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No hay palabras ni lenguaje,
pero las voces se oven entre ellos.
Salmo XIX
La cuarta dimensión me preocupa mucho—dijo el joven rubio, con un tono apropiado
de seriedad.
—Ajá —dijo su amigo mirando el cielo nocturno.
—Me parece que hay muchas pruebas en estos días. ¿No crees que se la ve de algún
modo en los dibujos de Aubrey Beardsley?
—Ajá—dijo su compañero.
Los dos jóvenes están de pie en una loma baja, al este de la somnolienta ciudad
inglesa de Cottersall, mirando las estrellas, y a veces se estremecen a causa del
helado mes de febrero. No tienen mucho más de veinte años. El que se preocupa de la
cuarta dimensión se llama Bruce Fox. Es alto y rubio y trabaja como oficial segundo de
una firma de abogados de Norwich: Prendergast y Tout. El otro, que hasta ahora sólo
ha emitido un ajá o dos aunque es en verdad el héroe de este relato, se llama Gregory
Rolles. Es alto y moreno, de ojos grises, bien parecido e inteligente. Rolles y Fox se
han prometido a s; mismos pensar con amplitud, distinguiéndose (por lo menos así lo
creen ellos) del resto de los ocupantes de Cottersall en estos últimos días del siglo
diecinueve .
—¡Ah; cae otro!—exclamó Gregory, apartándose al fin del dominio de las
interjecciones.
Señaló con un dedo enguantado la constelación del Auriga. Un meteoro cruzó el cielo
como un copo desprendido de la Vía Láctea y murió en el aire.
—¡Hermoso!—dijeron los dos jóvenes, juntos.
—Es curioso —dijo Fox Prolongando su discurso con unas palabras que los dos usaban
muy a menudo—, las estrellas y las mentes de los hombres han estado siempre muy
unidas, aún en los siglos de ignorancia antes de Charles Darwin. Siempre parecieron
desempeñar un papel oscuro en los asuntos humanos. A mi me ayudan a pensar con
amplitud, ¿a ti no, Greg?
—¿Sabes lo que pienso? Pienso que algunas de esas estrellas pueden estar habitadas.
Por gente, quiero decir —respiró pesadamente, abrumado por sus propias palabras—
gente… quizá mejor que nosotros, maravillosa, que vive en una sociedad justa.
—Ya sé, ¡socialistas! —exclamó Fox. En este punto no compartía el pensamiento
avanzado de su amigo. Había escuchado en la oficina al señor Tollt, quien sabía muy
bien cómo estos socialistas, de los que tanto se oía ahora, estaban destruyendo las
bases de la sociedad. ¡Estrellas pobladas por socialistas!
—¡Mejor que estrellas pobladas por cristianos! Bueno, si hubiese cristianos en las
estrellas ya hubiesen enviado misioneros aquí a predicar el evangelio.
—Me pregunto si alguna vez habrá viajes planetarios como dicen Nunsowe Greene y
Monsieur Jules Verne… —empezó a decir Fox, pero la aparición de un nuevo meteoro
lo interrumpió en la mitad de la frase.
Como el anterior este meteoro parecía venir aproximadamente de la constelación del
Auriga. Viajaba lentamente, era de color rojo, y crecía acercándose. Los dos jóvenes
gritaron a la vez y tomaron al otro por el brazo. La magnífica luz ardía en el cielo y
ahora un aura roja parecía envolver un núcleo anaranjado más brillante. Pasó por
encima de la loma (más tarde discutieron si no habían oído un leve zumbido) y
desapareció detrás de un monte de sauces, iluminando un momento los campos.
Gregory fue el primero en hablar.
—Brure, Bruce, ¿viste eso? ¡no era un meteoro!
—¡Tan grande! ¿Qué será?
— ¡Quizá un visitante de los cielos!
—Eh, Greg, tiene que haber caído cerca de la granja de tus amigos, los Grendon, ¿no
te parece?
—¡Tienes razón! Mañana le haré una visita al viejo señor Grendon y veré si él o su
familia saben algo.
