El merodeador en la ciudad al borde del mundo

 

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Ante todo estaba la ciudad; nunca de noche. Lisas paredes reflectantes de metal antiséptico, como un inmenso autoclave. Pura e inmaculada, dominada por un silencio jamás roto por el zumbido visceral de sus engranajes íntimos.

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Ante todo estaba la ciudad; nunca de noche. Lisas paredes reflectantes de metal antiséptico, como un inmenso autoclave. Pura e inmaculada, dominada por un silencio jamás roto por el zumbido visceral de sus engranajes íntimos. La ciudad era autónoma. Los ruidos de pasos resonaban por todos lados, notas sordas y cadenciosas de un instrumento exótico con base de cuero. Los ruidos repercutían hacia su creador como una canción tirolesa lanzada de montaña en montaña.

 

Ruido de invisibles ciudadanos cuya existencia era tan ordenada, higiénica, metálica, como la de la ciudad que habían concebido para que les protegiera en su seno de las embestidas del tiempo. La ciudad era una compleja arteria, sus habitantes eran la helada sangre que se deslizaba por ella. Ambos formaban un todo único Ciudad constantemente brillante, eterna en su concepto, edificada en un desafío de exaltantes formas; la más moderna de todas las estructuras
modernas, concebida como una residencia archiperfecta por individuos perfectos.

 

Último logro de todas las investigaciones sociológicas orientadas a la Utopía. Se la había llamado espacio vital, y estaban condenados a vivir en ella, país de ninguna parte, de estética implacable y aséptica. Nunca de noche. Nunca en sombras.
…una sombra. Una mancha moviéndose sobre la pureza del metal, arrastrando consigo fragmentos de tela y de tierra arrancados a tumbas cerradas desde hacía innumerables siglos. Una silueta.

 

Al pasar, tocó una pared gris como el acero de un cañón; sus dedos polvorientos quedaron impresos en ella. Una sombra furtiva avanzando a lo largo de calles antisépticas que se transformaban —a su paso— en oscuros callejones de otros tiempos.

 


Tenía una vaga conciencia de lo ocurrido. No de una forma precisa, no con muchos detalles; pero era fuerte; era capaz de salir de aquello sin que su mente de paredes frágiles como la cáscara de un huevo estallara. No veía ningún lugar, en la brillante estructura en que se hallaba, donde pudiera aislarse para pensar. Tan sólo necesitaba un poco de tiempo. Refrenó su paso, sin ver a nadie. Extrañamente, inexplicablemente, se sentía… ¿seguro? Sí, seguro. Por primera vez desde hacía mucho tiempo.

 


Hacía tan sólo unos instantes se hallaba ante el estrecho callejón frente al número 13 de Miller’s Court. Eran las seis de la madrugada. Londres estaba silencioso, y él se había detenido un instante en el callejón de los prostíbulos M’ Carthy, un corredor fétido de donde llegaban hedores de orina y donde las prostitutas de Spitalfields llevaban a sus clientes. Hacía tan sólo unos instantes, con su maletín negro conteniendo el feto en su frasco de formaldehído puesto a su lado en la opaca neblina, se había detenido para beber algo antes de regresar a Toynbee Hall dando un rodeo. Luego debían de haber transcurrido cinco minutos. Y de pronto se había hallado en otro lugar, y ya no eran las seis de la madrugada de un día glacial de noviembre de 1888.

 


Había levantado los ojos hacia la claridad que lo inundaba en aquel otro lugar. Un silencio de hollín reinaba en Spitalfields; y de pronto, sin la menor sensación de desplazarse o de haber sido desplazado, se halló, inundado de luz, en aquel otro lugar. Dándose un corto respiro, tan pocos minutos después del cambio, se apoyó en la pared de la ciudad y recordó aquella otra luz.


