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LA LITERATURA de ficción del Brasil es quizá la más rica de Suramérica, y sin duda la
menos divulgada en su propio continente. Es también la que más pronto extrae de sí misma una tradición que la enriquece y enraíza desde una época en que otros países latinoamericanosempezaban apenas un tímido balbuceo novelístico. Dejando de lado algunos intentos previosde relatos históricos, encontramos en Teixeira e Sousa, con su obra El hijo del pescador (1843), al primer novelista brasileño. A partir de ese libro aún precario la literatura de aquel paísencuentra en la narración una nueva forma de asomarse a un proceso social recién nacido.
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EL SECRETO DE AUGUSTA
I
SON LAS once de la mañana.
Doña Augusta Vasconcelos está reclinada sobre un sofá con un libro en la mano.
Adelaida, su hija, acaricia con los dedos el teclado del piano.
—¿Ya despertó papá? —pregunta Adelaida a su madre.
—No —responde ésta, sin alzar los ojos del libro.
Adelaida se levantó y se acercó a Augusta.
—Pero es tan tarde, mamá —dijo—. Son las once. Papá duerme demasiado.
Augusta dejó caer el libro en el regazo, y dijo mirando a Adelaida:
—Es que ayer se acostó muy tarde.
—Ya me he dado cuenta de que nunca puedo despedirme de papá cuando voy a
acostarme. Siempre está afuera.
Augusta sonrió.
—Eres una campesina —dijo—, te acuestas con las gallinas. Aquí las costumbres son
otras. Tu padre tiene asuntos para atender en las noches.
—¿Asuntos de política, mamá? —preguntó Adelaida.
—No sé —respondió Augusta.
Comencé diciendo que Adelaida era hija de Augusta, y esta información, necesaria en
la historia, no lo era menos en la vida real en que sucedió el episodio que voy a contar; porque
a simple vista nadie diría que se trataba de madre e hija; parecían dos hermanas, tan joven era
la mujer de Vasconcelos.
Tenía Augusta treinta años, y Adelaida quince; sin embargo, comparativamente la
madre parecía aún más joven que la hija. Conservaba la frescura de los quince años y tenía de
ventaja sobre Adelaida lo que a ésta le faltaba, y que era la conciencia de su belleza y juventud;
conciencia que sería loable si no tuviera como consecuencia una inmensa y profunda vanidad.
Su estatura era mediana, pero con todo, imponente. Era muy blanca y sonrosada, tenía los
cabellos castaños y los ojos claros. Las manos largas y bien hechas parecían creadas para las
caricias del amor. Augusta daba a sus manos mejor empleo: las calzaba de suave cabritilla.
Todos los encantos de Augusta se hallaban también en Adelaida, aunque en embrión.
Se podía adivinar que, a sus veinte años, Adelaida podría rivalizar con Augusta; pero, por
ahora, había en la muchacha un rezago de niña, que opacaba un tanto las gracias que le había
regalado la naturaleza.
Con todo, podía de sobra resultar atractiva a un hombre, sobre todo si fuese poeta, y
gustase de las vírgenes de quince años; incluso porque era un poco pálida, y los poetas en todas
las épocas han sentido siempre debilidad por las criaturas descoloridas.
Augusta vestía con suprema elegancia; gastaba mucho dinero, es verdad; pero sacaba
buen provecho de sus enormes derroches, si es que aquí cabe hablar de provecho. Hay que
hacerle justicia: Augusta no regateaba nunca; pagaba el precio que le pedían por las cosas.
Ponía en ello su orgullo, y pensaba que proceder de otro modo era ridículo y de baja condición.
En este punto, Augusta compartía los sentimientos Y servía los intereses de algunos
comerciantes, que consideran una deshonra hacer algún descuento en sus mercancías.
El proveedor de telas de Augusta solía decirle, cuando conversaban respecto a esto:
—Pedir un precio y luego entregar la tela por otro menor, es confesar que había
intención de estafar al cliente.
El proveedor prefería hacer la estafa sin confesión alguna.
Otro punto en que debemos ser justos con Augusta es en el de que no ahorraba
esfuerzos para buscar que Adelaida fuese tan elegante como ella.
No era tarea pequeña.
Desde los cinco años, Adelaida había sido criada en el campo, en casa de unos parientes
de Augusta, más interesados en el cultivo del café que en los gastos del vestuario. Adelaida fue
educada en esas costumbres y en esas ideas. Por eso al llegar a la Corte1 y reunirse con su
familia, experimentó una verdadera transformación. Pasó de una civilización a otra; debió vivir
de prisa lo que no había vivido en años. Su suerte era tener en su madre una excelente maestra.
Adelaida se transformó, y en el día en que comienza esta narración ya era otra; no obstante,
aún estaba lejos de ser como Augusta.
En el momento en que Augusta respondía a la curiosidad de su hija respecto a las
ocupaciones de Vasconcelos, un coche se detuvo en la puerta.
Adelaida corrió a la ventana.
—Es doña Carlota, mamá —dijo la muchacha, volviendo a entrar.
Unos minutos después entraba en la sala la referida doña Carlota. Los lectores se harán
una idea de este nuevo personaje con la simple indicación de que era un segundo tomo de
Augusta; bella, como ella; elegante, como ella; vanidosa, como ella.
