Cuentos Completos 5 – La pequeña caja negra

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La palabra que sintetiza esta obra es «cooperación». Apenas la idea fue propuesta en Internet, innumerables seguidores de Dick se ofrecieron para colaborar en el proyecto. Elprimer paso fue digitalizar los cuentos publicados en español en diferentes antologías;luego se dispuso de los tomos faltantes digitalizados en inglés: varios traductores comenzaron a volcarlos a nuestro idioma —esta edición digital tiene el privilegio deofrecer ocho relatos del maestro, inéditos en habla hispana—; después fue el turno de loscorrectores de estilo, y hasta de los diseñadores que crearon las portadas, quienes se valieron de imágenes de publicaciones americanas, con las que lograron un montajesimilar a las ediciones nonatas de Martínez Roca.

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—Señorita Hiashi —dijo Bogart Crofts, del Departamento de Estado—, queremos
enviarla a Cuba para que proporcione instrucción religiosa a la población china del lugar.
Es por sus conocimientos de Oriente. Serán de ayuda.
Con un casi imperceptible gemido, Joan Hiashi pensó que sus conocimientos de
Oriente consistían en haber nacido en Los Ángeles y haber asistido a unos cursos en la
UCSB la Universidad de Santa Bárbara. Pero técnicamente era, desde el punto de vista
de su preparación, una estudiosa de Asia, y así lo había hecho constar en su curriculum.
—Tomemos en consideración la palabra caritas —estaba diciendo Crofts—. En su
opinión, ¿qué significa realmente, tal como la emplea Jerome? ¿Caridad? Difícilmente.
¿Pero qué significa entonces? ¿Amistad? ¿Amor?
—Mi campo es el Budismo Zen —dijo Joan.
—Pero todo el mundo —protestó Crofts desalentado— sabe lo que significaba caritas
en el uso que se le daba en el latín tardío. El respeto de la gente de bien por los demás,
eso es lo que significaba. —Sus altivas cejas grises se alzaron—. ¿Quiere este trabajo,
señorita Hiashi? Y en caso afirmativo, ¿por qué?
—Quiero difundir las enseñanzas del Budismo Zen a los comunistas chinos de Cuba —
dijo Joan— porque… —Vaciló. La verdad era que simplemente significaba tener un buen
sueldo, el primer trabajo realmente bien pagado que tendría. Desde el punto de vista de
su carrera profesional era la guinda del pastel—. Oh, demonios —dijo—. ¿Cuál es el
discurrir del Camino Único? No tengo respuestas para eso.
—Es evidente que su campo le ha enseñado un método para evitar dar respuestas
sinceras —dijo Crofts agriamente—. Y a ser evasiva. Sin embargo… —se encogió de
hombros—. Posiblemente sólo viene a demostrar que está bien preparada y es la persona
adecuada para el trabajo. En Cuba tendrá que enfrentarse a algunos de los individuos
más materialistas y sofisticados; que además viven muy bien, incluso desde el punto de
vista de los Estados Unidos. Espero que pueda plantarles cara tan bien como lo ha hecho
conmigo.
—Gracias, señor Crofts —dijo Joan. Se levantó—. Espero su llamada, entonces.
—Me ha impresionado —dijo Crofts, medio para sí mismo—. Después de todo, usted
fue la joven que tuvo inicialmente la idea de introducir los enigmas del Budismo Zen en los
grandes ordenadores de la UCSB.
—Fui la primera en hacerlo —corrigió Joan—. Pero la idea fue de un amigo mío, Ray
Meritan. El arpista de jazz gris verdoso.
—Jazz y Budismo Zen —dijo Crofts—. Usted será muy útil para el Estado en Cuba.
—Tengo que irme de Los Ángeles —le dijo a Ray Meritan—. Realmente no puedo
continuar viviendo como lo estábamos haciendo aquí. —Se acercó a la ventana de su
apartamento y observó el centelleo del lejano monorraíl. El vehículo plateado avanzaba a
enorme velocidad y Joan apartó la vista rápidamente.
