edén”

  1. Nilda Núñez C.

    Hola, estoy fascinada con haberlos encontrado, soy una lectora impenitente, amo los libros desde muy niña y les agradezco sus envíos. Me gustaría mucho si pueden enviar “Desgracia”, de J.M. Coetzee.Gracias,adios.