Crimen y Castigo

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 Literatura universal contemporánea del siglo XIX. Novela realista rusa. Narrativa psicológica.

 

I
 

Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la
reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S… y, con paso lento e
indeciso, se dirigió al puente K…
Había tenido la suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera.
Su cuartucho se hallaba bajo el tejado de un gran edificio de cinco pisos y, más que
una habitación, parecía una alacena. En cuanto a la patrona, que le había alquilado el
cuarto con servicio y pensión, ocupaba un departamento del piso de abajo; de modo que
nuestro joven, cada vez que salía, se veía obligado a pasar por delante de la puerta de la
cocina, que daba a la escalera y estaba casi siempre abierta de par en par. En esos
momentos experimentaba invariablemente una sensación ingrata de vago temor, que le
humillaba y daba a su semblante una expresión sombría. Debía una cantidad considerable
a la patrona y por eso temía encontrarse con ella. No es que fuera un cobarde ni un
hombre abatido por la vida. Por el contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un
estado de irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había
habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no sólo temía encontrarse
con su patrona, sino que rehuía toda relación con sus semejantes. La pobreza le
abrumaba. Sin embargo, últimamente esta miseria había dejado de ser para él un
sufrimiento. El joven había renunciado a todas sus ocupaciones diarias, a todo trabajo.
En el fondo, se mofaba de la patrona y de todas las intenciones que pudiera abrigar
contra él, pero detenerse en la escalera para oír sandeces y vulgaridades, recriminaciones,
quejas, amenazas, y tener que contestar con evasivas, excusas, embustes… No, más valía
deslizarse por la escalera como un gato para pasar inadvertido y desaparecer.
Aquella tarde, el temor que experimentaba ante la idea de encontrarse con su
acreedora le llenó de asombro cuando se vio en la calle.
«¡Que me inquieten semejantes menudencias cuando tengo en proyecto un negocio
tan audaz! -pensó con una sonrisa extraña-. Sí, el hombre lo tiene todo al alcance de la
mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus mismas narices… Esto es ya
un axioma… Es chocante que lo que más temor inspira a los hombres sea aquello que les
aparta de sus costumbres. Sí, eso es lo que más los altera… ¡Pero esto ya es demasiado
divagar! Mientras divago, no hago nada. Y también podría decir que no hacer nada es lo
que me lleva a divagar. Hace ya un mes que tengo la costumbre de hablar conmigo
mismo, de pasar días enteros echado en mi rincón, pensando… Tonterías… Porque ¿qué
necesidad tengo yo de dar este paso? ¿Soy verdaderamente capaz de hacer… "eso"? ¿Es
que, por lo menos, lo he pensado en serio? De ningún modo: todo ha sido un juego de mi
imaginación, una fantasía que me divierte… Un juego, sí; nada más que un juego.»
El calor era sofocante. El aire irrespirable, la multitud, la visión de los andamios, de la
cal, de los ladrillos esparcidos por todas partes, y ese hedor especial tan conocido por los
petersburgueses que no disponen de medios para alquilar una casa en el campo, todo esto
aumentaba la tensión de los nervios, ya bastante excitados, del joven. El insoportable olor
de las tabernas, abundantísimas en aquel barrio, y los borrachos que a cada paso se
tropezaban a pesar de ser día de trabajo, completaban el lastimoso y horrible cuadro. Una
expresión de amargo disgusto pasó por las finas facciones del joven. Era, dicho sea de
paso, extraordinariamente bien parecido, de una talla que rebasaba la media, delgado y
bien formado. Tenía el cabello negro y unos magníficos ojos oscuros. Pronto cayó en un
profundo desvarío, o, mejor, en una especie de embotamiento, y prosiguió su camino sin
ver o, más exactamente, sin querer ver nada de lo que le rodeaba.
De tarde en tarde musitaba unas palabras confusas, cediendo a aquella costumbre de
monologar que había reconocido hacía unos instantes. Se daba cuenta de que las ideas se
le embrollaban a veces en el cerebro, y de que estaba sumamente débil.
Iba tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni siquiera un viejo vagabundo,
se habría atrevido a salir a la calle en pleno día con semejantes andrajos. Bien es verdad
que este espectáculo era corriente en el barrio en que nuestro joven habitaba.
La vecindad del Mercado Central, la multitud de obreros y artesanos amontonados en
aquellos callejones y callejuelas del centro de Petersburgo ponían en el cuadro tintes tan
singulares, que ni la figura más chocante podía llamar a nadie la atención.
Por otra parte, se había apoderado de aquel hombre un desprecio tan feroz hacia todo,
que, a pesar de su altivez natural un tanto ingenua, exhibía sus harapos sin rubor alguno.
Otra cosa habría sido si se hubiese encontrado con alguna persona conocida o algún viejo
camarada, cosa que procuraba evitar.
Sin embargo, se detuvo en seco y se llevó nerviosamente la mano al sombrero cuando
un borracho al que transportaban, no se sabe adónde ni por qué, en una carreta vacía que
arrastraban al trote dos grandes caballos, le dijo a voz en grito:
-¡Eh, tú, sombrerero alemán!
Era un sombrero de copa alta, circular, descolorido por el uso, agujereado, cubierto de
manchas, de bordes desgastados y lleno de abolladuras. Sin embargo, no era la
vergüenza, sino otro sentimiento, muy parecido al terror, lo que se había apoderado del
joven.
-Lo sabía -murmuró en su turbación-, lo presentía. Nada hay peor que esto. Una
nadería, una insignificancia, puede malograr todo el negocio. Sí, este sombrero llama la
atención; es tan ridículo, que atrae las miradas. El que va vestido con estos pingajos
necesita una gorra, por vieja que sea; no esta cosa tan horrible. Nadie lleva un sombrero
Comment [L1]: Los rusos
llamaban «alemana» a la
indumentaria de tipo europeo,
muy distinta a la tipica del país.
Ademas, solían emplear el
termino «aleman», como sinonimo