La de los mil espejos. En las paredes, en el techo. Un dormitorio, con una mujer en su interior.
Una mujer hermosa. No como Black Mary Kelly o Annie Chapman o Kate Eddowes o todas las demás basuras de las que había tenido que hacerse cargo.
Una mujer hermosa. Rubia, sana… hasta el momento en que le ofreció su cuerpo como cualquiera de aquellas vulgares rastreras que había tenido que utilizar en Whitechapel…

 

Una sibarita; una criatura para el placer; una Juliette, había dicho ella, antes de que él utilizara el cuchillo de larga hoja. Lo había encontrado bajo la almohada, en la misma cama hacia donde ella lo había atraído… Qué vergüenza, ni siquiera había sabido resistirse, desamparado, apretando su maletín negro como un niño que tiembla, él que se movía como un rey en la densa noche de Londres, él que ocho veces había cumplido impunemente su misión, para caer entre los brazos de una perdida, sí, una perdida como todas las demás, que se había aprovechado de él
mientras él intentaba comprender lo que le ocurría y dónde se encontraba. Qué vergüenza… Y entonces había utilizado el cuchillo.

 


Habían pasado apenas unos minutos, y sin embargo había realizado un trabajo de artista. El cuchillo era de un modelo extraño. La hoja parecía estar formada por dos finas piezas de metal, entre las cuales había algo que había adquirido intermitentemente una tonalidad rojiza, algo así como las chispas producidas por un generador Van de Graaff. Pero eso era perfectamente ridículo, ya que no estaba provisto de hilos ni de barra de contacto ni de nada que pudiera provocar ni siquiera la más pequeña descarga eléctrica. Lo había depositado en su
maletín, donde estaba ahora junto con sus escalpelos, el ovillo de catgut , los frascos cuidadosamente alineados en sus fundas de piel y el bocal conteniendo el feto. El feto de Mary Jane Kelly.

 


Se había esmerado, pero sin perder tiempo. La había preparado casi exactamente igual que a Kate Eddowes: la garganta limpiamente incidida de oreja a oreja, el tronco hendido entre los senos y hasta la vagina, los intestinos extraídos y desplegados sobre el hombro derecho, a excepción de un trocito seccionado y colocado entre el brazo izquierdo y el cuerpo. El hígado había sido picado con la punta del cuchillo, y su lóbulo derecho escarificado verticalmente. (Se
sorprendió al constatar que el hígado no ofrecía ningún signo de cirrosis, enfermedad tan común entre las prostitutas de Spitalfields, que bebían constantemente con la esperanza de escapar de la sórdida y grotesca existencia que se veían obligadas a llevar. Y de hecho, ésta parecía totalmente distinta a las otras, pese al carácter aún más desvergonzado de sus avances sexuales. Y el
cuchillo oculto bajo su almohada…) Cortó la vena cava a la altura del corazón.

 

Luego se ocupó del rostro.
Por un instante había pensado en retirar el riñón izquierdo, como había hecho con Kate Eddowes. Sonrió al imaginar la expresión que debió de mostrar el señor George Lusk, presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel, al recibir por correo la caja de cartón conteniendo el riñón de la señorita Eddowes, acompañado de aquellas palabras de alambicada ortografía:
Señor Lusk os embío desde el infierno este pequeño regalo la mitad de un riñón que la quité a una mujer de las bigiladas por usted. La otra mitad la ice a la plancha y me la comí y estaba mui buena. Si quereis el cuchiyo que la cortó puedo embiaroslo si esperais un poco. Cojedme cuando podais.

 


Había pensado firmar la nota: «Su seguro servidor, Jack el Destripador», o incluso Jack el Escurridizo, o El Carnicero, o cualquier otra cosa que se le ocurriera. Pero se había sentido frenado por una cuestión de estilo. Ir demasiado lejos en aquella dirección sería ir en contra de sus propias convicciones. Tal vez ya se había pasado de la raya al dar a entender al señor Lus que se había comido la otra mitad del riñón.


