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Yo me he llevado tu queso

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Lo malo de los manuales de autoayuda que invaden nuestras librerías y mesillas de noche (aparte de lo mal escritos que están y lo feos que son sus autores) es que te obligan a hacerlo todo por ti mismo. Tú tienes que leerlos, acordarte de cada uno de los doce pasos y hasta ponerlos en práctica. No es éste el caso. Éste es el manual de autoayuda para la gente a la que no le interesa esforzarse, para los que no quieren ni levantarse del sofá. Este manual les explicará cómo mejorar sin mover un dedo. Es más, ni siquiera es necesario leer el libro. Sólo con comprarlo y colocarlo en un sitio bien visible de la casa te sentirás más feliz, inteligente y deseable. Ello se debe a un revolucionario tratamiento que le han dado al papel, un compuesto químico bautizado con el nombre de Osmósix y perfectamente inhalable en posición horizontal. En este libro, el periodista Darle Bristow-Bovey ha resumido las lecciones de cientos de manuales de autoayuda. Si antes sospechabas que eran una sarta de tonterías, ahora no te cabrá la menor duda. Darle es uno de los mejores columnistas de su país, Sudáfrica, pero el éxito no lo ha cambiado y sigue cumpliendo sus promesas: al final de este libro te enterarás de quién se ha llevado el dichoso queso. Y, lo que es más importante, habrás aprendido unos cuantos trucos para que no se lleven también tu cerebro.

Si la vida fuera una carrera de obstáculos, este libro no os ayudaría ni a saltar la primera valla.
CARL LEWIS, atleta y medallista olímpico
Primero voy a forrar este libro para que no se estropee y en el futuro, cuando tenga nietos, pienso leérselo como si fuera un cuento y decirles: «Esto es lo que os pasará si no termináis la carrera de Derecho.»
JAMES BYE, del bufete de abogados Bye, Bye, Baby & Co.
Leer este libro no ha afectado mi vida en absoluto.
JOHN ROBBIE, ex jugador de rugby y estrella de la radio y la televisión
Ninguna selva amazónica ha sido dañada durante la elaboración de este libro.
STING
Darrel Bristow-Bovey es un escritor muy… persistente.
CLARE O’DONOGHUE, directora de la revista Style
Darrel Bristow-Bovey escribe con la originalidad y elegancia de autores como… ejem… co-mo…
JEREMY GORDIN, director del periódico Sunday Independent
Siempre supe que Darrel escribiría un libro, pero nunca pensé que sería sobre queso. Cuando era pequeño no le interesaba demasiado. Le gustaba en los macarrones, claro, como a todos los niños, pero si hace veinte años alguien me hubiese dicho: «Roslyn, ¿sobre qué será el pri-mer libro de tu hijo?.», yo no sé qué le habría contestado, pero desde luego queso no. Quizás helado. A Darrel le gustaban mucho los helados.
ROSLYN BRISTOW-BOVEY madre del autor
JEREMY MAGGS, presentador de la versión surafricana de ¿Quiere ser millonario?.
Creo que a Darrel Bristow-Bovey le falta un tornillo.
Tim MODISE, locutor de radio
No sé quién es.
OPRAH WINFREY, presentadora de televisión
Se aproxima un frente frío.
Pippo BONTEMPO, hombre del tiempo italiano
Este libro me impresionó tanto que encargué ejemplares para todos mis empleados, y esta Na-vidad voy a regalárselo a todos mis amigos.
MARLENE FRYER, editora del libro
A menudo he considerado cambiar mi vida, pero gracias a Darrel seguiré siendo como soy hasta el día de mi muerte.
BILL, jubilado
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Introducción.-
Este no es otro manual de autoayuda. De veras. Yo no os haría semejante cosa. ¿Por qué?.. Pues porque los dichosos manuales acaban con la autoestima del más pintado. Son como las dietas, o la suscripción al gimnasio que nos regalan en nuestro cumpleaños: fingen que pre-tenden ayudarnos pero en el fondo se ríen de nosotros. Nos llenan la cabeza de promesas y esperanzas, pero al final nos dejan deprimidos y con los nervios hechos polvo.