Siguieron hablando, excitados, golpeando el suelo con los pies y ejercitando los
pulmones. Era la conversación de dos jóvenes optimistas e incluía mucha especulación
que comenzaba con frases como "No sería maravilloso que…" o "Supongamos que…"
Al fin se echaron a reír, burlándose de todas aquellas ideas absurdas.
—¿Verás a toda la familia Grendon mañana? —dijo Fox tímidamente.
Parece probable, si esa nave planetaria roja no se los ha llevado ya a un mundo mejor.
—Seamos sinceros, Greg. Tú vas a ver realmente a la bonita Nancy Grendon, ¿no es
cierto?
Gregory palmeó risueñamente a su amigo.
—No estés celoso, Bruce. No hay motivo. Voy a ver al padre, no a la hija. Nancy es
mujer, pero el viejo es progresista, y eso me interesa más por ahora. Nancy es
hermosa, en verdad, pero el padre … ah, ¡el padre es eléctrico!
Riendo, se estrecharon alegremente las manos.
En la granja de los Grendon las cosas estaban bastante menos tranquilas, como
Gregory descubriría pronto.
Gregory Rolles se despertó antes de las siete, como era su costumbre. Estaba
encendiendo el pico del gas y deseando que el señor Fenn (el panadero dueño de la
casa) instalase pronto luz eléctrica cuando unas rápidas asociaciones de ideas lo
llevaron a pensar otra vez en el portentoso fenómeno de la noche anterior. Se
entretuvo un momento en imaginar las posibilidades que abría el "meteoro" y decidió ir
a ver al señor Grendon antes de una hora.
Tenia la suerte de poder decidir a sus años cómo y dónde pasaría el día, pues su padre
era una persona adinerada. Eddward Rolles había tenido la fortuna de conocer a
Escoffier, en los años de la guerra de Crimea, y con la ayuda del notable chef había
lanzado al mercado una levadura, "Eugenol" de gusto más agradable que los productos
rivales, y de efectos menos deletéreos, que había obtenido un considerable éxito
comercial. Como resultado, Gregory estudiaba en una de las universidades de
Cambridge.
Se había graduado ya y ahora tenía que elegir una carrera. ¿Pero qué carrera? Había
adquirido —no tanto en clase como en sus charlas con otros estudiantes—cierta
comprensión de las ciencias; había escrito algunos ensayos bien recibidos, y había
publicado algunos poemas. Se inclinaba por lo tanto hacia las letras, y la inquieta
impresión de que en la vida había mucha miseria, fuera de las clases privilegiadas, lo
habían llevado a pensar seriamente en una carrera política. Tenía también
conocimientos firmes de teología, pero (y de esto por lo menos estaba seguro) no se
sentía atraído por el sacerdocio.
Mientras decidía su futuro, había venido a vivir, aquí, lejos de la familia, pues nunca se
había entendido bien con su padre. Esperaba que la vida campesina de la Anglia
Occidental le inspirara un volumen titulado provisionalmente Paseos con un naturalista
socialista donde expresaría simultáneamente todas sus ambiciones. Nancy Grendon,
que manejaba bien el lápiz, podría dibujarle un emblemita para la página del titulo…
Quizá hasta pudiera dedicarle el volumen a un autor amigo, el señor Herbert George
Wells…
Se vistió con ropa de abrigo, pues la mañana era fría y nublada, y bajó a los establos
del panadero. Ensilló la yegua, Daisy, montó y tomó el camino que el animal conocía
bien.
El terreno se elevaba ligeramente alrededor de la granja, y la zona de la casa era como
una islita entre pantanos y arroyos que hoy devolvían al cielo unos tonos grises y
apagados. A la entrada del puentecito la puerta estaba entornada como siempre. Daisy
se abrió paso entre el barro hacia los establos y Gregory la dejó allí, entretenida con la
avena. La perra Cuff y el cachorro ladraron ruidosamente alrededor de los talones de
Gregory, como de costumbre, y el joven caminó hacia la casa palmeándoles las
cabezas.
