Las cronicas de Prydain – Taran, el vagabundo

 pdf taran_el_vagabundo 726.63 Kb

 

Esta cuarta crónica de Prydain se inicia con una empresa que requiere un corazón
valeroso y alegre. No tarda en irse volviendo más sombría y quizá sea más esencialmente heroica que las aventuras precedentes, pues en ella Taran debe enfrentarse a unoponente implacable: la verdad acerca de sí mismo. Taran aprenderá a cambiar su vida mediante sus propios recursos internos, ya no como Taran Aprendiz de Porquerizo, sino como Taran el Vagabundo, pues no basta con que haya un fin de la infancia sino que también se requiere un comienzo de la edad viril. He intentado que fuera una crónica más seria que las anteriores —en el sentido en que todo el humor es serio y toda la fantasía real—, y aunque no hay un final feliz convencional en términos de cuento

Lee las primeras paginas online>>

 

1 – ¿Quién soy?
La primavera se hallaba en su apogeo y traía consigo la promesa del verano más fértil
que la granja había visto en toda su existencia. El huerto estaba cubierto por la blancura
de las flores que perfumaban los árboles, y los campos recién sembrados parecían flotar
como una neblina verde. Pero ni los colores ni los perfumes eran capaces de alegrar a
Taran, pues para él Caer Dallben se encontraba vacío. Ayudaba a Coll en las tareas de
quitar las malas hierbas y cultivar los campos y cuidaba de Hen Wen, la cerda blanca, con
tanta diligencia como siempre, pero ni su mente ni su corazón estaban en lo que hacía.
Sólo podía pensar en una cosa.
—Vamos, vamos, muchacho… —dijo Coll con afabilidad mientras terminaban el ordeño
matinal—. Desde que volviste de la Isla de Mona estás más nervioso que un lobo atado a
una correa. Te doy permiso para que languidezcas por la princesa Eilonwy, ya que
pareces decidido a ello, pero no vuelques el cubo de la leche. —El anciano pero aún
robusto guerrero le dio una palmadita en el hombro—. Venga, anímate. Te enseñaré los
secretos místicos del plantar nabos, del cultivo de las coles o de lo que más te apetezca
saber.
Taran meneó la cabeza.
—Lo que me gustaría saber es algo que sólo Dallben puede revelarme.
—Bueno, entonces acepta mi consejo y no importunes a Dallben con tus preguntas —
dijo Coll—. Su mente está ocupada con asuntos mucho más importantes. Ten paciencia y
espera a que llegue el momento adecuado.
Taran se puso en pie.
—No puedo esperar más. Lo he decidido… Hablaré con él ahora mismo.
—¡Ten cuidado! —le advirtió Coll mientras Taran iba hacia la puerta del cobertizo—,
¡Dallben también está bastante irritable últimamente!
Taran avanzó por entre el grupo de pequeños edificios y cobertizos que formaban la
granja. Entró en la casita y vio a una mujer vestida de negro acuclillada delante del hogar
vigilando el fuego. La mujer no alzó la cabeza y no dijo nada. Era Achren. Después de
que los planes que había trazado para recobrar su antiguo poder se vieran frustrados en
las ruinas del Castillo de Llyr, la en tiempos altiva reina aceptó el refugio que Dallben le
había ofrecido; aunque por elección propia la que en tiempos había sido gobernante de
todo Prydain se ocupaba de las tareas que habían sido incumbencia de Eilonwy antes de
que partiera hacia Mona, y cuando llegaba el final del día se esfumaba en silencio para
tumbarse sobre su lecho de paja en el granero.
Taran se detuvo unos momentos ante la estancia de Dallben sin saber qué hacer y
acabó golpeando la puerta rápidamente con los nudillos. Oyó la voz del hechicero dándole
permiso para entrar y así lo hizo. Dallben estaba inclinado sobre El Libro de los Tres, que
se encontraba abierto sobre la mesa repleta de objetos. Taran anhelaba
desesperadamente echar aunque sólo fuera un vistazo a una página de aquel volumen
lleno de secretos, pero se mantuvo lejos de él. Cuando era niño se había atrevido a tocar
aquel viejo tomo encuadernado en cuero, y recordarlo hizo que volviera a sentir un leve
cosquilleo en los dedos.
