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Ernesto Sábato – El Túnel

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BASTARÁ decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne;
supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan
mayores explicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En
realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una
forma de defensa de la especie humana. La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no
indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente
las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo,
por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así,
casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor”, si no fuera porque el presente
me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros
cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la
temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he
quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer
una noticia en la sección policial!. Pero la verdad es que no siempre lo más
vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son
gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya
matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es
pernicioso?. Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción.
Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su
veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recurriendo a
anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo
confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad,
liquidando a seis o siete tipos que conozco.
Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría
un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista
se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.
Ernesto Sábato 6
El tunel
No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante,
si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.
II
COMO decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a
escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre
todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que
pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que
me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que
publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos,
pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen
de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un
superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido. De la
vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del
Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de
Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre;
quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se
la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas
veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico,
como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la
soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia
argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban
a las rodillas?
La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la
abnegación, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desesperaba ante la idea
de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte
no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese
tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan buena como puede
Ernesto Sábato 7
El tunel
llegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un
hombre, cómo al comienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un
sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me
sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para llegar a tiempo tuve que
viajar dos días enteros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de
cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmuró unas palabras para
compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí,
oscuramente, el vanidoso orgullo de haber acudido tan pronto. Confieso este secreto
para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás.
Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a
aceptar que hay algo de orgullo o de soberbia. Pero ¿por qué esa manía de querer
encontrar explicación a todos los actos de la vida?
Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones
de ninguna especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó, al
que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa
gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso que
ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un crimen hasta el
final.
Podría reservarme los motivos que me movieron a escribir estas páginas de
confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que
de todos modos es bastante simple, pensé que podrían ser leídas por mucha gente,
ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la
humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la
débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. AUNQUE SEA UNA SOLA
PERSONA.
“¿Por qué —se podrá preguntar alguien— apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser
leído por tantas personas? Éste es el género de preguntas que considero inútiles, y no obstante hay
que preverlas, porque la gente hace constantemente preguntas inútiles, preguntas que el análisis
más superficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una
asamblea de cien mil rusos, nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir?
Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona
que maté.
Ernesto Sábato 8
El tunel
III
TODOS saben que maté a María Iribarne Hunter. Pero nadie sabe cómo la conocí,
qué relaciones hubo exactamente entre nosotros y cómo fui haciéndome a la idea de
matarla. Trataré de relatar todo imparcialmente porque, aunque sufrí mucho por su
culpa, no tengo la necia pretensión de ser perfecto.
En el Salón de Primavera de 1946 presenté un cuadro llamado Maternidad. Era
por el estilo de muchos otros anteriores : como dicen los críticos en su insoportable
dialecto, era sólido, estaba bien arquitecturado. Tenía, en fin, los atributos que esos
charlatanes encontraban siempre en mis telas, incluyendo “cierta cosa
profundamente intelectual”. Pero arriba, a la izquierda, a través de una ventanita, se
veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el
mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado
y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta.
Nadie se fijó en esta escena; pasaban la mirada por encima, como por algo
secundario, probablemente decorativo. Con excepción de una sola persona, nadie
pareció comprender que esa escena constituía algo esencial. Fue el día de la
inauguración. Una muchacha desconocida estuvo mucho tiempo delante de mi
cuadro sin dar importancia, en apariencia, a la gran mujer en primer plano, la mujer
que miraba jugar al niño. En cambio, miró fijamente la escena de la ventana y
mientras lo hacía tuve la seguridad de que estaba aislada del mundo entero; no vio
ni oyó a la gente que pasaba o se detenía frente a mi tela.
La observé todo el tiempo con ansiedad. Después desapareció en la multitud,
mientras yo vacilaba entre un miedo invencible y un angustioso deseo de llamarla.
¿Miedo de qué? Quizá, algo así como miedo de jugar todo el dinero de que se
dispone en la vida a un solo número. Sin embargo, cuando desapareció, me sentí
irritado, infeliz, pensando que podría no verla más, perdida entre los millones de
habitantes anónimos de Buenos Aires.
Esa noche volví a casa nervioso, descontento, triste.

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