dick_philip_k_-_cc4_los_dias_de_perky_pat 1.49 Mb
Singular, Dick lo fue y lo sigue siendo. Creo que fue esa circunstancia la que me mantuvo rastrillando los catálogos de CF para conseguir más obras suyas, esperando por cada nuevo libro que saliera. Uno escucha que se dice, acerca de Dick, que «simplemente no piensa como el resto de la. Y es cierto. En las historias, no puedes decir qué va a suceder después.
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I
La tensión aumentaba en los tres hombres que esperaban. Fumaban, se paseaban de
un lado a otro, dando puntapiés a voleo sobre los matorrales y las piedras del camino. Un
sol tórrido de mediodía se abatía sobre los campos de color castaño, las filas de casas de
plástico y la distante línea de montañas hacia el oeste.
—Ya es tiempo —dijo Earl Perine anundándose sus huesudas manos—. Varía de
acuerdo con la carga, en medio segundo por cada libra adicional.
Morrison repuso sombríamente:
—Vamos, déjanos al menos imaginar qué ocurre para ser tarde.
El tercer hombre no dijo nada. O'Neill iba a visitar otro establecimiento, no conocía bien
a Perine ni a Morrison para discutir con ellos. En su lugar se acurrucó y se entretuvo en
arreglar bien los papeles que llevaba en su cartera. A la brillante luz del sol, los brazos de
O'Neill aparecían tostados y recubiertos de vello, relucientes de sudor. Con sus cabellos
enmarañados de color ya gris y sus gafas, tenía un aspecto de mayor edad que los otros
dos. Vestía pantalón corto, una camisa sport y zapatos de suela crepé. Entre sus dedos,
su estilográfica se movía, metálica y eficiente.
—¿Qué está usted escribiendo? —gruñó Perine.
—Estoy anotando el procedimiento que vamos a emplear —repuso O'Neill con suaves
formas—. Es mejor sistematizarlo ahora, en lugar de intentarlo al azar. Queremos conocer
lo que intentamos hacer y qué es lo que no funciona. De lo contrario, nos moveremos a
ciegas en un círculo cerrado. El problema que tenemos es sólo el de la comunicación, así
es como yo lo veo.
—Comunicación… —repitió Morrison con su voz profunda—. Sí, no podemos conseguir
tomar contacto con esta condenada cosa. Llega, carga y continúa. No hay ni el más
mínimo contacto entre nosotros y ella.
—Es una máquina —dijo Perine excitadamente—. Es algo muerto…, ciego y sordo.
—Pero sí que está en contacto con el mundo exterior —recalcó O'Neill—. Tiene que
haber alguna forma de conseguirlo. Las señales específicamente semánticas tienen
significado para ella, todos nosotros tenemos que hacer esas señales. Hemos de
redescubrirlo, aunque sólo tengamos una decena entre mil millones de posibilidades.
Un lento y sordo rumor interrumpió a los tres hombres. Los tres miraron hacia el
camino, alertados. El momento había llegado.
—Aquí viene —dijo Perine—. De acuerdo, sabio amigo, veamos si es capaz de
producir el menor cambio en su rutina.
El camión que llegaba era impresionante, macizo, rodando bajo su cargamento
cuidadosamente bien sujeto. En muchos aspectos, daba la impresión de un vehículo de
transporte operado por seres humanos; pero con una excepción. No tenía cabina de
dirección. La superficie horizontal era una estiba de carga y en aquel lugar debería
normalmente haber llevado los faros. El radiador era una masa fibrosa y esponjosa de
receptores en que se hallaban los aparatos sensoriales de su utilidad móvil.
Apercibido de la presencia de los tres hombres, el camión acortó la marcha y se
detuvo, sacó la marcha y puso en acción los frenos de urgencia. Transcurrió un momento
mientras los relés funcionaban, y después una porción de la superficie de carga dejó caer
una cascada de paquetes sobre el piso de la carretera. Con las mercancías, había caído
una hoja con detallado inventario de la descarga.