Todo esto viene a significar que eran ambas las más afables enemigas que puedan
existir en este mundo.
Carlota venía a pedir a Augusta el favor de que fuera a cantar a su casa, en un concierto
planeado por ella con el fin de estrenar un maravilloso vestido nuevo.
Augusta accedió de buena gana al pedido.
—¿Cómo está tu marido? —preguntó a Carlota.
—Anda por la ciudad; ¿y el tuyo?
—El mío duerme.
—¿Cómo un justo? —preguntó Carlota, sonriendo maliciosamente.
—Así parece —respondió Augusta.
En este momento, Adelaida, que a pedido de Carlota había ido a tocar un nocturno en
el piano, se unió a la pareja.
La amiga de Augusta le preguntó:
—¿Me atrevo a pensar que ya tienes algún novio en proyecto?
La muchacha se sonrojó balbuciendo:
—No diga eso.
—¡Vamos, seguro que lo tienes! O en todo caso ya estás en edad de conseguirte un
novio, y desde ya te profetizo que será un buen mozo…
—¡Todavía es pronto! —dijo Augusta.
—¡Pronto!
—Sí, aún es muy niña. Se casará a su debido tiempo, y ese tiempo está lejos…
—Ya veo —dijo Carlota riendo—, quieres prepararla bien… Te aplaudo esa intención.
Pero, en ese caso, no le quites las muñecas.
—Ya no tiene muñecas.
—Entonces, te va a ser difícil impedirle los noviazgos. Una cosa reemplaza a la otra.
Augusta sonrió y Carlota se levantó para salir.
—¿Ya? —dijo Augusta.
—Debo irme; ¡Adiós!
—¡Adiós!
Intercambiaron algunos besos y Carlota se marchó.
1 El autor alude a la ciudad de Río de Janeiro, por esos años capital del Imperio bajo el reinado de Don Pedro II.
(N. del T)
A los pocos instantes aparecieron dos mensajeros: uno con algunos vestidos, el otro con
una novela; eran compras del día anterior.
Los vestidos eran carísimos, y la novela tenía este título: Fanny, por Ernesto Feydeau.
II
HACIA la una de la tarde del mismo día se levantó Vasconcelos de la cama.
Vasconcelos era un hombre de cuarenta años, bien parecido, dotado de un maravilloso
par de patillas grisáceas, que le daban un aspecto de diplomático, cosa de la que estaba alejado
unas buenas cien leguas. Tenía una cara risueña y comunicativa, y todo él respiraba una robusta
salud.
Poseía una considerable fortuna, y no trabajaba; es decir, trabajaba mucho en la
destrucción de la referida fortuna, obra en la que su mujer colaboraba concienzudamente.
La observación de Adelaida era verídica; Vasconcelos se acostaba tarde; despertaba
siempre después del mediodía; y salía al anochecer para regresar a la madrugada siguiente.
Quiere esto decir que hacía con regularidad algunas pequeñas excursiones a su propia casa.
Sólo una persona tenía el derecho de exigir a Vasconcelos algo más de asiduidad en
casa: Augusta; pero ella nunca le hacía reproche alguno. No por ello se entendían mal, pues el
marido, en compensación por la tolerancia de la esposa, nada le negaba, y satisfacía
prontamente todos sus caprichos.
Si ocurría que Vasconcelos no podía acompañarla a algunos paseos y bailes, se hacía
cargo de ese deber un hermano suyo, comendador de dos órdenes, político de la oposición,
excelente jugador de tresillo, y hombre amable en sus horas libres, que eran bien pocas.
El hermano Lorenzo es lo que bien podría llamarse un hermano terrible. Sería capaz de
acceder a todos los deseos de su cuñada, pero no escatimaba de cuando en cuando un sermón a
su hermano: buena semilla que no acababa de germinar.
Despertó, pues, Vasconcelos, y despertó de buen humor. La hija se alegró mucho de
verlo, y él mostró gran afabilidad con su mujer, que le retribuyó del mismo modo.
—¿Por qué te levantas tan tarde? —preguntó Adelaida acariciando las patillas de
Vasconcelos.
—Porque me acuesto tarde.
—¿Y por qué te acuestas tarde?
—¡Ya son muchas preguntas! —dijo Vasconcelos, sonriendo. Y continuó:
—Me acuesto tarde porque así lo exigen los deberes de la política. Tú no sabes qué es
eso de política; es una cosa muy fea, pero muy necesaria.
—¡Si sé lo que es política! —dijo Adelaida.
—¡Ah! entonces explícame tú lo que es.
—Allá en el pueblo, cuando le quebraron la cabeza al juez de paz, dijeron que era por
política; lo que me pareció muy extraño; porque la política debía ser precisamente no romper
cabezas…
Vasconcelos rió de buena gana de la observación de la hija, y ya se dirigía a almorzar
cuando apareció el hermano, que no pudo dejar de exclamar:
—¡A buena hora almuerzas tú!
—Ya empiezas tú con tus reprimendas. Yo almuerzo cuando tengo hambre… Sólo
faltaría ahora que me quieras esclavizar a los horarios y a los términos. Llámalo como te plazca,
almuerzo o lunch, lo cierto es que estoy comiendo.
