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Nova – Samuel R. Delany

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NovaEn una historia que recuerda los temas seminales de Alfred Bester, el hombre en busca del poder absoluto.., pero también algunas misiones arquetípicas; como el Moby Dick de Melville, el Capitán Lorq Von Ray persigue la implosión de una nova, para sumergirse en ella y extraer siete toneladas de ilirión, el más raro y preciado de los elementos en el siglo treinta y uno. Lo acompañan, entre otros, una cartomántica, un músico y un aprendiz de novelista que comentan o ilustran las vicisitudes de este extraordinario viaje.

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—¡Eh, Ratón! Tócanos algo. —Uno dé los mecánicos gritó desde el bar.

—¿Todavía no te enrolaste en ningún barco? —refunfuñó el otro—. Se te va a oxidar el enchufe espinal. A ver, haznos un número.

El Ratón dejó de pasar el dedo por el borde del vaso. Queriendo decir “no” empezó un “sí”. En ese momento frunció el entrecejo.

Los mecánicos también.

Era un hombre viejo.

Era un hombre duro.

Cuando el Ratón puso la mano en el canto de la mesa, el despojo se tambaleó hacia adelante. La cadera golpeó con ruido el mostrador. Largos dedos de pie chocaron contra una pata de silla: la silla bailó sobre el embaldosado.

Viejo. Duro. La tercera característica que el Ratón advirtió: ciego.

Se bamboleó frente a la mesa del Ratón. Una mano subió en el aire: unas uñas amarillentas golpearon la mejilla del Ratón. (¿Patas de araña?)

—Tú, muchacho…

El Ratón escudriñó las perlas detrás de los párpados trémulos, rugosos.

—Tú, muchacho. ¿Sabes cómo fue?

Tiene que ser ciego, pensó el Ratón. Se mueve como un ciego. La cabeza implantada en el cuello hacia adelante como los ciegos. Y los ojos…

El viejo chiflado alargó a tientas la mano, tomó una silla, y la arrastró hasta él. Cuando se dejó caer en el asiento, la silla rechinó.

—¿Sabes cómo era, cómo era a la vista, al tacto, qué olor tenía… lo sabes?

El Ratón negó con la cabeza; los dedos tamborilearon sobre la mejilla.

—Estábamos zarpando, muchacho, con los trescientos soles de las Pléyades centelleando a nuestra izquierda como una charca de leche enjoyada, y todo el manto de negrura a nuestra derecha. La nave era yo; yo era la nave. Con estos artefactos… —hizo sonar contra la mesa los enchufes de las muñecas: clic— yo estaba acoplado a mi pala proyectora. Entonces —la pelambre de la barbilla subía y bajaba junto con las palabras— en el centro mismo de la oscuridad ¡una luz! Irrumpió en las cámaras de proyección donde yacíamos, se adueñó de nuestros ojos y no los soltó más. Fue como si el universo se desgarrase y el día todo bramase alrededor. No quise desconectar el alimentador sensorio. No quise apartar la mirada. Todos los colores que te puedas imaginar estaban allí, pintarrajeando la noche. Y por último las ondas de choque: ¡hasta las paredes cantaron! La inductancia magnética osciló por encima de la nave, y poco faltó para que nos hiciera saltar en pedazos. Pero ya era demasiado tarde. Yo estaba ciego. —Se reclinó en la silla. — Estoy ciego, muchacho. Pero es una ceguera muy extraña; puedo verte. Soy sordo; pero si me hablases, podría comprender casi todo. Las terminaciones de los nervios olfativos están muertas, y las papilas de mi lengua. —La mano se apoyó de plano en la mejilla del Ratón. — No puedo sentir la textura de tu cara. También mató casi todas las terminaciones de los nervios táctiles. Tu piel es tersa, ¿o cerdosa y cartilaginosa como la mía? —Rió mostrando dientes amarillos en encías rojas, muy rojas. — Dan es un ciego muy raro. —La mano se deslizó por el jubón del Ratón, se prendió a los cordones. — Muy raro, sí. La mayoría de los ciegos vive en tinieblas. Yo tengo fuego en los ojos. Tengo en mi cabeza todo ese sol en explosión. La luz fustigó los conos y barras de mi retina con un estímulo incesante, redondeó un arco iris y me colmó cada una de las cuencas. Eso es lo que ahora veo, y ahora tú, aquí apenas tu contorno, allí tu relieve, un espectro solarizado a través de mi infierno. ¿Quién eres?

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