Cerebro

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Llevada por una frágil resolución, Katherine Collins subió los tres peldaños de entrada, llegó hasta la puerta de vidrio y acero inoxidable y le dio un empujón. No se abrió. Se echó hacia atrás y leyó la inscripción grabada en el dintel: «Centro Médico de la Universidad de Hobson: Para enfermos y accidentados de la Ciudad de Nueva York». A su modo de ver, hubiera debido decir: «Abandonad toda esperanza, los que aquí entráis».
Dio la vuelta, entornando los párpados ante el sol matinal de primavera; sentía el impulso de huir y regresar a su apartamento confortable. Lo último que deseaba en el mundo era volver al hospital. Pero antes de que pudiera moverse subieron varios pacientes, que la rozaron al pasar. Sin detenerse, abrieron la puerta que conducía a la clínica principal; la ominosa mole del edificio los devoró instantáneamente.
Katherine cerró los ojos por un instante, asombrada por su propia estupidez. ¡Claro, las puertas de la clínica se abrían hacia afuera! Con el bolso apretado contra el cuerpo, abrió la puerta y entró en el submundo del hospital.
Lo primero que la atacó fue el olor. En sus veintiún años de experiencia no había registrado nada semejante.
El elemento principal era algo químico, una mezcla de alcohol con un desodorante asquerosamente dulzón. Comprendió que el alcohol respondía a un intento de dominar la enfermedad, que acechaba en el aire, y en cuanto al desodorante, sabía que servía para cubrir los olores biológicos que siempre la acompañan. Hasta su primera visita al hospital, algunos meses antes, nunca había pensado en su propia muerte, como si la salud y el bienestar fueran un derecho propio. En ese momento, al entrar en la clínica y sentir ese olor, las cosas cambiaron; sus recientes problemas de salud le invadieron la conciencia. Mordiéndose el labio inferior para dominar sus emociones, se abrió paso hacia los ascensores.
A Katherine la perturbaba el gentío de los hospitales. Hubiera querido recogerse en sí misma como una crisálida, para que no la tocaran, para que no le respiraran ni le tosieran encima. Le costaba mirar los rostros distorsionados, los sarpullidos escamosos, las erupciones supurantes. En el ascensor resultó aún más desagradable, pues allí se vio apretada contra una humanidad similar a los grupos pintados por Brueghel. Mantuvo los ojos fijos en el indicador de pisos, tratando de no prestar atención a lo que la rodeaba, mientras ensayaba el discurso que le diría a la recepcionista de Ginecología: «Hola; soy Katherine Collins, estudiante de la universidad. He venido cuatro veces a visitarme. Estoy a punto de volver a casa, para consultar al médico de mi familia, y quisiera una copia de mi historial ginecológico».
Parecía bastante simple. Sus ojos vagaron hasta el ascensorista. Tenía el rostro sumamente ancho, pero cuando se ponía de perfil la cabeza era chata. Katherine, involuntariamente, fijó la vista en su imagen deforme; y cuando el ascensorista se volvió para anunciar que estaban en el tercer piso, se encontró con la mirada fija de la muchacha. El hombre tenía un ojo desviado hacia abajo y hacia un lado; el otro se clavó en Katherine con una maligna atención. Ella apartó la vista, sintiendo que enrojecía. Un hombre corpulento y velludo la empujó para descender. Katherine se apoyó en la pared del ascensor para no perder el equilibrio y bajó la vista hacia una niñita rubia de cinco años. Un ojo verde le devolvió la sonrisa. El otro estaba perdido bajo los pliegues violáceos de un gran tumor.
Las puertas se cerraron y el ascensor siguió subiendo. Una sensación de mareo se abatió sobre Katherine. No se parecía al que había presagiado los dos ataques sufridos el mes anterior, pero aun así la atemorizaba, dado el ambiente cerrado del recinto. Cerró los ojos para combatir la claustrofobia. Alguien tosió detrás, rociándole el cuello. El ascensor se detuvo bruscamente y las puertas se abrieron. La muchacha bajó al cuarto piso de la clínica y se acercó a la pared para apoyarse, mientras los otros se adelantaban. El mareo pasó pronto. Cuando volvió a la normalidad, tomó a la izquierda por un pasillo que, veinte años antes, habría sido verde.
