Cuando la Tierra esté muerta

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SECTOR ROJO

La frase más simple que puede pronunciarse es también la más profunda: el tiempo
pasa. Un millón de siglos —docena más o menos— ha transcurrido desde que la familia
humana empezó a trasladarse de un planeta a otro.
Directamente, se conoce muy poco sobre los hombres primitivos o los mundos que
conquistaron. Indirectamente, sabemos mucho. La clásica Teoría de la Superanualidad
Multigrado nos ayuda en ello.
La aludida Teoría fue formulada en la Era 80 de la Starswarm, y con ella, cuarenta y
cuatro eras más tarde, nosotros podemos deducir más acerca del pasado y el presente
que de cualquier otra forma.
El quinto postulado de la Teoría establece que “los factores del progreso que
provocan los seres inteligentes, así como los que estimulan su inteligencia, son
independientes del factor de la progresión universal, dentro de ciertos límites”. Dichos
límites están definidos en los restantes postulados, pero la anterior declaración resulta ya
precisa en su simple valor.
Dicho con más sencillez significa esto: El Universo es semejante a un reloj cósmico;
las civilizaciones del hombre no son meras ruedecitas dentadas sino relojes infinitamente
menores, que marchan por su propio impulso.
Carente de su ropaje intelectual, la idea resta en pie desmedida y excitante. Significa
que en cualquier momento, los sistemas solares habitados de Starswarm —nuestra
galaxia— exhibirán las características por las que puede pasar una civilización.
Por esto resulta adecuado que en este aniversario del vuelo estelar observemos unas
cuantas entre las miríadas de civilizaciones, todas contemporáneas en un sentido, todas
aisladas en otro, que caracterizan nuestro conjunto galáctico. Tal vez podamos hallar una
pista que nos indique por qué los antiguos lanzaban sus esporas de frágil metal a las
inmensidades del espacio.
Nuestra primera observación procede de la remota parte de Starswarm designada
como Sector Rojo. Allí, lejos de las aceptadas rutas de nuestras sociedades
interestelares, hallaremos una cultura con cierta unidad que abarca doscientos quince mil
planetas.
Entre ellos se encuentra Abrogun, un planeta con una larga historia, habitado
actualmente sólo por unas cuantas familias aisladas. Y entre estas familias…
Un gigante de pie sobre el fiordo, que se adentra en el mar de color gris, podría haber
oteado desde la cumbre de sus escarpados arrecifes, descubriendo Endehabven en el
borde, extendiéndose por los contrafuertes de la isla.
Derek Flamifew Ende veía parte de dicha extensión desde su ventana; además, una
creciente inquietud, la aprensión de una cercana disputa, le forzaba a observarlo todo con
especial claridad, de la misma manera que un paisaje se torna casi transparente y

actínico antes de una tormenta. Aunque interveía con su rostro, sus ojos de visión normal
se paseaban por toda la finca.
Todo estaba completamente aseado en Endehabven… como yo sabía muy bien, ya
que su limpieza corre a mi cargo. Los jardines se hallan repletos de plantas perennes y
arbustos de todas clases, que jamás florecen; se trata de una extravagancia de mi
Señora a la que gusta que la sobriedad de los jardines se empareje con la dureza de la
costa. El edificio, desvaído como Endehabven, es alto, severo, descarnado; las edades
primitivas habrían hallado imposible su estructura; sus mil unidades paragravitatorias
injertadas en su estructura garantizan que las columnas, los contrafuertes, el arco y los
muros sostengan la mampostería, cuya mole, en gran parte, es sólo una ilusión.
Entre el edificio y el fiordo, donde se extiende el jardín, está emplazado el laboratorio
de mi Señora y los animales domésticos de mi Señora; en aquel momento mi Señora
estaba, con sus largas manos, atareada con el minicoypu y los estridentes atoskis. Yo
estaba a su lado, atendiendo las jaulas de los animalitos, pasándole los instrumentos o
moviendo los tanques… en fin, realizando cuanto me ordenaba. Y los ojos de Derek Ende
se dirigían hacia nosotros; no, la miraban sólo a ella.
Derek Flamifew Ende se hallaba con la cara pegada a la campana del receptor,
leyendo el mensaje de la Estrella Uno. El mensaje iluminaba su rostro y las antenas de su
frente. Aunque miraba hacia cuanto significaba su vida exterior, interveía claramente la
comunicación. Cuando hubo terminado movió la clavija, presiono la cara sobre el
micrófono y contestó:
—Lo haré de acuerdo con el mensaje, Estrella Uno. Iré al instante al Festi XV de la
Veil Nebula y entraré en relación con un ser llamado Cliff. Si es posible, también
obedeceré tu orden para obtener parte de su substancia para Pyrylyn. Gracias por todo
que devuelvo de corazón. Adiós.
Se enderezó y se restregó la cara; interminar por enormes distancias-luz siempre era
fatigoso, como si los músculos sensibles del semblante supiesen que estaban
transmitiendo sus diminutas cargas electrostáticas a los pársecs del vacío, y estuviesen
estupefactos. Lentamente también fueron relajándose sus antenas, a medida que iba
cerrando el aparato. Era largo el vuelo hasta la Veil, y la tarea que se le avecinaba era
capaz de oprimir el más pétreo de los corazones. Sin embargo, era por otro motivo que
se demoraba en la tarea; antes de marcharse tenía que despedirse de su Amada.
Deteniéndose ante la puerta, salió al corredor, lo recorrió con paso seguro, pisando
los mosaicos que formaban un dibujo que había aprendido de memoria en su infancia, y
entró en la cámara paragravitatoria. Poco después abandonaba el vestíbulo principal y se
acercaba a mi Señora, delgada, con los roedores triscando ante ella, al nivel de su pecho,
y las alturas de Vatya Jokatt alzándose sombrías a sus espaldas, grises por las
impurezas de la distancia.
—Ve adentro y tráeme la caja de los circulitos con los nombres, Hols —me dijo, y al
acercarse a mi Señora, mi Señor pasó por mi lado. Reparó menos en mí que en los
roedores, fija en ellos su mirada.
Cuando volví, ella aún no se había vuelto hacia él, aunque éste la estaba hablando
con apremio en la voz.
—Ya sabes que tengo que cumplir con mi deber, Amada —le oí decir—. Solamente
un nativo normal de Abrogun puede realizar esta tarea.
—¡Vaya tarea! La galaxia se halla repleta de esta clase de tareas. Podrías excusarte
para siempre de tales excursiones.

