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La ventana siniestra

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La casa estaba situada en Dresden Avenue, en el barrio Oak Knoll, de Pasadena, y era un edificio grande, sólido, de aspecto frío, con paredes de ladrillo color rojizo, techo de tejas y adornos de piedra blanca. Las ventanas del frente, en el piso superior, sobresalían y estaban rodeadas por numerosos ornamentos de piedra imitación rococó.
Desde la pared delantera bordeada por arbustos en flor, se extendía medio acre de hermoso césped verde que terminaba en un suave declive hacia la calle y pasaba alrededor de un enorme cedro como una ola verde y fresca rodeando una roca.

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La acera y el camino del parque eran muy anchos y en este último había tres acacias blancas que valía la pena ver. Sobre la mañana se sentía un pesado perfume de verano y todo lo que crecía estaba perfectamente quieto en el aire irrespirable que flota allí en lo que ellos suelen llamar un día lindo y fresco.

Todo lo que sabía respecto a esa gente era que se trataba de una tal señora Elizabeth Bright Murdock y su familia, y que ella quería contratar a un detective privado, eficaz y limpio, que no dejase caer cenizas de cigarrillo en el piso y que nunca llevase más de una pistola. También sabía que aquélla era la viuda de un viejo chivo con bigotes llamado Jasper Murdock, que había ganado una fortuna ayudando a la comunidad, y cuya fotografía aparecía siempre en el diario de Pasadena en el día de su aniversario, con las fechas de su nacimiento y muerte, y el epígrafe: Su Vida Fue Su Lucha.

Dejé mi coche en la calle y subí por unas cuantas docenas de escalones de piedra enclavados en el césped verde, e hice sonar el timbre que estaba en la galería de ladrillos, debajo de un techo puntiagudo.

Una pared baja de ladrillo colorado corría a lo largo del frente de la casa, desde la puerta al camino del garaje. Al final del mismo, sobre un bloque de cemento, había un pequeño negro pintado con pantalones de montar blancos, una chaqueta verde y una gorra colorada. Sostenía un látigo. A sus pies se veía una argolla de hierro para atar caballos. Parecía un poco triste, como si hubiera estado esperando durante mucho tiempo y se estuviera desanimando. Me acerqué y le palmeé la cabeza mientras esperaba que alguien apareciera en la puerta.

Al cabo de un rato, una mujer madura y avinagrada, con uniforme de criada, entreabrió la puerta unos quince centímetros y me miró con desconfianza.
—Philip Marlowe —dije—. Vengo a ver a la señora Murdock. Estoy citado.
—¿A cuál de ellas?
—¿Eh?

—¿A qué señora Murdock? —preguntó ella, casi gritando.
—La señora Elizabeth Bright Murdock —respondí—. No sabía que había más de una.
—Pues así es —contestó bruscamente—. ¿Tiene una tarjeta?
La puerta seguía entreabierta unos quince centímetros. A través de la abertura asomó la punta de una nariz y una mano delgada y musculosa. Saqué mi billetera y extraje una de las tarjetas que tienen solamente mi nombre y la deposité en la mano. Le entregué mi tarjeta y cerró la puerta violentamente en mis narices.

Pasó mucho tiempo y la puerta se abrió de nuevo.
—Por aquí —dijo la mujer avinagrada.
Entré. La primera habitación era amplia, cuadrada y fría, y tenía el tranquilo aire de una capilla funeraria y algo de su olor. Tapices sobre las ásperas y vacías paredes estucadas, enrejados de hierro imitando balcones por la parte exterior de las altas ventanas, pesadas sillas talladas con asientos de felpa, respaldos tapizados y borlas doradas, sin brillo, colgando de los costados. En la parte trasera, una ventana del tamaño de una cancha de tenis con vidrios de color. Debajo de ella, puertas francesas con cortinas. Una vieja habitación, mohosa, rancia, mezquina, limpia y amarga. No parecía que nadie se hubiera acercado a ella o hubiera deseado hacerlo. Mesas con tablero de mármol de patas torcidas, relojes dorados, pequeñas estatuas de mármol de dos colores; una cantidad de basura que llevaría por lo menos una semana limpiar. Mucho dinero y todo desperdiciado. Treinta años atrás, en la rica y severa ciudad provinciana que era entonces Pasadena, ése debía haber sido un cuarto formidable.