—Ya sabe lo que tiene que hacer —dijo O'Neill—. Vamos, de prisa, antes de que se
vaya de aquí.
Con mano experta, los tres hombres fueron tomando los paquetes y rompiendo los
envoltorios. Varios objetos brillaron a la luz del día: un microscopio binocular, una radio
portátil, docenas de platos de plástico, diverso equipo sanitario, hojas de afeitar, ropas y
alimentos. La mayor parte de la mercancía, como de costumbre, era alimento. Los tres
hombres comenzaron sistemáticamente a aplastar las mercancías. En pocos minutos,
sólo quedó a su alrededor un verdadero caos de desperdicios.
—Eso es todo —dijo finalmente O'Neill echándose hacia atrás. Y buscó su hoja de
comprobación—. Veremos ahora lo que hace.
El camión había comenzado a rodar de nuevo, pero repentinamente se detuvo y dio
marcha hacia atrás a donde se encontraban los tres hombres. Sus receptores habían
tomado nota de que aquellos hombres habían destrozado la porción dejada caer de la
carga. Dio media vuelta en un círculo y volvió de forma que el tablero de recepción cayese
frente a ellos. La antena surgió hacia arriba; había empezado a comunicarse con la
fábrica. Las instrucciones estaban ya en camino.
Y entonces, un segundo e idéntico movimiento de descarga se produjo como la primera
vez.
—Hemos fracasado —dijo Perine al ver que una segunda hoja con el inventario de la
parte descargada caía con las mercancías—. Hemos destruido todo eso para nada.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Morrison a O'Neill—. ¿Cuál es la próxima
estratagema que se le ocurre?
—Echadme una mano —dijo O'Neill.
Recogió uno de aquellos paquetes y lo depositó en la parte de atrás del camión.
Dejándolo en la plataforma, volvió por otro. Los otros dos hicieron lo mismo, hasta volver
a depositar la carga en el camión. Cuando el camión comenzó a marchar hacia delante, la
última de aquellas cajas se hallaba de nuevo en su lugar.
El camión vaciló. Sus receptores registraron el retorno de la carga. Desde su
instalación interior surgió una baja y sostenida nota zumbante.
—Esto puede trastornar su sistema de conducción —comentó O'Neill sudando—.
Espero que altere sus operaciones y se vuelva loco.
El camión hizo un movimiento de avance como para continuar. Después dio la vuelta y
volvió a dejar la carga sobre la carretera.
—¡Cogedlos, pronto! —gritó O'Neill. Los tres hombres comenzaron frenéticamente a
recargar el camión una vez más; pero a medida que las cajas y los paquetes iban
cayendo sobre la plataforma, un dispositivo automático iba dejándolos nuevamente caer
al suelo.
—Es inútil —dijo Morrison, jadeando—. Es como echar agua en un tamiz.
—Estamos chasqueados —opinó Perine de acuerdo con su compañero—. Como
siempre. Nosotros, los humanos, salimos perdiendo siempre. No hay nada que hacer.
El camión pareció mirarles con calma, con sus receptores en blanco e impasibles.
Cumplía con su trabajo. La red a escala planetaria de factorías automáticas llevaba a
cabo su tarea impuesta hacía cinco años antes, desde los primeros tiempos del Conflicto
Total del Globo.
—Bien, ya se va —observó Morrison, desmoralizado. La antena del camión había
descendido, se oyó cómo se colocaba la primera para arrancar y soltaba el freno.
—Vamos a intentarlo por última vez —sugirió O'Neill. Tomó uno de los paquetes y
desgarró el envoltorio. De él, sacó un envase de diez galones de leche y le destapó la
cubierta.
—Esto es absurdo —protestó Perine. De mala gana, encontró una copa entre los
desperdicios y la llenó de leche—. ¡Esto es un juego de chicos!
