El restaurante del fin del mundo

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EL RESTAURANTE DEL FIN DEL MUNDO
Douglas Adams


Resumen de lo publicado:
Al principio se creó el Universo.
Eso hizo que se enfadara mucha gente, y la mayoría lo consideró un error.
Muchas razas mantienen la creencia de que lo creó alguna especie de dios,
aunque los jatravártidos de Viltvodle VI creen que todo el Universo surgió de un
estornudo de la nariz de un ser llamado Gran Arklopoplético Verde.
Los jatravártidos, que viven en continuo miedo del momento que llaman «La
llegada del gran pañuelo blanco», son pequeñas criaturas de color azul y, como
poseen más de cincuenta brazos cada una, constituyen la única raza de la
historia que ha intentado el pulverizador desodorante antes que la rueda.
Sin embargo, y prescindiendo de Viltvodle VI, la teoría del Gran Arklopoplético
Verde no es generalmente aceptada, y como el Universo es un lugar tan
incomprensible, constantemente se están buscando otras explicaciones.
Por ejemplo, una raza de seres hiperinteligentes y pandimensionales
construyeron en una ocasión un gigantesco superordenador llamado
Pensamiento Profundo para calcular de una vez por todos la Respuesta a la
Pregunta Ultima de la Vida, del Universo y de Todo lo demás.
Durante siete millones y medio de años, Pensamiento Profundo ordenó y
calculó, y al fin anunció que la respuesta definitiva era Cuarenta y dos; de

manera que hubo de construirse otro ordenador, mucho mayor, para averiguar
cuál era la pregunta verdadera.
Y tal ordenador, al que se le dio el nombre de Tierra, era tan enorme, que con
frecuencia se le tomaba por un planeta, sobre todo por parte de los extraños
seres simiescos que vagaban por su superficie, enteramente ignorantes de que
no eran más que una parte del gigantesco programa del ordenador.
Cosa muy rara, porque sin esa información tan sencilla y evidente, ninguno de
los acontecimientos producidos sobre la Tierra podría tener el más mínimo
sentido.
Lamentablemente, sin embargo, poco antes de la lectura de datos, la Tierra fue
inesperadamente demolida por los vogones con el fin, según afirmaron, de dar
paso a una vía de circunvalación; y de ese modo se perdió para siempre toda
esperanza de descubrir el sentido de la vida.
O eso parecía.
Sobrevivieron dos de aquellas criaturas extrañas, semejantes a los monos.
Arthur Dent se escapó en el último momento porque de pronto resultó que un
viejo amigo suyo, Ford Prefect, procedía de un planeta pequeño situado en las
cercanías de Betelgeuse y no de Guilford, tal como había manifestado hasta
entonces; y además, conocía la manera de que le subieran en platillos
volantes.
Tricia McMillan, o Trillian, se había fugado del planeta seis meses antes con
Zaphod Beeblebrox, por entonces Presidente de la Galaxia.
Dos supervivientes.
Son todo lo que queda del mayor experimento jamás concebido: averiguar la
Pregunta Ultima y la Respuesta Ultima de la Vida, del Universo y de Todo lo
demás.
Y a menos de setecientos cincuenta mil kilómetros del punto donde su nave
espacial deriva perezosamente por la impenetrable negrura del espacio, una
nave vogona avanza despacio hacia ellos.
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Como todas las naves vogonas, aquélla no parecía responder a un diseño, sino
a una súbita coagulación. Los deformes edificios y protuberancias amarillas
que sobresalían en ángulos desagradables, habrían desfigurado el aspecto de
la mayoría de las naves, pero en este caso era lamentablemente imposible. Se

