Un trato perfecto

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Año 1934 es la historia de una famosa aviadora, Jackie O'Neill, que regresa a su pueblo natal dispuesta a abandonar su vida aventurera. Allí encontrará a un hombre joven y terriblemente atractivo, William Montgomery, que la amó en secreto en el pasado.

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CAPITULO 1
1882
-Señor Hunter, me gustaría que me pidiera en matrimonio.
Cole no pudo pronunciar ni una palabra; fue una de las pocas veces en su vida en que de veras se quedó mudo. En varios momentos había optado por no hablar, pero en esas ocasiones unos cuantos miles de palabras habían cruzado por su mente y él simplemente se había negado a dejarlas salir de su boca. Sin embargo, ahora no sucedía nada de eso.
No era que le sorprendiera que una mujer le pidiera que se casara con ella. No deseaba jactarse, pero en su época había recibido algunas propuestas de matrimonio. En fin, quizás habían sido sugerencias más comerciales y no provenían de mujeres a quienes se las pudiera considerar respetables, pero sin duda habían existido mujeres dispuestas a mencionar la palabra "matrimonio".
Lo que resultaba sorprendente era que esa mujer en particular le estuviera hablando de matrimonio. La pequeña criatura pertenecía al tipo de mujeres propensas a fingir que los hombres como él no existían. Era una de esas señoras que apartaban sus faldas cuando él pasaba junto a ellas. Quizá más tarde se encontraban con él detrás del granero, después de la iglesia, pero no le hablaban de matrimonio ni lo invitaban a cenar el domingo por la noche.
Sin embargo, sí creía que esa cosita pequeñita pudiera tener problemas para conseguir un hombre. No había nada que hablara en su favor. Salvo porun frente bastante curvilíneo —y él ciertamente los había visto mejores-, era del tipo de mujer que uno no notaría ni aun teniéndola sobre las rodillas. Nada bonita, nada fea, ni siquiera acogedora, simplemente muy común. Tenía un insulso pelo marrón, no muy abundante, y parecía que ni una docena de pinzas al rojo vivo pudieran rizarlo. Ojos marrones comunes, naricita común, boquita comun y ordinaria. Nada de una figura de la cual se pudiera hablar, excepto la agradable forma redondeada de la parte superior. Nada de caderas, ninguna curva de verdad.
Y luego estaba su actitud. A Cole le gustaban las mujeres que daban la impresión de ser divertidas en la cama y fuera de ella. Le gustaba una mujer que se riera y que lo hiciera reír, pero esa criaturita estirada no parecía capaz de agudezas, y mucho menos de humor. Se parecía a una maestra no dispuesta a aceptar excusas por una tarea no realizada. Se parecía ala señora que arreglaba las flores de la iglesia todos los domingos, la mujer que uno veía todos los días mientras crecía y cuyo nombre nunca se le ocurría preguntar.
No daba la impresión de estar casada. Tampoco daba la impresión de haber tenido alguna vez a un hombre en su cama, un hombre acurrucado a su lado en busca de calor. Si había tenido un hombre, probablemente había sido uno de esos adictos a una larga camisa de noche y un gorro, y lo que habían hecho había sido únicamente en nombre de la continuación de la raza humana.
Mientras encendía un delgado cigarro, se tomó tiempo para pensar… y recobrarse. Viajaba tanto y conocía tanta gente, que había debido entrenarse a fin de saber juzgar tanto a hombres como a mujeres. Cuando tenía menos de sus treinta y ocho años presentes, solía pensar que las mujeres como ésa se morían por un hombre que las animara un poco. Había
aprendido que las mujeres de apariencia fría eran, en su mayor parte, mujeres frías. Cierta vez se había pasado meses tratando de seducir a una sencilla y recatada mujercita parecida a ésta, imaginando sin cesar el volcán dormido debajo de su vestido abotonado en exceso. Pero cuando por fin consiguió sacarle la ropa interior, ella se limitó a yacer allí, con los puñoS apretados y los dientes rechinantes. Fue la única vez en su vida en que no pudo actuar. Después de eso, decidió que era más fácil ir detrás de las mujeres que parecían dispuestas a aceptar sus avances.
De modo que allí estaba una de esas cositas frígidas y ratoniles, con el vestido abotonado hasta la barbilla, los codos apretados contra el cuerpo y, aunque él no podía verlas, estaba seguro de que tenía las rodillas entrecruzadas.
