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En realidad LA ESPADA ENCANTADA tal vez no sea demasiado representativa de la entidad y el interés de todos los temas que la serie aborda en otras novelas. Su extensión es breve comparada con la de los demás libros y, tal como ya se ha indicado, la trama es sencilla. Pero se trata de una novela muy eficaz en su intento de proporcionar al lector las claves centrales de la serie. Y ésa es la razón de su elección como primer título en nuestra edición.
De hecho LA ESPADA ENCANTADA resume de una forma muy acertada y válida las características centrales que configuran la cultura de Darkover, su fronteriza situación en el gran Imperio Terrano e incluso el Pacto entre terráqueos y darkovanos sobre el uso de armas.
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El lector podrá conocer atisbos de la estructura social de Darkover en un largo período de su devenir histórico, el papel de la Torre y de sus Celadoras, el de los técnicos de matrices, el de la habilidad de los darkovanos en el manejo de la espada a la que se obligan tras el Pacto con los terráqueos, etc. Podrá conocer también el sentido del laran, ese poder psi cultivado genéticamente que permite a algunos darkovanos sintonizar una piedra estelar con sus estructuras telepáticas y adentrarse en el supramundo del plano astral.
En una visión superficial se podría decir que la novela narra una aventura centrada en los esfuerzos de un lord del Comyn. Se trata de rescatar a una pariente (una Celadora, por cierto) raptada por los hombres-gato que la mantienen presa en el mundo real y también en un remoto nivel del plano astral. Se podría también añadir que, en dicho esfuerzo, tendrá la insólita ayuda de un terráqueo, sorprendente poseedor a su vez de un cierto laran.
Pero esta descripción superficial de la trama no nos dice nada sobre lo que ya está presente en esta novela y será el elemento central del resto de la serie Darkover: el dominio ejemplar de la autora en el tratamiento de la psicología de los personajes y su interés central por la ética de la libertad. La serie está presidida por la idea de que conseguir algo supone siempre perder algo a cambio y por el hecho de que toda decisión comporta un riesgo y no es más que un ejercicio de voluntad y valor.
Aquí es el terrestre Andrew quien decide quedarse en Darkover y ello le reporta satisfacciones pero también dificultades y problemas. Y es lord Damon, el temeroso y excesivamente sensible lord del Comyn que una vez fue rechazado por la Celadora Leonie, quien duda del alcance de su virilidad, y quien deberá superar su propio temor en el supremo momento de manejar la espada encantada.
Hay muchas espadas encantadas en la historia de Darkover. Como la legendaria Espada de Aldones, conservada en la capilla de Hali, tan antigua y terrible que nadie es ya capaz de empuñarla. O la Espada de Hastur de la que se sabe que se convertirá en fuego si se empuña para algo que no sea defender el honor de la casa de los Hastur. En este caso es la espada de un gran maestro de la esgrima la que empuñará la mano de lord Damon pero será gobernada a distancia por su hábil propietario: Dom Esteban.
Estoy claramente convencido de que la espada encantada es la mejor introducción al mundo de Darkover, y un perfecto prólogo para la herencia de los hastur, de próxima publicación, en la que asistiremos a la formación de la personalidad y la sexualidad de un joven lord del Comyn. La mano experta de Bradley nos llevará a la comprensión de cómo y por qué toma las decisiones que habrán de marcar su existencia futura.
Pero eso ya es otra historia.
miquel barceló
Había seguido un sueño, y el sueño lo había conducido hasta aquí para morir.
Semiinconsciente, yacía sobre las rocas y sobre el delgado musgo de la grieta de la montaña, y en su estado de confusión, le parecía que la muchacha a quien había visto en ese sueño se hallaba frente a él. Te estarás riendo, le dijo Andrew Carr al rostro imaginado. Si no fuera por ti, yo estaría a media galaxia de distancia.
Y no aquí, medio muerto, sobre un pedazo de tierra helada, en el borde de ninguna parte.
Pero ella no se reía. Parecía estar de pie junto al borde mismo de la cornisa de roca mientras el cruel viento de la montaña agitaba la tenue túnica azul alrededor de su cuerpo esbelto, con la larga cabellera roja, brillante y resplandeciente, enmarcando las delicadas facciones.
Y pareció hablarle, aunque el hombre agonizante sabía —sabía— que su voz no podía ser más que el eco del viento en su cerebro febril.
—Extraño, extraño, no quise hacerte daño; ¡ni mi llamada ni mis actos te han traído hasta este paso! Es cierto que te llamé, o más bien llamé a cualquiera que pudiera escucharme, y resultaste ser tú. ¡Pero los que están por encima de nosotros saben muy bien que no pretendía perjudicarte! Los vientos, las tormentas, no responden a mis órdenes. Haré lo que pueda por salvarte, pero no tengo poder en estas montañas.
A Andrew Carr le pareció que le respondía con palabras de ira. Estoy loco, pensó, o tal vez ya estoy muerto, aquí tendido, intercambiando insultos con una muchacha fantasma.
