El Solitario

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Un hombre ciego, sordo y mudo, mientras regresa en barco de los Estados Unidos, confiesa ser el autor de una asesinato que ha ocurrido a bordo. Un abogado toma la defensa del caso convirtiéndose en un desafío para la mutua comunicación.el_solitario
Jacques Vauthier es ciego, sordo y mudo. La expresión de su rostro y su constitución hercúlea, unidos a la falta de oído, de la vista y de la palabra, contribuyen a darle un aspecto terrible, rayano en lo bestial. A bordo del barco en que Vauthier regresa de los Estados Unidos con su joven esposa, se ha producido un asesinato. Cuando la policía toma cartas en el asunto, Vauthier confiesa ser el autor del crimen. Sin embargo, algo extraño hay en tan espontánea y sorprendente declaración. Pero, ¿cómo es posible comunicarse con alguien blindado a casi todas las vías que vinculan a los hombres por los sentidos? Presenciamos así los penosos esfuerzos del abogado Víctor Deliot para establecer una comunicación íntima entre defensor y defendido, de qué manera éste emerge poco a poco en su identidad verdadera. El solitario es, sin duda la obra maestra de Guy des Cars.

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CAPÍTULO PRIMERO
EL ACUSADO

 

 

Después de recorrer todo el perímetro de la sala de Pasos Perdidos atravesó la galería Marchande, como venía
haciéndolo tres veces por semana desde casi medio siglo atrás. Aseguraba que este paseo, del que no podía prescindir, le
permitía “respirar el aire puro del Palacio”. Todo indicaba en él la rutina: desde su monótono andar hasta esa particular
costumbre, al encontrarse con un colega, de esbozar una leve reverencia tomando la toga con la punta de los dedos. Los
lunes, miércoles y viernes, exactamente a la una de la tarde, subía la gran escalinata que daba sobre el bulevar del Palacio
para dirigirse, sin prestar atención a nadie, hacia el guardarropa de abogados.
Allí, casi con pena, abandonaba su sombrero de fieltro en invierno y el amarillo canotier en verano para ocultar, con su
birrete de magistrado echado hacia atrás, la desnuda nuca. Así cubierto y sin quitarse la chaqueta, se endosaba una raída
toga sobre la que no aparecía la Legión de Honor ni ninguna otra condecoración. Con este doble atavío aparentaba una
corpulencia que estaba, en realidad, lejos de tener, a pesar de que ya había pasado los sesenta.
En el momento de abandonar el guardarropa para comenzar su ronda habitual completaba su silueta deslizando bajo el
brazo izquierdo una vieja cartera de cuero, en la que, por toda pieza de convicción, había un número de la Gaceta de los
Tribunales.
Una vez provisto de estos atributos profesionales comenzaba a saludar a sus colegas, convencido
entonces de que había abandonado el incógnito de la vida civil por los esplendores de la vida judicial.
En el Palacio conocía de vista a todo el mundo, desde los más ilustres Presidentes de las Cortes hasta
los más humildes escribanos, pasando por la numerosa cohorte de apoderados, procuradores, abogados
y abogaduchos, a los que solía encontrar por azar en las distintas cámaras caldeadas, corredores
polvorientos o interminables escaleras. Conocía a todo el mundo, pero nadie sabía con exactitud quién
era él. Los más jóvenes entre los nuevos colegas se habían preguntado, más de una vez, qué beneficio
podría obtener ese fantoche mal ataviado, de colgantes bigotes y oscilantes lentes, errando así en el
inmenso edificio donde raramente defendía algún pleito.
A él no le preocupaba la opinión del foro sobre su conducta. Deambulaba de archivo en archivo, de tribunal en tribunal,
consultando los letreros que anunciaban los “asuntos detenidos”. Cuatro o cinco veces por año se le veía ante alguna cámara
correccional esforzándose en obtener la indulgencia del tribunal para algún vagabundo reincidente. Su actividad profesional,
su talento oratorio y su ambición parecían limitarse a eso. Tal era Víctor Deliot, inscripto hacía ya cuarenta y cinco años en
el Foro de París.
Siempre estaba solo. Uno que otro de los “antiguos” le hacía al pasar, pero sin detenerse, un simple ademán amistoso,
prefiriendo evitar a un colega tan poco influyente y tan incapaz de aportarle jamás algún “caso” interesante. Fue por ello que
Víctor Deliot se asombró y se inquietó, a la vez, al sentirse interpelado en la galería por un ujier:
—¡Ah!, doctor Deliot. Desde hace veinte minutos lo busco por todas partes… El señor Presidente del Colegio de
Abogados lo llama urgentemente a su despacho.
—¿El Presidente? —tartamudeó el viejo abogado—. ¿Para qué me llama?
—No lo sé —respondió el ujier—, pero es urgente. Lo espera.
—Está bien. Ya voy.
No se apresuró, pues conocía a Musnier de tiempo atrás. Habían cursado juntos los estudios de derecho y se
inscribieron el mismo año en el Foro de París, después que Deliot hubo ayudado a su camarada a preparar la tesis. Musnier
no se había revelado alumno brillante durante sus estudios, mientras que Deliot siempre había deslumbrado a los tribunales
examinadores.
Las cosas habían cambiado desde esos lejanos tiempos. Al comenzar su carrera, Musnier había tenido la notable
oportunidad de ser designado de oficio para asumir la defensa de un resonante caso, en el que había conseguido hacer
absolver a una cliente a quien la opinión pública condenaba de antemano. A continuación, el joven abogado no había tenido
más que dejarse llevar por su creciente renombre. Gloria exagerada, opinaba Deliot, quien tenía a su amigo por un defensor
execrable. Pero después de cuarenta y cinco años de continua mediocridad, el vencido por la mala suerte se resignaba a
vegetar, recogiendo los asuntos que rechazaban sus colegas. Víctor Deliot vivía, y a duras penas, de las migajas del Palacio.
En el fondo detestaba cordialmente a Musnier, el cual, como todos los arribistas, no deseaba de ningún modo volver a
encontrar en su luminoso camino a los camaradas de los años mozos que lo habían conocido menos brillante. Después que
Musnier fue elevado al codiciado puesto, Deliot solía encontrarlo en el Palacio; el Presidente, cuidadoso de su jerarquía,
dignábase apenas responder a su saludo. Deliot no se extrañaba, comprendiendo muy bien que a los ojos de un hombre
como Musnier ―que no admitía la persistente mala suerte―, él era la vergüenza del gremio. Fue en este estado espiritual
cuando el frustrado y viejo hombre de leyes golpeó tímidamente a la puerta del despacho del señor Presidente del Colegio
de Abogados.
—¡Buenos días, Deliot! —le dijo Musnier, con desacostumbrada amabilidad—. ¡Me parece que hace siglos que no
charlamos! ¿Por qué diablos no vienes nunca a verme?