—No debes hablar así —objetó él—. Ya conoces la naturaleza de ese Cliff… Ya te lo
conté. Sabes que no se trata de una excursión. Requiere todo el valor que yo tengo. Y
sabes que en este sector de Starswarm, sólo los ahrogunianos, por el motivo que sea,
poseemos este coraje, ¿no es cierto, Amada?
Aunque me había acercado a ellos, abriéndome paso servilmente entre una jaula y un
tanque, no bajaron la voz. Mi Señora estaba contemplando las grises alturas del exterior,
con el semblante tan adusto como aquéllas.
—Piensas que eres muy valiente y poderoso, ¿eh? —dijo, arrugando el ceño.
Conociendo el poder de la mágica simpatía, nunca pronunciaba su nombre cuando
estaba enfadada: era como si desease verle desaparecer.
—No es esto —replicó Derek con humildad—. Por favor, sé razonable, Amada; sabes
que debo ir; un hombre no puede estar constantemente en su casa. No te enfades.
Volvió la cara hacia él. Estaba rígida y severa, con la intervisión cerrada, usándola
apenas. Y sin embargo, poseía una belleza que no puedo describir, si es que el fastidio y
la sabiduría pueden crear belleza. Sus ojos eran tan grises y distantes como la lava del
volcán coronado de nieve a sus espaldas. Era un siglo mayor que Derek, aunque la
diferencia no se veía en su ser, que todavía seguiría fresco unos mil años más, sino en su
autoridad.
—No estoy enfadada sino molesta. Ya sabes que tienes la facultad de incomodarme.
—Amada… —exclamó él, dando un paso hacia ella.
—¡No me toques! Ve si quieres, pero no me zahieras tocándome.
La rozó en un codo. Ella sostenía uno de los minicoypus quieto en el hueco de su
brazo —los animales eran dóciles a su contacto—, y lo estrechó con más fuerza.
—No quiero molestarte, Amada. Ya sabes que le debemos fidelidad a la Estrella Uno.
Debo trabajar para ellos, de lo contrario ¿cómo mantendríamos esta finca? Deja que por
una vez me marche con una despedida afectuosa.
—¡Afecto! ¡Te vas y me dejas sola con un puñado de miserables parthenos y aún
hablas de afecto! No pretenderás que me alegre de tu ausencia… Te has cansado de mí
¿verdad?
—¡No es eso! —replicó él, desesperado.
—¿Lo ves? Ni siquiera intentas disculparte. ¿Por qué no te vas ya? ¡No importa lo
que a mí me ocurra!
—¿Por qué hablas así?
Ella tenía una lágrima resbalándole por una mejilla. Girándose, permitió que él la
viese.
—¿Quién se apiadará de mí? Tú no, o no te alejarías de mí, como haces.
Supongamos que ese Cliff te mate ¿qué sería de mí?
—Volveré, Amada —le prometió Derek—. No temas.
—Es fácil decirlo. ¿Por qué no tienes el valor de reconocer que te alegra irte de mi
lado?
—Porque no quiero dar pie a una discusión interminable.
—¡Bah! Vuelves a hablar como un chiquillo. No contestas ¿verdad? Pero vas a
marcharte, evadiéndote de tus responsabilidades. ¡Huyes!
—¡No huyo!

—Claro que sí, aunque finjas lo contrario. Eres imperfecto.
—¡No lo soy, no lo soy! ¡Y no huyo! Se necesita mucho valor para hacer lo que voy a
hacer.
—¡Tienes un concepto demasiado elevado de ti mismo!
Derek, entonces, se alejó con petulancia, sin dignidad. Se encaminó hacia la
plataforma de lanzamiento. Poco después echó a correr.
—¡Derek! ¡Derek! —le gritó ella.
Él no contestó.
Mi Señora cogió al pequeño minicoypu por el cuello. Colérica, lo arrojó al tanque de
agua más próximo. Se transformó en un pez y nadó hacia las profundidades.
Derek viajaba hacia la Veil Nebula en su impulsador de velocidad-luz. Zarpó solitario,
con el impulsador parecido a una aleta enorme en forma de arco, recubierto de células
fotónicas, que absorbían su fuerza motriz del denso y polvoriento vacío del espacio. A
mitad de la aleta se hallaba la cápsula en que viajaba Derek, sin conocimiento durante la
mayor parte de la travesía, la cual abarcaba un cuarto de la distancia en siglos-luz del
Sector Rojo.
Durante cierto tiempo, Derek permaneció sentado con el rostro delante del receptor,
verificando las temperaturas de abajo. Como tenía que trabajar con temperaturas que se
acercaban al cero absoluto, esto no era sencillo; sin embargo, cuando el Cliff quedó
situado completamente debajo de la nave, no tuvo la menor duda al respecto; se dibujó
tan claramente en su intervisión como lo hubiera hecho en la pantalla de un radar.
—¡Allí está! —exclamó Derek.
Jon había vuelto a la parte anterior del aparato. Compulsó las coordenadas en el
cerebro electrónico del impulsador-luz, esperó y las leyó cuando el Cliff volvió a hallarse
debajo del aparato en la segunda órbita.
Asintiendo, Derek comenzó a prepararse para el salto. Sin apresurarse, se puso su
traje espacial, verificando cada uno de sus detalles, abriendo los paragravitatorios hasta
que flotó, y volviendo a cerrarlos, y luego corrigiendo todos los broches hasta que el traje
quedó perfectamente encajado.
—Trescientos noventa y cinco segundos hasta el próximo cenit —le anunció Jon.
—¿Sabes cómo maniobrar para recogerme?
—Sí, mi Señor.
—No activaré el transistor hasta que me halle en órbita.
—Entiendo, señor.
—De acuerdo. Voy a saltar.
Como una pequeña prisión animada, se acercó cautelosamente a la escotilla.
Tres minutos antes de hallarse sobre el Cliff, Derek abrió el portón exterior y se
zambulló en un mar de nubes. Un breve estallido en su traje espacial le alejó de la órbita
del impulsador-luz. Una nube le absorbió cuando caía.
Los veinte áridos planetas que rodean a Festi contienen sólo una infinitésima fracción
de los misterios de la Starswarm. Cada globo del Universo oculta su propio secreto. En
algunos, como en Abrogun, su finalidad se manifiesta en una clase de ser que puede
adoptar formas distintas, saltar a los caminos espaciales y desbastar sus propósitos en
un ambiente civilizado y extraplanetario. En otros, la finalidad permanece sombría,
oscura; sólo los seres humanos, urdiendo sus oscuras pautas de voluntad e impulsión,