Nancy apareció corriendo antes que Gregory llegara a la puerta de la casa.
—Hubo mucho alboroto aquí; anoche, Gregory dijo la muchacha, y Gregory notó
complacido que ella se había decidido al fin a llamarlo por el nombre . ¡Una cosa
brillante! Yo ya me acostaba cuando se oyó el ruido y vino luego la luz. Corrí a la
ventana a mirar y vi esa cosa grande parecida a un huevo que se hundía en el
estanque.
La voz de Nancy, particularmente cuando estaba excitada, tenía el tono cantarín de las
gentes de Norfolk.
—¡El meteoro! —exclamó Gregory—. Bruce Fox y yo mirábamos los hermosos aurigas
que llegan siempre en febrero, y de pronto vimos uno muy grande que le pareció que
había caído por aquí cerca.
—Bueno, casi aterriza sobre la casa —dijo Nancy.
Estaba muy bonita esta mañana, con los labios rojos, las mejillas brillantes, y los rizos
castaños todos alborotados. En ese momento apareció la madre con delantal y gorra y
echándose rápidamente un mantón sobre los hombros.
— ¡Nancy, entra, no te quedes ahí helándote de ese modo! Qué cabeza loca eres,
muchacha. Hola, Gregory, ¿cómo marchan las cosas? No pensé que lo veríamos hoy.
Entre y caliéntese.
—Buenos días, señora Grendon. Nancy me está contando de ese meteoro magnífico de
anoche.
—Fue una estrella errante, según dijo Bert Neckland. Yo no sé, pero sí le aseguro que
asustó a los animales.
— ¿Se puede ver algo en el estanque?
Déjame que te muestre—dijo Nancy.
La señora Grendon entró en la casa. Caminaba lenta y pausadamente, muy tiesa, y
con una nueva carga. Nancy era su única hija. Había un hijo menor, Archie, un
muchacho terco que había peleado con su padre y ahora era aprendiz de herrero en
Norwich. La señora Grendon había tenido otros tres hijos, que no sobrevivieron a esa
sucesión alternada de nieblas y vientos ásperos del este que eran los inviernos típicos
de Cottersall. Pero ahora la mujer del granjero estaba grávida de nuevo, y le daría a su
marido otro hijo cuando llegara la primavera.
Mientras se acercaba al estanque con Nancy, Gregory vio a Grendon que trabajaba con
sus dos hombres en los campos del oeste. Ninguno alzó la mano para saludarlo.
—¿No se excitó tu padre con ese fenómeno de anoche?
—Sí ¡pero sólo en ese momento! Salió con la escopeta y Bert Neckland fue con él. Pero
no había nada más que unas burbujas en el estanque y vapor encima, y esta mañana
papá no quiso hablar de eso, y dijo que el trabajo no podía interrumpirse.
Se detuvieron junto al estanque, una oscura extensión de agua con juncos en la otra
orilla y más allá el campo abierto. Miraron la superficie ondulada y luego Nancy señaló
el molino negro y alto que se alzaba a la izquierda.
Las maderas del costado del molino y el aspa blanca más alta estaban salpicadas de
barro. Gregory miró todo con interés. Pero Nancy seguía su propia línea de
pensamientos.
—¿No te parece que papá trabaja demasiado, Gregory? Cuando no está afuera
ocupado en las cosas del campo se pasa las horas leyendo sus panfletos y sus libros de
electricidad. Descansa sólo cuando duerme.
—Ajá. No sé qué cayó aquí, pero salpicó bastante. No se ve nada ahora, bajo la
superficie, ¿no es cierto?
—Como eres amigo de él, mamá pensó que podrías decirle algo. Se acuesta tan tarde,
a veces cerca de medianoche, y luego se levanta a las tres y media de la mañana. ¿No
le hablarías? Mamá nunca le dirá nada.
—Nancy, necesitamos saber qué cayó en el estanque sea lo que sea. No puede
haberse disuelto. ¿Es muy profunda el agua?