Estaba sentado en una de esas duras sillas tapizadas que la casera consideraba de moda, haciendo tiempo mientras encendía su cigarro y la observaba, esperando a que ella diera el paso siguiente. Por supuesto, hasta ese momento había dado todos los pasos. Le había escrito con el objeto de decirle que deseaba contratar sus servicios para un asunto muy personal y que deseaba ir a verlo a Abilene.
Por su carta -escrita en papel tipo pergamino con caligrafía perfecta- había supuesto que era rica y deseaba que él matara a algún hombre que se había burlado de ella. Ése era el tema por el cual solían escribirle las mujeres. Si un hombre deseaba contratarlo, en general quería que matara a alguien debido a una cantidad de tierra o de ganado, a derechos sobre el agua, a una venganza o a algo por el estilo. Pero con las mujeres se debía siempre al amor. Años atrás, Cole había dejado de intentar que hombres y mujeres creyeran que era un asesino profesional. En realidad, era un pacificador a sueldo. Se sentía un verdadero diplomático. Tenía aptitudes para dirimir discusiones y usaba su talento para hacer lo que podía. Era cierto que a veces la gente resultaba muerta durante las charlas, pero Cole sólo se defendía. Nunca era el primero en sacar.
-Por favor, continúe -dijo cuando el ratoncito se interrumpió. Le había ofrecido un asiento, pero ella había preferido quedarse de pie. Acaso se debiera a que su rígida espalda se rehusaba a doblarse. y ella había insistido en que la puerta de la habitación permaneciera abierta quince centímetros… a fin de que nadie pensara mal.
La mujercita se aclaró la garganta.
-Sé lo que parezco. Seguramente usted cree que soy una solterona solitaria y que necesito un hombre.
Cole debió esforzarse para evitar una sonrisa, dado que eso era justamente lo que estaba pensando. ¿Acaso ahora iba a decirle que no necesitaba un hombre? Todo lo que ella quería era que encontrara al hijo del vecino, que la había dejado plantada, y que lo hiciera desaparecer de la faz de la tierra.
-Trato de no engañarme -prosiguió ella-. No me ilusiono con respecto a mi apariencia ya mi atractivo en relación con los hombres. Por supuesto, me habría gustado tener un marido y media docena de hijos.
Él sí sonrió ante esas palabras. Por lo menos, era sincera acerca de su necesidad de un hombre vital en su cama.
-Pero si realmente anduviera buscando un marido, un padre para mis hijos, por cierto no pensaría en un pistolero envejecido sin medios visibles de subsistencia y con una panza incipiente.
Ante eso, Cole se sentó más derecho en la silla y trató de echar para adentro el abdomen. Tal vez fuera conveniente mantenerse alejado del pastel de manzana de su casera durante unos días. Le costó un gran esfuerzo no apoyarse la mano en el estómago. No es que él
estuviera dispuesto, de ninguna manera, a aceptar ese encargo, pensó. ¿ Qué quería decir con eso de "pistolero envejecido"? iVamos, era tan bueno con el revólver como veinte años atrás! Ninguno de esos jovencitos de ahora… Interrumpió sus pensamientos cuando ella empezó a hablar de nuevo.
-No sé qué contarle primero. -Le dedicó una mirada dura, escrutadora. -Me dijeron que usted era el hombre más buen mozo de Texas.
Cole volvió a sonreír.
-La gente habla demasiado -comentó con modestia. -Personalmente, no lo veo.
Él se quedó con el cigarro suspendido en el aire.
-Tal vez fuera buen mozo hace unos años, pero ahora. ..El exceso de sol le puso la piel como un cuero y tiene una expresión dura en los ojos. Supongo, señor Hunter, que es usted un hombre muy egoísta.
Por segunda vez en ese día, Cole se quedó tan sorprendido como mudo. Luego echó la cabeza hacia atrás y se rió. Cuando volvió a mirar a la mujer, ella ni siquiera sonreía.
-Muy bien, señorita… -Latham. Señorita Latham.
-Ah, sí, señorita Latham -dijo con sarcasmo, para luego irritarse consigo mismo. En sus tantas peleas, se había enfrentado con hombres que habían dicho toda clase de cosas acerca de él y de sus antepasados sin lograr enfurecerlo, pero esta mujer común, con sus comentarios sobre su incipiente panza y su supuesto egoísmo, empezaba a sacarlo de las casillas. ¿Quién era ella para hablar así? Era tan insignificante que, si uno la paraba contra una montaña de arena, no sería capaz de determinar dónde empezaba ella y dónde terminaba la arena.
