Espera a la primavera, Bandini

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AHORA que ya soy viejo no puedo evocar este libro sin que su rastro se me pierda en el pasado. A veces, cuando estoy en la cama por la noche una frase, un párrafo o un personaje de esta obra temprana se apoderan de mí y en un estado semionírico me entretejen el melodioso recuerdo de un antiguo dormitorio de Colorado, o de mi madre, o de mi padre, o de mis hermanos y mi hermana. No creo que lo que escribí hace tanto tiempo me reporte la paz de estas fantasías, pero tampoco tengo ánimo suficiente para mirar atrás, para abrir esta novela primeriza y leerla otra vez. Tengo miedo, no soporto que mi propia obra me desnude. Estoy seguro de que nunca volveré a leerla. También estoy seguro de otra cosa: todas las personas de mi vida literaria, todos mis personajes se encuentran en esta obra de juventud. En ella no queda ya nada de mí mismo —sólo un recuerdo de antiguos dormitorios y el rumor de las zapatillas de mi madre al dirigirse a la cocina. 

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AVANZABA dando puntapiés a la espesa capa de nieve. Hombre asqueado a la vista. Se llamaba Svevo Bandini y vivía en aquella misma calle, tres manzanas más abajo. Tenía frío y agujeros en los zapatos. Por la mañana había tapado los agujeros por dentro con el cartón de una caja de macarrones. Los macarrones no los había pagado. Se había acordado mientras metía en los zapatos los trozos de cartón.


Detestaba la nieve. Era albañil y la nieve congelaba la argamasa que ponía entre los ladrillos. Se dirigía a su casa, pero no sabía por qué. Cuando era pequeño y vivía en Italia, en los Abruzos, tampoco le gustaba la nieve. No había sol, no había trabajo. Ahora vivía en los Estados Unidos, en Colorado, en un lugar llamado Rocklin. Acababa de salir de los Billares Imperial. En Italia también había montañas, por supuesto, iguales que los montes blancos que se alzaban a unos kilómetros hacia occidente. Los montes eran gigantescas túnicas blancas que caían a plomo hacia la tierra. Veinte años antes, cuando tenía veinte años de edad, había pasado hambre durante toda una semana entre los pliegues de aquella túnica despiadada y blanca. Había estado construyendo una chimenea en un refugio de montaña. Era peligroso subir allí en invierno. Había dicho a la porra el peligro, porque sólo tenía veinte años entonces, y una novia en Rocklin, y necesitaba dinero. Pero el techo del refugio había cedido bajo la nieve aplastante.


No había momento en que aquella nieve hermosa no le torturase. No comprendía aún por qué no había emigrado a California. Pero permanecía en Colorado, entre las nieves profundas, porque ya era demasiado tarde. La nieve blanca y hermosa era como la mujer blanca y hermosa de Svevo Bandini, muy blanca, muy fértil, que yacía en la cama blanca de una casa situada calle arriba. Walnut Street número 456, Rocklin, Colorado.


El aire frío le humedeció los ojos. Eran castaños, eran dulces, eran ojos de mujer. Le había quitado los ojos a su madre al nacer, ya que después del nacimiento de Svevo Bandini, la madre no había sido ya la misma, achacosa siempre, siempre con expresión de enferma después del parto, hasta que murió, y a Svevo le tocó tener ojos castaños y dulces.
Setenta kilos pesaba Svevo Bandini y tenía un hijo llamado Arturo que disfrutaba acariciándole los hombros musculosos y palpándole las culebras que le corrían por dentro. Era hombre apuesto Svevo Bandini, todo músculo, y su mujer, que se llamaba María, en cuanto pensaba en los músculos de los riñones del marido, el cuerpo y el espíritu se le derretían cual nieve de primavera. Era muy blanca esta María y mirarla era verla a través de una finísima capa de aceite de diva.


Dio cane. Dio cane. Quiere decir que Dios es un perro y Svevo se lo decía a la nieve. ¿Por qué habría perdido diez dólares aquella noche en una partida de póquer en los Billares Imperial? Era muy pobre y tenía tres hijos, y no había pagado los macarrones, ni la casa en que estaban los tres hijos y los macarrones. Dios es un perro.


Svevo Bandini tenía una esposa que no decía nunca:
dame dinero para dar de comer a los niños, pero tenía una esposa de ojos grandes y negros que el amor encendía hasta el empalago, unos ojos muy suyos que le escrutaban furtivamente la boca, las orejas, el estómago y los bolsillos. La astucia de aquellos ojos era triste, pues siempre sabían cuándo le había ido bien en los Billares Imperial. ¡Vaya ojos para una esposa! Veían todo lo que él era y esperaba ser, pero su alma jamás.


Lo cual era extraño, porque María Bandini era una mujer para quien todos eran almas, tanto los vivos como los muertos. María sabía lo que era un alma. Un alma era algo inmortal
que ella conocía. Un alma era algo inmortal sobre lo que no discutía. Un alma era algo inmortal. Bueno, fuera lo que fuese, el alma era inmortal.