han divisado cosas más feas en el firmamento, pero no por testigos de
confianza.
En realidad, para ver algo mucho más feo que una nave vogona, habría que
entrar en una y mirar a un vogón. No obstante, eso es precisamente lo que
evitaría cualquier ser prudente, porque el vogón común no lo pensará dos
veces para hacerle a uno algo tan increíblemente horrible, que se desearía no
haber nacido; o, si se es un pensador más clarividente, que el vogón no
hubiera nacido.
De hecho, el vogón común ni siquiera lo pensaría una sola vez, probablemente.
Son criaturas estúpidas, obstinadas, de mentalidad deformada, y desde luego
no tienen disposición para pensar. Un examen anatómico de los vogones
revela que en un principio su cerebro era un hígado disóptico, muy amorfo y
mal situado. Por tanto, lo mejor que puede decirse en su beneficio es que
saben lo que les gusta; eso generalmente entraña el hacer daño a la gente y,
siempre que sea posible, enfadarse mucho.
Algo que no les gusta es dejar un trabajo sin acabar, en especial a este vogón,
y en particular – por varias razones – este trabajo.
Tal vogón era el capitán Prostetnic Vogon jeltz, del Consejo Galáctico de
Planificación Hiperespacial y responsable de los trabajos de demolición del
supuesto «planeta» Tierra.
Torció el cuerpo, monumental y abominable, en su asiento estrecho e
inadecuado, y miró fijamente a la pantalla del monitor, que no dejaba de
proyectar la imagen de la astronave Corazón de Oro.
Poco le importaba que el Corazón de Oro, propulsado por su Energía de la
Improbabilidad Infinita, fuese la nave más bella y revolucionaria que jamás se
hubiera construido. La estética y la tecnología eran libros cerrados para él y, de
estar en sus manos, también serían libros quemados y enterrados.
Aún le importaba menos el que Zaphod Beeblebrox estuviera a bordo. Zaphod
Beeblebrox ya era ex Presidente de la Galaxia, y aunque en aquellos
momentos todo el cuerpo de la Policía galáctica le estuviera persiguiendo a él y
a la nave que había robado, el vogón no tenía el menor interés en ello.
Tenía cosas más importantes que hacer.
Se ha dicho que los vogones no están por encima de los pequeños sobornos y
de la corrupción, de la misma manera en que el mar no está por encima de las
nubes, y esto resultaba particularmente cierto en el caso de Prostetnic, que
cuando oía las palabras «integridad» o «rectitud moral» cogía el diccionario, y
cuando oía el tintineo del dinero en grandes cantidades cogía el código legal y
lo tiraba a la basura.
Al emprender de manera tan implacable la destrucción de la Tierra y de todo lo
relacionado con ella, sobrepasó un poco las atribuciones de su deber

profesional. Incluso existían ciertas dudas sobre si se construiría realmente la
susodicha vía de circunvalación, pero ese asunto ya ha sido comentado.
Prostetnic soltó un repelente gruñido de satisfacción.
– Ordenador – graznó -, ponme con mi especialista cerebral.
Al cabo de unos segundos, el rostro de Gag Mediotroncho apareció en la
pantalla con la sonrisa de aquel que se sabe a diez años luz de la cara del
vogón a quien está mirando. En algún punto de la sonrisa había también un
destello de ironía. Aunque Prostetnic se refería a él de manera invariable como
«mi especialista cerebral particular», no había mucho cerebro que tratar, y en
realidad era Mediotroncho quien contrataba al vogón. Le pagaba una enorme
cantidad de dinero por realizar un trabajo verdaderamente sucio: Al ser uno de
los psiquiatras más destacados y famosos de la Galaxia, Mediotroncho y un
grupo de colegas se encontraban bien dispuestos a gastar muchísimo dinero
en un momento en que todo el futuro de la psiquiatría podría verse amenazado.
– Bien – dijo -; hola, Prostetnic, mi capitán de los vogones, ¿qué tal nos
encontramos hoy?
El capitán vogón le dijo que durante las últimas horas había flagelado a casi la
mitad de su tripulación en un ejercicio disciplinario.
La sonrisa de Mediotroncho no tembló ni un instante.
– Bueno – repuso -, me parece que es un comportamiento absolutamente
normal para un vogón, ¿sabes? Una canalización natural y saludable de los
instintos agresivos en actos de violencia sin sentido.
– Eso es lo que dices siempre – rugió el vogón.
– Pues me sigue pareciendo que, para un psiquiatra, es un comportamiento
enteramente normal – contestó Mediotroncho -. Bien. Es evidente que nuestras
actitudes mentales están hoy perfectamente sincronizadas. Y dime, ¿qué
noticias tienes de la misión?
– Hemos localizado la nave.
– ¡Maravilloso – exclamó Mediotroncho -, estupendo! ¿Y los ocupantes?
– Está el terráqueo.
– ¡Excelente! ¿Y…?
– Una hembra del mismo planeta. Son los únicos.
– Bien, bien – comentó Mediotroncho, rebosante de alegría -. ¿Quién más?
– Ese tal Prefect.