Salimos de él y seguimos por un corredor y después de un rato, la mujer avinagrada abrió una puerta y me invitó a pasar.
—El señor Marlowe —anunció con voz desagradable, y se alejó apretando los dientes.

2
Era una pequeña habitación que daba al jardín posterior. Tenía una fea alfombra roja y marrón, estaba amueblada como una oficina y contenía lo que uno espera encontrar en una pequeña oficina.
Una muchacha rubia y frágil, con las gafas de carey, me miró.
Tenía sus manos puestas sobre las teclas pero sin ningún papel en la máquina. Me miró entrar en la habitación con la expresión rígida y tonta de una persona tímida posando para una fotografía. Cuando me indicó que me sentara noté que su voz era clara y suave.
—Soy la señorita Davis, la secretaria de la señora Murdock. Ella desea que usted me dé algunas referencias.

—¿Referencias?
—Por supuesto, referencias. ¿Le sorprende a usted?
Deposité mi sombrero sobre el escritorio y el cigarrillo sin encender sobre el ala del sombrero.
—¿Quiere usted decir que me mandó buscar sin saber nada acerca de mí?
Su labio tembló y se lo mordió. Yo no sabía si estaba asustada o molesta o si tenía dificultades en mostrarse austera. Pero no parecía feliz.
—Obtuvo su nombre del gerente de una sucursal del Banco de Seguros de California. Pero él no le conoce a usted personalmente —dijo ella.

—Prepare su lápiz —exclamé yo.
Ella lo levantó y me mostró que en ese momento le había sacado la punta y que estaba lista para empezar. Dije:
—Primero, uno de los vicepresidentes de ese mismo Banco, George S. Leake. Está en la oficina principal. Luego, el senador Huston Oglethorpe. Puede estar en Sacramento o en el edificio del Estado, en Los Ángeles. Después Sidney Dreyfus, hijo de la firma «Dreyfus Turner Swayne», abogados en el edificio de Títulos y Seguros. ¿Apuntó esto?
Ella escribía fácil y rápidamente. Asintió sin mirarme. La luz danzaba sobre su rubio cabello.
—Olíver Fry de la corporación «Fry-Frantz» de herramientas para pozos petroleros. Están en la calle 9a. al Este, en la zona industrial. Si quiere un par de policías, cuente con Bernard Ohls, de la oficina del fiscal del distrito, y el teniente detective Cari Randall, de la Oficina Central de Homicidios. ¿Cree que esto será suficiente?

—No se ría de mí —dijo ella—, yo sólo estoy haciendo lo que me dicen.
—No me estoy riendo de usted. ¿Hace calor, no es cierto?
—Para Pasadena no es caluroso —exclamó ella. Depositó la guía telefónica sobre el escritorio y se puso a trabajar.
Mientras ella buscaba los números y telefoneaba a uno y otro, me dediqué a estudiarla. Era pálida, con una especie de palidez natural. Parecía lo suficientemente sana. Su grueso cabello rubio cobrizo no era feo de por sí, pero lo llevaba tan tirante sobre su estrecha cabeza que casi no parecía cabello. Sus cejas eran finas y extrañamente derechas, más oscuras que su cabello, de un color casi castaño. Su nariz tenía un tinte blancuzco, de persona anémica. La barbilla era demasiado pequeña, muy aguda, y parecía inestable. No usaba maquillaje, sólo un poco de rojo en los labios. Los ojos, detrás de las gafas, eran muy grandes, azul cobalto, con el iris enorme y una expresión vaga; ambos párpados eran tirantes, de manera que los ojos tenían un aspecto ligeramente oriental. Era como si la piel de su rostro fuera naturalmente tan tensa que se los estirara a los costados. Toda la cara tenía una especie de encanto neurótico fuera de tono que sólo necesitaba algo de hábil maquillaje para ser llamativo. Usaba un vestido de lino de una pieza, mangas cortas y ningún ornamento. Sus brazos desnudos tenían vello y unas cuantas pecas.