-¿Le importaría decirme qué es lo que quiere de mí? preguntó. Sabía que debía hacerla salir de allí, pero no podía evitar la curiosidad. Estupendo, pensó, un extraño diplomático. Podía hacer que lo mataran gracias a su curiosidad.
-Tengo una hermana un año mayor que yo.
La mujer se dio vuelta y fue hasta la ventana. Al caminar, no mostró ni el más leve movimiento gracioso de caderas, de esos que les gusta mirar a los hombres. Esa mujer caminaba como si estuviera hecha de madera… y le resultaba tan atractiva como un pedazo de madera.
-Mi hermana es todo lo que yo no soy. Mi hermana es hermosa.
Debió de haber percibido los pensamientos de Cole, por que comenzó a dar explicaciones.
-Sé que quienes me ven no pueden creerlo. Tal vez piensen que mi idea de la belleza no está lo bastante desarrollada.
Cole no dijo ni una palabra, pero eso era justamente lo que estaba pensando. No se necesitaba ser muy hermosa para parecer bonita junto a esa pequeña criatura. Por supuesto, cada vez que decía algo desagradable sobre él, se volvía menos atractiva. Se preguntó qué edad tendría. No menos de treinta, supuso. Demasiado madura como para atraer a un hombre. No tendría la media docena de hijos que deseaba.
-Rowena es la más hermosa de las mujeres. Es alta, tiene abundante cabello castaño rojizo y ondulado. Ojos verdes, pestañas grandes, una nariz perfecta y labios bien delineados. Su figura hace temblar a los hombres. Lo sé porque lo he visto más de una vez. -Suspiró profundamente. -Más importante que su belleza, al menos para las mujeres, es que Rowena es una persona adorable. Se preocupa por los demás. Hace cosas por la gente. -Suspiró. -Mi hermana tiene la apariencia y la personalidad de mi madre. En pocas palabras, lo tiene todo.
-¿Quiere que la mate en su nombre?
Cole bromeaba, pero la mujer no rió, cosa que lo hizo dudar acerca de su sentido del humor.
-Sacar a i hermana de esta vida dañaría al mundo. Cole tosió, y casi se ahogó con el humo del cigarro. Nunca había oído a nadie hablar así; sin embargo, ella parecía sincera:
-Mi hermana es una heroína. Lo digo en el mejor de los sentidos. Como todas las heroÍnas, no tiene la menor idea de su heroísmo. Cuando tenía doce años, vio fuego en un orfanato y, sin pensar en su propia seguridad, corrió hacia el edificio en llamas y sacó a todo un grupo de chicos de su dormitorio. Todos la quieren.
-Excepto usted.
La señorita Latham volvió a suspirar y se sentó.
-No, se equivoca. La quiero mucho. -Él vio que temblaba, a pesar de que lo ocultaba muy bien. Sospechó que estaba acostumbrada a esconder sus emociones. -Me resulta difícil explicar lo que siento por Rowena. A veces la quiero ya veces… casi la odio. -Levantó la cabeza en un gesto de orgullo. -Tal vez mi problema consista realmente en los celos.
Por un momento, él la observó, sentada muy quieta en la silla; le sorprendió ver que ni su cara ni su cuerpo reflejaban ninguna emoción. Ni un pestañeo, ni un temblor en las manos. Estaba sentada perfectamente quieta. Hubiera podido ser una magnífica jugadora de póquer .
De repente, Cole supo que se hallaba en problemas porque sintió que empezaba a ablandarse.
-¿Qué quiere que haga? -preguntó, más rudamente de lo que hubiera querido.
-Hace seis años, mi hermana se casó con un hombre maravilloso. Alto, buen mozo, rico, inteligente. Jonathan es el hombre con quien todas las mujeres sueñan casarse. Viven en Inglaterra, en una hermosa propiedad, y tienen dos hijos adorables. Rowena es del tipo de mujer para quien los sirvientes trabajarían aun sin sueldo.
-¿y qué me dice de usted?
Por primera vez le vio una ligera sonrisa en los labios. -A mis criados, yo les pago más de lo debido, no les exijo nada y, aun así, se ro ban la pla tería.
Ante eso, Cole rió. Después de todo, tal vez ella sí tuviera un poco de sentido del humor .