Como las dietas y los gimnasios, los manuales de autoayuda te venden la ilusión de que cabe hacer algo para mejorar como persona, que gracias a ellos es posible encontrar nuestro niño interior, adelgazar o ligar con azafatas o tipos estupendos que estén forrados y conduzcan unos cochazos increíbles. Si sigues sus preceptos, la fortuna te sonreirá y el universo entero se enamorará de ti, dicen. En teoría nos dan alas, pero cuidadito con ponerte a volar.
Los manuales de autoayuda no funcionan, por una razón muy sencilla: porque esperan que el lector haga todo el esfuerzo. Sería más honesto que te vendieran un bolígrafo y un libro con las páginas en blanco. (Una propuesta que, por cierto, le hice a mi editora y que no tuvo el éxito esperado. Y eso que se lo di todo hecho; le llevé un paquete de folios y un boli que me agencié en recepción, pero nada.)
Por mucho que prometan que es fácil, que no cuesta mucho, todos los manuales de autoayuda parten de la base de que el lector se esforzará. Por ejemplo, a simple vista puede parecer que las siete claves espirituales del éxito hayan conseguido condensar varios milenios de filosofía universal en siete bocaditos de fácil digestión. Sin embargo, y por muy ligeros que sean, nadie se libra de tragárselos. Hay que memorizar las siete claves (o anotarlas en la mano) y, lo que es peor, intentar ponerlas en práctica. Los autores de manuales siempre olvidan que si fuéra-mos capaces (o tuviéramos las más mínimas ganas) de hacer todas esas cosas que nos aconse-jan, no necesitaríamos comprarnos sus dichosos libritos.
Si sois como yo -y creo que todos en el fondo lo somos-, no os apetece esforzaros para con-vertiros en mejores personas. Los seres humanos son un poco como Siberia, la playa de Beni-dorm o el Domo del Milenio de Londres: no se puede hacer gran cosa para mejorarlos. Cuan-do uno se da cuenta del problema ya suele ser tarde, y no queda más remedio que tirarlo todo y empezar de cero. Personalmente, yo (que no soy Siberia, ni la playa de Benidorm, ni el Do-mo del Milenio de Londres -aunque mis amigos me dicen que de perfil me parezco un poco a este último-) paso olímpicamente.
Por eso he escrito este libro: para decir que no hay nada malo en pensar así. Adelante, cantad conmigo: «Somos vagos, somos inútiles, no pensamos movernos… ¿qué pasa?.». Aunque no se reconozca, formamos el estrato más importante de la sociedad, la base sobre la cual se asienta cualquier pueblo civilizado. Somos esa mayoría que no acaba de creer en hacer sacri-ficios para conseguir una barriga más lisa o un espíritu más satisfecho. Siempre hemos estado ahí y lo seguiremos estando cuando esos fanáticos de una vida mejor hayan pasado a mejor vida.
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Es más, no tenemos de qué avergonzarnos. Somos lo mejor de este mundo de locos: nosotros no nos dedicamos a invadir países vecinos o a crear partidos políticos, ni a inventar monstruo-sidades como Gran Hermano o teléfonos móviles con la musiquita de El bueno, El Feo y El Malo. Sólo queremos que nos dejen en paz: comer bien, vivir bien y hacer el amor con gente guapa. Como mucho, puede que nos saltemos alguna norma de tráfico, pero nunca se nos ocu-rriría infringir las leyes de la naturaleza. Lo nuestro es dejarnos llevar tranquilamente por la evolución natural de la especie.
Si no fuera por nosotros, el mundo sería mucho peor. Somos, por ejemplo, los principales res-ponsables de cualquier tema de conversación interesante. El aforismo ingenioso, el pequeño cotilleo y el comentario mordaz fueron todos inventados por gente como nosotros: personas interesadas en obtener el máximo efecto con el mínimo esfuerzo. De no ser por nosotros, to-dos estaríamos haciendo ejercicio, buscando la luz, afrontando el cambio y otras memeces por el estilo. Si no fuera por nosotros, el mundo se desintegraría de puro aburrimiento.
