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La visión que ofrecía el planeta Altai, visto al aproximarse en vuelo espacial, desde la
oscuridad de los puntos de observación de la nave cósmica y mezclado con los
enjambres de estrellas de lejanas constelaciones, resultaba, ciertamente, de una gran
belleza.
Una buena parte de cada hemisferio, se hallaba recubierta por los casquetes polares.
En ellos, las inmensas superficies heladas se hallaban teñidas por una suave luz rosada
procedente del sol de aquel sistema planetario, en los espacios cubiertos por las nieves,
mientras que los hielos eternos de los polos, irisaban con luces verdes y azuladas. El
cinturón tropical de estepas, e inmensas llanuras, estaba coloreado desde el matiz
bronceado hasta el oro pálido, salpicado por brillantes lagos plateados. A tres radios
planetarios de distancia, brillaba, circundando el planeta, un doble anillo de polvo
meteórico, reflejando sobre el ecuador su luz iridiscente. Más allá, en el espacio exterior,
dos lunas giraban alrededor del planeta, como dos relucientes monedas de cobre, entre
las estrellas.
El capitán Sir Dominic Flandry, agente superior del Cuerpo de Inteligencia Naval del
Imperio Terrestre, se aproximó al puente de mando de la nave espacial, para contemplar,
interesado, aquel extraordinario panorama.
—Ahora comprendo el origen del nombre de este planeta —murmuró.
En la lengua hablada por los colonizadores humanos del planeta y que él había
aprendido, por un procedimiento electrónico, de un comerciante del sistema de
Betelgeuze Altai significaba «dorado».
—Pero Krasna no es un nombre apropiado para el sol de este sistema —siguió Sir
Dominic—. No es realmente rojo, para el ojo humano, en modo alguno. Ni tampoco
aproximadamente como lo es Betelgeuze. Yo diría, más bien que es de color amarillonaranja.
El rostro azul de Zalat, que pilotaba aquella nave comercial armada, se retorció en una
mueca, que era el equivalente, entre los de su raza, a un encogimiento de hombros. Era
un tipo moderadamente humanoide, aunque de talla inferior en la mitad a la de un
hombre. Tipo vigoroso, desprovisto de cabello, estaba vestido con una túnica de redecilla
metálica.
—Creo que tiene usted razón —replicó Zalat.
Hablaba el inglés con un terrible acento, quizá para remarcar su independencia como
perteneciente al sistema de la estrella Betelgeuze —organización que servía de transición
entre la de la Tierra y Merseia—, lo que hacía pensar que no habían hecho nada para
contribuir a la corriente principal de la cultura interestelar.
Flandry hubiese querido más bien practicar su conocimiento del idioma altaiano,
especialmente desde que el reducido vocabulario inglés de Zalat aparecía tan difícil, sólo
apto para conversaciones elementales. Pero prefirió olvidarlo. Como único pasajero de
raza extraña, con especiales necesidades vitales, dependía de la buena voluntad del
capitán de aquella nave. Y por otra parte, deseaba ser grato a las gentes de Betelgeuze.
Oficialmente, su misión consistía en reestablecer contacto entre Altai y el resto de la raza
humana. La misión no era fundamental y en consecuencia la Tierra no le había provisto
de una nave especial en aquella ocasión, dejándole en libertad de realizar aquel viaje
espacial a su arbitrio. Así pues, dejó hacer a Zalat.
—Después de todo —continuó el capitán—, Altai ser primero colonizada hacer más
setecientos años de Tierra en pasado, cuando empezar viajes por espacio. No descubrir
mucho. Krasna deber parecer sol rojo y frío, después de Sol. Ahora tener más presunción
astronáutica.
Flandry dirigió una mirada al universo poblado de estrellas, las había por miríadas, más
de las que pudieran contarse, más de las que pudo imaginar nadie. Una estimación de cuatro millones, incluida la vaga esfera de influencia del llamado Imperio Terrestre, no eramás que una insignificante porción de un brazo espiral de aquella Galaxia común. Aúnañadiendo los imperios no humanos, los sistemas soberanos como Betelgeuze y los
informes de los pocos exploradores del espacio, que se habían alejado al máximo desde
los antiguos tiempos de la exploración cósmica, aquella parte del universo conocido por el
hombre, era aterradoramente pequeña. Y por mucho que se esforzaran, siempre
permanecería así.
—¿Con qué frecuencia viene usted por aquí? —preguntó Flandry alterando el denso
silencio del interior de la nave.