-Mi problema radica en que mi hermana me quiere mucho. Siempre fue así. En Navidad solía cambiar las tarjetas de los paquetes durante la noche porque la gente tendía a darme regalos útiles y aburridos, mientras que a Rowena le daban cosas hermosas. Por supuesto, yo resultaba ser la propietaria de veinte metros de seda amarilla bordada con motivos de mariposas y ella obtenía diez tomos sobre la vida de Byron, de modo que las dos quedábamos insatisfechas. Pero todo lo hacía en nombre de su amor por mí.
-¿Le gusta Byron?
-Me gustan los libros. y la investigación. Yo soy la inteligente y Rowena es a llamativa. Cuando veo un edificio en llamas, llamo a los bomberos. No corro hacia las llamas, huyo de ellas.
Cole sonrió.
-Yo me parezco más a usted –comentó.
-Oh, no, no se parece-replicó ella con algo de fuerza-.
Usted, señor Hunter, es como Rowena.
La forma en que lo dijo lo hizo sonar como lo peor que hubieran dicho de él. Su primera reacción fue defenderse. ¿Pero defenderse de qué? No había dicho de su hermana nada que no resultara altamente halagador .
-Lo he investigado en profundidad, señor Hunter, y usted es tan ciegamente heroico como mi hermana. Actúa primero y después piensa. De acuerdo con las fuentes que he consultado, usted arregló por lo menos dos luchas importantes con la menor cantidad de muertes posibles.
Sa bía que no debía, pero tenía que hacerle pagar por lo que había dicho antes.
-No, señora, yo soy sólo lo que usted está viendo… un pistolero envejecido.
-Eso es lo que parece, y es verdad que no tiene futuro. Su utilidad terminará cuando la vista le falle. Por lo que sé, no ha logrado ahorrar dinero a pesar de sus ganancias, principalmente porque tiende a trabajar por poco o por nada. Por un lado, usted es heroico y, por el otro, es tonto.
-Usted sí que sabe halagar a un hombre, señorita Latham. No sé por qué no tiene un marido y una docena de hijos.
-Soy inmune a los insultos de los hombres, de modo que no intente agredirme. Sólo quiero contratarlo para un trabajo, nada más. Al cabo de dos semanas puede salir de mi vida y no volver a verme.
-¿y lo que quiere es que me case con usted?
-No, en realidad no. Sólo debe fingir ser mi esposo durante las dos semanas en que mi hermana vendrá a visitarme.
-Seré curioso, señorita: ¿por qué yo? ¿No cree que un pistolero envejecido es una pobre elección como esposo?
No importaba que hubiera dicho cosas agradables acerca de él; era ese comentario sobre su edad lo que lo molestaba. y también estaba lo de su vista. Veía tan bien como a los dieciocho años. En fin, tal vez la letra de los diarios fuese más pequeña de lo que solía ser, pero… Se obligó a dejar de pensar. Si ella llegaba a hacer otro de sus comentarios despreciativos, terminaría por estrangularla.
-Es por lo que usted representa que lo deseo. Quiero… quiero impresionar a mi hermana. -En su primera demostración de emoción hasta ese momento, extendió las manos en un gesto exasperado. -¿Quién puede entender el amor? Por cierto, yo no puedo. Creo que, si una va a casarse con alguien, debería elegir aun hombre protector, confiable, buen padre. Pero las mujeres no parecen desear algo así. Las mujeres desean hombres peligrosos, hombres que hacen cosas tan infantiles y estúpidas como matar gente antes de que los maten a ellos. En resumen, señor Hunter, las mujeres desean hombres como usted.
Cole renunció a tratar de recordar que debía fumar. Estaba tan fascinado con ella que ni una tonelada de dinamita lo hubiera conmovido.
-¿Se supone que yo impresionaría a su hermana? -preguntó.
-Oh, sí. Usted es justo el tipo de hombre que impresionaría a Rowena. Usted es como Jonathan, sólo que él ha usado su… no sé si llamarlo talento… pero ha usado su capacidad para asustar ala gente y conseguir una enorme cantidad de dinero.
-Supongo que es un verdadero demonio.
-Por supuesto, pero eso es lo que parece gustar a las mujeres. No quiero decir que Jonathan sea una mala persona. Creo que está considerado como un eficiente hombre de negocios. Y, a su manera, es compasivo, tal como lo es usted, sólo que piensa que todos los medios están justificados en tanto las cosas salgan como él quiere.
-¿ y yo soy así?
Le dieron ganas de morderse la lengua, pero no pudo evitar el comentario.
-Sí. A usted no le incumbía terminar con esas luchas, y me asombra su vanidad al pensar que podía acabar con ellas.
-Pero lo hice -no pudo dejar de señalar Cole.
