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El Amor – Marguerite Duras

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Duras, Marguerite - El amorTres personas -una mujer encinta, un viajero y un hombre que camina- han terminado por encerrarse, cada una de ellas con alguna poderosa razón, en el espacio abierto de una isla. Sólo ellas tres parecen ocupar el espacio soleado y ventoso de la playa desierta delimitada, a un lado, por el malecón y, al otro, por el río. En su melancólico vaivén, se miran a sí mismas y entre sí en el silencio atemporal, con la mirada hueca y fría de quienes han llegado al final. Todo parece haber quedado atrás: entre los brazos de una esposa y de sus hijos para el viajero; en un remoto salón de baile para la mujer encinta; y en el recuerdo intenso de un nombre olvidado para el hombre que camina. Pero, de pronto, por un instante, un atisbo de deseo vuelve a animarlas; se acercan, se rozan, se hablan, se interrogan en la noche, ante el mar… ¿El amor?

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El amor

Un hombre.
Está de pie, mira: la playa, la mar. La mar está baja, apacible, la estación es indefinida, el tiempo, lento.
El nombre se encuentra en un camino de tablas colocado sobre la arena.
Va vestido con ropas oscuras. Puede distinguirse su rostro.
Sus ojos son claros.
No se mueve. Mira.
La mar, la playa, hay charcos, superficies aisladas de agua tranquila.
Entre el hombre que mira y la mar, siguiendo la orilla de la mar, lejos, alguien camina. Otro hombre. Va vestido con ropas oscuras. A esta distancia su rostro es indistinto. Camina, va, viene, va, vuelve, su recorrido es bastante largo, siempre igual.
En alguna parte de la playa, a la derecha del que mira, un movimiento luminoso: un charco se vacía, una fuente, un río, unos ríos, sin punto de reposo, alimentan el abismo de sal.
A la izquierda, una mujer con los ojos cerrados. Sentada.
El hombre que camina no mira, nada, nada que no sea la arena que tiene ante él. Su caminar es incesante, regular, lejano.
El triángulo se cierra con la mujer de los ojos cerrados. Está recostada en un muro que delimita la playa hacia su final, hacia la ciudad.
El hombre que mira se encuentra entre esa mujer y el hombre que camina por la orilla de la mar.
Debido al hombre que camina, constantemente, con una lentitud regular, el triángulo se deforma, se reforma, sin romperse nunca.
Ese hombre tiene el paso regular de un prisionero.
El día declina.
La mar, el cielo, ocupan el espacio. A lo lejos, la mar ya está oxidada por la luz oscura, al igual que el cielo.
Tres, son tres en la luz oscura, en la red de lentitud.
El hombre sigue caminando, va, viene, frente a la mar, al cielo, pero el hombre que mira se ha movido.
El deslizamiento regular del triángulo sobre sí mismo acaba:
El hombre se mueve.
Comienza a caminar.
Alguien camina, cerca.
El hombre que miraba pasa entre la mujer de los ojos cerrados y el hombre lejano, el que va y viene, prisionero. Se oye el martilleo de su paso sobre el camino de tablas de la orilla de la mar. Este paso es irregular, inseguro.
El triángulo se deshace, se suprime. Acaba de deshacerse: en efecto, el hombre pasa, se le ve, se le oye.

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