retaron a esos seres extraños a arrebatarles la nueva sabiduría que podía añadirse a la
antigua.
Todo conocimiento tiene su influencia. A través de los milenios, durante los que ha
sido practicable el vuelo interestelar, la humanidad se vio insensiblemente moldeada por
sus propios descubrimientos; junto con su perdida ingenuidad, desapareció su estabilidad
genética. A medida que el hombre cayó como la lluvia sobre otros planetas, su familia
perdió su original dibujo hereditario; cada centro de civilización crea nuevos modos de
pensar, de sentir, de conformar la vida. En el Sector Rojo, el hombre que se había
zambullido para ir al encuentro de una entidad llamada Cliff, era más humano en sus
sufrimientos que en su aspecto.
El Cliff había destruido todas las naves espaciales o impulsadores-luz que habían
aterrizado en su desolado globo. Tras largos estudios desde órbitas seguras, los sabios
de Estrella Uno llegaron a la teoría de que el Cliff atacaba a cualquier considerable fuente
de poder, como un hombre atacaría a una mosca que zumbase continuamente a su
alrededor. Derek Ende, sólo y sin fuerza motriz, excepto los motores de su traje, estaría a
salvo, al menos en teoría.
Descendiendo con los paragravitadores, fue hundiéndose cada vez más en la noche
planetaria. Cuando la última nube se desprendió de sus espaldas y un fuerte vendaval le
zarandeó, inició su descenso en forma más rápida. Bajo sus pies, el terreno iba
creciendo. En aquel instante, para no verse aplastado, aceleró la caída. Al momento
siguiente, tocaba el suelo de Festi XV. Durante un buen rato permaneció descansando y
dejando que el traje se enfriase.
La oscuridad no era completa. Aunque casi ninguna luz solar rozaba aquel continente,
había unos resplandores verdes que surgían del suelo e iluminaban los contornos.
Queriendo acostumbrar sus ojos al resplandor, no encendió las luces de su cabeza,
hombros, estómago o manos.
Algo como una corriente de fuego corría a su izquierda. Como el resplandor que
irradiaba era pobre y acanalado, se confundía con su propia sombra, de manera que el
humo que despedía, distorsionado en barras por el tamaño del satélite 4-G, parecía rodar
sobre el terreno como las plantas silvestres llamadas rodaderas. Más allá había grandes
manantiales de fuego, seguramente etano y metano que, al quemarse, dejaban oír un
ruido como el de la carne al freírse, surgiendo hacia lo alto con una energía que teñía de
azul las bajas nubes. En otro lugar, un géiser luminoso sobre una eminencia, se
desenvolvía en una serie de espirales de humo, espirales que se extendían hacia arriba
como una seta. Por todas partes, ardían espirales de fuego blanco sin moverse ni hacer
humo; uno de ellos estaba a la derecha del lugar donde yacía Derek, como una perfecta y
reluciente espada.
Derek asintió en aprobación. Su caída había tenido lugar en el sitio más apropiado.
Aquélla era la Región Del Fuego, en la que vivía el Cliff.
Estar allí tendido resultaba agradable, así como contemplar atentamente un paisaje
jamás visto por el hombre. Pero a los pocos instantes se dio cuenta de que un amplio
fragmento del paisaje no ofrecía el menor signo de iluminación. Observó dicho trecho con
la intervisión… y descubrió que era el Cliff.
La inmensa mole de la Cosa, ocultaba la luminosidad del suelo y se elevaba hasta
eclipsar las nubes sobre su cumbre.
A su visión los corazones primario y secundario de Derek aceleraron sus pulsaciones.
Tendido en el suelo, pegado al mismo, con los paragravitadores manteniéndole al nivel

de 1-G, observó atentamente la Cosa; luego tragó para aclararse la garganta; sus ojos
escudriñaron el mosaico de luz y sombras en un esfuerzo para delinear el Cliff.
Una cosa era cierta: ¡era enorme! Se lamentó de que, aunque los fotosistores le
permitían usar su intervisión sobre los objetos situados más allá de su traje espacial,
aquel sentido se hallaba distorsionado por el despliegue de fuegos eternos. Luego, en un
momento de lucidez, tuvo una visión perfecta: ¡el Cliff se hallaba a cierta distancia ! A
juzgar por las primeras observaciones, había creído que se hallaba sólo a cien pasos de
distancia.
Se dio cuenta de su enorme tamaño. ¡Era inmenso!
Momentáneamente, se recreó en su contemplación. La única clase de tareas dignas
de ser emprendidas eran las imposibles. Los astrofísicos de Estrella Uno mantenían la
teoría de que el Cliff tenía inteligencia en cierto sentido, y le habían pedido a Derek que
obtuviese una muestra de su carne. ¿Pero cómo arañar a un ser del tamaño de una
diminuta luna?
Mientras estuvo allí tendido, el viento agitaba las capas y los suspensores de su traje.
Gradualmente, empero, Derek se dio cuenta de que la vibración que sentía por el
constante movimiento había cambiado. Experimentaba una nueva fuerza. Miró en torno y
colocó su enguantada mano sobre el suelo.
El viento ya no vibraba. Era la tierra la que se agitaba. Festi temblaba. ¡El Cliff se
estaba moviendo!
Cuando levantó la vista normal y la interna, vio la trayectoria que seguía. Agitándose
pausadamente, el Cliff se dirigía hacia él.
—Si tiene inteligencia, razonará, si es que me ha detectado, que soy demasiado
pequeño para causarle daño. Por tanto, no me hará nada y nada tengo que temer —se
dijo Derek. Pero aquella lógica no le tranquilizó.
Un pseudópodo absorbente, activado por una simple glándula humedecida en la
corona de su casco, se deslizó por su frente y le secó el sudor.
La visibilidad estaba agitada como un trapo en un sótano. El avance del Cliff era algo
que Derek intuía más que veía. Las masas de nubes obstruían la cumbre de la Cosa, tal
como ésta eclipsaba ya los manantiales de fuego. Ante su proximidad, hasta la médula se
le heló a Derek en sus huesos.
Y entonces ocurrió algo.
Las piernas del traje de Derek se movieron. Y los brazos. Y todo el cuerpo.
Intrigado, Derek envaró sus piernas. Irresistiblemente, las rodillas del traje se
flexionaron, forzando a las de carne a hacer lo mismo. Y no sólo las rodillas, sino también
los brazos se doblaron por las costuras del traje, No podía mantenerse quieto sin correr el
peligro de romperse los huesos.
Sumamente alarmado, comenzó a flexionar su cuerpo para mantenerlo al ritmo de su
traje, copiando sus gestos como un ser idiotizado.
Como si de repente hubiese aprendido a arrastrarse, el traje comenzó a moverse
hacia delante. Derek, en su interior, hizo lo mismo.
Le asaltó un pensamiento irónico. No sólo era la montaña la que tenía que ir a
Mahoma; Mahoma se veía obligado a ir hacia la montaña.
No podía impedir el avance, no era dueño de sus movimientos, su voluntad era inútil.
Con la comprensión, notó cierto alivio. Su Amada no podría reprocharle lo que sucediese.