Deliot estaba pasmado: su antiguo camarada aparecía casi sonriente.
—Bueno, tú sabes… —balbuceó—; no quiero molestarte; estás tan ocupado…
—¡Pero no! Nunca, cuando se trata de recibir un amigo… ¿Un cigarro?
Deliot titubeó antes de introducir la mano en la magnífica caja que se le ofrecía, y terminó por servirse, diciendo:
—Gracias. Lo saborearé esta noche.
—¡Vaya! Toma otros…
El Presidente le tendió un puñado de cigarros que, confuso, Deliot se apresuró a hundir en los bolsillos de su chaleco
por la abertura de la toga.
—Bueno… ¡Siéntate, siéntate!
Deliot obedeció. Musnier se quedó de pie y comenzó a caminar de un lado a otro, detrás de su ancho escritorio.
—Dime, ¿has oído hablar del caso Vauthier?
—No.
—¡No me extraña, conociéndote! ¿Es que nunca cambiarás? Pero, ¿qué diablos haces todo el día por el Palacio?
—Vago de un lado a otro…
—Eso es lo que me preocupa. He estado pensando en ti…
Deliot abrió los parpadeantes ojos detrás de sus lentes. Musnier continuó:
—El caso Vauthier, que tú ignoras, ha hecho mucho ruido hace seis meses. Este Vauthier ha matado a un
norteamericano a bordo del De Grasse durante una travesía de Nueva York a El Havre… Un crimen insensato, cuyo
verdadero móvil no ha podido aún ser descubierto. Vauthier mató a un hombre al que no conocía ni jamás había visto, ¡y al
que ni siquiera robó! Naturalmente, el comandante del De Grasse lo hizo encarcelar a bordo, entregándolo a la policía, que
fue a prenderlo en el puerto de El Havre. Actualmente está en la Santé, de donde pasará para ser juzgado, dentro de unas
tres semanas, por la justicia en lo criminal. Eso es todo.
—Y tu prisa por verme, ¿es para referirme este suceso?
—Así es…, porque abrigo la intención de confiarte el caso.
—¿A mí?
—Exactamente.
—¡Pero yo no soy abogado criminalista!
—¡Razón de más para que ahora lo seas! ¿Vas a resignarte con tu correccional? Escúchame: me desespera ver a un
hombre de tu valor y edad perder su tiempo y su talento con historias de perros aplastados, contravenciones o rufianes
principiantes… ¡Sacúdete un poco, Deliot! Lo correccional es para tomarlo a risa, mientras que lo criminal es asunto serio.
Desde el momento en que un individuo defiende su cabeza, la opinión pública se apasiona y es ella la que cuenta en nuestra
carrera. Puedes estar seguro de que si no sales mal librado de este caso, seguramente recibirás otros, ¡y buenos!
—Evidentemente —reconoció Deliot—. Tal vez tengas razón, y… te agradezco que hayas pensado en mí…
—Te advierto de antemano que no ganarás un Perú; financieramente, el caso Vauthier no es
interesante. No hay dinero. Pero será magnífico para ti desde el punto de vista publicitario. ¡Ah!,
olvidaba darte un detalle importante: en esta causa ya han intervenido dos de nuestros colegas…
Charmaux y de Silves…¿Los conoces?
—De nombre.
—¡Eso tampoco me extraña! Pero es que entonces… ¿tú no conocerás jamás a nadie, mi pobre amigo? ¡Por eso no
trabajas! Entre colegas nos ayudamos, nos consultamos; la solidaridad profesional se pone en juego… ¡En fin! Charmaux ha
devuelto el sumario sin dar razones, después de haber estudiado la causa durante un tiempo. Le hablé de eso a de Silves, que
es un muchacho brillante y que me dio a conocer en cierta ocasión su interés por este caso Vauthier. Algunos días después,
Charmaux le enviaba todo el sumario; personalmente tuve la impresión de que estaba encantado de deshacerse de él. Todo
marchaba perfectamente, cuando ¡paf!… Mi amigo de Silves me viene a ver la semana pasada para notificarme
resueltamente que él no podía ocuparse de la causa… ¡Y esto a tres semanas de la apertura del proceso! Me puse en seguida
en busca de un nuevo defensor y… ¡no me creerás! No encontré ninguno. Se han negado todos… Por consiguiente, estoy
obligado (y de conformidad con el Presidente Legris, que dirigirá los debates) a nombrar a alguno de oficio. Entonces pensé
en ti…
Al pronunciar estas últimas palabras, la mirada huidiza del Presidente evitó la de Deliot que, por fin, descubría la
verdadera razón de la excesiva amabilidad de que era objeto.
—Aquí está el sumario —prosiguió vivamente Musnier, señalando una voluminosa carpeta atestada de papeles que
ocupaba el centro del escritorio.
El viejo abogado, después de levantarse, tomó el peso del expediente antes de responder:
—Comprendo perfectamente. De cualquier manera, no podré decir que mis ilustres predecesores no han acumulado una
cantidad impresionante de piezas probatorias. Esperemos que todas sean convincentes…
Introdujo el sumario en la cartera, donde la causa Vauthier tenía de vecina a la Gaceta de los Tribunales, y se dirigió
hacia la puerta.
—¡Deliot! —lo llamó, algo molesto, el Presidente—. ¿Me guardas rencor?
—No… No tengo nada que reprocharte. Has cumplido con tu obligación, eso es todo; y yo trataré de cumplir con la
mía.
—¡Haces mal en tomar las cosas en esa forma! Ayer, antes de llamarte, hojeé este sumario con el solo objeto de
enterarme por qué razón nuestros colegas se habrían librado de él. Ahora creo estar mejor informado. En sí, la causa parece
bastante banal: el crimen está confirmado… Además, el asesino no ha pensado negarlo en ningún momento. La
personalidad de la víctima me ha parecido anodina. En cambio, la del criminal, este Jacques Vauthier, es una de las más
curiosas. Bien podría haber sido eso lo que alejó a los sucesivos defensores…
—¡Ah! Sin duda vas a anunciarme que es un monstruo.
—No quiero influir en ti… Lee el sumario y tú mismo te darás cuenta. Podría ser también que tuvieses necesidad de
prórrogas suplementarias para preparar la defensa; si te encuentras apremiado, no dudes: ven a decírmelo y haremos
postergar la causa.
—Haré lo imposible por evitarlo —respondió Deliot—. Cuando el vino está servido, hay que beberlo; cuando ha sido
cometido un crimen, hay que juzgarlo sin tardanza. O el acusado es culpable y hay que condenarlo cuanto antes, o es
inocente, y entonces es injusto prolongar su prisión preventiva.
—En este caso, viejo, me parece que la culpabilidad de tu nuevo cliente no puede ser puesta en duda. Y sobre todo, si se
tiene en cuenta su actitud después del crimen, cabe suponer que lo declararán culpable.