—Una vez cada año-Tierra —repuso Zalat con su media lengua inglesa—. Pero haber
otros comerciantes además de mí. Yo hacer comercio de pieles, pero Altai también
producir minerales, gemas, productos orgánicos y otros que tener demanda en mi
sistema. Así, haber naves de Betelgeuze frecuente camino para Ulan Baligh.
—¿Permanecerá usted mucho tiempo?
—Esperar que no. Esto ser molesto sitio para gente no humana. Haber establecida una
casa para recrear nosotros, pero —y Zalat cambió de aspecto su azulada faz— haber
muchas complicaciones. Ultima vez ya esperar un mes entero para completar cargo. Esta
vez ser peor seguramente.
—Ya, ya —pensó Flandry. Y añadió en tono perceptible para Zalat—: Si los metales y
maquinaria que usted trae como trueque comercial tienen el valor que usted afirma, me
sorprende que los altaianos no adquieran naves espaciales para emprender tal comercio
por su cuenta.
—Ellos no tener ninguna civilización comercial —repuso Zalat—. Recuerde, nosotros
betelgeuzianos venir aquí hacer menos de cien años. Antes Altai estar aislado. Naves
espaciales primitivas que traer colonos hacer tiempo que estar muy usadas. Colonos
tampoco tener interés después por otros contactos galácticos. Recordar usted que planeta
ser tan pobre en metales pesados que construcción de naves nuevas, sería muy costoso
para ellos. Ahora puede ser que muchos jóvenes de Altai tratar de esa empresa. Pero
últimamente el Kha Khan haber prohibido cualquiera de tales proyectos para salir del
planeta, sólo hacerlo para muy poco de nosotros betelgeuzianos que ser muy conocidos,
todos de gran confianza y gente representativa del sistema de Betelgeuze. Esa
prohibición es una razón para insurrecciones contra él.
—Ya comprendo—. Y Flandry dirigió una hosca mirada a los vastos campos helados
del planeta.
—Cualquiera que quiera largarse de esta bola congelada y no pueda, cuenta, desde
luego, con toda mis simpatías. Si éste fuera mi planeta, creo que me dedicaría a buscar
un enemigo que quisiera comprarlo.
«Y sin embargo allí me dirijo —reflexionó Flandry—. Cuanto más se agrieta y se
desmigaja el Imperio, con mas frenesí unos pocos de nosotros los espacianos buscando
siempre mayor espacio vital… De no ser así la Larga Noche puede caer sobre el curso
sacrosanto de nuestras propias vidas. Y con respecto a este particular —su mente
continuó pensando— tengo buenas razones para creer que un enemigo está tratando de
quedarse con el planeta».
Desde las nieves polares del planeta Altai, diversos ríos de gran anchura y poca
profundidad se extendían en dirección Sur sobre las estepas. En el lugar donde se
encuentran dos de ellos, el Zeya y el Talyma, en el lugar denominado Osero Rurik, había
sido fundada la ciudad de Ulan Baligh por los primeros colonizadores. Nunca había sido
realmente una gran población; entonces era la sola permanencia como asiento de los
habitantes humanos en el planeta, que no alcanzarían los veinte mil residentes. Pero el número de personas en sus alrededores era mucho mayor que esta cifra. Había sido ellugar de cita de los hombres de las tribus que venían a la ciudad para comerciar, reunirseo realizar ritos religiosos en la Torre del Profeta. Habían vallado la parte sur de la ciudad,
que les servía de campamento, próximo al primitivo aeropuerto espacial, encendiendo sus
fogatas a lo largo de varios kilómetros, siguiendo la orilla del lago.
Cuando el navío espacial hubo tomado tierra, el capitán Flandry estuvo más interesado
en algo menos pintoresco. Había sobornado a un ingeniero, para permitirle disfrutar de
una maravillosa vista desde la torre de control del aeropuerto. Desde allí pudo observar la
línea de monorraíl que circundaba la ciudad, por la que discurrían a enormes velocidades
vagones especiales que viajaban como proyectiles. Observó el movimiento de transporte
de modernos ingenios militares, así como muchos tanques y otros pertrechos. Vio
igualmente los acuartelamientos y pabellones de tipo militar en construcción al oeste de la
ciudad, propios de un ejército en armas y un edificio cerca de la plaza del mercado central
con todas las características de una gran central generadora de energía apropiada para
toda la zona urbana, todo aquello era nuevo. Nada de aquello había sido construido en
cualquier factoría controlada por el Imperio Terrestre.