como éste. Se me distingue a una versta a la redonda. Te recordarán. Esto es lo
importante: se acordarán de él, andando el tiempo, y será una pista… Lo cierto es que hay
que llamar la atención lo menos posible. Los pequeños detalles… Ahí está el quid. Eso es
lo que acaba por perderle a uno…
No tenía que ir muy lejos; sabía incluso el número exacto de pasos que tenía que dar
desde la puerta de su casa; exactamente setecientos treinta. Los había contado un día,
cuando la concepción de su proyecto estaba aún reciente. Entonces ni él mismo creía en
su realización. Su ilusoria audacia, a la vez sugestiva y monstruosa, sólo servía para
excitar sus nervios. Ahora, transcurrido un mes, empezaba a mirar las cosas de otro modo
y, a pesar de sus enervantes soliloquios sobre su debilidad, su impotencia y su
irresolución, se iba acostumbrando poco a poco, como a pesar suyo, a llamar «negocio» a
aquella fantasía espantosa, y, al considerarla así, la podría llevar a cabo, aunque siguiera
dudando de sí mismo.
Aquel día se había propuesto hacer un ensayo y su agitación crecía a cada paso que
daba. Con el corazón desfallecido y sacudidos los miembros por un temblor nervioso,
llegó, al fin, a un inmenso edificio, una de cuyas fachadas daba al canal y otra a la calle.
El caserón estaba dividido en infinidad de pequeños departamentos habitados por
modestos artesanos de toda especie: sastres, cerrajeros… Había allí cocineras, alemanes,
prostitutas, funcionarios de ínfima categoría. El ir y venir de gente era continuo a través
de las puertas y de los dos patios del inmueble. Lo guardaban tres o cuatro porteros, pero
nuestro joven tuvo la satisfacción de no encontrarse con ninguno.
Franqueó el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como
era propio de una escalera de servicio. Pero estos detalles eran familiares a nuestro héroe
y, por otra parte, no le disgustaban: en aquella oscuridad no había que temer a las miradas
de los curiosos.
«Si tengo tanto miedo en este ensayo, ¿qué sería si viniese a llevar a cabo de verdad el
"negocio"?», pensó involuntariamente al llegar al cuarto piso.
Allí le cortaron el paso varios antiguos soldados que hacían el oficio de mozos y
estaban sacando los muebles de un departamento ocupado -el joven lo sabía- por un
funcionario alemán casado.
«Ya que este alemán se muda -se dijo el joven-, en este rellano no habrá durante algún
tiempo más inquilino que la vieja. Esto está más que bien.»
Llamó a la puerta de la vieja. La campanilla resonó tan débilmente, que se diría que
era de hojalata y no de cobre. Así eran las campanillas de los pequeños departamentos en
todos los grandes edificios semejantes a aquél. Pero el joven se había olvidado ya de este
detalle, y el tintineo de la campanilla debió de despertar claramente en él algún viejo
recuerdo, pues se estremeció. La debilidad de sus nervios era extrema.
Transcurrido un instante, la puerta se entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina
observó al intruso con evidente desconfianza. Sólo se veían sus ojillos brillando en la
sombra. Al ver que había gente en el rellano, se tranquilizó y abrió la puerta. El joven
franqueó el umbral y entró en un vestíbulo oscuro, dividido en dos por un tabique, tras el
cual había una minúscula cocina. La vieja permanecía inmóvil ante él. Era una mujer
menuda, reseca, de unos sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes
de malicia. Llevaba la cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaído y con sólo