—Oh, no estás escuchando, ¡Gregory Rolles! ¡Condenado meteoro!
—Esto es un problema de interés científico, Nancy. No te das cuenta…
—Oh, problema científico, ¿eh? Entonces no quiero oír mas. Me estoy helando.
Quédate tú mirando si quieres. pero yo me voy adentro. Fue sólo una piedra que cayó
del cielo, eso dijeron papá y Bert Neckland anoche.
Nancy se alejó rápidamente.
—¡Cómo si el gordo Bert Neckland supiese algo de estas cosas! —le gritó Gregory.
Miró las aguas oscuras. Eso que había llegado la noche anterior estaba todavía allí al
alcance de la mano. Tenía que descubrir los restos. Se le presentaron de pronto unas
vívidas imágenes: su nombre en titulares en The Morning Post, la Sociedad Real que lo
nombraba miembro honorario, su padre que lo abrazaba y le pedía que regresara al
hogar.
Caminó pensativamente hacia el granero. Entró y las gallinas corrieron cloqueando de
un lado a otro. Alzó la cabeza, esperando a que los ojos se le acostumbraran a la
oscuridad. Recordaba haber visto allí un botecito de remos. Quizá cuando cortejaba a
su futura mujer el viejo Grendon la había llevado a pasear por el lago Oats. El bote
debía de estar ahí desde hacía años. Lo arrastró fuera del granero hasta la orilla. Las
maderas estaban secas, y el bote hacía agua, pero no demasiado. Sentándose con
cuidado entre la paja y la suciedad, Gregory empezó a remar.
Cuando estaba ya casi en el centro del estanque, dejó los remos y miró por encima de
la borda. El agua estaba turbia, y no se veía nada, aunque Gregory imaginaba mucho.
Mientras Gregory miraba por un lado, el bote, inesperadamente, se inclinó hacia el
otro. Gregory giró en redondo. Ahora la borda izquierda tocaba casi el agua y los
remos rodaron dentro del bote. Gregory no alcanzaba a ver nada pero… oía algo. Un
sonido que se parecía al jadeo de un perro. Y la cosa que jadeaba as; estaba a punto
de volcar el bote.
—¿Qué es eso?—dijo Gregory sintiendo un frío que le subía por la espalda.
El bote se bamboleó, como si algo invisible quisiera trepar a bordo. Aterrorizado,
Gregory tomó un remo, y sin pensar un momento lo dejó caer de ese lado del bote.
El remo golpeó algo sólido donde sólo había aire.
Dejando caer el remo, sorprendido, Gregory extendió la mano. Tocó una materia
blanda. Al mismo tiempo algo le golpeó con fuerza el brazo.
Desde ese momento, Gregory actuó guiado sólo por el instinto La razón no cabía allí.
Recogió otra vez el remo, y lo descargó en el aire, y dio contra algo. Siguió un
chapoteo y el bote se enderezó tan bruscamente que Gregory casi se cae al agua. El
bote se balanceaba aún cuando Gregory se puso a remar frenéticamente hacia la
costa. Arrastró la embarcación fuera del agua y corrió hacia la casa.
Sólo se detuvo cuando llegó a la puerta. Se sentía más sereno ahora, y el corazón ya
no le saltaba aterrorizado en el lecho. Se quedó mirando la madera agrietada del
porche, tratando de reflexionar en lo que había visto y en lo que había ocurrido. ¿Pero
qué había ocurrido?
Haciendo un esfuerzo, regresó al estanque y se detuvo junto al bote mirando la
superficie oscura del agua. Nada se movía, excepto unas ondas pequeñas en la
superficie. Miró el bote. Había bastante agua en el fondo. Todo lo que ocurrió, se dijo,
fue que el bote casi se me da vuelta, y me dejé dominar por un miedo idiota.
Meneando la cabeza, arrastró la embarcación hasta el granero.
Gregory, como era su costumbre, se quedó a almorzar en la granja, pero no vio al
señor Grendon hasta la hora de ordeñar.