No presté mayor atención a lo que ella decía por teléfono. Lo que le era dicho lo escribía en taquigrafía con diestros y fáciles trazos. Cuando finalizó, colgó la guía de un gancho, se levantó y alisó su vestido de lino sobre los muslos.
—Tenga la bondad de esperar un momento —murmuró, y se dirigió hacia la puerta.
A mitad de camino se detuvo, volvió y cerró uno de los cajones superiores del escritorio. Salió. La puerta se cerró. Se hizo el silencio. Del otro lado de la ventana zumbaban las abejas. A lo lejos oí el ruido de una aspiradora. Tomé el cigarrillo que había puesto en el ala del sombrero, lo sostuve en mi boca y me puse de pie. Di la vuelta al escritorio y abrí el cajón que ella había cerrado.
No era nada de mi incumbencia. Simple curiosidad. No tenía por qué importarme que ella tuviese una pequeña automática «Colt» en el cajón. Lo cerré y volví a sentarme.

Permaneció ausente unos cuatro minutos. Abrió la puerta, se detuvo en el umbral y dijo: —La señora Murdock lo recibirá ahora. Recorrimos más pasillos y ella abrió la hoja de una puerta vidriera doble y se hizo a un costado. Yo entré y la puerta se cerró detrás de mí.

Allí dentro había una oscuridad tal que al principio no pude ver nada, exceptuando la luz exterior que se filtraba entre espesos arbustos y cortinas. Entonces vi que el cuarto era una especie de solárium y que se había permitido que la vegetación lo ahogase por completo. Estaba decorado con alfombras de pasto y muebles de caña. Junto a la ventana había un sofá de caña. Tenía un respaldo curvo y almohadones suficientes como para rellenar un elefante, y sobre él estaba reclinada una mujer con un vaso de vino en la mano. Pude percibir el espeso perfume alcohólico de la bebida antes de que me fuera posible verla. Entonces mis ojos se acostumbraron a la luz y alcancé a distinguir sus rasgos.
Tenía una cara y un mentón de grandes proporciones. Su cabello gris estaba ordenado por una tosca permanente, y tenía una nariz dura y grandes ojos húmedos con tanta expresión humana como unas piedras mojadas. Tenía encaje en el cuello, pero éste habría estado adecuadamente colocado dentro de una camiseta de futbolista. Llevaba un vestido grisáceo, de seda. Sus gruesos brazos estaban desnudos y tenían lunares. En sus orejas lucía aros de azabache. A su lado había una mesa cubierta con un vidrio, y sobre ella una botella de oporto. Sorbía del vaso que sostenía y me miró por encima de él.

Yo estaba de pie. Ella me dejó en esa posición mientras terminaba su oporto. Apoyó el vaso sobre la mesa y se tocó los labios con un pañuelo. Entonces habló. Su voz tenía una calidad dura de barítono y daba la impresión de no tener nada que ver con desatinos.
—Siéntese, señor Marlowe. Por favor, no encienda ese cigarrillo. Soy asmática.
Me senté en una mecedora de caña v me metí el cigarrillo todavía apagado detrás del pañuelo que llevaba en el pequeño bolsillo exterior de la chaqueta.

—Nunca traté con detectives privados, señor Marlowe. No sé nada respecto de ellos. Sus referencias parecen satisfactorias. ¿Cuánto cobra?
—¿Para hacer qué, señora Murdock?
—Es un asunto muy confidencial, naturalmente. Nada relacionado con la Policía. Si tuviese algo que ver con la Policía, la habría llamado.
—Cobro veinticinco dólares por día, señora Murdock. Y los gastos, lógicamente.
—Me parece mucho. Debe ganar una cantidad enorme de dinero.
—No —respondí—. No es así. Naturalmente, usted puede contratar un detective por cualquier precio…, como un abogado. O un dentista. No soy una organización. Soy un hombre solo, y me ocupo de un solo caso por vez. Corro riesgos, a veces riesgos enormes, y no trabajo permanentemente. No, no creo que veinticinco dólares por día sea demasiado.
—Entiendo. ¿Y de qué tipo son los gastos?

—Detalles que surgen en una u otra ocasión. Uno no puede preverlos.
—Preferiría saberlo —dijo ella, acremente.
—Lo sabrá —contesté—. Lo tendrá todo escrito y bien detallado. Tendrá oportunidad de reclamar si no está de acuerdo.
—¿Y qué adelanto espera?
—Con cien dólares bastaría.
—Lo imagino —afirmó ella. Terminó su oporto y volvió a llenar el vaso sin detenerse siquiera a secar sus labios.
—Con personas que se encuentran en su situación, señora Murdock, puedo prescindir perfectamente del adelanto.

