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¡Fluyan mis lágrimas, caídas de sus manantiales!
Exilado para siempre, dejadme llorar.
Permitidme que viva olvidado,
donde el negro pájaro nocturno canta su tristeza.
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I
El martes 11 de octubre de 1988, el Jason Taverner Show quedó treinta segundos
corto. Un técnico, mirando a través de la burbuja de plástico de la cúpula de control,
congeló el título final en la sección de vídeo y agitó una mano en dirección a Jason
Taverner, que había empezado a retirarse del escenario. El técnico dio unos
golpecitos a su muñeca y luego señaló su boca.
Jason se acercó al micrófono y dijo lentamente:
—Sigan enviando sus tarjetas y sus cartas de aliento, amigos. Y mantengan la
sintonía para Las Aventuras de Scotty, Perro Extraordinario.
El técnico sonrió; Jason le devolvió la sonrisa, e inmediatamente quedaron
desconectados sonido y vídeo. Su programa musical y de variedades, de una hora de
duración, que figuraba en segundo lugar entre los mejores espectáculos de TV del
año, había terminado. Y todo había salido bien.
—¿Dónde hemos perdido medio minuto? —dijo Jason a su estrella invitada
especial de aquella noche, Heather Hart. El hecho le intrigaba. Le gustaba cronometrar
sus propios espectáculos.
—Es una minucia —dijo Heather Hart—. No tiene importancia. —Deslizó su fría
mano a través de la frente ligeramente húmeda de Jason, y frotó cariñosamente el
perímetro de sus cabellos color arena.
—¿Te has dado cuenta del poder que tienes? —le dijo a Jason su representante, Al
Bliss, acercándose, demasiado, como siempre, a él—. Treinta millones de personas te
han visto superarte a ti mismo esta noche. Es todo un record.
—Me supero a mí mismo todas las semanas —dijo Jason—. Es mi marca de
fábrica. ¿Acaso es la primera vez que contemplas el programa?
—Pero, treinta millones… —dijo Bliss, con su redondo y colorado rostro salpicado
de gotas de sudor—. Piensa en ello. Y luego se podrán explotar las grabaciones.
Jason replicó secamente:
—Estaré muerto antes de que puedan explotarse las grabaciones de este
programa. A Dios gracias.
—Probablemente estarás muerto esta noche —dijo Heather—, con todas esas fans
esperándote en la calle, dispuestas a cortarte en trozos tan pequeños como sellos de
correos.
—Algunos de los que esperan son admiradores suyos, señorita Hart —dijo Al, Bliss,
con su jadeante voz perruna.
—Malditos sean —dijo Heather en tono irritado—. ¿Por qué no se largan? ¿No
están quebrantando alguna ley, por vagabundeo o algo por el estilo?
Jason se apoderó de su mano y la apretó fuertemente para atraer su atención.
Nunca había comprendido la aversión de Heather hacia sus admiradores; para él, eran
la sangre vital de su existencia pública. Y, para él, su existencia pública, su papel
como presentador de fama mundial, era la vida misma.
—Con esos sentimientos —le dijo a Heather—, no tendrías que haberte dedicado a
esta profesión. Abandónala. Conviértete en asistenta social en un campo de trabajos
forzados.
—Allí también hay gente —replicó hoscamente Heather.
Dos agentes de la policía privada se acercaron a Jason Taverner y a Heather.
—Procuraremos mantener despejado el pasillo —jadeó el más gordo de los dos
agentes—. Salgamos ahora, señor Taverner. Antes de que el auditorio del estudio
pueda bloquear las salidas laterales.
Hizo una seña a otros tres policías privados, los cuales avanzaron inmediatamente
hacia el cálido y atestado pasadizo que conducía, eventualmente, a la calle nocturna.
Y allí estaba aparcada la aeronave Rolls en todo su lujoso esplendor, con su cohete de
cola palpitando perezosamente. Como un corazón mecánico, pensó Jason. Un
corazón que latía solamente por él, el astro. Bueno, por extensión, palpitaba también
en respuesta a las necesidades de Heather.
Ella lo merecía; había cantado bien aquella noche. Casi tan bien como… Jason
sonrió burlonamente en su fuero interno, para sí mismo. Diablos, enfrentémonos con
ello, pensó. Ellos no conectan todos esos aparatos tridimensionales de TV en color
para ver a la estrella invitada especial. Hay un millar de estrellas invitadas especiales
esparcidas por la superficie de la tierra, y unas cuantas en las colonias marcianas.
