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Holly Golightly es, quizás, el más seductor personaje creado por este
maestro de seducción que fue Truman Capote. Atractiva sin ser
guapa, tras rechazar una carrera de actriz en Hollywood, Holly se
convierte en una estrella del Nueva York más sofisticado; bebiendo
cócteles y rompiendo corazones, parece ganarse la vida pidiendo
suelto para sus expediciones al tocador en los restaurantes y clubes de moda, y vive rodeada de los tipos más disparatados, desde un mafioso que cumple condena en Sing Sing y al que visita semanalmente, hasta un millonario caprichoso de afinidades nazis, pasandopor un viejo barman secretamente enamorado de ella.
Mezcla de picardía e inocencia, de astucia y autenticidad, Holly vive en la provisionalidad permanente, sin pasado, no queriendo pertenecer a nada ni a nadie, sintiéndose desterrada en todas partes pese al glamour que la rodea, y soñando siempre en ese paraíso que para
ella es Tiffany's, la famosa joyería neoyorquina. Desayuno en Tiffany's
es una extraordinaria novela corta que, por sí sola, bastaría para consagrar
a un autor.
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Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido,
por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio
de roja piedra arenisca en la zona de las Setenta Este donde,
durante los primeros años de la guerra, tuve mi primer apartamento
neoyorquino. Era una sola habitación atestada de muebles
de trastero, un sofá y unas obesas butacas tapizadas de ese
especial y rasposo terciopelo rojo que solemos asociar a los trenes
en día caluroso. Tenía las paredes estucadas, de un color
tirando a esputo de tabaco mascado. Por todas partes, incluso
en el baño, había grabados de ruinas romanas que el tiempo
había salpicado de pardas manchas. La única ventana daba a
la escalera de incendios. A pesar de estos inconvenientes, me
embargaba una tremenda alegría cada vez que notaba en el bolsillo
la llave de este apartamento; por muy sombrío que fuese,
era, de todos modos, mi casa, mía y de nadie más, y la primera,
y tenía allí mis libros, y botes llenos de lápices por afilar,
todo cuanto necesitaba, o eso me parecía, para convertirme en
el escritor que quería ser.
Jamás se me ocurrió, en aquellos tiempos, escribir sobre
Holly Golightly, y probablemente tampoco se me hubiese ocurrido
ahora de no haber sido por la conversación que tuve con
Joe Bell, que reavivó de nuevo todos los recuerdos que guardaba
de ella.
Holly Golightly era una de las inquilinas del viejo edificio
de piedra arenisca; ocupaba el apartamento que estaba debajo
del mío. Por lo que se refiere a Joe Bell, tenía un bar en la
esquina de Lexington Avenue; todavía lo tiene. Holly y yo bajábamos
allí seis o siete veces al día, aunque no para tomar
una copa, o no siempre, sino para llamar por teléfono: durante
la guerra era muy difícil conseguir que te lo instalaran. Además,
Joe Bell tomaba los recados mejor que nadie, cosa que
en el caso de Holly Golightly era un favor importante, porque
recibía muchísimos.
Todo esto pasó, naturalmente, hace un montón de tiempo,
y, hasta la semana pasada, hacía años que no veía a Joe
Bell. Alguna que otra vez nos habíamos puesto en contacto, y
en ocasiones me había dejado caer por su bar cuando pasaba
por el barrio; pero nunca habíamos sido en realidad grandes
amigos, excepto en el sentido de que ambos éramos amigos de
Holly Golightly. Joe Bell no tiene un carácter precisamente afable,
tal como él mismo reconoce, aunque dice que es por culpa
de su soltería y de las malas pasadas que le gasta su estómago.
Todos los que le conocen bien saben que no es fácil conversar
con él. Y que resulta hasta imposible si no tienes sus mismas
obsesiones, entre las cuales se cuenta Holly. De las otras
mencionaré el hockey sobre hielo, los perros de raza Weimaraner,
Our Gal Sunday (un serial radiofónico de baja estofa que
lleva oyendo desde hace quince años), y Gilbert y Sullivan:
afirma estar emparentado con uno de los dos, no recuerdo cuál.
De modo que cuando, el pasado martes por la tarde, sonó
el teléfono y oí «Soy Joe Bell», supe que tenía que ser por
algo referente a Holly. No lo dijo, sólo:
-¿Puedes venir a toda mecha? Es importante.
Y su voz afónica temblaba de excitación.
Tomé un taxi bajo un chaparrón otoñal, y por el camino
llegué incluso a pensar que quizá Holly hubiera regresado, que
quizá volvería a verla.
Pero en el local no había nadie más que el dueño. El bar
de Joe Bell es un sitio tranquilo en comparación con la mayor
parte de los que hay en Lexington Avenue. No ostenta neones
ni televisor. Dos viejos espejos reflejan el tiempo que hace en
la calle; y detrás de la barra, en un nicho rodeado de fotos de
estrellas del hockey sobre hielo, siempre hay un gran jarrón
de flores frescas que el propio Joe Bell arregla con maternal
cuidado. Eso es lo que estaba haciendo cuando entré.
-Desde luego -dijo, hundiendo un gladiolo en el jarrón-,
desde luego que no te hubiese hecho venir si no fuera porque
quería oír tu opinión. Es muy raro. Ha pasado una cosa rarísima.
-¿Has tenido noticias de Holly?
Palpó una hoja, como si no estuviera seguro de cómo contestarme.
Es un hombre bajito con una magnífica melena de
áspero pelo blanco, y una cara huesuda y en declive que le
sentaría mejor a una persona más alta; su tez suele estar siempre
bronceada: en aquel momento se le enrojeció.
-No puedo decir exactamente que haya tenido noticias de
ella. En fin, no estoy seguro. Por eso quiero tu opinión. Espera,
te prepararé un cóctel. Es nuevo. Lo llaman White Angel
-dijo, mezclando la mitad de vodka con la mitad de ginebra,
sin vermut.
Mientras yo me bebía el resultado, Joe Bell estuvo chupando
una pastilla para el estómago y dándole vueltas a lo que
tenía que decirme.
-¿Te acuerdas -dijo por fin, de un tal Mr. I. Y. Yunioshi,
aquel señor del Japón?
-De California -dije, recordando perfectamente a Mr. Yunioshi.
Es fotógrafo de una revista ilustrada, y cuando le conocí
vivía en el estudio del último piso de la casa de piedra
arenisca.
-No trates de liarme. Sólo te pregunto si sabes a quién me
refiero. Bien. Pues ayer noche se presenta aquí ni más ni menos
que el mismísimo Mr. I. Y. Yunioshi. No le había visto, bueno,
desde hace más de dos años. ¿Y dónde dirías que ha estado
durante estos dos años?
-En Africa.