-Sí, ése es el punto. Mire, Jonathan va por allí acumulando dinero, así como usted va por allí interfiriendo en la vida de otras personas, matándolas si se cruzan en su camino.
Cole se sintió casi obligado a disculparse por haber nacido.
-Lamento haberla disgustado, lamento que mujeres como su hermana piensen que valgo algo -dijo con ironía.
-Oh, no se preocupe -replicó ella, tomando sus palabras al pie de la letra-. Soy muy frívola al hacer lo que estoy haciendo. Entiéndalo bien, mi hermana sólo tiene buenas intenciones con respecto a mí, pero planea venir a Texas para encontrarme un marido. Dice que me estoy convirtiendo en una mujer árida, amarga… -Hizo un gesto con la mano como para desechar el tema. -No importa lo que diga Rowena. Dice todo lo que se le pasa por la cabeza.
-Es muy distinta de usted, que representa la verdadera esencia del tacto y la gentileza.
Ella le dirigió una mirada dura para ver si él bromeaba, pero no distinguió ningún signo de humor en sus ojos.
-Rowena ha decidido manejar mi vida, y lo hará si yo no me preocupo por impedirlo. .
-Me resulta difícil entender algo. Usted dice que desea un marido e hijos y, obviamente, con sus encantos, no encontrará un marido sin ayuda. Entonces, ¿por qué no permite que su hermana se lo encuentre?
-Porque convencerá a un hombre como usted de que se case conmigo.
Cole se limitó a pestañear. Era difícil pensar en uno mismo como en lo peor que pudiera pasarle a una mujer .Ha bía ha bido unas pocas señoras dispuestas a pensar que él era lo mejor que les podría haber pasado.
Ella suspiró.
-Veo que no me estoy explicando muy bien.
-Probablemente sea culpa mía -dijo Cole con dulzura-. Toda esa pólvora que pasó rozando mi cabeza me volviómuy estúpido a lo largo de los muchos, muchos años de mi vida. Por favor, explíqueme.
-Sí quiero un esposo y pienso tenerlo… algún día. Pero el tipo de esposo que quiero no es el que Rowena tiene en mente. Quiero un hombre sencillo, agradable. No un hombre como Jonathan o usted. No quiero un hombre tan buen mozo como para preocuparme todas las noches por si sale con otras mujeres.
Cole pensó que allí había un cumplido, pero no sabía dónde.
-Quiero un hombre en quien poder confiar, alguien que esté allí cuando me vaya a dormir y cuando me despierte. Quiero un hombre que acune al bebé cuando le estén saliendo los dientes. Quiero un hombre que me cuide cuando esté enferma. En otras palabras, quiero un hombre maduro, un adulto, un hombre que sea lo suficientemente hombre como para saber que hay maneras de resolver una situación sin tener que matar a alguien.
Cole se revolvió en el asiento. Empezaba a desarrollar una profunda aversión por esa mujer.
-¿Entonces por qué no se consigue uno de esos desagradables individuos, si eso es lo que quiere?
No podía creerlo, pero su voz sonaba petulante y hasta celosa.
-¿Puede imaginarse la reacción de mi hermana al venir a visitarme y encontrarme casada con un hombre de poca estatura, calvo, con más conocimientos sobre libros que sobre armas? Rowena se sentiría más apesadumbrada por mí de lo que se siente ahora.
De repente, se puso de pie con los puños apretados. -Señor Hunter, no se imagina lo que fue crecer al lado de una hermana como Rowena. Toda mi vida me compararon con ella. Si ella
debía ser la linda, no es justo que también tuviera que ser la talen tosa. Rowena puede hacer lo que sea. Monta como si fuera parte del caballo. Cocina, baila, habla cuatro idiomas. Rowena es absolutamente divina. Solía desafiar ami padre, y él la quería más, justamente por eso. Cuando yo intentaba hacer lo mismo, me mandaba ala cama sin cenar. -Suspiró profundamente, como para calmarse. -Ahora mis padres están muertos, yo vivo en una casa enorme, aterradora, y mi espléndida hermana viene a Texas para encontrarme un marido. Dice que lo hace debido a su amor por mí, pero en realidad lo hace por piedad. Se compadece de mí y cree que nunca conseguiré un marido por mis propios medios; además, cree ser tan encantadora como para convencer aun hombre de que se case conmigo.
Lo miró.