«A pesar de todo, este material bien puede haber sido suministrado por mis pequeños
camaradas verdes —murmuró para si—. Si los merseianos consiguen una base aquí en la
región neutral y nos rodean como en Cata Wrayanis… bien, ello no sería decisivo por sí
mismo, aunque les permitiría extender su garra un poco más. Y si eventualmente, la mano
se extiende lo suficiente, irán sin duda al principio de una gran guerra.»
No era la primera vez que sufría alguna decepción amarga procedente de su propio
pueblo, demasiado rico para gastar fortunas en un ataque abierto bajo la excusa —
muchos de ellos aun negándola— que existiese una amenaza que pusiera en
desequilibrio la gloriosa paz terrestre. «Después de todo —pensó sombríamente— era
para alegrarse de estas locuras de su propio hogar, ya que la Tierra estaba en franca
decadencia.»
Pero en aquel momento, la Tierra se encontraba a trescientos años luz de distancia y él
tenía un trabajo que realizar.
Por su mente discurrieron rápidamente los diversos hechos que la Inteligencia había
captado en la región de Betelgeuze. Los comerciantes espaciales habían mencionado
curiosas idas y venidas en un lugar denominado Altai. Disponían de poca información
específica que suministrar, y sólo les importaba de aquel lugar cuanto se relacionaba con
sus negocios. La información pudo revelar finalmente, cuando los hombres de la Tierra la
provocaron con oportunas copas de licor, y pasó al lugar correspondiente en los archivos
secretos, dónde se hallaba el planeta, identificándolo por fin, como una vieja colonia
humana, alejada de los usuales caminos del espacio, aunque no tan extraviada como
para no poder ser vigilada.
Una investigación a fondo hubiese requerido varios meses y unos cuantos cientos de
agentes. En aquella tremenda dispersión del espacio entre tantas estrellas, la Inteligencia
decidió enviar a un solo hombre. En la Embajada Terrestre en Betelgeuze VI, Flandry
recibió un grueso expediente sobre Altai, con un avance de su labor y la orden de
enterarse de cuanto allí pudiera ocurrir. Después de lo cual, los componentes de la
Inteligencia, sobrecargados de trabajo, le dejaron con su misión. Ya volverían a recordarle
cuando volviese a informar de su misión, o al tener noticias de que hubiese muerto de
alguna manera, fuera de lo corriente. Pero si ninguna de aquellas cosas ocurría, Altai
podría permanecer en la oscuridad por otra década.
«Lo cual sería una pérdida de tiempo demasiado larga», pensó Flandry.
Con aire despreocupado, Flandry volvió a su cabina, desde la alta torre de control. Los
altaianos no sospecharían de que él hubiese visto sus nuevas instalaciones militares, o en
todo caso, de sospechar algo, debían ignorar que su opinión sobre aquel equipo no era
otra que la de suponer simplemente que se trataba de prevenir cualquier rebelión de tipo
local. El Khan debía haber descuidado este extremo, al no esconder tal evidencia a los
ojos del mundo exterior, sin duda alguna porque no esperaba ningún investigador
terrestre que pudiese husmear sobre el particular. No habría procedido así, seguramente,
de sospechar que tal investigador pudiese volver con tan importante informes al Imperio
Terrestre.
En la cabina, Flandry se vistió con su habitual cuidado. De acuerdo con los informes
que poseía, las gentes de Altai gustaban de los colores llamativos en sus ropas, de forma
ostensible. Escogió una blusa resplandeciente de color verde, una especie de chaleco
bordado, unos pantalones púrpura con medias botas de cuero en las que lucía una banda
dorada, un cinturón rojo y una pequeña capa de igual color, tocándose con un casquete
negro, que contorneaba apretadamente su cabeza, de cabellos castaños. Flandry era un
tipo magnífico de hombre alto y musculoso, denotaba una gran energía en su armónico
rostro, agraciado con una nariz recta y unos grandes ojos grises y un pequeño y bien
cuidado bigote.
El navío espacial tomó tierra finalmente a un extremo del aeropuerto. Frente al que
acababa de rendir viaje, otro navío espacial de Betelgeuze se hallaba aparcado,
confirmando lo referido por Zalat en relación con la frecuencia del comercio interestelar.
No era precisamente una relación acelerada, sino continua, quizás una docena de naves
estelares en un año-standard, y que constituía sin duda una razón de gran importancia
económica local.