Poseía un rosario blanco, tan blanco que si se cayera en la nieve no se encontraría nunca, y María rezaba por el alma de Svevo Bandini y de sus hijos. Y como le faltaba tiempo, esperaba que en algún lugar del mundo, alguien, una monja de algún silencioso convento, alguien, cualquiera, tuviese tiempo para rezar por el alma de María Bandini.


A Svevo le aguardaba un lecho blanco en que su mujer yacía acostada, cálida e impaciente, y él daba puntapiés a la nieve y pensaba en algo que alguna vez fabricaría. Sólo una idea tenía en la cabeza: un aparato quitanieves. Había construido una maqueta con cajas de puros. Se le había metido en la cabeza. De pronto se estremeció como hombre al que un pedazo de metal frío toca el costado y recordó las veces incontables que había yacido en el lecho cálido con María, y que la crucecita fría del rosario femenino le rozaba la carne en las noches invernales como una víbora riente y fría, y que él se retiraba con premura a un rincón del lecho más frío aún, y pensó entonces en el dormitorio, en la casa que no había pagado, en la esposa blanca e incansablemente deseosa de pasión, y ya no pudo resistirlo, y llevado de la furia se hundió en la nieve más abundante de la calzada para desfogarse en ella. Dio cane. Dio cane.


Tenía un hijo que se llamaba Arturo y Arturo tenía catorce años y un trineo. Al entrar en el patio de la casa que no había pagado, sus pies corrieron de pronto hacia la copa de los árboles, había caído de espaldas y el trineo de Arturo seguía en movimiento, deslizándose hacia un lilo de flores vencidas por el peso de la nieve. Dio cane! Ya le había dicho al chico, a aquel renacuajo cabrón, que no dejase el trineo en la entrada. Svevo Bandini sentía que el frío de la nieve le perforaba las manos como un enjambre de hormigas rabiosas. Se puso en pie, alzó los ojos al cielo, agitó el puño hacia Dios y a punto estuvo de morirse de un ataque de cólera. Arturo, Arturo. ¡Renacuajo cabrón! Sacó el trineo de debajo de las lilas y con maldad deliberada le arrancó las guías. Sólo cuando estuvo hecho el destrozo recordó que el trineo le había costado siete dólares con cincuenta. Se limpió la nieve de la ropa, notando un calor extraño en los tobillos, por donde la nieve se le había colado en los zapatos. Siete dólares con cincuenta centavos hechos trizas. Diavolo! Que el chico se comprara otro trineo. De todos modos prefería uno nuevo.


La casa no se había pagado. Era su enemiga aquella casa. Tenía voz y le hablaba siempre, igual que un loro, cotorreándole lo mismo sin parar. Cada vez que sus pies despertaban crujidos en el suelo del soportal, la casa le decía con insolencia: no eres mi dueño, Svevo Bandini, y nunca seré tuya. Cada vez que rozaba el pomo de la puerta principal era lo mismo. Durante quince años la casa le había importunado y exasperado con su cretina independencia. Había ocasiones en que la quería dinamitar y reducir a escombros. Cierta vez había sido muy fuerte la provocación, la provocación de aquella casa que, semejante a una mujer, le incitaba a poseerla. Pero al cabo de trece años había acabado por cansarse y renunciar y la arrogancia de la casa había aumentado. A Svevo Bandini ya no le importaba.


El banquero propietario de la casa era uno de sus peores enemigos. El recuerdo de la cara del banquero le aceleró el corazón con ansia abrasadora de violencia. Helmer, el banquero. La hez de la tierra. De vez en cuando había tenido que ir a verle para decirle que no tenía dinero suficiente para alimentar a la familia. Helmer, pelo gris pulcramente peinado con raya, manos blandas, ojos de banquero que parecían ostras cuando Svevo Bandini le decía que no tenía dinero para pagarle el plazo de la casa. Había tenido que hacerlo muchas veces y las manos blandas de Helmer le enervaban. No podía hablar con un hombre así. Detestaba a Helmer. Le habría gustado romperle el cuello a Helmer, arrancarle el corazón y pisoteárselo con los dos pies. Pensaba en Helmer y murmuraba: ya te cogeré, ¡ya te cogeré! No era su casa y no tenía más que rozar el pomo de la puerta para acordarse de que no era suya.


Se llamaba María y la tiniebla era luz ante sus ojos negros. Anduvo él de puntillas hasta
el rincón y la silla que allí había, al lado de la ventana con la persiana verde echada. Al tomar asiento le crujieron ambas rodillas. Para María era como el tintineo de dos campanillas y se le ocurrió que era una locura que una esposa amara tanto a un marido. Hacia mucho frío en la habitación. Por entre los labios jadeantes le brotaban chorros cónicos de vaho. Gruñó mientras forcejeaba como un pugilista con los cordones de los zapatos. Siempre los dichosos cordones. Diavolo! ¿Se moriría de viejo sin haber aprendido a atarse los cordones de los zapatos como los demás hombres?


