aldiss_brian_w_-_verano_de_heliconia 1.69 Mb
El hombre es todo simetría
y proporciones, un miembro con otro,
y todos además con todo el mundo;
hermanas son las partes más distantes;
pues la cabeza y el pie tienen amistad,
y ambos con las lunas y mareas
Más sirvientes tiene el hombre
que él desconoce: en todo sendero
aplasta aquello que lo favorece
cuando la enfermedad lo debilita.
Ah, poderoso amor. El hombre es un mundo
y tiene otro que lo atiende.
GEORGE HERBERT, Hombre
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Las olas subían la pendiente de la playa, caían hacia atrás, y regresaban.
En el mar, a poca distancia, una masa rocosa coronada de vegetación interrumpía la procesión del
oleaje. Señalaba la división entre aguas someras y profundas. Esa roca había sido parte de una montaña
situada tierra adentro, hasta que las convulsiones volcánicas la habían arrojado a la bahía.
Esa roca estaba ahora domesticada por un nombre. Se la conocía como la Roca de Linien, y en honor
de esta, la bahía y sus alrededores recibían el apelativo de Gravabagalinien. Mas allá estaban los
trémulos azules del Mar de las Águilas. La arena agitada enturbiaba las olas que rompían contra la costa
dispersándose en ráfagas de espuma blanca. La espuma subía corriendo la cuesta para hundirse luego,
voluptuosamente, en la playa.
Después de rodear el bastión de la Roca de Linien, las olas convergían desde distintos ángulos,
chocaban con redoblado vigor y giraban en torno de las patas de un trono dorado que cuatro phagors
depositaban en ese momento sobre la arena. Los diez dedos rosados de los pies de la reina de Borlien se
hundieron en el agua.
Los descornados seres de dos filos permanecieron inmóviles. A pesar de lo mucho que temían el agua,
apenas con un leve estremecimiento de sus orejas permitieron que el agua lechosa les hirviera alrededor
de los pies.
Aunque hablan traído la carga real desde el palacio de Gravabagalinien, a media milla, no parecían
fatigados. El calor era intenso, pero no se mostraban incómodos. Y tampoco revelaron interés cuando la
reina caminó desnuda desde el trono hasta el mar.
Mas atrás de los phagors, sobre la arena seca, el mayordomo del palacio supervisaba a dos esclavos
humanos que armaban una tienda y la cubrían luego con brillantes alfombras madi.
Pequeñas olas jugueteaban alrededor de los tobillos de la reina MyrdemInggala. Los campesinos de
Borlien la llamaban “reina de reinas”. Con ella estaban la hija que había tenido con el rey, la princesa
Tatro, y algunos de sus fieles acompañantes.
La princesa gritaba y saltaba de excitación. A la edad de dos años y tres decimos, consideraba el mar
como un amigo enorme y sin mente.
-¡Oh, mira esa ola que viene, madre! ¡La más grande hasta ahora! Y la siguiente…, aquí viene… ¡Oooh!
¡Un monstruo grande como el cielo! ¡Cada vez más grandes! Más grandes, madre, ¡mira, madre! Mira
esta, mira, va a estallar y… ¡Oh, aquí llega otra aun más inmensa! ¡Mira, mira, madre!
La reina asintió con gravedad ante el regocijo de su hija, entre olas pequeñas y tranquilas, y elevo la
mirada hacia la distancia. Nubes de color pizarra se amontonaban en el horizonte sur, anunciando la
próxima estación dc los monzones. Las aguas profundas tenían una resonancia que la palabra "azul" no
podía describir con exactitud. La reina veía celeste, aguamarina, turquesa, viridiana. Llevaba en un dedo
el anillo que le había vendido un mercader de Oldorando, con una piedra -única y de origen
desconocido- que reproducía los colores del mar por la mañana. Sentía que su vida, y la de su hija, eran
a la existencia como esa piedra al océano.