Al detenerse en el punto de desembarque, Flandry sintió el alivio de la gravedad del
planeta, que era sólo de tres cuartas partes de la terrestre. Se acomodó inmediatamente a
aquellas nuevas condiciones. La ciudad de Ulan Baligh estaba situada a los 11 grados de
latitud Norte. Con una inclinación axial de rotación parecida a la de la Tierra y alumbrado
por una estrella enana y pálida y sin océanos que modificaran el clima, Altai conocía unas
estaciones casi iguales a las del ecuador. El hemisferio norte, acababa de pasar por el
equinoccio de otoño y se hallaba en las proximidades del invierno. Una corriente
constante de viento, procedente del polo y que Flandry encontraba fría, azotaba su rostro
agradablemente.
Hizo su aparición pública con la dignidad que había imaginado, hallándose frente a la
autoridad que le recibía.
—Saludos —dijo Flandry en el idioma altaiano que había aprendido—. Que la paz reine
en vuestro espíritu. Esta persona se llama Dominic Flandry y representa al Imperio de la
Tierra.
El altaiano parpadeó muy ligeramente sus ojos negros. Por lo demás su rostro
permaneció impasible como una mascara. Era un tipo de nariz ganchuda y de espesa
barba, su tez clara denotaba una mezcla caucasoide en su origen racial, como asimismo
el lenguaje un tanto híbrido que hablaba. Era de constitución fuerte, maciza y talla más
bien reducida. Vestía un gorro de piel, una chaqueta de cuero de complicada
manufactura, unos pantalones de espeso fieltro y unas botas de graciosa línea. Llevaba al
cinto una pistola automática de viejo estilo, a la izquierda y a la derecha un potente
cuchillo.
—No habíamos tenido tal clase de visitantes… —repuso, y tras una pausa y
concentrándose en sí mismo, se inclinó respetuosamente—. Sean bienvenidos todos
aquellos huéspedes que vienen con honestas palabras —añadió con un acento ritual—.
Esta persona se llama Pyotr Gutchluk, de la escolta del Kha Khan.
Se volvió hacia Zalat.
—Capitán, usted y su tripulación pueden proceder como de costumbre. Le veré a usted
más tarde, después de las formalidades legales. En primer término, debo acompañar a un
huésped tan distinguido como éste al palacio del Kha Khan.
Dio una rápida palmada. Aparecieron dos sirvientes, similares en vestimenta y
apariencia a él. Miraban con atención marcada al terrestre, al que no quitaban ojo de
encima. A pesar del aspecto impasible de sus rostros, aquello era sensacional en sus
vidas. El equipaje de Flandry fue cargado en un pequeño vehículo eléctrico de transporte
de viejo diseño.
—Sin duda —dijo Pyotr Gutchluk— un gran orluk como usted, preferiría un varyak a un
tulyak.
—Sin duda —repuso Flandry, comprobando que su idioma altaiano acababa de ser
enriquecido con estas dos nuevas palabras.
Un varyak era localmente como una especie de motocicleta. Era un compacto vehículo
de dos ruedas impulsado suavemente por un motor adecuado que disponía de un lugar
atrás para los equipajes, yendo equipado en la parte delantera por una ametralladora,
aunque Flandry supuso que no se trataba de un arma actual. La conducción se efectuaba
por medio de una barra cruzada para ser guiada con las rodillas. Disponía de otros
aparatos, entre ellos una radio emisora-receptora que se controlaba desde un panel en el
parabrisas. Cuando el varyak marchaba muy despacio o se detenía, podía bajarse una
pequeña rueda auxiliar en la parte izquierda, que le servía de soporte. Pyotr ofreció a
Flandry un casco provisto de fuertes lentes, que tomó de una bolsa del sillín del varyak.
Se puso al mando de la máquina y salió disparado a 200 kilómetros por hora.
Flandry se sentía golpeado terriblemente por el fuerte viento que al rebotar contra el
parabrisas, le golpeaba el rostro y casi le hacía desmontar del vehículo. Pero era preciso
conservar el prestigio del Imperio Terrestre y haciendo un tremendo esfuerzo se acomodó
lo mejor que pudo a la grupa de la máquina tras Gutchluk.
Cuando irrumpieron en la ciudad, ya había adquirido la destreza suficiente, hasta
permitirle volverse y mirar en todos sentidos. Una vista interesante de todo aquello se
ofreció a su curiosidad.
