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Dhalgren II; En Tiempo de Plaga – Samuel R. Delany

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dhalgren IIBellona: la ciudad donde todo puede ocurrir, donde los edificios que ayer ardían hoy parecen intactos, donde el cielo puede verse poblado por dos lunas o por un sol gigantesco, donde todo es relativo y sin embargo absoluto. Donde una familia -los Richards- puede seguir fingiendo que vive una vida normal como si nada hubiera ocurrido a su alrededor, y donde los grupos de jóvenes marginales -los escropiones- pueden revivir viejos mitos tribales tranformándose por la noche en luminosas bestias míticas para merodear por la calles. Y, mientras tanto, la ciudad sigue viviendo su propia vida, a su propio ritmo, a su alrededor.

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—Mira, déjame solo…

—Oh, vamos; vamos…

—Tak, ¿quieres meterte tus jodidas manos…?

—No voy detrás de tu cansado cuerpo moreno. Sólo quiero llevarte al bar, donde puedas sentarte.

—Mira, por favor, estoy…

No estás borracho; dices que no estás cargado ni nada así; ¡entonces será mejor que te sientes un poco y te relajes! —La musculosa mano de Tak aferró su hombro. (Chicco dio otros tres pasos vacilantes)—. Vas tambaleándote por ahí como si estuvieras medio sumido en alguna especie de trance. Ven conmigo, siéntate, bebe algo, y recupérate un poco. ¿Seguro que no has tomado nada?

La adornada orquídea en el cinturón de Tak golpeó contra la más sencilla de Chicco.

—Mira, déjame solo… ¿Dónde está Lanya?

—Es más probable que la encuentres en Teddy’s que vagando por ahí en la oscuridad. Anda, ven.

Con este coloquio, hicieron el vacilante camino del parque al bar.

Chicco se tambaleó en la puerta, contemplando las oscilantes llamas de las velas, mientras Tak discutía con el camarero:

—¡Coñac caliente! Mira, será mejor que te tomes tu café en un vaso, con un chorro de…

¿June? ¿O George?

Paul Fenster alzó la vista de su cerveza, tres personas más allá (Chicco sintió que algo frío pero soportable se coagulaba en su vientre al reconocerle), y se acercó hasta situarse detrás de Tak, que se volvía en aquellos momentos con dos humeantes vasos.

—¿Eh…?

—Hola. Menos mal que veo alguien a quien conozco. —Fenster llevaba una camisa roja de manga larga abrochada hasta la mitad del pecho—. No esperaba tener tanta suerte en mi primera noche de vuelta.

—Oh. —Tak asintió con la cabeza—. Sí, ¿Cómo estás? Hey, voy a llevarle esto a un amigo. Hum…, ven conmigo. —Tak alzó los vasos de coñac por encima del hombro de una mujer, rodeó un hombre. Fenster alzó la barbilla, mirando.

Tak llegó junto a Chicco. Fenster venía detrás.

—Aquí tienes tu coñac. Éste es Paul Fenster, mi rebelde-que-consiguió-extraviar-su-causa preferido.

—Eso es lo que tú crees. —Fenster saludó con su botella de cerveza.

—Bueno, en realidad no la extravió. Se le fue hacia otro lado cuando él no estaba mirando. Paul, éste es el Chico. —(Chicco se preguntó si él estaba proyectando la misma falta de entusiasmo de Tak)—. Ven y siéntate.

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