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Nicholas estaba tratando de concentrarse en la carta que escribía a
su madre, una carta que, probablemente, era el documento más
importante que jamás había escrito. Todo dependía de esta carta, su
honor, sus bienes, el futuro de su familia y su vida.
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Inglaterra, 1564
Nicholas estaba tratando de concentrarse en la carta que escribía a
su madre, una carta que, probablemente, era el documento más
importante que jamás había escrito. Todo dependía de esta carta, su
honor, sus bienes, el futuro de su familia y su vida.
Sin embargo, mientras la escribía, comenzó a oír algo. Al principio
suavemente, pero luego cada vez con mayor intensidad. Era el llanto de
una mujer, pero no un llanto de dolor o aflicción, sino de algo más
profundo.
Volvió a prestar atención a la carta, pero no pudo concentrarse. La
mujer necesitaba algo, pero él no sabía qué. ¿Consuelo? ¿Alivio?
No, pensó, necesita esperanza. Las lagrimas, el llanto, eran los de
una persona que ya no tenía esperanza.
Nicholas volvió a mirar el papel. Los problemas de la mujer no le
concernían. Si no terminaba esa carta y se la entregaba rápido al
mensajero que estaba esperando, su propia vida no tendría esperanza.
Escribió dos líneas más y se detuvo. El llanto de la mujer
aumentaba. No era fuerte, pero parecía aumentar en cantidad hasta llenar
la habitación.
—Señora—murmuró—déjeme en paz. Daría mi vida por
ayudarla, pero está comprometida.
Tomó la pluma y escribió, con una mano sobre su oído, tratando
de no oír la desesperación de la mujer.