Los herederos de Shannara – Los talismanes de Shannara

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Walker Boh parpadeó. Era un día de una luminosidad intensa, de esos que la luz del Sol deslumbra y los colores brillan con tal intensidad que casi hieren la vista. Los cielos estaban completamente despejados, un vacío azul que se prolongaba sin fin. Fuera de ese vacío y de esos cielos brillaba el Sol de mediodía, un resplandor candente que sólo podía contemplarse entrecerrando los ojos y desviando rápidamente la vista. 

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Inundó las Cuatro Tierras realzando con limpidez los colores de finales de verano, incluso los monótonos tonos marrones de la hierba seca y la tierra polvorienta, y de manera especial los verdes de los bosques y prados, los azules de los ríos y lagos, los grises acero y los cobrizos oscuros de las montañas y los llanos. El calor del Sol ascendía en oleadas en aquellos lugares donde no había viento que refrescara el aire, pero incluso en ellos todo parecía cincelado con la precisión de un artesano y daba la impresión de que un simple grito agudo podía hacerlo añicos.

Era un día para vivir, en el que todas las promesas alguna vez formuladas podían cumplirse, y todas las ilusiones y sueños concebidos podían hacerse realidad. Era un día para reflexionar sobre la vida y en el que los pensamientos sobre la muerte parecían fuera de lugar.
Walker esbozó una amarga sonrisa. Le hubiera gustado hallar el modo de hacer desaparecer tales pensamientos.
Estaba solo fuera de las murallas de Paranor, en el extremo noroeste bajo una configuración de parapetos que sobresalían formando un saliente, mirando al otro lado de la extensión de tierra. Estaba allí desde el amanecer, tras haberse escabullido por las puertas del norte, mientras los cuatro jinetes se reunían en las del oeste para hacer su desafío diario. Habían transcurrido casi seis horas y los Espectros no lo habían descubierto. Una vez más se había protegido con una capa de invisibilidad. El hechizo había funcionado antes, había alegado al exponer a Cogline su plan. ¿Por qué no iba a volver a hacerlo?
Y de momento había funcionado.
La luz del Sol bañaba las paredes de los Dientes del Dragón, persiguiendo hasta las sombras más persistentes, lavando la lisa y árida superficie de las rocas. Por encima de la hilera de árboles que delimitaban el bosque veía el norte, las desiertas extensiones de los llanos de Streleheim. Entre los árboles que rodeaban el alcázar vislumbraba el azul de los arroyos y estanques, y los pájaros cantores volaban en brillantes explosiones de color que sorprendían y deleitaban a la vista.
Walker Boh respiró profundamente el aire del mediodía. En un día como ése, todo era posible. Todo.
Iba vestido con ropas grises y holgadas sujetas por la cintura, y se había quitado la capucha, cayéndole el pelo negro sobre los hombros. Llevaba barba, pero recortada y peinada. Por supuesto, nada de todo eso se veía. Para cualquiera que pasara, y en concreto para los Espectros, no era más que un trozo de pared. El reposo y la comida le habían devuelto las fuerzas, y la mayoría de las heridas que había sufrido tres días atrás estaban curadas u olvidadas. No se había detenido a pensar en lo ocurrido salvo de pasada. Estaba concentrado en lo que ocurriría a continuación, ese día, en ese instante.
Era el décimo día del sitio de los Espectros, el día que se proponía acabar con él.
Cuando uno de los cuatro jinetes apareció ante él, miró por encima del hombro hacia el muro del castillo. Era Hambre, que doblaba la esquina del muro norte, un esqueleto encorvado sobre su montura, sin mirar ni a izquierda ni a derecha al hacerlo, absorto en su peculiar forma de locura. Gris como la ceniza y efímero como el humo, siguió avanzando con los hombros caídos. Pasó a escasa distancia de Walker Boh, pero no levantó la vista.
Hoy, se dijo el último de los druidas.