Si tan sólo pudiésemos sufrir, pensó. Eso es lo que echo de menos, alguna experiencia
real de sufrimiento, porque podemos evadirnos de todo. Incluso de eso.
—Pero te vas —dijo Ray—. Vas a ir a Cuba a convertir a ricos comerciantes y
banqueros en ascetas. Y eso es una genuina paradoja Zen; te pagarán por ello. —Se rió
por lo bajo—. Introdúcelo en el ordenador, una idea como esa causará estragos. Sea
como sea, no tendrás que sentarte en el Vestíbulo de Cristal cada noche a escucharme
tocar, si es eso de lo que estás tan ansiosa de escapar.
—No —dijo Joan—. Espero continuar escuchándote por la televisión. Incluso podré
utilizar tu música en mis enseñanzas. —Sacó un revolver del calibre 32 de un arcón de
palisandro de una de las esquinas de la habitación. Había pertenecido a la segunda
esposa de Ray Meritan, Edna, quien la había usado para suicidarse, el pasado mes de
febrero, a última hora de una lluviosa tarde—. ¿Debería llevarla conmigo? —preguntó.
—¿Cómo recuerdo sentimental? —dijo Ray—. ¿O por lo que hizo en tu beneficio?
—No hizo nada en mi beneficio. Yo le caía bien a Edna. No me siento responsable por
el suicidio de tu esposa, incluso aunque ella nos encontrase… mirándonos el uno al otro,
por así decirlo.
—Y tú eres la chica que siempre le dice a la gente que acepte su culpa y que no la
proyecte al resto del mundo —dijo Ray meditativamente—. ¿Qué dicen tus principios,
querida? Ah —sonrió burlonamente—. El Principio Antiparanoia. La cura de la doctora
Joan Hiashi para las enfermedades mentales; absorber toda la culpa, asumirla por
completo sobre tus hombros —alzó la vista hacia ella y dijo muy seriamente—. Me
sorprende que no seas una adepta de Wilbur Mercer.
—Menudo payaso —dijo Joan.
—Pero es parte de su encanto. Mira, te lo mostraré —Ray encendió la televisión
situada frente a ellos en el otro lado del cuarto, negra, sin patas y de estilo Oriental,
decorada con dragones de la dinastía Sung.
—La de cosas extrañas que descubrirás cuando Mercer está encendido —dijo Joan.
Ray, encogiéndose de hombros, murmuró:
—Me interesa. Una nueva religión que reemplaza al Budismo Zen, avanzando de forma
aplastante desde el Medio Oeste hasta abarcar California. Deberías prestarle atención,
sobre todo desde que pretendes que la religión sea tu profesión. Vas a conseguir un
trabajo gracias a eso. La religión va a pagar tus facturas, mi querida chica, así que no la
dejes de lado.
La televisión se había encendido y allí estaba Wilbur Mercer.
—¿Por qué no dice nada? —dijo Joan.
—Porque Mercer ha hecho una promesa esta semana. Silencio Absoluto —Ray
encendió un cigarrillo—. El Estado debería enviarme a mí, no a ti. Tú eres un timo.
—Al menos no soy un payaso —dijo Joan—, o una adepta de un payaso.
—Hay un dicho Zen —le recordó Ray delicadamente—: «Buda es un pedazo de papel
higiénico». Y también este otro: «Buda a menudo…».
—Bueno, para un poco —dijo ella secamente—. Quiero ver a Mercer.
—Quieres ver —la voz de Ray estaba cargada de ironía—. ¿Es eso lo que quieres, por
el amor de Dios? Nadie ve a Mercer, ahí está el meollo. —Arrojó su cigarrillo a la
chimenea y se acercó al mueble de la televisión; allí, delante del mueble, Joan vio una
caja metálica con dos asas, unidas a la televisión por un cable doble. Ray aferró las dos
asas e inmediatamente una mueca de dolor atravesó su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, asustada.
