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Darnton Robert – El lector como misterio

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Este ensayo se publicó originalmente en la revista Journal of French Studies (No. 23, 1986), y figura de modo más accesible en la colección de ensayos The Kiss of Lamourette. Reflections in Cultural History. Robert Darnton nació en los Estados Unidos en 1939. Inició su carrera como reportero policial de The Newark Star Ledger y de The New York Times, diario en el que su hermano John trabajaba a la sazón como periodista. A esa época pertenecen sus primeros artículos sobre la historia del libro y la ideología de la Revolución Francesa. De esos años datan también las dos pasiones que lo acompañarán en el futuro: la historia cultural de iletrados y pobres, y su amor de toda la vida por la Francia del siglo XVIII.

 

Hacia mediados de los años setenta Darnton publicó “Writting News and Telling Stories”, una pieza que ganó renombre y sitio en las antologías de los clásicos contemporáneos del ensayo en lengua inglesa. Una de sus ideas centrales es sencillamente fascinante: las nuevas de todos los días son repeticiones cíclicas de antiguos argumentos literarios que fueron en otro tiempo noticias que ahora nos devuelve la pluma de un escritor como un argumento literario que mañana será noticia…

A manera de ejemplo, Darnton evoca un episodio que narra con extrañas variaciones la misma tragedia: “Una historia recurrente es el caso de los padres que en un extravío de la identidad asesinan a su propio hijo. Se publicó por primera vez en una rudimentaria hoja parisina de noticias en 1618. Luego cruzó por innumerables reencarnaciones: apareció en Toulouse en 1848, en Angôuleme en 1881, y finalmente en un periódico argelino moderno del que la rescató Albert Camus para reescribirla con un estilo existencialista para L’etranger y Malentendu. Aunque los nombres, las fechas y los lugares varían, la forma del cuento es inequívocamente la misma en el curso de tres siglos”.

Darnton se educó como historiador en las universidades de Harvard y de Oxford; actualmente es titular de la cátedra “Shelby Cullom Davis” de Historia Moderna de Europa en la Universidad de Princeton. Como Praz y Bajtin, como Gay y Huizinga, como Burke o Shattuck, Darnton figura entre los eruditos universitarios que logró salir de la botella porque supo dar con el tono de charla y la vena narrativa que han permitido que su obra interese y divierta y capture a lectores ajenos al mundo académico.

 

Una autoridad en historia cultural de Europa del siglo XVIII, Darnton ha publicado también Mesmerism and the End of the Enlightenment (Schoken Books, 1968); The Business of Enlightenment: A Publishing History of the Encyclopédie, 1775-1800 (Cambridge, Mass., 1979); The Literary Underground of the Old Regime (Harvard University Press, 1982); La gran matanza de los gatos y otros episodios de historia cultural francesa (México, Fondo de Cultura Económica, traducción de Carlos Valdés, 1987). En colaboración con Daniel Roche preparó la edición de Revolution in Print: The Press in France, 1775-1880 (1990). Su libro más reciente es Berlin Journal, 1989-1990 (Norton, 1991).
 
 
 
Ovidio nos aconseja cómo leer una carta de amor: “Si tu enamorado se vale de un sirviente fiel para hacerte insinuaciones por medio de recados inscritos sobre tablillas, sopesa con cautela sus palabras, reflexiona en cada frase, procura adivinar si con hermosas expresiones finge sentimientos o si sus ruegos provienen de un corazón lacerado por un amor sincero”. El poeta romano podría ser cualquiera de nosotros.