— ¿Dices que me llamaste? ¿Y los otros que venían conmigo en la nave? ¿Acaso los llamaste a ellos también? ¿Y los trajiste a morir aquí, entre los vientos cruzados de los Hellers? ¿Acaso la muerte de todos te proporciona algún placer, muchacha espectro?
— ¡Eso no es justo! —Sus palabras imaginadas sonaron como un gemido de angustia y su espectral rostro se conmovió en el viento como si fuera a echarse a llorar—. Yo no los llamé; ellos vinieron por el camino al que les conducía su trabajo y su destino. Sólo tú tuviste la opción de elegir, y de compartir lo que les deparaba el destino. Te salvaré si puedo; el tiempo de ellos se ha acabado, jamás tuve su destino en mis manos. A ti puedo salvarte, si me escuchas, pero debes incorporarte. ¡Incorpórate! —Fue un salvaje grito de desesperación—. ¡Si te quedas aquí morirás! ¡Incorpórate y busca cobijo; no tengo poder sobre los vientos y las tormentas…!
Andrew Carr abrió los ojos y parpadeó. Tal como había esperado, estaba solo, magullado y tendido en la cornisa de la montaña, entre las ruinas de la nave de observación. La muchacha, si es que alguna vez había estado allí, había desaparecido.
Incorpórate y busca cobijo; no tengo poder sobre los vientos y las tormentas. Era, por supuesto, una idea condenadamente buena, si podía arreglárselas para obedecerla. Donde se hallaba, bajo un fragmento de la destrozada cabina de la nave de observación, no había manera de hacer frente a la cruel noche de este planeta extraño. Le habían advertido acerca del clima enseguida de llegar a Cottman IV: sólo un lunático pasaría una noche al aire libre durante la época de tormentas.
Con un último y desesperado esfuerzo, se debatió tratando de liberar el tobillo, que como la pata de un animal en un cepo había quedado atrapado con el metal retorcido. Esta vez sintió que el metal cedía un poco, aunque el terrible dolor aumentó. Arrancándose la piel, tironeó de su pie atrapado en la oscuridad. Ahora podía moverse lo suficiente como para movilizar la pierna con las manos. La ropa y la piel desgarradas estaban resbaladizas debido a la sangre, que ya empezaba a coagularse por el frío. Cuando tocó el metal retorcido, sus manos desnudas ardieron como si hubiera tocado fuego, pero pudo tirar hacia arriba de la pierna herida, evitando así los más afilados dientes del metal. Ahora, con un suspiro en el que se mezclaban el dolor y el alivio, liberó el pie: cubierto de sangre, con la bota y la ropa desgarradas, pero libre, ya no estaba atrapado. Se debatió hasta ponerse en pie, pero sólo para volver a caer de rodillas al abatirlo una ráfaga del helado viento cargado de aguanieve que se abatía sobre la cornisa.
Gateando para presentar menos resistencia al viento, se deslizó hasta el interior de la cabina, que se balanceaba peligrosamente ante los embates del viento, y al momento descartó cualquier idea de refugiarse allí. Si el viento se hacía más intenso, el condenado aparato saldría disparado al menos a trescientos metros de distancia, hacia el invisible valle que yacía abajo. Una parte, pensó, ya había desaparecido con la caída. Pero al hallarse aún con vida, debía asegurarse de que no había ningún otro sobreviviente.
Stanforth, por supuesto, estaba muerto. Sin duda, debía de haber muerto con el primer golpe: nadie podía sobrevivir con ese enorme agujero en la cabeza. Andrew cerró los ojos para protegerse del espantoso espectáculo del cerebro helado que se desparramaba sobre aquel rostro. Los dos cartógrafos —uno se llamaba Mattingly, jamás había sabido el nombre del otro— yacían exánimes y retorcidos sobre el piso y cuando gateó con cautela sobre la cabina, que estaba en peligroso equilibrio, para averiguar si alguno de ellos alentaba una chispa de vida, sólo encontró sus cuerpos ya helados y rígidos. No había ni rastro del piloto. Debía de haber caído con el morro del avión en ese horrible abismo de abajo.
De modo que estaba solo. Con cautela, Andrew retrocedió para salir de la cabina; después, recuperando el buen sentido, volvió a entrar. Había comida en el avión —no mucha, las raciones de un día, almuerzos, los caramelos y dulces de Mattingly, con los que había invitado generosamente a la tripulación y que todos habían rechazado entre risas, las raciones de emergencia en un panel detrás de la puerta—. Lo sacó todo y, temblando de terror, se dispuso a quitar el enorme abrigo de Mattingly de su cadáver ya rígido. Le descompuso el estómago — ¡robar a los muertos!— pero el abrigo de Mattingly, una pesada y costosa prenda de piel, ya no sería de ninguna utilidad para su dueño, y para el mismo Andrew podía significar la diferencia entre la vida y la muerte en la terrible noche que se avecinaba.
Cuando salió por última vez de la cabina, que se balanceaba horriblemente, estaba tembloroso y mareado, y su pierna herida, de la que había desaparecido la piadosa insensibilidad, empezaba a dolerle de manera lacerante. Con cuidado retrocedió hacia la pared interna de la cornisa, apilando sus provisiones conseguidas con tanto esfuerzo contra la roca.