Los conectan, pensó, para verme a mí. Y yo siempre estoy allí. Jason Taverner no
ha decepcionado nunca, y nunca decepcionará a sus fans. Al margen de lo que
Heather opine de ellas.
—A ti no te gustan —dijo Jason, mientras se abrían trabajosamente camino por el
recalentado pasillo que olía a sudor—, porque no te gustas a ti misma. En tu fuero
interno piensas que tienen mal gusto.
—Son estúpidos —gruñó Heather, y maldijo en voz baja mientras su ancho y plano
sombrero volaba de su cabeza y desaparecía para siempre dentro del vientre de
ballena del estrujante grupo de fans.
—Son vulgares —dijo Jason, con sus labios en la oreja de Heather, parcialmente
perdida en su gran maraña de brillantes cabellos rojos. La famosa cascada de cabello
tan amplia y expertamente copiada en los salones de belleza de toda la Tierra.
Heather rechinó:
—No digas esa palabra.
—Son vulgares —dijo Jason—, y son retrasados mentales. Porque —Jason le
mordisqueó el lóbulo de la oreja— eso es lo que significa ser vulgar. ¿De acuerdo?
Heather suspiró.
—¡Oh, Dios! Estar en la aeronave viajando a través del vacío… Eso es lo que
anhelo: un vacío infinito. Sin voces humanas, sin olores humanos, sin mandíbulas
humanas masticando chicle plástico en nueve colores iridiscentes.
—Los odias de veras —dijo Jason.
—Sí —asintió Heather vivamente—. Lo mismo que tú. —Se detuvo un instante y
volvió la cabeza para encararse con él—. Sabes que tu maldita voz ha desaparecido;
sabes que te estás deslizando por la pendiente de tus días de gloria, y nunca los
volverás a ver. —Le sonrió cálidamente—. ¿Nos estamos haciendo viejos —dijo, por
encima de los murmullos y los chillidos de los fans—. ¿Juntos? ¿Cómo marido y
mujer?
Jason dijo:
—Los seises no envejecen.
—Oh, sí —dijo Heather—. Sí que envejecen. —Empinándose, tocó su ondulado
cabello castaño—. ¿Cuánto tiempo hace que te los tiñes, cariño? ¿Un año? ¿Tres?
—Entra en la aeronave —dijo Jason bruscamente, empujándola ante él, fuera del
edificio y sobre el pavimento del Bulevar Hollywood.
—Entraré —dijo Heather—, si me das un Si mayor natural. Recuerda cuando…
Jason la empujó al interior de la aeronave, entró tras ella, se volvió para ayudar a Al
Bliss a cerrar la puerta, y luego ascendieron hacia el cielo nocturno cubierto de nubes.
El gran cielo resplandeciente de Los Angeles, tan brillante como si fuera mediodía. Y
eso es para ti y para mí, pensó Jason. Para los dos. Será siempre como ahora, porque
somos seises. Los dos. Lo sepan ellos o no.
La situación tenía mucho de humor negro. El conocimiento que ambos tenían y que
nadie compartía. Porque así había sido proyectado. Y siempre había sido así… incluso
ahora, después de que todo había salido tan mal. Mal, al menos, a los ojos de los
proyectistas. Los grandes sabios que se habían equivocado en sus previsiones. Hacía
cuarenta y cinco hermosos años, cuando el mundo era joven y las gotas de lluvia se
pegaban aún a los ahora desaparecidos cerezos japoneses en Washington, D.C. Y el
olor a primavera que había planeado sobre el noble experimento. Por un corto tiempo,
de todos modos.
—Vamos a Zurich —dijo Jason en voz alta.
—Estoy demasiado cansada —dijo Heather—. De todas maneras, ese lugar me
aburre.
—¿La casa? —preguntó Jason con tono de incredulidad.
Heather la había escogido para ellos dos, y durante años enteros se habían
refugiado allí… huyendo especialmente de los fans a los que Heather odiaba tanto.
Heather suspiró y dijo:
—La casa. Los relojes suizos. El pan. Los guijarros.
La nieve en las colinas.
—Montañas —dijo Jason, sintiéndose todavía agraviado—. Bueno, qué diablos —
añadió—. Iré sin ti.
—¿Y llevarás a alguien contigo?
Jason sencillamente no podía comprender.