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De esa reserva de vida procedían las olas que encantaban a Tatro. Para la niña cada ola era un
acontecimiento distinto, y lo experimentaba sin relación con el anterior y el siguiente. Cada ola era
única. Tatro se demoraba aun en el eterno presente de la infancia.
Para la reina las olas representaban una operación continua, no solo del océano sino del proceso
mundial. Ese proceso incluía el rechazo de ella por su marido, los ejércitos en marcha en el horizonte, el
calor creciente y la vela que día tras día ansiaba ver en el mar. No podía escapar de ninguna de esas
cosas. Pasadas o futuras, estaban implícitas en su peligroso presente.
Dijo adiós a Tatro, corrió hacia adelante y se zambullo en el agua. Se alejaba de la pequeña figura que
vacilaba en la playa para desposarse con el océano. El anillo relucía mientras sus manos cortaban la
superficie y nadaba hacia afuera.
El agua le rodeaba los miembros refrescándolos con lujuria. La reina sentía la energía del océano. Al
frente, una línea de blancas rompientes señalaba la división entre las aguas de la bahía y el mar, en
donde fluía una gran corriente hacia el oeste, separando las calurosas tierras de Campannlat de las
heladas de Hespagorat y rodeando el mundo. MyrdemInggala nunca trasponía esa línea si no era
acompañada por sus familiares.
Estos acudían ahora, atraídos por el olor de su feminidad. Se acercaban nadando. La reina se reunió
con ellos; hablaban en una lengua orquestal que para ella aun era ajena. Le advertían que algo -algo
desagradable- estaba a punto de ocurrir. Algo que emergería del mar, su reino.
El exilio había traído a la reina a este desamparado punto del extremo sur de Borlien, Gravabagalinien,
Gravabagalinien la Antigua, encantada por un ejercito espectral que mucho antes había perecido allá.
Ese era todo su reducido reino. Y sin embargo, había descubierto otro reino, en el mar. Había sido por
casualidad, un día en que había entrado al mar durante el periodo menstrual. En el agua, su olor había
atraído a sus familiares. Estos se convirtieron luego en sus compañeros cotidianos, y en su consuelo por
todo lo que había perdido y por todo lo que la amenazaba.
Escoltada por las criaturas, MyrdemInggala flotaba sobre su espalda, con las partes más delicadas de
su cuerpo expuestas al calor de Batalix. El agua zumbaba en sus oídos. Tenía pechos pequeños, pezones
color canela, caderas anchas, cintura angosta. EL sol resplandecía sobre su piel. Sus acompañantes
humanos estaban cerca. Algunos nadaban junto a la Roca de Linien, otros en línea paralela a la playa;
todos, de manera inconsciente, tenían a la reina como Punta de referencia. Sus voces competían con el
estrépito de las olas.
Lejos de la costa, mas allá de los desechos marinos, mas allá de los acantilados, se erguía el blanco y
dorado palacio de Gravabagalinien, donde la reina en el exilio aguardaba el divorcio o el asesinato. A
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los ojos de los nadadores parecía una casa de juguete.
En la playa, los phagors permanecían quietos. Mar adentro, una vela estaba inmóvil. Las nubes del sur
no se movían. Todo esperaba.
Pero el tiempo avanzaba. La medialuz se aproximaba a su fin; ninguna persona de rango, en esas
latitudes, se exponía al cielo abierto cuando los dos soles estaban en lo alto. Y mientras transcurría la
medialuz, las nubes se tornaban más amenazantes y la vela se inclinaba hacia el este, acercándose al
Puerto de Ottassol.
A su debido tiempo, las olas trajeron un cadáver humano con ellas. Ese era el hecho desagradable
anunciado por los familiares, que gemían de disgusto.
El cuerpo rodeo la Roca de Linien, como si todavía poseyera vida y voluntad, y fue arrojado a las
aguas bajas. Allí quedó extendido, boca abajo. Un ave marina se poso en su hombro.
