El pueblo del aire

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SAM HALL


Un escritor debe aprender a vivir con el hecho de que la mitad de la gente que conoce
le preguntará; «¿De dónde saca sus ideas?» Y si escribe ciencia ficción, la pregunta
puede tomar otro giro: «¿De dónde saca esas ideas absurdas?»
La respuesta, naturalmente, es: De todas partes. Si posees ese don especial, cualquier
cosa —un incidente, un comentario, una ojeada, algo que se ha leído, algo que se ha
visto— puede sugerir un relato. El problema no reside en obtener la idea, sino en qué
hacer con ella.
El origen de este cuento en particular constituye un buen ejemplo. Hace demasiados
años, joven y sin compromiso, pasé varios meses recorriendo Europa en bicicleta. Fue
muy divertido, pero tropecé con algunas molestias. Una de ellas era rellenar una estúpida
tarjetita dondequiera que pasara la noche —nombre, nacionalidad, etc.—, tarjeta que
estaba destinada a pudrirse en los archivos de la policía. Desde entonces, también en
América hemos adoptado esa necia costumbre, pero en aquellos días no se era tan
rígido. Como casi nunca me pedían que enseñara el pasaporte, llegué a firmar con
nombres imaginarios siempre que estaba de mal humor, y uno de los nombres era Sam
Hall, el héroe de la balada aquí incluida. La juventud actual no se ha inventado inútiles
protestas contra el Sistema.
A mi regreso, encontré al senador Joseph McCarthy en pleno apogeo. Ahora bien, no
fue tan horrible como el folklore académico sostiene, aunque, indudablemente, unas
cuantas personas inocentes resultaron dañadas como dijo un perspicaz observador, el
período consistió principalmente en intelectuales gritando desde los tejados que no se
atrevían a hablar más que en susurros. La represión verdadera, cuando tenía lugar, era
casi siempre el resultado de un histerismo extraoficial y particular. Sin embargo, no se
necesita tener mucha imaginación para ver que la tendencia desembocaría en una
dictadura.
Tampoco se necesitaba tener mucha imaginación para ver la potencialidad de los
sistemas por computadora. En aquel tiempo había pocas, imperfectas y extremadamente
limitadas en sus capacidades; pero iban en camino de perfeccionarse, y pensadores
como Norbert Wiener empezaron a considerar lo que eso traería consigo. Yo entreví la
posibilidad de un gobierno que vigilara día por día a todo el mundo; me acordé de Europa
y de Sam Hall; y así nació mi relato.
Mis obras eran publicadas por John Campbell, editor de Astounding (nombre de la
revista en aquella época), y conservador en el terreno político. Sam Hall fue reimpreso en
todas partes, y me proporcionó una bonita suma total. Todo eso debido a la represión de
la era de McCarthy.
Sobrevivimos a eso, como habíamos sobrevivido a otras cosas con anterioridad. Y, sin
embargo, no creo que esta fábula haya pasado de moda. Algunos cambios pueden ser
más lentos que un viraje en el clima emocional, pero mucho menos reversibles. Hoy día
casi hemos terminado la construcción del sistema que describí; sus iniciales son IRS( ). Y
ahora hablan de un banco nacional de datos…
Pero, nota bene: Nosotros, en el verdadero mundo de los Estados Unidos en la década
de los setenta, todavía estamos muy lejos de la situación aquí descrita. Efectivamente, se
supone que esto ocurrió a raíz de la derrota en una guerra importante. A pesar de todos
los crímenes e intromisiones, nuestro gobierno aún no ha perdido su legalidad. Una
revolución en estos momentos sólo nos entregaría al totalitarismo, fuera de los extranjeros
o de los barbudos fascisti de Berkeley. El deber de todos los que aman la libertad es
detener a los tiranos tanto dentro como fuera de su país. Entonces, es posible que la
revolución nunca sea necesaria,.
Clic. Zummm. Brrr,
El ciudadano Línea Línea, Cualquier Ciudad, Algún lugar, U.S.A., se acerca a la
recepción del hotel.
—Una individual con baño.
—Lo siento, señor, nuestra ración de combustible no nos permite baños individuales.
Podemos alquilarle uno; serán veinticinco dólares extra.
—Oh, ¿eso es todo? De acuerdo.
El ciudadano Línea saca su billetero, extrae su tarjeta y la introduce en la máquina
registradora; una serie de gestos automáticos. Unas mandíbulas de aluminio se cierran
sobre ella, unos dientes de cobre buscan la clave magnética, y una lengua electrónica
saborea la vida del ciudadano Línea.
Lugar y fecha de nacimiento. Padres. Raza. Religión. Historial educativo, militar y de
servicios civiles. Estado. Hijos. Ocupaciones, desde el comienzo hasta el presente.
Asociaciones. Medidas físicas, huellas digitales, retínales, grupo sanguíneo. Grupo
psíquico básico. Porcentaje de lealtad, índice de lealtad en función del tiempo hasta el
momento del último análisis. Clic, clic. Brrr.
—¿Las razones de su estancia, señor?
—Viajante. Espero llegar a Cincinnati mañana por la noche.
El conserje (32 años, casado, dos hijos; NB, confidencial: judío. Mantener apartado de
ocupaciones clave) aprieta botones.
Clic, clic. La máquina devuelve la tarjeta. El ciudadano Línea vuelve a metérsela en el
billetero.
—¡Chico!
El botones (19 años, soltero; NB confidencial: católico. Mantener apartado de
ocupaciones clave) coge la maleta del cliente. El ascensor inicia la subida. El conserje
continúa la lectura. El artículo se titula: «¿Nos ha traicionado Gran Bretaña?» Oíros
artículos de la revista son: «Nuevo Programa de Adoctrinamiento para las Fuerzas
Armadas», «Búsqueda de mano de obra en Marte», «Yo fui un enlace de la Policía de
Seguridad», «Más planes para SU futuro».