Los tres bebieron rápidamente de aquella leche. Como estaba planeado, O'Neill fue el
primero en retorcer el gesto, tiró la copa y escupió con repugnancia en el suelo.
—¡Qué porquería! —exclamó, indignado.
Los otros dos hicieron lo mismo, acabando por dar con el pie despectivamente al
envase de la leche y escupiendo indignados en el suelo. Y miraron acusadoramente al
impasible camión.
—¡Esto es un asco! —rugió Morrison.
Curioso, el camión se hizo un poco atrás. Los circuitos electrónicos respondieron a la
nueva situación y la antena volvió a surgir hacia arriba como un estandarte.
—Vamos a probar otro —dijo O'Neill, temblando. Conforme el camión aguardaba, tomó
un segundo envase de leche y repitió la misma acción, destaparlo y probarla—. ¡Es lo
mismo! —gritó al camión—. ¡Es tan mala como la otra!
Del camión surgió un cilindro de metal. El cilindro cayó a los pies de Morrison, que
rápidamente lo recogió y lo abrió. En él se leía en letras grandes:
ESTABLECER LA NATURALEZA DEL DEFECTO.
El catálogo inscrito en el rollo comprendía una lista abundante de posibles defectos de
la mercancía, con casilleros especiales para cada uno, y donde se rogaba que se trazase
una marca mediante el bolígrafo adjunto, en la particular deficiencia del producto.
—¿Qué es lo que marco? —preguntó Morrison—. ¿Contaminada? ¿Bacterial? ¿Agria?
¿Rancia? ¿Incorrectamente etiquetada? ¿Cuajada?
Pensando con rapidez, O'Neill intervino.
—No compruebes ninguno de esos defectos. La factoría, sin duda, está dispuesta
automáticamente para rehacerlo inmediatamente y corregirlo. Realizará sus propios
análisis y nos ignorará por completo —Y su rostro resplandeció ante una súbita
inspiración—. Escribe en ese espacio en blanco que hay al fondo apropiado para «otros
datos».
—¿Qué escribo?
—Escribe: El producto está totalmente superfluizado.
—¿Qué palabra es ésa? —preguntó Perine, asombrado y confuso.
—¡Escríbelo! Es más bien un acertijo semántico…, la factoría no estará en condiciones
de entenderlo. Quizás de esa forma le echemos a perder todo su trabajo.
Con la pluma de O'Neill, Morrison escribió cuidadosamente que la leche estaba
superfluizada. Moviendo la cabeza, enrolló nuevamente el cilindro y lo entregó.
—Creo que lo hemos conseguido. Al fin hemos tomado contacto con esos fantasmas.
—Sí, claro que lo hemos conseguido —dijo O'Neill—. Nunca oí hablar de un producto
que estuviera superfluizado.
Cortada sobre la roca en la base de las montañas, yacía la vasta extensión recubierta
de metal en forma de cubo, de la factoría de Kansas City. Su superficie estaba corroída
por las radiaciones, picoteada y desgarrada de los cinco años de guerra que se habían
abatido sobre ella. La mayor parte de la factoría estaba enterrada en el subsuelo bajo las
rocas y sólo eran visibles los accesos de la entrada: El camión parecía una mota brillante
rodando a gran velocidad hacia la entrada. Al aproximarse a pocas yardas, un mecanismo
secreto actuó el acceso y el camión desapareció entre las sombras, cerrándose
inmediatamente tras él.
—Y la cuestión importante queda en pie —dijo O'Neill—. Ahora tenemos que
persuadirles de que dejen de funcionar de una vez y por todas y que paren
definitivamente en su automación.
Judith O'Neill servía café negro a la gente que se aglomeraba en el cuarto de estar. Su
marido hablaba, mientras que escuchaban los demás. O'Neill era casi una autoridad en el
sistema de automación hasta donde podía serlo en aquellos días de la posguerra.