– ¿Sí?
– Y Zaphod Beeblebrox.
La sonrisa de Mediotroncho temblequeo por un instante.
– Ah, sí – dijo -. Ya me lo esperaba. Es muy lamentable.
– ¿Es un amigo personal? – inquirió el vogón, que una vez había oído esa
expresión en alguna parte y decidió emplearla.
– Ah, no – replicó Mediotroncho -; ya sabes que en nuestra profesión no
tenemos amigos personales.
– ¡Ah! – Gruño el vogón -. Distanciamiento profesional.
– No – dijo alegremente Mediotroncho -, es sólo que no tenemos gancho para
eso.
Hizo una pausa. Sus labios continuaron sonriendo, pero sus ojos fruncieron
levemente el ceño.
– Pero ya sabes que Beeblebrox es uno de mis clientes más provechosos.
Tiene unos problemas de personalidad que superan los sueños de cualquier
analista.
Jugueteó un poco con esa idea antes de desechara de mala gana.
– Pero ¿estás preparado para tu tarea? – preguntó.
– Sí.
– Bien. Destruye esa nave inmediatamente.
– ¿Qué hay de Beeblebrox?
– Pues Zaphod no es más que lo que te he dicho, ¿sabes? – dijo Mediotroncho
en tono vivaz.
Desapareció de la pantalla.
El capitán vogón pulsó un interruptor que le comunicaba con los restos de su
tripulación.
– Al ataque – dijo.

En aquel preciso momento, Zaphod Beeblebrox se encontraba en su cabina
maldiciendo a voz en grito. Dos horas antes había anunciado que tomarían un
bocado en el Restaurante del Fin del Mundo, a raíz de lo cual había tenido una
tumultuosa discusión con el ordenador de la nave y salido como una tromba
hacia su cámara gritando que averiguaría los factores de Improbabilidad con
lápiz y papel.
La Energía de la Improbabilidad convertía al Corazón de Oro en la nave más
potente e imprevisible de todas las existentes. Nada había que no pudiese
hacer; con tal de que se conociese exactamente el grado de improbabilidad de
lo que se pretendía realizar, tal cosa llegaría a producirse.
Zaphod la había robado cuando, en su calidad de Presidente, le fue
encomendada su botadura. No sabía exactamente por qué la había robado;
sólo que le gustaba.
Ignoraba por qué se había convertido en Presidente de la Galaxia; sólo que le
parecía divertido.
Era consciente de que existían razones de más peso, pero se hallaban ocultas
en una sección oscura y cerrada de sus dos cerebros. Beeblebrox deseaba que
la sección oscura y cerrada de sus dos cerebros desapareciera, porque a
veces emergía de manera momentánea y sacaba a la luz ideas extrañas,
curiosos segmentos de su inteligencia que trataban de desviarle de lo que él
entendía como la ocupación fundamental de su vida, que consistía en
pasárselo maravillosamente bien.
En aquel momento no se lo pasaba maravillosamente bien. Se le habían
acabado los lápices y la paciencia y tenía mucha hambre.
– ¡Malditas estrellas! – gritó.
En aquel preciso momento, Ford Prefect se encontraba en el aire. No se
trataba de alguna irregularidad en el campo gravitatorio artificial de la nave,
sino que bajó de un salto la escalera que conducía a las cabinas particulares
de la nave. Había mucha altura para saltarla de un brinco, y aterrizó mal,
tropezó, recobró el equilibrio, recorrió el pasillo a toda velocidad, mandando por
los aires a un par de diminutos robots de servicio, patinó al doblar la esquina,
irrumpió en la cabina de Zaphod y le explicó lo que pensaba.
– Vogones – dijo.
Poco antes, Arthur Dent había salido de su cabina en busca de una taza de té.
No se trataba de una búsqueda que emprendiera con mucho optimismo,
porque sabía que la única fuente de bebidas calientes de toda la nave era una
oscura máquina producida por la Compañía Cibernética Sirius. Ostentaba el
nombre de Sintetizador Nutrimático de Bebidas, y Arthur ya la conocía de
antes.