La máquina habla consigo misma. Clic, clic. Una bombilla guiña el ojo a su vecina como
si compartieran un chiste privado. La señal final viaja a través de los cables.
Acompañada por otras mil, baja por el último cable y llega a la unidad clasificadora del
Registro Central. Clic, clic. Brrr. Zummm. Se enciende y se apaga. Las distorsionadas
moléculas de una bobina concreta muestran la configuración del ciudadano Línea, y sigue
su camino. Entra en la unidad comparativa, hacía donde ha sido desviada la señal
correspondiente a él que acaba de llegar. Las dos concuerdan a la perfección; sin
novedad. El ciudadano Línea se encuentra en la ciudad donde, la noche anterior, dijo que
estaría, así que no ha tenido que hacer una corrección.
Los nuevos informes se añaden al historial de! ciudadano Línea. Toda su vida regresa
al banco de datos. Desaparece de la unidad exploradora y la unidad comparativa, para
que éstos atiendan la próxima llegada.
La máquina ha tragado y digerido otro día. Está satisfecha»
Thornberg entró en su despacho a la hora de costumbre. Su secretaria alzó la vista
para decir: «Buenos días», y le miró con más atención. Llevaba con él los suficientes años
como para leer los matices de su rostro cuidadosamente controlado.
—¿Algo va mal, jefe?
—No. —Su voz fue ronca, lo cual también era peculiar—. No, nada va mal. Es posible
que me haya afectado el clima.
—Oh. —La secretaria asintió. Se aprendía a ser discreta en el Gobierno—. Bueno,
espero que se mejore pronto.
—Gracias; no es nada. —Thornberg cojeó hasta su mesa, se sentó y sacó un paquete
de cigarrillos. Sostuvo uno durante un momento entre unos dedos amarillentos por la
nicotina antes de encenderlo, y hubo un vacío en sus ojos. Después chupó ferozmente y
se volvió hacia el correo. Como técnico jefe de los Registros Centrales, recibía una
generosa ración de tabaco y la consumía toda.
El despacho era un cubículo sin ventanas, amueblado con un desolado sentido del
orden, cuya única decoración la constituían los cuadros de su hijo y su última esposa.
Thornberg parecía demasiado grande para aquel espacio. Era alto y enjuto, con facciones
correctas y grisáceo cabello pulcramente cepillado. Llevaba una sencilla versión del
uniforme de Seguridad, una insignia de la División Técnica y sólo las cintas a las que
tenía derecho denunciaban su rango de comandante. El clero de Matilda, la Máquina,
estaba constituido por un grupo bastante informal.
Repasó el correo encendiendo un cigarro tras otro. La mayor parte estaba relacionada
con el cambio.
—Vamos, June —dijo. Grabar y transcribir más tarde era suficiente para los asuntos
rutinarios, pero resultaba preferible que su secretaria tomara notas aunque no dictara
nada extraordinario—. Despachemos esto rápidamente. Tengo mucho trabajo que nacer.
Alzó una carta frente a sí.
—Al senador E. W. Harmison, S.O.B., New Washington. Muy señor mío: En respuesta
a su comunicación del 14 del corriente, en la cual requiere mi opinión personal acerca del
nuevo sistema ID, debo decirle que no es asunto de un técnico expresar opiniones. La
orden de que todos los ciudadanos han de tener un solo número para su expediente —
certificado de nacimiento, educación, raciones, impuestos, salarios, transacciones,
servicio público, familia, viajes, etc.— tiene evidentes ventajas a largo plazo, pero
naturalmente supone gran cantidad de trabajo tanto respecto a la reconversión como al
control de los datos provisionales. Ya que el presidente ha decidido que la ganancia
justifica nuestras presentes dificultades, el deber de los ciudadanos es conformarse, no
quejarse. Suyo atentamente. —Esbozó una fría sonrisa—.— ¡Bueno, esto le hará callar!
La verdad es que no sé para qué sirve el Congreso, excepto para fastidiar a los honrados
burócratas.
En secreto, June decidió modificar la carta. Quizá un senador no fuera más que un
sello de goma, pero no se le podía despachar tan bruscamente. Parte del trabajo de una
secretaria es evitar problemas a su jefe.
—Muy bien, pasemos a la siguiente —dijo Thornberg—. Al coronel M. R. Hubert,
director de la División de Enlace, Agencia de Registros Centrales, Policía de Seguridad,
etc. Muy señor mío: En respuesta a su memorándum del día 14 del corriente, solicitando
una fecha definitiva para la conclusión de la conversión ID, debo manifestarle
respetuosamente que me es imposible fijar una. Comprenderá usted que hemos de
desarrollar una unidad modificadora de datos que efectuará el cambio en nuestros
archivos sin que nosotros debamos extraerlos y alterar cada una de los cien millones de
bobinas. Comprenderá usted también que es imposible predecir el tiempo necesario para
completar tal proyecto. Sin embargo, la investigación progresa satisfactoriamente (dígale
que consulte mi último informe, ¿de acuerdo?), y tengo el placer de notificarle que la
conversión estará terminada y todos los ciudadanos habrán sido informados de sus
números en un plazo máximo de tres meses. Respetuosamente, y todo lo demás.
Póngalo de forma más literaria, June.
Ella asintió. Thornberg siguió leyendo el correo, tirando la mayor parte de la
correspondencia en un cesto para que la contestara ella sola. Una vez hubo terminado,
bostezó y encendió un nuevo cigarrillo.
—Bendito sea Alá; ahora ya puedo bajar al laboratorio.
—Tiene algunas entrevistas concertadas para la tarde —le recordó ella.
—Volveré después de comer. Hasta luego. —Se levantó y salió del despacho.
Mientras descendía en el ascensor hacia un piso subterráneo aún más bajo y andaba
por un pasillo, devolvió automáticamente los saludos de los subordinados que se
cruzaban con él. Su expresión no revelaba nada; el rígido balanceo de sus brazos quizá
sí.
