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Gabriel García Márquez – El otoño del patriarca

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Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa
presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y
removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada
del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa
de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar
sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más
resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros
proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus
goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían
resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito
de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la
vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran
arduamente visibles en la luz decrépita. A lo largo del primer patio, cuyas
baldosas habían cedido a la presión subterránea de la maleza, vimos el retén
en desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el
largo mesón de tablones bastos con los platos de sobras del almuerzo
dominical interrumpido por el pánico, vimos el galpón en penumbra donde
estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos entre los
memoriales sin resolver cuyo curso ordinario había sido más lento que las
vidas más áridas, vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde
fueron cristianizadas con sacramentos marciales más de cinco generaciones,
vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en
cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos
del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año del cometa, el coche fúnebre
del progreso dentro del orden, la limusina sonámbula del primer siglo de paz,
todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los
colores de la bandera. En el patio siguiente, detrás de una verja de hierro,
estaban los rosales nevados de polvo lunar a cuya sombra dormían los
leprosos en los tiempos grandes de la casa, y habían proliferado tanto en el
abandono que apenas si quedaba un resquicio sin olor en aquel aire de rosas
revuelto con la pestilencia que nos llegaba del fondo del jardín y el tufo de
gallinero y la hedentina de boñigas y fermentos de orines de vacas y soldados
de la basílica colonial convertida en establo de ordeño. Abriéndonos paso a
través del matorral asfixiante vimos la galería de arcadas con tiestos de
claveles y frondas de astromelias y trinitarias donde estuvieron las barracas de
las concubinas, y por la variedad de los residuos domésticos y la cantidad de
las máquinas de coser nos pareció posible que allí hubieran vivido más de mil
mujeres con sus recuas de sietemesinos, vimos el desorden de guerra de las
cocinas, la ropa podrida al sol en las albercas de lavar, la sentina abierta del
cagadero común de concubinas y soldados, y vimos en el fondo los sauces
babilónicos que habían sido transportados vivos desde el Asia Menor en
gigantescos invernaderos de mar, con su propio suelo, su savia y su llovizna, y
al fondo de los sauces vimos la casa civil, inmensa y triste, por cuyas celosías
desportilladas seguían metiéndose los gallinazos. No tuvimos que forzar la
entrada, como habíamos pensado, pues la puerta central pareció abrirse al solo
impulso de la voz, de modo que subimos a la planta principal por una escalera
de piedra viva cuyas alfombras de ópera habían sido trituradas por las pezuñas
de las vacas, y desde el primer vestíbulo hasta los dormitorios privados vimos
las oficinas y las salas oficiales en ruinas por donde andaban las vacas
impávidas comiéndose las cortinas de terciopelo y mordisqueando el raso de
los sillones, vimos cuadros heroicos de santos y militares tirados por el suelo
entre muebles rotos y plastas recientes de boñiga de vaca, vimos un comedor
comido por las vacas, la sala de música profanada por estropicios de vacas, las
mesitas de dominó destruidas y las praderas de las mesas de billar
esquilmadas por las vacas, vimos abandonada en un rincón la máquina del
viento, la que falsificaba cualquier fenómeno de los cuatro cuadrantes de la
rosa náutica para que la gente de la casa soportara la nostalgia del mar que se
fue, vimos jaulas de pájaros colgadas por todas partes y todavía cubiertas con
los trapos de dormir de alguna noche de la semana anterior, y vimos por las
ventanas numerosas el extenso animal dormido de la ciudad todavía inocente
del lunes histórico que empezaba a vivir, y más allá de la ciudad, hasta el
horizonte, vimos los cráteres muertos de ásperas cenizas de luna de la llanura
sin término donde había estado el mar. En aquel recinto prohibido que muy
pocas gentes de privilegio habían logrado conocer, sentimos por primera vez el
olor de carnaza de los gallinazos, percibimos su asma milenaria, su instinto
premonitorio, y guiándonos por el viento de putrefacción de sus aletazos
encontramos en la sala de audiencias los cascarones agusanados de las
vacas, sus cuartos traseros de animal femenino varias veces repetidos en los
espejos de cuerpo entero, y entonces empujamos una puerta lateral que daba
a una oficina disimulada en el muro, y allí lo vimos a él, con el uniforme de
lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro en el talón izquierdo, más
viejo que todos los hombres y todos los animales viejos de la tierra y del agua,
y estaba tirado en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la
cabeza para que le sirviera de almohada, como había dormido noche tras
noche durante todas las noches de su larguísima vida de déspota solitario. Sólo
cuando lo volteamos para verle la cara comprendimos que era imposible
reconocerlo aunque no hubiera estado carcomido de gallinazos, porque
ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en ambos
lados de las monedas, en las estampillas de correo, en las etiquetas de los
depurativos, en los bragueros y los escapularios, y aunque su litografía
enmarcada con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba expuesta
a todas horas en todas partes, sabíamos que eran copias de copias de retratos
que ya se consideraban infieles en los tiempos del cometa, cuando nuestros
propios padres sabían quién era él porque se lo habían oído contar a los suyos,
como éstos a los suyos, y desde niños nos acostumbraron a creer que él
estaba vivo en la casa del poder porque alguien había visto encenderse los