La ciudad de Ulan Baligh se extendía a lo largo de las tierras planas de una enorme
bahía sobre el lago. Más allá las aguas tenían un color intensamente azulado. Sobre su
cabeza observaba un cielo azul profundo y los anillos del planeta. De color pálido durante
el día, aparecían como un halo gélido entre la luz de aquel sol anaranjado. Gutchluk tomó
un camino elevado, suspendido por enormes pilones en forma de dragones que sujetaban
los cables entre los dientes. Parecía sólo para uso oficial. Nadie transitaba por él, salvo
alguna patrulla ocasional de varyaks. Por debajo, Flandry podía observar los techos
curvados de los edificios de ladrillo rojo, sobresaliendo de las viejas murallas de piedra,
teñidas con un matiz rojizo por el sol. Todos los edificios eran de grandes dimensiones.
Los de tipo residencial debían albergar a varias familias, y los dedicados al comercio se
hallaban salpicados por pequeños locales al efecto. Las calles eran amplias, limpias y
bien conservadas, y aparecían llenas de un público nómada, y de viento que soplaba sin
cesar. La mayor parte del tráfico se hacía a pie.
Apareció, frente a Flandry el palacio con sus altas murallas, pudiendo observar en el
interior los jardines y en el centro, la residencia real. Era una versión a escala gigante de
las residencias de la ciudad; pero ornamentada alegremente y con esplendor. Enormes
dragones de madera, formaban grandes columnas, rematadas con otros dragones de
bronce en el techo. Todo quedaba, sin embargo, empequeñecido frente a la gran Torre
del Profeta, que se alzaba majestuosa a cosa de un kilómetro de distancia, más allá.
Por las vagas descripciones de los betelgeuzianos, Flandry había deducido que la
mayor parte de los altaianos profesaban una especie de religión que era como una
síntesis del budismo y del islamismo, codificada hacía siglos por el profeta Subotai. La
religión contaba solamente con aquel gran templo, que era suficiente para todos. Aquella
altísima torre se alzaba orgullosa en el aire tenue del planeta, como si quisiera alcanzar el
cielo. Construida básicamente al estilo de una pagoda, pintada de rojo, tenía una gran
terraza orientada hacia el Norte. Y en ella, un gran panel, en el que había cinceladas, en
una especie de alfabeto sinocirílico, las palabras del profeta, consideradas sagradas para
siempre. Incluso el propio Flandry, poco reverente de costumbre, no pudo por menos de
sentir un ligero sentimiento de respeto y temor. Una formidable voluntad había conseguido
erigir aquella colosal edificación en semejantes terrenos de la gran planicie.
El camino elevado comenzó a descender gradualmente. El varyak conducido por
Gutchluk se detuvo finalmente en una puerta de acceso al palacio. Flandry, de talla más
alta a la de cualquier otro tipo local, tuvo diversos inconvenientes al traspasar la entrada,
estando a punto de golpearse varias veces por la estrechura del pasadizo que recorrían.
En una curva final el pasaje era tan estrecho para la estatura de Flandry, que estuvieron a
punto de estrellarse ambos. Finalmente soltó la tercera rueda de soporte del varyak, que
acortó la velocidad hasta detenerse. Segundos antes, Flandry saltó ágilmente del sillín del
varyak describiendo un arco en el aire, quedando rápidamente en pie.
—¡Por el Pueblo Helado! —exclamó Gutchluk, con la faz sudorosa—. ¡La Tierra
engendra hombres temerarios a fe mía!
—Oh, no —repuso Flandry—. Una pequeña demostración; pero no temeraria. Nosotros
siempre sabemos cómo actuar.
Una vez más agradeció mentalmente la educación recibida en su preparación atlética
entre la que se hallaba la práctica del judo. Una vez abiertas las puertas de palacio,
Flandry flanqueó el camino altivamente, ante la asustada mirada de los soldados del
Khan.
Los jardines que flanqueaban el acceso que habían seguido estaban poblados por toda
clase de arbustos enanos, florea extrañas, puentes arqueados y rocas, y por todas partes
líquenes de las más variadas especies. Ninguna especie vegetal que necesitara mucha
agua y calor podía cultivarse en Altai. Flandry podía comprobar la tremenda sequedad de
su nariz y de la garganta. El aire era demasiado seco y frío, produciéndole una constante
molestia. Una vez dentro del palacio, se sintió mucho mejor al comprobar que la
atmósfera se asemejaba mucho a la terrestre.