—Permíteme hacerte notar, mi querido Presidente, que ese punto preciso nos concierne únicamente a él y a mí.
—Es verdad. Pero al fin y al cabo, ha matado. Ahora que… ¡Dios santo!, seis u ocho meses de prisión preventiva no
significarían una diferencia muy grande en el total que recogerá, suponiendo que consigas salvarle la cabeza…
—Volveré a darte mi impresión dentro de ocho días —dijo simplemente Deliot, a guisa de despedida.
Consideró superfluo estrechar la mano de este “malhadado Presidente” que lo abrumaba con un caso imposible.
Por primera vez, cruzó rápidamente la galería Marchande. Al llegar a la entrada del salón de Pasos Perdidos se encontró
frente a frente con Berthet, uno de los numerosos colegas que de ordinario parecían no reconocerlo.
—¡Pero si es el buen Deliot! —exclamó Berthet—. ¿Cómo le va, querido amigo?
Admirado, poco le faltó a Deliot para dejar caer la cartera. Era un día de sorpresas.
—¡Enhorabuena! —continuó su interlocutor, señalando la cartera abultada por el expediente Vauthier—. ¡Trabajo en
puerta! ¿Interesante por lo menos?
—Tengo acá —respondió el viejo abogado, asumiendo un aire confidencial— un caso extraordinario…
—¿De veras? ¿En lo correccional?
—¡Criminal! —dijo negligentemente Deliot, y se alejó, dejando a Berthet estupefacto.
Mientras llegaba al guardarropas para cambiar su informe birrete por el abollado sombrero de fieltro, el nuevo defensor
de Vauthier pensó que al fin, por primera vez en su vida, acababa de apuntarse un tanto. El solo hecho de haber podido
pronunciar esa palabra, terrible y mágica a la vez: “criminal”, de golpe lo volvía a valorizar. Ahora era necesario tener éxito
a cualquier precio. Pero, ¿qué podía haber en ese sumario para que nadie lo quisiese?
Lo supo algunas horas después, una vez que hubo leído y releído las hojas acumuladas por sus dos antecesores. Algunas
estaban sobrecargadas de anotaciones personales. Deliot comenzó por borrar todas las apreciaciones de sus colegas. Jamás
anotaba algo, prefiriendo atenerse únicamente al texto ―cuya aridez le satisfacía― y fiándose de su memoria.
Afuera caía ya la noche invernal, aunque eran apenas las cinco. El gabinete de trabajo, que cumplía funciones de
biblioteca y única pieza de recepción en el modesto departamento ―que Víctor Deliot ocupaba desde hacia años en el
quinto piso de un viejo edificio de la calle Saints-Péres―, no estaba iluminado esa noche más que por la lámpara de
pantalla verde colocada sobre el escritorio. El abogado se dirigió con pesado paso hacia un armario disimulado en el fondo
del vestíbulo y descolgó una bata incolora que se endosó, como la toga, encima del traje; luego entró en la estrecha cocina,
donde recalentó el café preparado por la sirvienta. Llevó al gabinete de trabajo la cafetera y una cascada taza; colocó la
primera sobre la estufa —única fuente de calor del departamento—, y la segunda fue a parar sobre la raída alfombra a los
pies del viejo sillón en el que el abogado se hundió, después de decidirse a encender uno de los cigarros ofrecidos por el
Presidente. Al cabo de un cierto tiempo, la beatitud de ese relativo bienestar le pareció completa al viejo solitario.
Con los ojos semicerrados, Víctor Deliot reflexionaba. No salió de su aparente somnolencia más que en dos
oportunidades, para alargar el brazo hacia la mesa escritorio donde se encontraba el teléfono.
—Hola, ¿el doctor Charmaux? Le habla Deliot… No nos conocemos personalmente, pues no se había presentado
todavía la ocasión de encontrarnos por necesidades de la profesión… y créame, mi querido colega, quién más lo siente soy
yo. Me permití telefonearle por el asunto Vauthier que, por así decir, acabo de heredar. No, no es más el doctor de Silves,
y… ¡Dios mío!, lo he aceptado. Ésta es la principal razón por la que lo he llamado: para preguntarle, como dato
estrictamente confidencial y entre colegas, por qué ha juzgado usted preferible renunciar a esa causa.
La contestación fue larga y enredada. Víctor Deliot lo escuchaba meneando la cabeza y acentuando de tiempo en
tiempo las frases de su colega con: “¡Vaya, vaya!”, o “¡Qué raro!”. Cuando el doctor Charmaux hubo terminado sus
explicaciones, el viejo abogado le dijo con cortesía exclusivamente profesional:
—Discúlpeme una vez más, mi querido colega, por haberlo molestado. Comprendo perfectamente los motivos
imperiosos que lo obligaron a renunciar, pese a usted mismo, a defender esta causa. Le agradezco desde ahora su
amabilidad y me atrevo a esperar que se presente la grata oportunidad de conocerlo ampliamente uno de estos días…
Colgó, repitiendo: “¡Curioso, muy curioso!”. Algunos minutos más tarde marcaba otro número en el automático.
—Hola. Desearía hablar con el doctor de Silves, de parte de su colega Deliot… “De”, como Denise, “Liot”, casi como
león…
Pudo comprobar que su nombre no debía ser pronunciado muy a menudo en casa de su ilustre colega, cosa que no le
importaba.
—Hola… ¿El doctor de Silves? Habla Deliot…
Reiteró las mismas excusas por las molestias causadas, formuló la misma pregunta, escuchó, meneó de nuevo la cabeza,
agradeció y colgó, murmurando: “Extraño… muy extraño”.
El silencio se apoderé de nuevo de la salita perfumada con el aroma del interminable cigarro. Afuera estaba cada vez
más oscuro, pero la lámpara de pantalla verde quedó encendida hasta el alba.
Cuando la sirvienta penetró en el departamento a la mañana siguiente, se sintió francamente sorprendida al encontrar al
dueño de casa dormido en el sillón. Al entrar en el dormitorio, para cerciorarse de que el abogado no había utilizado su
cama, oyó la voz pastosa de Víctor Deliot que preguntaba:
—¿Es usted, Louise? Entonces, ¿qué hora es?
—Las ocho, señor.
—¿Ya? —refunfuñó el abogado, antes de agregar—. ¿Será necesario repetirle cada mañana, mi buena señora, que el
común de los mortales nos llama “doctor”? ¿Por qué? No sabría contestarle, pero es así… Pronto, hágame el café.
—¿Lo ha tomado todo?
—Sí.
—No ha debido dormir mucho…
—No mucho, en efecto.
Durante esa noche de insomnio, poco tiempo después de la conversación con el doctor de Silves, Víctor Deliot recibió
una visita.