algunas hebras grises, estaban embadurnados de aceite. Un viejo chal de franela rodeaba
su cuello, largo y descarnado como una pata de pollo, y, a pesar del calor, llevaba sobre
los hombros una pelliza, pelada y amarillenta. La tos la sacudía a cada momento. La vieja
gemía. El joven debió de mirarla de un modo algo extraño, pues los menudos ojos
recobraron su expresión de desconfianza.
-Raskolnikof, estudiante. Vine a su casa hace un mes -barbotó rápidamente,
inclinándose a medias, pues se había dicho que debía mostrarse muy amable.
-Lo recuerdo, muchacho, lo recuerdo perfectamente -articuló la vieja, sin dejar de
mirarlo con una expresión de recelo.
-Bien; pues he venido para un negocillo como aquél -dijo Raskolnikof, un tanto
turbado y sorprendido por aquella desconfianza.
«Tal vez esta mujer es siempre así y yo no lo advertí la otra vez», pensó,
desagradablemente impresionado.
La vieja no contestó; parecía reflexionar. Después indicó al visitante la puerta de su
habitación, mientras se apartaba para dejarle pasar.
-Entre, muchacho.
La reducida habitación donde fue introducido el joven tenía las paredes revestidas de
papel amarillo. Cortinas de muselina pendían ante sus ventanas, adornadas con macetas
de geranios. En aquel momento, el sol poniente iluminaba la habitación.
«Entonces -se dijo de súbito Raskolnikof-, también, seguramente lucirá un sol como
éste.»
Y paseó una rápida mirada por toda la habitación para grabar hasta el menor detalle en
su memoria. Pero la pieza no tenía nada de particular. El mobiliario, decrépito, de madera
clara, se componía de un sofá enorme, de respaldo curvado, una mesa ovalada colocada
ante el sofá, un tocador con espejo, varias sillas adosadas a las paredes y dos o tres
grabados sin ningún valor, que representaban señoritas alemanas, cada una con un pájaro
en la mano. Esto era todo.
En un rincón, ante una imagen, ardía una lamparilla. Todo resplandecía de limpieza.
«Esto es obra de Lisbeth», pensó el joven.
Nadie habría podido descubrir ni la menor partícula de polvo en todo el departamento.
«Sólo en las viviendas de estas perversas y viejas viudas puede verse una limpieza
semejante», se dijo Raskolnikof. Y dirigió, con curiosidad y al soslayo, una mirada a la
cortina de indiana que ocultaba la puerta de la segunda habitación, también sumamente
reducida, donde estaban la cama y la cómoda de la vieja, y en la que él no había puesto
los pies jamás. Ya no había más piezas en el departamento.
-¿Qué desea usted? -preguntó ásperamente la vieja, que, apenas había entrado en la
habitación, se había plantado ante él para mirarle frente a frente.
-Vengo a empeñar esto.
Y sacó del bolsillo un viejo reloj de plata, en cuyo dorso había un grabado que
representaba el globo terrestre y del que pendía una cadena de acero.
-¡Pero si todavía no me ha devuelto la cantidad que le presté! El plazo terminó hace
tres días.
-Le pagaré los intereses de un mes más. Tenga paciencia.
-¡Soy yo quien ha de decidir tener paciencia o vender inmediatamente el objeto
empeñado, jovencito!
-¿Me dará una buena cantidad por el reloj, Alena Ivanovna?
-¡Pero si me trae usted una miseria! Este reloj no vale nada, mi buen amigo. La vez
pasada le di dos hermosos billetes por un anillo que podía obtenerse nuevo en una joyería
por sólo rublo y medio.
-Deme cuatro rublos y lo desempeñaré. Es un recuerdo de

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