«Jimmy —pensó—. Jimmy, muchacho.»
En la cámara de seguridad, presentó la mano y el ojo a la unidad exploradora. Las
huellas digitales y retínales constituían su pase. No sonó ninguna alarma. La puerta se
abrió y él entró en el templo de Matilda.
Esta era enorme y estaba formada por hileras e hileras de tableros de mandos,
contadores y luces indicadoras hasta el techo. El espectáculo siempre sugería a
Thornberg una pirámide azteca, cuyos dioses guiñaban unos ojos rojos a los acólitos y
fieles que se arrastraban en torno a su base y flancos. Pero recibían sus sacrificios en
otra parte.
Thornberg se detuvo un momento ante ella y la contempló. Volvió a sonreír, con una
sonrisa cansada que surcó su cara de arrugas únicamente por el lado izquierdo. Le asaltó
un recuerdo, ciertos libros que había leído sobre los años cuarenta y cincuenta del siglo
anterior: franceses, alemanes, ingleses, italianos. Los intelectuales se preocupaban
acerca de la americanización de Europa, el derrumbamiento de la antigua cultura frente al
barbarismo mecanizado de la agresividad en las ventas, los enormes automóviles
cromados (los daneses habían calificado todo eso como la sonrisa de los dólares), goma
de mascar, plásticos… Ninguno de ellos protestó contra la europeización de América:
gobierno abultado, armamento ilimitado, censores, policía secreta, chauvinismo… Bueno,
al principio surgieron algunos objetores, pero tanto sus propios excesos como su
estupidez los desacreditaron, y más tarde…
Oh, bueno.
Pero, Jimmy, compañero, .¿dónde estás ahora? ¿Qué te están haciendo?
Thornberg buscó una mesa donde su ingeniero jefe, Rodney, comprobaba el
funcionamiento de una unidad.
—¿Qué tal se las arregla? —preguntó.
—Bastante bien, jefe. —Rodney no se molestó en saludar. La verdad es que Thornberg
había prohibido hacerlo en los laboratorios por considerarlo una pérdida de tiempo—.
Todavía hay algunos defectos, pero los estamos eliminando.
El proyecto era, esencialmente, desarrollar una técnica que cambiara los números sin
alterar nada más; un trabajo no muy fácil, teniendo en cuenta que los bancos de datos
dependían de dominios magnéticos individuales.
—Está bien —dijo Thornberg—. Escuche, quiero hacer unas comprobaciones yo
mismo, fuera del coordinador principal. El programa que han escrito para la Sección Trece
durante la conversión no me satisface totalmente.
—¿Quiere un ayudante?
—No, gracias. Lo único que quiero es que no me molesten.
Thornberg siguió adelante. El suelo resonaba bajo sus fuertes pisadas. El coordinador
principal estaba en una casilla blindada especial, adosada a la gran pirámide. Tuvo que
pasar una segunda inspección antes de que la puerta le franqueara el paso. No muchos
eran admitidos allí. Los archivos completos de la nación eran demasiado valiosos para
arriesgarse.
El porcentaje de lealtad de Thornberg era AAB-2… no absolutamente perfecto, pero sí
el mejor de todos los hombres y mujeres de su calibre profesional. Su último chequeo a
base de drogas había revelado ciertas dudas y reservas acerca de la política
gubernamental, pero ni una pizca de desobediencia. Prima facie, estaba destinado a ser
leal. Había servido con honores en la guerra contra Brasil, perdiendo una pierna en
acción; su esposa falleció durante uno de los frustrados ataques chinos de hacía diez
años; y su hijo era un prometedor y joven oficial de la Guardia Espacial que prestaba sus
servicios en Venus. Había leído y escuchado asuntos ilegales, libros incluidos en la lista
negra, propaganda subversiva y extranjera, pero la verdad es que todos los intelectuales
lo hacían; no constituía una falta grave si tenías un expediente bueno y si te tornabas a
risa lo que decían las cosas,
Se sentó un momento y contempló el tablero que había en el interior de la casilla. Su
complejidad habría desconcertado a la mayoría de ingenieros, pero él estaba con Matilda
desde hacía tantísimo tiempo que ni siquiera necesitaba las tablas de referencia.
Bueno…
Se necesitaba valor para ello. Un examen hipnótico revelaría lo que estaba a punto de
hacer. Pero tales pruebas eran, necesariamente, escasas. No creía que le sometieran a
una hasta al cabo de varios años, especialmente con su porcentaje. Cuando le
descubrieran, Jack ya habría ascendido bastante para considerarse a salvo.
En la intimidad de la cabina, Thornberg se permitió una sonrisa irónica.
—Esto —murmuró a la máquina—, me perjudicará más que a ti.
Empezó a apretar botones.
Allí había circuitos que podían alterar los archivos, borrar un carrete entero y escribir lo
que se deseara en las moléculas. Thornberg lo había hecho unas cuantas veces para
importantes funcionarios. Ahora lo hacía para sí mismo.
Jimmy Obrenowícz, hijo de un primo segundo suyo, había sido detenido una noche por
la Policía de Seguridad bajo sospecha de traición. La ficha demostraba que ningún
ciudadano normal lo sabía: el prisionero estaba en el Campo Fieldstone. Aquellos que
regresaban de allí, un porcentaje no muy grande, guardaban un silencio absoluto, y no
decían absolutamente nada acerca de sus experiencias. A veces eran incapaces de
hablar.
El jefe de la División Técnica, Registros Centrales, no podía tener ningún pariente en
Fieldstone. Thornberg apretó botones y consultó pantallas durante una hora, borrando y
cambiando. El trabajo era arduo; tuvo que retroceder varias generaciones y alterar líneas
de sucesión. Pero cuando terminó, James Obrenowícz no tenía relación alguna con los
Thornberg.
Y yo que tenía un alto concepto de ese muchacho… Bueno, no lo hago por mí, Jimmy.