Evidentemente no hay que confiarse demasiado. Como el estegosaurio o la fondue con sus te-nedorcitos a juego -que ya nadie quiere, no nos engañemos-, si no logramos adaptarnos a es-tos nuevos tiempos, estamos condenados a la extinción. Steven Spielberg hará una película sobre nosotros. Necesitamos mantenernos atractivos para conservar nuestras parejas, y adqui-rir riqueza y salud para crecer y reproducirnos con el fin de pasar nuestros genes apáticos a generaciones venideras.
Aquí es donde entra este libro. Si buscáis consejos fáciles para convertiros en personas fabu-losas con una vida perfecta, ya podéis cerrarlo inmediatamente, porque no os va a interesar (aunque si queréis comprar unos cuantos ejemplares para regalar a vuestros amigos, no os cor-téis). Éste es el manual para la gente que no quiere esforzarse; para los que no quieren ni le-vantarse del sofá. Si sois vagos de nacimiento, este manual os explicará cómo mejorar sin te-ner que hacer el más mínimo esfuerzo.
Por no hacer, ni siquiera es preciso que lo leáis. Sólo con comprároslo y colocarlo en un sitio
bien visible de la casa, os sentiréis más felices, inteligentes y deseables. Ello se debe a un re-volucionario tratamiento que le hemos dado al papel, un compuesto químico al que hemos bautizado con el nombre de Osmósix y que puede ser perfectamente inhalado desde una posi-ción horizontal. En los países del hemisferio norte, el Osmósix se identifica por un ligero olor a aceite de freír. En el hemisferio sur se caracteriza por un leve tufillo a roquefort.
Además del Osmósix al final del libro os ofrecemos una serie de páginas en blanco. Aparte de servir para que el tomo parezca más grueso en las estanterías, estas páginas os permitirán fin-gir que leéis -en la playa o en el Metro-, cuando en realidad estéis descansando la vista y pen-sando en el último episodio de Sexo en Nueva York.
Por cierto, si por casualidad se os ocurre compartir este manual con vuestra pareja, miembros de vuestra familia o colegas de trabajo, debo advertiros que Osmósix es un compuesto muy sofisticado que, cual lapa, se pega a la composición química de la primera persona que abra el libro y respire su intenso perfume. El Osmósix funcionará sólo con quien lo haya comprado, por lo que los maridos o las secretarias deberán adquirir su propio ejemplar. Obviamente esto no os hará muy felices pero sí a nosotros. De hecho, en el mundillo editorial, el olor a Osmó-six nos recuerda mucho al de los billetes recién salidos del banco.
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Así que seguidme, hermanos y hermanas, y caminemos hacia un mundo más feliz (o un mun-do en que, como mínimo, nuestra cobardía pase totalmente inadvertida). Y mientras avanza-mos, recordad nuestro mantra, entonadlo en voz alta, imprimidlo y pegadlo en la nevera o la guantera del coche, o tatuároslo en el interior de los párpados para poder leerlo mientras dor-mís la siesta. Si queréis, podéis quitaros la camisa, sacar los tambores y cantarlo al ritmo de tam-tam (aunque si decidís saltar por ahí medio desnudos, os ruego que cerréis las persianas para que no os vean los vecinos).
¿Listos?.. ¿No?.. Ay, perdón. Pensaba que ya os lo había dicho. Nuestro mantra es: «Todo se puede fingir.». Podéis añadir todos los oms, ahs y grititos que os dé la gana, pero lo básico es eso: todo se puede fingir (excepto la falta de sinceridad, supongo. Es difícil fingir falta de sin-ceridad. Ah, y tener un pelo bonito. Desgraciadamente o tienes un pelo bonito o no lo tienes. Pero aparte de eso, el mantra no falla).
¿Preparados?. ¿Listos?. Pues adelante.
Buscar y encontrar.-
No es fácil ser vago en esta época (bueno, ni en esta ni en ninguna). Los súper ocupados no tienen ni la más remota idea de lo que cuesta no hacer nada. En efecto, amigos, requiere pa-ciencia, dedicación y un firme rechazo a entrar en razones. Sólo nosotros somos conscientes de la disciplina y energía que se necesita para dedicarnos a nuestro arte (Dios, qué cruz la nuestra … ).
