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Estelibro comienza asi:
La joven pareja —de cabellos negros, piel oscura, probablemente mexicanos o portorriqueños— permanecía de pie, presa de nerviosismo, junto al mostrador de Herb Lackmore y el muchacho, el marido, decía en voz baja: —Señor, queremos que nos ponga a dormir. Queremos transformarnos en bibs.
Dejando su escritorio, Lackmore caminó hasta el mostrador, y aunque no le gustaban los Cols (parecía que cada mes llegaban más a la sucursal del Ministerio de Bienestar Social Especial, en Oakland), dijo con un tono de voz como para tranquilizar a ambos:
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PHILIP K. DICK
La joven pareja —de cabellos negros, piel oscura, probablemente mexicanos o
portorriqueños— permanecía de pie, presa de nerviosismo, junto al mostrador de Herb
Lackmore y el muchacho, el marido, decía en voz baja:
—Señor, queremos que nos ponga a dormir. Queremos transformarnos en bibs.
Dejando su escritorio, Lackmore caminó hasta el mostrador, y aunque no le
gustaban los Cols (parecía que cada mes llegaban más a la sucursal del Ministerio de
Bienestar Social Especial, en Oakland), dijo con un tono de voz como para tranquilizar
a ambos:
—¿Lo habéis pensado bien, muchachos? Es una decisión importante. Podríais
quedar fuera de acción cerca de doscientos años. ¿Habéis consultado al menos a
algún consejero profesional?
El muchacho, mirándola a ella, tragó saliva y murmuró:
—No, señor. Lo hemos decidido entre mi esposa y yo. Ninguno de nosotros puede
encontrar trabajo y en cualquier momento nos desalojarán del dormitorio. Ni siquiera
tenemos vehículo, y sin un vehículo no se puede hacer nada. No se puede ir a ninguna
parte. No se puede ni buscar trabajo.
Lackmore pudo apreciar que no se trataba de un joven mal parecido. Debía de
tener unos dieciocho años, y todavía usaba chaqueta y pantalones evidentemente
militares. La joven tenía el cabello largo; era muy pequeña, de ojos negros y brillantes y
rostro de rasgos delicados, casi de muñeca. No dejaba de mirar a su marido.
—Voy a tener un hijo—dijo abruptamente.
—¡Oh, al diablo con vosotros dos! —exclamó Lackmore, enfadado—. ¡Salid de aquí
al instante!
Bajando culpablemente las cabezas, el muchacho y su mujer se volvieron para
regresar a la céntrica calle de Oakland, California, muy transitada desde las primeras
horas de la mañana.
—¡Id a ver a un especialista!—les gritó Lackmore, pese a que le irritaba darles el
consejo. Le molestaba tener que ayudarles, pero alguien tenía que hacerlo. ¡En qué
aprieto se habían metido! Porque, sin duda, vivían en una pensión militar del Gobierno
y era obvio que, si la muchacha estaba encinta, los echarían de allí sin más dilación.
Tirando de la manga de su arrugada chaqueta en un gesto de duda, el joven Col
preguntó:
—Señor, ¿cómo hacemos para encontrar a un especialista?
Era la ignorancia típica de los estratos sociales de piel oscura, no obstante las
interminables campañas educacionales del Gobierno. No era de extrañar que sus
mujeres quedaran preñadas.
—Consultad el listín telefónico —contestó Lackmore—. En la sección abortos,
terapéutica… O si no, en consejeros. ¿Habéis entendido?
—Sí, señor. Gracias—asintió rápidamente el muchacho.
—¿Sabes leer?
—Sí. He ido a la escuela hasta los trece años.
En el rostro del joven se notaba un orgullo fiero; sus negros ojos resplandecían.
Lackmore volvió a leer su periódico; no tenia más tiempo para regalar. No cabía
duda de que querían convertirse en bibs— Que se les mantuviera en conserva,
inalterables, en un almacén del Estado, año tras año hasta que… ¿Mejoraría alguna
vez el mercado de trabajo? Personalmente, Lackmore lo dudaba, y hacía tiempo que
andaba en aquellas lides; tenía noventa y cinco años: era un veterano. En sus buenos
años había puesto a dormir a cientos de personas, casi todas ellas jóvenes como
aquella pareja.