Por entre las tinieblas se arrastró sobre las manos y las rodillas, en dirección al Cliff,
prisionero de una prisión animada.
La única idea constructiva que le asaltó fue que su traje, de manera ignorada, se veía
sujeto al Cliff; no sabía cómo ni lo sospechaba. Se arrastró. Ahora casi se sentía relajado,
dejando que sus miembros se movieron a la par que los del traje.
El humo le rodeaba. Las vibraciones cesaron, diciéndole que el Cliff se hahía
detenido. Levantando la cabeza, no pudo ver más que humo, quizá producido por la
masa del Cliff al avanzar por el terreno. Cuando la humareda se desvaneció no vio más
que tinieblas. ¡La Cosa se hallaba directamente al frente!
Se sintió desquiciado. De repente comenzó a trepar, siguiendo los involuntarios
movimientos del traje.
Debajo de su cuerpo sentía una substancia dura, aunque dúctil. El traje iba trepando
penosamente en un ángulo de sesenta y cinco grados; los sujetadores crujían, los
paragravitadores zumbaban. Estaba ascendiendo por el Cliff.
En la mente de Derek no había ya la menor duda de que la Cosa poseía lo que podía
llamarse volición, si no conciencia. También poseía un poder que no alcanzaba a un
hombre; podía impartir aquella volición a un objeto inanimado como el traje. Desvalido en
su interior, Derek llevó aún más adelante sus consideraciones. Aquel poder de impartir la
volición parecía tener cierto límite; de otra forma, el Cliff seguramente no se habría
molestado en trasladar su gigantesca masa, sino que habría obligado al traje a cubrir todo
el trayecto. Si este razonamiento era exacto, el impulsador-luz se hallaba a salvo de ser
capturado en órbita.
El movimiento de sus brazos le distrajo. Su traje estaba horadando el Cliff. Sin
prestarle ayuda, permitió que sus manos efectuasen movimientos como los de la
natación. Si iba a entrar en el interior del Cliff sólo podía ser para ser dirigido por el
mismo; sin embargo, intentó luchar, aun sabiendo que la lucha era inútil.
Proyectándose contra la masa pétrea, y dúctil a la vez, el traje se acurrucó en su
interior y efectuó un movimiento sibilante de fricción que cesó casi al instante en que se
detuvo, dejando a Derek inmerso en la más sólida clase de aislamiento.
Para combatir aquella especie de claustrofobia por la que se veía asaltado, intentó
encender la luz de su cabeza, pero las mangas de su traje estaban tan rígidas que no
logró flexionarlas para alcanzar la palanca. Todo lo que podía hacer era yacer en su
concha y contemplar las tinieblas borrosas del Cliff.
Pero aquellas tinieblas no eran borrosas por completo. Sus oídos detectaron una
constante “vacilación” a lo largo de la superficie exterior de su traje. Su intervisión
discernió una forma sin significado más allá de su casco. Y aunque enfocó las antenas,
no pudo hallarle sentido a la forma; no tenía ni simetría ni significado para él…
Sin embargo, para su cuerpo sí parecía tenerlo. Derek sintió el temblor de sus
extremidades, el aceleramiento de su pulso, y unas impresiones borrosas que nunca
había percibido. Aquello le dio a entender que se hallaba en contacto con fuerzas de las
que no tenía conocimiento; contrariamente, que algo se hallaba en contacto con él, sin
conocimiento de sus propios poderes.
Una inmensa pesadez se apoderó de él. Las fuerzas de la vida actuaban en su
interior. Sentía más vívidamente que antes el enorme tamaño del Cliff, aquel promontorio
viviente hasta cierto punto. Aunque se hallaba sumamente disminuido por la masa total
del Festi XV, era tan grande como un asteroide regular. Derek pudo imaginarse un