—Nunca dejará de asombrarme —gruñó Dallben cerrando El Libro de los Tres y
alzando los ojos hacia Taran—. Los jóvenes están llenos de orgullo y fuerza, y aun así
sus preocupaciones les parecen una carga tan pesada que deben compartirlas con los
viejos, mientras que los viejos… —Agitó una mano frágil y huesuda—. Pero no importa, no
importa. Bien, espero que tengas una buena razón para interrumpirme. Enfadarse es una
pérdida de tiempo y no me sienta nada bien.
»En primer lugar, y antes de que me lo preguntes —siguió diciendo Dallben—, te
aseguro que la princesa Eilonwy se encuentra bien y no es más infeliz que cualquier otra
doncella hermosa y alocada que se haya visto obligada a abandonar el manejo de la
espada para concentrarse en el aprendizaje de la costura. En segundo lugar, sabes tan
bien como yo que Kaw aún no ha vuelto. Me atrevería a decir que ya debe de haber
llevado mi poción a la caverna de Glew y que el gigante-por-accidente que tantos
problemas os dio en Mona no tardará en empequeñecerse hasta recuperar su estatura
normal. Pero también sabes que tu cuervo es un tanto travieso y que tiene propensión a
perder el tiempo allí donde encuentra algún entretenimiento, ¿verdad? Por último, un
Ayudante de Porquerizo debería tener tareas más que suficientes para mantenerle
ocupado durante todo el día. ¿Qué te ha traído hasta aquí?
—Sólo una cosa —dijo Taran—. Todo lo que tengo lo debo a tu bondad. Me has dado
un hogar y un nombre, y me has permitido vivir en tu casa como si fuera hijo tuyo. Pero…
¿quién soy realmente? ¿Quiénes son mis padres? Me has enseñado muchas cosas, pero
nunca has querido decírmelo.
—Cierto, nunca he querido decírtelo —replicó Dallben—. Y ya que siempre ha sido así,
¿cuál es la razón de que el enigma haya empezado a preocuparte tan de repente
después de haber vivido tanto tiempo con él?
Taran inclinó la cabeza y no respondió, y el viejo hechicero le sonrió con un brillo de
astuta sabiduría en los ojos.
—Habla, muchacho. Si quieres conocer la verdad deberías empezar siendo sincero.
Creo ver oculta tras tu pregunta la sombra de cierta princesa de cabellos dorados… ¿No
es así?
Taran se ruborizó.
—Así es —murmuró. Alzó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Dallben—.
Cuando Eilonwy regrese… mi corazón anhela pedirle que se case conmigo. Pero no
puedo hacerlo —exclamó, y las palabras surgieron de sus labios como si tuvieran
voluntad propia—. No lo haré hasta no saber quién soy. Un huérfano con un nombre
prestado no puede pedir la mano de una princesa. ¿Cuál es mi linaje? No podré vivir en
paz hasta haberlo averiguado. ¿Soy de cuna humilde o noble?
—Tengo la impresión de que te complacería mucho más ser de cuna noble —dijo
Dallben en voz baja.
—Sí, ésa es mi gran esperanza —admitió Taran, un poco avergonzado—. Pero no
importa. Si hay honor… Sí, deja que lo comparta. Si hay ignominia, deja que me enfrente
a ella.
—Cierto, compartir el honor requiere un corazón tan fuerte como enfrentarse a la
ignominia —replicó Dallben con voz afable, y volvió su rostro curtido por las
preocupaciones y el tiempo hacia Taran—. Pero… ay, no puedo responder a tu pregunta.
En cuanto al príncipe Gwydion, sabe tan poco como yo —se apresuró a decir, pues había
comprendido lo que pasaba por la mente de Taran—. Y el Gran Rey Math tampoco puede
ayudarte.