MyrdemInggala vio el destello blanco y se acerco para inspeccionar. Una de las damas de su corte ya
estaba allí y miraba horrorizada el extraño pez. Su denso pelo negro, empapado de agua salada, formaba
mechones puntiagudos. Un brazo, quizá roto, le rodeaba el cuello. El sol secaba ya su carne arrugada
cuando la sombra de la reina cayó sobre ella.
El cuerpo estaba hinchado por la putrefacción. Unos diminutos camarones se desplazaron velozmente
en el agua para alimentarse de una rodilla rota. Con el pie, la dama de la corte dio vuelta el cadáver, que
cayó sobre la espalda. Olía mal.
Una masa bullente de peces cuchara colgaba del rostro, devorando los huecos de la boca y los ojos. Ni
siquiera bajo el brillo de Batalix interrumpieron su tarea.
La reina se volvió velozmente al oír los pasos de unos pies pequeños. Tomó a Tatro y la alzo por
encima de su cabeza; luego la besó y le sonrió para tranquilizarla y se alejó por la playa. Mientras lo
hacia llama a su mayordomo.
-¡ScufBar! Quita eso de ahí. Hazlo quemar tan pronto como puedas. Fuera de las viejas murallas.
El criado se puso de pie a la sombra de la tienda, quitándose la arena del charfrul.
-De inmediato, señora -dijo.
Mas tarde la reina, movida por la ansiedad, encontró otro medio para eliminar el cadáver.
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-Conozco cierto hombre en Ottassol. Llévaselo-dijo a su pequeño mayordomo, clavándole la mirada-.
Compra cuerpos. Y también te daré una carta, aunque no para el anatomista. A este ultimo no debes
decirle de donde vienes, ¿has comprendido?
-¿Quién es ese hombre, señora? -ScufBar parecía la imagen misma de la renuencia.
-Se llama CaraBansity. No debes mencionar mi nombre. Tiene fama de hombre astuto.
Se esforzó por ocultar su turbación ante los criados, sin imaginar que un día su honor estaría en manos
de CaraBansity.
Debajo del chirriante palacio de madera había un panal de fríos sótanos. Algunos estaban repletos de
bloques de hielo, cortados de un glaciar del lejano Hespagorat.
Cuando los dos soles se pusieron, el mayordomo ScufBar descendió al sótano llevando sobre la cabeza
una linterna de aceite de ballena. Un niño esclavo lo seguía asido al ruedo de su charfrul para no caer.
En su deseo de protegerse contra una vida laboriosa, ScufBar había desarrollado un vientre prominente,
un pecho hundido y unos hombros redondeados, como para proclamar su insignificancia, eludiendo de
ese modo nuevas obligaciones. Pero esta vez, la protección no había servido. La reina tenia un encargo
para él.
Se puso un delantal y unos guantes de cuero. Apartando las esteras que cubrían una pila de bloques,
entrego la linterna al chico y tomo una piqueta para hielo. Con dos golpes desprendió un trozo del
bloque más cercano.
Alzándolo y quejándose, para convencer al chico de lo pesado que era, subió lentamente la escalera.
Hizo que el esclavo cerrara la puerta. Unos perros de tamaño monstruoso lo recibieron; erraban sin cesar
por los oscuros corredores. Conocían a ScufBar y no ladraron.
Cargando el hielo, traspuso una puerta trasera que daba al aire libre. Esperó hasta oír que el chico
esclavo corría el cerrojo en el interior. Solo entonces empezó a cruzar el patio.
En lo alto brillaban las estrellas, y un ocasional destello violeta de la aurora alumbró su camino hasta
los establos por debajo de un arco de madera. Sintió el olor penetrante del estiércol de hoxney.
Un mozo de cuadra aguardaba tembloroso en la oscuridad. Todo el mundo estaba inquieto en
Gravabagalinien después del crepúsculo, se decía que entonces los soldados del ejercito muerto salían a
buscar octavas de tierra favorables. Una hilera de hoxneys castaños piafaba en la oscuridad.