—¿Quieres que lleve a alguien conmigo? —preguntó. —Tú y tu magnetismo. Tu
encanto. Podrás llevar a cualquier chica del mundo a aquella gran cama de metal.
Aunque todo se quedara en eso.
—¡Dios! —dijo Jason, enojado—. Otra vez eso. Siempre las mismas viejas
historias. Y las únicas que son pura fantasía: son las únicas a las que te aferras.
Volviéndose a mirarle, Heather dijo ávidamente:
—Sabes cual es tu aspecto, incluso ahora, a la edad que tienes. Eres guapo.
Treinta millones de personas se te comen con los ojos una hora a la semana. No están
interesadas en tu manera de cantar, sino en tu incurable belleza física.
—Lo mismo podría decirse de ti —replicó Jason cáusticamente.
Se sentía cansado, y anhelaba la intimidad y el aislamiento que anidaban allí en los
arrabales de Zurich, esperando silenciosamente a que los dos regresaran una vez
más. Y era como si la casa deseara que se quedaran, no por una noche o una semana
de noches, sino para siempre.
—Yo no aparento mi edad —dijo Heather.
Jason la miró, y luego la estudió. Masas de cabello rojo, piel pálida con unas
cuantas pecas, una fuerte nariz romana. Enormes ojos color violeta. Heather estaba
en lo cierto: no aparentaba su edad. Desde luego, ella nunca se había sometido a la
fono-rejilla de la red transex, como hacía él. Pero, en realidad, lo había hecho muy
poco. De modo que no estaba viciado, y en su caso no se habían producido lesiones
cerebrales ni envejecimiento prematuro.
—Eres una persona maravillosamente hermosa —dijo Jason, como a
regañadientes.
—¿Y tú? —dijo Heather.
Jason no podía dejarse impresionar por esto. Sabía que conservaba su carisma, la
fuerza que habían inscripto en sus cromosomas hacía cuarenta y dos años. De
acuerdo, sus cabellos griseaban, y se los teñía. Y unas cuantas arrugas habían
aparecido aquí y allá. Pero…
—Mientras conserve mi voz —dijo—, no habrá problemas para mí. Tengo lo que
quiero. Estás equivocada acerca de mí: la culpa la tiene tu retraimiento, el culto a tu
propia personalidad. De acuerdo, si no quieres que vayamos a la casa de Zurich,
¿dónde quieres ir? ¿A tu casa? ¿A mi casa?
—Querría estar casada contigo —dijo Heather—, de modo que no se tratara de mi
casa contra tu casa, sino de «nuestra» casa. Y yo dejaría de cantar y tendría tres hijos,
todos parecidos a ti.
—¿Incluso las niñas?
—Todos serían varones —dijo Heather.
Inclinándose, Jason la besó en la nariz. Heather sonrió, cogió su mano y la dio unos
golpecitos cariñosos.
—Esta noche podemos ir a cualquier parte —dijo él en voz baja, firme y controlada,
casi una voz paternal; por regla general daba resultado con Heather, cuando fallaban
todos los otros recursos.
A menos, pensó Jason, de que me marche solo.
Heather temía aquello. A veces, en sus peleas, especialmente en la casa de Zurich,
donde nadie podía oírles ni inmiscuirse, Jason había visto el miedo en el rostro de
Heather. La idea de estar sola la abrumaba; él lo sabía; ella lo sabía; el miedo era
parte de la realidad de su vida en común. No de su vida pública. Para ellos, como
auténticos actores profesionales, el control completo y racional era algo indispensable:
por muy furiosos y enojados que estuvieran, actuaban juntos de modo impecable en el
gran mundo adorador de espectadores, redactores de cartas y ruidosos fans. Ni
siquiera un odio apasionado podría cambiar aquello.
Pero entre ellos no podía existir el odio. Tenían demasiadas cosas en común.
Recibían demasiado el uno del otro. Incluso el mero contacto físico, como ahora,
sentados juntos en el Rolls volador, les hacía felices. Mientras durase, en cualquier
caso.
Introduciendo una mano en el bolsillo interior de su traje a medida de seda
auténtica —uno de quizá diez en todo el mundo—, Jason sacó un fajó de billetes. Un
gran número de ellos, comprimidos en un abultado paquete.
—No deberías llevar tanto dinero encima —dijo Heather en el tono que tanto
disgustaba a Jason, el tono de una madre gruñona.