Se le ocurrió que debería entrar al aeroplano por última vez. Stanforth, Mattingly y el otro hombre llevaban identificación, los discos metálicos del Servicio del Imperio Terrano. Si vivía, si regresaba alguna vez al puerto, esos discos serían una prueba de las muertes y significarían algo para sus parientes. Con cansancio, volvió a arrastrarse hacia el interior.
Y allí estaba ella otra vez, el fantasma, la muchacha, el espectro que lo había atraído hasta aquí, pálida de terror, interponiéndose directamente en su camino. Su boca parecía distorsionada por un grito.
-¡No! ¡No!
Casi sin querer, él retrocedió. Sabía que ella no estaba allí, que sólo había aire, pero retrocedió y su pie herido cedió. Cayó contra el acantilado de roca y justo en aquel momento una ráfaga de viento lo azotó, aullando como un alma condenada. La muchacha había desaparecido, no se la veía por ninguna parte, pero antes de que Andrew consiguiera incorporarse, una ráfaga de viento helado cayó sobre la cornisa y provocó un gran estruendo. Con un crepitante restallido final, la cabina del avión siniestrado finalmente perdió el equilibrio, se balanceó, se deslizó por la roca y se estrelló contra el abismo. Hubo un gran rugido, como el de una avalancha, como el del fin del mundo. Andrew se aferró, jadeante, a la ladera del acantilado, con los congelados dedos aferrados a la roca.
Después, el trueno perdió intensidad, y sólo se oyó el suave rugir de la tormenta y de la nieve al caer. Andrew se arropó con el abrigo de Mattingly, esperando a que su corazón volviera a latir con normalidad.
La muchacha lo había salvado de nuevo. Había impedido que volviera a la cabina por última vez.
Tonterías, pensó. Deforma inconsciente debo de haber sabido lo que iba a ocurrir.
Reservó la idea para reflexionar sobre ella después. Ahora acababa de escapar de la muerte gracias a una serie de milagros, pero aún estaba muy lejos de estar a salvo.
Si el viento podía despeñar los restos del aeroplano desde la cornisa, también podía empujarlo a él, razonó. Tenía que buscar algún lugar más seguro para descansar, algún refugio.
Con mucho cuidado, aferrándose a la parte interna de la cornisa, se deslizó junto al muro. A tres metros de distancia hacia un lado, el saliente se estrechaba hasta desaparecer en una oscura pendiente de roca, resbaladiza por la nieve. Dolorosamente, con el pie desgarrado, volvió sobre sus pasos. La oscuridad parecía cerrarse, mientras el aguanieve se convertía en nieve blanca y espesa. Dolorido y cansado, Andrew deseaba acostarse, envuelto en el abrigo de piel, para dormir allí. Pero dormir significaba la muerte, sus huesos lo sabían, y se resistió a la tentación, arrastrándose por la cornisa en dirección opuesta. Tuvo que evitar los fragmentos de metal que lo habían atrapado. Se dio un golpe en la pierna buena contra una roca oculta, y gimió de dolor.
Pero por fin consiguió recorrer toda la extensión de la cornisa, y en el extremo descubrió que se ensanchaba, ascendiendo suavemente hasta un espacio plano en el que crecían espesos matorrales, cuyas raíces se hundían en la ladera. Mirando hacia arriba en la espesa oscuridad, Andrew asintió. El follaje apretado y apiñado resistiría el viento, evidentemente había sobrevivido allí durante años. Cualquier cosa capaz de crecer en ese paraje tenía que ser capaz de resistir el viento, la tormenta, la tempestad, la cellisca. Si su pie herido le permitiera izarse hasta allí…
No fue fácil, cargado como iba con el abrigo y las provisiones, con el pie herido y sangrante, pero antes de que la oscuridad cayera por completo, había logrado izarse con los suministros de provisiones, gateando sobre ambas manos y una rodilla hasta llegar debajo de los árboles, donde se tendió, protegido. Al menos aquí el enloquecido viento soplaba con algo menos de violencia, ya que los matorrales lo frenaban. El equipo de emergencia contaba con una pequeña linterna con baterías; a su pálido resplandor encontró comida concentrada, una delgada manta de las del «espacio», que aislaría el calor de su cuerpo, y tabletas de combustible.
Colocó la manta y el abrigo formando una especie de tienda de campaña, usando para ello las ramas más gruesas. Se tendió en el diminuto refugio formado por las raíces y las ramas, donde sólo ocasionalmente le llegaba el rocío de la nieve. Ahora sólo deseaba acostarse y yacer inmóvil, pero antes de perder sus últimas fuerzas, se cortó la helada pernera del pantalón y los remanentes de la bota para observarse la herida del pie. Le dolía más de lo que hubiera podido imaginar. Logró rociarla con el antiséptico del botiquín de emergencia y la vendó apretadamente, aunque aulló como un animal salvaje. Por fin se tendió, absolutamente exhausto, en su refugio, chupando uno de los caramelos de Mattingly. Se obligó a masticarlo, sabiendo que el azúcar proporcionaría calor a su cuerpo aterido, pero en el momento mismo de tragar, cayó en un sueño de agotamiento, muy parecido a la muerte.