-Hace poco menos de un año que murió mi padre; mientras vivió nunca tuve oportunidad de buscar marido. Decía que había perdido una hija en aras del matrimonio y que se aseguraría de no perder otra. Estoy convencida de poder encontrar marido ahora que estoy libre, pero no para la semana próxima, cuando llegue Rowena. Por lo menos, no un buen marido. Esos hombres son difíciles de hallar y merecen un estudio especial. El matrimonio es una responsabilidad muy grande. Además, aun cuando reciba a Rowena del brazo del hombre que deseo, me compadecería por no tener un fanfarrón de mandíbula dura, un matón maligno y despiadado como su marido.
Cole no pudo evitar pasarse la mano por la mandíbula. ¿Acaso era tan dura? ¿Acaso él era despiadado? ¿Acaso fanfarroneaba? Maldición, esa mujer lo estaba volviendo loco. Si él realmente era un matón despiadado, ella sería la primera de su lista en ser eliminada.
-¿Entonces desea que yo finja ser su marido durante dos semanas en un esfuerzo por impresionar a su hermosa hermana?
-Así es. Le pagaré cinco mil dólares por las dos semanas y, durante ese tiempo, por supuesto, vivirá en una casa confortable y estará bien alimentado.
Hablaba como si él viviera en una cueva y comiera tierra y lombrices durante la cena. Porsupuesto, esa casa de huéspedes necesitaba una buena limpieza y quizá la comida dejara mucho que desear. Sin embargo, cierta vez, en Saint Louis, se había alojado en un espléndido hotel y había comido… En fin, eso había sido después de un trabajo lucrativo; se había quedado allí hasta que se le terminó el dinero. Tal vez el granjero calvo de ella habría hecho algo inteligente con el dinero.
-¿Y? -preguntó la mujer, impaciente.
-Señorita Latham, creo que si tuviera que pasar dos semanas a su lado, me colgarían por asesinato… el suyo.
Aun cuando la observaba atentamente, ella no demostró ninguna emoción… si es que tenía alguna.
-Entonces supongo que está todo decidido. Le deseo lo mejor para el futuro y espero que pueda seguir esquivando las balas por muchos años. Buenos días, señor .
Con esas palabras abandonó la habitación y cerró la puerta tras ella.
Cole se acercó a un armario, sacó una botella de whisky y se sirvió un trago abundante. ¿Qué diría la pequeña señorita Estirada y Decorosa con respecto a beber a esa hora del día ? Tal vez levantaría su irritante naricita en un gesto de desprecio.
Junto a la ventana, apartó la cortina y la observó cruzar la calle. Ningún hombre se dio vuelta para mirarla. Era la mujer menos deseable que había visto. Sin embargo, en ella había algo que lo conmovía.
-jMaldición! -dijo casi gritando. En pocos minutos le había hecho sentir que su vida era un fracaso. jA él! A Coleman Hunter, un hombre conocido en todo el Sudoeste como alguien para ser tenido en cuenta, alguien que podía elegir a cualquier mujer de la región.
Se apartó de la ventana y, al hacerlo, se vio en el espejo colgado encima del escritorio. Se paró de costado, un poco más erguido, y trató de echar el abdomen hacia adentro. No había nada de panza. Su abdomen era tan chato como cuandose batió en su primer duelo. Enojado, tomó el sombrero y salió de la habitación.
Dos horas más tarde se hallaba sentado en el porche delantero de la oficina del sheriff , haciendo pedazos una ramita con un cuchillo. Comenzaba a pensar que esa mujer traía mala suerte. Diez minutos después de dejar la casa de huéspedes, un muchacho se le había acercado corriendo con un telegrama. Su siguiente trabajo, para un ranchero de Plano, había sido cancelado. El hombre quería que alguien se encargara de encontrar y matar a un grupo de cuatreros, pero el telegrama decía que un joven, menos caro, ya había realizado la tarea.
Esa noticia enojó tanto a Cole que fue a lo de Nina para decirle que la deseaba ya. Nina contestó que debía esperar su turno, pues la última vez no le había pagado. ¿Desde cuándo debía pagar por una mujer? Las mujeres se morían por ir ala cama con él.
-Nina -dijo, odiándose por hacerlo-. ¿Tú crees que soy… en fin, ya sabes… atractivo?
Eso la había hecho reír.
-Cole, ¿qué te pasa, querido? ¿Te enamoraste de una muchacha que te considera tan viejo como para ser su padre?
Ése era probablemente el único insulto que la señorita Latham no le había dedicado, pero sí lo había hecho Nina. Primero una solterona amargada y luego una prostituta. Pensó que haría bien en marcharse de Abilene enseguida, antes de que el pelo se le volviera gris y los dientes comenzaran a caérsele.