Ioseph Grendon estaba acercándose a la cincuentena y era unos pocos años mayor
que su mujer. Tenia una cara delgada y solemne y una barba espesa que lo hacía
parecer más viejo. Tenía un aspecto de hombre grave, en verdad, pero saludó a
Gregory cortésmente. Los dos esperaron juntos a que las vacas entraran en el establo.
Caía la tarde. Luego fueron al granero próximo, y Grendon encendió la maquina de
vapor que a su vez pondría en movimiento el generador de la chispa vital.
—Huelo el futuro aquí —dijo Gregory, sonriendo.
Ya había olvidado el susto de la mañana.
—Ese futuro llegará sin mí. Estaré muerto en ese entonces.
El granjero hablaba caminando, pausadamente, poniendo con cuidado una palabra
delante de la otra.
—Eso dice usted siempre. Está equivocado. El futuro se precipita.
—No te lo niego, muchacho, pero no seré parte de ese futuro. Soy ya un hombre viejo.
¡Ahí viene!
Esta exclamación se refería a la luz que oscilaba en la lámpara piloto. Los dos hombres
miraron con satisfacción la maravillosa maquinaria. A medida que la presión del vapor
aumentaba, la correa de cuero giraba más rápidamente, y la luz de la lámpara era más
intensa. Aunque Gregory venía de una casa donde había luz de gas y de electricidad,
se sentía mucho más excitado aquí, en pleno campo. La lámpara incandescente más
cercana estaba probablemente en Norwich, a casi un día de viaje.
Ahora un resplandor pálido iluminaba la estancia.
Afuera, en cambio, todo parecía negro. Grendon asintió con un movimiento de cabeza,
satisfecho, ajustó los quemadores de gas, y salió junto con Gregory.
Ahora, apartados de la bulla de la máquina de vapor, podían oír el ruido que hacían las
vacas. Comúnmente cuando las ordeñaban, las vacas estaban tranquilas. Algo las
había alborotado ahora. El granjero corrió al cobertizo y Gregory lo siguió pisándole los
talones.
Una lámpara eléctrica irradiaba luz sobre los establos. Los animales se revolvían
inquietos, con la mirada extraviada. Bert Neckland estaba tan lejos de la puerta como
era posible, con su bastón en la mano, boquiabierto.
—¿Qué demonios está mirando?—dijo Grendon.
Neckland cerró lentamente la boca.
—Nos llevamos un susto—dijo—. Algo entró aquí.
—¿Vio que era? —preguntó Gregory.
—No, no había nada que ver. Fue un fantasma, sí, eso un fantasma. Entró aquí y tocó
a las vacas. Me tocó a mí también. Un fantasma.
El granjero resopló.
Un vagabundo, seguramente. No pudo verlo porque la luz estaba apagada.
Neckland meneó la cabeza enfáticamente.
—Se veía bastante. Le digo que vino directamente hacia mi y me tocó. —Calló y señaló
el borde del establo— ¡Mire! No digo mentiras, señor. Fue un fantasma, y mire, ahí hay
una huella mojada.
Se acercaron y examinaron la tabla carcomida que separaba dos establos. Una mancha
indefinida de humedad oscurecía la madera. Gregory recordó su experiencia en el
estanque y sintió otra vez un escalofrío a lo largo de la espina dorsal. Pero el granjero
dijo tercamente:
Tonterías, es un poco de baba de las vacas. Bueno, siga ordeñando, Bert, y dejemos
esto. Es hora de que tome mi te. ¿Dónde anda Cuff?
Bert se volvió hacia Grendon con ojos desafiantes.
—Si no me cree a mí quizá crea a la perra. Cuff vio también la cosa y la persiguió.
Recibió una patada, pero la hizo escapar de aquí.
—Ver ¿si la encuentro dijo Gregory.