 

Ovidio habla sobre un dilema en el que nos podemos ver a cualquier edad, que existe con vida propia más allá de las fronteras del tiempo. Al leer sobre la lectura en El arte de amar se tiene la sensación como de escuchar una voz que remonta una distancia de dos mil años para dirigirse directamente a nosotros. Pero mientras más escuchamos esa voz, más extraña resuena la sonoridad de su timbre. Ovidio a continuación prescribe, en El arte de amar, cómo arreglarse con maña para tratar con el amante a espaldas del marido:
Está en consonancia con la moral y la jurisprudencia que una mujer virtuosa debe temer a su marido y permanecer vigilada por una escolta severa…

Pero aunque tus guardias tuviesen la vista de lince de los ojos de Argos, si lo deseas de modo ferviente te será fácil engañarlos. Por ejemplo, ¿quién puede impedir que tu sirviente y cómplice oculte tus misivas en su corpiño o entre la planta del pie y la suela de la sandalia?
Supongamos que la guardia es tan sagaz como para barruntar este tipo de ardides. Entonces pide a tu confidente que te ofrezca su espalda para sustituir las tablillas y convierte su cuerpo en una carta viviente.

Se sobrentiende que la prenda amada desviste a la dócil esclava de su amante para leer el mensaje que porta su cuerpo —un estilo de comunicación por carta en cierto modo distante del de nuestros días. A pesar de ese falso dejo de obra intemporal, El arte de amar nos transporta a un mundo que apenas nos es dable imaginar. Para mejor comprenderlo es imprescindible al menos cierta familiaridad con la mitología romana, las técnicas de composición por escrito, la vida cotidiana del imperio. Se requiere un poco de imaginación para ponerse en el lugar de la esposa de un patricio romano, y para saber apreciar el contraste entre la moral y las maneras convencionales de una sociedad entregada a la vida mundana y al cinismo, precisamente en una época en la que se predicaba el Sermón de la Montaña, en lengua bárbara y lejos del alcance de los oídos romanos.

Leer a Ovidio nos enfrenta con el misterio de la lectura. Aunque leer es un acto a la vez natural y extraño que compartimos con nuestros antepasados, nuestras experiencias de lectura ni siquiera asemejan a las suyas como lectores. Podemos disfrutar la ilusión de viajar en el tiempo para establecer contacto con autores que vivieron hace tres siglos. Pero aun suponiendo que los textos que hoy leemos como antiguos se han mantenido inalterados —lo que se antoja virtualmente imposible debido a los cambios en la forma de preservar los libros como objetos meramente físicos—, nuestra relación con esos textos difícilmente equipara a la que tuvieron con esas obras los lectores del pasado. La lectura, en suma, también tiene una historia. ¿Cómo podemos recobrarla?

Podríamos empezar por examinar los testimonios de los propios lectores. En El queso y los gusanos, Carlo Ginzburg encontró uno, de un humilde molinero de la Friulia del siglo XVIII, entre los documentos de la Inquisición. Para reunir pruebas sobre el cargo de herejía, el inquisidor interrogó a su víctima sobre sus lecturas. Menocchio respondió con una retahíla de títulos y de comentarios detallados sobre cada libro leído. Al comparar los textos con las interpretaciones, Ginzburg descubrió que Menocchio había devorado una cantidad inmensa de relatos bíblicos, de crónicas, de libros de viajes, un acervo propio de la biblioteca de un patricio. Menocchio no era un simple destinatario del tipo habitual de mensajes que un orden social transmite de arriba abajo. No sólo había leído de modo compulsivo, sino que había modificado los contenidos de los textos a su alcance y con esas lecturas había edificado una concepción del mundo radicalmente distante de la visión cristiana de la vida. Si esa idea del mundo se remonta o no hasta las antiguas tradiciones populares, como Ginzburg afirma, es tema de otro debate; pero Ginzburg demostró, sin dejar lugar a duda, que es plausible estudiar la lectura como se estudia cualquier otro quehacer de la gente común y corriente que vivió hace cuatro siglos.