—Buenas noches, doctor. He estado muy inquieta. Lo he buscado por todos los rincones del Palacio…
—He regresado más temprano que de costumbre.
—No estará enfermo, pienso.
—No, hija mía…
Danielle no era su hija y ni siquiera parienta suya, pero Deliot había adquirido la costumbre de llamar así a la joven
estudiante que cursaba su doctorado en la Facultad de Derecho. Como tantas otras jóvenes semejantes, Danielle Gény
aspiraba a actuar en el Foro. Algunos meses antes, por un caso fortuito, había conocido a. Víctor Deliot en la terraza de un
café del bulevar Saint-Michel. Rápidamente, el viejo veterano y la abogada en ciernes habían simpatizado. Con su habitual
espíritu contradictorio, Víctor Deliot había tratado, de entrada, de disuadir a la joven de inscribirse —una vez terminados
sus estudios— en un tribunal cualquiera, no olvidándose de advertirle que el Derecho es el medio para alcanzar el éxito
esperado. Danielle, que había llegado a la capital cinco años antes, desbordante de ambiciones y esperanzas juveniles, se
desconcertó. ¿No le pintaba su nuevo amigo, con una franqueza conmovedora, la miseria que la esperaba si no conseguía
afirmarse en sus primeros pleitos? Deliot hizo comprender a la joven que estaba mejor asesorado que cualquiera sobre ese
tema, para tener derecho a dar consejos.
Esta particular modestia creó la corriente de simpatía que los unía. Danielle consideró que no era necesario tomar todas
las ocurrencias del abogado como verdades del Evangelio, y se aferró a él. Poco a poco Víctor Deliot comenzó a interesarse
en sus estudios. Danielle era la única mujer ―además de Louise, la sirvienta― que podía penetrar a cualquier hora en la
intimidad, un poco bohemia, del departamento de este hombre maduro. En un momento dado se preguntó si su nuevo amigo
no se habría enamorado de ella; pero no tardó en comprender que Víctor Deliot no amaría jamás a nadie. No porque fuese
egoísta, sino porque, por principio, detestaba a las mujeres. ¿Sería, tal vez, porque nunca le habían prestado atención?
Despreciaba, entre todas, a sus colegas femeninas, de las cuales tenía este juicio lapidario:
—O hacen dormir al jurado o lo exasperan; el resultado, de cualquier manera, es desastroso.
Sin embargo, Danielle ansiaba defender alguna causa y era ésa la principal razón por la cual se aferraba al viejo
solitario que le había enseñado, entre otras cosas, los innumerables secretos del oficio. Siempre se había extrañado de que
Víctor Deliot no triunfara en su carrera.
Era ella, a pesar de su horror instintivo a toda clase de correspondencia, la que tecleaba sobre la vieja máquina de
escribir del gabinete las escasas cartas que él no podía dejar de enviar por necesidades de su trabajo. «¡Scripta manent!»,
tenía él la costumbre de decir; «¡Siempre que no venga alguien a escudriñar mis pensamientos!».
—Hija mía —dijo el soñador del cigarro, cuando la joven estudiante penetró en su gabinete—, ya que usted ha tenido la
gentileza de visitarme esta noche, debo creer que la preparación de su tesis no tiene mayor prisa… Puede, entonces,
hacerme un gran favor instalándose en seguida detrás de esa máquina para escribir una misma carta en cinco ejemplares.
Cuando esté lista, usted no tendrá más que agregarle a mano Madame o Monsieur, según los destinatarios, cuyas direcciones
le daré en seguida.
—¿Se trata de alguna nueva causa en lo correccional? —preguntó la joven, tomando asiento delante del teclado.
—No, precisamente… Acabo de tomar una decisión importante. Renuncio a lo correccional para dedicarme a lo
criminal. ¿Ve usted ese impresionante expediente sobre mi escritorio? Pertenece al primer hombre al que trataré de salvarle
la cabeza. La causa se presenta bastante mal… No se trata de un cliente ordinario; le puedo asegurar que, según mi memoria
de abogado, ¡no se debe haber registrado jamás algo semejante! Ante todo, no quiere ser defendido. Eso es muy fastidioso;
implicaría declararlo culpable, y como yo tengo la intención de defenderlo (pese a él mismo, si es necesario), ¡me temo que
tendremos algunos contratiempos! ¿Está lista? Ponga la fecha de hoy. Deje un espacio en blanco para Monsieur o Madame
y le dicto.
»Habiéndoseme encomendado asumir la defensa de Jacques Vauthier, cuyo proceso se abrirá el 20 de noviembre,
próximo ante la Cámara en lo Criminal del Sena, para responder del asesinato de John Bell, cometido el 5 de mayo último a
bordo del vapor De Grasse, le quedaría muy agradecido me concediera una entrevista, en caso de que no pudiera venir a
verme, o bien pasara por mi despacho lo más pronto posible, ya que el plazo que queda hasta la primera audiencia es muy
breve. A la espera de su pronta contestación, lo saluda, etc…»
—¡Listo! Anote ahora las cinco direcciones para cerrar los sobres que usted llevará en seguida (una vez que yo firme las
cartas) al correo central de la calle del Louvre. Pueden salir todavía esta noche; los destinatarios las recibirán mañana y
ganaríamos un día. Le dicto: «Mme. Jacques Vauthier, Hotel Régina, 16 bis, Rue des Acacias, París». Es su última
dirección conocida, de acuerdo con los datos del expediente. No olvide cruzar el sobre con: «Hacer seguir»… Segunda
dirección: «Mme. Simone Vauthier, 15 Avenue du Général Leclare, Asniéres». Tercera: «Monsieur le docteur Dervaux, 3,
rue de París, Limoges». Las dos últimas cartas a la misma dirección: «Institution Saint-Joseph Sanac, Haute Vienne»; los
nombres respectivos de: «Monsieur Ivon Rodelec» y de «Monsieur Dominique Tirmont». Eso es todo… ¿Mañana tiene
clases en la Facultad?
—Una sola, que podría “olvidar”.
—¡No vacile! Quisiera que usted estuviese aquí desde las ocho y media de la mañana, para que esto no quede solo; yo
no estaré en todo el día y no podré regresar antes de las nueve de la noche. Espéreme y atienda el teléfono. Si alguna de las
personas a las que acabo de escribir da algún signo de vida, fíjele una cita para pasado mañana a cualquier hora: yo me las
arreglaré. ¿Entendido? No se ausente a la hora del almuerzo; le daré instrucciones a la sirvienta para que le prepare comida.
—Pero, doctor… si hubiese alguna comunicación urgente para usted, ¿dónde podré llamarlo por teléfono?
—¡No sé! Espere mi regreso. Listo, las cartas están firmadas. ¡Vuele a la calle del Louvre!
—Doctor, ¿sería indiscreto preguntarle quiénes son estas personas a las que usted escribe?