—Con esto —dijo Jason, y agitó el fajo de billetes—, podemos comprar nuestro
camino a cualquier…
—Si algún estudiante incontrolado, fugado anoche de la madriguera de un campus,
no te corta la mano por la muñeca y desaparece con tu mano y tu llamativo dinero.
Siempre has sido llamativo. Llamativo y chabacano. ¡Mira tu corbata! ¡Mírala!
Heather había levantado la voz ahora; su furor parecía sincero.
—La vida es corta —dijo Jason—. Y la prosperidad más corta todavía. —Pero
volvió a guardar los billetes en el bolsillo interior de su americana y alisó el bulto que
formaban en su traje, por lo demás impecable—. Quería comprarte algo con este
dinero.
En realidad, la idea acababa de ocurrírsele; lo que había planeado hacer con el
dinero era algo distinto: se proponía llevarlo a Las Vegas, a las mesas de blackjack.
Como un seis que era, podía —y lo hacía— ganar siempre al blackjack; tenía ventaja
sobre cualquiera, incluso sobre el que daba las cartas. Incluso, pensó taimadamente,
sobre el amo del garito.
—Estás mintiendo —dijo Heather—. No querías comprarme nada; nunca lo haces,
eres demasiado egoísta y siempre piensas en ti mismo. Con ese dinero comprarás
alguna rubia y te irás a la cama con ella. Probablemente en nuestra casa de Zurich, la
cual, no lo olvides, hace cuatro meses que no he visto. Puedo estar embarazada.
A Jason le impresionó que Heather dijera aquello, de todas las posibles réplicas
que podían afluir a su conciencia. Pero había muchas cosas acerca de Heather que no
comprendía; con él, lo mismo que con sus fans, ella se reservaba muchos detalles
acerca de sí misma.
Pero, a través de los años, Jason había aprendido también muchas cosas sobre
ella. Sabía, por ejemplo, que en 1982 había tenido un aborto, un secreto muy bien
conservado. Sabía que en cierta época había estado casada ilegalmente con el jefe de
una comuna estudiantil, y que por espacio de un año había vivido en las madrigueras
de la Universidad de Columbia, junto con todos los estudiantes malolientes y barbudos
obligados a vivir para siempre en el subsuelo por los pols y los nacs. La policía y la
guardia nacional, que rodeaban todos los campus, impidiendo que los estudiantes
accedieran a la sociedad como otras tantas ratas negras abandonando un barco en
trance de hundimiento.
Y sabía que hacía un año la habían detenido por tenencia de drogas. Sólo la
intervención de su rica y poderosa familia había logrado sacarla de aquel atolladero:
su dinero, su carisma y su fama no habían servido de nada en el momento de
enfrentarse con la policía.
Heather se había sentido muy afectada por todos aquellos acontecimientos, pero
ahora estaba perfectamente, Jason lo sabía. Como todos los seises, Heather poseía
una enorme capacidad de recuperación. Había sido implantada, cuidadosamente en
cada uno de ellos. Entre otras muchas cosas. Cosas que ni siquiera él, a los cuarenta
y dos años, conocía del todo. Y también él había tenido problemas. La mayor parte de
ellos en forma de cadáveres, los restos de otros presentadores que había pisoteado
en su larga escalada hacia la cumbre.
—Esas corbatas «llamativas»… —empezó a decir, pero en aquel momento sonó el
timbre del teléfono de la aeronave. Lo cogió. Probablemente era Al Bliss con las
clasificaciones del programa de aquella noche.
Pero no era Bliss. Una voz femenina llegó a sus oídos.
—¿Jason? —inquirió la voz.
—Sí —dijo Jason. Tapando con la mano el micrófono, se volvió hacia Heather—. Es
Marilyn Mason. ¿Por qué diablos le daría el número de mi aeronave?
—¿Quién diablos es Marilyn Mason? —preguntó Heather.
—Luego te lo diré. —Apartó la mano del micrófono—. Sí, querida, estás hablando
con Jason en persona. ¿Qué ocurre? Pareces muy excitada. ¿Te han despedido otra
vez? —le guiñó un ojo a Heather y sonrió aviesamente.
—Líbrate de ella —dijo Heather.
Tapando de nuevo el micrófono, Jason dijo:
—Lo haré; lo estoy haciendo; ¿no te das cuenta? —Y, a través del micrófono—: De
acuerdo, Marilyn. Tira ya de la manta: te escucho.
Por espacio de dos años, Marilyn Mason había sido su protegida, por así decirlo.