—N-nada. —Ray continuó aferrando las asas. En la pantalla, Wilbur Mercer caminaba
lentamente por la desértica y olvidada superficie de la desolada ladera de un monte, con
la cara alzada y una expresión de serenidad, o vacuidad, en sus descarnados rasgos de
mediana edad. Jadeando, Ray soltó las asas—. Sólo pude sujetarlas durante cuarenta y
cinco segundos esta vez. —Le explicó a Joan—. Esta es la caja de empatía, querida. No
puedo contarte cómo la conseguí, para ser sincero no lo sé a ciencia cierta. Ellos la
trajeron, la Organización que la distribuye, Wilbur Incorporated. Pero puedo contarte que
cuando sujetas esas asas, ya no sigues viendo a Wilbur Mercer. Pasas a participar de su
apoteosis. Porque pasas a sentir lo que él siente.
—Suena doloroso —dijo Joan.
—Sí —dijo Ray Meritan en voz baja—. Porque Wilbur Mercer está siendo asesinado.
Camina hacia el lugar donde va a morir.
Horrorizada, Joan se apartó de la caja.
—Decías que era lo que necesitábamos —dijo Ray—. Recuerda, soy un telépata
bastante bueno; no tengo que concentrarme mucho para leer tus pensamientos. «Si tan
sólo pudiésemos sufrir». Eso fue lo que estabas pensando hace sólo un rato. Bien, aquí
tienes tu oportunidad, Joan.
—Es… morboso.
—¿Era morboso tu pensamiento?
—¡Sí! —dijo ella.
—Veinte millones de personas son seguidores de Wilbur Mercer en estos momentos —
dijo Ray Meritan—. Por todo el mundo. Y ellos sufren con él, mientras camina hacia
Pueblo, Colorado. Al menos ahí es a donde dicen que se dirige. Personalmente tengo mis
dudas. De cualquier forma, el Mercerismo es ahora lo que el Budismo Zen fue en su
momento; tú vas a ir a Cuba a enseñar a los acaudalados banqueros chinos una forma de
ascetismo que ya está obsoleta, a la que ya le ha llegado su día.
Sin decir nada, Joan se apartó de él y observó caminar a Mercer.
—Sabes que tengo razón —dijo Ray—. Puedo detectar tus emociones. Puedes no
darte cuenta de ellas, pero están ahí.
En la pantalla una roca fue arrojada hacia Mercer. Le golpeó en el hombro.
Todo el que estuviese aferrando su caja de empatía, entendió de pronto Joan, sentiría
aquello igual que Mercer.
Ray asintió.
—En efecto —dijo él.
—Y… ¿qué sucederá cuando esté finalmente muerto? —se estremeció ella.
—Veremos lo que sucede entonces —dijo Ray tranquilamente—. No lo sabemos.
II
—Creo que te equivocas, Boge —le dijo el Secretario de Estado Douglas Herrick a
Bogart Crofts—. La chica puede ser la amante de Meritan, pero eso no significa que lo
sepa.
—Esperaremos al señor Lee para que nos lo diga —dijo Crofts irritado—. Cuando ella
llegue a La Habana él la estará esperando para reunirse con ella.
—¿El señor Lee no puede explorar a Meritan directamente?
—¿Un telépata explorando la mente de otro? —Bogart Crofts sonrío ante la idea. Se
imaginó la absurda situación: el señor Lee leyendo la mente de Meritan y Meritan, que
también era un telépata, podría leer la mente del señor Lee y descubrir que éste le estaba
leyendo su mente, y Lee, leyendo la mente de Meritan, descubriría que Meritan lo sabía, y
así una y otra vez. Una regresión sin fin, que terminaría en una fusión de mentes en la
cual Meritan vigilaría sus pensamientos para no pensar sobre Wilbur Mercer.
—Es el parecido de los nombres lo que me persuade —dijo Herrick—. Meritan, Mercer.
¿Las tres primeras letras…?
—Ray Meritan no es Wilbur Mercer. Te contaré cómo lo sabemos. En colaboración con
la CIA realizamos una grabación Ampex de las emisiones de Mercer, las amplificamos y
las analizamos. Mercer se muestra en el habitualmente deprimente entorno de plantas de
cactus, arena y rocas… ya sabes.
—Sí —dijo Herrick asintiendo—. Le llaman el Desierto.