En el curso de mis propias investigaciones sobre la Francia del siglo XVIII tropecé con un testimonio sistemático de un lector de clase media. Se trataba de un comerciante de La Rochelle, de nombre Jean Ranson, lector apasionado e incondicional de Rousseau. Ranson no sólo leía con fruición a Rousseau sino que lloraba de emoción a cada página; a decir verdad, Ranson incorporó las ideas de Rousseau a cada acto decisivo de la trama de su vida: al establecerse como comerciante, al enamorarse, al contraer matrimonio y durante la crianza de sus hijos. Lectura y vida corren de la mano con motivos recurrentes en una caudalosa serie de cartas que Ranson escribió entre 1774 y 1785, y que confirma que las ideas de Rousseau fueron asimiladas profundamente al modo de vida de la burguesía de la provincia francesa en los años del Antiguo Régimen.

 

Tras la publicación de La nueva Eloísa, Rousseau recibió una cantidad abrumadora de cartas de tono parecido a las que Ranson escribió. Ésa fue, creo, la primera marejada de cartas de admiradores en de la historia de la literatura, aunque es cierto que Richardson había levantado algunas olitas en Inglaterra. Esas cartas revelan que los lectores de toda Francia respondieron como respondió Ranson y, además, que sus respuestas coincidieron con las reacciones que Rousseau procuró deliberadamente inculcar en sus lectores con los dos prefacios de su novela. Rousseau educó a su público en cómo debería leerlo. A sus lectores les asignó papeles y les ofreció una estrategia de lectura para someterse a su novela. Esta novedosa manera de leer funcionó tan impecablemente que La nueva Eloísa se convirtió en el gran best-seller del siglo, en la fuente más importante de la sensibilidad romántica. Esa sensibilidad se ha extinguido en la actualidad. Ningún lector moderno recorrería los seis volúmenes de La nueva Eloísa con el alma en vilo y hecho un mar de lágrimas. Pero en su momento culminante Rousseau cautivó a generaciones enteras de lectores al provocar una revolución en el acto quieto de leer.

Los ejemplos de Menocchio y de Ranson son un indicio de que leer y vivir, componer una página y darle significado a la vida, estaban vinculados de modo más íntimo en los orígenes de la historia moderna que en nuestros días. Pero antes de extraer conclusiones es necesario explorar con calma más archivos, comparar las descripciones de los lectores sobre sus experiencias de lectura con las anotaciones al margen en sus ejemplares y, cuando sea posible, con su propio comportamiento. Era un lugar común decir que Los sufrimientos del joven Wherter desencadenó en Alemania una oleada de suicidios. ¿No ha llegado el momento para hacer un nuevo repaso sobre esta “fiebre wherteriana”? Los prerrafaelistas propiciaron en Inglaterra resoluciones análogas al pregonar la doctrina de que la vida imita al arte, un tema que es posible perseguir desde Don Quijote hasta Madame Bovary y Miss Lonelyhearts. Al examinar caso por caso, la leyenda podría ganar en solidez si se le coteja con documentos: registros auténticos de los suicidios, diarios, cartas a los editores de las obras. La correspondencia de los escritores y los documentos de los editores son fuentes insuperables de información sobre los lectores reales. Hay docenas de cartas de lectores en la correspondencia publicada de Voltaire y de Rousseau y entre los documentos inéditos de Balzac y de Zola.

En suma, tendría que ser posible elaborar tanto una historia como una teoría sobre la respuesta del lector a una obra. Posible, pero en modo alguno sencillo; los documentos sólo muy rara vez revelan al lector en el acto mismo de leer, es decir, en el instante en que atribuye significados con inspiración en los textos, amén de que los documentos son a su vez textos que además requieren de interpretación. Muy pocos de esos documentos son suficientemente ricos como para proporcionarnos al menos acceso indirecto a los elementos cognoscitivos y emocionales de la lectura, y unos cuantos casos excepcionales podrían resultar insuficientes para reconstruir las dimensiones íntimas de esa experiencia. Pero los historiadores del libro ya han desenterrado una cantidad considerable de información sobre la historia exterior de la lectura. Una vez estudiada como fenómeno social, los historiadores podrán contestar a muchas de las preguntas esenciales: “quién”, “qué”, “dónde” y “cuándo”, respuestas de inestimable utilidad al intentar contestar las preguntas realmente complejas “por qué” y “cómo”.