Es por Jack. Cuando los agentes extraigan tu ficha, esta noche a más tardar, no sabrán
que estás emparentado con el capitán Thornberg de Venus y que eres amigo de su padre.
Accionó el interruptor que devolvía el carrete al banco de datos. Con este acto te
repudio.
A continuación permaneció sentado un buen rato, disfrutando del silencio que reinaba
en la cabina y de la fría impersonalidad de los instrumentos. Ni siquiera le apetecía fumar.
Sin embargo, entonces comenzó a pensar.
Así que ahora iban a dar un número a cada ciudadano, un número para todo. Ya
estaban hablando de tatuarlo. Thornberg se imaginó a la gente refiriéndose a los números
como «marcas de fábrica» y a Seguridad lanzándose sobre los que utilizaban el término.
Lenguaje desleal.
Bueno, la resistencia era peligrosa. Se hallaba financiada por países extranjeros que no
deseaban un mundo dominado por los americanos… por lo menos, un mundo dominado
por la América actual, aunque «U.S.A.» significara «esperanza» en otras épocas. Se
decía que los rebeldes tenían su propia base en algún lugar del espacio y que habían
llenado el país con sus agentes. Podía ser. Su propaganda era sutil: no queremos destruir
la nación, sólo queremos restituir la Declaración de Derechos. Podía atraer a gran
cantidad de almas inestables. Pero el espionaje de Seguridad caería sobre muchos
ciudadanos que nunca habían meditado una traición. Como Jimmy… ¿O acaso Jimmy
había sido un revolucionario después de todo? Nunca se sabría. Nadie iba a decirlo.
Había un sabor amargo en la boca de Thornberg. Hizo una mueca. Un fragmento de
una canción le vino a la memoria. Os odio con toda mi alma. ¿Cómo podía haberse
olvidado? Solían cantarla en el colegio. Algo acerca de un individuo que había cometido
un asesinato.
¡Oh, sí! «Sam Hall». ¿Cómo era? Se necesitaba una voz muy baja para cantarla
debidamente.
Oh, mi nombre es Sam Hall, es Sam Hall
Sí, mi nombre es Sam Hall, es Sam Hall.
Oh, mi nombre es Sam Hall,
Y os odio con toda mi alma,
Sí, os odio con toda mi alma, malditos seáis.
Eso era. Y Sam Hall estaba a punto de cometer un crimen. Thornberg volvió a
recordarlo. Se sentía como el propio Sam Hall. Miró la máquina y se preguntó la cantidad
de Sam Hall que habría en ella»
Distraídamente, posponiendo su regreso al trabajo, solicitó los datos archivados a
nombre de Sam Hall, sin más especificaciones. La máquina masculló. Al cabo de un
momento, escupió un puñado de hojas, microfotografiadas en el banco de datos. Un
expediente completo de todos los Sam Hall, vivos y muertos, desde la época en que se
comenzaron los archivos. ¡Al diablo con ello! Thornberg introdujo los papeles en la rendija
del incinerador.
Oh, he matado a un hombre, dicen, eso dicen…
El impulso era deslumbrador en su brutalidad. En aquel momento debían de estar
hablando con Jimmy, probablemente golpeándole en los riñones, y él, Thornberg, seguía
esperando que la policía requisara la ficha de Jimmy, sin poder hacer nada. Tenía las
manos vacías.
¡Por Dios —pensó—, yo les proporcionaré a Sam Hall!
Sus dedos empezaron a volar; el intrincado problema técnico, le hizo olvidar las
náuseas. Deslizar una falsa bobina en el interior de Matilda no era fácil. No podía
duplicarse ningún número, y todos los ciudadanos poseían muchos. Había que dar cuenta
de todos los días de su vida.
Bueno, era posible simplificar algunas cosas. La máquina sólo existía desde hacía
veinticinco años; con anterioridad a esa fecha, los archivos se guardaban en una docena
de oficinas distintas. Sam Hall podía ser un residente en Nueva York cuyo expediente se
hubiera perdido en el bombardeo de hacía treinta años. Y como sus documentos se
hallaban en Nueva Washington, también se perdieron, durante el ataque chino. Eso
significaba que él mismo declaraba todo lo que lograba recordar, lo cual no necesitaba ser
mucho.
Veamos. Sam Hall era una canción inglesa, así que Sam Hall debía de ser británico.
Inmigró con sus padres, oh, hacía treinta y ocho años, cuando él contaba tres, y se
naturalizó junto con ellos; eso fue antes de la prohibición total de inmigración. Creció en el
Lower East Side de Nueva York, siendo un muchacho pendenciero y alborotador. Los
archivos escolares se perdieron en el bombardeo, pero él sostenía haber llegado hasta el
décimo grado. Ningún pariente vivo. Sin familia. Sin ocupación determinada, sólo una
serie de empleos no especializados. Porcentaje de lealtad BBA-O, lo cual significaba que
las preguntas de rutina no demostraban la existencia de opiniones políticas que
importaran,
Demasiado incoloro. Había que darle un poco de violencia en sus antecedentes.
Thornberg solicitó información sobre las comisarías de policía y centros oficiales de
policía civil destruidos en Nueva York durante los últimos ataques. Los empleó como
fuente de archivos que declaraban a Sam Hall como a un ciudadano constantemente
envuelto en problemas —embriaguez, conducta desordenada, alborotos, una sospecha
de atraco y robo—, pero no tan graves como para requerir la presencia de los técnicos
hipnóticos y un interrogatorio a fondo.
Hmm. Sería mejor hacerle 4-F; sin servicio militar. ¿Razones? Bueno, una ligera afición
a las drogas; en aquellos días no se necesitaba tanto a los hombres como para que los
toxicómanos tuvieran que ser curados. La neococa no menoscababa demasiado las
facultades. Es más, el adicto se comportaba con una extraordinaria rapidez y fuerza bajo
su influencia, aunque después sufriera una desagradable reacción.