asteroide, producto de una explosión de gases en la superficie del sol Festi. Medio sólido,
medio fungido, la materia había dado vueltas en torno al sol en una órbita excéntrica.
Enfriándose bajo diversas presiones contrarias entre sí, su interior había cristalizado en
una forma única. Así, con su superficie semiplástica, existía desde hacía millones de
años, acumulando gradualmente una carga electrostática que le abrumaba… y esperaba
y elaboraba los ácidos de la vida en su cristalino corazón.
Festi era un sistema estable, pero una vez cada cierto número de millones de años,
los gigantescos primero, segundo y tercer planetas conseguían ponerse en perihelio con
el sol y, simultáneamente, entre sí. Esto ocurría asimismo con el acercamiento más
próximo del asteroide; fue arrancado de su órbita y puesto en línea con los planetas.
Inmensas fuerzas eléctricas y gravitatorias habían quedado desencadenadas. El
asteroide había resplandecido, despertando a la conciencia. La vida no había nacido en
él. ¡Él había nacido a la vida, nacido en un cataclismo!
Antes de que hubiese podido hacer otra cosa que saborear su agridulce sensación de
conciencia, había estado en peligro. Alejándose del sol en su nuevo rumbo, se halló
inmerso en la fuerza gravitatoria del planeta 4-G, Festi XV. No poseía otra fuerza que la
gravedad; ésta era para él lo que el oxígeno era para la existencia celular de Abrogun;
aunque no sentía el menor deseo de trocar su curso por el cautiverio, era demasiado
débil para poder resistirse. Por primera vez, el asteroide reconoció que su conciencia
tenía un uso, ya que hasta cierto punto podía controlar el ambiente que le rodeaba. En
lugar de arriesgarse a romperse en la órbita de Festi, adoptó una velocidad interna y al
retardar su propia caída efectuó su primer acto de volición, acto que le llevó estremecido,
pero entero, sobre la superficie del planeta.
Durante un período inconmensurable, aquel asteroide —el Cliff— estuvo asentado en
el superficial cráter causado por su impacto, especulando sin pensar. No conocía más
que la escena inorgánica en torno suyo, ni podía visualizar nada más que aquel paisaje
que tan bien conocía. Gradualmente, llegó a entablar relaciones amistosas con el paisaje.
Formado por la gravedad, la utilizó como un hombre utiliza la respiración; empezó a
mover otras cosas y comenzó a moverse él mismo.
Jamás se le había ocurrido al ser-promontorio que no estuviese solo en el Universo.
Ahora que sabía que había otra clase de existencia, aceptaba el hecho. La otra vida no
era como la suya, esto lo había aceptado. La otra vida tenía sus propios requerimientos,
tenía una necesidad que él aceptaba. No sabía nada de preguntas ni dudas. Él también
sentía una necesidad, lo mismo que la otra vida, por lo que ambas debían acomodarse
entre sí, ya que la acomodación era el reajuste a la presión, y ésta era una respuesta que
comprendía.
El traje de Derek Ende comenzó a moverse de nuevo bajo el influjo de la volición
externa. Cautelosamente se abrió paso hacia atrás. Fue arrojado de las entrañas del Cliff,
el promontorio viviente. Yació inmóvil en el suelo.
También Derek estaba inmóvil. Apenas tenía conciencia de sí mismo. Borrosamente,
fue juntando los retazos de lo que había podido enterarse.
El Cliff se había comunicado con él. Si lo hubiese dudado, la evidencia de ello yacía
en el hueco de su brazo izquierdo.
—¡Y sin embargo… sin embargo, no podía comunicarse conmigo! —murmuró. Pero
se había comunicado; todavía se hallaba medio inconsciente con la carga de aquellas
revelaciones.

El Cliff carecía de algo parecido a un cerebro. No había tampoco “reconocido” el
cerebro de Derek. Por tanto, se había comunicado con la única parte de aquél que
reconocía; le había comunicado su forma de existencia directamente a su organización
celular, y probablemente en particular a aquellas estructuras citoplásmicas, las
mitocondrias, las fuentes del poder de las células. Su cerebro había sido ignorado, pero
sus células, individualmente, habían aceptado la información ofrecida.
Reconoció las sensaciones de debilidad de su cuerpo. El Cliff le había agotado su
poder. Aunque no había podido agotarle la impresión de triunfo ya que el Cliff también
había aceptado información al mismo tiempo que la daba. El Cliff había aprendido que
existía otra clase de existencia en otras partes del Universo.
Sin vacilación, sin dudas, le había entregado una parte de sí mismo para que fuese
llevada a otras partes del Universo. La misión de Derek había concluido.
En el gesto de Cliff, Derek entendía uno de los apremios más profundos de las cosas
vivas; el apremio de impresionar a otra cosa viviente. Sonriendo victorioso, logró ponerse
de pie.
Derek se hallaba solo en la Región del Fuego. Una llama triste y fluctuante todavía, le
mostraba el oscuro ambiente, pero el Cliff, el promontorio con vida, había desaparecido.
Derek había flotado en el umbral de la conciencia más tiempo del que pensaba. Consultó
su cronómetro y vio que era la hora de dirigirse a su cita con el impulsador-luz.
Aumentando la temperatura de su traje para equilibrar el frío que comenzaba a helarle los
huesos, puso en marcha la unidad paragravitatoria y se elevó.
Las nubes parecieron descender hacia él, tragándoselo. Festi desapareció de su
vista. No tardó en hallarse más allá de las nubes y la atmósfera.
Bajo la dirección de Jon, la nave espacial se acercó con las instrucciones del
transistor de Derek. A los pocos minutos, emparejaron las velocidades y Derek trepó a
bordo.
—¿Todo ha ido bien? —preguntó el partheno, cuando su amo se tambaleó en el
asiento.
—Sí… sólo me siento algo débil. Ya te lo contaré todo cuando efectúe el informe en
cinta para Pyrylyn. Estarán muy complacidos allí.
Le mostró un fragmento de materia que se había expansionado hasta el tamaño de
un pavo y se lo entregó a Jon.
—No lo toques con las manos desnudas. Ponlo en una gaveta de baja temperatura
bajo las 4-G. Es un pequeño recuerdo de Festi.
El Eyebright de Pynnati, una de las principales ciudades del planeta Pyrylyn, era
donde un ser podía divertirse de las maneras más agradables y diversas. Allí fue donde
los anfitriones de Derek Ende le llevaron, mientras Jon se quedaba esperándole.
Estaban tumbados en una especie de nido con divanes, que lentamente iba girando,
ofreciéndoles una visión completa de otras estancias de divanes y pistas de baile. La
habitación también se movía. Sus paredes eran transparentes y a su través podían
contemplar una vista siempre cambiante, a medida que el cuarto se deslizaba arriba y
abajo, por la estructura metálica del Eyebright. Primero estuvieron en el exterior de la
estructura, con las resplandecientes luces nocturnas de Pynnati parpadeándoles como si
les guiñasen íntimamente ante su deleite. Luego se deslizaron hacia el interior, para
verse rodeados por estancias de placer, claramente visibles en todos sus detalles en
tanto ellos se movían arriba, abajo o en dirección horizontal.

