El baron rampante

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De las tres fábulas de Ítalo Calvino (San Remo, 1923) que componen el ciclo Nuestros antepasados, acaso El barón rampante sea la más redonda y perfecta. Y no sólo a causa de su extensión, que duplica con creces la de los otros dos relatos, sino por su complejidad, por su entidad de obra en sí, al margen de las otras dos.

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De las tres fábulas de Ítalo Calvino (San Remo, 1923) que componen el ciclo Nuestros antepasados, acaso El barón rampante sea la más redonda y perfecta. Y no sólo a causa de su extensión, que duplica con creces la de los otros dos relatos, sino por su complejidad, por su entidad de obra en sí, al margen de las otras dos. Tanto el Medardo de El vizconde demediado como el Agilulfo de El caballero inexistente son ideas, símbolos, esquemas, que su autor echa a andar mundo adelante como «enxemplos morales» de una humana condición escindida, falta de identidad; mientras que el Cósimo de El barón rampante es todo un personaje, de los pies a la cabeza, y a su alrededor va creciendo, con el progresar de las páginas del libro, todo un mundo fascinante, articulado y coherente.
El barón rampante, la segunda cronológicamente de las novelas del ciclo (escrita en 1956-1957) surgió, confiesa el propio Calvino, como concreción de su verdadero tema narrativo: «Una persona se fija voluntariamente una difícil regla y la sigue hasta sus últimas consecuencias, ya que sin ella no sería él mismo ni para sí ni para los otros.»
Y eso es lo que hace Cósimo Piovasco de Rondó, a la temprana edad de doce años, cuando el 15 de junio de 1767, rebelándose contra la tiranía familiar, se encarama a una encina del parque de la casa paterna. El impulso, en principio irracional, queda formulado en palabras y esboza sus primeras reglas ese mismo día, cuando Cósimo se encuentra con la niña de los marqueses de
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Ondariva, vecinos no muy amistosos de los Rondó. Y una vez explicitada la resolución, la magia del verbo se suma a la inicial cabezonada y Cósimo engrosa las filas del «sostenella y no enmendalla», pues para eso es honrado y principal…
Pero este sostenella del baroncito de Rondó no es mero empeño terco, ni sólo testarudez obstinada. Una vez decidido a pasar su vida sobre los árboles, el protagonista de El barón rampante no se desentiende del mundo que tiene a sus pies. La novela no nos habla de una huida de las relaciones humanas, de la actividad, de la política. Cósimo, en sus árboles, es más homo faber que sus inútiles congéneres de la nobleza dieciochesca; se niega a caminar por tierra como los demás, pero no es un misántropo, sino un hombre consagrado de continuo al bienestar de los otros —tras haberse asegurado el propio, con los deliciosos inventos que llenan los primeros capítulos del libro—, inserto en el movimiento de su época, que aspira a participar en todos y cada uno de los aspectos de la vida: desde el progreso de las técnicas a la administración local, desde la política a la vida galante. Como dice Calvino en el prólogo a la edición de / nostri antenati (junio de 1960): «…El único camino para estar con los otros de verdad era estar separado de los otros, imponer tercamente a sí y a los otros esa incómoda singularidad y soledad en todas las horas y en todos los momen-tos de su vida, como es la vocación del poeta, del explorador, del revolucionario.»
Aunque la intervención central de la novela es pura fantasía, queda ligada, sin embargo, con refinada desenvoltura a los acontecimientos históricos que sacudieron los años finales del siglo XVIII y los albores del XIX. Cósimo, que pasa en los árboles más de medio siglo —cincuenta y tres años, para ser más exactos—, participa desde su mundo vegetal en las conmociones producto de la Revolución francesa, de las invasiones napoleónicas; se entrevista con el mismísimo Napoleón en una de las páginas más brillantemente irónicas del libro, y despide desde su superior atalaya al tolstoiano príncipe Andrei, el cual le aporta —con su conciencia de hacer una cosa horrible, la guerra, por unos ideales que no sabría explicarse a sí mismo— una confirmación de que allá arriba en los árboles el barón de Rondó está haciendo algo bueno, aunque tampoco sepa a veces explicarse a sí mismo sus ideales.
El «pasatiempo privado» que para Ítalo Calvino había constituido la escritura de El vizconde demediado, asciende a categoría narrativa en El barón rampante. ¿Cómo nace el libro? «También en este caso —son palabras de Calvino— tenía hacía tiempo una idea en la cabeza: un muchacho que sube a un árbol; sube, ¿y qué le ocurre? Sube, y entra en otro mundo. No: sube y encuentra personajes extraordinarios. Esto es: sube, y de árbol en árbol viaja días y días, más aún, nunca vuelve a bajar, se niega a descender al suelo, pasa en los árboles toda su vida. (…) El hombre completo, que en El vizconde demediado yo no había aún propuesto claramente, aquí en El barón rampante se identificaba con quien rea-liza su plenitud sometiéndose a una ardua y reductiva disciplina voluntaria.»