Entonces, tendría que introducir un curso adicional de servicio civil. Veamos. Pasó
cuatro años como trabajador en el proyecto del Dique de Colorado. En tal confusión de
hombres, ¿quién iba a recordarle? En cualquier caso, no sería difícil encontrar a alguien
que lo hiciera.
Ahora había que rellenar. Thornberg recurrió a cierto número de dispositivos
automáticos que le ayudaran. Tenía que explicar todos y cada uno de los días de
veinticinco años; pero, naturalmente, la mayoría no mostraría ningún cambio en las
circunstancias. Thornberg solicitó una lista de hoteles baratos, de esos que no tienen
inconveniente en conservar sus archivos propios una vez los datos han sido enviados a
Matilda. ¿Quién iba a acordarse de un raído parroquiano? Como dirección habitual de
Sam Hall escogió el Tritón, una pensión de mala muerte situada en el East Side y no lejos
de los cráteres. En la actualidad, su hombre se encontraba sin empleo, se suponía que
vivía de sus ahorros, aunque lo más probable es que viviera de trabajos especiales y
pequeños delitos, ¡Oh, vaya! Otra vez el impuesto sobre la renta. Sin embargo, Thornberg
podía limitarse a ser superficial en este sentido. Nadie esperaba que los pobres fueran
meticulosos, y tampoco se les revisaba todos los años como a los pertenecientes a la
clase media y rica.
Hmm… físico ID. Lo haría de estatura media, corpulento, de cabello y ojos negros, nariz
curvada, una cicatriz en la frente…, aspecto pendenciero, aunque no tanto como para ser
notable. Thornberg pulsó los botones correspondientes, eran fáciles de falsificar; introdujo
un censor en su programa, por miedo a duplicar las de otro cualquiera por casualidad.
Finalmente se apoyó en el respaldo y suspiró. El expediente aún estaba lleno de
agujeros, pero podía taponarlos a placer. Lo principal ya estaba hecho: un par de horas
de mucho trabajo, extremadamente inútil, a excepción de haberle servido para atenuar la
tensión: Se sentía mucho mejor.
Lanzó una mirada a su reloj. Hora de volver al trabajo, hijo. Durante aquel momento de
rebeldía, deseó que no se hubieran inventado los relojes. Habían hecho posible la ciencia
que él amaba, pero también habían mecanizado al hombre. Oh, bueno, ya era demasiado
tarde. Abandonó la cabina. La puerta se cerró tras él.
Cerca de un mes después, Sam Hall cometió su primer crimen.
La noche anterior, Thornberg estuvo en su casa. Su graduación le permitía disfrutar de
un buen alojamiento, a pesar de vivir solo: dos habitaciones y un baño en el piso noventa
y ocho de una unidad en la ciudad, no lejos de la entrada camuflada a la morada
subterránea de Matilda. El hecho de hallarse en Seguridad, aunque no perteneciera a la
rama de cazadores de hombres, le acarreaba tanta consideración que se sentía muy solo.
El superintendente le ofreció una vez a su hija… «Sólo veintitrés años, señor, recién
abandonada por un caballero con rango de mariscal, y en busca de un buen dueño,
señor.» Thornberg rehusó, tratando de no parecer remilgado. Autres temps, autres
moeurs… Pero, sin embargo, ella no habría tenido oportunidad de elegir, al menos la
primera vez. Y el matrimonio de Thornberg había sido largo y feliz.
Estuvo buscando algo que leer en los estantes de la librería. La Agencia Literaria
proclamaba a Whitman como un temprano ejemplo de americanismo, pero aunque a
Thornberg siempre le había gustado ese poeta, sus manos se asieron tenazmente a un
gastado volumen de Marlowe. ¿Qué era el escapismo? La A. L. no era partidaria del
escapismo. Corrían tiempos difíciles. No resultaba sencillo pertenecer a la nación que
imponía la paz a un mundo revuelto. Había que ser realista, enérgico y todo el resto, era
indudable.
Entonces sonó el teléfono. El descolgó el receptor. La vulgar y redonda cara de Martha
Obrenowicz apareció en la pantalla; su cabello gris estaba en desorden y su voz era un
ronco graznido.
—Uh…, hola —dijo él con desasosiego. No la había llamado desde que se enteró del
arresto de su hijo—. ¿Cómo estás?
—Jimmy ha muerto —le dijo ella.
El se quedó mudo. Tenía la cabeza hueca.
—Hoy me he enterado de que murió en el campo —dijo Martha—. He creído que te
gustaría saberlo.
Thornberg sacudió la cabeza, de delante atrás, con extrema lentitud.
—No es eso lo que me hubiera gustado oír, Martha —contestó.
—¡No es justo! —chilló—. Jimmy no era un traidor. Yo conocía a mi hijo. ¿Quién iba a
conocerlo mejor? Tenía algunos amigos poco recomendables, pero Jimmy, Jimmy nunca
habría…
Una corriente helada se formó en el pecho de Thornberg. Resultaba imposible saber
cuándo se grababan las llamadas.
—Lo siento, Martha —dijo con una voz sin inflexiones—. Pero la policía tiene mucho
cuidado con esas cosas. No habrían actuado de no estar seguros. La justicia es una de
nuestras tradiciones.
Ella le contempló largo rato. Sus ojos tenían un brillo cruel.
—Tú también —dijo, al fin.
—Ten cuidado, Martha —le advirtió él—. Sé que esto es un golpe para ti, pero no digas
nada que después puedas lamentar. Al fin y al cabo, es posible que Jimmy muriese
accidentalmente. Son cosas que ocurren.
—Lo… había olvidado —repuso temblorosamente ella—. Tú… también estás en
Seguridad.
—Cálmate —le dijo—. Considéralo un sacrificio para el interés nacional.
Ella cortó la comunicación. El sabía que no volvería a llamarle. Y no podía verla sin
arriesgarse demasiado.