Derek yacía inquieto en su diván. Ante él veía la imagen de su Amada; podía
figurarse lo que pensaría de aquella fiesta sin consecuencias; la despreciaría con frialdad.
Por ello, el placer de Derek estaba quedando reducido a cenizas.
—Supongo que te marcharás a Abrogun lo antes posible, ¿verdad?
—¿Eh? —gruñó Derek.
—Dije que supongo que regresarás pronto a tu casa —el que hablaba era Belix Ix
Sappose, Administrador Jefe de la Estrella Uno; como anfitrión de Derek, aquella noche
estaba tendido en el diván contiguo.
—Lo siento, Belix… Sí, tendré que regresar.
—No digas “tendré”. Has descubierto una forma de vida completamente nueva, según
ya he informado a la Central de Starswarm; ahora podemos intentar establecer contacto
con la entidad del Festi XV, al menos hasta cierto grado. El gobierno puede mostrarte
fácilmente su gratitud recompensándote con un cargo aquí; como ya sabes, poseo cierto
influjo a este respecto. No me imagino que Abrogun, en su actual estado de parálisis
política, le ofrezca a un hombre de tu calibre nada de valor. Además, vuestro sistema de
matriarcado deja mucho que desear.
Derek pensó en lo que Abrogun le ofrecía; se hallaba ligado a su planeta. Aquellas
personas decadentes no comprendían como un humano podía hallarse atado por un
contrato.
—Bien, ¿qué dices, Ende? No he hablado en balde —Belix Ix Sappose golpeó el
sistema vibrátil de Derek con impaciencia.
—Eh… Sí, descubrirán muchas cosas en el Cliff. Pero esto no me incumbe. Mi parte
en la tarea ha concluido. Yo soy un obrero, no un intelectual.
—No has contestado a mi sugerencia.
Contempló a Belix algo vejado. Belix era un Unglado, una de las especies que más
habían hecho para pacificar la galaxia. Su espinazo poseía un complicado sistema
vibrátil, desde el que sus seis ojos negros contemplaban a Derek con manifiesta irritación.
Otros miembros de la fiesta, incluyendo a Jupkey, la esposa de Belix, también le estaban
mirando.
—Debo volver —decidió Derek. ¿Qué le había dicho Belix? ¿Le ofrecía un empleo?
Inquieto, se revolvió en su diván, sintiéndose oprimido como siempre le ocurría cuando se
hallaba rodeado por gente a la que apenas conocía.
—Estás aburrido, Ende.
—No, en absoluto. Perdón, Belix. Me hallo abrumado como nunca por el lujo de
Eyebright. Estaba contemplando a los bailarines desnudos.
—¿Puedo brindarte una joven?
—No, gracias.
—¿Un muchacho tal vez?
—No, muchas gracias.
—¿Quizá prefieres tratar a los asexuales de Céfidos?
—Ahora, no; gracias.
—Entonces, nos perdonarás si Jupkey y yo nos desprendemos de las ropas y nos
unimos a los bailarines —dijo Belix secamente.

Cuando se trasladaron a la pista de baile, Derek oyó como Jupkey decía algo de lo
que él sólo alcanzó a entender la frase “arrogante abroguniano”. Sus ojos se encontraron
con los de Jon, en el umbral, esperándole; también el partheno había oído el susurro.
Para ocultar su mortificación, Derek se levantó y comenzó a medir con sus pasos la
estancia. Se fue abriendo paso por entre los grupos de bailarines desnudos, ignorando
sus quejas.
En una de las puertas había una escalera flotante. Saltó a ella para huir de la multitud.
Cuatro jóvenes estaban bajando por la escalinata. Iban alegremente ataviadas, con
piedras resonantes en sus vestidos. Tenían los rostros resplandecientes de dicha, riendo
y charlando. Derek se detuvo y dejó pasar a las muchachas Una de ellas le reconoció.
Instintivamente, Derek la llamó por su nombre:
—¡Eva!
Ella ya le había visto. Dejando a sus compañeras se le acercó, bailando al descender
el último peldaño con una graciosa pirueta.
—¡Conque el héroe de Abrogun sube una vez más las doradas escaleras de Pynnati!
Bien, Derek Ende, tus ojos son tan oscuros como siempre, y tu semblante tan erguido!
Al mirarla, las trompetas de la orquesta se acompasaron por primera vez aquella
noche con su estado de ánimo, y su placer pareció flotar en su garganta.
—¡Eva! ¡Estás tan bella como siempre! Y no tienes a ningún joven a tu lado.
—Las fuerzas de la coincidencia trabajan en favor tuyo —rió ella… sí, Derek
recordaba aquel sonido—. Oí decir —continuó ya con gravedad— que estabas aquí con
Belix Ix Sappose y su esposa, por lo que he cometido la gran locura de venir a verte.
¿Recuerdas cuán aficionada soy a cometer grandes locuras?
—¿Tan loca?
—¡Tan aficionada! Pero tú tienes menos habilidad para cambiar, Derek Ende, que el
núcleo de Pyrylyn. Suponer lo contrario es una locura; y saber cuán inalterable eres y aún
venir a verte, doble locura.
La cogió de la mano, empezando a llevarla escaleras arriba; las estancias se iban
moviendo a cada lado como manchas borrosas para sus ojos.
—¿Todavía llevas en tu interior aquel pesar?
—Eso yace entre ambos, y no pienso suprimirlo. Temo tu inmutabilidad porque yo soy
como una mariposa contra tu castillo sombrío.
—Eres maravillosa, Eva, tan maravillosa… ¿Y no puede una mariposa reposar sobre
un muro del castillo sin dañarse?
—¡Muros…! ¡No puedo soportar tus muros, Derek! ¿Soy acaso una perforadora que
debe atravesar tus muros? A ambos lados de los mismos, dentro o fuera, sería una
prisionera.
—Bien, no discutamos hasta que hayamos hallado un punto de acuerdo en común —
objetó Derek—. Ah, aquí están las estrellas. ¿No podríamos ponernos de acuerdo
respecto a ellas?
—Ambos las contemplamos con indiferencia —contestó la joven, mirando hacia el
exterior y cogiéndole el brazo para que le rodease la cintura. La escalera había
alcanzando el cenit de su travesía y se movía ahora lentamente a lo largo del reborde
superior de Eyebright. Estaban de pie en el peldaño superior, con las imágenes nocturnas
relampagueantes hacia ellos a través del cristal.