Volvió a mirar hacia el valle pensando en otros momentos y otros lugares, en la historia que le había precedido, en todos los druidas que habían ido a Paranor y lo habían convertido en su hogar. En otro tiempo habían sido miles, pero, salvo uno, todos murieron cuando el Señor de los Hechiceros, hacía ya mil años, los había encerrado allí. Sólo Bremen había logrado sobrevivir, convirtiéndose en el único portador de esperanza para las Razas y ejecutor de la magia del druida. A su muerte fue sucedido por Allanon, y tras el fallecimiento de éste, sólo quedaba Walker Boh.
Llevaba prendida a la espalda con un alfiler la manga vacía del brazo que le faltaba. Alargó su único brazo para comprobar si le tiraba, tocándose el hombro y la carne cicatrizada unos centímetros más abajo. Apenas recordaba ya la sensación de tener dos brazos. Era extraño que le resultara tan difícil recordarla. Pero habían ocurrido muchas cosas en las semanas transcurridas desde su encuentro con el Áspid, y él había cambiado tanto que cabía esperar que no recordara nada de su antigua vida. Incluso la cólera y la desconfianza que había sentido hacia los druidas habían desaparecido, inútiles para alguien que se había convertido en su sucesor. El desprecio que había sentido por los druidas pertenecía al pasado. Del mismo modo que había desaparecido la ira que había sentido hacia el Estanque Sombrío, relegándola a ese mismo pasado. El Estanque Sombrío había hecho todo lo posible por destruirlo, pero sin éxito. No iba a tener otra oportunidad. El Estanque Sombrío era una sombra en una tierra de tinieblas. Nunca saldría de ella, y Walker no volvería a verlo. El pasado se había llevado a Pe Eltar y al Rey de Piedra. Pero Walker había encontrado la manera de sobrevivir a todos los enemigos que se habían levantado contra él, y éstos eran ahora meros recuerdos frente a las exigencias de su vida actual.
Walker respiró profundamente, cerró los ojos y se refugió en sí mismo. Guerra pasaba ahora, todo filos cortantes y púas, relucientes chapas blindadas y agujeros para respirar. Walker ignoró a los Espectros. Sumergido en el silencio y la paz que reinaban en su interior, reflexionó de nuevo en los acontecimientos que se avecinaban. Repasó paso a paso el plan que había concebido mientras se curaban sus heridas, visualizando los acontecimientos que iba a provocar y sus consecuencias, que debía controlar. Esta vez no iba a dejar nada al azar. No habría tanteos, ni medidas intermedias, ni clemencia. Triunfaría o…
Esbozó una débil sonrisa.
O no triunfaría.
Abrió los ojos y miró al cielo. El mediodía había dado paso a la tarde, pero el Sol aún no deslumbraba ni era la hora de más calor, por lo que decidió esperar un poco más. La luz y el calor eran sus aliados frente a los Espectros, por eso se hallaba allí a esas horas. El plan anterior había consistido en escabullirse en la oscuridad, cuando la oscuridad favorecía a los jinetes porque eran criaturas nacidas de ella y de ella sacaban sus fuerzas. Walker, con la magia del druida, encontraría su fuerza en la claridad.
Al fin y al cabo, iba a ser una medición de fuerzas que determinaría quién viviría y quién moriría ese día.
Fuerzas de toda clase.
Recordó su última conversación con Cogline. Estaba a punto de amanecer y se disponía a salir, cuando oyó un movimiento en las escaleras que bajaban a través de las torres de entrada al patio donde él estaba, y apareció Cogline. Su cuerpo enjuto se separó de las sombras con un suave frufrú de ropas y una respiración fatigada. Volvió hacia Walker su rostro marcado y cubierto de barba rala bajo los bordes de su capucha raída, y luego desvió la vista. Se acercó y se detuvo de cara a la puerta.
–¿Estás listo? –preguntó.
Walker hizo un gesto de asentimiento. Ya habían hablado de ello, o al menos de todo lo que Walker había estado dispuesto a hablar. No había nada más que decir.
Las manos del anciano, tan delgadas que casi eran transparentes, se posaron sobre los baluartes que protegían y soportaban la entrada revestida de hierro.
–Déjame ir contigo –murmuró Cogline.
–Ya lo hemos discutido –respondió él.
–Cambia de opinión, Walker. Déjame ir. Me necesitarás.