—Adiós, Martha —dijo en voz alta. Fue como si hablara un desconocido.
Se volvió nuevamente hacia el estante. No por mí —se dijo—. Por Jack. Tocó la
encuadernación de Hojas de hierba. Oh, Whitman, viejo rebelde —pensó, sintiéndose
invadido por unas extrañas ganas de reír—, ¿acaso ahora te llaman Walt, el danzarín?
Aquella noche tomó dos pastillas para dormir. Seguía teniendo las ideas confusas
cuando se presentó a trabajar, y al cabo de un rato dejó de esforzarse por contestar el
correo y bajó al laboratorio.
Mientras se hallaba hablando con Rodney, tratando de entender el problema técnico
que se discutía, sus ojos se desviaron hacia Matilda. De repente comprendió que
necesitaba un purgante. Se escabulló en cuanto le fue posible y entró en la cabina de
coordinación.
Se detuvo un momento frente al tablero de mandos. La creación periódica de Sam Hall
había sido una curiosa experiencia. El, callado e introvertido, había dado forma a una vida
agitada y pintado una fuerte personalidad. Para él, Sam Hall era mucho más real que sus
propios compañeros. Bueno, soy un tipo esquizoide. Quizá tendría que haber sido
escritor. No, eso habría significado demasiadas restricciones, demasiado miedo de
molestar al censor. Había hecho exactamente lo que deseaba con Sam Hall.
Conteniendo el aliento, solicitó información acerca de los asesinatos sin resolver de los
oficiales de Seguridad, en la zona de la ciudad de Nueva York, durante el mes anterior.
Eran sorprendentemente numerosos. ¿Acaso podía ser que la insatisfacción fuera más
general de lo que el Gobierno admitía? Pero cuando la mayor parte de una nación abriga
pensamientos etiquetados como traidores, ¿sigue siendo válida la misma etiqueta?
Encontró lo que quería. El sargento Brady había entrado imprudentemente en el distrito
Cráter el día veintisiete por la noche en misión de rutina; llevaba el uniforme negro,
seguramente para revestirse con todo el peso de la autoridad. Al día siguiente fue
encontrado en un callejón, con el cráneo destrozado.
Oh, he matado a un hombre, dicen, eso dicen.
Sí, he matado a un hombre, dicen, eso dicen.
Le golpeé en la cabeza,
y le dejé allí por muerto,
sí, le dejé allí por muerto, maldita sea.
Indudablemente, los periódicos habrían deplorado esta brutalidad perpetrada por el
traidor agente de las fuerzas enemigas. («Oh, el párroco, sí que vino, sí que vino—».) Se
detuvo e interrogó a numerosos sospechosos. («F el sheriff, vino también, vino también—
».) No pudo demostrarse nada, aunque Joe Nikolsky (un americano de la quinta
generación, mecánico, casado, cuatro hijos, folletos subversivos hallados en su
habitación) fue detenido el día anterior bajo sospecha.
Thornberg suspiró. Estaba lo bastante al corriente sobre los métodos de Seguridad
como para saber que harían pagar las culpas a alguien. No permitirían que su reputación
de infalibilidad se pusiera en duda por la falta de pruebas concluyentes. Quizá Nikolsky
hubiera cometido el crimen —no podía demostrarlo.—que sólo había salido a dar un
paseo aquella noche— y quizá no. Pero, por los fuegos del infierno, ¿por qué no
proporcionarle un respiro? Tenía cuatro hijos. Con una mancha tan negra, su madre no
encontraría trabajo más que en una casa de recreo.
Thornberg se rascó la cabeza. Era algo que requería mucho cuidado. A ver. El cuerpo
de Brady ya debía haber sido incinerado, pero era lógico suponer que primero lo habrían
examinado concienzudamente. Thornberg extrajo el archivo de muertos de la máquina y
microfotografió una réplica de las pruebas… inexistentes. Una vez suprimido esto, leyó
que se había encontrado la borrosa huella de un pulgar en el cuello de la víctima y que su
reconstrucción corrió a cargo de los laboratorios ID. Insertó el informe de dicho trabajo en
el archivo ID, sin terminar hasta el día anterior debido a la gran cantidad de trabajos.
(Probable. Últimamente estaban muy ocupados con el material que se había recibido
desde Marte, obtenido durante el ataque a un foco rebelde.) El dibujo probable del
verticilo era… y aquí insertó el pulgar derecho de Sam Hall.
Devolvió los carretes a su lugar y se apoyó cómodamente en el respaldo de la silla. Era
arriesgado, si a alguien se le ocurría investigar en el laboratorio ID, tendría problemas.
Pero no era probable. Todas las posibilidades señalaban el hecho de que Nueva York
aceptara las averiguaciones con una admisión rutinaria que algún secretario del
laboratorio archivaría sin estudiar. Los peligros más evidentes tampoco eran demasiado
grandes: una atareada fuerza de policía no se detendría a preguntar si uno de sus
hombres fichados había cometido ese delito; y si el examen hipnótico señalaba a Nikolsky
como al asesino, se supondría que la huella pertenecía a una persona que había
encontrado el cuerpo y no lo había denunciado.
Así que ahora Sam Hall había matado a un oficial de Seguridad…, le había agarrado
por el cuello y le había aplastado el cuello con un garrote. Thornberg se sintió
considerablemente feliz.
La Seguridad de Nueva York solicitó a Registros Centrales cualquier material nuevo
sobre el caso Brady. Un autómata comparó las claves y vio que se habían añadido
nuevas informaciones. El mensaje fue emitido, junto con él expediente de Sam Hall y
otros dos, pues la reconstrucción no podía ser absolutamente exacta.
Los dos estaban a salvo, tal como se demostró poco después. Ambos tenían coartada.