-¿Esta listo mi hoxney, muchacho?
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-Sí.
El mozo había preparado un hoxney de carga para el viaje de ScufBar. Había asegurado sobre el lomo
del animal un largo cesto de mimbre, especial para transportar mercancías que debían ser enfriadas con
hielo. Con un quejido final, ScufBar deslizó el bloque de hielo en el cesto, sobre una capa de aserrín.
-Ahora ayúdame con el cuerpo, y sin remilgos.
El cadáver que había sido arrojado a la bahía estaba en un rincón del establo, en medio de un charco de
agua salada. Los dos hombres lo arrastraron, y luego de alzarlo, lo ubicaron sobre el hielo. Con cierto
alivio, aseguraron la tapa del cesto.
-Que horrible cosa helada- dijo el mozo de cuadra, tocándose las manos en el charfrul.
-A poca gente le agrada un cadáver humano -dijo ScufBar, mientras se quitaba los guantes y el
delantal-. Es una suerte que el deuteroscopista de Ottassol sea uno de esos pocos.
Salió del establo con el hoxney y pasó ante la guardia del palacio; caras hirsutas lo miraron con
inquietud desde una garita junto a la muralla. El rey no había dado a la reina desdeñada, para su
protección, mas que ancianos o personas en quienes ella no podía confiar. El mismo ScufBar se sentía
inquieto, y no cesaba de mirar alrededor. Hasta el lejano estruendo del mar lo ponía nervioso. Una vez
que hubo abandonado el palacio, se detuvo, respiró y miró hacia atrás.
La masa de aquel parecía recortada contra el brillo de las estrellas. Solo una luz, en cierto lugar, ponía
un punto en la oscuridad. Allí era posible distinguir la figura de una mujer de pie en un bacón, mirando
hacia el interior. ScufBar asintió para sus adentros, se dirigió al camino de la costa y tironeó de la
cabeza del hoxney hacia el este, en dirección a Ottassol.
La reina MyrdemInggala había llamado a su mayordomo mas temprano que de costumbre. Aunque era
una persona religiosa, la superstición pesaba en ella y el descubrimiento del cadáver la turbaba hasta el
punto de considerarlo como un augurio de su propia y amenazadora muerte.
Dio el beso de las buenas noches a la princesa TatromanAdala y se retiró a rezar. Esa noche, Akhanaba
no le dio consuelo, aunque ella había concebido un sencillo plan para utilizar inteligentemente el
cadáver.
Temía lo que pudiera hacer el rey, a ella y a su hija. Estaba desprotegida contra su ira, y comprendía
claramente que mientras viviera, su popularidad seria un riesgo para él. Había una persona que podía
defenderla, un joven general; le había enviado una carta.
Pero él estaba combatiendo en las Guerras Occidentales y no había respondido.
Ahora ella le enviaba otra carta, al cuidado de ScufBar. En Ottassol, a cien millas de distancia, su
marido y uno de los enviados del Santo Imperio Pannovalano eran esperados en breve. El enviado se
llamaba Alam Esomberr, y traería consigo una declaración de divorcio que ella debería firmar. Pensar en
ese instante le produjo un estremecimiento.
Su carta estaba dirigida a Alam Esomberr; le pedía protección contra su marido. Un mensajero sería
detenido por alguna patrulla del rey; un hombre grueso con un animal de carga pasaría inadvertido.
Nadie que inspeccionara el cadáver pensaría en buscar una carta.
La carta no era para el enviado Esomberr sino para el Santo C'Sarr. El C'Sarr tenía motivos para
sentirse disgustado con el rey, y con coda seguridad estaría dispuesto a amparar a una piadosa reina en
desgracia.