—Entonces permite que lo averigüe por mí mismo —exclamó Taran—. Dame tu
permiso y deja que vaya en busca de la respuesta.
Dallben le observó con mucha atención. Los ojos del hechicero se posaron sobre El
Libro de los Tres y lo contemplaron durante un tiempo como si su mirada estuviera
atravesando las tapas de cuero para perderse en las profundidades de aquel gastado
volumen.
—Cuando la manzana ha madurado ningún hombre puede hacer que vuelva a estar
verde —murmuró como si hablara consigo mismo. Miró a Taran, y cuando volvió a hablar
su voz estaba impregnada de pena—. ¿Es eso lo que deseas?
El corazón de Taran empezó a latir más deprisa.
—No pido nada más.
Dallben asintió.
—Que así sea. Puedes marcharte a donde quieras. Descubre aquello que el destino te
permita averiguar.
—Nunca podré agradecértelo lo suficiente —exclamó Taran con alegría haciendo una
gran reverencia—. Deja que parta sin más tardanza. Estoy preparado y…
La puerta se abrió antes de que pudiera terminar la frase. Una silueta velluda cruzó a
toda prisa la estancia y se arrojó a los pies de Taran.
—¡No, no, no! —aulló Gurgi con toda la fuerza de sus pulmones, meciéndose hacia
atrás y hacia adelante mientras agitaba sus peludos brazos—. ¡Los agudos oídos de
Gurgi lo han oído todo! ¡Oh, sí, ellos han escuchado detrás de la puerta y no se les ha
escapado nada! —Su rostro se arrugó en una mueca de desesperación y meneó su
hirsuta cabeza tan violentamente que estuvo a punto de caerse al suelo—, ¡El pobre
Gurgi se quedará triste y solo con sus gemidos y quejidos! —gimoteó—, ¡Oh, Gurgi tiene
que ir con su amo, sí, sí y sí!
Taran puso una mano sobre el hombro de Gurgi.
—Viejo amigo, confieso que me entristecería mucho dejarte aquí, pero me temo que el
viaje que me espera puede ser muy largo.
—¡El fiel Gurgi seguirá a su amo! —gritó Gurgi con voz suplicante—. ¡Gurgi es fuerte,
osado y listo! ¡Él salvará a su bondadoso amo de todo daño!
Gurgi empezó a resoplar ruidosamente y sus gemidos y quejas se hicieron aún más
desesperados que antes. Taran no se sentía con fuerzas para negarle su deseo a aquella
pobre criatura, por lo que se volvió hacia Dallben y le lanzó una mirada de interrogación.
Y vio una extraña compasión en los rasgos del hechicero.
—No pongo en duda la fortaleza de ánimo y el buen sentido de Gurgi —dijo Dallben—.
Es muy posible que el consuelo de su amable corazón te sirva de mucho antes de que tu
viaje haya terminado. Sí —añadió lentamente—, si Gurgi así lo desea… deja que vaya
contigo.
Gurgi lanzó un grito de alegría y Taran, agradecido, se inclinó ante el hechicero.
—Que así sea —dijo Dallben—. El camino que vas a recorrer no será fácil, pero has
escogido seguirlo y no tienes otra elección. Puede que no encuentres lo que buscas, pero
estoy seguro de que volverás siendo un poco más sabio que ahora… Y hasta puede que
regreses convertido en un hombre por tus propios méritos.
Taran estaba tan nervioso que pasó toda la noche en vela. Dallben había dado su
permiso para que los dos compañeros partieran por la mañana, pero las horas que
faltaban para la salida del sol le parecieron tan pesadas como los eslabones de una
cadena muy gruesa. Su mente ya había formado un plan, pero no habló de él con
Dallben, Coll o Gurgi, pues la decisión que había tomado aún le daba cierto miedo. Su
corazón lamentaba tener que abandonar Caer Dallben, pero la impaciencia por iniciar el
viaje era mucho más fuerte. Había momentos en que tenía la impresión de que su
añoranza de Eilonwy y el amor que tantas veces había ocultado o incluso negado estaban
creciendo en su interior como las aguas de un torrente montañoso alimentado por las
lluvias y se disponían a arrastrarle con su corriente incontenible.