La patrulla irrumpió en el hotel Tritón y preguntó por Sam Hall. Allí no había nadie
registrado con ese nombre. Un concienzudo interrogatorio lo verificó. Así que Sam Hall
había conseguido falsificar una dirección. Podía haberlo hecho fácilmente apretando los
botones del registro del hotel cuando nadie le veía. ¡Sam Hall podía estar en cualquier
parte!
Joe Nikolsky, una vez hipnotizado y encontrado inocente, fue liberado. La multa por
posesión de literatura subversiva le dejaría en un estado muy precario durante los
próximos años —no tenía amigos influyentes para que la suspendieran—, pero no le
pasaría nada si tenía cuidado. Seguridad transmitió un comunicado de alarma para hallar
a Sam Hall.
Thornberg experimentó una sardónica diversión mientras observaba el progreso de la
cacería a medida que ésta llegaba a Matilda. Ningún hombre con esa tarjeta ID había
comprado ningún billete de transporte público. Eso no probaba nada. De los cientos de
personas que desaparecían todos los años, eran muy numerosas las que habían sido
asesinadas por su tarjeta, y sus cuerpos nunca se encontraban. Matilda daba la alarma
cuando la ID de alguna persona desaparecida se encontraba en alguna parte. Thornberg
falsificó algunos de esos informes, con objeto de proporcionar a la policía algo que hacer.
Cada noche dormía peor, y su trabajo se resentía. Una vez se cruzó con Martha
Obrenowicz por la calle —pasó apresuradamente junto a ella sin saludarla— y no pudo
dormir nada, a pesar de que tomó el máximo número de pastillas autorizado.
El nuevo sistema ID fue terminado. Las máquinas enviaron una notificación a todos los
ciudadanos, con la orden de hacerse tatuar su número en el omóplato derecho dentro del
plazo de seis semanas. A medida que cada centro informaba que tal y tal persona había
cumplido con su obligación, Matilda cambiaba debidamente el registro. Sam Hall, AX-428-
399-075, no se presentó para tatuarse. Thornberg se echó a reír al ver la anotación AX.
Entonces se teledifundió una historia que conmovió a toda la nación. Unos bandidos
habían atracado el First National Bank de Americatown, Idaho (anteriormente Moscú),
apropiándose de cinco millones de dólares en billetes variados. Por su disciplina y equipo,
se suponía que eran agentes rebeldes, posiblemente recién llegados en una nave
espacial desde su desconocida base interplanetaria, y que el ataque estaba destinado a
financiar sus nefastas actividades. Seguridad cooperaba con las fuerzas armadas para
encontrar a los culpables, y se esperaba un pronto arresto, etc., etc.
Thornberg acudió a Matilda para tener una información completa. Había sido un trabajo
intrépido. Al parecer, los ladrones llevaban máscaras de plástico y armaduras ligeras
debajo de unos trajes corrientes. Durante la huida, uno de los hombres había perdido la
máscara; sólo un momento, pero el funcionario que le vio había dado, bajo hipnosis, una
buena descripción. Un tipo de cabello castaño y gran corpulencia, nariz romana, labios
finos y tupido bigote.
Thornberg vaciló. Una broma era una broma; y ayudar al pobre Nikolsky podía ser
moralmente excusable; pero encubrir una felonía que por todas las trazas era un acto de
traición…
Sonrió para sí, con algo de ironía. Era demasiado divertido jugar a Dios. Cambió
velozmente el informe. El delincuente era de estatura mediana, cabello negro, con una
cicatriz en la cara, la nariz rota… Se detuvo un momento para preguntarse si estaría en su
sano juicio. A lo mejor nadie lo estaba.
Seguridad Central requisó los datos completos sobre el incidente y todas las
correlaciones que las unidades logísticas pudieron realizar. La descripción que habían
obtenido podía encajar con muchos hombres, pero la geografía sólo les dejaba una
posibilidad. Sam Hall.
Los sabuesos aullaron. Aquella noche, Thornberg durmió bien.
Querido papá:
Siento no haberte escrito antes. Aquí hemos estado muy ocupados. Yo mismo he sido
enviado a patrullar en Austin Highlands. La idea era que, si podemos aprovechar la
reducida presión atmosférica en esa altitud para construir una base de lanzamiento, un
país extranjero podría introducirse y hacer lo mismo, probablemente en beneficio de
nuestros rebeldes. Me alegra decirte que no encontramos nada. Sin embargo, para
nosotros resultó desconsolador. Francamente, todo esto lo es. A veces me presunto si
volveré a ver el sol; y los lagos y bosques, la vida; ¿quién escribió aquellos versos sobre
las verdes colinas de la Tierra? Mi mente también está un poco oxidada. No tenemos gran
cosa que leer, y los espectáculos grabados no me interesan. No es que me queje,
naturalmente. Este es un trabajo necesario.
Apenas habíamos regresado cuando nos metieron en un batiplano y nos llevaron a las
tierras bajas. Yo nunca había estado allí; creía que Venus era espantoso, pero hay que
llegar a aquel océano rojo y negro de aire caliente como el infierno para saber lo que
significa «espantoso». Entonces nos trasladaron inmediatamente a unos tanques de
acero y entramos en acción. Los convictos de la nueva mina de torio se negaban a
trabajar debido a las malas condiciones y numerosos accidentes. Necesitamos recurrir a
las armas para hacerles entrar en razón. Papá, todo aquello me repugnó. La verdad es
que compadezco a esos pobres diablos, no me importa admitirlo. ¡Rocas, martillos y
manguerazos contra ametralladoras! Y las condiciones son inaguantables. Ellos
SUPRIMIDO POR EL CENSOR alguien tiene que seguir haciendo el trabajo, y sí nadie se
presenta voluntariamente, por ningún tino de sueldo, tienen que asignar convictos. Es
para el estado.