Lorenzo respondió con una mueca.
Terminado el almuerzo, fue anunciada la llegada del señor Batista. Vasconcelos salió a
recibirlo en su gabinete particular.
Batista, hombre de unos veinticinco años, era el tipo acabado del juerguista; excelente
compañero en una cena de público equívoco, nulo comensal en una de gente honesta. Tenía
gracia y cierta inteligencia, pero era preciso que estuviera en su propio ambiente para que se le
desarrollaran estas dos cualidades. Por lo demás, era bien parecido; tenía un bigote elegante;
calzaba botines de Campas2, y vestía con exquisito buen gusto; fumaba tanto como un soldado,
y con tanta clase como un lord.
—¿A que te acabas de levantar? —dijo Batista, entrando en el gabinete de Vasconcelos.
—Hace tres cuartos de hora; termino ahora de almorzar. Toma un cigarro.
Batista aceptó el cigarro, y se estiró en una silla americana, mientras Vasconcelos
encendía un fósforo.
—¿Viste a Gomes? —preguntó Vasconcelos.
—Lo vi ayer; noticia grande: rompió con la sociedad.
—¿De veras?
—Cuando le pregunté por qué motivo nadie lo ha visto desde hace un mes, me
respondió que estaba pasando por una gran transformación, y que del Gomes de antes sólo
quedará el recuerdo. Parece increíble; pero el hombre habla con mucha convicción.
—No le creo; debe tratarse de alguna broma que nos quiere hacer. ¿Qué novedades
hay?
—Nada; es decir, eres tú el que debe tener noticias.
—Yo, nada…
—No me salgas con eso. ¿No fuiste ayer al jardín?
—Fui, sí, había una cena…
—Ah, sí, de familia. Yo estuve en el Alcázar.3 ¿A qué horas terminó la reunión?
—A las cuatro de la mañana…
Vasconcelos se extendió en una hamaca, y la conversación continuó en ese mismo
tono, hasta que un criado vino a avisar a Vasconcelos que el señor Gomes lo esperaba en la
sala.
—¡He aquí a nuestro hombre! —dijo Batista.
—Dile que suba —ordenó Vasconcelos.
El criado bajó a dar el recado; pero aún transcurrió un cuarto de hora antes de que
apareciera Gomes, quien se había demorado abajo conversando con Augusta y Adelaida.
—El que está vivo aparece tarde o temprano —dijo Vasconcelos al verlo.
—Nadie me busca… —contestó él.
—Perdón; dos veces he ido por allá, y me dijeron que habías salido.
—Solamente por extrema fatalidad, porque casi nunca salgo.
—¿De modo que te volviste ermitaño?
—Me volví crisálida; voy a reaparecer como mariposa —dijo Gomes, sentándose.
—La cosa es de aliento poético… cuidado, Vasconcelos…
El nuevo personaje, el tan buscado y escondido Gomes, representaba cerca de treinta
años. Él, Vasconcelos y Batista formaban la trinidad del placer y la disipación, unida por una
amistad indisoluble. Guando Gomes, hacía ya cerca de un mes, dejó de aparecer en los círculos
habituales, todos lo advirtieron, pero sólo Vasconcelos y Batista lo extrañaron de verdad. Con
todo, no insistieron demasiado en arrancarlo de la soledad, pensando que tal vez hubiese en
aquello algún propósito ignorado del joven.
Gomes fue recibido pues como un hijo pródigo.
—¿Pero dónde te habías metido? ¿Qué asunto es ése de crisálida y mariposa? ¿Me crees
un naturalista?
—Pues es tal como se los digo, amigos míos, me están saliendo alas.
2 Almacén de ropas y calzado muy popular en el Río de esos años. (N. del T.)
3 Club y cabaret de Río muy frecuentado por la sociedad carioca de la época. (N. del T.)
—¡Alas! —dijo Batista, conteniendo la risa.
—Tal vez sí son alas de gavilán, para caer…
—No, estoy hablando en serio.
Y, en efecto, Gomes mostraba un aire grave y resuelto.
Vasconcelos y Batista se miraron uno al otro.
—Pues si es verdad lo que dices, explícanos de una vez qué alas son ésas, y sobre todo
hacia dónde quieres volar.
A estas palabras de Vasconcelos, añadió Batista:
—Nos debes una explicación, y si nosotros, que somos tu consejo de familia,
consideramos, que la explicación es buena, lo aprobaremos; en caso contrario, te quedas sin
alas, y seguirás siendo el que siempre fuiste…
—Adhiero —dijo Vasconcelos.
—Pues es muy sencillo; me están saliendo alas de ángel, y quiero volar hacia el cielo del
amor.
—¡Del amor! —exclamaron los dos amigos de Gomes.
—Es verdad —siguió Gomes—. ¿Qué he sido hasta ahora? Un auténtico calavera, un
perfecto juerguista, gastando a manos llenas mi fortuna y mi corazón. Pero, ¿es esto suficiente
para colmar la vida? parece que no…
—Hasta ahí estoy de acuerdo… eso no basta; es necesario que haya otra cosa; la
diferencia está en el modo de…
—Exacto —dijo Gomes—, exacto, es natural que ustedes piensen de otra manera, pero
yo creo que tengo razón al decir que sin el amor casto y puro la vida es un auténtico desierto.