—Al amplificarlo apareció algo en el cielo. Fue estudiado. No es la Luna. Es una luna,
pero demasiado pequeña para ser la Luna. Mercer no está en la Tierra. Me pregunto si no
será terrestre en absoluto.
Doblándose hacia adelante, Crofts cogió una pequeña caja metálica, evitando
cuidadosamente las dos asas.
—Y estas cosas no han sido diseñadas ni fabricadas en la Tierra. Todo el Movimiento
Mercer es no perteneciente a la Tierra de principio a fin, y esa es la situación a la que nos
tenemos que enfrentar.
—Si Mercer no es de la Tierra —dijo Herrick—, entonces debe haber sufrido e incluso
muerto antes, en otros planetas.
—Oh, sí —dijo Crofts—. Mercer, o cualquiera que sea su nombre real, debe tener una
amplia experiencia en eso. Pero aún no sabemos qué queremos saber; ¿qué le sucede a
la gente que aferra las asas de sus cajas de empatía?
Crofts se sentó en su escritorio y escudriñó la caja que yacía justo delante de él, con
sus dos asas tentadoras. Nunca las había tocado y nunca lo había siquiera pretendido.
Pero…
—¿Cuánto tardará Mercer en morir?, —preguntó Herrick—. Esperan que suceda en
algún momento a finales de la próxima semana. Y el señor Lee habrá sacado algo de la
mente de la chica para entonces, ¿es lo que crees? ¿Alguna pista de dónde está Mercer
realmente?
—Eso espero —dijo Crofts, aún sentado frente a la caja de empatía, pero sin tocarla
todavía. Debe ser una extraña experiencia, pensó, el poner las manos en las dos asas
metálicas de apariencia corriente y descubrir, de forma instantánea, que ya no eres tú;
que eres completamente otro hombre, en otro lugar, subiendo trabajosamente por un
terreno inclinado, lúgubre e interminable, rumbo a una muerte segura. Al menos eso es lo
que dicen. Pero oír hablar de ello… ¿a dónde transportará realmente? Supongamos que
lo pruebo por mí mismo.
Sentir un dolor absoluto… eso era lo que le espantaba, lo que le impedía hacerlo.
Era increíble que la gente pudiese buscarlo deliberadamente en lugar de evitarlo.
Aferrar las asas de la caja de empatía no era ciertamente el acto de una persona que
buscase evadirse. No era evitar algo sino la búsqueda de algo. Y no del dolor como tal;
Crofts sabía lo suficiente como para no conjeturar que los Merceristas fuesen simples
masoquistas que deseaban el dolor. Era, lo sabía, el significado del dolor lo que atraía a
los seguidores de Mercer.
Los seguidores sufrían por algo.
—Desean el sufrimiento —dijo en voz alta a su jefe— como un instrumento para negar
sus existencias individuales e íntimas. Es una comunión en la cual todos ellos sufren y
experimentan el vía crucis de Mercer juntos. —Como la Última Cena, pensó. Esa es la
auténtica clave: la comunión, la participación que está detrás de todas las religiones. O
que debería estar. La religión mantiene unidos a los hombres en un organismo
compartido, común, y deja a todos los demás fuera.
—Pero ante todo —dijo Herrick— es un movimiento político, o al menos debe ser
tratado como tal.
—Desde nuestro punto de vista —aceptó Crofts—. Pero no desde el suyo.
El intercomunicador del escritorio zumbó y se escuchó la voz de su secretaria.
—Señor, el señor John Lee está aquí.
—Dígale que entre.
El joven chino, delgado y alto, entró sonriendo y tendiendo su mano. Llevaba un traje
pasado de moda de chaqueta recta y zapatos negros puntiagudos. Después de darse la
mano el señor Lee dijo:
—Ella aún no ha salido para La Habana, ¿verdad?
—No —dijo Crofts.
—¿Es guapa? —dijo el señor Lee.
—Sí —dijo Crofts sonriendo hacia Herrick—. Pero difícil. Una mujer con carácter.
Emancipada, si me entiende.
