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Historias Extraordinarias – Roald Dahl

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historias extraordinariasHistorias extraordinarias es una colección de siete cuentos cortos escrita por Roald Dahl, publicada en 1977 por Jonathan Cape. Por lo general es considerada como una colección dirigida a un público algo mayor que la de sus cuentos infantiles.

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EL CHICO QUE HABLABA CON LOS ANIMALES

No hace mucho tiempo decidí pasar unas breves vacaciones en las Indias Occidentales. Los amigos me habían dicho que era un lugar maravilloso, que podría pasarme el día entero holgazaneando, tomando el sol en las playas de arenas plateadas y nadando en las aguas cálidas y verdes del mar.

Escogí Jamaica y volé directamente de Londres a Kingston. Tardé dos horas de coche en ir del aeropuerto de Kingston a mi hotel, situado en la costa norte. La isla estaba llena de montañas y éstas aparecían totalmente cubiertas de selvas oscuras y espesas. El jamaicano corpulento que conducía el taxi me dijo que en aquellas selvas vivían comunidades enteras de gentes diabólicas que seguían practicando el vudú, la brujería y otros ritos mágicos.

—No suba usted jamás a esas selvas de la montaña —me dijo, poniendo los ojos en blanco—. ¡Allí arriba suceden cosas que harían que el pelo se le volviese blanco en un minuto!

—¿Qué clase de cosas? —pregunté.

—Es mejor que no me lo pregunte —explicó—. No es prudente hablar de ello siquiera.

Y no quiso decirme nada más del asunto.

Mi hotel se alzaba al borde de una playa perlina y el paisaje era aún más bello de lo que me había imaginado. Pero en el instante en que crucé la gran puerta principal, empecé a sentirme inquieto. No había motivo alguno para ello. No vi nada extraño, pero la sensación era muy viva y no conseguí librarme de ella. Había algo sobrenatural y siniestro en el lugar. A pesar de la belleza y el lujo, un presagio de peligro flotaba en el aire como si fuera gas tóxico.

Y no tenía la seguridad de que se tratase solamente del hotel. Toda la isla, las montañas y las selvas, las rocas negras que jalonaban la costa y los árboles que parecían cascadas de flores escarlata, todas estas cosas y muchas otras hacían que me sintiese incómodo dentro de mi pellejo. Algo maligno se agazapaba debajo de la superficie de la isla. Lo presentía en mis huesos.

Mi habitación en el hotel tenía un pequeño balcón desde el cual podía bajar directamente a la playa. Crecían cocoteros por doquier y de vez en cuando un coco verde y enorme, del tamaño de un balón de fútbol, caía del cielo y producía un golpe sordo al chocar contra la arena. Se consideraba una estupidez tenderse debajo de un cocotero, ya que, si alguna de aquellas cosas te caía en la cabeza, podía destrozarte el cráneo.

La chica jamaicana que entró a arreglarme la habitación me dijo que un americano rico llamado Wasserman había encontrado la muerte precisamente de aquella manera hacía tan sólo dos meses.

—Lo dice en broma —le dije.

—¡Nada de broma! —exclamó la chica—. ¡No, señor! ¡Lo vi con mis propios ojos! ¡Sí, señor!

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