El pasillo se ensanchó, convirtiéndose en la sala de espera de Ginecología. Estaba atestado de pacientes, niños y humo de cigarrillo. Katherine cruzó la zona central y entró en un vestíbulo sin salida que se abría a la derecha. La clínica ginecológica de la universidad, que atendía a los estudiantes así como al personal del hospital, tenía su propia sala de espera, aunque el decorado y el mobiliario eran idénticos a los del salón principal. Cuando Katherine entró había siete mujeres sentadas en las sillas de vinilo y acero. Todas hojeaban, nerviosas, ejemplares atrasados de distintas revistas. La recepcionista, una mujer de unos veinticinco años, de pelo desteñido y aspecto de pájaro, piel pálida y facciones estrechas, estaba sentada ante su mesa. Un cartelito firmemente prendido sobre su pecho plano proclamaba que su nombre era Ellen Cohen. Al ver que se aproximaba un paciente levantó la vista.
—Hola. Soy Katherine Collins…
Su voz carecía de la seguridad que había pensado darle. En realidad, cuando llegó al final de su solicitud parecía estar suplicando. La recepcionista se la quedó mirando unos momentos.
—¿Quiere su historial? —preguntó, su voz reflejaba una mezcla de desdén e incredulidad.
Katherine asintió, tratando de sonreír.
—Bueno, tendrá que hablar con la señorita Blackman. Siéntese, por favor.
La voz de Ellen Cohen se había tornado brusca y autoritaria. Katherine consiguió asiento cerca de la mesa, mientras la recepcionista sacaba su historia clínica de un archivo y desaparecía por una de las diversas puertas que llevaban a los consultorios.
La muchacha, sin darse cuenta, empezó a alisarse el pelo brillante estirándolo hacia abajo sobre el hombro izquierdo, en un gesto habitual que hacía cuando estaba nerviosa. Era una joven atractiva, de ojos azul grisáceos, relucientes y atentos. Medía un metro cincuenta y seis, pero su enérgica personalidad la hacía parecer más alta. Los amigos de la universidad le tenían mucho aprecio, tal vez por su franqueza, y sus padres la adoraban. A ellos les preocupaba que su única hija se encontrara, sola y vulnerable, en la jungla de Nueva York. Sin embargo había sido la actitud excesivamente protectora de sus padres lo que decidió a Katherine a marcharse a estudiar allí, convencida de que la gran ciudad le ayudaría a demostrar su individualidad, su fuerza innata. Y hasta que apareció su enfermedad lo había logrado, burlándose de las advertencias paternas. Nueva York era suyo; Katherine amaba su palpitante vitalidad.
La recepcionista volvió a su puesto y se sentó ante la máquina de escribir.
Katherine observó subrepticiamente la sala de espera, observando las cabezas inclinadas de las jóvenes que esperaban turno, como ganado anónimo. Se sentía muy agradecida por no tener que someterse a un nuevo examen, desagradable experiencia por la que había pasado cuatro veces; la última, hacía tan sólo cuatro semanas. Acudir a la clínica había sido el más difícil de todos sus actos de independencia. En realidad, habría preferido con mucho volver a Weston, Massachussetts, para consultar con su propio ginecólogo, el doctor Wilson; hasta entonces él había sido el primero y el único en atenderla. El doctor Wilson era mayor que los internos de la clínica y tenía sentido del humor, lo cual disimulaba los aspectos humillantes de aquella situación, tornándola siquiera tolerable. Allí era distinto. La clínica resultaba impersonal y fría; combinada con el ambiente general, cada visita se convertía en una pesadilla. Sin embargo, Katherine había insistido. Su sentido de la independencia lo exigía, al menos hasta presentarse la enfermedad.
La señorita Blackman, la enfermera, salió de un consultorio. Era una mujer robusta, de unos cuarenta y cinco años de edad; tenía el pelo negro como el carbón recogido en un apretado moño sobre la nuca. Vestía un impecable uniforme blanco, rígido de almidón. Su atuendo revelaba de qué modo le gustaba manejar el departamento de Ginecología: con fría eficiencia. Llevaba once años trabajando en el Centro Médico.
