La Vida, el Universo y todo lo demás

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Muy de mañana, Arthur Dent emitió el habitual grito de horror al despertarse y de
pronto recordó dónde se encontraba. No se trataba simplemente de que hiciese frío, ni de que la caverna fuese húmeda y maloliente. Sino de que estaba en pleno slington y de queno pasaría un autobús hasta dentro de dos millones de años.Por decirlo así, el tiempo es el peor sitio para perderse, como Arthur Dent podía
atestiguar, pues se había perdido bastantes veces tanto en el tiempo como en el espacio.


Al menos, el extraviarse en el espacio le tiene ocupado a uno.
Se hallaba perdido en la prehistoria terrestre a consecuencia de una compleja serie de acontecimientos por los cuales se vio alternativamente reprendido e insultado en másregiones extrañas de la Galaxia de lo que nunca soñara, y aunque ahora la vida se habíavuelto muy, pero que muy tranquila, todavía se sentía nervioso.


Hacía ya cinco años que no le regañaban. Como apenas había visto a nadie desde que Ford Prefect y él se separaran cuatroaños antes, tampoco le habían insultado en todo ese tiempo.Salvo una sola vez. Ocurrió cierta tarde de primavera, unos dos años antes.Volvía a la cueva poco después de oscurecer, cuando descubrió unas lucesmisteriosas que destellaban entre las nubes. Se dio la vuelta y miró con fijeza mientras la esperanza renacía súbitamente en su corazón. Rescate. Escapatoria. El sueño imposibledel náufrago: una nave.Y mientras observaba sin apartar la vista, pasmado, lleno de emoción, una nave larga y plateada descendía por el aire cálido de la noche con suavidad, sin ruido, abriendo suslargas patas en un delicado ballet tecnológico.Se posó en el suelo mansamente, y el pequeño murmullo que emitía se apagó como arrullado por la calma del anochecer.Se extendió una rampa.Brotó luz hacia afuera.


Una silueta alta apareció perfilada en la escotilla. Bajó por la rampa y se paró delante de Arthur.- Eres un pelma, Dent – se limitó a decir. Era un ser muy raro. Tenía una altura singularmente extraña, una cabeza anormalmente aplastada, unos ojillos insólitamente achinados, una túnica dorada depliegues extravagantes con un modelo de cuello nunca visto, una piel original, grisverdosa, y el viso lustroso que las caras de ese color sólo adquieren con mucho ejercicio
y jabón muy caro.


Arthur estaba sobrecogido.
Aquel rostro le miraba fijamente.
Las primeras emociones de esperanza y ansiedad quedaron al instante arrolladas por
el pasmo, y toda clase de ideas combatían en aquel momento por el uso de sus cuerdas
vocales.
– ¿Quii…? – dijo.
– Uu… ju… aj… – añadió.
– ¿Quién… ra… ru… uu? – logró preguntar al fin, cayendo en una especie de silencio
frenético. Sufría los efectos de no haber hablado con nadie desde no sabía cuándo.
La extraña criatura frunció brevemente el entrecejo y consultó lo que parecía cierta
clase de apuntes en una tablilla que sostenía en su espigada y curiosa mano.
– ¿Arthur Dent? – preguntó.
Arthur asintió débilmente.
– ¿Arthur Philip Dent? – insistió con una especie de ladrido eficaz aquel extraño ser.
– Mm… mm… sí… mm… mm… – confirmó Arthur.