—Oh, del tipo sufragista —dijo el señor Lee sonriendo—. Detesto ese tipo de mujeres.
Será más difícil de lo que pensaba, señor Crofts.
—Recuerde —dijo Crofts—, su trabajo es simplemente dejarse convertir. Todo lo que
tiene que hacer es escuchar su propaganda sobre el Budismo Zen, aprender a responder
unas cuantas preguntas del estilo de «¿Es este palo Buda?» y estar a la expectativa de
unos cuantos pensamientos inexplicables en la cabeza de una practicante del Zen, ya me
entiende, referentes a sentimientos implantados.
—O tonterías implantadas —dijo el señor Lee con una gran sonrisa—. De acuerdo,
estoy preparado. Sentimientos, tonterías; en Zen son lo mismo. —Se puso serio—. Por
supuesto, yo soy un comunista —dijo—. La única razón por la que hago esto es porque el
Partido de La Habana ha adoptado la postura oficial de que el Mercerismo es peligroso y
debe ser erradicado. —Sombríamente, continuó—: Debo decir que esos Merceristas son
unos fanáticos.
—Cierto —se mostró de acuerdo Crofts—. Y debemos trabajar para que desaparezcan.
—Señaló la caja de empatía—. ¿Alguna vez ha…?
—Sí —dijo el señor Lee—. Es una forma de castigo. Autoimpuesto, sin duda por
razones de culpa. La ociosidad provoca ese tipo de emociones en la gente si se utiliza
adecuadamente; de otra forma no surgen.
Crofts pensó: Este hombre no ha entendido el asunto en absoluto. Es un simple
materialista. Típico de una persona que ha nacido en una familia comunista, que ha
crecido en una sociedad comunista. Todo es blanco o negro.
—Se equivoca —dijo el señor Lee; había estado leyendo los pensamientos de Crofts.
—Lo siento, lo olvidé —dijo Crofts sonrojándose—. No pretendía ofenderle.
—He visto en su mente —dijo el señor Lee— que usted cree que Wilbur Mercer, como
él se llama a sí mismo, puede no ser de la Tierra. ¿Conoce la posición del Partido a ese
respecto? Se debatió hace tan sólo unos días. El Partido ha adoptado la posición de que
no existen razas no terrestres en el Sistema Solar, que creer en vestigios de que razas
superiores del pasado existen todavía es una forma de misticismo morboso.
Crofts suspiró.
—Resolver un asunto empírico a través de una votación… Determinarlo con una base
estrictamente política… No puedo entender eso.
Llegados a ese punto el Secretario de Estado Herrick intervino, apaciguando a ambos
hombres.
—Por favor, no nos dejemos llevar a un punto muerto por cuestiones teóricas en las
que nunca nos pondremos de acuerdo. Centrémonos en lo fundamental… el Partido
Mercerista y su rápido crecimiento por todo el planeta.
—Totalmente de acuerdo, por supuesto —dijo el señor Lee.
III
En el aeropuerto de La Habana, Joan Hiashi observó cómo a su alrededor los otros
pasajeros iban rápidamente de la nave a la entrada número veinte.
Parientes y amigos habían salido previsoramente a la pista, como hacían siempre,
desafiando la normativa del aeropuerto. Entre ellos vio a un joven chino alto y delgado,
con una sonrisa de bienvenida en su rostro.
Avanzando hacia él, le llamó.
—¿El señor Lee?
—Sí —él se apresuró a reunirse con ella—. Es la hora de la cena. ¿Le gustaría cenar?
La llevaré al restaurante Hang Far Lo. Tienen pato relleno y sopa de nido de pájaro, todo
al estilo cantonés… muy dulce, pero bueno de vez en cuando.
Enseguida estuvieron en el restaurante, en un reservado de tela rojo cuero de
imitación. Los cubanos y los chinos charlaban por todas partes a su alrededor; el aire olía
a carne de cerdo frita y humo de puros.
—¿Usted es el presidente del Instituto de La Habana para Estudios Asiáticos? —
preguntó ella para asegurarse de que no había sido una confusión.
