Jim Boton y Lucas el maquinista

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El país en que vivía Lucas, el maquinista del tren, se llamaba Lummerland y era muy pequeño.
Era extraordinariamente pequeño en comparación con otros países, como, por ejemplo, Alemania, España o China. Era más o menos el doble de grande que nuestra vivienda y estaba ocupado en su mayor parte por una montaña con dos picos, uno alto y el otro algo más bajo.

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Era extraordinariamente pequeño en comparación con otros
países, como, por ejemplo, Alemania, España o China. Era más o
menos el doble de grande que nuestra vivienda y estaba ocupado
en su mayor parte por una montaña con dos picos, uno alto y el
otro algo más bajo. En la montaña había varios caminos con
pequeños puentes y cruces y además un tendido de tren con
muchas curvas. El tren pasaba por cinco túneles que atravesaban
la montaña y sus dos picos. Naturalmente, en Lummerland
también había casas; una era corriente y la otra tenía una tienda.
Hay que añadir una pequeña estación, situada al pie de la
montaña, donde vivía Lucas el maquinista. En lo alto de la
montaña, entre los dos picos, se levantaba un castillo.
Como puede verse, el país estaba bastante lleno. No cabían
muchas más cosas en él.


Quizá sea importante saber que había que ir con cuidado y no
pisar los límites para no mojarse los pies, porque el país era una
isla.


Esta isla estaba en el centro del inmenso océano sin fin y las olas,
grandes y pequeñas, llegaban día y noche a sus orillas.
A veces el mar estaba tranquilo y por la noche la luna y durante
el día el sol, se reflejaban en él. Esto resultaba muy hermoso y
entonces Lucas el maquinista se sentaba en la orilla y se sentía
feliz.


Nadie sabía porqué la isla se llamaba Lummerland y no de
cualquier otra manera, pero esto seguramente se descubrirá
algún día.


Allí vivía Lucas el maquinista, con su locomotora. La locomotora se
llamaba Emma y era una locomotora-ténder1 muy buena, aunque
quizás algo pasada de moda. Pero, sobre todo, era muy gorda.
Alguien se podría preguntar: ¿para qué necesita una locomotora
un país tan pequeño?


Pues porque un maquinista necesita tener una locomotora; si no la
tuviese, ¿qué conduciría? ¿Una bicicleta, quizás? Entonces sería
un conductor de bicicletas, y un maquinista como es debido,
quiere conducir locomotoras y nada más. Por otra parte, en
Lummerland no había ninguna bicicleta.


Lucas el maquinista era un hombre pequeño, algo rechoncho, que
no se preocupaba lo más mínimo por saber si alguien consideraba
necesaria una locomotora o no. Llevaba gorra de visera y traje de
trabajo. Sus ojos eran tan azules como el cielo de Lummerland
cuando hacía buen tiempo. Pero su cara y sus manos estaban
completamente negras por el aceite y la carbonilla. Y aunque se
lavaba cada día con cierto jabón especial para maquinistas, el
tizne no desaparecía. Había penetrado profundamente en la piel
porque, debido a su trabajo, Lucas se ponía negro cada día, desde
hacía muchos años. Cuando se reía —esto lo hacía a menudo—, se
le veían brillar en la boca hermosos dientes blancos, con los que
era capaz de partir nueces. Llevaba además en la oreja izquierda
un aro de oro y fumaba en una pipa muy grande.


Aunque Lucas no era corpulento, tenía una sorprendente fuerza
física. Por ejemplo, podía, si quería, hacer un nudo con una barra
de hierro. Pero nadie sabía exactamente lo fuerte que era porque
amaba la tranquilidad y la paz y nunca había tenido que
demostrar su fuerza.


Además, escupiendo era un artista. Daba tan bien en el blanco
que podía apagar una cerilla encendida a una distancia de tres
metros y medio. Pero esto no era todo. Podía hacer algo más y no
existía nadie en el mundo que le pudiera igualar: era capaz de
escupir en looping.


Muchas veces al día iba Lucas por la serpenteante vía,
atravesando los cinco túneles, de un extremo a otro de la isla y
viceversa sin que nunca le sucediera nada. Emma resoplaba y
silbaba por diversión. Y en ocasiones Lucas silbaba también una
cancioncilla y luego lo hacían a dos voces, cosa que resultaba muy
alegre sobre todo en los túneles porque allí resonaba.


Además de Lucas y de Emma había en Lummerland un par de
personas más. Estaba por ejemplo, el rey que reinaba en el país y
que vivía en el castillo entre los dos picos. Se llamaba Alfonso
Doce-menos-cuarto porque había nacido a las doce menos cuarto.
Era un gobernante bastante bueno. Y nadie podía decir nada malo
porque realmente de él no se podía decir absolutamente nada.
Estaba casi siempre en su castillo sentado, con la corona en la
cabeza, con una bata de terciopelo rojo y con zapatillas de
cuadros escoceses en los pies, hablando por teléfono. Para esto
disponía de un gran teléfono de oro.


El rey Alfonso Doce-menos-cuarto tenía dos súbditos —si seexceptúa a Lucas, que en realidad no era un súbdito, sino un
maquinista.
Uno de los súbditos era un hombre llamado señor Manga. El señor
Manga siempre estaba paseando con un sombrero hongo en la
cabeza y un paraguas cerrado debajo del brazo. Vivía en una casa
corriente y no tenía ocupación fija. Paseaba y nada más. Era el
súbdito más importante y le gobernaban. A veces, cuando llovía,
abría el paraguas. Acerca del señor Manga no hay nada más que
contar.


El otro súbdito era una mujer, precisamente una mujer muy
simpática. Era grande y gorda aunque no tan gorda como Emma la
locomotora. Tenía las mejillas rojas como una manzana y se
llamaba señora Quée, con dos es. Probablemente uno de sus
antepasados había sido algo sordo y la gente empezó a llamarle
sencillamente así, con la palabra que decía siempre, cuando no oía
La señora Quée vivía en la casa de la tienda, donde se podía
comprar todo lo necesario: chicle, periódicos, cordones para los
zapatos, leche, plantillas, espinacas, mantequilla, sierras, azúcar,
sal, pilas para linternas de bolsillo, sacapuntas, portamonedas en
forma de pequeños pantalones de cuero, perlas, recuerdos de
viaje, pegamento… abreviando: de todo.


Los recuerdos de viaje no se vendían casi nunca porque a
Lummerland nunca llegaban viajeros. Sólo el señor Manga
compraba a veces alguno, por gusto y no porque en realidad lo
necesitara. Por otra parte le gustaba charlar un rato con la
señora Quée.


¡Ah! y para no olvidarlo, al rey sólo se le podía ver en los días de
fiesta porque la mayor parte del tiempo estaba muy ocupado
reinando. Pero en los días de fiesta, a las doce menos cuarto en
punto, se asomaba a la ventana y saludaba amistosamente con la
mano. Entonces sus súbditos gritaban jubilosos y lanzaban sus
sombreros al aire y Lucas dejaba que Emma silbara alegremente.
Luego les daban mantecados a todos y en ciertas fiestas
importantes, helado de fresa. El helado se lo encargaba el rey a
la señora Quée, que era una verdadera maestra en la elaboración
de helados.


En Lummerland la vida era tranquila, hasta que un día… Sí, y con
esto empieza nuestra historia.

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