—Señor Marlowe —manifestó ella—, soy una mujer testaruda. Pero no deje que yo le asuste. Porque si yo puedo amedrentarlo, usted no me servirá de mucho.
Asentí y dejé que el viento llevara sus palabras.
—Mi asma —comentó sin interés—. Bebo este vino como remedio. Por eso no se lo ofrezco. El dinero no tiene especial importancia —prosiguió ella—. Una mujer que está en mi posición siempre tiene que pagar de más, y termina esperando que eso ocurra. Confío en que usted rendirá por lo que cobra. La situación es ésta. Me han robado algo de considerable valor. Quiero recuperarlo, pero deseo algo más que eso. Nadie debe ser arrestado. El ladrón resulta ser miembro de mi familia… pariente político —hizo girar el vaso con sus gruesos dedos y sonrió vagamente en la tenue luz del cuarto en penumbras—. Mi nuera —agregó—. Una muchacha encantadora… y dura como una tabla de roble —me miró con un nuevo brillo en los ojos—. Tengo un hijo que es un maldito idiota —prosiguió—. Pero lo quiero mucho. Hace aproximadamente un año contrajo matrimonio, sin mi consentimiento. Fue un error por parte de él porque es completamente incapaz de ganarse la vida, y no tiene más dinero que el que yo le doy. Y no soy muy generosa. La mujer que eligió, o que lo eligió a él, era cancionista de un club nocturno. Su nombre, bastante apropiado, es Linda Conquest  . Han vivido en esta casa. No reñimos porque no permito que la gente riña conmigo en mi propio hogar pero no nos hemos entendido. Pagué sus gastos, le di un coche a cada uno de ellos, le pasé a la dama un presupuesto suficiente, aunque no demasiado pródigo, para su ropa y otros gastos. No hay duda alguna de que ella ha encontrado esta vida un poco aburrida. Indudablemente encontró aburrido a mi hijo. Yo misma lo tengo en ese concepto. Sea como fuere, partió muy bruscamente, hace aproximadamente una semana, sin dejar su nuevo domicilio ni despedirse.

Tosió, buscó un pañuelo y se sonó la nariz.
—Lo que robó —continuó— fue una moneda. Es una pieza de oro bastante rara llamada Doblón Brasher. Era el orgullo de la colección de mi marido. Esas cosas no me interesan, pero a él le atraían mucho. Conservé la colección intacta desde que murió hace cuatro años. Estaba en el piso superior, en una habitación cerrada, a prueba de fuego, en gabinetes también a prueba de fuego. Está asegurada, pero todavía no comuniqué su pérdida. No quiero hacerlo, si puedo evitarlo. Estoy segura de que Linda se la llevó. Se dice que la moneda vale más de diez mil dólares. Es un ejemplar original.

—Pero muy difícil de vender —comenté.
—Quizá. No lo sé. No descubrí la falta de la moneda hasta ayer. Tampoco la habría notado en ese momento, porque nunca me acerco a la colección, si no hubiese llamado un tal Morningstar, de Los Ángeles, que dijo ser numismático, y que preguntó si el Murdock Brasher, como él lo designó, estaba en venta. Mi hijo había recibido la comunicación. Contestó que no creía estuviera en venta, que nunca lo había estado, y que si el señor Morningstar llamaba en otro momento, quizá podría hablar conmigo. En ese momento no era posible, porque yo estaba descansando. El hombre asintió. Mi hijo le transmitió la conversación a la señorita Davis, quien me puso al tanto. Le pedí que ella llamase a ese hombre. Sentía una vaga curiosidad.
Sorbió otro poco de oporto, agitó el pañuelo y gruñó.
—¿Por qué sintió curiosidad, señora Murdock? —pregunté, por decir algo.