—Correcto. El Partido Comunista Cubano nos tiene entre ceja y ceja debido a nuestro
carácter religioso. Pero muchos de los chinos de la Isla asisten a las conferencias o están
en nuestra lista de correo. Y, como sabe, hemos tenido muchos distinguidos estudiosos
de Europa y el Sudeste Asiático que han venido a hablar… Por cierto, hay una parábola
Zen que no entiendo. «El mono qué cortó al gatito por la mitad…». La he estudiado y he
reflexionado sobre ella, pero no veo cómo Buda pudo estar presente cuando se sometió a
tal crueldad a un animal. —Se apresuró a añadir—. No quiero discutir con usted.
Simplemente busco información.
—De todas las parábolas Zen —dijo Joan— es la que causa más dificultades. La
pregunta a hacerse es: «¿Dónde está el gatito ahora?».
—Eso me recuerda el inicio del Bhagavad Gîtâ —dijo el señor Lee, con un rápido
asentimiento—. Recuerdo a Arjuna diciendo:
El arco de Gandiva se desliza de mi mano
¡Augurios del mal!
¿Qué podemos esperar de esta matanza de congéneres?
—Correcto —dijo Joan—. Y, por supuesto, recuerda la respuesta de Krishna. Es la
afirmación más profunda de toda la religión pre-Budista en lo tocante a la muerte y el
combate.
El camarero se acercó para tomar nota. Era un cubano vestido con ropa caqui y boina.
—Pruebe el won ton frito —recomendó el señor Lee—. Y el chow yuk, y por supuesto
los rollitos. ¿Tienen rollitos hoy? —le preguntó al camarero.
—Sí, señor Lee. —dijo el camarero, mientras se escarbaba los dientes con un palillo.
El señor Lee pidió para los dos y el camarero se retiró.
—Sabe —dijo Joan—, cuando se ha vivido cerca de un telépata tanto tiempo como lo
he hecho yo, te vuelves consciente de cuando alguien se concentra para leerte la mente.
Siempre sé cuando Ray está intentando encontrar algo en mi mente. Usted es un
telépata. Y está leyendo mi mente con mucha intensidad en este momento.
—Ojalá fuese así, señorita Hiashi —dijo el señor Lee sonriendo.
—No tengo nada que ocultar —dijo Joan—. Pero me pregunto por qué está tan
interesado en lo que estoy pensando. Sabe que trabajo para el Departamento de Estado
de Estados Unidos; eso no es ningún secreto. ¿Teme que haya venido a Cuba en calidad
de espía? ¿Para estudiar las instalaciones militares? ¿Algo así? —se entristeció—. No es
un buen comienzo —dijo—. No ha sido honesto conmigo.
—Usted es una mujer muy atractiva, señorita Hiashi —dijo el señor Lee sin perder un
ápice de aplomo—. Era simple curiosidad por ver… ¿me atreveré a decirlo? Su
orientación sexual.
—Está mintiendo —dijo Joan en voz baja.
Esta vez la sonrisa dulce desapareció; él la miró fijamente.
—La sopa de nido de pájaro, señor —el camarero había vuelto; colocó la humeante
sopera en el centro de la mesa—. Té. —puso en la mesa una tetera y dos pequeñas tazas
blancas sin asas—. Señorita, ¿quiere palillos?
—No —dijo distraídamente.
Del exterior del reservado llegó un grito de angustia. Joan y el señor Lee se levantaron.
El señor Lee descorrió la cortina; el camarero también estaba contemplando la escena y
riendo.
En una mesa de la esquina opuesta del restaurante estaba sentado un anciano
caballero cubano con sus manos aferradas a las asas de una caja de empatía.
—También aquí —dijo Joan.
—Son como la peste —dijo el señor Lee—. Molestando mientras comemos.
—Loco —dijo el camarero. Sacudió la cabeza, aún riendo ente dientes.
—Sí —dijo Joan—. Señor Lee, permaneceré aquí e intentaré hacer mi trabajo, a pesar
de lo que ha ocurrido entre nosotros. No sé por qué han enviado deliberadamente un
telépata para recibirme, posiblemente sean sospechas paranoides comunistas sobre los
extranjeros, pero en cualquier caso tengo un trabajo que hacer aquí y pretendo hacerlo.
