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Mario Bahamón Dussán
Sucesivos cuatrienios de estériles gobiernos tenían a
Colombia convertida en un caos.
Inseguridad, corrupción y desempleo caracterizaban
esta situación, calamitosa.
Cualquier día eran masacradas familias completas y
el gobierno simplemente prometía tomar las medidas del
caso. Los campesinos acosados por La Violencia y los préstamos
agrarios perdían las fincas y migraban a los centros
urbanos para engrosar los cinturones de miseria.
Era fácil encontrar en los semáforos muchachitos desnutridos
y harapientos que pedían monedas a cambio de
limpiar el parabrisas, y también mujeres con niños de brazos
implorando una limosna. 100 cuadrillas de alzados
en armas volaban torres de alta tensión y oleoductos,
instalaban retenes, cobraban tributos, asaltaban pueblos,
secuestraban y mataban policías y soldados. La inversión
foránea comenzaba a buscar horizontes menos turbulentos.
El comercio internacional de narcóticos, marihuana
y cocaína, corrompía con su avalancha de dólares
a todas las clases sociales.
La impunidad había logrado niveles vergonzosos. Era
fácil cometer un delito sin afrontar el peso de la ley. El
enriquecimiento ilícito era la forma común de mostrar
el éxito obtenido en la política.
Al carecer de una industria exportadora, las fuentes
de trabajo habían disminuido y el desempleo alcanzaba
niveles de zozobra.
20.000 asesinatos al año nos marcaban como el más
inseguro de todos los países.
Y de no ser por Botero, Carlos Vives, César Rincón,
García Márquez, Llinás, María Isabel Urrutia, Montoya,
Mutis, Patarroyo, Shakira y otros talentosos compatriotas
un poco menos publicitados, el nombre del país sería
con frecuencia cuestionado en resto del mundo.
Como los valores morales habían escaseado y cada
nuevo día era peor de incierto, la gente buscaba la forma
de subsistir, sin que la línea divisoria entre el bien y el
mal demarcara propiamente el camino a seguir.
Flotaba en el ambiente un pesimismo general que iba
cayendo sobre los colombianos como nube asfixiante y
el que podía emigrar no dudaba en hacerlo y se iba para
cualquier lugar del planeta, a la brevedad que el destino
se lo permitiera, llevando en el corazón sólo el recuerdo
de ese bello país que fuera en otros tiempos. Esmeraldas,
café, ríos, música y paisaje.
Epoca horrenda que nos dio la entrada al siglo XXI
por la puerta de atrás.
2
En medio de este desmangurre social había nacido
en Cali, la capital del Valle del Cauca, en una familia
exageradamente pobre, una niña de singular belleza, que
desde el nacimiento fue admirada por todos. Pero su belleza
le causaría sinsabores y más de una vez lamentaría
haber nacido.
No había ser humano que al verla no quedara fascinado;
y así creció, persuadida de que era la misma venus
encarnada en mujer.
Como en su humilde hogar las angustias económicas
eran cada vez más agobiantes y pasaban los días sin ver
un solo peso, se sintió empujada a buscar dinero donde
mejor pudiera y con este fin se empleó de ventera en la
tienda de un comerciante rudo y analfabeta que facilitaba
a la familia vituallas y otras viandas para calmar el
hambre, quien la sometería a un continuo acoso hasta
que finalmente lograría disfrutar de todos sus encantos.
Acordaron, los dos, vivir sin casarse; ya que ella albergaba
la esperanza de organizar su vida con alguien
más joven y aprender un oficio que pudiera generarle
mejores ingresos.
Por un corto circuito, de una instalación mal hecha,
al comerciante se le incendió la tienda y pereció quemado.
Ella recuperó su libertad, pero la familia quedó sin
sustento, pues las llamas lo dejaron todo convertido en
cenizas.
3
Inició a trabajar en un casino nocturno donde debía
atender y servir trago a los jugadores. No obstante las
propinas, no conseguía lo suficiente para cubrir los gastos
del hogar. La energía eléctrica ya estaba cortada y
tampoco había cómo pagar el agua.
Al hermano que a ella seguía, quien iniciaba a trabajar
en un asadero de pollos, le metieron una puñalada,
entre el paradero del bus y su vivienda, por robarle los
tenis, obsequiados por ella el día de su cumpleaños, y
cuando lo llevaron al hospital, de caridad, ya estaba muerto;
pues con la sangre se le escapó la vida, sin que nadie
hubiera sido capaz de retenerla.
Ella hizo migas con un capitán del ejército para que
lo eximiera del servicio militar. Ahora pensaba que tal
vez estando en la milicia se hubiera librado de la muerte
o le hubieran enseñado a defenderse. Al sentirse culpable
se ponía más triste. Esta absurda muerte le impuso
seguir aportando sola hasta para el café del desayuno.
Una tarde su padre empujando una carreta atascada
en un barrizal sufrió una lesión en la columna que le im-
pediría realizar cualquier fuerza, y ahora sí que menos
iba a conseguir trabajo. Su madre lavaba ropa, pero ya
tenía hongos en las manos, no le rendía y por consiguiente
le pagaban poco.
Como a veces los clientes del casino se disgustaban
porque ella no aceptaba licor y embriagados intentaban
subirla contra su voluntad a los vehículos dejándole los
brazos llenos de moretones, decidió conseguir un trabajo
diferente.