Eva Coll-Kennerlev era una humanoide, pero no de la especie común. Era una
Velura, nacida en los mundos densos del Rojo Exterior, y su piel se hallaba recubierta
con el vello castaño de su especie. Su innata inteligencia estaba empleada en el mismo
departamento de investigación donde trabajaba Belix Ix Sappose; Derek la había
conocido allí en una anterior visita a Pyrylyn. Su amor había sido un asunto de meras
palabras.
La miró, la rozó y no dijo nada. Cuando ella le fulminó con sus líquidas pupilas, él
intentó una torpe sonrisa.
—Porque estoy orientada como una brújula hacia los hombres fuertes, mi ofrecimiento
sigue en pie para ti. ¿No es bastante buen cebo? —le preguntó.
—No creo que seas una trampa, Eva.
—Entonces, ¿durante cuántos siglos vas a refrigerar todavía tu naturaleza en
Abrogun? ¿Todavía sigues siéndole fiel, si es que recuerdo bien tu vocablo de la
esclavitud, a tu Amada, a sus fríos labios y a su seco corazón?
—¡No tengo otra elección!
—Ah, sí; mi debate sobre esta moción quedó derrotado… y más de una vez. ¿Sigue
aún con sus investigaciones sobre la transmutación de las especies?
—Oh, sí, naturalmente. La idea medieval de que una especie puede cambiarse en
otra, era una locura en aquella época; ahora, con la gradual acumulación de la radiación
cósmica en los cuerpos planetarios, y sus efectos sobre la estabilidad genética, es
correcta hasta cierto punto. Mi Amada desea demostrar que las relaciones celulares
pueden ser…
—¡Sí, sí, mira que mantener esta conversación tan grave en Eyebright, el palacio del
placer de Pynnati! ¿Quieres que pueda escucharte cuando deseo hablarte de otras
cosas? Te hallas enclaustrado en ti mismo, Derek, realizando estériles proezas de
heroísmo, sin penetrar nunca en el verdadero mundo. Si te imaginas que podrás vivir así
mucho tiempo y luego volver a mí, estás engañado. Tus muros se elevan más cada vez
en torno a tus oídos, a cada siglo que transcurre, y al final… ¡Bueno, es una falsa
metáfora!, no podré escalarlos.
Incluso en su dolor, la trama de su piel era un placer para su intervisión.
Desvalidamente, meneó la cabeza en un esfuerzo para apartar de sí el hechizo de las
palabras de la joven.
—¡Incluso ahora eres tan grande, tan valiente, tan callado, tan arrogante…! —y sin
transición perceptible, continuó—: Bien, una vez más volveré a ofrecerte mi amor, porque
todavía amo la parte bondadosa que queda de ti dentro del castillo.
—¡No, Eva, por favor!
—¡Sí! Olvida tu tediosa unión con Abrogun y Endehabven, olvida tu enojoso
matriarcado, y vive aquí conmigo. Yo no te querré siempre. Ya sabes que soy una
eudemonista y juzgo por las ventajas que ofrece el placer. Nuestras relaciones sólo
podrían durar uno o dos siglos. Durante ese tiempo, no te negaré nada que pueda
satisfacer tus sentidos.
—¡Eva!
—Al fin y al cabo, nuestras demandas serán satisfechas. Entonces podrás regresar
junto a tu Amada de Endehabven para siempre.
—Eva, ya sabes que detesto este credo del eudemonismo.

—¡Olvida tus creencias! No te pido nada difícil. ¿A quién vas a destrozar? ¿Soy acaso
un pescado, que se compra a peso, seleccionando este pedazo y rechazando el otro?
Derek no contestó.
—En realidad, no me necesitas —dijo al cabo—. Ya lo posees todo: belleza, ingenio,
sentido, calor, sentimientos, equilibrio, comodidad… Ella no tiene nada. Es superficial,
desmañada, fría… ¡Oh, ella me necesita, Eva!
—Te estás excusando a ti mismo, no por ella.
Se volvió de espaldas a él con la ligereza de movimiento de los Veluras, y descendió
corriendo la escalera.
Las iluminadas cámaras giraban en torno de Derek como burbujas de luz.
Todos sus intentos para explicarse a sí mismo sus sentimientos quedaron anegados
en un creciente mar de confusión. Corrió tras la joven, asiéndola del brazo.
—¡Escúchame!
—¡Nadie en Pyrylyn podría escuchar tus tonterías masoquistas! Eres un tonto
arrogante, Derek, y yo soy una débil de cerebro. ¡Suéltame!
Cuando llegó la siguiente cámara, ella saltó dentro y desapareció entre la multitud.
No todas las cámaras de Eyebright estaban iluminadas. Algunos placeres eran
preferibles ser gozados en las tinieblas, y aquellos se hallaban inmersos en salas donde
la iluminación sólo arrojaba una penumbra al techo y el resplandor se hallaba
sensualizado con los perfumes más delicados. En una de dichas salas, halló Derek un
lugar donde gemir.
Las diversas partes de su existencia se fueron deslizando ante él, impelidas por el
mismo mecanismo que movía a Eyebright. Siempre había en ellas una presencia.
Colérico, fue viendo cómo siempre había trabajado para satisfacerla. ¡Sí, en cada
esfera de actividades laboraba para satisfacerla! Y de qué modo, cuando aquella
satisfacción concordaba con la suya propia, le parecía el más inmenso de todos los
placeres! Innegablemente, quizá no había satisfacción para él en beber de aquel frío
manantial de placeres, pero, ¿dónde radicaba la satisfacción cuando el placer dependía
de tanta disciplina y tanta subyugación?
—¡Amada, te amo y odio tus necesidades!
Y la disciplina había sido tanta y tan prolongada… que ahora, cuando podía gozar
lejos de ella, apenas sabía cómo empezar. Ya había estado allí antes, en aquella ciudad
donde los hedonistas y los eudemonistas reinaban por doquier, caminando entre los
aromas del placer, entre las mujeres hechiceras, las celebradas bellezas de la capital, en
tanto su Amada se hallaba constantemente en su memoria, sintiendo que se mostraba
incluso en su rostro. La gente le hablaba y él contestaba algo. Nunca supo el qué.
Manifestaban su alegría, y él intentaba imitarles. Se abrían ante él y quería corresponder.
Había esperado que ellos entenderían que su arrogancia enmascaraba su tristeza… ¿o
tal vez había esperado que su tristeza enmascarase su arrogancia? No lo sabía.
¿Quién podía presumir de saberlo? Una cualidad se amparaba en la otra. Y ambas se
negaban a reconocer su participación.
Salió de sus meditaciones sabiendo que Eva se hallaba cerca. ¡No había abandonado
el edificio!
Derek se incorporó a medias en su diván. No sabía cómo había podido hallar su
rastro hasta allí. Al entrar en Eyebright se les entregaba a los visitantes unas piedras