Un sujeto de barba blanca, vestido con un ropaje extravagante de pieles le hizo uña
profunda reverencia.
—El propio Kha Khan ofrece a usted su más cálida bienvenida, Orluk Flandry —dijo—.
Le recibirá en seguida.
—Pero los obsequios que traigo para él… —No importa eso ahora, mi señor. El
chambelán de la corte se inclinó nuevamente, se volvió y se adelantó mostrando el
camino. Pasaron a través de varios altos corredores embovedados con extraños
ornamentos y tapices. En el palacio reinaba un profundo silencio. Los sirvientes se
deslizaban sin el menor ruido, los guardianes permanecían inmóviles en sus puestos con
su uniforme rematado en cara de dragón con sus túnicas de cuero y sus armas
ostensiblemente visibles, mientras que por todas partes grandes trípodes humeaban con
incienso. La totalidad de aquella gran residencia palaciega parecía en estado de alerta.
«Me imagino que he venido a trastornar alguna cosa —pensó Flandry con su innata
rapidez mental—. Sospecho que aquí se está tramando tranquilamente alguna
conspiración y se encuentran tan alejados de la Tierra, que para nada la tienen en cuenta.
Y he aquí que, repentinamente, se presente un oficial terrestre, después de quinientos
años. ¿Cuál será la reacción de esta gente? Esperemos y veamos.»
Oleg Yesukai, Kha Khan de todas las tribus, era de estatura mayor que la de la
generalidad de los altaianos. Su cara alargada, estaba adornada con una barba
puntiaguda y rojiza. Grandes anillos de oro y lujosas ropas bordadas, le daban el digno
porte de su realeza, mostrando un aire altivo e impaciente, producto de una tediosa
costumbre. La mano a la que Flandry, doblando una rodilla, se llevó hasta su frente, en
señal de respeto, era musculosa y enérgica. La pistola que lucía el regio personaje,
parecía haber sido usada con frecuencia.
Aquella cámara de audiencia privada estaba adornada en rojo, con ornamentos que le
parecieron algo grotescos a Flandry; pero estaba dotada de un moderno equipo
magnetofónico de los betelgeuzianos, y cerca, además, había una mesa en la que se
amontonaban los papeles oficiales.
—Tome asiento —le indicó el Khan con un gesto.
El Khan, se sentó a su vez en un sillón de patas bajas y abrió una caja de cigarros
cincelada en hueso. Una dura sonrisa apareció en su rostro.
—Y ahora que nos hemos desembarazado de la presencia de mis estúpidos
cortesanos, no precisaremos mucho tiempo para tratar del asunto que le trae por aquí —
dijo fríamente.
Tomó un extraño cigarro rojizo de la caja.
—Le ofrecería con mucho gusto uno de estos cigarros; pero me temo que le pondrían
enfermo. A lo largo de tantas generaciones, alimentándonos de lo producido por el suelo
de Altai, nuestro metabolismo ha debido cambiar de algún modo, sin duda alguna.
—Su Majestad es de lo más gracioso —repuso Flandry, mientras encendía uno de sus
propios cigarrillos, poniéndose tan cómodo como se lo permitía el tieso respaldo del
butacón que ocupaba.
Oleg Khan repuso con el mayor descaro:
—¡Gracioso! ¡Ja! Escuche esto, terrestre. A los cincuenta años de edad, mi padre se
convirtió en un hombre fuera de la ley, en la tundra. (Se refería a años de duración local,
un tercio mayores que los de la Tierra. Altai se hallaba a una unidad astronómica de
distancia de Krasna; pero esta estrella era de menor masa que el Sol.) Cuando tenía
treinta años, ocupó esta ciudad de Ulan Baligh, con 50.000 guerreros y envió al viejo Tuli
Khan a las nieves del Ártico. Pero a él nunca le agradó vivir en la ciudad. Sus hijos se
criaron en el ordu, esto es, en los campamentos, donde siempre había vivido.
Guerreamos todos contra los Tebtengri, tal y como él conocía la guerra; pero no tuvimos
profesores para aprender a leer, a escribir, ni a practicar ninguna ciencia, Orluk Flandry.
Nunca tuve tiempo de aprender ninguna gracia.
El visitante terrestre aguardó pasivamente. Esto pareció desconcertar a Oleg, que
fumaba con furiosas chupadas. Tras algunos segundos, adelantóse hacia Sir Dominic
Flandry y continuó:
—Y bien, ¿por qué se digna su Gobierno tomar contacto con nosotros?