Y… morenos.
La puerta de la oficina se cerró. La pareja se había ido tan silenciosamente como
llegó.
—Suspirando, Lackmore comenzó a leer de nuevo el artículo sobre el divorcio de
Lurton D. Sands hijo, el suceso más sensacional del momento; como de costumbre,
leía ávidamente cada palabra.
Para Darius Pethel, el día había comenzado con llamadas videofónicas de airados
clientes que se quejaban de que no les compusiera sus transcursores instantáneos.
Les respondía de manera tranquilizadora, diciendo que en cualquier momento
recibirían la visita de un técnico, y, a la vez, esperaba que Erickson hubiera comenzado
ya su trabajo en la sección de reparaciones de Transcursores Instantáneos Pethel,
Ventas y Reparaciones.
Apenas se desvaneció su imagen del videófono Pethel buscó entre los papeles de
su escritorio el ejemplar del día del Informe Nacional de Negocios; estaba al tanto de
todo el desarrollo económico del planeta. Esto sólo bastaba para situarlo por encima de
sus empleados; esto, su fortuna y su avanzada edad.
—¿Qué dice el Informe?—preguntó su vendedor, Stu Hadley; había hecho una
pausa en sus actividades y estaba de pie en la entrada de su oficina, con una escoba
magnética en la mano.
Pethel leyó en silencio el mayor de los titulares:
LAS VENTAJAS DE UN PRESIDENTE NEGRO PARA LA ECONOMIA
COMUNITARIA DE LA NACION.
Abajo había una fotografía tridimensional y móvil de James Briskin. Pethel oprimió
el botón que se encontraba en uno de los bordes del retrato y la imagen cobró vida; el
candidato Briskin sonrió. Los labios del negro se movieron bajo el oscuro bigote y sobre
su cabeza apareció un globo, en el que se leían sus palabras:
"Mí primera tarea será encontrar una colocación adecuada para los numerosos
millones de durmientes."
—Y descargar hasta el último bib otra vez en la bolsa de trabajo—murmuró Pethel,
soltando el botón que accionaba las palabras—. Si triunfa este tío, el país caerá en la
ruina.
Pero era inevitable. Tarde o temprano habría un Presidente negro, después de todo
desde los sucesos de 1993 había más Cols que Caúcs.
Abatido por este pensamiento, pasó a la segunda página, en busca de novedades
sobre el escándalo de Lurton Sands; siendo tan funestas las noticias políticas, tal vez
esto le alegrara. El famoso cirujano de trasplantes estaba metido en un complicado
juicio de divorcio con su igualmente famosa esposa Myra. De ambos lados se hacían
cargos y ya habían comenzado a filtrarse jugosos detalles. Según los periódicos, el
doctor Sands tenía una amante; por este motivo, Myra había iniciado la querella, y con
derecho. Pethel pensaba, recordando las décadas finales del siglo XX, que ya no era
como en los días de antaño. Ahora corría el año 2080, pero la moral pública y privada
había empeorado.
Se preguntaba por qué querría el doctor Sands una amante, cuando todos los días
pasaba por allí el satélite Salón de los placeres. Decían que se podía elegir entre
quinientas muchachas.
El mismo no había visitado nunca el satélite de Thisbe Olt. Como muchos
veteranos, no estaba de acuerdo con él; era una solución demasiado radical para el
problema de la superpoblación. En el 76 los ancianos se habían opuesto a través de
cartas y telegramas a que el Congreso autorizara su creación, pero de todos modos la
ley se había impuesto; probablemente, según creía Pethel, porque la mayoría de los
senadores pensaba frecuentarlo. De hecho, ahora lo hacían con regularidad.
—Si todos los blancos nos muriésemos… comenzó a decir Hadley.
—Escucha—dijo Pethel—. Ya hemos perdido esa oportunidad. Si Briskin consigue
que los bibs se pongan de su lado, aumentará su poder; en cuanto a mí, no puedo
dormir pensando en toda esa gente, en su mayoría muchachos, echados en los
almacenes del Gobierno año tras año. Fíjate en el talento que se desperdicia. ¡Es…
burocrático! SóIo un recalcitrante gobierno socialista hubiera soñado con esa solución.