-¿ Qué es lo que te preocupa? -preguntó el sheriff, que en ese momento estaba sentado junto a él en el porche.
-No me pasa nada -contestó Cole en tono cortante-. ¿Qué te hace pensar que algo me preocupa?
-Pocas veces te vi despierto tan temprano; cuando te levantas de día, en general es para encontrarte con alguien en un tiroteo. ¿Por qué no estás en la taberna, como siempre?
-¿Es eso lo que piensas de mí? ¿Es así como crees que paso mi vida, matando gente, bebiendo y jugando? Si crees que soy semejante vago, ¿por qué no me has arrestado? A fin de cuentas, si soy un asesino, ¿por qué no me colgaste?
El sheriff miró divertido a Cole. Se conocían desde hacía años; lo habían pasado bien juntos hasta que el sheriff consideró que ya había tenido su cuota de revolcones en la cama y de porotos. Se había casado con una viuda rolliza que le dio dos varones que significaban todo para él.
-¿Nina te rechazó?
-No, Nina no me rechazó -mintió Cole-. ¿Qué le pasa a la gente del pueblo? ¿Acaso un hombre no puede hacer algo diferente de vez en cuando?
-Alguien fue a verte hoy. ¿Quién era? ¿Alguno de los muchachos Dalton anda merodeando por aquí y yo no estoy enterado?
Cole no contestó porque en ese momento la pequeña e irritante señorita Latham salía del hotel y empezaba a caminar hacia el banco.
El sheriff observaba a su amigo de toda la vida, tratando de descubrir qué le pasaba, cuando los ojos de Cole cambiaron de repente. Apareció en ellos la mirada que reservaba para jugadores que podrían tener guardado un as en la manga y para famosos pistoleros que
podrían sacar en cualquier momento a fin de decir que habían matado a Cole Hunter. Ante la incredulidad del sheriff, Cole había fijado esa mirada en una mujer pequeña, sencilla, vestida con un modesto vestido marrón. En general, Cole se deslumbraba con mujeres vistosas, acostumbradas al satén rojo y al encaje negro. Decía que luchaba contra los hombres para ganarse la vida, de modo que no quería luchar contra las mujeres; deseaba que fueran accesibles.
-¿Quién es? -preguntó Cole en tono beligerante, apuntando hacia ella con la hoja de su cuchillo.
Abilene era un pueblo grande, pero al sheríff le enorgullecía afirmar que sabía quién iba y venía por allí.
-Dinero -dijo. Mordió un trozo de tabaco. -Su padre era del Este, vino acá y compró unos cuantos cientos de acres de buena tierra en el norte. Construyó la casa más grande que se había visto, luego se sentó y esperó. La mayor parte de la gente pensó que estaba loco. Cuatro años más tarde, apareció el ferrocarril y él vendió el terreno por un precio cinco veces más grande de lo que lo había pagado. Construyó un pueblo, lo llamó Latham en su honor, luego alquiló los edificios agente que deseaba trabajar. Un hombre duro. Dicen que echa a los inquilinos si le deben veinticuatro horas de alquiler.
-Los echaba -corrigió Cole-. Murió hace casi un año.
-¿Ah, sí? No lo sabía -comentó el sheriff, para que Cole advirtiera su deseo de saber más. Pero Cole siempre lo había acusado de ser un chismoso y no estaba dispuesto a brindarle ninguna información.
-¿ y la esposa?
-Oí decir que también la compró. Vol vió al Este por unos pocos meses y regresó casado. -El sheriffhizo una pausa para sonreír. -Decían que era la mujer más hermosa vista por ojos humanos. Hablé con un vaquero que trabajaba para ellos; me contó que los hombres se quedaban mudos cuando ella andaba cerca. Se limitaban a quedarse parados y mirarla.
-y tuvo una hija igual a ella -dijo Cole en voz baja. El sheríff rió.
-Sí, una verdadera belleza. y luego tuvo una igual a él.
Debe de haber sido una desilusión.
Cole no sabía si defender o no a esa malcriada, pero recordó lo de "pistolero envejecido" y no lo hizo. La próxima vez que un mequetrefe lo retara a duelo, debería enviarle ala señorita Latham. Sus palabras lo harían sangrar más que las balas.