Corrió afuera y se puso a llamar a la perra. Ya era casi de noche. Aparentemente nada
se movía en el patio de delante de modo que fue hacia el otro lado, sendero abajo,
hacia la porqueriza y los campos, llamarlo siempre. De pronto se detuvo. Más allá,
bajo los olmos, se oían unos gruñidos sordos y feroces. Era Cuff. Gregory se adelantó
lentamente. En ese momento maldijo la luz eléctrica que había suprimido los faroles, y
deseó también tener un arma.
—¿Quién está ahí?—llamó.
El granjero apareció a su lado.
—¡Vamos allá!
Corrieron juntos. Los troncos de los cuatro grandes olmos se recortaban claramente
contra el cielo oriental, y detrás brillaba un agua plomiza. Gregory vio a Cuff y en ese
instante la perra saltó en el aire, giró en redondo, y voló hacia el granjero. Grendon
estiro los brazos y esquivó el golpe. Al mismo tiempo Gregory sintió un viento, como si
alguien hubiese pasado corriendo, dejando en el aire un olor de barro estancado.
Trastabillando, miró alrededor. La luz pálida de los cobertizos se volcaba en la senda.
Más allá de la luz, detrás de los graneros, se extendían los campos silenciosos.
—Mataron a mi vieja Cuff —dijo el granjero.
Gregory se arrodilló junto a Grendon y examinó a la perra. No tenía ninguna herida,
pero la cabeza le colgaba
flojamente a un costado.
—Cuff sabía qué había ahí —dijo Gregory—. Se lanzó al ataque y cayó. ¿Qué era eso?
¿Qué diablos era eso?
—Mataron a mi vieja Cuff—dijo el granjero otra vez.
Tomó en brazos el cadáver de la perra, se volvió, y caminó hacia la casa. Gregory se
quedó donde estaba, con la cabeza y el corazón intranquilos.
Se sobresaltó de pronto. Unos pasos se acercaban. Era Bert Neckland.
—¿Y? ¿El fantasma mató a la perra?
—Mató a la perra, ciertamente, pero era algo mucho más terrible que un fantasma.
—Era un fantasma, señorito. Vi muchos en mi vida. No les tengo miedo a los
fantasmas, ¿usted si?
—Sin embargo, usted parecía bastante asustado en los establos, hace un minuto.
El campesino se llevó los puños a las caderas. Tenía sólo dos años más que Gregory y
era un joven rechoncho, de cara encendida, y una nariz roma que le daba a la vez un
aire de comedia y de amenaza.
—¿Sí, señorito Gregory? Bueno, usted también tiene un aspecto raro ahora.
—Estoy asustado, y no me importa admitirlo. Pero sólo porque esto que vino es mucho
más espantoso que cualquier espectro.
Neckland se acercó un poco más a Gregory.
—Si tiene tanto miedo, quizá no vuelva usted por la granja en el futuro.
—Todo lo contrario.
Gregory echó a andar hacia la luz, pero el hombre le cerró el camino.
—Si yo fuera usted, no vendría —dijo y apoyó la frase hundiendo un codo en la
chaqueta de Gregory—. Y recuerde que Nancy tenía interés en m; mucho antes que
usted llegara, señorito.
—Oh, era eso. Me parece que Nancy puede decidir ella misma quien le interesa, ¿no le
parece?
—Yo le estoy diciendo en quién está interesada, ¿entiende? Y será mejor que no lo
olvide, ¿entiende?—Subrayó el discurso con otro codazo. Gregory lo apartó colérico.
Neckland se encogió de hombros y se alejó diciendo:— Las pasará peor que con un
fantasma si sigue viniendo.
Gregory se quedó all;, inmóvil. El hombre había hablado con una violencia contenida, y
eso quería decir que había estado alimentando odio durante un largo tiempo. No
sospechando nada, Gregory se había mostrado siempre cordial y había atribuido la
hosquedad de Neckland a torpeza mental, recurriendo a toda su vocación socialista
para salvar esa barrera. Pensó un momento en seguir a Neckland y tratar de resolver
el conflicto, pero eso parecería sin duda un signo de debilidad. Siguió en cambio el
camino que había tomado el granjero con el cadáver de la perra y fue hacia la casa.