Ella quería ser cantante —ser famosa, rica, amada— como él. Un día se había
presentado en el estudio, durante un ensayo, y Jason había advertido su presencia.
Carita tensa y preocupada, botas de media caña, falda demasiado corta: Jason lo
había captado todo con una sola ojeada, como de costumbre. Y, una semana más
tarde, le había conseguido una audición con Discos Columbia, recomendándola a su
jefe de producción.
Durante aquella semana habían ocurrido muchas cosas, ninguna de las cuales
tenía nada que ver con el canto.
Marilyn dijo estridentemente a su oído:
—Tengo que verte. En caso contrario me suicidaré y la culpa recaerá sobre ti. Para
el resto de tu vida. Y le diré a esa Heather Hart que te has estado acostando conmigo.
En su fuero interno, Jason suspiró. Diablos, estaba cansado, agotado por su
programa de una hora de duración, obligado a sonreír, sonreír, sonreír.
—Me estoy dirigiendo a Suiza para pasar allí el resto de la noche —dijo en tono
firme, como si le hablara a una niña histérica. Habitualmente, cuando Marilyn padecía
una de sus crisis acusatorias, casi paranoicas, esto daba resultado. Pero no esta vez,
naturalmente.
—Tardarás cinco minutos en llegar aquí con esa máquina Rolls de un millón de
dólares —replicó Marilyn—. Sólo quiero hablar contigo cinco segundos. Tengo que
decirte algo muy importante.
Probablemente está embarazada, se dijo Jason a sí mismo. En alguna parte a lo
largo de la línea, intencionadamente —o quizá de un modo fortuito—, se olvidó de
tomar la píldora.
—¿Qué puedes decirme en cinco segundos que ya no sepa? —inquirió
secamente—. Dímelo ahora.
—Te quiero aquí conmigo —dijo Marilyn, con su habitual falta de consideración—.
Tienes que venir. Hace seis meses que no te he visto, y durante ese tiempo he
pensado mucho acerca de nosotros. Y en particular acerca de aquella última audición.
—De acuerdo —dijo Jason, sintiéndose amargado y resentido. Esta era su
recompensa por tratar de abrir un camino en el mundo del arte a alguien que, como
Marilyn, no tenía el menor talento. Colgó ruidosamente el teléfono, se volvió hacia
Heather y dijo—: Me alegro de que no te hayas tropezado nunca con ella; es una…
—Boñiga de vaca —dijo Heather—. Y no me he «tropezado nunca con ella», por la
sencilla razón de que tú te has asegurado que no pudiera ocurrir.
—En cualquier caso —dijo Jason, mientras hacia girar la aeronave—, le conseguí
no una, sino dos audiciones, y las desaprovechó. Y, para conservar su propia
estimación, quiere atribuirme a mí su fracaso. ¿Te imaginas el cuadro?
—¿Tiene buena figura? —dijo Heather.
—He de admitir que sí —Jason sonrió, y Heather rió—. Ya conoces mi debilidad.
Pero yo cumplí mi parte del trato: le conseguí una audición… dos audiciones. La última
fue hace seis meses, y estoy seguro de que aún no ha digerido el fracaso. Me
pregunto qué querrá decirme.
Manipuló los controles para señalarle al piloto automático la dirección del edificio en
el que se encontraba el apartamento de Marilyn, con su pequeña pero adecuada pista
de aterrizaje en el tejado.
—Probablemente está enamorada de ti —dijo Heather, mientras Jason estacionaba
la aeronave sobre su cola, soltando a continuación la escalerilla de descenso.
—Como otros cuarenta millones de mujeres —dijo Jason alegremente.
Heather, retrepándose en el asiento almohadillado, dijo:
—No tardes demasiado, o me largaré sin ti.
—¿Dejándome en poder de Marilyn? —dijo Jason. Los dos se echaron a reír—.
Volveré en seguida. Cruzó la pista hasta el ascensor, y pulsó el botón.
Cuando entró en el apartamento de Marilyn vio, inmediatamente, que la muchacha
se hallaba en un estado anormal. Tenía el rostro contraído y el cuerpo tan encogido
que parecía que intentara ingerirse a sí misma. Y sus ojos. Tratándose de mujeres,
muy pocas cosas impresionaban a Jason, pero lo que estaba viendo le impresionó.
Los ojos de Marilyn, completamente redondos, con enormes pupilas, le taladraban
mientras la muchacha permanecía silenciosamente de pie ante él, con los brazos
doblados, rígida como el hierro.