La recepcionista le dijo algo; Katherine oyó mencionar su propio nombre. La enfermera, haciendo un gesto afirmativo, se volvió a mirarla por un momento. Sus ojos, de color oscuro, daban una impresión de gran calidez, a pesar de ese exterior rígido. Súbitamente, a Katherine se le ocurrió que fuera del hospital aquella mujer debía ser mucho más agradable.
Pero la señorita Blackman no se acercó a hablar con ella. En cambio susurró algo a Ellen Cohen y volvió a la zona de los consultorios. Katherine sintió que la sangre le subía al rostro. Pensó que la estaban olvidando deliberadamente, como si el personal de la clínica eligiera ese medio para demostrarle su disgusto porque ella deseaba consultar con su propio médico. Nerviosa, tendió la mano hacia un ejemplar de Ladies’Home Journal; era de un año atrás y le faltaba la cubierta pero, aun así no podía tampoco concentrarse.
Para entretenerse, trató de pensar en el momento en que llegara a su casa, esa noche; en la sorpresa que se llevarían sus padres. Ya se imaginaba entrando en su antiguo dormitorio. No iba allí desde Navidad, pero sabía que el cuarto estaría tal como ella lo había dejado. El cubrecama amarillo, las cortinas haciendo juego, todos los recuerdos de su adolescencia, cuidadosamente preservados por su madre. La imagen materna, tranquilizadora, la indujo a preguntarse una vez más si no sería mejor llamarlos para advertirles de su llegada. La ventaja era que irían a buscarla al aeropuerto; la desventaja, que probablemente la obligarían a dar una explicación sobre el motivo de ese regreso, y ella prefería hablar de su enfermedad cara a cara, no por teléfono.
Veinte minutos después volvió a aparecer la señorita Blackman, que conversó con la recepcionista en voz baja. Katherine fingió estar absorta en la revista. Al fin la enfermera se le acercó.
—¿Señorita Collins? —pronunció, con sutil irritación.
Katherine levantó la vista.
—Me han dicho que ha pedido usted su historial clínico.
—Así es —respondió ella, dejando la revista.
—¿No está satisfecha con nuestra atención? —inquirió la señorita Blackman.
—Nada de eso. Es que deseo que me visite el médico de mi familia y quiero una copia de las anotaciones para llevársela.
—Eso es bastante irregular —observó la señorita Blackman—. Sólo enviamos los informes cuando los solicita un médico.
—Esta noche salgo para mi casa y quiero llevarme esos informes. Si mi médico los necesita, prefiero no esperar a que los envíen.
—No se ajusta a los procedimientos que seguimos aquí, en el Centro Médico.
—Pero yo sé que tengo derecho a pedir una copia.
Un incómodo silencio siguió a este último comentario. La señorita Blackman, que no estaba acostumbrada a esos enfrentamientos, la miraba con la expresión exasperada de un padre que no sabe qué hacer ante un niño testarudo. Katherine le devolvió la mirada, traspasada por los ojos oscuros y brillantes de la enfermera.
—Tendrá que hablar con el médico —dijo la mujer, abruptamente.
Y se alejó sin esperar respuesta, para desaparecer por una de las puertas cercanas. La cerradura resonó a su espalda con mecánica determinación.

Katherine tomó aliento y echó una mirada a su alrededor. Las otras pacientes la miraban con cautela, como si compartieran el desdén del personal por quien se atrevía a alterar los procedimientos normales del hospital. Katherine se esforzó por mantener el dominio de sí, diciéndose que se había comportado como una paranoica. Fingió leer su revista, pero sentía las miradas fijas de las otras mujeres. Hubiera querido esconderse dentro de sí como una tortuga, o levantarse y desaparecer. No podía hacer ninguna de las dos cosas. El tiempo transcurría lenta, penosamente. Varias pacientes fueron atendidas. Ya era obvio que la pasaban por alto.