Batista dio un salto.
Vasconcelos clavó los ojos en Gomes:
—Apuesto a que te vas a casar —le dijo.
—No sé si me voy a casar; sé que amo, y espero llegar a casarme con la mujer que amo.
—¡Casarte! —exclamó Batista.
Y soltó una estridente carcajada.
Pero Gomes hablaba tan seriamente, insistía con tal gravedad en aquellos proyectos de
regeneración, que los dos amigos terminaron por escucharlo con parecida seriedad.
Gomes hablaba un lenguaje extraño, enteramente nuevo en la boca de un joven que era
el más loco y ruidoso en los festines de Baco y de Citeres.
—¿De modo, pues, que nos dejas? —preguntó Vasconcelos.
—¿Yo? Sí y no; se me podrá encontrar en los salones; en los hoteles y en las casas
dudosas, nunca más.
—De profundis… —canturreó Batista.
—Pero, a fin de cuentas —dijo Vasconcelos—, ¿dónde está tu Marión? ¿Se puede saber
quién es ella?
—No es Marión, es Virginia… pura simpatía al comienzo, después afecto profundo, hoy
amor verdadero. Luché, mientras pude; pero depuse las armas al encontrarme frente a una
fuerza mayor. Mi gran temor era no tener un alma digna de esa gentil criatura. Pero la tengo, sí,
y tan fogosa y tan nueva como en la época de mis dieciocho años. Sólo la casta mirada de una
virgen podría descubrir entre mi barro esa perla divina. Renazco, y mejor de lo que era…
—Está claro, Vasconcelos, el muchacho está loco; enviémoslo a Praia Vermelha; y,
como puede sufrir un acceso grave, yo me retiro…
Batista cogió su sombrero.
—¿Adónde vas? —preguntó Gomes.
—Tengo cosas qué hacer, pero más tarde pasaré por tu casa; quiero ver si estamos a
tiempo de arrancarte de ese abismo.
Y salió.
III
LOS DOS quedaron solos.
—¿Entonces, es cierto que estás enamorado?
—Lo estoy. Ya sabía yo que ustedes no me lo iban a creer: yo mismo no puedo creerlo,
y sin embargo es así. Acabo por donde tú comenzaste. ¿Será mejor o peor? Creo que mejor.
—¿Tienes algún interés en ocultar el nombre de la persona?
—Lo oculto por ahora a todos menos a ti.
—Es una prueba de confianza…
Gomes sonrió.
—No —dijo—; es una condición sine qua non; antes que nadie debes saber tú quién es
la escogida de mi corazón; se trata de tu hija.
—¿Adelaida? —preguntó Vasconcelos espantado.
—Sí, tu hija.
La revelación de Gomes cayó como una bomba. Vasconcelos estaba bien lejos de
sospechar semejante cosa.
—¿Aprobarás este amor? —preguntó Gomes.
Vasconcelos reflexionaba, y después de algunos minutos de silencio, dijo:
—Mi corazón lo aprueba; eres mi amigo, estás enamorado, y suponiendo que ella te
ame…
Gomes iba a decir algo, pero Vasconcelos continuó sonriendo:
—¿Pero, y la sociedad?
—¿Qué sociedad?
—La sociedad que nos considera unos libertinos, a ti y a mí, es natural que no apruebe
mi consentimiento.
—Ya veo que se trata de una negativa —dijo Gomes, sombrío.
—¡Qué negativa, hombre! Es una objeción, que tú puedes destruir diciendo: la sociedad
es una gran calumniadora y una famosa indiscreta. Mi hija es tuya con una condición.
—¿Cuál?
—La condición de reciprocidad. ¿Ella te ama?
—No sé —respondió Gomes.
—Pero lo sospechas…
—No sé; sé que la amo y que daría mi vida por ella, pero ignoro si soy correspondido.
—Lo serás… yo me encargaré de tentar el terreno. En un plazo de dos días te daré mi
respuesta. ¡Ah! ¡Quién iba a pensar que terminaría llamándote yerno!
La respuesta de Gomes fue caer en sus brazos. La escena ya iba adquiriendo visos de
comedia, cuando dieron las tres de la tarde. Gomes recordó que tenía que escribir algunas
cartas.
Salió sin despedirse de las mujeres.
A eso de las cuatro, Vasconcelos se disponía a salir cuando le fue anunciada la visita del
señor José Brito.
Al escuchar ese nombre, el alegre Vasconcelos frunció el entrecejo. Poco después
entraba en el gabinete el personaje anunciado.
El señor José Brito era para Vasconcelos un verdadero fantasma, un eco del abismo, un
llamado a la realidad: era un acreedor.
—No esperaba hoy su visita —dijo Vasconcelos.
—Me sorprende —respondió el señor José Brito con una placidez cortante— porque
hoy es 21.
—Pensé que era 19 —balbuceó Vasconcelos.
—Antier, sí; pero hoy es 21. Mire —continuó el acreedor tomando el Diario del
Comercio que estaba sobre una silla—: jueves, 21.
—¿Viene por el dinero?
—Aquí está la letra —dijo el señor José Brito sacando su cartera del bolsillo y un papel
de la cartera.