Así que, ¿quiere discutir sobre el gatito desmembrado?
—¿Mientras comemos? —dijo el señor Lee débilmente.
—Usted sacó el tema de conversación —dijo Joan, y prosiguió, a pesar de la expresión
de intensa desdicha de la cara del señor Lee cuando se sentó y comenzó a tomar su sopa
de nido de pájaro.
En el estudio de Los Ángeles de la emisora de televisión KKHF, Ray Meritan se sentó
frente a su arpa, aguardando su entrada. Había decidido que «Cuán alta la Luna» sería su
primera pieza. Bostezó y siguió observando la cabina de control.
Junto a él, en el escenario, el comentarista de jazz Glen Goldstream limpiaba sus gafas
sin montura con un fino pañuelo de lino.
—Creo que empezaré con Gustav Mahler esta noche —dijo.
—¿Quién demonios es ese?
—Un gran compositor de finales del siglo diecinueve. Muy romántico. Compuso
peculiares sinfonías y canciones populares. Estoy pensando, de todas formas, en los
patrones rítmicos del «Borracho en Primavera» de su «Canción de la Tierra». ¿Nunca la
ha escuchado?
—No —dijo Meritan impacientemente.
—Muy gris verdoso.
Ray Meritan no se sentía muy gris verdoso esa noche. Aún le dolía la cabeza por la
roca que le habían arrojado a Wilbur Mercer. Meritan había intentado soltarse de la caja
de empatía cuando vio venir la roca, pero no había sido lo suficientemente rápido. Había
golpeado a Mercer en la sien derecha, haciéndole sangrar.
—Me he topado con tres Merceristas esta tarde —dijo Glen—. Y todos ellos tenían un
aspecto terrible. ¿Qué le sucedió hoy a Mercer?
—¿Cómo voy a saberlo?
—Te estás comportando como lo hacían ellos. Es la cabeza, ¿verdad? Te conozco lo
suficiente, Ray. Estás metido en algo nuevo y extraño, ¿qué me importa si eres un
Mercerista? Disfruto pensando que quizá te apetecería una pastilla para el dolor.
—Eso debería acabar completamente con el problema, ¿no? —dijo Ray Meritan
bruscamente—. Una pastilla para el dolor. «Eh, señor Mercer, mientras sube la colina,
¿qué le parece una inyección de morfina? No sentirá nada» —rasgó unas notas de su
arpa, liberando sus emociones.
—Estás en el aire —dijo el productor desde la cabina de control.
Su tema, «Esto es Abundancia», fluyó desde la mesa de grabación hasta la cabina de
control y en la cámara número dos, que enfocaba a Goldstream, se encendió una luz roja.
—Buenas tardes, damas y caballeros —dijo Goldstream con los brazos cruzados—.
¿Qué es el jazz?
Eso es lo que yo me pregunto, pensó Meritan. ¿Qué es el jazz? ¿Qué es la vida? Se
frotó su frente golpeada y martirizada por el dolor y se preguntó cómo podría resistir la
próxima semana. Wilbur Mercer se estaba acercando a su destino. Cada día se volvería
peor…
—Y tras una breve pausa para un anuncio importante —estaba diciendo Goldstream—
volveremos para contarles más sobre el mundo de los hombres y mujeres gris verdosos,
esa gente peculiar, y el mundo del arte del único e inimitable Ray Meritan.
La grabación del anuncio publicitario apareció en la pantalla de televisión frente a
Meritan.
—Tomaré esa pastilla para el dolor —le dijo Meritan a Goldstream.
Le tendió una pastilla amarilla, plana y con surcos.
—Paracodeina —dijo Goldstream—. Altamente ilegal, pero efectiva. Una droga
adictiva… Me sorprende que tú, de entre todo el mundo, no lleves una encima.
—Solía —dijo Ray, mientras cogía un vaso de agua de plástico y se tragaba la pastilla.
—Y tú estás en eso del Mercerismo.