Durante largo tiempo, su sueño fue el de un muerto, oscuro y sin sueños, una total anulación de la mente y de la voluntad. Y después, también durante mucho tiempo, fue apenas consciente del dolor y de la fiebre, del rugido de la tormenta en el exterior. Cuando amainó, todavía febril, se despenó acuciado por la sed y se arrastró al exterior, para quebrar los carámbanos que se habían formado sobre el borde de su refugio y chuparlos. Luego se apartó tambaleante a fin de saciar las necesidades de su cuerpo. Después volvió a la tranquilidad de su refugio a comer un poco más de comida, y volvió a caer en un profundo sueño saturado de dolor.
Cuando volvió a despertarse, era de mañana, y tenía la mente clara. Vio la luz y oyó tan sólo el leve murmullo del viento en las alturas. La tormenta había amainado, el pie todavía le dolía, pero podía soportarlo. Cuando se sentó para cambiarse las vendas, vio que la herida estaba limpia y no se había infectado. Por encima de su cabeza, el gran sol color rojo sangre de Cottman IV aparecía bajo en el cielo, y lentamente trepaba a las cumbres. Se arrastró hasta el borde y atisbo hacia abajo, hacia el valle, que se extendía envuelto por la bruma. Era un país salvaje y solitario, que no parecía hollado por pies humanos.
Y sin embargo, era un mundo habitado, un mundo poblado por humanos que eran, según le habían informado, idénticos a los de la Tierra. De alguna manera había sobrevivido al accidente que había acabado con el avión de Cartografía y Exploración; tenía que haber alguna posibilidad de regresar otra vez al espacio-puerto. Tal vez los nativos fueran amistosos y le ayudaran, aunque debía admitir que eso no le parecía demasiado probable.
Sin embargo, mientras quedaba vida, había esperanza… y todavía estaba con vida. Muchos hombres se habían perdido antes, así, en áreas salvajes e inexploradas de mundos extraños, y habían aparecido sanos y salvos, habían vivido para contarlo a la Central del Imperio, en la Tierra. De modo que su primera tarea era lograr que su pierna volviera a estar en condiciones para caminar, y en segundo lugar, salir de estas montañas. Las Hellers. Era un buen nombre para ellas* Resultaban infernales. Vientos cruzados, ráfagas ascendentes, ráfagas descendentes, tormentas que aparecían de la nada… no se había inventado el avión que pudiera volar allí sin sufrir daño. Se preguntó cómo se las arreglarían los nativos. Muías de carga o algún otro equivalente local, pensó. De todos modos, tenía que haber pasos, caminos, sendas.
A medida que el sol fue subiendo, las brumas se aclararon y pudo divisar los valles que se extendían más abajo. La mayoría de las laderas estaba colmada de árboles, pero más abajo, en el valle, corría un río, atravesado por una franja oscura que sólo podía ser un puente. De modo que, después de todo, no se hallaba en una zona deshabitada por completo. Había zonas que bien podían ser terrenos sembrados, campos cuadrados, jardines, una campiña grata y pacífica, donde el humo se elevaba desde las chimeneas de las casas… pero todo eso quedaba muy lejos; y entre las tierras cultivadas y el acantilado donde se hallaba Andrew se extendían grandes distancias de abismos, montañas y desfiladeros.
De alguna manera, sin embargo, conseguiría llegar hasta allí abajo, y luego al espaciopuerto. Y después, maldita sea, se iría de este planeta horrible y poco hospitalario en donde nunca debió haber aterrizado, o que en el peor de los casos, tenía que haber abandonado en cuarenta y ocho horas. Bien, se iría ahora.
¿Y qué pasaba con la muchacha?
Maldita muchacha. No era real. Era un sueño provocado por la fiebre, un espectro, un símbolo de su propia soledad…
Solitario. Siempre he estado solo, en una docena de mundos.
Probablemente todos los hombres solitarios sueñan con llegar alguna vez a un mundo donde alguien los esté esperando, alguien que les tienda la mano y que apele a una fibra interior, diciendo «Estoy aquí. Estamos juntos…».
Había tenido mujeres, por supuesto. Mujeres en cada puerto — ¿cómo era el viejo dicho, que empezó con los marineros y se aplicó luego a los astronautas, acerca de una mujer en cada puerto?—. Y sabía que había hombres que consideraban envidiable esta situación, él era consciente de ello. Pero ninguna de ellas había sido la mujer ideal, y en el fondo él estaba de acuerdo con todo lo que le habían dicho en la División Psic. Seguramente ellos sabían lo que tenían entre manos. Buscas la perfección en una mujer para protegerte de alguna relación verdadera. Te refugias en fantasías para evitar las duras realidades de la vida. Y cosas por el estilo. Algunos incluso llegaron a decirle que de forma inconsciente era homosexual y que las relaciones sexuales habituales le resultaban insatisfactorias porque en realidad no deseaba en absoluto a las mujeres, pero que su conciencia no podía admitirlo. Lo había escuchado cientos de veces, y no obstante el sueño persistía.