—Muy indiscreto, hija mía; pero, pese a eso, se lo diré, ya que usted se convierte en esta causa en mi colaboradora.
Esos cinco desconocidos me parecen susceptibles de ser excelentes testigos a favor. ¡Lo que no significa que todos quieran
presentarse a citación judicial! Será cuestión mía encontrar los argumentos necesarios para decidirlos…
La joven partió sin pedir más explicaciones; sabía que el abogado no se las daría.
Víctor Deliot pasó el resto de la noche meditando, y mientras saboreaba los cigarros del Presidente, llegó a la
conclusión de que era imprescindible trabar conocimiento con su cliente.
No mintió entonces al confiarle a Louise, la mañana siguiente, que la noche anterior no había dormido lo suficiente.
Después de tragar el frugal desayuno preparado por la buena mujer y una vez desprovisto de su vieja y estropeada bata, se
hizo un breve arreglo matinal sin tomarse siquiera el trabajo de afeitarse. Después salió, diciendo:
—Louise, la señorita Gény llegará dentro de un rato y se quedará aquí todo el día, hasta que yo vuelva. Usted le
preparará un buen almuerzo: no olvide que a su edad se tiene un apetito voraz… Hasta mañana, mi buena señora.
Una hora después, provisto de las autorizaciones necesarias, caminaba a lo largo de un corredor de la Santé. El guardián
que le servía de guía preguntó:
—¿Viene a ver al número 622?
—Sí.
—¡Le deseo buena suerte! Si usted consigue sacar alguna cosa de ese sujeto… ¡será un milagro! ¡Es tan hermético
como una puerta de prisión!
—Su chiste, amigo mío, no me parece del mejor gusto.
—Pero… si yo le dije eso, doctor, fue simplemente para ponerlo en guardia. Todos los abogados que vinieron a verlo
han renunciado a su defensa. Es un pobre tipo, al que sería mejor mandarlo a un asilo. Se comentaba también que no se le
podía encontrar un abogado…
—Lo han engañado por partida doble: mi cliente no es un “pobre tipo”, y tiene un defensor… ¡Yo!
—Si es así… —gruñó el guardián, pensando: “Este abogado, o es un loco o es un sádico”.
Las llaves rechinaron y la pesada puerta engrillada se abrió. Calzándose los lentes para contemplar a su nuevo cliente,
Víctor Deliot penetró en la celda acompañado del guardián, que volvió a cerrar cuidadosamente la puerta detrás de ellos.
Allí estaba, acurrucado contra el suelo, en el rincón más oscuro de la exigua celda. Y, a pesar de esta extraña posición,
aparecía gigantesco. Esa cara rectangular, terminada por una mandíbula desmesurada y coronada por duros cabellos, no
tenía nada de humano. El abogado hizo un movimiento de retroceso y por un instante se preguntó si no estaría en presencia
de un monstruo escapado de alguna lejana selva virgen. No era posible encontrar un ser más impresionante. El pecho era
enorme, y los dos brazos colgaban a lo largo del cuerpo terminando en velludas manos de asesino…, manos al acecho de la
presa.
Lo que más chocaba en su cara era la ausencia absoluta de vida: los ojos estaban abiertos, pero apagados; los labios
bestiales, los pómulos salientes, las cejas espesas y prominentes, la tez pálida, cadavérica, en la penumbra. La única
expresión de vida venía de su respiración: el soplo era poderoso. Jamás, en el curso de su vida, Víctor Deliot se había
encontrado en presencia de un individuo semejante. Necesitó hacer un verdadero esfuerzo sobre sí mismo para encontrar la
fuerza necesaria y preguntar al guardián:
—¿Está siempre en esa posición?
—Casi siempre.
—¡Es realmente pavoroso!
Y Victor Deliot pensó en esos extraños monstruos —de perversa imaginación— inventados hace algunos años en el
cinematógrafo: desde Frankestein hasta King Kong, pasando por el doctor Jekyll y Mr. Hyde.
—¿Qué le parece a usted? ¿Sabrá que nosotros estamos aquí? —preguntó otra vez al guardián.
—¿Él? Lo adivina todo. Causa verdadero estupor observar hasta qué punto comprende sin ver, ni oir, ni hablar.
—No me extraña —respondió el abogado—. Según los primeros informes que tengo sobre él, este muchacho es
instruido y muy inteligente. ¿Le han dicho que este monstruo hasta ha escrito un libro?
—Uno de sus predecesores, el doctor de Silves, me lo ha contado; pero no lo he podido creer…
—Ha hecho mal. Le traeré ese libro: aquí no le debe faltar tiempo, precisamente, para leer una novela.
—¿Cómo habrá hecho?
—Sustituyendo los sentidos que le faltan: la vista, el oído y además la palabra por los tres que le quedan: el tacto, el
gusto y el olfato. Pero esto sería demasiado extenso para explicárselo.
—Por lo que atañe al olfato, mis camaradas y yo hemos notado que él nos reconoce desde que entramos en la celda.
Estoy seguro que sabe muy bien, por ejemplo, que soy yo el que está hoy de guardia.
—¿Tiene buen apetito?
—No. Pero es necesario reconocer también que la comida no es buena.
—¿Sabe utilizar correctamente la cuchara y el tenedor?
—¡Mejor que usted y que yo cuando está bien! Por lo tanto, la mayor parte de las veces no toca su ración… Mire usted:
lo que él necesitaría, en realidad, serían visitas… ¡Su vida en esta prisión debe ser peor que la de un animal en el zoológico!
Parecería una burla, pero la verdad es que se aburre… ¡Nada puede hacer! No puede leer, ni escribir, ni tampoco conversar
con nosotros cuando venimos a verlo…
—Usted debe tener razón. Pero sería necesario, también, que él hubiera manifestado el deseo de recibir visitas, y que
éstas conocieran los distintos medios de conversación que se pueden emplear con él… ¿Le parece a usted que es sano
mentalmente?
—Todos los médicos que han venido a examinarlo, y sólo Dios sabe cuántos han sido, afirman que lo es…
—¿Cómo diablos se pudieron dar cuenta?
—Llegaron acompañados de intérpretes que trataban de hablar con él. Le tocaban los dedos dibujándole las palabras, o
algo así.
—¿Y eso daba resultado?
—Todos afirmaron que no contestaba, a propósito. ¡Este tunante no quiere ser defendido!
El cliente de Víctor Deliot se había levantado bruscamente y se mantenía, adosado al muro, en una posición de defensa,
como si temiese que se le aproximaran, y listo para responder al ataque. Sobrepasaba a sus visitantes en una cabeza.
—¡Pero si es un gigante! —murmuró el abogado—. Tiene el cuerpo de un atleta… ¡No me extraña que se haya tragado
a su víctima! ¿Por qué se balancea sobre las piernas de esa manera?