—¿Por qué no vino usted más temprano? —preguntó Vasconcelos, tratando así de
retrasar el asunto fundamental.
—Vine a las ocho de la mañana —respondió el acreedor—. Usted dormía; vine a las
nueve, ídem; vine a las diez, ídem; vine a las once, ídem; vine al mediodía, ídem; quise venir a
la una, pero tenía que enviar a un hombre a la cárcel, y no me fue posible acabar temprano ese
trámite. A las tres almorcé, y a las cuatro estoy aquí.
Vasconcelos mordisqueaba el cigarro mientras trataba de hallar algún modo de escapar
a ese cobro con el que no contaba.
No se le ocurría nada; pero el propio acreedor le facilitó las cosas.
—Por lo demás —dijo—, la hora no importa, porque estoy seguro de que usted me va
a pagar.
—¡Ah! —dijo Vasconcelos—; tal vez se equivoca; no contaba con su visita hoy, y no
he reunido el dinero…
—¿Entonces, qué propone? —preguntó el acreedor con aire de ingenuidad.
Vasconcelos sintió un soplo de esperanza.
—Nada más sencillo —dijo—; me da usted un plazo hasta mañana…
—Mañana quisiera asistir al embargo de un individuo al que seguí proceso por una
larga deuda; no puedo…
—Disculpe; yo mismo le llevo el dinero a su casa…
—Eso estaría muy bien si los negocios comerciales se trataran así. Si fuésemos dos
amigos, nada sería más natural que yo aceptara su promesa, y todo quedaría arreglado mañana;
pero soy su acreedor, y sólo me interesa la guarda de mis intereses… por lo tanto, creo que lo
mejor sería que me pagara hoy mismo…
Vasconcelos se pasó la mano por los cabellos.
—¡Pero no tengo! —dijo.
—Debe ser algo muy molesto para usted, pero a mí no me causa la más mínima
impresión… es decir, alguna sí que debe causarme, porque usted se encuentra hoy por hoy en
una situación precaria.
—¿Yo?
—Sin duda; sus casas de la Calle de la Emperatriz están hipotecadas; la de la Calle de
San Pedro fue vendida, y el importe ya no existe; sus esclavos han ido marchándose uno a uno,
sin que usted lo haya percibido, y los gastos que hizo hace poco para montar una casa a una
dama de dudosa reputación son inmensos. Estoy enterado de todo. Sé más sobre sus asuntos
que usted mismo…
Vasconcelos estaba visiblemente aterrado.
El acreedor no mentía.
—Pero, resumiendo —dijo Vasconcelos—, ¿qué podemos hacer?
—Algo muy sencillo; duplicaremos la deuda, y usted me entrega ahora mismo un
depósito a cuenta.
—¡Duplicar la deuda! pero eso es un…
—Eso es una tabla de salvación; soy moderado. No lo piense más, acepte. Escriba la
cifra del depósito, y romperemos la letra.
Vasconcelos intentó alguna objeción; pero era imposible disuadir al señor José Brito.
Firmó el depósito de dieciocho contos.
Cuando el acreedor salió, Vasconcelos se puso a meditar seriamente sobre su vida.
Hasta ahora había gastado tanto y tan ciegamente que no había reparado en el abismo que él
mismo cavara bajo sus pies.
Llegaba ahora a prevenirlo la voz de uno de sus verdugos.
Vasconcelos reflexionó, calculó, recapituló acerca de sus gastos y sus obligaciones, y
comprendió que de su antigua fortuna le quedaba en realidad menos de la cuarta parte.
Para seguir viviendo como hasta ahora viviera, aquello era sencillamente una miseria.
¿Qué hacer en tal situación?
Vasconcelos cogió su sombrero y salió.
Caía la noche.
Después de recorrer un rato las calles, absorto en sus meditaciones, Vasconcelos entró
en el Alcázar.
Era una manera de distraerse.
Allí encontraría los amigos habituales:
Batista vino al encuentro del amigo.
—¿Por qué tienes esa cara? —le dijo.
—No es nada, alguien me pisó un callo —respondió Vasconcelos, que no encontró
mejor respuesta.
Pero un pedicuro que andaba por ahí escuchó la frase, y no quiso perder de vista al
infeliz Vasconcelos, a quien cualquier nimiedad incomodaba. La mirada persistente del
pedicuro lo molestó de tal forma, que decidió irse.
Entró en el hotel de Milán, para cenar. Por más grande que fuera su preocupación, la
exigencia de su estómago se hacía sentir.
Ahora bien, en mitad de la cena recordó aquello que nunca debía haber olvidado: la
petición de matrimonio hecha esa tarde por Gomes.
Fue un rayo de luz.
—Gomes es rico —pensó Vasconcelos—; ésta es sin duda la manera de librarme de
mayores disgustos; Gomes se casa con Adelaida, y como es mi mejor amigo no habrá de
negarme lo que necesito. Por mi parte, trataré de recuperar lo que he perdido… ¡Qué a tiempo
me he acordado del tal casamiento!
Vasconcelos comió alegremente; regresó luego al Alcázar, en donde algunos amigos y
otras personas le hicieron olvidar por completo sus infortunios.
A las tres de la madrugada, Vasconcelos entró en su casa con la tranquilidad y
regularidad de siempre.