No simplemente una mujer para la cama, sino para su alma y para la hambrienta soledad de su corazón…
Quizá la vieja adivina de la Ciudad Vieja había especulado con eso. Tal vez había tantos hombres que compartían ese sueño que ella se lo entregaba a todos, del mismo modo que los psicólogos charlatanes de la Tierra les predecían a las adolescentes románticas que seguramente se encontrarían alguna vez con el desconocido alto y moreno que esperaban.
Era una muchacha real. La vi y ella… ella me llamó.
Está bien. Piénsalo ahora. Acláralo todo…
Había venido a Cottman IV de camino a un nuevo destino, se trataba de un simple puerto de paso, uno entre una lista de mundos donde se cruzaban las rutas y se cambiaba de dirección dentro de la gran red del Imperio Terrano. El espaciopuerto era grande, al igual que la Ciudad Comercial que lo rodeaba, para abastecer al personal del espaciopuerto. Pero no era un mundo perteneciente al Imperio, con comercio, viajes, rutas establecidas. Sabía que era un mundo habitado, pero los terráqueos no tenían acceso a una gran parte de él. Ni siquiera sabía cómo lo llamaban los nativos. El nombre que aparecía en los mapas del Imperio era suficiente para él, Cottman IV. No había pretendido quedarse más de cuarenta y ocho horas, lo suficiente para arreglar el traslado hasta su destino final.
Y entonces había ido a la Ciudad Vieja con tres compañeros del Servicio Espacial. Las comidas de la nave se tornaban monótonas, siempre sabían a máquina, con un fuerte y acre regusto de especias, para ocultar el persistente olor a agua reciclada e hidrocarburos. La comida de la Ciudad Vieja, al menos, era natural, buena carne asada como no había comido desde su última licencia, frutas frescas y fragantes, y él había disfrutado más que con cualquier otra comida que hubiera probado en meses, con ese vino dorado, dulce y claro. Y después, por curiosidad, él y sus compañeros habían paseado por el mercado, comprando recuerdos, palpando telas extrañas de rústicas texturas y pieles suaves, y después él había llegado hasta el puesto de la adivina, y por pura curiosidad se había detenido a escucharla.
—Alguien te espera. Puedo mostrarte el rostro de tu destino, extranjero. ¿Quieres ver el rostro de la que te espera?
En ningún momento se le ocurrió que fuera algo más que una treta para conseguir unas cuantas monedas. Divertido, riéndose, le había entregado a la anciana el dinero que le pedía y la había seguido hacia el interior de un puesto cubierto por una marquesina de lona. Una vez dentro, ella había observado la bola —era curioso que en todos los mundos que había visitado la bola de cristal fuera siempre el instrumento elegido para la videncia— y entonces, sin una palabra, le hizo mirar el interior. Aún riéndose, pero ya algo disgustado, dispuesto a marcharse, Andrew se había inclinado para ver el rostro bonito, el resplandeciente pelo rojo. Un anzuelo para una prostituta de postín, pensó cínicamente, y estaba dispuesto a preguntarle a la vieja cuánto cobraba por la muchacha ese día, y si hacía precio especial para los terráqueos. Entonces la muchacha que estaba en la bola de cristal alzó los ojos y cruzó su mirada con la de Andrew, y…
Y ocurrió. No había palabras para explicarlo. Él se quedó allí, agachado e inmóvil sobre la bola de cristal, durante tanto tiempo que su cuello, al que no prestó ninguna atención, sufrió un doloroso calambre.
Era una chica muy joven, y al parecer estaba muy asustada y dolorida. Creyó oír que le llamaba pidiéndole una ayuda que sólo él le podía ofrecer, y que tocaba, deliberadamente, una fibra secreta que sólo los dos conocían. Pero más tarde no pudo comprender qué había sido, sólo que ella lo llamaba, que lo necesitaba con desesperación…
Y entonces el rostro desapareció, y a él le dolía la cabeza. Se aferró al borde de la mesa, temblando, ansioso por volver a invocarla.
— ¿Dónde está? ¿Quién es?
Pero la anciana volvió hacia él un rostro ceñudo, vacuo.
—No, no, ¿cómo puedo saber lo que has visto, hombre de otro mundo? Yo no vi nada ni a nadie, y hay otros esperando. Debes irte ahora.
Él salió a trompicones, pálido de desesperación.
Ella me ha llamado. Me necesita. Está aquí…
Y yo parto dentro de seis horas.