En el curso de la composición, al autor le ocurre algo desacostumbrado: tomar en serio a su personaje, creer en él, identificarse con él. ¿Cuánto tiene Ítalo Calvino de Cósimo de Rondó, es decir, de quien toma sus distancias respecto a sus semejantes, sin que esa toma de distancia excluya el compromiso? En una entrevista de hace un par de años («Cuadernos para el Diálogo, núm. 210, 13 de mayo de 1977, pág. 78), Calvino afirmaba: «Debo
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tener bastante, sí, aunque yo no programé la novela para decir eso; fue después de escribirla cuando descubrí que el personaje se me parece bastante…, porque el barón es un personaje que participa en la vida de todo el mundo, pero guarda una distancia, porque ocurre que los poetas pueden ser también revolucionarios; es una distancia necesaria que permite ver mejor las cosas, estar fuera y dentro de ellas al mismo tiempo.»
Quizá la parábola del hombre trepador sea la respuesta que Calvino, salido de las filas del PCI por los años de la redacción del libro, en 1957, cuando los sucesos de Hungría, quiso dar a quienes le acusaban de hurtar el cuerpo a sus obligaciones de intelectual orgánico. En el fondo, El barón rampante es una afirmación de optimismo histórico, pues en la novela, según su autor, se trata sólo «de encontrar la relación justa entre la conciencia individual y el curso de la historia».
En El barón rampante, cuya peripecia no voy a desentrañar —cincuenta y tantos años en las copas de los árboles dan para mucho, incluyendo toda una educación sentimental—, el autor vuelve sobre el tema roussoniano de la libertad en la Naturaleza, de la bondad innata del hombre, de las excelencias del instinto; a ellas se contrapone la opresión de las instituciones creadas por la sociedad: la familia, la ley, la educación. Curiosamente la cultura, despreciada por Cósimo al principio, vuelve pronto por sus fueros. Diríase que Cósimo se siente más libre cuanto más culto sea, y se convierte por propia iniciativa en un enciclopedista, aunque arbóreo, eso sí. La cultura desempeña, pues, un papel fundamental en esa búsqueda de la plenitud que el baroncito emprende nada más trepar al primer árbol. Y, paradójicamente, el «hombre-pájaro de Ombrosa» discurseará ante quienes desde abajo le escuchan sobre las virtudes de la Razón Universal y preparará un «Proyecto de Constitución de un Estado ideal fundado en los árboles», donde describe la imaginaria República de Arbórea, habitada por hombres justos. La calidad de solitario de Cósimo de Rondó se ve confirmada por el epílogo que nunca escribió para su «Proyecto de Constitución», ya que la obra quedó inacabada; «El autor, tras fundar el Estado perfecto en lo alto de los árboles y convencer a toda la humanidad de que se estableciera en ellos y viviera feliz, bajaba a habitar en la tierra, que se había quedado desierta.»
Este empecinamiento del protagonista en su soledad acompañada lo ejemplifican a la perfección los dos capítulos —XVII y XVIII—, donde se narra la convivencia de Cósimo con los españoles que también habitan en los árboles en una comarca cercana a Ombrosa, Olivabassa. Para Calvino, este episodio estaba muy claro desde el principio: el contraste entre quienes se encuentran en los árboles por motivos contingentes y, desaparecidos estos motivos, descienden de ellos, y el «rampante» por vocación interna, que se queda en los árboles incluso cuando ya no hay ningún motivo externo para permanecer allí. El motivo es más hondo, claro: el ajustarse a la «difícil regla» de que hablábamos al principio de estas líneas.
La lectura de El barón rampante, bajo la primera impresión de facilidad, es un ejercicio difícil y rico: Calvino nos obliga a coger al vuelo sugerencias, alusiones, guiños al lector y la permanente ironía que brota de sus páginas. La peripecia se encuadra perpetuamente en un marco burlesco —son ejemplares, en este sentido, las páginas del capítulo XII en las que el terrible bandido Gian dei Brughi llora y se desespera porque sus compinches le han arrebatado el
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ejemplar de la Clarisa, de Richardson, que estaba leyendo—, pero el personaje central, saliéndose del marco de la peripecia, va configurando un retrato moral, con connotaciones culturales muy concretas: los ilustrados y jacobinos italianos de finales del siglo XVIII.