Sólo tres cuartos de hora después, el médico del departamento, vestido con pantalones y chaquetilla blancos, arrugados, apareció con la historia clínica de Katherine. La recepcionista la señaló con la cabeza, y el doctor Harper se adelantó a grandes pasos hasta detenerse frente a ella. Era calvo, a excepción de una franja de pelo que se iniciaba sobre las orejas, curvándose en rizos sobre el cuello. Él era quien la había visitado dos veces, y Katherine recordaba claramente sus manos peludas, que adquirían un aspecto extraño dentro de los guantes de látex semitransparente.
Levantó la vista hacia él, con la esperanza de encontrar cierta calidez en su actitud, pero no la había. El médico hojeó silenciosamente la carpeta, sosteniéndola con la mano izquierda mientras seguía el contenido con el índice derecho. Parecía a punto de pronunciar un sermón.
Katherine bajó la vista. El médico llevaba una serie de manchitas de diminutas gotas de sangre en la pierna izquierda del pantalón. Enganchado en el cinturón, a la derecha, se veía un trozo de tubo de goma; a la izquierda, un estetoscopio.
—¿Por qué quiere llevarse su historial ginecológico? —preguntó, sin mirarla.
Katherine explicó nuevamente sus planes.
—Me parece una pérdida de tiempo —observó él, sin dejar de hojear la carpeta—. La verdad, esta historia clínica no tiene casi nada. Un par de Papanicolau levemente atípicos y una pequeña hemorragia que queda explicada por una ligera erosión cervical. En realidad, esto no le sirve a nadie. Aquí tuvo un episodio de cistitis, causado sin duda por haber realizado el acto sexual el día anterior al comienzo de los síntomas, según usted admitió.
Katherine se ruborizó de humillación. Sabía que todo el mundo en la sala de espera estaba escuchando la conversación.
—Vea, señorita Collins, sus ataques no tienen nada que ver con Ginecología. Le sugiero que consulte al departamento de Neurología…
—Ya fui a Neurología —interrumpió ella—. Y ya tengo ese historial.
Se esforzaba por contener las lágrimas. No solía ceder a las emociones, pero las pocas veces en que se sentía a punto de llorar le era difícil dominarse. El doctor David Harper apartó lentamente los ojos de la carpeta. Tomó aliento y lo despidió ruidosamente, por entre los labios parcialmente ahuecados. Parecía aburrido.
—Vea, señorita, aquí se la ha atendido muy bien…
—No me quejo de la atención —replicó Katherine, sin levantar la vista. Las lágrimas que le llenaban los ojos amenazaban con correrle por las mejillas—. Sólo quiero mi historial.
—Lo que quiero decir —prosiguió el médico— es que no necesita pedir otras opiniones sobre su condición ginecológica.
—Por favor —dijo ella, lentamente—; ¿me va a dar mi historial o quiere que hable con el administrador?
Alzó la mirada poco a poco y atrapó con el nudillo la lágrima que se le había escurrido por encima del párpado. El médico acabó por encogerse de hombros. Katherine lo oyó maldecir por lo bajo mientras arrojaba la carpeta en la mesa de la recepcionista ordenándole que hiciera una copia. Sin despedirse, sin siquiera mirar atrás, desapareció hacia los consultorios.
Katherine se puso el abrigo; notó que estaba temblando y que volvía a marearse. Al acercarse a la mesa de recepción, tuvo que aferrarse al borde para no perder el equilibrio.
La rubia de la cara de pájaro optó por no prestarle la menor atención y siguió escribiendo una carta. Al ver que ponía también el sobre en la máquina, la muchacha le recordó su presencia.
—Está bien, espere un momento —dijo Ellen Cohen, destacando con irritación cada palabra.
Sólo cuando tuvo el sobre preparado, lleno, cerrado y sellado se dignó levantarse, tomar la carpeta de Katherine y desaparecer por el pasillo. Mientras tanto ni siquiera la miró a los ojos.
Pasaron otras dos pacientes antes de que Katherine recibiera su sobre de papel manila. Consiguió dar las gracias, pero la recepcionista no se molestó en contestarle. A ella no le importó. Con el sobre bajo el brazo y el bolso colgado del hombro, cruzó casi corriendo por entre el tumulto que atestaba la sala principal de Ginecología.
Se detuvo en aquel ambiente invadida por una sofocante oleada de mareos. Su frágil estado emotivo, combinado con el súbito esfuerzo físico del paso rápido, habían sido

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