De pie en el bacón, descalza, contemplaba la noche. Se rió de si misma por depositar su confianza en
una carta, cuando el mundo entero tal vez estaba a punto de incendiarse. Dirigió su mirada hacia el
horizonte del norte. Allí, el Cometa de YarapRombry ardía: para algunos era el símbolo del exterminio,
para otros el de la salvación. Un ave nocturna llama. La reina escuchó el sonido incluso después de que
este hubo muerto, como se mira un cuchillo que cae inevitablemente en aguas claras.
Cuando estuvo segura de que el mayordomo estaba en camino, retorno a su cama y corrió las cortinas
de seda que la rodeaban. Permaneció recostada allí, con los ojos abiertos.
En la oscuridad, el polvo del camino de la costa parecía blanco. ScufBar se movía dificultosamente
junto a su cargamento, mirando en torno con ansiedad. Incluso así no pudo dejar de sorprenderse cuando
una figura se materializó en la sombra y le ordeno que se detuviera.
El hombre estaba armado y llevaba ropas militares. Era uno de los soldados del Rey JandolAnganol, y
le pagaban por vigilar a toda persona que entrara o saliera por orden de la reina. Olió el cesto. ScufBar
explico que iba a vender el cadáver.
-¿Tan pobre es la reina?-preguntó el guardia, y dejó pasar a ScufBar.
ScufBar prosiguió su marcha, atento a cualquier sonido que no fuera el crujir del cesto. La costa estaba
llena dc contrabandistas, y de cosas peores. Borlien participaba en las Guerras Occidentales contra
Randonan y Kace, y bandas de soldados, incursores o desertores, asolaban el interior.
Después de dos horas, ScufBar condujo al hoxney hasta un árbol que extendía sus ramas sobre el
camino. Este se empinaba ahora, para unirse con el del sur, el cual corría desde Ottassol, hacia el oeste,
hasta la frontera con Randonan.
Llegar a Ottassol llevaría las veinticinco horas del día, completas; pero había maneras más agradables
de viajar que ir caminando junto a un hoxney cargado.
Después de atar el animal, ScufBar trepo a una rama baja y esperó. Se quedó dormido.
Lo despertó el rumor de un carro que se acercaba; se deslizó al suelo y aguardó junto al camino,
agazapado. La trémula luz de la aurora, en lo alto, le permitió reconocer al viajero. Silbó; oyó un silbido
en respuesta, y el carro se detuvo sin prisa.
El dueño del carro era un viejo amigo de ScufBar, llamado FloerCrow, quien procedía de la misma
región de Borlien. Todas las semanas, durante el verano del año pequeño, transportaba al mercado los
productos de las granjas locales. FloerCrow no era un hombre muy sociable, pero estaba dispuesto a
conducir a ScufBar hasta Ottassol a cambio de la ventaja de disponer de otro animal que ayudara a tirar
del carro por turnos.
El carro se detuvo el tiempo suficiente para que el hoxney de carga fuera atado al vasal posterior y para
que ScufBar trepara, no sin dificultad. FloerCrow hizo chasquear el látigo, y el vehículo avanzo. Un
paciente hoxney de color castaño apagado tiraba de él.
A pesar del calor de la noche, FloerCrow llevaba un sombrero de ala ancha y un grueso manto. A su
lado, en un soporte de hierro, había una espada. Su carga consistía en cuatro cochinillos negros,
nísperos, gwing-gwings y un montón de hortalizas. Los desvalidos cochinillos colgaban en unas redes
fuera del carro. ScufBar se acomodo contra el respaldo de tablas y durmió con el gorro sobre los ojos.
Despertó cuando las ruedas comenzaron a atronar sobre surcos endurecidos. El alba desteñía las
estrellas mientras Freyr se preparaba para aparecer. La brisa traía el olor de las viviendas humanas.