No había resultado fácil romper su contrato y quedarse, pero tampoco había sido demasiado difícil. Había mucha demanda para ir al mundo hacia donde se dirigía, y no pasarían siquiera tres días antes de que encontraran un sustituto. Tuvo que aceptar la pérdida de dos grados en el escalafón de antigüedad, pero eso no le importó. Por otra parte, tal como le dijeron en Personal, no era fácil hallar voluntarios para Cottman IV. El clima era malo, casi no había comercio, y aunque la paga era buena, ningún hombre de carrera quería exiliarse allí, en los confines del Imperio, en un planeta que se negaba obstinadamente a relacionarse con ellos, salvo en la concesión del espaciopuerto. Le dejaron elegir entre un puesto en el centro de informática y un destino en Cartografía y Exploración, que era un trabajo de alto riesgo y muy bien remunerado. Por alguna razón, los nativos de este mundo nunca habían trazado mapas, y el Imperio Terrano creía que si les proporcionaban mapas terminados que su tecnología nativa no pudiera o no quisiera lograr, se conseguirían mejoras en las relaciones entre Cottman IV y el Imperio.
Eligió Cartografía y Exploración. Ya sabía —durante la primera semana había visto a todas las muchachas y mujeres del espaciopuerto— que ella no pertenecía a Personal, ni a Medicina, ni a Envíos. Cartografía y Exploración gozaba de ciertas concesiones que les permitía salir de la zona del Imperio, severamente limitada. En algún sitio, de alguna manera, ella estaba esperando allá afuera…
Se había convertido en una obsesión y él lo sabía, pero de algún modo no podía romper el embrujo, ni siquiera deseaba hacerlo.
Y entonces, la tercera vez que había salido en el avión de Cartografía, se estrellaron… y aquí estaba, tan lejos como siempre de su muchacha soñada. Si es que había existido alguna vez, cosa que dudaba.
Agotado por el largo esfuerzo de memoria, volvió a su refugio a descansar. Al día siguiente tendría tiempo suficiente para elaborar un plan para salir de la cornisa. Comió una ración de emergencia, chupó un poco de hielo y cayó en un sueño inquieto…
Ella estaba allí otra vez, de pie ante él, como si estuviera y a la vez no estuviera dentro del pequeño refugio oscuro, un espectro, un sueño, una flor oscura, una llama en su corazón…
No sé por qué te contacté a ti, extraño. Buscaba a mis parientes, a aquellos que me aman y que podrían ayudarme…
Damisela en apuros, pensó Andrew, apuesto a que sí. ¿Qué quieres de mí?
Sólo una mirada dolorida, y una penosa expresión del rostro.
¿Quién eres? No puedo seguir llamándote muchacha fantasma.
Calista.
Ahora estoy seguro de que se está burlando de mí, de que estoy siendo engañado, se dijo Andrew, ése es un nombre terráqueo.
. No soy una hechicera de la Tierra, mis poderes son de aire y de fuego…
Eso no tenía sentido.
¿Qué quieres de mí?
Ahora, sólo salvar una vida que sin darme cuenta puse en peligro. Y te digo: evita la tierra oscura.
Sin previo aviso, la muchacha se desvaneció de su vista y de su oído y él se quedó solo, parpadeando.
«Calista», por lo que recuerdo, pensó, significa simplemente «bella». Tal vez tan sólo sea un símbolo de belleza en mi mente. ¿Pero qué es la tierra oscura? ¿Y cómo puede esa chica ayudarme a salvarme? Oh, tonterías, otra vez estoy pensando en ella como si fuera real.
Enfréntate a ello. Esa mujer no existe, y si vas a salir de aquí, deberás hacerlo por ti mismo.
Y sin embargo, mientras permanecía tendido descansando y haciendo planes, se encontró una vez más tratando de evocar su rostro…
La tormenta aún rugía en las cumbres, pero allí, en el valle, reinaba la claridad y el sol bajaba; sólo las espesas nubes con forma de yunque, hacia el oeste, marcaban el lugar donde los picos de las montañas seguían envueltos por la tormenta.
Damon Ridenow cabalgaba con la cabeza baja, protegiéndose del viento que agitaba su capa de viaje, y se sentía como si volara. Como si huyera ante una tormenta en ciernes. Trató de decirse: El clima se me está metiendo en los huesos, tal vez ya no soy tan joven. Pero sabía que se trataba de algo más. Era inquietud, algo que se movía y le perturbaba la mente, algo maligno. Algo podrido.
Advirtió que había tratado de mantener la mirada apartada de las bajas colinas arboladas que se erguían al este y, deliberadamente, para acabar con su extraño desasosiego, se obligó a girar sobre su montura y a observar las laderas de arriba abajo.
Las tierras oscuras.
Tonterías, se dijo furioso. Hubo guerra allí, el año pasado, contra el pueblo gato. Algunos resultaron muertos, y a otros los obligaron a alejarse y a establecerse en la tierra de Alton, alrededor de los lagos. El pueblo gato era feroz y cruel, sí, asesinaba y quemaba, atormentaba y daba por muerto todo aquello que no podía asesinar de forma directa. Tal vez lo que sentía era tan sólo el recuerdo de todos los sufrimientos que se habían producido allí durante la guerra. Mi mente está abierta a las mentes de los que padecieron…
No era mucho peor. Todos esos rumores acerca de las fechorías que había hecho el pueblo gato.