Al centrarme en Cósimo Piovasco de Rondó he dejado en la sombra a los otros personajes que se azacanan por estas páginas en torno al barón. Quizá la característica que tienen en común es la de ser todos ellos solitarios —incluso la misma Viola, el personaje femenino, enteramente pasional, caprichosa, incoherente, siempre en busca de la totalidad, del amor absoluto—: lo es Gian dei Brughi, lo es sobre todo el Caballero Abogado, que recuerda en muchos de sus aspectos al doctor Trelawney de El vizconde demediado, lo son los padres de Cósimo, entregado cada cual a sus inocentes y absorbentes manías… Pero, a diferencia de todos ellos, el barón organizará perfectamente su soledad en lo alto de las ramas, alcanzando en su mínimo reducto una totalidad antes desconocida: «En sus solitarias vueltas por los bosques, los encuentros humanos eran, aunque escasos, tales que se imprimían en el ánimo, encuentros con gente que entre nosotros no se ve.» Toda esa gente que la nobleza ombrosense no veía, constituye una especie de coro para las aventuras del barón, y en conjunto sus historias son un canto a la solidaridad de Cósimo con el resto de los seres de este bajo suelo… Remata la nómina de personajes el yo-narrador, el oscuro Biagio, hermano del protagonista y fiel transcriptor de su vida y milagros. Al igual que en las otras novelas del ciclo, Calvino recurre aquí a un elemento narrativo que mediante la primera persona —aproximadora y lí-rica— corrija la frialdad objetiva propia del narrar fabuloso; y la personalidad de este yo-narrador tiene una explicación concretísima que nos da el propio Calvino, en el prólogo ya citado: «Para El barón rampante tenía el problema de corregir mi impulso demasiado intenso a identificarme con el protagonista, y puse en práctica el bien conocido dispositivo Serenus Zeitblom; es decir, desde las primeras frases presenté como "yo" un personaje de carácter antitético al de Cósimo, un hermano sosegado y lleno de buen sentido.» Narrador que sólo al final, en las ultimísimas frases de la novela, parece interrogarse sobre su sensatez: «Este hilo de tinta…, que corre y corre y se devana y envuelve un último racimo insensato de palabras, ideas, sueños, y se acabó.»
Para cerrar esta breve invitación a adentrarse por el fabuloso mundo de Calvino, quiero traer aquí un texto del autor: la reflexión de Marco Polo en su conversación con Kublai Kan en Las ciudades invisibles (Ed. Minotauro, Buenos Aires): «El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo ya. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno. Y hacerlo durar, y darle espacio.» Cósimo Piovasco de Rondó, un ecologista avant la lettre, reconoció esa porción de no-infierno en el paisaje boscoso en el cual transcurrió su vida, entre el Piamonte y el mar.
esther benítez
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I
Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cósimo Piovasco de Rondó, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy. Estábamos en el comedor de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las espesas ramas de la gran encina del parque. Era mediodía, y nuestra familia por tradición se sentaba a la mesa a aquella hora, a pesar de estar ya difundida entre los nobles la moda, procedente de la poco madrugadora Corte de Francia, de comer a media tarde. Recuerdo que soplaba viento del mar y las hojas se movían. Cósimo dijo: «¡He dicho que no quiero y no quiero!», y rechazó el plato de caracoles. Nunca se había visto una desobediencia tan grave.
En la cabecera estaba el barón Arminio Piovasco de Rondó, nuestro padre, con peluca sobre las orejas a lo Luis XIV, anticuada como tantas cosas suyas. Entre mi hermano y yo se sentaba el abate Fauchelafleur, limosnero de nuestra familia y preceptor de nosotros dos. Delante teníamos a la generala Corradina de Rondó, nuestra madre, y a nuestra hermana Battista, monja doméstica. En el otro extremo de la mesa, frente a nuestro padre, se sentaba, vestido a la turca, el caballero abogado Enea Silvio Carrega, administrador e hidráulico de nuestras haciendas, y tío natural nuestro, como hermano ilegítimo de nuestro padre.