Mirando con severidad al vendedor, le dijo:
—Si no hubieras conseguido este empleo conmigo, hasta tú podrías…
Hadley le interrumpió tranquilamente:
—Pero yo soy blanco.
Pethel continuó leyendo y vio que el satélite Thisbe Olt había rendido mil millones
de dólares americanos en 2079. "Caramba—se dijo—; es un gran negocio." Ante él
había una foto de Thisbe; con su cabello blanco cadmio y sus pechos cónicos, un
poquito altos, su aspecto era un deleite estético. La lámina la mostraba convidando a
sus clientes del satélite con un cóctel de tequila, aunque debía de tratarse de algún otro
estimulante, ya que el tequila, por derivar de la planta del mescal, había sido declarado
ilegal en la decorosa Tierra.
Pethel oprimió el botón de la lámina y acto seguido los ojos de Thisbe
resplandecieron, su cabeza se volvió, y sobre su cabeza apareció otro globo con la
siguiente leyenda:
Señor ejecutivo norteamericano, ¿tiene usted molestas urgencias personales? Siga
el consejo de los médicos: ¡Venga al Salón!
Pethel pensó que aquello era un anuncio, no una noticia.
—Disculpe.
Había entrado un cliente y Hadley había ido a su encuentro.
"¡Dios mío!—se dijo Darius Pethel al reconocer al cliente—. ¿No habíamos
reparado ya su transcursor?"
—Se puso de pie, comprendiendo que sería necesaria su presencia para apaciguar
a aquel hombre —era Lurton Sands—, que, debido a sus recientes problemas
hogareños, se había vuelto últimamente regañón y malhumorado.
—Sí, doctor —dijo Pethel—. ¿Qué puedo hacer hoy por usted?
Como si no lo supiera. El doctor Sands tenía suficientes problemas con tratar de
desembarazarse de Myra y procurar que su amante no le dejara; necesitaba en verdad
su transcursor instantáneo en buen estado. A diferencia de los otros clientes, sería
difícil quitarse de encima a aquel hombre.
Tirando de su frondoso bigote en un acto inconsciente, el candidato presidencial
Briskin dijo:
—Estamos en un círculo vicioso, Sal. Debería despedirte. Tratas de hacerme
comprender el asunto de los Cols, cuando sabes muy bien que he pasado veinte años
adulando a toda la estructura del poder blanco. Con franqueza, creo que tendríamos
mejor suerte si intentáramos conseguir el voto de los blancos y no el de los negros. Sé
cómo apelar a ellos; me he acostumbrado a hacerlo.
—Estás equivocado—arguyó Salisbury Heim, asesor de su campaña política—.
Escucha esto y trata de entenderlo, Jim. Tú debes apelar al joven moreno y a su mujer,
mortalmente asustados de que su única perspectiva sea concluir como bibs en algún
almacén del Gobierno. "Encerrados en una botella", como ellos dicen. Esta gente ve en
ti a…
—Pero yo me siento culpable.
—¿Por qué?—preguntó Sal Heim.
—Porque soy un embustero. No puedo clausurar los almacenes del Ministerio de
Bienestar Social Especial— tú lo sabes. Me has hecho prometerlo y desde ese
momento no he cesado de devanarme los sesos pensando cómo podría hacerlo. Pero
no encuentro modo alguno.
Echó una ojeada a su reloj de pulsera; disponía aún de un cuarto de hora antes de
su discurso.
—¿Has leído el discurso que me escribió Phil Danville?—preguntó, metiendo la
mano en el bolsillo de su chaqueta.
—¡Danville! —exclamó Heim, con el rostro convulso—. Creí que ya te habías
librado de él. Dame eso.
Cogió las hojas dobladas y comenzó a leerlas.