—No sé… Una costumbre… Parece un oso encerrado en su jaula. ¡Cuidado, doctor! Nos ha señalado. Mire cómo
resopla… ¡No se le acerque demasiado! ¡Nunca se sabe!
Pero el abogado no prestó atención al aviso y, por el contrario, se aproximó. Cuando estuvo a una pequeña distancia de
su cliente colocó sus manos sobre las del anormal, quien, vivamente, las retiró, como si a su contacto hubiese
experimentado repulsión. Víctor Deliot no se dio por vencido y le acarició también la cara: el bruto se retrajo sobre sí
mismo, emitiendo un grito ronco que podía haber sido el de una bestia.
—¡Cuidado, doctor! —volvió a gritar el guardián. Pero ya era demasiado tarde…
Los brazos del coloso apresaban los hombros del abogado y lo sacudían, gruñendo. Las enormes manos se aproximaban
ya al cuello… El guardián se precipitó y —con todo éxito— le propinó un garrotazo en la nuca, obligándole a soltar su
presa. El gigante lanzó un grito de dolor y retrocedió hasta la pared.
—¡Uf!… —dijo simplemente el viejo abogado, inclinándose a recoger sus lentes del piso.
—¡Yo le previne, doctor! ¡Es un verdadero bruto!
—¿Está usted seguro? —respondió Víctor Deliot, reajustando sus lentes sobre la nariz. Una vez hecho esto, se
aproximó de nuevo a su cliente y se quedó un largo rato contemplándolo, antes de continuar:
—Parecería que todo lo que me confiaron mis colegas por teléfono fuese exacto. Comprendo ahora por qué han
preferido renunciar. Evidentemente, es peligroso defender a este hombre… Su caso es más que interesante. Desearía saber,
de todas maneras, por qué acomete en esa forma a todos aquellos que tratan de salvarlo. Yo no le he hecho nada, pero me
odia con la misma intensidad que a Charrnaux o a de Silves. ¡Qué raro! Si pudiese llegar a hacerle entender que no le deseo
más que el bien… Sí, pero ¿cómo?
—Antes que usted, todos hicieron la prueba, doctor. No quiere comprender nada.
—Es necesario creer que no han buscado el medio adecuado. Yo lo encontraré. ¿Se ha fijado que si no sufriese de este
triple mal, sería casi hermoso? Existen fealdades que impresionan como sublimes… Mírelo: los rasgos de la cara son duros,
pero enérgicos; su cuerpo es impresionante, pero bien proporcionado… Después de todo, concibo que pueda agradar a una
mujer. No a todas, pero a alguna que sienta debilidad por los brutos. No he visto todavía a su compañera, pero me la
imagino frágil, menuda, casi etérea… La eterna ley de los contrastes requiere que ese género de mujer ame a este tipo de
hombre. ¿No podría ser que nos encontrásemos frente a una reencarnación de la Bella y la Bestia?
—¿Piensa seriamente en todo lo que está diciendo? —preguntó asombrado el guardián.
—¿Que si lo pienso? ¡Estoy completamente seguro de lo que digo! Vamos, dejémoslo. Es suficiente
por hoy. Volveré mañana con alguien que sea capaz de hablar con él. ¡Espere! Antes de retirarme es
necesario que me aproxime otra vez para que pueda respirar mi olor. ¡Por él me reconocerá mañana! Si
por lo menos tuviera a su vez la idea de tocarme…
La cara del defensor estaba a algunos centímetros de la del extraño cliente, pero éste no se movió y conservó
obstinadamente las manos detrás de la espalda, apoyadas contra la pared.
—Decididamente, hoy no quiere saber nada. ¡Quién sabe! Puede ser que mañana se despierte de
mejor humor. Vámonos.
Se volvieron a encontrar en el corredor después que la puerta chirrió por segunda vez. Víctor Deliot caminaba
silencioso al lado del guardián, quien, en el momento de despedirse, le preguntó:
—¿Y? ¿Está decidido? ¿Lo defenderá?
—Creo que sí.
—¡Tendrá mérito! Un bruto semejante…
—No estoy convencido todavía de que este muchacho sea sólo un bruto. En realidad, hasta el momento las apariencias
están contra él, pero después de todo, no se trata más que de apariencias. ¿Cómo podemos conocerlo verdaderamente si no
nos ve, no puede contestarnos y no nos oye? Para él, usted y yo pertenecemos a otro mundo, al que solamente roza. Es
necesario, a cualquier precio, que penetre en su mundo. Y, sin duda, terminaré por descubrir que no estoy más que en
presencia de un desgraciado que sufre y al que nadie trata de comprender. ¡No es a garrotazos como conseguiremos algo!
¿Usted no ha pensado, alguna vez, que si en realidad ha matado podría tener una excelente razón para hacerlo? Sepa que los
únicos criminales interesantes son aquellos que se oponen a ser defendidos. Antes de irme desearía hacerle una visita de
cortesía a su director… ¿Quiere fijarse si me puede recibir?
El señor Mesnard, hombre gentil, le hizo un amable recibimiento.
—¿Así que, mi querido doctor, acaba usted de trabar conocimiento con su cliente? ¿Puedo preguntarle cuáles son sus
primeras impresiones?
—Bastante buenas —respondió Víctor Deliot, con gran sorpresa de su interlocutor—. Esto no quiere decir que nuestro
primer contacto haya sido precisamente cordial. Sin embargo, acaricio la vaga esperanza de que nuestras relaciones irán
mejorando con el tiempo… Pero no he venido a molestarle para hablarle de todo esto, señor director; me encuentro aquí en
calidad de peticionante. ¿Sería posible mejorarle la alimentación a mi cliente dándole de comer, desde esta noche, otra cosa
que no sea la sopa reglamentaria y el trozo de pan? Si yo le dejase una pequeña suma de dinero…
—Usted bien sabe, mi querido doctor, que el reglamento no autoriza más suplemento que los paquetes que vienen de
afuera.
—¿Mi cliente los recibe?
—Nunca.
—¿Y visitas?
—Que yo sepa, no.
—¡Es un poco raro! Este hombre tiene familia y la mayor parte de sus miembros están en París…
—Lo sé. Pero jamás los he visto.
—¡Y tiene madre! ¿No ha manifestado nunca el deseo de ver a su hijo?
—No lo creo.
—¿Y su hermana? ¿Y su cuñado? Hum… En suma, todos se desligan de él porque los molesta desde que nació y ahora
les causa vergüenza. Sería de creer que no tienen más que un afán: verlo condenado a la pena capital para que no se hable
más de él… ¿Y su mujer?
—Usted debe saber tan bien como yo, mi querido doctor, que desapareció poco tiempo después de cometido el crimen.