Aquella rubia, aquella Juliette con su cuchillo oculto bajo la almohada, era la novena. Se apoyó contra la pared de acero perfectamente lisa, sin ninguna junta ni remache, y se pasó la mano por los ojos. ¿Cuándo iba a poder detenerse? ¿Cuándo terminarían comprendiendo, cuándo captarían su mensaje, un mensaje tan claro, escrito en sangre, que sólo la ceguera de su propia codicia les forzaba a ignorar? ¿Debería diezmar los innumerables regimientos de mujerzuelas de
Spitalfields para quitar la venda de sus ojos? ¿Tendrían que acarrear los vertederos chorros de sangre negra antes de que se decidieran por fin a escuchar lo que intentaba decirles y emprendieran las necesarias reformas?

 


Sin embargo, cuando apartó sus manos manchadas de sangre de delante de los ojos, se dio cuenta de lo que tendría que haberle parecido evidente desde un principio: ya no estaba en Whitechapel. No estaba en Miller’s Court, ni en ningún otro lugar de Spitalfields. Quizá ni siquiera estuviera en Londres. Pero, ¿cómo podía ser así?


¿Le había llamado Dios a Su seno?
¿Estaba muerto sin darse cuenta de ello, en algún lugar entre la lección de anatomía de Mary Jane Kelly (la muy sucia, ¡se había atrevido a besarle!) y el destripamiento en la habitación de aquella Juliette? ¿Por fin había decidido el Cielo recompensarle por el trabajo que había efectuado?


¡Oh, si el reverendo Barnett pudiera verlo! ¡Si hubiera podido saberlo todo! Pero «el Carnicero» no estaba dispuesto a hablar. Que las reformas se hicieran tal como el reverendo y su mujer las deseaban; que aplicaran los beneficios a sus sermones y sus peticiones, en lugar de a los escalpelos de Jack.


Pero si él estaba muerto, ¿su trabajo había llegado a buen fin? Aquel pensamiento le hizo sonreír. Si el Cielo le había llamado, eso tenía que significar que su trabajo había llegado a buen puerto. Definitivamente. Sí, pero en esas condiciones, ¿quién era la Juliette cuyo cuerpo se enfriaba, abierto y húmedo, en la habitación de los mil espejos?


En aquel momento conoció el miedo.
¿Y si el propio Dios hubiera interpretado mal lo que había hecho?
Al igual que lo había interpretado mal el buen pueblo de la reina Victoria. Al igual que lo había interpretado mal sir Charles Warren. ¿Y si Dios había visto tan sólo lo superficial e ignorado la verdadera razón? ¡No! ¡Ese pensamiento era ridículo! Si alguien estaba en situación de comprender, ese alguien era Aquel que le había dictado lo que había que hacer para enderezar la situación.


Dios le amaba tal como él amaba a Dios, y Dios le comprendía.
Pero en aquel instante conoció el miedo.
Porque, ¿quién era la mujer que acababa de degollar?
—Era mi nieta Juliette —dijo una voz en su oído.
Su cabeza se negó a moverse, a volverse aunque fuera tan sólo unos centímetros para ver a quien había hablado. El maletín se hallaba en el liso y reflectante suelo, a su lado. No tenía tiempo de sacar el cuchillo antes de ser alcanzado. Al final habían conseguido atrapar a Jack.


Empezó a temblar incontroladamente.
—No tema nada —dijo la voz.
Era una voz cálida y tranquilizadora. La de un hombre más viejo que él. Temblaba como si tuviera fiebre. Pero se volvió para mirar. Era un anciano sonriente, amable y comprensivo. Que habló de nuevo, sin mover los labios:
—Nadie puede hacerle daño. ¿Cómo se encuentra?
El hombre de 1888 se dejó caer lentamente de rodillas.
—Perdón, Dios mío. No lo sabía —murmuró.
El estallido de la risa del viejo resonó en la cabeza del hombre que estaba de rodillas. Se elevó límpido como un rayo de sol recorriendo una de las callejuelas de Whitechapel entre el mediodía y la una de la tarde, iluminando los grises ladrillos de las paredes cubiertas de hollín.
Resonó límpido y purificador en su mente.

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