IV
AL DÍA siguiente, lo primero que hizo Vasconcelos fue consultar el corazón de
Adelaida. Quiso, no obstante, hacerlo en ausencia de Augusta. Felizmente, ella necesitaba ir a
la Calle de la Quitanda, a mirar unos vestidos recién llegados, y salió con su cuñado, dejando a
Vasconcelos en entera libertad.
Como ya lo saben los lectores, Adelaida quería mucho a su padre, y era capaz de hacer
cualquier cosa por él. Tenía, además, un excelente corazón. Vasconcelos contaba con esas dos
fuerzas.
—Ven acá, Adelaida —dijo él entrando en la sala—; ¿sabes cuántos años tienes?
—Tengo quince.
—¿Sabes cuántos años tiene tu madre?
—Veintisiete, creo.
—Tiene treinta; eso quiere decir que tu madre se casó cuando tenía quince años.
Vasconcelos se detuvo, esperando el efecto que producían estas palabras; pero esperó
inútilmente; Adelaida no comprendió nada.
El padre continuó:
—¿Nunca has pensado en el matrimonio?
La muchacha se sonrojó vivamente, vaciló en hablar, pero, como el padre insistiera,
respondió:
—¡No, papá! yo no me quiero casar…
—¿No te quieres casar? ¡Esa faltaba! ¿por qué?
—Porque no lo deseo, y vivo bien aquí…
—Pero podrías casarte y seguir viviendo aquí…
—Tal vez; pero no lo deseo.
—Vamos, vamos… amas a alguien, confiésalo.
—No me digas eso, papá… no amo a nadie.
Las palabras de Adelaida eran tan sinceras, que Vasconcelos no podía dudar de ellas.
—Dice la verdad —pensó—; es inútil intentar por ese lado…
Adelaida se sentó a sus pies y dijo:
—Por eso, papito, no hablemos más de ello…
—Hablemos, hija mía; tú aún eres una niña, no conoces la previsión. Imagina si tu
madre y yo muriéramos mañana. ¿Quién habría de ampararte? Solamente un marido.
—Pero a mí no me gusta nadie…
—Por ahora; pero con seguridad habría de gustarte si el novio fuera un joven apuesto y
de buen corazón… Yo ya tengo elegido uno que te ama mucho, y a quien tú amarás también.
Adelaida se estremeció.
—¿Yo? —dijo—. Pero… ¿quién es?
—Gomes.
—Yo no lo amo, papá…
—En este momento, acepto; pero no puedes negarme que él es digno de ser amado. De
aquí a dos meses estarás enamoradísima de él.
—Adelaida no pronunció palabra. Inclinó la cabeza y comenzó a torcer entre sus dedos
una de sus trenzas gruesas y negras. El pecho se le agitaba con fuerza; la muchacha tenía los
ojos clavados en la alfombra.
—Vamos, ¿entonces, queda decidido? —preguntó Vasconcelos.
—Pero papá, ¿y si no fuera feliz?…
—Eso es imposible, hija mía; serás muy feliz; y amarás mucho a tu marido.
—¡Oh papá! —le dijo Adelaida con los ojos humedecidos de llanto— te ruego que no
me hagas casar todavía…
—Adelaida, el primer deber de una hija es obedecer a su padre, y yo soy tu padre.
Quiero que te cases con Gomes. Por lo tanto, te casarás.
Estas palabras, para lograr todo su efecto, debían ir acompañadas de una retirada rápida.
Vasconcelos lo comprendió así, y salió de la sala, dejando a Adelaida en la mayor desolación.
Adelaida no estaba enamorada de nadie. Su negativa no obedecía a la existencia de
ningún otro amor; tampoco nacía de una posible aversión a su pretendiente.
La muchacha sentía apenas una total indiferencia hacia él.
En estas condiciones, el casamiento no dejaba de ser una odiosa imposición.
Pero, ¿qué podría hacer Adelaida?, ¿a quién recurriría?
Recurrió a las lágrimas.
En cuanto a Vasconcelos, subió a su gabinete y escribió estas líneas al futuro yerno:
"Todo marcha bien; te autorizo a que vengas a visitar a la pequeña, y espero que en dos
meses el casamiento se haya celebrado".
Cerró la carta y la envió.
Al cabo de un rato regresaron Augusta y Lorenzo.
Mientras Augusta subía a su cuarto a mudarse de ropa, Lorenzo fue a saludar a
Adelaida, que estaba en el jardín.
Al mirarle los ojos enrojecidos, le preguntó qué sucedía; pero la muchacha negó que
hubiese llorado.
Lorenzo no dio crédito a las palabras de la sobrina, y le insistió en que le contase lo que
había pasado.
Adelaida tenía gran confianza en su tío, en parte quizá por la misma rudeza de sus
maneras. Al cabo de algunos minutos de ruego, Adelaida contó a Lorenzo la escena que había
tenido con su padre.
—¿Así que es por eso que estás llorando, pequeña?
—¿Te parece poco? ¿Cómo librarme de ese casamiento?
—Tranquilízate, no te casarás; yo te prometo que no te casarás; tu padre es un tonto.
Lorenzo subió hasta el gabinete de Vasconcelos, en el preciso momento en que éste se
disponía a abandonarlo.
—¿Vas a salir? —preguntó Lorenzo.