—Danville es un imbécil. Mira —dijo, mientras agitaba la primera hoja frente a los
ojos de Jim Briskin—. De acuerdo con esto vas a prohibir el tráfico desde los Estados
Unidos hasta el satélite Thisbe. ¡Eso es una locura! Si el Salón de los Placeres se
cierra, la tasa de nacimientos volverá a crecer hasta donde estaba. Y entonces, ¿qué?
¿Cómo se las ingeniará Danville para contrarrestar este efecto?
Después de una pausa, Briskin comentó:
—El Salón de los Placeres es inmoral.
—Seguro —farfulló Heim—. Y los animales deberían llevar pantalones.
—Tiene que haber una solución mejor que ese satélite.
Heim permaneció en silencio y continuó leyendo el discurso.
—Te hace defender esa anticuada técnica de recreación planetaria de Bruno Mini,
totalmente desacreditada—observó, mientras doblaba los papeles y se los devolvía a
Jim Briskin—. ¿Adónde quieres llegar? Apoyas un esquema de colonización planetaria
ensayado y desechado hace veinte años; defiendes la clausura del Salón de los
Placeres… A partir dé esta noche vas a ser muy popular, Jim. Pero, ¿popular entre
quiénes, si se puede saber? Tan sólo contéstame esto: ¿a quién te diriges con este
discurso?
Hubo un silencio.
—¿Sabes qué pienso? —insistió al poco rato—. Que ésta es una elaborada
estratagema tuya para desligarte de la cuestión. Para mandar al diablo todo este
asunto. Es tu modo de eludir responsabilidades. Te vi hacer lo mismo en la
Convención, con aquel discurso apocalíptico que pronunciaste y que dejó a todos
desconcertados, con una curiosidad morbosa. Pero, por fortuna, ya habías sido
designado. Era demasiado tarde para que la Convención te repudiara.
Briskin se explicó:
—En ese discurso expresé mis convicciones reales.
—¿Qué, que la civilización está condenada a causa de la superpoblación? ¡Buenas
convicciones para el Primer Presidente Col!
Heim se incorporó y fue hasta la ventana; se quedó mirando hacia el centro de
Philadelphia: los helicópteros a reacción que aterrizaban, los torrentes de autobuses y
las rampas por donde los peatones iban y venían, entrando y saliendo de los
rascacielos.
—A veces—dijo Heim en voz alta—, parece que creas que la civilización está
condenada porque ha aceptado un candidato negro, que posiblemente resulte electo;
creer eso, en cierta forma, es denigrarte.
—No—respondió Briskin tranquilamente.
Su largo rostro se mantuvo inmóvil.
—Te diré qué debes decir en tu discurso de esta noche—declaró Heim, de
espaldas a Briskin—. Primero hablas una vez más de tu relación con Frank Woodbine,
puesto que a la gente siempre le atraen los exploradores del espacio. Woodbine es un
héroe, mucho más que tú o el otro, como se llame. Ya sabes a quién me refiero; a tu
adversario, el candidato de los demócratas-conservadores.
—William Schwarz.
Heim asintió exageradamente.
—Sí, eso es. Y después de que hayas fanfarroneado con lo de Woodbine y
hayamos mostrado algunas tomas en las que estéis tú y él juntos en varios planetas,
haces una broma sobre el doctor Sands.
—No—se opuso Briskin.
—¿Por qué no? ¿Acaso Sands es una vaca sagrada? ¿No puedes meterte con él?
Jim Briskin replicó lenta y concienzudamente:
—Porque Sands es un gran médico y los medios de información no tienen por qué
ridiculizarlo como lo hacen.
—Claro, él debe de haber salvado la vida de tu hermano. Debe de haber
encontrado un nuevo tipo de bazo en el momento preciso. O tal vez haya salvado a tu
madre justo cuando…
—Sands ha rescatado a cientos, miles de vidas. Incluso de Cols. Tanto si podían
pagarle como si no.
Briskin calló un instante y luego agregó:
—Además, he conocido a su esposa Myra y no me ha gustado. Años atrás fui a
verla.
—¡Bien!—interrumpió Heim con violencia—. Podemos usar eso en tu favor…
Estando Nonovulid al alcance de cualquiera; eso demuestra que eres un tipo previsor,
Jim. Usas la cabeza.