—Tengo la impresión, Majestad —repuso Flandry con tranquila voz—, que los colonos
originales de Altai, vinieron tan lejos del Sol para escapar a nuestra vigilancia y
conocimiento.
—Cierto, es verdad. Nuestros antepasados vinieron aquí porque eran débiles, y no a
causa de su fuerza. Los planetas en que los hombres pudiesen controlarlo todo
absolutamente eran raros. Alejándose indefinidamente, aquí llegaron unos cuantos navíos
espaciales cargados de habitantes del Asia Central, evitándose así tener que seguir
luchando por el Imperio Terrestre. No pensaron desde luego en convertirse en un rebaño.
Intentaron primeramente explotar la tierra. Pero aquello resultó imposible. Demasiado fría
y seca, entre otros inconvenientes. No era posible intentar erigir una industria ni una
sociedad productora de alimentos sintéticos, no existían metales pesados, ni carburantes
fósiles, ni productos fisiónales. Este es un planeta de baja densidad, como usted sabrá.
Poco a poco, a. lo largo de generaciones enteras, con una vaga tradición que les guiara,
se vieron obligados a adoptar una vida nómada. Esto era lo más conveniente en Altai y
así fueron creciendo. Por supuesto, las leyendas han alterado los hechos. La mayor parte
de mi gente todavía creen en la Tierra como una especie de paraíso perdido y que
nuestros antepasados eran unos fantásticos guerreros.
Los ojos turbios de Oleg miraban fijamente a Flandry. Se rascó pensativamente la
barba.
—Después he leído mucho y pensado mucho también, para darme una clara idea de lo
que su Imperio es realmente y de lo que puede hacer y de lo que no puede. Así, pues,
¿qué objeto tiene esta visita, en este preciso momento?
—Hemos permanecido ausentes, por dos razones principales —repuso Flandry con
aplomo—. En primer lugar, no estamos grandemente interesados en la conquista, por la
conquista en sí misma. Y en segundo término, nuestros hombres de negocios, han
evitado todo este sector completamente. Como usted ve, esto queda muy lejos de las
estrellas de nuestros sistemas centrales. Los betelgeuzianos, estando cerca de su base
de partida, pueden competir en términos desiguales. Además, el riesgo de encontrarse
con una armada espacial de los merseianos, enemigos nuestros, es poco atractivo. En
resumen, no ha habido ocasión ni civil ni militar para volver sobre Altai. Sin embargo, el
Emperador, no quiere perder el contacto con ningún miembro de la familia humana. Como
portador de su Voluntad, tengo el placer de traerle personalmente sus fraternales saludos.
(Esto era subversivo, ya que la palabra a emplear hubiese sido «paternal» pero Oleg
Khan no habría apreciado amablemente el ser patrocinado.) Por lo demás —continuó
Flandry—, si Altai desea reunirse con nosotros, para una mutua protección y la obtención
de otros beneficios, hay muchas posibilidades que nosotros podemos considerar y
discutir. Unirse al Imperio, no implica necesariamente convertirse en una provincia del
mismo. Su Majestad, si lo prefiere, podría considerarse como un residente Imperial,
intercambiando ayuda y toda clase de información…
Flandry dejó escapar la proposición con todas sus consecuencias.
El rey altaiano, no le repuso, ante la sorpresa de Flandry, con el tono colérico de un
soberano a quien se le examina su poder real, por el contrario y ante la sorpresa del
terrestre, le respondió:
—Si usted se siente preocupado por las dificultades internas del momento, deje de
estarlo. El nomadismo, necesariamente significa tribalismo, lo cual fácilmente conduce al
régimen feudal y a la guerra. Ya le he referido que mi padre tomó el poder del clan Nuru
Bator. A cambio, existen ciertos gurkhans que se rebelan contra nosotros. Cualquiera
podrá confirmarle que la alianza denominada Tebtengri Shamanate, nos ha proporcionado
muchos disturbios y preocupaciones. Pero eso no es nada nuevo en la historia de Altai.
Yo cuento, en todo el planeta, con el apoyo más firme que haya tenido ningún otro Kha
Khan, desde los tiempos del Profeta. En poco tiempo meteré en cintura a cada uno de
esos rebeldes.
—¿Con la ayuda de armamento importado? —preguntó a quemarropa Flandry
elevando las cejas imperceptiblemente.