Cuando hacía pedazos la cuarta rama, comenzó el alboroto. Justo delante de las narices soñolientas del sheríff y de la mirada descuidada de Cole, cuatro hombres habían llegado a caballo al banco, se habían cubierto la cara y habían emprendido un asalto. Lo primero que supo el sheríff fue que había un tiroteo; luego, un hombre salió tambaleándose del edificio, apretándose el vientre con una mano ensangrentada.
Cole nunca había pensado que el asalto aun banco fuera asunto suyo. Más que nada, porque hubiera podido encontrarse disparando contra hombres que consideraba amigos, hombres que habían compartido el fuego de un campamento con él, de modo que les dejaba las buenas acciones a seres tan estúpidos como para ponerse una chapa en la camisa. El día anterior se habría quedado sentado donde estaba, mirando, mientras el sheríff saltaba y echaba a correr, con su joven ayudante pisándole los talones.
Pero aquel día pasaba algo distinto. Aquel día, las palabras "Ella está ahí adentro" resonaron en su mente. Eso no tenía sentido, claro, porque él no sentía ningún interés en ella. Si hubiera sido Nina u otra persona conocida, sí habría tenido sentido.
No lo pensó. A pesar de su panza imaginaria y de su edad avanzada y de su vista débil, saltó por encima de la baranda y echó a correr, seis metros más adelante que el sheriff. Fue como una serpiente, en un instante quieta y perezosa bajo el sol, ya siguiente moviéndose en forma tan veloz que resultaba difícil de ver .
Los ladrones no habían tenido en cuenta que un hombre de la reputación de Cole Hunter trataría de impedirles saquear el banco de Abilene. Pensaron que deberían vérselas con un sheriff gordo, un ayudante inexperto y muchos ciudadanos desinteresados. Después de todo, era un banco pequeño, sin gran atractivo para nadie más que una docena de personas. Los ladrones creyeron que sería un asunto fácil, que entrarían y saldrían en cuestión de minutos. Pero todo había ido mal desde el principio. Uno de los granjeros había decidido hacerse el héroe, y el más joven y nervioso de los bandidos se había asustado y le había disparado.
-Salgamos de aquí -gritó uno de los de la banda mientras tomaba una alforja llena de dinero y se dirigía hacia la puerta. Fue lo último que hizo en su vida. Cole Hunter abrió violentamente la puerta con el pie, luego se hizo a un lado para evitar la andanada de balas. Cuando ésta se interrumpió, él entró, con dos pistolas escupiendo fuego, y, una vez que el humo se hubo disipado, había tres hombres muertos en el piso.
El cuarto ladrón se aferró a la persona más cercana para usarla como escudo, y esa persona era casualmente la señorita Latham.
-Baja las armas o le vuelo la cabeza a ella -amenazó el hombre detrás de su máscara, con el revólver apuntado en dirección a la cabeza de la mujer.
Cole se alegró al ver que ella no parecía aterrorizada. No quería decirle nada que le indicara al bandido que la conocía; no quería darle ninguna ventaja. Cuando llegaron el sheriff y su ayudante, les hizo una seña a fin de que permanecieran afuera.
-Están terminados… -dijo Cole con calma, y se agachó para dejar caer sus armas, sin sacar los ojos del hombre que empezaba a caminar en dirección a la puerta. Tenía otra pistola en el cinturón, una pistola de bolsillo de un solo tiro. Podía alcanzarla y disparar, pero antes debía sacar a la señorita Latham del medio. Deseó encontrar la manera de decirle que se apartara del pistolero.
-¿Por qué te metiste en esto, Hunter? -dijo el ladrón-. Generalmente estás de nuestra parte.
El día anterior, Cole se habría sentido complacido ante ese comentario, incluso se habría mostrado de acuerdo, pero hoy algo resultaba distinto. Tal vez fueran los ojos de la señorita Latham, que lo miraban con absoluta confianza. Ella había dicho que era un héroe. -Pasaba por casualidad -dijo-, y necesitaba un poco de excitación. Los hombres deben rodar un poco para no aburrirse.
Los ojos del ladrón sonreían por encima de la máscara. -Lo entiendo -afirmó, sin dejar de caminar hacia la puerta, empujando a la señorita Latham delante de él.
Justo cuando Cole creía que su insinuación sobre "rodar" no había llegado a la señorita Latham, ella mordió el brazo del ladrón y, cuando éste la soltó sorprendido, se dejó caer al suelo y rodó. Cole sacó la pistola de repuesto y disparó, pero no antes de que el bandido hiciera lo mismo. Su bala dio en el antebrazo derecho de Cole una fracción de segundo antes de que el arma de Cole disparara.

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