—Voy.
—Tengo que hablarte.
Lorenzo se sentó, y Vasconcelos, que ya se había puesto el sombrero, esperó de pie que
el hermano hablase.
—Siéntate —dijo Lorenzo.
Vasconcelos se sentó.
—Hace diecisiete años…
—Empiezas desde muy lejos; si no abrevias al menos una media docena de años, no
prometo que tenga paciencia para oír lo que vayas a decirme.
—Hace diecisiete años —continuó Lorenzo—, estás casado; pero la diferencia entre el
primer día y el día de hoy es grande.
—Naturalmente —dijo Vasconcelos— Témpora Mutantur et…
—En aquel tiempo —siguió Lorenzo— decías que habías encontrado un paraíso, y
fuiste durante dos años modelo de maridos. Después, cambiaste completamente; y el paraíso se
hubiera convertido en un verdadero infierno, si tu mujer no fuera tan indiferente y fría como
es, evitando gracias a ello las más terribles escenas domésticas.
—Y bueno, Lorenzo, ¿a ti qué te importa?
—Nada; ni es de eso de lo que quiero hablarte; lo que me interesa es que no sacrifiques
a tu hija por un capricho, entregándola a uno de tus compañeros de vida fácil…
Vasconcelos se levantó.
—¡Estás loco! —dijo.
—Estoy sereno, y te doy el prudente consejo de que no sacrifiques a tu hija a un
libertino.
—Gomes no es un libertino; tuvo sus locuras de joven, es verdad; pero quiere a
Adelaida, y se ha reformado por completo. Es un buen casamiento, y por lo tanto creo que
todos debemos aceptarlo. Es mi voluntad, y en esta casa yo soy el que manda.
Lorenzo intentó decir algo más, pero Vasconcelos ya se había marchado.
—¿Qué hacer? —pensó Lorenzo.
V
LA OPOSICIÓN de Lorenzo no impresionaba demasiado a Vasconcelos. Él podía, es
cierto, inculcar en la sobrina ideas de rebelión; pero Adelaida, que era un espíritu débil, cedería
ante la última palabra, y los consejos de un día serían vencidos por la imposición del día
siguiente.
Sin embargo, era prudente lograr el apoyo de Augusta. Vasconcelos decidió ocuparse
de ello lo más pronto que le fuera posible.
Entretanto, le urgía organizar sus negocios, y Vasconcelos buscó un abogado a quien
entregó todos sus papeles e informaciones, dándole la misión de informarlo de todos los
pormenores del asunto, así como de los medios que podía utilizar en cualquier caso de
reclamación por deuda o hipoteca.
Nada de eso suponía de parte de Vasconcelos un deseo de reformarse. Se preparaba,
tan sólo, para poder continuar su vida de siempre.
Dos días después de la conversación con su hermano, Vasconcelos fue a buscar a
Augusta, para tratar francamente lo del casamiento de Adelaida.
Ya durante ese intervalo, el futuro novio, siguiendo el consejo de Vasconcelos, se
dedicaba a hacer la corte a su hija. Hasta hubiera sido posible que, de no tratarse de una
imposición, Adelaida terminara gustando del joven. Gomes era un hombre apuesto y elegante,
y, por si fuera poco, conocía toda clase de recursos para impresionar a una mujer.
¿Habría notado Augusta la presencia asidua del joven? Vasconcelos se hacía esta
pregunta mientras entraba en la toilette de su mujer.
—¿Vas a salir? —le preguntó.
—No; tengo visitas.
—¡Ah! ¿quién?
—La mujer de Seabra —dijo ella.
Vasconcelos se sentó, y buscó la manera de iniciar la conversación que le interesaba.
—¡Estás muy linda hoy!
—¿De veras? —dijo ella sonriendo—. Pues estoy como siempre, y es raro que me lo
menciones hoy…
—No; realmente hoy estás más bonita; hasta el punto que sería capaz de sentir celos.
—¡Vaya! —dijo Augusta con una sonrisa irónica.
Vasconcelos se rascó la cabeza, cogió su reloj, le dio cuerda; después, se jaló las barbas,
agarró un periódico, leyó dos o tres anuncios, lo tiró, y finalmente, luego de un silencio
prolongado, decidió atacar de frente el asunto.
—¿Has pensado últimamente en Adelaida? —dijo.
—¡Ah! ¿por qué?
—Ya es una mujer…
—¡Mujer! —exclamó Augusta—; es una niña…
—Tiene más edad de la que tú tenías cuando te casaste…
Augusta frunció levemente el ceño.
—O sea que… —dijo.
—O sea, que yo deseo hacerla feliz, y hacerla feliz por el matrimonio. Un joven, digno
de ella y de todo respeto, me pidió su mano hace unos días, y yo le dije que sí. Cuando sepas
de quién se trata, aprobarás mi elección; es Gomes. Se la daremos en matrimonio, ¿verdad?
—¡No! —respondió Augusta.
—¡Cómo! ¿Por qué no?
—Adelaida es una niña; no tiene juicio ni edad suficiente… Se casará, sí, a su debido
tiempo.
—¿A su debido tiempo? ¿Estás segura de que el novio esperará a que llegue ese
tiempo?
—Paciencia —dijo Augusta.