—Yo ahora… —miró fijamente a Goldstream; ambos se conocían, debido a sus
profesiones, desde hacía años—. No soy un Mercerista —dijo—, así que olvídalo, Glen.
Es sólo una coincidencia que tenga dolor de cabeza la noche en que Mercer ha sido
golpeado en la sien por una afilada roca arrojada por algún retrasado mental sádico que
debería ser el que estuviese subiendo a rastras por esa colina —frunció el ceño hacia
Goldstream.
—Entiendo —dijo Goldstream—. El Departamento de Salud Mental de los EEUU está a
punto de pedirle al Departamento de Justicia que detenga a todos los Merceristas.
De repente se giró para encarar la cámara dos. Una sonrisa apenas esbozada atravesó
su cara y dijo suavemente:
—El gris verdoso comenzó hace unos cuatro años, en Pinole, California, en el ahora
con justicia famoso Double Shot Club donde Ray Meritan tocaba, allá por 1993 y 1994.
Esta noche, Ray nos tocará una de sus más conocidas y exitosas piezas, «Una vez
enamorado de Amy» —se volvió hacia Meritan— Ray… ¡Meritan!
Plunk, plunk, el arpa comenzó a sonar cuando los dedos de Meritan acariciaron las
cuerdas.
Un ejemplo espléndido, pensó mientras tocaba. Eso es para lo que el FBI me utilizará
con los adolescentes, para enseñarles en qué no hay que convertirse. Primero metido en
la Paracodeina, ahora con Mercer. ¡Cuidado, chicos!
Fuera de cámara, Glen Goldstream sostenía un cartel que había garabateado.
En él, Goldstream había escrito con un rotulador:
ESO ES LO QUE QUIEREN SABER
Una invasión de alguna parte del exterior, pensó Meritan mientras tocaba. De eso es de
lo que están asustados. Temen lo desconocido, como los niños pequeños. Eso son los
círculos de poder: niños pequeños que huyen asustados jugando a juegos rituales con
juguetes superpoderosos.
Le llegó un pensamiento de uno de los operarios de la cabina de control. Mercer había
sido herido.
Ray Meritan desvió su atención hacia allí inmediatamente, leyendo la mente tan
intensamente como podía. Sus dedos rasgueaban el arpa de manera refleja.
El Gobierno había declarado ilegales las llamadas cajas de empatía.
Pensó inmediatamente en su propia caja de empatía, delante de su aparato de
televisión en la sala de estar de su apartamento.
La Organización que distribuía y vendía las cajas de empatía había sido declarada
ilegal, y el FBI había realizado arrestos en varias de las ciudades más importantes. Se
esperaba que otros países siguiesen la iniciativa.
¿Cuán malherido? Se preguntó ¿Agoniza?
Y, ¿qué habría pasado con los Merceristas que estaban aferrando las asas de sus
cajas de empatía en ese momento? ¿Cómo estaban ahora? ¿Recibiendo atención
médica?
¿Deberíamos emitir la noticia ya mismo?, estaba pensando el operario de la cabina de
control. ¿O esperar hasta los anuncios?
Ray Meritan dejó de tocar su arpa y dijo claramente por el micrófono:
—Wilbur Mercer ha sido herido. Es lo que habíamos estado esperando, pero es aún
una tragedia mayor. Mercer es un Santo.
Con los ojos desorbitados, Glen Goldstream se le quedó mirando anonadado.
—Creo en Mercer —dijo Ray Meritan, y toda la audiencia de su canal en los Estados
Unidos escuchó su confesión de fe—. Creo en que sus sufrimientos, heridas y muerte
tienen un propósito para cada uno de nosotros.
Estaba hecho; había cruzado la línea. Y no había requerido demasiado coraje.
—Rezad por Wilbur Mercer —dijo, y continuó tocando el arpa con su estilo gris
verdoso.
Tonto, estaba pensando Glen Goldstream. ¡Huye! Estarás encarcelado en menos de
una semana. ¡Tu carrera está arruinada!
Plunk, plunk, Ray siguió tocando su arpa y le dedicó una sonrisa forzada a Glen.

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