Los estudios sobre quién lee qué libros en diferentes épocas suelen pertenecer a uno de dos enfoques principales: el macro y el microanalítico. El macroanálisis ha reverdecido particularmente en Francia, en donde esta escuela se nutre en una vigorosa tradición de historia social cuantitativa. Henri-Jean Martin, François Furet, Robert Estivals y Frédéric Barbier han rastreado la evolución de los hábitos de lectura desde el siglo XVI hasta el presente, valiéndose de series estadísticas de largo plazo elaboradas a partir del dépôt légal, de registros de los permisos de edición y de la publicación anual de la Bibliographie de la France. Un historiador puede advertir en las ondulaciones de estas gráficas muchos fenómenos deslumbrantes que cundieron como epidemia entre el público educado durante los años que van de Voltaire a Bougainville: la decadencia del latín, el auge de la novela, la fascinación general por el mundo cercano de la naturaleza y por los mundos distantes de los países exóticos.

 

Los alemanes han elaborado series estadísticas de mayor alcance gracias a fuentes de información particularmente ricas: los catálogos de las ferias del libro de Frankfurt y Leipzig, que abarcan de la mitad del siglo XVI a mediados del siglo XIX. (El catálogo de la Feria de Frankfurt se publicó ininterrumpidamente de 1564 a 1749, y el catálogo de Leipzig, que data de 1594, se puede sustituir para el periodo posterior a 1797 por el Hinrichssche Verzeichnisse.) Aunque los catálogos tienen sus desventajas, proporcionan un índice aproximado sobre la lectura en Alemania desde el Renacimiento; y esas fuentes de información abundantes han sido explotadas por una sucesión de historiadores alemanes del libro desde que Johann Goldfriedrich publicó, entre 1908 y 1909, su monumental obra Geschichte des deutschen Buchhandels.

 

El mundo de la lectura en lengua inglesa no dispone de parejas fuentes de información; pero para el periodo posterior a 1557, cuando Londres empezó a dominar la industria editorial, los documentos de la London Stationers’ Company han abastecido a H.S. Bennett, W.W. Greg y otros historiadores con suficiente material como para trazar la evolución del comercio del libro en lengua inglesa. Aunque la tradición bibliográfica británica no ha favorecido la compilación de estadísticas, hay una gran cantidad de información cuantitativa en los catálogos de las ventas al descubierto que se remontan a 1475. Giles Barber ha trazado algunas gráficas al estilo francés de las cifras de los registros de derechos aduanales, y Robert Winans y G. Thomas Tanselle se han formado una opinión de la etapa inicial de la lectura en Estados Unidos mediante una reelaboración de la inmensa American Bibliography, preparada por Charles Evans (dieciocho mil entradas para el periodo de 1638 a 1783, entre las que se incluyen, desafortunadamente, una cantidad indeterminada de “libros fantasmas”).

Todo este trajín para compilar y computar datos ha servido al menos para obtener algunas pautas sobre los hábitos de lectura, pero a veces se nos proponen conclusiones tan generales que difícilmente convencen. La novela, como la burguesía, daría la impresión de ir siempre en ascenso, a su vez, las gráficas caen en picada justo en los puntos previsibles —muy notablemente en el caso de la Feria del Libro de Leipzig en el curso de la Guerra de los Treinta Años, y en Francia durante los años de la Primera Guerra Mundial. La mayoría de los historiadores cuantitativos clasifican sus datos estadísticos en categorías tan imprecisas como “artes y ciencias” y “belles-lettres”, que terminan por ser deficientes para identificar fenómenos particulares como el Debate sobre la Sucesión, el Jansenismo, la Ilustración o el Renacimiento Gótico —esto es, los temas que mayor atención han despertado entre los historiadores culturales y los eruditos literarios. La historia cuantitativa del libro tendrá que depurar sus categorías y precisar sus enfoques antes de gozar de mayor ascendente, como seguramente tendrá, entre las corrientes académicas tradicionales.