Taran se levantó mucho antes del amanecer y se ocupó de Melynlas, el corcel gris de
crines plateadas. Dejó a un Gurgi parpadeante que luchaba para contener los bostezos
preparando su montura —un pony bajito y corpulento casi tan peludo como él—, y fue al
aprisco de Hen Wen. Se arrodilló junto a ella y la rodeó con un brazo. La cerda blanca
lanzó un gemido apesadumbrado, como si ya estuviese enterada de la decisión que había
tomado.
—Adiós, Hen —dijo Taran rascándole la barbilla—. Recuérdame con cariño. Coll
cuidará de ti hasta que… Oh, Hen —murmuró—, ¿conseguiré lo que me he propuesto?
¿Puedes decírmelo? ¿Puedes darme alguna señal que me consuele y me permita
albergar esperanzas?
Pero la cerda oráculo se limitó a resoplar y lanzó un gruñido de preocupación. Taran
suspiró y le dio una última palmadita afectuosa. Dallben acababa de entrar cojeando en el
patio acompañado por Coll. El viejo guerrero llevaba una antorcha, pues la luz del
amanecer aún no era muy intensa. La claridad parpadeante de la antorcha revelaba la
honda preocupación que se había adueñado de su rostro y del de Dallben. Taran les
abrazó, y le pareció que el amor que sentía hacia los dos nunca había sido tan grande
como en este triste momento de la despedida.
Gurgi estaba encorvado sobre su pony, y colgando del hombro se hallaba la bolsa de
cuero capaz de proporcionar un suministro inagotable de comida. Taran montó sobre el
impaciente Melynlas llevando tan sólo la espada en el cinto y el cuerno de batalla con
incrustaciones de plata que Eilonwy le había regalado. Tuvo que contener el impulso de
mirar hacia atrás, pues sabía que, de hacerlo, el adiós le resultaría aún más doloroso.
Los dos viajeros se pusieron en marcha mientras el sol iba trepando sobre las colinas
ribeteadas de árboles. Taran apenas si abrió la boca y Gurgi trotaba en silencio detrás de
él, metiendo la mano de vez en cuando dentro de la bolsa de cuero para coger un puñado
de comida que masticaba con expresión satisfecha. Cuando se detuvieron para abrevar
sus monturas en un arroyo Gurgi bajó del pony y fue hacia Taran.
—Bondadoso amo —exclamó—, el fiel Gurgi te sigue y te guía, ¡oh, sí! ¿Adonde le
lleva el camino? ¿Al noble señor Gwydion en Caer Dathyl? Gurgi tiene muchas ganas de
ver grandes torres doradas y grandes salones para opulentos banquetes.
—Yo también —respondió Taran—. Pero sería un viaje inútil. Dallben me ha dicho que
el príncipe Gwydion y el Rey Math no saben nada acerca de mi linaje.
—Entonces, ¿al reino de Fflewddur Fflam? ¡Sí, sí! ¡El osado bardo nos dará la
bienvenida con fiestas y agasajos, y nos deleitará con alegres tañidos y zumbidos!
Taran no pudo por menos que sonreír ante el entusiasmo de Gurgi, pero meneó la
cabeza.
—No, amigo mío, no vamos a Caer Dathyl y tampoco vamos al reino de Fflewddur, —
Volvió la mirada en dirección oeste—. He pensado cuidadosamente en el camino que
debo seguir, y creo que sólo hay un sitio en el que pueda encontrar lo que busco —dijo
hablando muy despacio—. Iremos a los Pantanos de Morva.