globos de luz una noche de fiesta, alguien había contado que vi los ojos tristes,
los labios pálidos, la mano pensativa que iba diciendo adioses de nadie a
través de los ornamentos de misa del coche presidencial, porque un domingo
de hacía muchos años se habían llevado al ciego callejero que por cinco
centavos recitaba los versos del olvidado poeta Rubén Darío y había vuelto
feliz con una morrocota legítima con que le pagaron un recital que había hecho
sólo para él, aunque no lo había visto, por supuesto, no porque fuera ciego sino
porque ningún mortal lo había visto desde los tiempos del vómito negro, y sin
embargo sabíamos que él estaba ahí, lo sabíamos porque el mundo seguía, la
vida seguía, el correo llegaba, la banda municipal tocaba la retreta de valses
bobos de los sábados bajo las palmeras polvorientas y los faroles mustios de la
Plaza de Armas, y otros músicos viejos reemplazaban en la banda a los
músicos muertos. En los últimos años, cuando no se volvieron a oír ruidos
humanos ni cantos de pájaros en el interior y se cerraron para siempre los
portones blindados, sabíamos que había alguien en la casa civil porque de
noche se veían luces que parecían de navegación a través de las ventanas del
lado del mar, y quienes se atrevieron a acercarse oyeron desastres de pezuñas
y suspiros de animal grande detrás de las paredes fortificadas, y una tarde de
enero habíamos visto una vaca contemplando el crepúsculo desde el balcón
presidencial, imagínese, una vaca en el balcón de la patria, qué cosa más
inicua, qué país de mierda, pero se hicieron tantas conjeturas de cómo era
posible que una vaca llegara hasta un balcón si todo el mundo sabía que las
vacas no se trepaban por las escaleras, y menos si eran de piedra, y mucho
menos si estaban alfombradas, que al final no supimos si en realidad la vimos o
si era que pasamos una tarde por la Plaza de Armas y habíamos soñado
caminando que habíamos visto una vaca en un balcón presidencial donde nada
se había visto ni había de verse otra vez en muchos años hasta el amanecer
del último viernes cuando empezaron a llegar los primeros gallinazos que se
alzaron de donde estaban siempre adormilados en la cornisa del hospital de
pobres, vinieron más de tierra adentro, vinieron en oleadas sucesivas desde el
horizonte del mar de polvo donde estuvo el mar, volaron todo un día en círculos
lentos sobre la casa del poder hasta que un rey con plumas de novia y golilla
encarnada impartió una orden silenciosa y empezó aquel estropicio de vidrios,
aquel viento de muerto grande, aquel entrar y salir de gallinazos por las
ventanas como sólo era concebible en una casa sin autoridad, de modo que
también nosotros nos atrevimos a entrar y encontramos en el santuario desierto
los escombros de la grandeza, el cuerpo picoteado, las manos lisas de doncella
con el anillo del poder en el hueso anular, y tenía todo el cuerpo retoñado de
líquenes minúsculos y animales parasitarios de fondo de mar, sobre todo en las
axilas y en las ingles, y tenía el braguero de lona en el testículo herniado que
era lo único que habían eludido los gallinazos a pesar de ser tan grande como
un riñón de buey, pero ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte
porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y
vestido, y muerto al parecer de muerte natural durante el sueño, como estaba
anunciado desde hacía muchos años en las aguas premonitorias de los
lebrillos de las pitonisas. La primera vez que lo encontraron, en el principio de
su otoño, la nación estaba todavía bastante viva como para que él se sintiera
amenazado de muerte hasta en la soledad de su dormitorio, y sin embargo
gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás, pues aquello
no parecía entonces una casa presidencial sino un mercado donde había que
abrirse paso por entre ordenanzas descalzos que descargaban burros de
hortalizas y huacales de gallinas en los corredores, saltando por encima de
comadres con ahijados famélicos que dormían apelotonadas en las escaleras
para esperar el milagro de la caridad oficial, había que eludir las corrientes de
agua sucia de las concubinas deslenguadas que cambiaban por flores nuevas
las flores nocturnas de los floreros y trapeaban los pisos y cantaban canciones
de amores ilusorios al compás de las ramas secas con que venteaban las
alfombras en los balcones, y todo aquello entre el escándalo de los
funcionarios vitalicios que encontraban gallinas poniendo en las gavetas de los
escritorios, y tráficos de putas y soldados en los retretes, y alborotos de
pájaros, y peleas de perros callejeros en medio de las audiencias, porque nadie
sabía quién era quién ni de parte de quién en aquel palacio de puertas abiertas
dentro de cuyo desorden descomunal era imposible establecer dónde estaba el
gobierno. El hombre de la casa no sólo participaba de aquel desastre de feria
sino que él mismo lo promovía y comandaba, pues tan pronto como se
encendían las luces de su dormitorio, antes de que empezaran a cantar los
gallos, la diana de la guardia presidencial mandaba el aviso del nuevo día al
cercano cuartel del Conde, y éste lo repetía para la base de San Jerónimo, y
ésta para la fortaleza del puerto, y ésta volvía a repetirlo para las seis dianas
sucesivas que despertaban primero a la ciudad y luego a todo el país, mientras
él meditaba en el excusado portátil tratando de apagar con las manos el
zumbido de sus oídos, que entonces empezaba a manifestarse, y viendo pasar
la luz de los buques por el voluble mar de topacio que en aquellos tiempos de
gloria estaba todavía frente a su ventana. Todos los días, desde que tomó
posesión de la casa, había vigilado el ordeño en los establos para medir con su
mano la cantidad de leche que habían de llevar las tres carretas presidenciales
a los cuarteles de la ciudad, tomaba en la cocina un tazón de café negro con
cazabe sin saber muy bien para dónde lo arrastraban las ventoleras de la
nueva jornada, atento siempre al cotorreo de la servidumbre que era la gente
de la casa con quien hablaba el mismo lenguaje, cuyos halagos serios
estimaba más y cuyos corazones descifraba mejor, y un poco antes de las
nueve tomaba un baño lento de aguas de hojas hervidas en la alberca de
granito construida a la sombra de los almendros de su patio privado, y sólo
después de las once conseguía sobreponerse a la zozobra del amanecer y se