A pesar de sus aciertos, los historiadores cuantitativos han descuidado algunos esquemas estadísticos significativos, y estoy seguro de que sus hallazgos serían aún más impresionantes si fuesen algo más que un empeño por hacer comparaciones entre un país y otro. Por ejemplo, las estadísticas son un indicio de que el renacimiento cultural de Alemania en las postrimerías del siglo XVIII tiene alguna suerte de relación con esa epidémica fiebre de lectura denominada comúnmente Lesewut o Lesesucht. El catálogo de Leipzig no alcanzó sino hasta 1794 el nivel que había fijado antes de la Guerra de los Treinta Años, cuando concluyó 1 200 títulos de libros recientemente publicados.

 

Con la efervescencia del Sturm und Drang, el catálogo se elevó a 1 600 títulos en 1770; luego a 2 600 en 1780 y a 5 000 en 1800. Los franceses siguieron un esquema diferente. La producción del libro creció de modo estable durante un siglo después de la paz de Westphalia (1648): un siglo de gran literatura, desde Corneille hasta la Encyclopédie, que coincidió con la decadencia de Alemania. Pero durante los cincuenta años siguientes, cuando las figuras prominentes de Alemania alcanzaron la cumbre de su talento, el crecimiento francés luce relativamente modesto. Según Robert Estivals los permisos de edición para publicar nueve libros (priviléges y permissions tacites) montaron a 729 en 1764, a 896 en 1770, y a sólo 527 en 1780; los nuevos títulos propuestos al dépôt légal en 1780 sumaron 700. Sin duda, diferentes tipos de documentos y criterios disímiles de medida pueden arrojar diferentes resultados, amén de que las fuentes oficiales excluyen la enorme producción ilegal de libros franceses.

 

Pero cualesquiera que sean sus deficiencias, las cifras indican un gran salto adelante en la vida literaria alemana después de un siglo de preponderancia francesa. Alemania tenía también más escritores, aunque la población de las áreas franco y germano parlantes era casi la misma. Un almanaque literario alemán, Das gelehrte Teutschland enlistó 3 000 escritores vivos en 1772 y 4 300 en 1776. Una publicación francesa equiparable, La France littéraire, incluía a 1 187 autores en 1757 y a 2 367 en 1769. Mientras que Voltaire y Rousseau se internaban en la vejez, Goethe y Schiller alcanzaron la cresta de una ola de creatividad literaria mucho más fértil de lo que cabe imaginar si uno se atiene exclusivamente a las historias convencionales de la literatura.

La minuciosa comparación de estadísticas suele ser muy útil para trazar un mapa de corrientes culturales. Luego de tabular los permisos de edición de libros en el curso del siglo XVIII, François Furet confirmó una acentuada debilidad de las antiguas ramas del saber, particularmente las humanidades y la literatura clásica latina, dominios del conocimiento que según las estadísticas de Henri-Jean Martin habían reverdecido durante el siglo XVII. Después de 1750 es notable el predominio de géneros novedosos como los clasificados bajo el rubro de “Arts and Sciences”. Al examinar los archivos notariales parisinos, Daniel Roche y Michel Marion se percataron de una tendencia análoga. Novelas, libros de viajes y obras de historia natural tienden a arrumbar a los clásicos en las bibliotecas de los aristócratas y de la burguesía acomodada. Todos los estudios reparan en el declive significativo de la literatura religiosa durante el siglo XVIII. Estos estudios confirman los hallazgos de la investigación cuantitativa en otros dominios de la historia social: el de Michele Vovelle sobre ritos funerarios, por ejemplo, y la investigación de Dominique Julia sobre órdenes religiosas y prácticas de enseñanza.

 

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