Hoy en día existe más presión que nunca para mejorar: para parecer más guapos, meditar mas, beber menos y elevarnos a la altura de los ángeles. De vértigo. Incluso yo, cuando era más jo-ven y dinámico, caí en la trampa de recorrer el mundo en busca del secreto de una vida mejor.
Viajé hasta Suramérica, al tórrido desierto de Atacama, en Chile, donde me habían dicho que vivía un hombre muy sabio. No podía perderme, me aseguró la gente del lugar, al tiempo que me indicaban una montaña y un estrecho sendero entre rocas y peñascos. Me dijeron que el sabio era un viejo con barba que se asomarla por detrás de una roca y, cuando yo llegara a la parte más empinada, me acribillaría con mangos maduros.
-¿De dónde saca los mangos si vive en medio del desierto?. -quise saber. La gente del lugar bajó la cabeza y trazó dibujos en la arena con los dedos de los pies.
-Los caminos del viejo de la montaña son inescrutables -me contestaron.
Así que cogí una mochila y un impermeable y me dispuse a subir la montaña. Hacia un calor seco, lo cual era de esperar estando en el desierto. Cuando llegué a la parte más empinada, me cubrí la cabeza con el impermeable (porque a nadie le gusta que le acribillen con frutos tropi-cales), pero el viejo de la montaña no dio señales de vida. Así que ésta fue la primera lección que aprendí:
Yo esperaba lo peor, pero ahora que lo peor no ha sucedido, me siento decepcionado. Así pues, soy el artífice de mi propio desen-canto.
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Aunque la verdad es que ésa fue la segunda lección. La primera fue:
Si subes por la cara más empinada de una montaña con un imper-meable en la cabeza, no verás por dónde vas y te machacarás las espinillas.
Así pues, me quité el impermeable y, mientras me frotaba las espinillas, vislumbré una corni-sa en la roca. Allí sentado, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, había un viejo andra-joso con una barba igualmente andrajosa. Jadeando, caí de rodillas al suelo, en parte por res-peto al viejo y en parte porque la cuestecita se las traía, el oxígeno escaseaba y ninguno de los lugareños había querido venderme hojas de coca. Cuando recuperé el aliento, llegué a esta importante conclusión (que escribí en la arena con el dedo, por si luego se me olvidaba):
Si no tememos que nos arrojen frutos tropicales a la cabeza, vere-mos más claramente las riquezas que tenemos ante las narices.
No estaba seguro de qué debía decirle al sabio de la montaña, quien seguía respirando profun-damente con los ojos cerrados, como suelen hacer los sabios de la montaña y los animales en estado de hibernación. Finalmente, con mano temblorosa, le tiré un poco del taparrabos.
El viejo de la montaña se sobresaltó y abrió unos ojos intensos y dorados como copas de whisky. Alzando la mirada al cielo, pronunció las siguientes palabras:
-¿Qué demonios?.
-Soy tu modesto peregrino -le contesté, poniéndome a sus pies.
-¿Cómo has subido por la parte más empinada sin que yo te oyera?. -preguntó el viejo, que aprovechó mi postura para patearme la cabeza.
Pese a la sorpresa no me ofendí, ya que tengo entendido que los viejos sabios pueden ser un poco ariscos. Una vez, mi buen amigo Chunko visitó a un sabio en las calurosas junglas de Laos: el viejo perdió los nervios después de una partida de ajedrez y apaleó a mi amigo con un junco de bambú. «A veces -me dijo Chunko- las lecciones de los sabios son un poco duri-llas.»
Así pues, escribí otra lección en el polvo con el dedo:
No temas descubrir que tus ídolos tienen los pies de barro, así no te dolerá tanto cuando te pateen en la cabeza.
Por suerte, el viejo de la montaña enseguida dejó de patearme y se dispuso a volver a su sies-ta.
-Maestro -imploré-. Estoy a vuestro servicio.

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