En su propia zona, en la región de Chicago, había conseguido hacer saltar la valla de
acero protectora de la factoría automática; pero mucho antes de que pudiese llegar hasta
el cerebro electrónico que regía la factoría, la planta reconstruyó por sí misma otra valla
mucho más inaccesible. Con aquello, al menos, había demostrado que las factorías no
eran infalibles.
—El Instituto de Cibernética Aplicada —explicaba O'Neill—, había completado el
control sobre toda la red de automación. Pero la guerra tuvo la culpa. Se perdió el
conocimiento que nos hubiera sido preciso y, en todo caso, el Instituto fracasó al
transmitirnos ese conocimiento, y ahora nos encontramos con que tampoco sabemos qué
hacer exactamente, ni transmitir nuestras ideas. No vemos la forma de indicar a estas
factorías automáticas que la guerra ya terminó y que los hombres estamos dispuestos a
hacernos cargo de los recursos de producción normalmente, y reasumir el control de las
operaciones industriales.
—Y entre tanto —intervino Morrison— esa maldita red se expande y consume todos los
recursos disponibles.
—Yo tengo la idea —opinó Judith— de que si se le pegara fuerte y profundo se llegaría
hasta los túneles. Deben existir minas potentes por todas partes.
—¿Es que esto no va a tener límite? —preguntó nervioso Perine—. ¿Están acaso
dispuestas y equipadas para expandirse indefinidamente?
—Cada factoría está limitada a su propia área de operaciones —dijo O'Neill—; pero la
red en sí misma, no conoce fronteras. Puede continuar por siempre buscando recursos
naturales. El Instituto decidió concederles la máxima prioridad; a nosotros, los humanos,
nos dejó en segundo lugar.
—¿Y dejarán algo para nosotros? —quiso conocer Morrison.
—No, a menos que detengamos las operaciones de la red de automación. Ya han
agotado media docena de materias primas minerales. Sus equipos de exploración se
hallan en el exterior constantemente, desde cada una de las factorías, buscando hasta la
más pequeña cantidad útil para llevar a casa.
—¿Qué ocurriría si los túneles de dos factorías se cruzaran unos con otros?
O'Neill se encogió de hombros.
—Normalmente eso no ocurre nunca. Cada factoría tiene su sección especial en
nuestro planeta, «su propio trozo de la tarta», como si dijéramos, para su uso exclusivo.
—Pero eso podría ocurrir.
—Bien, son trópicas hacia las materias primas, en tanto exista algo de lo que busca,
irán a cazarlo inexorablemente —O'Neill sopesó la idea con gran cuidado—. Es algo que
debemos considerar. Supongo que las cosas cada vez escasean más y…
O'Neill dejó de hablar. Una alta figura entraba en la habitación, y se quedó silenciosa a
la entrada, como vigilándolos a todos.
En la penumbra la figura parecía casi humana. Por un instante, O'Neill pensó que se
trataría de algún recién llegado al establecimiento. Después, conforme avanzaba
comprobó que sólo era un robot tan perfecto que parecía casi humano, un bípedo
funcional con un chasis asombrosamente bien acabado, con todo el conjunto de
receptores de datos en la parte correspondiente a la cabeza, y efectores y
propiorreceptores montados en un perfecto diseño. Su resemblanza a un ser humano
probaba la eficiencia de su naturaleza; de aquella máquina prodigiosa nada podía
esperarse como imitación a ninguna clase de sentimiento emocional.
El representante de la factoría había llegado.
Comenzó sin preámbulos:
—Yo soy la máquina colectora de datos —comenzó a decir—, capaz de toda clase de
comunicación oral. Contengo toda clase de aparatos de emisión y recepción de radio y
puedo integrar hechos relevantes en cualquier línea de investigación.
La voz resultaba agradable y confiada. Sin duda alguna, se trataba de una cinta
magnetofónica, impresa por algún Instituto Técnico antes de la guerra. Viniendo de
aquella figura casi humana, sonaba un tanto grotesca y O'Neill se imaginó vívidamente a
un hombre joven muerto ya, cuya voz resonaba en aquellos momentos en la boca
mecánica de aquella construcción de acero y conexiones electrónicas.