Afirmaba producir la más amplia gama posible de bebidas, personalmente
ajustadas a los gustos y metabolismo de quien se tomara la molestia de
utilizarla. Sin embargo, cuando se la ponía a prueba, siempre facilitaba un vaso
de plástico lleno de un líquido que era casi, pero no del todo, enteramente
diferente del té.
Trató de razonar con aquella cosa.
– Té – dijo.
– Comparte y Disfruta – replicó la máquina, sirviéndole otro vaso del horrible
líquido.
Arthur lo tiró.
– Comparte y Disfruta – repitió la máquina, volviéndole a suministrar otro vaso
de lo mismo.
«Comparte y Disfruta» es el lema del departamento de quejas de la Compañía
Cibernética Sirius, que en la actualidad ocupa los territorios más importantes de
tres planetas de tamaño mediano; es el departamento de la compañía que más
éxito tiene y el único que arroja un beneficio apreciable en los últimos años.
El lema se ve, o más bien se veía, en letras luminosas de cuatro kilómetros y
medio de altura cerca del puerto espacial del Departamento de Quejas, en
Eadrax. Lamentablemente, su peso era tal, que, poco después de que se
erigieran, el suelo cedió bajo las letras y casi la mitad de su extensión cayó
sobre los despachos de muchos directivos de quejas, jóvenes de talento que
fallecieron en el acto.
La mitad superior de las letras que quedaron, parece que dicen en el idioma
local: «Date la cabeza contra la pared», y ya no están iluminadas, salvo en
ocasiones de conmemoración especial.
Por sexta vez, Arthur tiró un vaso de aquel líquido.
– Escucha, máquina – dijo -; afirmas que puedes sintetizar cualquier bebida que
exista, ¿por qué sigues dándome, entonces el mismo brebaje imbebible?
– Datos de nutrición y sentido del gusto – farfulló la máquina -. Comparte y
Disfruta.
– ¡Sabe muy mal!
– Si has disfrutado de la experiencia de tomar esta bebida – prosiguió la
máquina -, ¿por qué no la compartes con tus amigos?
– Porque quiero conservarlos – replicó Arthur con aspereza -. ¿Quieres tratar de
comprender lo que te estoy diciendo?

– Esa bebida…
– Esa bebida – dijo dulcemente la máquina – se ha hecho a medida de tus
exigencias personales en cuanto a gustos y nutrición.
– Ya – dijo Arthur -. ¿Es que soy un masoquista a dieta?
– Comparte y Disfruta.
– ¡Cállate ya!
– ¿Es eso todo?
Arthur decidió rendirse.
– Sí – afirmó.
Luego pensó que no abandonaría por nada del mundo.
– No – dijo -. Mira, es muy, muy sencillo… lo único que quiero… es una taza de
té. Y me vas a preparar una. Estate callada y escucha.
Se sentó. Le fue hablando a la Nutrimática de la India y de China; le habló de
Ceilán. Le habló de unas hojas anchas secadas al sol. Le habló de teteras de
plata. Le habló de tardes de verano, tumbado sobre la hierba. Le habló de
poner la leche antes de echar el té para que no se escaldara. Y le contó
(brevemente) la historia de la Compañía de las Indias Orientales.
– Así que es eso, ¿no? – dijo la Nutrimática cuando Arthur acabó.
– Sí – contestó éste -, eso es lo que quiero.
– ¿Quieres el sabor de hojas secas hervidas en agua?
– Humm…, sí. Con leche.
– ¿Sacada a chorros de una vaca?
– Bueno, supongo que puede decirse así…
– Voy a necesitar que me ayuden un poco – dijo sucintamente la máquina. El
alegre parloteo había desaparecido de su voz, que ahora adoptaba un tono
profesional.
– Pues si yo puedo servirte en algo… – se ofreció Arthur.
– Tú ya has hecho más que suficiente – le informó la Nutrimática.
Llamó al ordenador de la nave.

– ¡Qué hay! – saludó el ordenador de la nave.
La Nutrimática le explicó lo del té. El ordenador dio un respingo, conectó unos
circuitos lógicos con la Nutrimática y ambos cayeron en un silencio siniestro.
Durante un rato, Arthur estuvo atento y esperó, pero no ocurrió nada más.
Dio un puñetazo a la máquina, pero siguió sin pasar nada.
Por fin abandonó y subió al puente dando un paseo.
El Corazón de Oro pendía inmóvil en la vacía desolación del espacio.
La Galaxia enviaba el brillo de un billón de alfilerazos en torno a la nave. Hacia
ella avanzaba despacio el desagradable bulto amarillo de la nave vogona.

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