Aquella noche, Gregory Rolles llegó de vuelta a Cottersall demasiado tarde para
encontrarse con su amigo Fox. A la noche siguiente hacía tanto frío que Gabriel
Woodcock, el habitante más viejo del pueblo, profetizó que nevaría antes que el
invierno terminara (una profecía no aventurada que se cumpliría antes de las cuarenta
y ocho horas, impresionando así sobremanera a todos los aldeanos, a quienes les
gustaba impresionarse y exclamar y decir: "Bueno, nunca lo hubiera creído"). Los dos
amigos prefirieron encontrarse en El Caminante, donde el fuego ardía más vivamente,
aunque la cerveza era más débil, que en Los tres cazadores furtivos del otro extremo
del pueblo.
Sin omitir ninguna circunstancia dramática, Gregory relató los acontecimientos del día
anterior, aunque se salteó la belicosidad de Neckland. Fox escuchó fascinado,
descuidando la cerveza y la pipa.
—Así son las cosas, Bruce —concluyó Gregory—. En ese estanque profundo acecha un
vehículo de algún tipo. el mismo que vimos en el cielo. Y en él vive una criatura
invisible de torcidas intenciones. Temo por la suerte de mis amigos, como puedes
imaginar. ¿Te parece que debiéramos contárselo a la policía?
—Estoy seguro de que no seria ninguna ayuda para los Grendon que el viejo Farrish
anduviese por alli tambaléandose de un lado a otro —dijo Fox refiriéndose al
representante local de la ley. Chupó un rato la pipa y luego bebió un largo trago del
vaso—. Pero no estoy seguro, en cambio, de que hayas sacado las conclusiones
exactas, Greg. Entiende que no pongo en duda los hechos, por más asombrosos que
parezcan. Quiero decir que de algún modo todos estamos esperando visitas celestiales.
Las luces de gas y electricidad que están iluminando las ciudades del mundo tienen
que haber sido una señal para muchas naciones del espacio. Ahora saben allá arriba
que nosotros también somos civilizados. Pero quisiera saber si nuestros visitantes le
han hecho daño a alguien, deliberadamente.
Casi me ahogan y mataron a la pobre Cuff. No veo adónde vas No se presentaron de
un modo amistoso, ¿no es cierto?
—Piensa en qué situación se encuentran. Si vienen de Marte o de la Luna, sabemos
que esos mundos son totalmente distintos al nuestro. Deben de estar aterrorizados. Y
no creo que puedas llamar acto inamistoso al hecho de que hayan querido entrar en tu
bote. El primer acto inamistoso fue tuyo, cuando golpeaste con el remo.
Gregory se mordió los labios. Tenia que darle la razón a Bruce.
—Estaba asustado.
—Y quizá mataron a Cuff porque ellos también estaban asustados. Al fin y al cabo, la
perra los atacó, ¿no es así? Me dan pena esas criaturas, solas en un mundo hostil.
—¿Pero por qué dices "esas criaturas"? Hasta ahora sólo apareció una sola, me parece.
—Atiende un momento, Greg. Has abandonado por completo tu actitud inteligente de
antes. Preconizas ahora la muerte de todas las cosas, en vez de tratar de hablar con
ellas. ¿Recuerdas cuando hablabas de mundos habitados por socialistas? Trata de
imaginar que estos seres son socialistas invisibles y verás cómo te parecerá más fácil
tratar con ellos.
Gregory se acarició la barbilla. Reconocia en su interior que las palabras de Bruce Fox
lo habían impresionado mucho. Había permitido que el pánico lo dominara, y como
resultado se había comportado tan inmoderadamente como un salvaje de algún rincón
perdido del Imperio frente a la aparición de la primera locomotora de funcionamiento a
vapor.
—Será mejor que vuelva a la granja y ponga todo en oden—dijo—. Si esas cosas
necesitan ayuda, la tendrán.
—Eso es. Pero trata de no pensar en ellas como "cosas". Piensa en ellas como si
fuesen, . . ya sé, aurigas.