—Empieza a hablar —dijo Jason, buscando a ciegas el asidero de la ventaja.
Habitualmente, de hecho, virtualmente siempre, podía controlar una situación en la
que estuviera involucrada una mujer; era, por así decirlo, su especialidad. Pero esto…
Se sintió incómodo. Y Marilyn seguía sin decir nada. Su rostro, bajo capas de
maquillaje, estaba completamente exangüe, como si fuera un cadáver animado—.
¿Quieres otra audición? —preguntó Jason—. ¿Es eso?
Marilyn agitó negativamente la cabeza.
—De acuerdo; dime de qué se trata —continuó Jason, intranquilo. Sin embargo, no
dejó que su intranquilidad se reflejara en su voz: era demasiado sagaz, tenía
demasiada experiencia para permitir que la muchacha se diera cuenta de su
incertidumbre. En un enfrentamiento con una mujer, hay casi un noventa por ciento de
engaño por ambas partes. No importaba lo que uno hacía, sino cómo lo hacía.
—Tengo algo para ti —dijo Marilyn. Dio media vuelta y desapareció de su vista en
la cocina. Jason echó a andar tras ella.
—Sigues reprochándome la falta de éxitos de las dos… —empezó a decir.
—Aquí lo tienes —dijo Marilyn. Cogió una bolsa de plástico del fregadero, la
sostuvo en alto unos instantes, con el rostro tan pálido como antes, los ojos
desorbitados y sin parpadear, y luego abrió la bolsa, la sacudió y la movió rápidamente
hacia él.
Todo ocurrió demasiado aprisa. Jason retrocedió instintivamente, pero con
demasiada lentitud y demasiado tarde. La gelatinosa esponja Callisto, con sus
cincuenta tubos de alimentación, se pegó a él, anclándose a su pecho. Notó que los
tubos de alimentación penetraban en él, en su pecho.
Saltó hacia los armarios de la cocina, aferró una botella medio llena de whisky,
desenroscó el tapón con dedos ágiles y vertió el licor sobre el gelatinoso animal. Sus
pensamientos se habían hecho lúcidos, incluso brillantes; no se dejó vencer por el
pánico, sino que siguió vertiendo whisky sobre el animal.
Durante unos instantes no ocurrió nada. Jason logró dominarse y no huir, ganado
por el pánico. Y luego el animal burbujeó, se encogió y cayó de su pecho al suelo.
Había muerto.
Sintiéndose débil, Jason se sentó en la mesa de la cocina. Se descubrió de repente
a sí mismo luchando contra la inconsciencia: algunos de los tubos permanecían en su
interior, y estaban vivos.
—No está mal —consiguió decir—. Casi acabas conmigo, miserable tramposa.
—Sin casi —dijo Marilyn Mason con voz inexpresiva—. Algunos de los tubos de
alimentación están aún dentro de ti, y tú lo sabes; puedo verlo en tu cara. Y una botella
de whisky no va a sacarlos de ahí. Nada va a sacarlos de ahí.
En aquel momento, Jason se desmayó. Vio vagamente cómo el suelo verde y gris
ascendía hacia él, y luego se hizo el vacío. Un vacío en el que ni siquiera él estaba
presente.
Dolor. Abrió los ojos, palpó su pecho en un movimiento reflejo. Su traje de seda
hecho a medida había desaparecido; llevaba ropas de algodón de hospital, y estaba
tendido boca arriba sobre una camilla con ruedas.
—¡Dios! —murmuró, mientras los dos enfermeros empujaban rápidamente la
camilla a lo largo del pasillo.
Heather Hart, inclinada sobre él, estaba ansiosa y preocupada; pero, lo mismo que
él, conservaba el pleno dominio de sus sentidos.
—Supe que algo iba mal —dijo rápidamente, mientras los enfermeros introducían a
Jason en una habitación.
De modo que no te esperé en la aeronave; bajé detrás de ti.
—Probablemente pensaste que estábamos en la cama, Marilyn y yo —dijo Jason
débilmente.
—El médico —continuó Heather— ha dicho que en otros quince segundos hubieras
sucumbido a la violación somática, como él la llamó. La penetración de esa cosa en ti.
—Acabé con ella —dijo Jason—. Pero no acabé con todos los tubos de
alimentación. Era demasiado tarde.