—Desaparición perfectamente inexplicable, puesto que está probado que no tomó parte alguna en el asesinato del joven
americano. Me sorprende que ella no se haya interesado para nada por la suerte del marido, preso y acusado de homicidio,
después de haberse dedicado a él durante tantos años, antes del drama.
—Todo se puede suponer.
—Acaba de encontrar la palabra exacta, señor director… Bien, ya que no puede infringir el reglamento me voy al
cafetín de enfrente, donde conocen muy bien a los padres y amigos de sus pensionistas, para hacerle preparar alimentos que
traerán en seguida. Cuento con su autorización para que mi cliente los reciba a partir de esta noche. Vigilaré para que no
envíen más que alimentos simples: un poco de jamón, panecillos, algunos huevos duros, tabletas de chocolate… Tengo la
impresión de que si esta noche no come tan mal, como consecuencia dormirá mejor. Y después de haber descansado, bien
pudiera ser que mañana por la mañana estuviese dispuesto a entrar en conversación conmigo.
—¿Conoce, entonces, algunos de los lenguajes que se pueden emplear con los ciego sordomudos de nacimiento?
—No, pero por suerte existen sobre la tierra otros individuos que los conocen. ¡No serán precisamente éstos los que
hayan educado a mi cliente en su juventud! Hasta pronto, señor director. Y gracias anticipadas por todo lo que hará por él…
»¡Ah!, un punto importante sobre el que no quisiera insistir demasiado: procure conseguir de sus guardianes que
pierdan la costumbre de considerar al número 622 como a una bestia. Hasta que no se pruebe lo contrario, y sobre todo
hasta que sea juzgado, insisto en considerarlo inocente. ¿Quién nos dice que este Jacques Vauthier no sea un gran tímido o
un ser temeroso? Acabo de tener con él una experiencia que me ha parecido concluyente. Después de haberme aproximado,
le tomé la mano y hasta le acaricié la cara. Su reacción fue inmediata: quiso estrangularme, y si hubiese tenido éxito, mi
muerte sería una más entre las tantas que sobrevienen a diario, pero lo que me ha sorprendido durante su fracasada tentativa
fue el grito inhumano que emitió… Se hubiera dicho que era el alarido de una bestia acorralada, de una fiera que destila
todo su rencor contra su eterno enemigo: el hombre. Era enloquecedor.
»Le hubiera conmovido hasta las entrañas, señor director, porque tengo la seguridad de que es usted un hombre de
corazón. Ese grito era la expresión de un terrible dolor moral… Este hombre sufre, sufre al sentirse disminuido…, sufre
también de un mal que nosotros tal vez ignoramos, y que pudo ser la causa profunda de su acto homicida. Sufre
horrorosamente; ahí está todo el problema… Hasta pronto, señor director.
Dos horas después, Víctor Deliot entraba en una librería, vecina al Odeón.
—¡Mi querido doctor! —exclamó el librero—. ¿Qué lo trae por acá?
—Tenga la seguridad, mi querido Beauchet, que delante de usted se encuentra un hombre extenuado por la visita a
catorce librerías sucesivas en las que no ha podido encontrar lo que buscaba… ¿No debía haber pensado, en primer lugar, en
mi excelente amigo Beauchet, que termina siempre por descubrir en su trastienda los libros que no tienen sus colegas?
Dígame, ¿conoce usted una novela que se llama El Solitario?
—Sí… una obrita bastante rara, cuyo autor es, según parece, un ciego sordomudo de nacimiento. Pero, ¿no ha oído
hablar de él, hace ya unos meses? Los periódicos le dedicaron columnas enteras a propósito de un crimen que cometió a
bordo de un vapor…
—¿Ah sí? Bueno, usted sabe… Aparte de la Gaceta de los Tribunales, raramente leo los periódicos. Pero, dígame: un
autor asesino debe ser factor importante para aumentar la venta, ¿verdad?
—Habiéndose agotado el libro, ya no. Hubiera sido necesario que se tirara una nueva edición dentro
de las veinticuatro horas, cuando todavía el crimen estaba tibio en la memoria de los lectores.
—¿Cuándo apareció esta novela?
—Se lo voy a decir…
El librero abrió un grueso índice alfabético. Su dedo se inmovilizó:
—Apareció hace cinco años.
Víctor Deliot calculó mentalmente que entonces su autor no tendría más que veintidós años, y declaró:
—¡Caramba! Era muy joven… ¿Autor prodigio? ¿Fue un éxito?
—Éxito de curiosidad del momento y un poco también éxito de crítica, pero no de público. El gran
público se interesa muy poco por este estilo de novela psicológica muy rebuscada, tal vez demasiado,
en la que el autor diseca hasta sus menores sentimientos. Lo que se necesita es acción, movimiento,
misterio y sobre todo, ¡vida! No obstante, si este libro le interesa, creo tener todavía uno reservado: mi
empleado lo va a buscar. Recuerdo muy bien que este Solitario obtuvo una mayor resonancia en el
extranjero que en Francia, y que después de su aparición su autor partió hacia América para realizar
una gira de conferencias sobre el problema de los ciegos sordomudos. Acá no se oyó hablar más de él,
ni ha publicado ningún otro libro.
—Una conferencia dada por un ciego sordomudo casi no debe ser inteligible para el gran público, aunque éste se
encuentre pleno de buena voluntad como lo está, en general, el público americano, ¿verdad?
—Supongo que el conferenciante debió estar secundado por un intérprete que traducía oralmente lo
dicho en alfabeto dactilológico… ¡Ah! Aquí tenemos el libro buscado. Está un poco polvoriento, y la
faja ha dejado su marca…
—¡No la rompa! —gritó el abogado—. Primero veamos qué dice: «El Solitario, o el hombre que se creó un mundo
propio». ¡No está mal!, y «El Solitario» es un hermoso título. ¿De qué trata esta historia?
—Creo recordar que el héroe principal, al igual que su autor, es un ciego sordomudo de nacimiento
que se enamoró de una mujer; pero ésta, en un momento determinado, lo abandonó, y el desgraciado se
encontró sin amparo durante cierto tiempo. El protagonista, poco a poco, fue encerrándose sobre sí
mismo y negándose, en su soledad, a tener el menor contacto con las personas que lo rodeaban…
—Decididamente, mi querido Beauchet, es usted el mejor librero que conozco. Compro el libro.
—No es aburrido, ya verá.
—¡Tengo la impresión de que me apasionará!
Diez minutos después un autobús depositaba al defensor de Jacques Vauthier frente a la Biblioteca Nacional; allí se
engolfó en la lectura. Como asiduo concurrente y enamorado de los archivos de esos lugares venerables, sabía exactamente
dónde encontrar los documentos que necesitaba. Éstos se limitaban a algunos periódicos con fecha 6 de mayo y días
subsiguientes, en los cuales se había relatado ―con lujo de detalles macabros en algunos, y con gran sobriedad en otros―
los trágicos acontecimientos que habían motivado el arresto de su cliente.