Aunque la oscuridad se pegaba a la tierra, los campesinos, sombríos y silenciosos, ya se dirigían a los
campos. En ocasiones los instrumentos que llevaban producían un ruido metálico. Su paso firme, sus
cabezas inclinadas, recordaban la fatiga con que habían retornado al hogar la noche anterior.
Hombres, mujeres, jóvenes, viejos, los campesinos se movían en diversos niveles; algunos por encima
del camino, otros por debajo. El paisaje, como se revelaba poco a poco, estaba formado por cuñas,
barrancos, paredones, todo del mismo color castaño opaco que los hoxneys. Los campesinos habitaban
la gran llanura de loess que constituía el centro sur del continente tropical de Campannlat. La llanura
corría hacia el norte, casi hasta la frontera de Oldorando, y al este del río Takissa, donde se encontraba
Ottassol. El rico suelo había sido trabajado por innumerables campesinos a lo largo de incontables años.
Se habían construido terraplenes, muros y presas, destruidos y reconstruidos una y otra vez por
sucesivas generaciones. Incluso en tiempos de sequía, como el presente, era preciso que trabajaran el
loess aquellos cuyo destino era obtener cosechas del suelo.
-¡Ho! -grito FloerCrow, mientras el carro entraba en un pueblo junto al camino.
Gruesas paredes de loess protegían de los ladrones el amontonamiento de viviendas. Los monzones del
año anterior habían roto y desmoronado las puertas, que aún estaban sin reparar. Aunque la oscuridad
todavía era intensa, no se veían luces en ninguna ventana. Gallinas y gansos merodeaban bajo las
remendadas murallas de barro, donde había pintados símbolos religiosos apotropaicos.
Una cocina encendida junto a la puerta proporcionaba un motivo de regocijo. El viejo vendedor
encargado de ella no necesitaba vocear su mercancía; esta exhalaba un aroma que bastaba para
anunciarla. Era un vendedor de waffles. Un flujo regular de campesinos se los compraba para comerlos
(camino del trabajo).
FloerCrow puso un dedo en las costillas de ScufBar y señaló con su látigo en dirección al vendedor.
ScufBar entendió la insinuación. Descendió del carro y fue a comprar el desayuno. Los waffles pasaban
directamente de las ardientes quijadas de la wafflera a las manos de los compradores. FloerCrow comió
el suyo con voracidad y se echo a dormir en la parte posterior del carro. ScufBar cambió los hoxneys,
aferró las riendas y puso otra vez en marcha el carro.
El día avanzaba. Otros vehículos aparecían en el camino. El paisaje cambió. Durante un trecho la
senda corría tan por debajo del nivel del suelo que solo se veían paredones castaños. En otro momento
pasaron por la parte superior de un embalse, y luego se hizo visible un amplio paisaje cultivado.
La llanura se extendía en todas direcciones, lisa como una mesa, punteada de figuras agachadas.
Prevalecían las líneas rectas. Los campos y las terrazas eran cuadrados. Había arboledas. Los ríos habían
sido desviados a canales; hasta las velas de las embarcaciones eran de forma rectangular.
Cualquiera que fuese el paisaje, cualquiera que fuese el calor -la temperatura de ese día era de varios
cientos-, los campesinos trabajaban mientras hubiera luz en el cielo. Los cultivos de hortalizas, frutas, y
el más provechoso de todos, el de verónica, debían ser atendidos. Las espaldas seguían encorvadas,
hubiese uno o dos soles.
El despiadado brillo de Freyr contrastaba con el opaco rostro rojo de Batalix. Nadie podía dudar cual
de los dos era el amo del cielo. Los viajeros que venían desde Oldorando, mas cerca del ecuador,
hablaban de bosques que reventaban en llamas a la orden de Freyr. Muchos creían que Freyr devoraría
el mundo muy pronto; sin embargo, aún era preciso emplear el azadón, y el agua goteaba junto a las
plantas delicadas.
El carro se acercaba a Ottassol. Ya no se veían aldeas. Solo campos, extendiéndose hasta un horizonte