Hacía pocos meses, habiendo cumplido Cósimo los doce años y yo los ocho, habíamos sido admitidos a la misma mesa que nuestros padres; o sea que yo había salido favorecido en la misma hornada que mi hermano, antes de tiempo, porque no quisieron dejarme aparte comiendo solo. Favorecido lo he dicho por decir; en realidad tanto para Cósimo como para mí había terminado la buena vida, y añorábamos las comidas en nuestra habitación, nosotros dos solos con el abate Fauchelafleur. El abate era un viejecito seco y arrugado, que tenía fama de jansenista, y en efecto, había huido del Delfinado, su tierra natal, para librarse de un proceso de la Inquisición. Pero el carácter riguroso que todos acostumbraban a elogiar de él, la severidad interior que se imponía e imponía a los demás, cedían continuamente a una fundamental vocación por la indiferencia y el dejar pasar, como si sus largas meditaciones con la mirada clavada en el vacío no hubiesen conseguido más que tedio y desgana, y en cada dificultad, incluso mínima, viese la señal de una fatalidad a la que de nada valía oponerse. Nuestras comidas en compañía del abate comenzaban tras largas oraciones, con movimientos de cuchara comedidos, rituales, silenciosos, y ay del que levantara los ojos del plato o hiciera el más leve ruido sorbiendo el caldo…; pero al final de la sopa el abate ya estaba cansado, aburrido, miraba al vacío, daba chasquidos con la lengua a cada sorbo de vino, como si sólo las sensaciones más superficiales y efímeras consiguieran llegar hasta él; al segundo plato ya podíamos ponernos a comer con las manos, y terminábamos la comida arrojándonos corazones de pera, mientras el abate soltaba de vez en cuando uno de sus parsimoniosos: «Ooo bien…! Ooo alors…!»
Ahora, en cambio, en la mesa con la familia, tomaban cuerpo los rencores familiares, capítulo triste de la infancia. Nuestro padre, nuestra madre siempre allí delante, el uso de los cubiertos para el pollo, y estate derecho, y saca los
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codos de la mesa, ¡constantemente!, y además aquella antipática de nuestra hermana Battista. Comenzó una serie de reprimendas, de despechos, de castigos, de antojos, hasta el día en que Cósimo rechazó los caracoles y decidió separar su suerte de la nuestra.
Sólo más tarde me di cuenta de esta acumulación de resentimientos familiares; entonces tenía ocho años, todo me parecía un juego, nuestra guerra contra los mayores era la habitual de todos los chicos, no entendía que la obstinación que ponía mi hermano en ella ocultaba algo más hondo.
Nuestro padre el barón era un hombre fastidioso, la verdad, aunque no malvado; fastidioso porque su vida estaba dominada por ideas confusas, como sucede a menudo en épocas de cambio. Los tiempos agitados transmiten a muchos una necesidad de agitarse ellos también, pero totalmente al revés, o de forma desorientada: así, nuestro padre, con lo que entonces se estaba incubando, hacía alarde de pretensiones al título de duque de Ombrosa, y no pensaba más que en genealogías y sucesiones y rivalidades y alianzas con los potentados vecinos y lejanos.
Por eso en casa se vivía siempre como si estuviéramos en el ensayo general de una invitación a la Corte, no sé si a la de la emperatriz de Austria, del rey Luis, o quizá de aquellos montañeses de Turín. Nos servían un pavo, y nuestro padre observaba si lo trinchábamos y descarnábamos según todas las reglas reales, y el abate casi no lo probaba para no dejarse coger en un error, él que debía ayudar a nuestro padre en sus reprensiones. Del caballero abogado Carrega, en fin, habíamos descubierto su fondo de intenciones equívocas: hacía desaparecer muslos enteros bajo los faldones de su zamarra turca, para comérselos luego a mordiscos como le gustaba, escondido en la viña; y nosotros habríamos jurado (aunque nunca conseguimos pillarlo con las manos en la masa, de lo hábiles que eran sus movimientos) que se sentaba a la mesa con el bolsillo lleno de huesos ya descarnados, para dejarlos en el plato en lugar de los cuartos de pavo hechos desaparecer como por encanto. Nuestra madre la generala no contaba, porque usaba bruscos modos militares incluso al servirse en la mesa —«So! Noch ein wenig! Gut!»—, a los que nadie replicaba; pero con nosotros se comportaba, si no con etiqueta, con disciplina, y echaba una mano al barón con sus órdenes de plaza de armas —«Sitz' ruhig! ¡Y límpiate los morros!»—. La única que se encontraba a sus anchas era Battista, la monja doméstica, que descarnaba pollos con un ahínco extremo, fibra por fibra, con unos cuchillitos afilados que sólo tenía ella, parecidos a bisturís de cirujano. El barón, que acaso habría podido ponérnosla como ejemplo, no osaba mirarla, porque, con aquellos ojos espantados bajo las alas de la cofia almidonada, los dientes apretados en su amarilla carita de ratón, le daba miedo incluso a él. Se comprende, pues, que fuera la mesa el lugar donde salían a luz todos los antagonismos, las incompatibilidades entre nosotros, y también todas nuestras locuras e hipocresías; y que precisamente en la mesa se determinara la rebelión de Cósimo. Por esto me alargo al contarlo, puesto que, en la vida de mi hermano, ya no volveremos a encontrar ninguna mesa aparejada, podemos estar seguros.

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