—Si el hombre era un numismático de reputación, tenía que saber que la moneda no estaba en venta. Mi esposo, Jasper Murdock, estipuló en el testamento que ninguna pieza de su colección podría ser vendida, prestada o hipotecada durante mi vida. No podría ser retirada de la casa, exceptuando por un daño al edificio que exigiese el traslado, y en este caso sólo con participación de los albaceas. Mi esposo —comentó sonriendo amargamente— parecía convencido de que yo debería haberme interesado más en sus fragmentos de metal mientras él vivía.
Afuera el día era hermoso, brillaba el sol, florecían los pimpollos, los pájaros cantaban.
Los coches pasaban por la calle con un sonido confortablemente distante. En la habitación en penumbras, con la mujer de rasgos duros y el olor a vino, todo parecía un poco irreal. Crucé mis piernas y esperé.

—Hablé con el señor Morningstar. Su nombre completo es Elisha Morningstar y tiene su oficina en el Edificio Belfont, en Ninth Street, Los Angeles. Le informé que la colección Murdock no estaba en venta, que no lo había estado nunca y que en lo que de mí dependía tampoco lo estaría en el futuro, y que me sorprendía que él no lo supiese. Él carraspeó, masculló algo y luego me preguntó si lo autorizaba a examinar la moneda. Respondí que no se lo permitía de ninguna manera. Me dio las gracias un poco secamente y cortó la comunicación. Parecía un hombre de edad avanzada.
Entonces subí a examinar personalmente la moneda, cosa que no hacía desde un año atrás. Había desaparecido de su lugar en uno de los gabinetes cerrados a prueba de fuego.

No hice ningún comentario. Ella volvió a llenar su vaso y tamborileó con sus gruesos dedos sobre el brazo del sofá.
—Probablemente usted podrá adivinar lo que pensé en ese momento —agregó.
—Quizás en lo que se refiere al señor Morningstar —contesté—. Alguien le había ofrecido la moneda en venta, y él supo o sospechó de dónde venía. La pieza debe ser muy poco común.
—Dentro de lo que se designa como ejemplar original es ciertamente algo muy poco común. Sí, a mí se me ocurrió la misma idea.
—¿Cómo podría haber sido robada? —pregunté.

—Muy fácilmente, por cualquier ocupante de la casa. Las llaves están en mi cartera, y ésta siempre queda en uno u otro lugar. Sería muy sencillo apoderarse de las llaves por el tiempo necesario para abrir una puerta y un gabinete y luego devolverlas. Es difícil para un intruso, pero cualquiera de las personas que están en la casa podría haberla robado.
—Entiendo. ¿Cómo comprobó que su nuera fue quien lo hurtó, señora Murdock?

—No lo comprobé… en términos estrictamente jurídicos. Pero estoy convencida de eso. Las criadas son tres mujeres que están aquí desde hace muchos, muchos años… desde antes que me casara con el señor Murdock, cosa que ocurrió hace sólo siete años. El jardinero no entra nunca en la casa. No tengo chófer, porque el coche lo manejan mi hijo o mi secretaria. Mi hijo no robó la moneda, primeramente porque no es tan tonto como para hacer eso con su propia madre, y además, porque si él la hubiese robado, le habría resultado muy fácil impedir que yo hablase con el señor Morningstar. La señorita Davis… sería ridículo. No tiene ese tipo. Demasiado tímida. No, señor Marlowe, Linda es la única que habría sido capaz de hacerlo, sólo por despecho. Y usted sabe lo que es esta gente de los clubs nocturnos.

—Es gente de toda clase… como el resto de nosotros —respondí—. Supongo que no habrá rastros de un ratero, ¿verdad? Se habría necesitado un tipo de métodos muy delicados para que robase una sola pieza de valor, de modo que eso está descartado. Sin embargo, sería mejor que echase un vistazo en el cuarto.

—Acabo de decirle, señor Marlowe, que la señora Linda Murdock, mi nuera, robó el Doblón Brasher.
—Suponiendo que sea así, señora Murdock, ¿qué quiere que haga?
—En primer lugar deseo que recupere la moneda. En segundo lugar pido un divorcio sin discusión para mi hijo. Y no estoy dispuesta a comprarlo. Me atrevo a creer que usted sabe cómo se hacen estas cosas.
—Quizá lo sepa —comenté—. Usted dice que la dama se mudó sin dejar su nuevo domicilio. ¿Eso significa que usted no tiene idea de su paradero?
—Exactamente.