–No. Tú y Rumor esperaréis aquí… Quédate junto a la puerta y ábreme si el plan no funciona –respondió Walker, recordando su seguridad anterior.
–Si no funciona, no hará falta que te abra –insistió Cogline, apretando las mandíbulas.
Era cierto, pensó Walker. Pero eso no cambiaba las cosas. No iba a permitir que el anciano y el gato del páramo lo acompañaran. No pensaba cargar también con la responsabilidad de sus vidas. Bastante tenía ya con mantenerse entero él.
–Crees que no puedo cuidar de mí mismo –dijo el anciano como si le leyera el pensamiento–. Olvidas que estuve años cuidando de mí antes de tu llegada… antes de que hubiera ningún druida. En cambio, yo he cuidado de ti.
–Lo sé –respondió Walker.
–Podría tener que volver a hacerlo. Podría ocurrir que me necesitaras allí fuera –insistió el anciano, moviéndose inquieto. Volvió su rostro cubierto por la capucha hacia Walker–. Soy viejo, Walker. He vivido mucho… toda una vida. Ya no importa tanto lo que me ocurra.
–A mí sí me importa.
–Pues no debería importarte ni lo más mínimo –respondió Cogline subrayando sus palabras–. ¿Por qué debe importarte? ¿Desde cuándo te preocupo tanto? Fui yo quien te metió a rastras en esto. Fui yo quien te persuadió para que fueras al Cuerno del Infierno y leyeras la Historia de los druidas. ¿Lo has olvidado?
–No, no lo he olvidado –respondió Walker haciendo un gesto negativo–. Pero quien tomó las decisiones importantes fui yo, no tú. Ya hemos hablado también de esto. Tú has sido, como yo, un títere en manos de los druidas. Todo se decidió hace trescientos años, cuando Allanon confió en Brin Ohmsford el destino del linaje. Tú no tienes la culpa de nada.
–Tengo la culpa de todo lo que ha ocurrido en mi vida y en la tuya, Walker Boh –respondió Cogline con los ojos empañados por las lágrimas y adoptando una expresión distante–. Yo elegí seguir el camino del druida para a continuación abandonarlo. Elegí las ciencias antiguas para aprender de ellas, para recuperarlas en la medida de lo posible. Me convertí en una criatura de los dos mundos, druida y hombre, tomando de cada uno lo que necesitaba, guardando lo que codiciaba, robando de los dos. Soy el vínculo entre el pasado y el presente, lo nuevo y lo antiguo, y Allanon me utilizó como tal. ¿Hasta qué punto lo que yo soy ha hecho posible tu transformación, Walker? ¿Hasta dónde habrías llegado si yo no te hubiera empujado para que continuaras? ¿Crees por un momento que no me di cuenta? ¿O que Allanon no lo vio? No, no estoy libre de culpa. No puedo librarme de ella, descargándola sobre ti.
–Entonces no intentaré liberarte, anciano –replicó Walker recordando la vehemencia de su voz, la dureza que había dejado traslucir, la insistencia que había transmitido–. Pero tampoco me liberaré a mí mismo. Tú no has tomado las decisiones por mí, ni has impedido que yo las tomara. Sí, había razones de peso para tomar la decisión que tomé, pero tales razones me las sugeriste después de que yo las hubiera considerado. Además, creo que también tú me debes a mí algo. Sin mí, ¿qué papel habrías desempeñado en todo esto? ¿Habrías sido algo más que un mensajero para Par y Wren si no hubieras estado unido también a mí? Creo que no.
El rostro del anciano se había refugiado en la sombra de la capucha al ver la inflexibilidad de Walker, oyendo su determinación.
–Me serás más útil esperando aquí –concluyó Walker, cogiéndole del brazo–. En el pasado siempre has comprendido la importancia de saber cuándo era el momento de actuar y cuándo no. Hazlo de nuevo por mí.
La conversación había terminado, y Cogline se había quedado allí hasta que el ruidoso desafío de los Espectros había reverberado a través de los muros de piedra de Paranor, y Walker había salido al trémulo amanecer para enfrentarse a él.
 

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