Un artículo llamaba particularmente la atención. El título, a tres columnas, resumía por sí solo los diversos hechos:
«Crimen extraño y monstruoso a bordo del De Grasse». Las líneas siguientes daban algunos detalles importantes.
Por radio, el 6 de mayo. Ayer, después de mediodía, durante la travesía que el vapor De Grasse
efectuaba de New York a El Havre, iniciada tres días antes, un crimen de una violencia casi
inconcebible fue cometido en un camarote de lujo ocupado por un millonario norteamericano, el
señor John Bell. Este joven, de 25 años de edad, hijo único de un influyente miembro del Congreso
de Washington, venía por primera vez a Europa. A bordo del De Grasse se encontraban también el
señor Jacques Vauthier y su esposa, que ocupaban un camarote de 1ª clase. Jacques Vauthier es ese
ciego sordomudo de nacimiento que publicó, hace algunos años, una curiosa novela: El Solitario,
que le proporcionó en esa época cierta notoriedad. La obra fue traducida a varios idiomas y obtuvo
un gran éxito en los Estados Unidos de Norteamérica. Invitado por el gobierno norteamericano para
realizar una gira de conferencias sobre los progresos alcanzados en Francia en la educación
impartida a los ciegos sordomudos de nacimiento, Jacques Vauthier vivió durante cinco años en los
Estados Unidos y en Canadá. Lo acompañaba su esposa, que fue para él la mejor de las
colaboradoras.
Ésta, que tenía por costumbre caminar sobre cubierta después del almuerzo mientras el marido
dormía la siesta en su camarote, comprobó sorprendida al regresar del paseo que su marido no se
encontraba tendido sobre la cama y que había debido abandonar, a su vez, el camarote. Como la
ausencia de Jacques Vauthier se prolongaba, su mujer inició la búsqueda en el buque. Al no
encontrarlo, confesó sus inquietudes al comisario de a bordo, Bertin, haciéndole notar que se podía
temer lo peor, ya que Vauthier era ciego sordomudo. La voz de alerta fue dada: ¿el incapacitado se
habría caído al mar?
Comenzó un registro metódico en el De Grasse. Al pasar por el camarote ocupado por el señor
John Bell, un camarero especialmente encargado del servicio de los camarotes de lujo comprobó que
la puerta que daba sobre el corredor estaba entreabierta. Después de abrirla con cierta dificultad, el
camarero Henri Téral se encontró en presencia de un espectáculo terrorífico: el joven
norteamericano, arrodillado, tenía los dedos crispados sobre el picaporte de la puerta. Estaba muerto,
asesinado. Un hilo de sangre brotaba de su cuello y manchaba su pijama, extendiéndose también
sobre la alfombra. Sentado sobre la cama del camarote, Jacques Vauthier se mantenía inmóvil,
postrado, la cara impasible. Aunque era ciego, sus ojos sin expresión parecían fijos en sus propias
manos cubiertas de sangre. El camarero avisó en seguida al comisario Bertin, quien fue a su vez al
camarote de la víctima. Jacques Vauthier no opuso la menor resistencia para dejarse aprehender y
conducir a la prisión de a bordo. La desdichada esposa consintió, a pedido del comisario del De
Grasse, a servir de intérprete provisional para un primer interrogatario. Ella era, en efecto, la única
persona de a bordo que conocía los medios de comunicarse con su marido ciego sordomudo.
Éste hizo comprender a su mujer que no le daría ninguna explicación sobre el crimen, del que se
reconocía formalmente autor, considerándolo justificado. Conservó esta actitud durante todo el resto
de la travesía, pese a las reiteradas preguntas de su compañera. El motivo del crimen parecería tanto
más extraño cuanto que la señora Vauthier ha afirmado que ni ella, ni, con más razón, su marido,
han tenido jamás el menor contacto con la víctima, a la que no conocían. Un primer examen del
criminal, efectuado por el médico del De Grasse, deja entender que Jacques Vauthier goza de todas
sus facultades mentales.
Cuando el De Grasse arribe al puerto de El Havre el asesino será puesto a disposición de la
justicia criminal.
Un ejemplar del mismo diario, fechado el 12 de mayo, relataba en un nuevo artículo los detalles de ésta última
operación:
El inspector principal Mervel, ayudado por un intérprete especializado en el lenguaje de los
ciegos sordomudos y de un médico legista designado, se ha esforzado para lograr un nuevo
interrogatorio a Jacques Vauthier desde el arribo del De Grasse a El Havre. El asesino de John Bell
ha reiterado, por intermedio del intérprete, la misma respuesta que había dado algunos instantes
después del crimen, a su propia mujer. Antes de ser encarcelado, el extraño criminal será sometido a
un detenido examen médico que determinará si nos encontramos en presencia de un hombre normal
o, por lo contrario, de un desgraciado, presa de un acto de locura repentina debida a su triple mal.
Según su costumbre, Víctor Deliot no tomó ninguna rota y abandonó rápidamente el salón de lectura de la Biblioteca
Nacional para subir a un nuevo autobús que lo devolvió al Barrio Latino. Durante el trayecto el abogado estuvo pensativo:
no había duda posible sobre el estado de salud de su cliente. Innumerables informes médicos insertos en el sumario, que lo
esperaban sobre la mesa de su escritorio, demostraban que Jacques Vauthier —excepto su triple mal— era perfectamente
normal. ¿Acaso no había respondido, en las diferentes entrevistas y en el curso de los numerosos interrogatorios que desde
hacía seis meses el juez de instrucción de la causa le habla hecho sufrir, que él solo había actuado, a bordo del De Grasse,
con perfecto conocimiento de causa, que no se arrepentía de su actitud y que si volviese a empezar, mataría de nuevo a ese
John Bell?
Pero siempre se había negado a dar la auténtica razón del acto cometido.
Todo esto era misterioso, y demostraba a Víctor Deliot que su primera impresión tenía que ser la verdadera: tras la
alucinante cara de bestia se escondía un alma que debía ser totalmente diferente. Un alma tal vez fuera mucho decir, pero sí
una voluntad de acero puesta al servicio de una inteligencia rara, especial y, quizás, insondable para el resto de la gente, que
cometía el error de creerse perspicaz porque veía, hablaba, escuchaba…
El abogado hasta se preguntaba si alguien habría llegado a adivinar y conocer al verdadero Jacques Vauthier. No lo
sabría más que poniéndose en contacto con la familia del incapacitado, especialmente con la madre. Una madre, por lo
general, conoce bien a su hijo. Estaban también todos aquellos que lo habían educado para salvarlo de su aparente
oscuridad. Y estaba, por fin, su mujer: esa Solange Vauthier que parecía esconderse. Ella debía ser la más preciosa auxiliar
del defensor.
Era necesario encontrarla cuanto antes.

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