—Una palabra de advertencia —continuó el robot—. Es totalmente inútil que
consideren a este receptor como algo humano y se enzarcen en discusiones para lo que
no está equipado. Aunque capaz de cumplir diferentes propósitos, no está capacitado
para el pensamiento conceptual, sólo puede reunir material ya dispuesto para ello.
Aquella voz optimista calló y surgió una segunda voz. Se parecía algo a la primera;
pero sin entonación especial, algo más bien neutral. La máquina estaba utilizando la
pauta discursiva del hombre muerto que prestó su voz para ella.
—El análisis de los productos rehusados —estableció el robot—, no muestra elementos
extraños y tampoco deterioro apreciable. El producto ha sufrido el continuo control
empleado a través de la totalidad de la red de automación.
—Está bien —repuso O'Neill—. Hemos encontrado la leche por debajo de su calidad
normal —continuó pesando sus palabras—. No queremos nada con semejante producto.
Insistimos en una preparación más cuidadosa.
La máquina respondió inmediatamente:
—El contenido semántico de la palabra superfluizada es extraña por completo a la red
de automación. No existe en el vocabulario que tenemos registrado. ¿Pueden ustedes
presentar un análisis real de la leche en términos específicos presentes o ausentes?
—No —repuso O'Neill, dándose cuenta de que el juego que llevaba adelante se hacía
muy complicado y peligroso—. Superfluizada es una palabra especial que no puede
reducirse a constituyentes químicos.
—¿Qué es lo que significa superfluizada? —preguntó la máquina—. ¿Puede usted
definirla en términos de símbolos semánticos alternados?
O'Neill vaciló. El representante tenía que dirigirse desde su investigación inicial a
regiones más generales y de ser posible hasta el último problema de cerrar la red. Si
pudiera infiltrarse por algún punto débil de aquella defensa y conseguir que comenzase
una discusión teórica…
—Superfluizada —dijo— significa la condición de un producto que es manufacturado
cuando no existe ninguna necesidad de él. E indica que el tirar dichos objetos al suelo,
tiene como consecuencia el que no se deseen en absoluto.
La máquina repuso inmediatamente:
—El análisis de la red muestra la necesidad de leche sucedánea pasteurizada en alto
grado en toda esta zona. No hay otro recurso que la sustituya; la red de automación
controla toda la leche de tipo apropiado para los mamíferos que hay en existencia. —Y
añadió—. Las instrucciones originales registradas describen a la leche como un elemento
esencial para la dieta humana.
O'Neill estaba siendo desbordado, la máquina llevaba la discusión hacia lo específico.
—Hemos decidido —dijo por último, desesperadamente— que no queremos más leche.
Preferimos pasarnos sin ella, al menos hasta que hayamos localizado a las vacas.
—Eso es contrario a los registros de la red —objetó la máquina—. No hay vacas. Toda
la leche se produce sintéticamente.
—Entonces la produciremos nosotros sintéticamente —interrumpió Morrison
impaciente—. ¿Por qué no podemos tomar posesión de las máquinas? ¡Dios mío, no
somos niños! ¡Estamos en condiciones de poder gobernar nuestras propias vidas!
El representante de la factoría se dirigió hacia la puerta.
—Hasta que llegue el momento en que su comunidad encuentre otros recursos en el
aprovisionamiento de leche, la red continuará suministrándola. Los aparatos analíticos y
de evaluación permanecerán en esta zona; continuando su trabajo normal y corriente.
Perine exclamó irritado:
—¿Cómo podremos encontrar otros medios de suministro? ¡Ustedes disponen de todo
el equipo! ¡Son ustedes los amos de todo! —Y siguiendo tras él, le gritó a quemarropa—:
Dicen ustedes que no estamos en condiciones de solucionar las cosas por nuestros
propios medios. Y afirman que no somos capaces. ¿Cómo lo sabe usted? ¡No nos dan
una sola oportunidad! ¡Nunca la tendremos!