Miró hacia atrás. Su escolta —cuatro espadachines de la Guardia— empezaba a juntarse y murmurar, y él supo que debía ordenar un alto para que los caballos descansaran. Uno de los guardias se adelantó para ponerse a su lado, y Damon contuvo su cabalgadura para poder mirar al hombre.
—Lord Damon —dijo el hombre con adecuada deferencia, aunque se le veía enojado—, ¿por qué cabalgamos como si los enemigos nos pisaran los talones? No he oído hablar de guerra ni de emboscadas.
Damon Ridenow se obligó a aflojar el paso, pero le costó un esfuerzo. Lo que deseaba era espolear al caballo, llegar rápido a la seguridad de Armida, donde les esperaban…
—Creo que sí nos persiguen, Reidel. —Su voz tenía ecos sombríos.
El Guardia paseó su mirada vigilante por todo el horizonte (le habían entrenado para estar alento), pero con declarado escepticismo.
—Lord Damon, ¿en qué matorral se oculta la emboscada?
—De eso sabes tanto como yo —le respondió Damon, con un suspiro.
El hombre parecía obstinado.
—Bien, eres un señor del Comyn, y ése es asunto tuyo. El mío es llevar a cabo tus órdenes. Pero hay un límite para lo que un hombre y un caballo pueden hacer, señor, y si recibimos un ataque con las monturas cansadas y con llagas por haber cabalgado demasiado, no podremos ofrecer resistencia.
—Supongo que tienes razón —aceptó Damon, suspirando—. Ordena un alto, entonces. Al menos aquí, en terreno abierto, hay menos peligro de que nos ataquen.
Estaba acalambrado y agotado, y contento de desmontar, a pesar de que la angustiosa sensación de urgencia lo seguía acosando. Cuando el guardia Reidel le trajo comida, la tomó sin sonreír, y la agradeció distraídamente. El Guardia se demoró junto a él con el privilegio de largos años de trabajo conjunto.
— ¿Todavía hueles el peligro detrás de cada árbol, lord Damon?
—Sí, pero no puedo decir por qué —respondió Damon, y volvió a suspirar.
A pie, era de estatura mediana, un hombre delgado y pálido, con el pelo rojo fuego propio de un señor del Comyn de los Siete Dominios; al igual que la mayoría de los suyos, no llevaba más armas que una daga, y debajo de la capa de viaje lucía la ligera túnica habitual en los hombres que pasan mucho tiempo encerrados, la vestimenta de un erudito. El Guardia lo miraba solícito.
—No estás acostumbrado a cabalgatas tan largas, señor, ni tan apresuradas. ¿Había realmente necesidad de un viaje tan precipitado?
—No lo sé —contestó con suavidad el señor del Comyn—. Pero mi pariente de Armida me envió un mensaje, un mensaje secreto, en el que me pedía que acudiera a toda velocidad, y ella no es de esa clase de mujeres que se asustan de una sombra ni se pasa la noche despierta temiendo que entren bandidos en el patio cuando los hombres de la casa no están. Un llamamiento urgente de la dama Ellemir no es algo que se pueda tomar a la ligera, de modo que vine de inmediato, tal como era mi obligación. Puede tratarse de algún problema de familia, alguna enfermedad en la casa; pero en cualquier caso, es un asunto grave, de no ser así ella misma podría enfrentarlo.
El Guardia asintió lentamente.
—He oído decir que la dama es valerosa y con recursos. Tengo un hermano que pertenece al personal de su casa. ¿Puedo explicar todo esto a mis hombres, señor? Tal vez refunfuñen menos si se enteran de que hay problemas graves y que no se trata de un capricho tuyo.
—Puedes decírselo, no es ningún secreto —aceptó Damon—. Yo mismo lo hubiera hecho, si se me hubiera ocurrido.
Reidel esbozó una sonrisa.
—Ya sé que no eres un gran caudillo de hombres —replicó—. Pero ninguno de nosotros ha oído rumores, y a nadie le gusta cabalgar por esta zona si no hay una gran necesidad.
— ¿Sin gran necesidad, Reidel? ¿Qué quieres decir?
Ahora que había formulado una pregunta directa, el hombre se sintió incómodo.
—Peligro —contestó al fin—, y mala suerte. Acecha tras la sombra. Ahora la llaman la tierra oscura, y ningún hombre viajará o cabalgará por ella de grado, y sólo si cuenta con buena protección.
—Tonterías.
—Puedes reírte, señor, los Comyn están bajo la protección de los Grandes Dioses.
Damon suspiró.
—Nunca pensé que fueras tan supersticioso, Reidel. Has sido guardia durante veinte años, estuviste al servicio de mi padre. ¿Todavía crees que los Comyn somos diferentes de los otros hombres?