—Aurigas. Pero no te creas tan superior, Bruce. Si tú hubieses estado en ese bote…
—Ya lo sé, querido Greg. Me hubiera muerto de miedo. —Luego de este monumento de
tacto, Fox continuó:—Haz como dices. Vuelve allá, y pon todo en orden tan pronto
como puedas. Estoy impaciente por conocer la nueva entrega de este misterio. No
hubo nunca nada parecido, desde Sherlock Holmes.
Gregory Rolles regresó a la granja. Pero los arreglos de que había hablado con Bruce
se retrasaron más de lo esperado. Esto se debió, principalmente, a que los aurigas
parecían haberse instalado en paz en el nuevo hogar, luego de los problemas del
primer día.
No habían vuelto a salir del estanque, o así le parecía a Gregory, o por lo menos no
habían provocado nuevas dificultades. El joven graduado lo lamentaba de veras, pues
se había tomado muy en serio las palabras de su amigo, y estaba dispuesto a probar
qué benevolente y comprensivo era con estas extrañas formas de vida. Al cabo de
algunos días empezó a pensar que los aurigas debían de haberse ido, tan
inesperadamente como habían llegado. Luego un incidente menor le probó que no era
así, y aquella misma noche, en su cuarto bien abrigado, sobre la panadería, le escribió
a su corresponsal de Worcester Park, Surrey.
Querido señor Wells:
Debo disculparme por no haberle escrito antes, pero no había nuevas
noticias acerca del asunto de la granja Grendon.
Hoy, sin embargo, ¡los aurigas se mostraron otra vez! Aunque esto de
"se mostraron" quizá no sea un término apropiado para criaturas
invisibles.
Nancy Grendon y yo estábamos en la huerta dando de comer a las
gallinas. Hay todavía mucha nieve, y todo es muy blanco. Cuando las
aves se acercaban corriendo a la batea de Nancy, note que algo se
movía en el otro extremo de la huerta. No era más que un poco de
nieve, que caía de la rama de un manzano, pero el movimiento atrajo mi
atención y entonces vi una procesión de nieve que caía y venía hacia
nosotros de árbol en árbol. Las hierbas son altas allí, y pronto advertí
que un agente desconocido apartaba los tallos. Le hice notar a Nancy el
fenómeno. El movimiento en las hierbas se detuvo a unos pocos metros.
Nancy parecía realmente asustada, pero yo estaba decidido a mostrarme
como un verdadero británico Me adelanté y dije: "¿Quién es usted? ¿Qué
quiere? Somos sus amigos, si viene usted amistosamente ".
No hubo respuesta. Di otro paso adelante, las plantas se abrieron de
nuevo a los lados y me pareció que los pies de la criatura debían de ser
grandes. Entonces, y por el movimiento de las hierbas, descubrí que la
criatura había echado a correr. Le grité y corrí detrás. Las pisadas
desaparecieron del otro lado de la casa, y no pude ver ninguna huella en
el barro helado del patio. Pero el instinto me empujo hacia adelante, y
dejando atrás el granero me acerqué a la laguna.
Entonces vi allí; sin ninguna duda, como el agua barrosa se levantaba
recibiendo un cuerpo que se deslizaba lentamente. Unas astillas de hielo
se apartaron cerca de la orilla inclinándome hacia adelante pude ver
donde desaparecía aquel ser extraño. Hubo una agitación en el agua, y
nada más. La criatura, era indudable, había bajado, zambullendose, al
misterioso vehículo de las estrellas.
Estas cosas o gentes —no sé cómo llamarlas deben de ser acuáticas.
Quizá vivan en los canales del planeta rojo. Pero imagíneselo, señor ¡una
hunmanidad invisible! La idea es tan maravillosa y fantástica que parece
arrancada de algún capítulo de su libro La máquina del tiempo.
Envíeme por favor sus comentarios, y crea usted en mi cordura y en la
precisión de mis informes.
Amistosamente suyo
Gregory Rolles