O'Neill estaba petrificado. La máquina salía de la habitación, su mente dirigida en un
solo sendero había triunfado.
—Mire —le dijo bloqueándole el paso—, queremos que terminen de fabricar,
¿comprende? Queremos hacernos cargo de las máquinas y resolver nosotros las
cuestiones. La guerra ya se terminó. ¡Maldita sea, ustedes ya no nos son útiles para nada
más!
El representante de la factoría se detuvo brevemente en la puerta.
—El ciclo imperativo —dijo el robot— no se pondrá en marcha hasta que la producción
de la red duplique simplemente la del exterior. Y puesto que eso no ocurre en absoluto, de
acuerdo con nuestro continuo análisis, la producción de la red de automación continuará.
Sin previo aviso, Morrison echó mano a un trozo de tubería de acero y la aplastó con
un golpe brutal contra el hombro del robot, destrozándole el pecho y su complicada red de
sensibles aparatos electrónicos. El bloque de los receptores saltó hecho pedazos,
esparciendo trozos de cristal y diminutas partes y piezas mecánicas de ensamblaje de la
máquina.
—¡Valiente paradoja! —gritó Morrison—. Un juego de palabras… hace que tengamos
que sentirnos derrotados. La Cibernética hecha por hombres triunfando sobre los
hombres… —Y con la misma tubería volvió a golpear salvajemente a la máquina, que
recibía los golpes sin la menor protesta—. Nos tienen encerrados en una trampa odiosa.
Estamos totalmente desamparados.
La habitación se hallaba en un puro clamor.
—Es la única forma —dijo Perine pasando junto a O'Neill—. Tendremos que
destruirles. Se trata de la red o de nosotros, no hay elección posible. —Y echando mano a
una lámpara, la estrelló contra el «rostro» del robot. La lámpara y el rostro del robot
saltaron en pedazos, y Perine continuó golpeándolo y destruyéndolo por todos los medios.
En un momento, todo el personal que había en la habitación se había reunido junto a la
máquina, haciéndole víctima de su contenido resentimiento. La máquina se desplomó al
suelo.
Temblando, O'Neill se apartó de allí. Su esposa le tomó por un brazo y lo llevó a un
extremo de la habitación.
—Esos idiotas… No pueden destruirlo, así sólo conseguirán enseñarles la forma de que
construyan más defensas. Están poniendo el problema mucho más difícil y peor de
resolver.
Momentos después, entró en la estancia un equipo de reparación procedente de la red
de automación. Expertamente, las unidades mecánicas se apartaron de la unidad-madre y
se escurrieron entre los humanos allí vociferantes y excitados. Se deslizaron entre ellos y
poco después la inerte carcasa era llevada al interior de la unidad-madre. Recogieron
todos los elementos dispersos caídos por el suelo y se los llevaron con el máximo
cuidado, incluyendo los trozos de vidrio, plástico, piezas y cables rotos. Un momento más
tarde, la unidad partió.
A través de la puerta abierta de la factoría, emergió un representante de la factoría,
exacto duplicado del primero. En el vestíbulo, había dos más. El establecimiento humano
iba a ser literalmente invadido por todo un cuerpo de representantes robots. Como una
horda de hormigas las máquinas móviles colectoras de datos, se habían filtrado a través
de la ciudad, hasta que una de ellas, por casualidad, se había presentado a O'Neill.
—La destrucción de las unidades móviles colectoras de datos, sólo va en detrimento de
los intereses humanos —informó el representante último a la población reunida—. La
producción de materias primas está siendo alarmantemente afectada por un sensible
descenso y lo que todavía existe debería ser utilizado en la manufactura de comodidades
para el consumidor.
O'Neill y la máquina estaban encarados uno con otro.
—¿Ah, sí? Es muy interesante… Quisiera saber qué es lo que tienen dentro de esa
cabeza mecánica y por qué están luchando.