Apenas hubo pronunciado estas palabras vio como el rostro de Gurgi se volvía de un
color gris ceniza. La mandíbula de la pobre criatura se aflojó bruscamente; se llevó las
manos a su peluda cabeza y empezó a resoplar y atragantarse de puro miedo. —¡No, oh,
no! —aulló Gurgi—. ¡Los peligros acechan en los Pantanos malignos! ¡El bravo pero
cauteloso Gurgi teme por su pobre y tierna cabeza! Gurgi no quiere volver nunca allí. ¡Las
temibles hechiceras querían convertirle en un sapo saltarín! ¡Oh, terrible Orddu! ¡Terrible
Orwen! Y Orgoch… ¡Oh, Orgoch, la peor de todas!
—Lo son, pero tengo intención de volver a verlas —dijo Taran—. Orddu, Orwen y
Orgoch… Ella, o ellas, o lo que sean en realidad, tienen un poder tan grande como el de
Dallben, quizá incluso más grande que el suyo. Nada queda oculto a su mirada; conocen
todos los secretos. Tienen que saber la verdad. Quizá… —siguió diciendo, y la esperanza
le hizo hablar más deprisa—. Puede que mis padres fueran de noble linaje, y quizá existía
alguna razón secreta que les impulsó a dejarme en Caer Dallben para que Dallben
cuidara de mí…
—¡Pero si el bondadoso amo es noble! —gritó Gurgi—. ¡El humilde Gurgi no podría
tener amo más noble, generoso y bueno! ¡No hace falta que se lo pregunte a las
hechiceras!
—Me refiero a la sangre noble —replicó Taran, sonriendo ante las protestas de Gurgi—
. Si Dallben no puede darme la respuesta, es posible que Orddu pueda. En cuanto a si
querrá hacerlo… No lo sé —añadió—. Pero debo intentarlo.
»No quiero que tu pobre cabeza corra ningún peligro —siguió diciendo Taran—.
Cuando lleguemos a los Pantanos buscarás un sitio donde esconderte y me esperarás
allí.
—No, no —gimió Gurgi. Parpadeó con cara de terror y bajó la voz hasta tal punto que
Taran apenas si pudo oír su tembloroso murmullo—. El fiel Gurgi seguirá a su amo tal y
como lo prometió.
Siguieron adelante. Vadearon el Gran Avren y avanzaron rápidamente durante varios
días en dirección oeste, siguiendo las verdes laderas cíe la orilla hasta acabar
abandonándola de mala gana para ir hacia el norte a través de una llanura donde apenas
si había vegetación. El rostro de Gurgi estaba contorsionado en una continua mueca de
preocupación, y Taran captaba la inquietud de la pobre criatura con tanta claridad como la
suya propia. Cuanto más cerca estaban de los Pantanos más dudaba de que hubiera
tomado la decisión correcta. El plan que le había parecido tan perfecto en la seguridad de
Caer Dallben empezaba a cobrar el aspecto de una locura temeraria. Había momentos en
los que Taran no tenía más remedio que admitir que si Gurgi hubiera hecho volver grupas
a su pony para galopar hacia el hogar le habría seguido de buena gana.
Otro día de viaje y las tierras pantanosas se extendieron ante ellos, feas,
amenazadoras y sin el menor rastro de la primavera alegrando su desnudez. La visión y el
olor de los pantanos y los charcos de aguas opacas e inmóviles hicieron que Taran
sintiera una terrible repugnancia. La mezcla putrefacta de tierra y agua tiraba
codiciosamente de los cascos de Melynlas. El pony lanzaba bufidos de temor. Taran
advirtió a Gurgi de que debía mantenerse lo más pegado posible a él sin desviarse a
derecha o a izquierda, y guió cautelosamente su montura por entre los cañizos que le
llegaban hasta el hombro, manteniéndose sobre el suelo algo más firme que bordeaba los
pantanos.