—Lo sé —dijo Heather—. El médico me lo ha dicho. Están planeando una
intervención quirúrgica lo antes posible; tal vez dé resultado, si los tubos no han
penetrado demasiado.
—Me porté bien en la crisis —gruñó Jason; cerró los ojos —No del todo. —Abriendo
los ojos, vio que Heather estaba llorando—. ¿Tan mal están las cosas? —le preguntó.
Levantando el brazo, tomó la mano de Heather. Sintió la presión de su amor
mientras ella apretaba sus dedos, y luego todo desapareció. Excepto el dolor. Pero no
quedó nada más, ni Heather, ni hospital, ni enfermeros, ni luz. Ni sonido. Fue un
momento eterno, y le absorbió completamente.
II
La luz volvió a filtrarse, llenando sus ojos cerrados con una membrana de iluminada
rojez. Abrió los ojos y levantó la cabeza para mirar a su alrededor. Buscando a
Heather o al médico.
Estaba solo en la habitación. Nadie más. Una cómoda con un agrietado espejo de
fantasía, feos y anticuados apliques sobresaliendo de las paredes saturadas de grasa.
Y desde alguna parte cercana, el sonido de un televisor.
No estaba en un hospital.
Y Heather no estaba con él; experimentó su ausencia, el vacío absoluto de todo, a
causa de ella.
Dios, pensó. ¿Qué ha pasado?
El dolor en su pecho se había desvanecido con todo lo demás. Apartó la manchada
manta de algodón con mano temblorosa, se incorporó, se frotó la frente
reflexivamente, se esforzó en recobrar su vitalidad.
Esto es un cuarto de hotel, se dijo. Un sucio hotel barato, infestado de chinches. Sin
cortinas ni cuarto de baño. Como aquellos en los que había vivido hacía muchos años,
al principio de su carrera. Cuando era un desconocido y no tenía dinero. En los días
oscuros que siempre procuraba apartar de su memoria.
Dinero. Palpó sus ropas y descubrió que ya no llevaba las ropas de hospital sino,
muy arrugado, su traje de seda hecho a medida. Y, en el bolsillo interior de la
chaqueta, el fajo de billetes, el dinero que había planeado llevarse a Las Vegas.
Al menos tenía aquello.
Rápidamente, miró a su alrededor buscando un teléfono. No, desde luego que no.
Pero habría uno en el vestíbulo. Sin embargo, ¿a quién podía llamar? ¿A Heather? ¿A
Al Bliss, su agente? ¿A Mory Mann, el productor de su programa de TV? ¿A su
abogado, Bill Wolfer? O a todos ellos, quizás, lo antes posible.
Logró ponerse trabajosamente en pie; se tambaleó, maldiciendo por motivos que no
comprendía. Un instinto animal le sostuvo; se preparó mentalmente, preparó su fuerte
cuerpo de seis, para luchar. Pero no podía discernir al antagonista, y esto le asustó.
Por primera vez, hasta donde alcanzaban sus recuerdos, sintió pánico.
¿Ha pasado mucho tiempo?, se preguntó a sí mismo. No podía saberlo; no tenía
ninguna noción que le permitiera intuirlo. Era de día. Había sutiles ascendiendo y
zumbando en los cielos más allá del sucio cristal de su ventana. Consultó su reloj;
marcaba las diez y media. ¿Y qué? Podían haber transcurrido mil años, por lo que él
sabía. Su reloj no podía ayudarle.
Pero el teléfono lo haría. Salió al pasillo saturado de polvo, encontró la escalera,
bajó peldaño a peldaño, agarrándose a la barandilla, hasta que se encontró en el
deprimente y vacío vestíbulo con sus tapizadas sillas pasadas de moda.
Afortunadamente, tenía moneda fraccionaría. Introdujo una moneda de oro de un
dólar en la ranura, marcó el número de Al Bliss.
—Agencia Artística —dijo la voz de Al.
—Escucha —dijo Jason—. No sé dónde estoy. Por el amor de Dios, ven a sacarme
de aquí; llévame a alguna otra parte. ¿Comprendes, Al? ¿Comprendes?
Silencio en el teléfono. Y luego, con una voz lejana e indiferente, Al Bliss dijo:
—¿Con quién hablo?
Jason gritó su respuesta.
—No le conozco a usted, señor Jason Taverner —dijo Al Bliss con su voz más
neutra—. ¿Está seguro de no haberse equivocado de número? ¿Con quién desea
hablar?