—Son más afortunados —alegó Reidel, apretando los dientes—, pero ahora, cuando los hombres cabalgan por las tierras oscuras, no vuelven más o vuelven locos. No, señor, no te rías de mí, le ocurrió al hermano de mi madre hace dos lunas. Cabalgó a las tierras oscuras para visitar a una doncella a quien deseaba convertir en su segunda esposa, ya que había pagado por ella cuando sólo tenía nueve años. No regresó en la fecha prevista, y cuando me dijeron que había entrado para siempre en la sombra, yo también me reí y dije que sin duda se había demorado para irse a la cama con la joven y dejarla embarazada. Entonces, señor, una noche, más de diez días después de la fecha en que le esperábamos, llegó a la sala de Guardias de Serré, ya entrada la noche. No soy hombre fantasioso, señor, pero su rostro, su rostro… —Abandonó la lucha para encontrar palabras—. Parecía haber mirado directamente al séptimo infierno de Zandru. Y no decía nada que tuviera sentido, señor. Deliraba hablando de grandes fuegos, y de la muerte en los vientos, y de muchachas que se prendían a su alma como gatas-brujas, y aunque lo enviaron a la hechicera, antes de que ella pudiera sanarle la mente, murió en medio del delirio.
—Alguna enfermedad de las montañas y las colinas —opinó Damon, pero Reidel sacudió la cabeza.
—Como tú mismo me has recordado, señor, he sido guardia en estas montañas durante veinte años, y mi tío durante cuarenta. Conozco las enfermedades que afectan a los hombres, y ésta no era ninguna de ellas. Tampoco conozco ninguna enfermedad que ataque a un hombre en una sola dirección. Yo mismo me adentré un poco en las tierras oscuras, señor, y vi con mis propios ojos los jardines marchitos y los huertos descuidados, y la gente que vive allí ahora. Lo cierto es que se alimentan de comida de brujas, señor.
Damon volvió a interrumpirle.
— ¿Comida de brujas? Las brujas no existen, Reidel.
—Llámalo como quieras, pero esa comida no viene de un grano, ni de una raíz, ni de una fruta, ni de un árbol, señor, ni tampoco es carne de ningún ser vivo. No tocaría un solo grano de eso, y creo que por eso logré volver sin daño. Vi cómo aparecía de la nada.
—Los que tienen los recursos pueden preparar comida a partir de substancias que parecen incomestibles, Reidel, y son alimentos sanos. Un técnico de matrices… ¿cómo puedo explicarte esto? Desarma la materia química que no puede comerse, y cambia su estructura de modo que pueda digerirse y sea nutritiva. No basta para mantener con vida a un hombre durante muchos meses, pero sí sirve para un lapso más breve, en caso de urgencia. Hasta yo mismo puedo hacerlo, y no hay en ello ninguna brujería.
Reidel frunció el ceño.
—Brujería de tu piedra estelar…
— ¡Brujería! ¡Un rábano! —exclamó Damon, malhumorado—. Una habilidad.
—Entonces, ¿por qué sólo los Comyn pueden hacerlo?
Damon exhaló un suspiro.
—Yo no puedo tocar el laúd; ni mis dedos ni mis oídos tienen el talento natural ni el entrenamiento necesarios. Pero tú, Reidel, naciste con ese don, y te entrenaste durante la infancia, así que puedes hacer música cuando se te antoja. Lo mismo ocurre con esto. Los Comyn nacen con ese talento, como otros nacen con talento para la música, y en la niñez nos entrenan para cambiar la estructura de la materia con la ayuda de estas piedras matrices. Yo sólo puedo conseguir algunos pequeños logros; otros, bien entrenados, son más poderosos. Tal vez alguien ha estado experimentando con ese tipo de comida falsa en esas tierras, y al no conocer demasiado bien su habilidad, ha fabricado veneno, un veneno que hace que los hombres pierdan el juicio. Pero ése es un asunto para una de las Celadoras. ¿Por qué nadie ha ido a planteárselo?
—Exprésalo como quieras —gruñó el Guardia, pero su rostro obstinado y tenso decía mucho más—. Las tierras oscuras están bajo algún maleficio, y los hombres de buena voluntad deberían evitarlas. Y ahora, si te parece, señor, deberíamos volver a montar si queremos llegar a Armida antes de que caiga la noche, pues a pesar de que nos mantengamos lejos de las tierras oscuras, éste no es un camino fácil para cabalgar de noche.
—Tienes razón —observó Damon, y montó, esperando a que su escolta volviera a reunirse. Tenía mucho en qué pensar. Desde luego, había oído rumores acerca de las tierras que limitaban con el pueblo gato, pero hasta ahora nada como esto. ¿Sería todo una superstición, rumores basados en las habladurías de los ignorantes? No, Reidel no era un hombre fantasioso, ni tampoco lo era su tío, un soldado veterano y endurecido, no era la clase de hombre que puede ser presa de sombras vagas. Algo muy tangible lo había matado, y Damon podía estar seguro de que ese viejo había ofrecido mucha resistencia al asesino.
Habían llegado a la cumbre de la montaña, y Damon miró hacia el valle de abajo, en busca de algún indicio de emboscada, porque la sensación de que le vigilaban o perseguían se había convertido ya en obsesión. Éste sería un buen lugar para sorprenderlos, mientras descendían por la ladera.