El angosto paso que había en el extremo más alejado de los Pantanos podía cruzarse
con muy poco peligro, y el camino a seguir había quedado grabado para siempre en sus
recuerdos. Aquí era donde les habían atacado los Cazadores de Annuvin cuando él,
Eilonwy, Gurgi y Fflewddur andaban buscando el Caldero Negro, y Taran había revivido
aquel momento una y otra vez en sus pesadillas. Dejó colgar entre sus dedos las riendas
de Melynlas para que su montura pudiese avanzar con más libertad, hizo una seña a
Gurgi y se adentró en los Pantanos. El corcel vaciló durante un instante, pero sus patas
no tardaron en hallar tierra firme donde apoyarse y los dos compañeros fueron dejando
atrás la cadena de islitas que había bajo las aguas fangosas. Cuando llegaron al otro lado
Melynlas se lanzó al galope sin que Taran se lo hubiese ordenado, y el pony le siguió
como si de ello dependiera su vida. Taran detuvo su montura más allá de los árboles de
troncos nudosos y deformes que había al final de una cañada bastante larga. La choza de
Orddu ya era visible.
Estaba pegada a un montículo de gran altura y medio escondida por el barro y las
ramas. Parecía aún más precaria e incómoda de como la recordaba Taran. El techo de
cañizo que le daba el aspecto de un nido inmenso bajaba haciendo pendiente hasta
ocultar las angostas ventanas, y los muros que parecían dispuestos a derrumbarse en
cualquier momento estaban cubiertos por una telaraña de moho. Y en el umbral inclinado
de contornos irregulares se recortaba la silueta de la mismísima Orddu.
Taran desmontó con el corazón latiéndole a toda velocidad. Fue lentamente hacia el
umbral manteniendo la cabeza bien alta en un silencio roto sólo por el castañeteo de los
dientes de Gurgi. Los negros y brillantes ojos de Orddu no se apartaban de él. Taran no
sabía si su aparición la había sorprendido, pero si lo estaba la única señal que dio fue
inclinarse un poco más hacia adelante y observarle con más atención. Su holgada túnica
aleteaba alrededor de sus rodillas. Orddu asintió rápidamente con la cabeza,
evidentemente satisfecha, y los alfileres y broches enjoyados que adornaban su revuelta
cabellera brillaron débilmente.
—¡Sí, y así es! —exclamó Orddu con voz afable— Ay, sí, mi querido pajarito y el…,
bueno, el como-le-llames. Pero qué alto estás, patito. Oh, si alguna vez quieres meterte
en una madriguera de conejo debe de resultarte muy incómodo, ¿verdad? Entra, entra —
se apresuró a decir haciéndole señas—. Qué pálido estás, pobre cosita. No habrás estado
enfermo, ¿eh?
Taran la siguió con cierto resquemor mientras Gurgi se aferraba a él temblando
inconteniblemente.
—Cuidado, cuidado —gimoteó Gurgi—. Las cálidas bienvenidas hacen que al pobre
Gurgi se le hielen las espinillas.
Taran entró en la choza y tuvo la impresión de que las tres hechiceras habían estado
muy atareadas con las faenas domésticas. Orgoch estaba sentada en un taburete con la
capucha negra ocultándole los rasgos e intentaba alisar los enredados vellones de lana
que sostenía sobre su regazo, aunque no parecía tener mucho éxito. Orwen —si es que
de ella se trataba— hacía girar la considerablemente torcida rueda de un torno para hilar.
Las hebras de un blanco lechoso que colgaban de su cuello parecían correr un serio
peligro de quedar atrapadas en los radios de la rueda. Taran supuso que Orddu debía de
haber estado ocupándose del bastidor que se alzaba entre montones de viejas armas
oxidadas en un rincón de la choza. El tapiz del bastidor mostraba cierta cantidad de
trabajo invertida en él, pero aún le faltaba mucho para estar terminado. Las hebras se
retorcían y se anudaban sobresaliendo de él en todas direcciones, y lo que parecían
enredos como los que Orgoch intentaba alisar eran claramente visibles en el tramado.
Taran no logró distinguir ningún dibujo, aunque había momentos en que le parecía ver
borrosas siluetas tanto humanas como animales que se retorcían y serpenteaban a lo
largo y ancho de todo el tapiz, y acabó pensando que quizá fueran algún engaño de sus
ojos.

Scroll al inicio