—Contigo. Con Al. Con Al Bliss, mi agente. ¿Qué pasó en el hospital? ¿Cómo he
llegado aquí? ¿No lo sabes? —Su pánico remitió a medida que se obligaba a
controlarse a sí mismo; logró que sus palabras surgieran razonablemente—. ¿Puedes
ponerme en contacto con Heather?
—¿Con la señorita Hart? —dijo Al, y dejó escapar una risita burlona.
—¡Has dejado de ser mi agente! —estalló Jason—. Para siempre. No importa cual
sea la situación. Estás despedido.
Al Bliss río de nuevo burlonamente y luego, con un clic, la comunicación se
interrumpió. Al Bliss había colgado.
Mataré a ese hijo de puta, se dijo Jason a sí mismo. Haré pedazos a ese seboso y
calvo bastardo.
¿Qué es lo que trata de hacerme? No lo entiendo. ¿Qué motivo de agravio puede
tener contra mí? ¿Qué diablos le he hecho yo? Ha sido mi amigo y mi agente por
espacio de diecinueve años. Y nunca ha ocurrido nada como esto.
Llamaré a Bill Wolfer, decidió. Siempre está en su oficina o en contacto con ella;
hablaré con él, y descubriré qué es lo que está pasando. Introdujo un segundo dólar
de oro en la ranura y, de memoria, marcó el número.
—Wolfer y Blaine, abogados —dijo la voz de la recepcionista.
—Quiero hablar con Bill —dijo Jason—. Soy Jason Taverner. Usted ya me conoce.
—El señor Wolfer está en el Palacio de Justicia —dijo la recepcionista. ¿Desea
hablar con el señor Blaine, o prefiere que el señor Wolfer le llame a usted cuando
regrese a la oficina a última hora de la tarde?
—¿Sabe usted quién soy? —dijo Jason—. ¿Sabe quién es Jason Taverner? —Sin
darse cuenta, había alzado el tono de su voz. Con un gran esfuerzo recuperó el control
sobre ella, pero no pudo evitar que sus manos temblaran; de hecho, temblaba todo su
cuerpo.
—Lo siento, señor Taverner —dijo la recepcionista. No puedo hablar en nombre del
señor Wolfer ni…
—¿Ve usted la televisión? —insistió Jason.
—Sí.
—¿Y no ha oído hablar de mí? ¿Del Jason Taverner Show, los martes a las nueve
de la noche?
—Lo siento, señor Taverner. Realmente debe usted hablar directamente con el
señor Wolfer. Deme el número del teléfono desde el cual está llamando, y me ocuparé
de que él le llame a usted hoy mismo.
Jason colgó.
Estoy loco, pensó. O ella está loca. Ella y Al Bliss, ese hijo de puta. Se apartó del
teléfono con paso vacilante y se sentó en una de las viejas sillas tapizadas. Le alivió
sentarse; cerró los ojos y respiró lenta y profundamente. Y reflexionó.
Tengo cinco mil dólares en billetes de curso legal, se dijo a sí mismo. De modo que
no estoy completamente indefenso. Y aquel bicho ha desaparecido de mi pecho,
incluidos sus tubos de alimentación. Tienen que habérmelos extraído en el hospital.
De modo que al menos estoy vivo; esto es un motivo de alegría para mí. ¿Ha habido
un intervalo de tiempo?, se preguntó a sí mismo.
¿Dónde habrá un periódico?
Encontró un Times de Los Angeles sobre una silla contigua. Leyó la fecha: 12 de
octubre de 1988. Ningún intervalo de tiempo. Era el día siguiente al de su programa, y
el día en que Marilyn le había dejado moribundo.
Se le ocurrió una idea. Buscó en las secciones del periódico hasta que encontró la
columna de espectáculos. Actuaba por las noches en el Salón Persa del Hollywood
Hilton, desde hacía tres semanas… menos los martes, por supuesto, a causa de su
programa en la TV.
El anuncio que la dirección del hotel había estado insertando durante las tres
últimas semanas no parecía estar en ninguna parte de la página. Tal vez lo han
trasladado a otra página, pensó sin demasiada convicción. De todos modos, repasó
cuidadosamente aquella sección del periódico. No pudo encontrar su nombre. Y su
rostro había estado apareciendo en la sección de espectáculos de la mayoría de los
periódicos por espacio de diez años. Sin un eclipse.
Haré otra tentativa, decidió. Probaré con Mory Mann.