– Eres un pelma – repitió la criatura -, un perfecto gilipollas.
– Mm…
La criatura asintió para si, hizo un extraña marca sobre la tablilla y se volvió
bruscamente hacia la nave.
– Mm – dijo Arthur, desesperado -, mm…
– No me vengas con ésas – replicó la criatura. Subió la rampa, entró por la escotilla y
desapareció en la nave, que se cerró emitiendo un murmullo vibrante y apagado.
– ¡Mm, oye! – gritó Arthur, echando a correr inútilmente -. ¡Espera un momento! ¿Qué
es esto? ¿Qué pasa? ¡Espera un momento!
La nave se elevó como si su peso fuera una capa arrojada al suelo, planeando
brevemente. Ascendió extrañamente por el cielo nocturno. Atravesó las nubes,
iluminándolas por un instante, y luego desapareció, dejando solo a Arthur, que bailaba
impotente una danza mínima en un territorio inmenso.
– ¿Cómo? – gritó -. ¿Qué? ¿Cómo? ¡Vuelve aquí y repítelo!
Saltó y danzó hasta que le temblaron las piernas, gritando hasta irritarse los pulmones.
Nadie le respondió. No había nadie para oírle o hablarle.
La extraña nave ya hendía como un trueno las altas capas de la atmósfera, de camino
al pasmoso vacío que separa las poquísimas cosas que existen en el Universo.
Su ocupante, la criatura extraña de la cara tez, se reclinó en su asiento individual. Se
llamaba Wowbagger el Infinitamente Prolongado. Tenía un objetivo. No muy bueno, tal
como él mismo sería el primero en admitir, pero era una meta y al menos le mantenía
ocupado.
Wowbagger el Infinitamente Prolongado era – es, en realidad – uno de los poquísimos
seres inmortales del Universo.
Los que nacen inmortales saben superar el problema de manera instintiva, pero
Wowbagger no se contaba entre ellos. El caso es que había llegado a odiar a todos
aquellos serenísimos hijoputas. Había adquirido la inmortalidad de manera involuntaria,
por un lamentable accidente con un estúpido acelerador de partículas, un almuerzo
líquido y un par de gomas elásticas. Los detalles precisos del accidente carecen de
importancia, pues nadie ha logrado jamás reproducir las circunstancias exactas en que
ocurrió, y al intentarlo muchos han acabado con un aire de suma idiotez, o muertos.
Wowbagger cerró los ojos con expresión cansada y sombría, puso un jazz ligero en el
estéreo de la nave y pensó que podía haberlo logrado de no haber sido por las tardes de
domingo; sí, lo habría conseguido.
Para empezar, era divertido, se lo pasaba bien viviendo peligrosamente, corriendo
riesgos, ganando una fortuna con inversiones muy productivas a largo plazo, y en general
sobreviviendo mucho a todo el mundo.
Al final, lo que no podía soportar eran las tardes de domingo y esa horrible apatía que
empieza a presentarse hacia las tres menos cinco, cuando se es consciente de que ya se
han tomado todos los baños útiles posibles, de que por mucho que se mire a cualquier
párrafo determinado de los periódicos nunca se llegará a leerlo de verdad ni a utilizar la
nueva y revolucionaria técnica de poda que describe, y de que, mientras se mira el reloj,
las manillas se mueven implacables hacia las cuatro y uno entra en la larga y sombría
hora del té del alma.
De modo que las cosas empezaron a perder interés para él. Comenzaron a
desaparecer las alegres sonrisas que solía esgrimir en los entierros de la gente. Empezó
a despreciar al Universo en general y a todos sus habitantes en particular.
Ese fue el momento en que concibió su propósito, lo que le haría seguir adelante y que,
hasta donde podía imaginar, le mantendría para siempre en movimiento. Era esto:
Insultaría al Universo.
Es decir, insultaría a todos sus habitantes. De manera individual, personal, uno por
uno, y (eso era lo que más le hacía rechinar los dientes) en orden alfabético.

Cuando la gente objetaba, como hacía algunas veces, que el plan no sólo era
descabalado sino también imposible debido a la cantidad de gente que nace y muere a
cada momento, él se limitaba a lanzarles una mirada severa, diciendo:
– Uno tiene derecho a soñar, ¿no?
Y así empezó. Equipó una astronave, construida para que durase mucho tiempo, con
un ordenador capaz de manejar todos los datos informáticos necesarios para no perder
de vista a toda la población del Universo conocido y averiguar las rutas pertinentes,
horriblemente complicadas.
Su nave surcó las órbitas internas del sistema estelar de Sol, disponiéndose a rodear el
sol para lanzarse al espacio interestelar como disparada por un tirachinas.
– Ordenador – dijo.
– ¡Presente! – aulló el ordenador.
– ¿A dónde nos dirigimos ahora?
– Estoy calculándolo.
Wowbagger contempló por un instante la fantástica pedrería de la noche, los billones
de diamantes de los mundos diminutos que espolvoreaban de luz la oscuridad infinita.
Todos y cada uno de ellos estaban incluidos en su itinerario. Por la mayoría tendría que
pasar millones de veces.
Por un momento imaginó que su ruta conectaba con todos los puntos del espacio lo
mismo que las piezas numeradas de un rompecabezas infantil. Esperaba que desde
algún lugar destacado del Universo pudiera leerse en ella una palabra muy, muy grosera.
El ordenador emitió un zumbido monótono para indicar que había concluido los
cálculos.
– Folfanga – dijo, y siguió zumbando. – Al mundo Cuarto del sistema de Folfanga –
prosiguió, continuando con el zumbido.
– Duración prevista del viaje, tres semanas – insistió, zumbando otra vez.
– Para encontrarse con un zángano insignificante – zumbó – de la especie AzxxRzUrp-
Gil-Ipdenú.
– Creo – añadió tras una breve pausa durante la cual zumbó – que decidiste llamarle
«culo sin seso».
Wowbagger emitió un gruñido. Durante un par de segundos contempló la majestad de
la creación, que se asomaba a su ventana.
– Me parece que voy a echarme una siesta – dijo, y añadió -: ¿Por qué zonas reticulares
tendremos que pasar durante las próximas horas?
El ordenador zumbó.
– Cosmovid, Ideapix y Compartimiento Cerebral Hogareño – dijo el ordenador,
zumbando de nuevo.
– ¿Hay alguna película que no haya visto ya treinta mil veces?
– No.
– Ah.
– Tenemos «Angustia en el espacio». Esa sólo la has visto treinta y tres mil quinientas
diecisiete veces.
– Despiértame al segundo rollo.
El ordenador zumbó.
– Que duermas bien – le deseó.
La nave siguió volando a través de la noche.
Entretanto, en la Tierra empezó a llover a cántaros. Arthur Dent se quedó en la cueva y
pasó una de las tardes más soberanamente aburridas de toda su vida, pensando en las
cosas que podía haber dicho a aquella criatura y cazando moscas, que también pasaron
un mal rato.
Al día siguiente hizo una bolsa de piel de conejo porque pensó que podría serle útil
para guardar cosas.

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