—¿Tienes algo en contra de Gomes?
—Nada, es un joven digno; pero no me parece apropiado para Adelaida.
Vasconcelos dudaba en insistir; le parecía que nada habría de lograr; pero el pensar en
su dinero le dio ánimos, y preguntó:
—¿Por qué?
—¿Estás seguro de que él sea el hombre para Adelaida? —preguntó Augusta eludiendo
la pregunta del marido.
—Estoy seguro.
—Sea o no sea, la pequeña no debe casarse todavía.
—¿Y si ella lo amase?…
—¿Qué importancia tiene? ¡Lo esperaría!
—Entretanto, Augusta, no podemos dar plazo a este matrimonio. Es una necesidad
fatal.
—¿Fatal? No comprendo.
—Voy a explicarme. Gomes es dueño de una considerable fortuna.
—También nosotros…
—Te engañas —interrumpió Vasconcelos.
—¿Cómo así?
Vasconcelos continuó:
—Más tarde o más temprano tendrás que saberlo, y me alegra tener esta ocasión de
decirte toda la verdad; la verdad es que, si no estamos pobres, estamos arruinados.
Augusta oyó estas palabras con expresión de espanto. Cuando él terminó de hablar,
dijo:
—¡No es posible!
—¡Por desgracia, es verdad!
Durante un momento, hubo silencio.
—Todo está arreglado —pensó Vasconcelos.
Augusta habló por fin:
—Pero —dijo—, si nuestra fortuna está en peligro, me parece que podrías hacer algo
más útil que estar aquí conversando: tratar de reconstruirla.
Vasconcelos hizo un gesto de asombro, y, como si aquello pareciese una pregunta,
Augusta, se apresuró a responder:
—No te sorprenda lo que digo; pienso que tu deber es reconstruir nuestra fortuna.
—No me sorprende que digas que ése es mi deber; me sorprende que me lo recuerdes
de ese modo. Se diría que yo tengo la culpa…
—¡Vaya! —dijo Augusta—; ahora sólo falta que digas que fui yo…
—La culpa, si es que hay culpa, es de los dos.
—¿Por qué? ¿Por qué mía también?
—También tuya. Tu manera loca de gastar contribuyó en gran parte a este estado de
cosas; jamás te negué nada, ni te lo niego ahora, y esto constituye mi culpa. Si es ésa la
acusación que me lanzas, la acepto.
Augusta alzó los hombros en señal de desprecio; y posó en Vasconcelos una mirada de
tanto desdén, que hubiera bastado por sí sola para iniciar una acción de divorcio.
Vasconcelos percibió el gesto y la mirada.
—El amor al lujo y a lo superfluo —dijo—, trae siempre estas consecuencias. Son
terribles, pero lógicas. Para evitarlas, hubiera sido preciso vivir con moderación. Nunca lo
intentaste. Después de seis meses de matrimonio, te diste a vivir en el torbellino de la moda, y
el pequeño arroyo de gastos se convirtió en un inmenso río de desperdicios. ¿Sabes lo que me
dijo una vez mi hermano? Me dijo que la idea de mandar a Adelaida al campo te fue dada por
la necesidad de vivir sin restricción alguna.
Augusta se puso de pie, y dio algunos pasos; estaba trémula y pálida.
Vasconcelos se disponía a continuar sus recriminaciones, cuando la esposa lo
interrumpió, diciendo:
—¿Pero, por qué motivo no evitaste tú los gastos que yo hacía?
—Por conservar la paz doméstica.
—¡No! —gritó ella—; tú querías llevar por tu parte una vida libre e independiente; al
ver que yo me entregaba a esos gastos quisiste comprar mi tolerancia con la tuya. Es ése el
único motivo; quizá tu vida no sea igual a la mía; pero es peor… Si yo hacía gastos en casa tú los
hacías en la calle… Es inútil que lo niegues, porque yo lo sé todo; conozco por su nombre las
rivales que sucesivamente me has impuesto, y nunca te he dicho una palabra, ni te lo censuro,
porque ya sería inútil y tarde.
La situación había cambiado. De constituirse en juez, Vasconcelos había pasado a ser,
también él, reo. Negar era imposible, discutir era arriesgado e inútil. Optó por los sofismas.
—Suponiendo que así sea (y no quiero discutir ese punto) la culpa es en todo caso de
los dos, y no veo razón para que me la arrojes a la cara. Mi deber es reconstruir la fortuna,
concuerdo; hay un modo, y es este: el casamiento de Adelaida con Gomes.
—¡No! —dijo Augusta.
—Está bien; seremos pobres, quedaremos peor de o que ahora estamos; venderemos
todo…
—Perdón —dijo Augusta— no sé por qué razón tú, que eres fuerte y eres el más
culpable del desastre, no has de empeñar todos tus esfuerzos en la reconstrucción de la fortuna
destruida.
—Sería un trabajo largo; y de aquí hasta entonces la vida sigue y se desgasta. El modo,
ya lo dije, es éste: casar a Adelaida con Gomes.
—¡No quiero! —dijo Augusta—; no consiento en semejante matrimonio.
Vasconcelos iba a responder, pero Augusta, luego de pronunciar estas palabras, salió
precipitadamente del gabinete.
Vasconcelos salió unos minutos después.