Aparte de esto, nada nuevo. La vida es bastante monótona. No te creas las historias de
aventuras. La aventura son semanas de aburrimiento realzadas por momentos de
extrema cobardía. Lamento ser tan breve, pero quiero enviar esta carta en el próximo
cohete. No habrá otro hasta dentro de un par de meses. Todo bien, en realidad. Espero lo
mismo para ti y sólo vivo pensando en el día que volveremos a vernos. Un millón de
gracias por los pasteles; ¡deberías saber que no puedes permitirte el lujo de tales envíos,
viejo derrochador! Los hizo Martha, ¿verdad? Reconocí en seguida el toque Obrenowicz.
Salúdala de mi parte, así como a Jim. Afectuosamente,
Jack
Las teledifusfones transmitieron la orden de busca y captura de Sam Hall. No se tenía
ninguna fotografía suya, pero un artista hizo un dibujo aproximado basándose en la
descripción de Matilda, y su truculento rostro empezó a adornar los lugares públicos. Poco
tiempo después, las oficinas de Seguridad de Denver fueron destrozadas por una granada
procedente de un coche en marcha que desapareció entre el tráfico. Un testigo declaró
haber visto al culpable, y el fragmentario retrato que proporcionó bajo hipnosis no fue muy
distinto al de Sam Hall. Thornberg retocó la ficha para hacerlo aún más similar. Era algo
arriesgado; si Seguridad llegaba a sospechar alguna vez, podían volver a Interrogar a sus
testigos. Pero el riesgo no era demasiado grande, pues un hombre interrogado
científicamente decía todo lo relativo al tema que su memoria, consciente, subconsciente
y celular, retenía. Nunca había razones para repetir tal interrogatorio.
Thornberg solía tratar de analizar sus motivos. Evidentemente, no le gustaba el
Gobierno. Debía de haber contenido ese odio durante toda su vida, evitando
cuidadosamente que saliera a la superficie, y hacía poco tiempo que era consciente de
ello. Ni siquiera su subconsciente podía haberlo formulado con anterioridad, porque
habría sido desenmascarado por las pruebas de lealtad. El odio provenía de una vida de
dudas (¿había habido verdaderas razones para la guerra contra Brasil, aparte de obtener

aquellas bases y las concesiones minerales? ¿Acaso el ataque chino había sido
provocado, o quizá simulado, ya que su Gobierno lo negaba?) y el millón de pequeñas
frustraciones del estado de excepción. Sin embargo… ¡qué fuerza la de sus sentimientos!
¡Qué violencia!
Al crear a Sam Hall había devuelto el golpe. Pero era un golpe inútil, un gesto tímido.
Lo más probable era que su motivo básico fuera simplemente encontrar una liberación
parcial y segura. En Sam Hall, vivía indirectamente todo lo que la bestia que llevaba en su
interior deseaba hacer. Había intentado dejar el sabotaje varias veces, pero era como una
droga: Sam Hall se había hecho necesario para su propia estabilidad.
La idea resultaba alarmante. Tendría que visitar a un psiquiatra; pero no, el médico
debería informar del caso, le enviarían a un campo, y Jack, si no exactamente arruinado,
tendría que soportar aquella mancha durante el resto de su vida. Además, Thornberg no
deseaba ir a ningún campo. Su existencia tenía ciertas compensaciones, un trabajo
interesante, algunos buenos amigos, arte, música y literatura, un vino aceptable, puestas
de sol y montañas, recuerdos. Había Iniciado aquel juego siguiendo un impulso, y ya era
demasiado tarde para detenerse.
Porque Sam Hall había sido ascendido a Enemigo Público Número Uno.
Llegó e! invierno, y las laderas de las Montañas Rocosas bajo las cuales yacía Matilda
se veían blancas bajo un frío cielo verdoso. El tráfico aéreo en torno a la ciudad vecina se
perdía en aquella enormidad: veloces meteoros sobre el infinito, tráfico terrestre que no se
divisaba desde la entrada de Registros Centrales. Thornberg cogía todas las mañanas el
pasadizo especial para ir a trabajar, pero a menudo andaba los diez kilómetros de
regreso, y sus domingos solían consistir en largos paseos por resbaladizos caminos. Era
una tontería hacer tal cosa en invierno, pero estaba inquieto.
Se hallaba en su despacho pocos días antes de Navidad cuando el interfono dijo:
—El comandante Sorensen quiere verle, señor. De Investigación.
Thornberg sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—Muy bien —respondió con una voz cuya inexpresividad le sorprendió—. Anule
cualquier otra entrevista. —La Investigación de Seguridad requería prioridad AAA.
Sorensen entró con un chasquido de talones. Era un hombre alto y rubio, de anchas
espaldas, rostro inconmovible, ojos claros y remotos como el cielo invernal. Su uniforme
negro se adhería a su cuerpo como una segunda piel; sobre él, la deslumbrante placa de
su servicio brillaba fríamente. Se detuvo frente a la mesa. Thornberg se levantó para
esbozar un torpe saludo.
—Haga el favor de sentarse, comandante Sorensen. ¿En qué puedo servirle?
—Gracias —repuso el agente. Depositó su enorme cuerpo en un sillón y posó la mirada
sobre Thornberg—. He venido acerca del caso Sam Hall.
—Oh, ¿el rebelde? —Thornberg sintió que se le ponía la piel de gallina. No podía mirar
aquellos ojos.
—¿Cómo sabe que es un rebelde? —inquirió Sorensen—. Eso es algo que no se ha
declarado oficialmente.
—Pues… lo supongo… El ataque al banco…, los ataques al personal que está a su
servicio.
Sorensen inclinó ligeramente la cabeza. Cuando habló de nuevo, pareció relajado, casi
indiferente:
—Dígame, comandante Thornberg, ¿ha seguido usted de cerca el caso Hall?
Thornberg titubeó. Se suponía que no debía hacerlo a menos que se lo ordenaran; él
sólo debía ocuparse del buen funcionamiento de la máquina. Recordó un principio que
había leído: «Cuando seas sospechoso de un gran pecado, admite francamente los
pequeños. Eso puede satisfacerles.»

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