resonantes, mediante las que podían ser seguidos de cámara en cámara; pero puesto
que nadie hubiera podido querer seguirle, Derek había arrojado sus piedras resonantes
antes de dejar el grupo de Belix Sappose.
Oyó la voz de Eva, inimitable, no muy lejos…
—Has buscado el arbusto más impenetrable para ocultar tus encantos…
No captó nada más. La joven se había hundido bajo unos tapices con alguien más.
¡No le había buscado a él! Un profundo alivio y un hondo pesar conmovieron su espíritu…
y cuando volvió a prestar atención, escuchó su nombre.
Avergonzado, permaneció agazapado, escuchando. Al momento, su intervisión le
indicó con quién conversaba Eva. Reconoció la forma de las antenas; Belix estaba allí,
con Jupkey tendida en un diván cercano.
—…a menos que volvamos a intentarlo. Derek se hallaba demasiado ensoberbecido
—afirmaba Eva.
—Como adentrado en sí mismo —corroboró Belix—. Sí, estamos de acuerdo, Eva.
Todo es soberbia, querida, soberbia pura entre esos abrogunianos. Considerándolo
científicamente, Abrogun es el último bastión de una cultura en bancarrota. Los
abrogunianos apenas suman mil en la actualidad. Desdeñan los grados sociales y las
ocasiones. Han servido para la cría partenogénica de esclavos. Son ingénitos. En
consecuencia, se han convertido prácticamente en una especie aparte. Eso puede verse
en nuestro amigo Ende. Una tragedia, Eva, pero que debes afrontar.
—Probablemente tienes razón —terció Jupkey, indolentemente—. ¿Quién, si no un
abroguniano, haría lo que Derek hizo en Festi?
—¡No, no! —protestó Eva—. Derek se halla dirigido por una mujer, no por su
arrogancia ni su soberbia.
—En el caso de Ende, ambas cosas son una sola, querida, créeme. Considera su
estructura social. Los esclavos parthenos lo han reemplazado todo, salvo un puñado de
hombres auténticos. Viven en sus grandes fincas, regidos por un matriarcado.
—Sí, lo sé, pero Derek…
—Derek se halla esclavizado por el sistema. Han caído todos en una pauta de
apareamiento sin precedentes en Starswarm. Los hijos de una familia se casan con sus
madres, no sólo para perpetuar la especie, sino porque una hembra productora se ha
convertido en algo raro. La Amada de Derek, es a la vez madre y esposa para él. Y el
factor de la longevidad le asegura una rigidez emocional que casi nada puede
quebrantar… ¡Ni siquiera tú, mi dulce Eva!
—¡Esta noche ha estado a punto de quebrantarse!
—Lo dudo —replicó Belix—. Ende tal vez desee huir de su enclaustrado hogar, pero
las mismas fuerzas que le obligan a abandonarlo le atraen irresistiblemente
—¡Te aseguro que ha estado a punto de ceder… pero yo abandoné antes!
—Bien, como Teer Ruche me dijo hace muchos siglos, sólo uno que odie al placer
sabe cómo dar forma a uno que odie el placer. Yo aseguraría que has tenido suerte de
que él no haya cedido. No habrías tenido más que a un bebé entre tus manos.
La risa con que ella contestó, sonaba a falsa.
—La Dama de Endehabven, es quien lo ha conseguido. No volveré a intentar de
nuevo la experiencia de convencerle… aunque me parece que se halla bajo un

agotamiento demasiado grande para que resista mucho tiempo. ¡Oh, es realmente
inmoral! Se merece algo mejor.
—Éste es un juicio moral tuyo, Eva —exclamó Jupkey, divertida.
—Te aconsejo que te olvides de ese tipo, Eva. Además, es escasamente articulado,
por lo cual no te serviría ni para una temporada.
El invisible oyente no pudo soportar más. Una rabia súbita… tanto contra sí mismo
como contra los que estaban conversando, estalló en su interior. Incorporándose, asió el
respaldo del diván en que se hallaban Belix y Jupkey, suponiendo salvajemente que
podría arrojarles al suelo.
Demasiado tarde, su intervisión le advirtió de la verdadera naturaleza del diván. En
vez de volcarse, giró sobre sí mismo, enviándole una oleada de líquido. Los dos eran
Unglados y estaban tendidos en un baño cálido aromado de esencias.
Eva gritó pidiendo luces. Otros ocupantes del salón también gritaron, protestando que
las tinieblas debían prevalecer a toda costa. Dejando sólo su dignidad detrás, Derek
corrió hacia la salida, abandonando la confusión para marcharse como pudiese.
Disgustado, colérico, se abrió paso hacia la portalada de Eyebright. Los apresurados
pasos de Jon le siguieron como un eco durante todo el trayecto hacia el aeródromo
espacial.
No tardaría en estar de vuelta en Endehabven. Aunque siempre fracasase en sus
tratos con los otros humanoides, allí al menos conocía cada pulgada de su territorio.

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