La pregunta era arriesgada, pero no podía dejar de hacerla, evitando a toda costa, por
supuesto, no dejar traslucir la evidencia de cuanto, había observado. Ante la aparente
impasibilidad del Khan, Flandry añadió:
—Al Imperio le encantaría poder enviar una misión técnica.
—No lo dudo —fue la seca respuesta de Oleg.
—¿Puedo preguntar, respetuosamente, qué planeta suministra la asistencia a Su
Majestad está recibiendo ahora?
—Tal pregunta es impertinente, como usted puede comprender —repuso altivamente el
Khan—. No lo tomo como ofensa; pero declino mi respuesta. Confidencialmente sí puedo
decirle que los antiguos tratados mercantiles entre Altai y las gentes de Betelgeuze,
garantizaban a los caras azules el disfrute del monopolio de ciertos productos nuestros de
exportación. Esta otra raza, la única que nos vende armas, toma como pago los mismos
artículos. No estoy violando con ello ningún compromiso, ya que no me considero ligado a
los compromisos asumidos por la dinastía de Nuru Bator. Sin embargo, sería desde luego
inoportuno que las gentes de Betelgeuze descubran los hechos en estas circunstancias.
El momento era de lo más propicio para la mentira. Tan bueno lo consideró Flandry que
deseó que Oleg creyese que había caído en ella. Asumió una fatua sonrisa afectada para
decirle al Kha Khan:
—Comprendo perfectamente, Majestad. Puede estar seguro de la discreción terrestre.
—Así lo espero —dijo Oleg humorísticamente—. Nuestro tradicional castigo para los
espías implica un método que los conserva vivos varios días antes de ser ejecutados.
El golpe de Flandry estaba bien calculado; pero no había encajado del todo.
—Puedo recordar a Su Majestad, Gran Khan, con todo respeto, que en caso de que
alguno de sus menos educados sujetos quisiera actuar impulsivamente, la Armada
Imperial tiene órdenes de reprimir cualquier ataque sufrido por un terrestre nacional, en
cualquier parte que ocurra del Universo.
—Muy cierto, amigo mío.
El tono de Oleg era tan sardónico, que bien se manifestaba a las claras que la famosa
ley universal constituía para él una letra muerta, excepto como una excusa ocasional para
bombardear cualquier mundo que se saliese de la raya, sin estar en condiciones de
volverse contra el agresor. Entre los comerciantes, sus propios agentes, en el sistema
Betelgeuziano estaban vendiéndole armas, y el Kha Khan se había convertido en un tipo
sin piedad, bien informado sobre la política galáctica, como cualquier aristócrata terrestre.
O de Marseia.
La realidad era escalofriante. Flandry había ido forzando ciegamente la búsqueda de su
propósito. Y ahora se daba cuenta, paso a paso, cuan peligrosa y tremenda era aquella
evidencia.
—Una sana política —continuó Oleg—. Pero hablemos con franqueza, Orluk. Si usted
sufriera, digamos, cualquier daño ocasional en mis dominios y si sus superiores
interpretan mal las circunstancias, aunque creo que no lo harán, me vería forzado a
solicitar la ayuda conveniente, que desde luego está dispuesta en todo momento.
«Merseia no está lejos —pensó Flandry— y la Inteligencia conoce que ahora disponen
de una flota cósmica masiva en su base más próxima. Si quiero enarbolar los derechos
terrestres de nuevo, deberé empezar a actuar asumiendo todos los riesgos, que nunca
anteriormente he corrido, en una vida estúpidamente malgastada.»
Y añadió en voz alta, con una sugerencia fanfarrona:
—Betelgeuze tiene tratados con el Imperio, Majestad. Ellos no intervendrán en una
disputa puramente humana.
Y como si se hallase aterrado de su propia osadía, continuó:
—Pero no habrá, ciertamente, ninguna disputa. Ciertamente nadie las desea ni veo el
motivo. Nuestra conversación ha ido tomando un giro poco agradable y ¡bah! de lo más
desafortunado. No hay porqué hablar de ofensa alguna… Yo estoy interesado en las
colonias humanas alejadas del Imperio. Uno de los funcionarios de los archivos mencionó
su hermoso planeta. Y mientras me dirigía hacia acá, fue sugerida la idea de que fuese
portador oficial de los mejores saludos del Imperio…
Y así continuó Flandry durante un largo rato.
Oleg Yesukai sonreía burlonamente.