4
Ingresó a trabajar en un exclusivo burdel costoso, llamado
“El Jardín de las Muñecas Lindas”, donde sólo aceptaban
mujeres embrujadoramente hermosas. Sus padres
sospechaban que no estaba en algo decente, puesto que
dormía en el día y trabajaba de noche. Mas no se lo recriminaban
sabiendo que lo hacía para que al menos no
faltara la comida diaria.
Y una noche la sofisticada elegancia del reputado lugar
fue hecha pedazos por un hombre enloquecido que allí
mismo ajustó cuentas con su esposa; pues se había enterado
de que ahí guerreaba cuando él se hallaba ausente de
la ciudad. No obstante que ella de rodillas suplicaba no
la fuera a matar, ofendido en el alma y energúmeno de un
bofetón la arrojó al suelo y antes de que pudiera levantarse,
en medio de quienes esa noche se encontraban
juergueando, sin compasión alguna le dio un balazo en el
corazón y uno más entre las partes íntimas.
Todas las muñecas lindas lloraron hasta acabar sus
lágrimas y ella sufrió un ataque de nervios que le impi-
dió volver a trabajar, y acoquinada por la tragedia se refugió
en su humilde rancho.
Así en todo el país se hubiera perdido el valor de la
vida, ella no aceptaba que la muerte ejerciera tan completo
dominio. Ya había sufrido o presenciado tres muertes
en el corto espacio de dos años.
5
Al ver a sus padres y hermanos cada día más acorralados
por la pobreza, con el vestido remendado y los zapatos
rotos, y ya acostándose con el estómago vacío, se
llenó de valor y volvió a la calle en busca de dinero.
Fácilmente consiguió trabajo en un hotel, como recepcionista;
mas no podía evitar el continuo asedio de
los huéspedes que ponderaban su belleza y le soltaban
propuestas indecentes. Y por haber sido hallada, en comprometedora
escena, dentro de la alcoba de un viajero,
fue botada de inmediato.
Un alocado fotógrafo profesional le ofreció un dinero
por posar desnuda. Ella aceptó si la dejaba ponerse
un antifaz; pero éste adujo que perdería atractivo y además
las tomas iban para la colección particular de un
adinerado vejestorio que compraba fotos de mujeres muy
bellas.
Le hizo mil tomas, así y asá. De pie, sentada, medio
acostada. Con la mano ahí, ahora acá.
Ese día percibió un raro placer al exhibir entera la
bonita escultura de su cuerpo al desnudo.
6
Uno de los clientes del burdel le había dado una tarjetita
personal, por si algún día lo necesitaba. Cada vez
que él llegaba preguntaba por La Bonita, y desde entonces
adquirió este apelativo; y como en realidad era muy
linda y los años la iban haciendo aún más hermosa, pues
le quedaba bien y así la llamarían en ese mundo.
El de la tarjetita, un importante político, la envió a
un centro nocturno, del que era propietario, para que la
incluyeran en el show.
Aprendió a realizar stript-tease; lo cual era un magnífico
espectáculo. Ingresaba al escenario vestida de novia,
con un ramo de azahares en la mano, como si estuviera
lista para la boda. Cantaba Novia Mía, de Guerrero Castellanos,
mientras esperaba que el supuesto consorte se
hiciera presente.
Como no aparecía comenzaba por lanzar las flores al
piso, luego el velo nupcial y después se quitaba el vestido,
mostrando su piel sedosa y limpia. Dejaba cubiertas
las partes virginales por pequeñas estrellas transparentes
que también luego quitaba, paralizando la respira-
ción y dejándolos a todos extasiados con los redondos senos
coronados por diminutas cerezas enhiestas, el ombligo
perdido en un vientre planito, sus caderas anforinas, y
las nalgas respingadas, el oscuro bosquecito afelpado, comienzo
de unas piernas bien torneadas.
—¡Muñequita!
—¡Bella!
—¡Hermosura!
—¡Perfecta!
—¡Linda!
—¡Preciosa!
—¡Divina! —iban cayendo entre aplausos y suspiros
los cumplidos sobre la pasarela a medida que La Bonita
exhibía toda desnuda su almendrada piel. Y después de
lucirse unos instantes desaparecía envuelta en una niebla
artificial para volver traída por vítores y aplausos,
incansables.
Pero no se iba a dormir con nadie, pues debía realizar
el mismo show en otros clubes nocturnos.
Uno de los admiradores la puso en contacto con una
agencia de damas de compañía y entonces realizó algunos
viajes con hombres de negocios, ejecutivos y profesionales
que sentíanse muy solos cuando añoraban a sus
lejanas esposas en las frías habitaciones de los hoteles.
Los debía acompañar a lujuriosas discotecas, exclusivos
restaurantes y fiestas galantes, y de paso gozar de
la vida y hasta reírse un poco, como la vez que estando
alojada en un hotel de Cartagena de Indias, con un arquitecto
que participaba en un simposio de urbanismo,
anunciaron la llegada de la verdadera esposa y entonces
le tocó a La Bonita empacar, muerta de risa, el equipaje y
correr a esconderse en la alcoba de otro colega que tuvo a
bien hacerse cargo de ella, sacándolos del apuro; y después,
entre burlas y sarcasmos, explicar que el hombre
inicialmente presentado como esposo resultara con otra
mujer. Todos se los gozaron en los eventos restantes.