—Una desaparición, entonces. Quizá su hijo tenga alguna idea que no le transmitió a usted. Tendré que verlo.
—Mi hijo no sabe nada. Ni siquiera sabe que el doblón fue robado. No quiero que sepa nada. Cuando llegue el momento, me ocuparé de él. Hasta entonces quiero que lo dejen en paz. Él hará exactamente lo que yo le indique.
—Eso no ha ocurrido siempre —comenté.
—Su boda —afirmó con tono desagradable— fue un impulso momentáneo. Luego trató de comportarse como un caballero. Yo no tengo esos escrúpulos.
—En California se necesitan tres días para llevar a cabo uno de esos impulsos momentáneos, señora Murdock.

—Jovencito, ¿acepta o no este trabajo?
—Lo acepto si me ponen al tanto de los detalles y me permiten llevar el caso adelante como lo crea conveniente. No lo acepto si usted piensa establecer un montón de reglas y condiciones que entorpecerían mi marcha.
—Éste es un delicado asunto de familia —exclamó ella, riendo ásperamente—. Y debe ser tratado con delicadeza, señor Marlowe.
—Si me contrata, obtendrá toda la delicadeza de la que soy capaz. Si ésta no le parece suficiente, quizá será mejor que emplee a otro detective. Por ejemplo, entiendo que usted no quiere que se inicie un caso contra su nuera. No soy lo bastante delicado para eso.
—Me servirá —dijo secamente—. Ojalá lo hubiese encontrado hace dos años, antes que él se casase con esa mujer.

Tocó un timbre, y la menuda rubia cobriza entró en la habitación con el mentón bajo, como si temiese que alguien le tirase un puñetazo.
—Extiéndele a este hombre un cheque por doscientos cincuenta dólares —le rugió la vieja bruja—. Cierra el pico y no hables con nadie de esto.
—Sabe que nunca comento sus asuntos privados, señora Murdock —gimió—. Sabe que no lo hago. Ni siquiera en sueños me atrevería a…

—Necesito una fotografía de la dama y algunas informaciones —dije, cuando la puerta se hubo cerrado.
—Busque en el cajón del escritorio —contestó la mujer, y sus anillos lanzaron destellos en la oscuridad cuando señaló con su dedo gris.

Me acerqué y abrí el único cajón del escritorio de caña, y saqué una fotografía que estaba sola en el fondo, boca arriba, mirándome con fríos ojos oscuros. Volví a sentarme con la fotografía, y la estudié. Cabellos oscuros con raya al medio y flojamente echados hacia atrás sobre una frente amplia. Una ancha boca despectiva con labios muy tentadores. Una linda nariz, ni demasiado pequeña ni demasiado grande. Huesos fuertes en todo el rostro. En la expresión faltaba algo. En un tiempo ese algo podría haber sido llamado aristocracia, pero ahora no sabía cómo designarlo. La cara parecía demasiado astuta y demasiado prevenida para su edad.

Sacudí la cabeza sobre la fotografía y la guardé en mi bolsillo, pensando que obtenía de ella más de lo que se podía esperar de un retrato, y eso a pesar de la luz escasa.
La puerta se abrió y la muchacha menuda con el vestido de hilo entró con un talonario de cheques y una estilográfica, y convirtió su brazo en un escritorio para que la señora Murdock firmase. Se irguió con una sonrisa tensa; la señora Murdock me señaló con un gesto brusco y la muchacha menuda arrancó el cheque y me lo entregó. Se detuvo junto al umbral, esperando.
Nadie le dijo nada, de modo que volvió a salir silenciosamente y cerró la puerta.
—¿Qué puede contarme acerca de Linda?

—Prácticamente nada. Antes de casarse con mi hijo compartía un departamento con una muchacha llamada Lois Magic, que también es una especie de actriz. Esta gente elige los nombres más extravagantes. Las dos trabajaban en un lugar llamado el «Idle Valley Club», sobre el Ventura Boulevard. Mi hijo Leslie lo conoce demasiado bien. No sé nada respecto a la familia o los orígenes de Linda. En una ocasión dijo que había nacido en Sioux Falls. Supongo que tenía padres. No me interesaba tanto como para tratar de averiguarlo.
—¿No conoce el domicilio de la señorita Magic?
—No, no lo conocí nunca.
—¿Podría saberlo su hijo… o la señorita Davis?
—Se lo preguntaré a mi hijo cuando venga. No lo creo. Puede preguntárselo a la señorita Davis. Estoy segura de que ella no lo sabe.

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