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Emmanuel Kant – Teoría y praxis

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Se llama teoría a un conjunto de reglas, incluso de las prácticas,
cuando estas reglas, como principios, son pensadas con cierta
universalidad y, además, cuando son abstraídas del gran número de
condiciones que sin embargo influyen necesariamente en su aplicación.
En cambio, no se llama práctica a cualquier manejo, sino sólo a esa
efectuación de un fin que es pensada como cumplimiento de ciertos
principios de procedimiento representados en general.1
Aunque la teoría puede ser todo lo completa que se quiera, se
exige también entre la teoría y la práctica un miembro intermediario que
haga el enlace y el pasaje de la una a la otra; pues al concepto del
entendimiento que contiene la regla se tiene que añadir un acto de la
facultad de juzgar por el que el práctico diferencie si el caso cae o no
bajo la regla. Y como a la vez a la facultad de juzgar no siempre se le
pueden proporcionar reglas por las que ella tuviera que guiarse en la
subsunción (pues esto iría al infinito), podrá haber teóricos que jamás
devengan prácticos en su vida porque carecen de la facultad de juzgar:
por ejemplo médicos o juristas que han hecho buenos estudios, pero
que no saben cómo deben conducirse cuando tienen que dar un consejo.
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Pero incluso si existe esa disposición natural, puede ocurrir que
haya un defecto en las premisas. Es decir, es posible que la teoría sea
incompleta y que sólo se complete mediante ensayos y experiencias
todavía por hacer, por lo que el médico al salir de la escuela, el
agricultor o e1financiero pueden Y deben abstraer nuevas reglas a partir
de esos ensayos y experiencias y completar su teoría. En este caso no es
culpa de la teoría si ésta es poca cosa para la práctica, sino de que hay
poca teoría, la teoría que el hombre habría debido aprender a partir de
la experiencia, y que es la verdadera teoría, aunque aquél no fuese
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capaz de dársela por sí mismo ni de exponerla sistemáticamente como
un maestro, y que, por tanto, na a puede reclamar en nombre de médico
teórico, de agricultor teórico, etcétera.
En consecuencia, nadie puede decirse prácticamente versado en
una ciencia y a la vez despreciar la teoría, pues así mostraría
simplemente que es un ignorante en su oficio, en cuanto cree poder
avanzar más de lo que le permitiría la teoría mediante ensayos y
experiencias hechos a tientas, sin reunir ciertos principios (que
propiamente constituyen lo que se llama teoría) y sin haber pensado su
tarea como un todo (el cual, cuando se procede metódicamente, se
llama sistema).
Sin embargo es más tolerable ver que un ignorante considera que
en su presunta práctica la teoría es inútil y superflua, que ver que un
razonador concede que la teoría es buena para la escuela (más o menos
para ejercitar la inteligencia) pero que en la práctica ocurre algo
enteramente distinto, que cuando se pasa de la escuela al mundo uno
advierte que ha perseguido ideales vacíos y sueños filosóficos; en una
palabra: que lo que es plausible en la teoría no tiene validez alguna para
la práctica. (Con frecuencia se expresa también esto así: esta o aquella
proposición vale in thesi, pero no in hypothesi)3.
Ahora bien, uno no haría más que reírse de un mecánico empírico
o de un artillero que negaran el uno la mecánica general y el otro la
teoría matemática del lanzamiento de bombas, al sostener uno y otro
que esas teorías son por cierto sutiles pero que no son válidas en la
práctica porque, en la aplicación, la experiencia da otros resultados que
los de la teoría. (En efecto, si a la primera se le añade la teoría de la
acción y a la segunda la de la resistencia del aire, entonces en general:
más teoría todavía, una y otra concordarían muy bien con la experiencia).
Sin embargo el caso es totalmente distinto según se trate de
una teoría que concierne a los objetos de la intuición o de una teoría en
la que estos objetos son representados sólo por conceptos (con objetos
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de la matemática, y con objetos de la filosofía)4: es posible que estos
últimos objetos sean pensados perfectamente y sin reproche (por parte
de la razón); pero quizá no puedan ser dados, sino que pueden ser
meras ideas vacías, de las que no se podría hacer uso alguno en la
práctica, o sólo un uso perjudicial. En tales casos el refrán estaría
justificado.
Pero en una teoría fundada sobre el concepto de deber se anula el
recelo causado por la vacía idealidad de este concepto. Pues no sería un
deber intentar cierto efecto de nuestra voluntad, si ese efecto no fuera
también posible en la experiencia (sea ese efecto pensado como
consumado, o como aproximándose constantemente a su consumación);
y en el presente tratado sólo hablamos de esta especie de teoría. Pues a
propósito de esta última se ha alegado frecuentemente, para escándalo
de la filosofía, que lo que puede ser correcto en ella es sin embargo sin
valor para la práctica; y esto proferido en un tono altivo, desdeñoso y
pleno de arrogancia con la intención de reformar mediante la
experiencia, a la razón misma en lo que ésta pone su honor supremo, y
de poder ver más lejos y con más seguridad, en una seudosabiduría, con
ojos de topo clavados en la experiencia, que con los ojos propios de un
ser hecho para estar erguido y contemplar el cielo.
Esa máxima, que en nuestra época rica en proverbios y vacía en
acción se ha vuelto muy común, ocasiona el mayor daño cuando le
refiere a algo moral (deber de virtud o de derecho). Pues aquí se trata
del canon de la razón (en lo práctico), donde el valor de la práctica
reposa enteramente en su adecuación a la teoría que le sirve de base, y
todo está perdido si las condiciones empíricas y, por tanto, contingentes
de la ejecución de la ley se convierten en condiciones de la ley misma, y
si, en consecuencia, una práctica calculada sobre un resultado probable
según la experiencia sucedida hasta ahora resulta autorizada a dominar
la teoría subsistente por sí misma.
Divido este tratado según los tres diversos puntos de vista desde
los que suele evaluar su objeto el hombre de bien que resuelve tan
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atrevidamente acerca de teorías y sistemas; entonces según una triple
cualidad: 1) como hombre privado, pero sin embargo hombre práctico
[Geschäftsmanhl]; 2) como hombre político [Staatsmanni]; 3) como
hombre de mundo [WeItmann] (o ciudadano del mundo [Weltbürger]
en general). Ahora bien, estas tres personas están de acuerdo en
arremeter contra el hombre de escuela [Schulmann] que elabora teorías
para ellas y para mejorarlas: imaginándose que entienden el asunto
mejor que él, lo reconducen a su escuela (illa se jactet in aula)a,a como
a un pedante que, perdido para la práctica, no hace más que cerrar el
paso a la experimentada sabiduría de las tres.
Presentaremos entonces la relación de la teoría con la práctica en
tres partes: primeramente en la moral en general (con respecto al bien
[Wohl] de cada hombre), en segundo lugar en la política (relativamente
al bien de los Estados), en tercer lugar desde el punto de vista
cosmopolita (con respecto al bien del género humano en su totalidad, y
en cuanto este género humano está comprendido en el progreso a ese
bien en la serie de las generaciones de todos los tiempos futuros). Pero
por razones que surgen del tratado mismo los títulos de las partes serán
expresados por la relación de la teoría con la práctica en la moral, en el
derecho político y en el derecho internacional.5

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