—¿Svevo?
—Sí.
—No los rompas, Svevo. Enciende la luz y yo te los desataré. No te enfades, no vayas a romperlos.
¡Dios del cielo! ¡ Santísima Virgen María! ¿Era aquello una mujer? ¿Enfadarse? ¿Por qué había de enfadarse? ¡La madre que…! ¡ Con qué ganas habría roto la ventana de un puñetazo! Arañó con las uñas el nudo de los cordones. ¡Cordones, cordones! ¿Por qué existirían los cordones de zapatos? Ay, ay, ay.
—Svevo.
—¿Qué?
—Ya lo hago yo. Enciende la luz.
Cuando el frío ha agarrotado los dedos, el nudo de un cordón es tan terco como el alambre espinoso. Arrimó brazo y hombro para desahogar la impaciencia. El cordón se rompió con chasquido seco y a punto estuvo Svevo Bandini de caerse de la silla. Suspiró, suspiró la esposa.
—Ay, Svevo, otra vez los has roto.


—Es igual —dijo él—. ¿O querías que me metiera en la cama con los zapatos puestos?
Dormía desnudo, despreciaba la ropa interior, aunque una vez al año, con las primeras nieves, en la silla del rincón le esperaban siempre los calzoncillos largos que le habían preparado. Cierta vez se había reído de aquella salvaguardia: fue el año en que casi había muerto de gripe y pulmonía; fue el invierno en que se había levantado de un lecho de moribundo, delirando a causa de la fiebre, asqueado de las pastillas y los jarabes, se había tambaleado hasta la despensa, se había metido hasta el galillo media docena de cabezas de ajos y había vuelto a la cama para sudar hasta la bilis. María creyó que lo habían curado sus oraciones y a partir de entonces el ajo fue la religión curativa de Bandini, pero María sostenía que el ajo procedía de Dios, argumento demasiado absurdo para que Svevo Bandini discutiera.
Era un hombre y no soportaba verse con calzoncillos largos. Ella era María y cada mancha de la ropa interior del marido, cada botón y cada hebra, cada olor y cada roce hacía que los pezones le doliesen con un júbilo que brotaba del centro de la tierra. Llevaban casados quince años, y él tenía lengua, sabía moverla, y con frecuencia hablaba de cuanto se le ocurría, pero muy pocas veces le había dicho te quiero. Ella era su mujer, y hablaba en contadísimas ocasiones, pero a él le aburría que sólo supiera decir te quiero.


Se acercó al lecho, metió las manos bajo las mantas y buscó a tientas el rosario errabundo. Acto seguido se introdujo entre las sábanas y se abrazó a ella con desesperación, enroscando los brazos alrededor de los de ella, atenazando las piernas de la mujer con las suyas. No era pasión, sólo el frío de una noche de invierno y ella era una mujercilla-estufa que desde el principio le había atraído por su calidez y su melancolía. Quince inviernos, noche tras noche, y un cuerpo cálido de mujer que acogía unos pies como témpanos, unas manos y unos brazos como témpanos; pensó él en aquella clase de amor y lanzó un suspiro.


Y hacía nada, los Billares Imperial se habían quedado con los diez dólares que le quedaban. Si aquella mujer tuviese por lo menos algún defecto que compensara un tanto sus debilidades… Fíjate en Teresa de Renzo. Se habría casado con Teresa de Renzo, pero era una
mujer extravagante, hablaba demasiado, la boca le olía a perro muerto y, hembra fuerte y musculosa, fingía derretirse además entre sus brazos. ¡Casi nada! ¡Y era más alta que él! El caso es que con una esposa como Teresa habría perdido a gusto diez dólares en los Billares Imperial en una partida de póquer. Habría pensado en su aliento, en aquel pico que no paraba, y habría dado gracias a Dios por presentársele la ocasión de tirar un dinero que había ganado con el sudor de su frente. Pero con María no.


—Arturo ha roto la ventana de la cocina —dijo ésta.
—¿Que la ha roto? ¿Cómo?
—Tiró a Federico de cabeza contra ella.
—El muy hijo de puta.
—Fue sin intención. Sólo estaba jugando.
—¿Y qué hiciste tú? Nada, imagino.
—Le puse yodo a Federico. Se hizo un corte pequeño en la cabeza. Pero nada serio.
—¡Nada serio! ¿Leches es eso, nada serio? ¿Qué le hiciste a Arturo?
—Estaba furioso. Quería ir al cine.
—Y fue, como si lo viera.
—A los chicos les gusta.
—El muy requetecabronazo.
—¿Por qué hablas así de él, Svevo? Es tu hijo.
—Tú lo has echado a perder. Has echado a perder a todos.
—Es igual que tú. Tú también eras malo de pequeño.
—¿Que yo…? Yo no estampe nunca a mi hermano contra una ventana.
—Porque no tuviste hermanos. Pero a tu padre lo tiraste escaleras abajo y le rompiste un brazo.
—¿Qué culpa tenía yo de que mi padre…? Bah, dejémoslo.
Se le acercó serpeando y hundió la cara entre las trenzas de la mujer. Desde el nacimiento de August, el hijo mediano, el oído derecho de su mujer despedía cierto olor a cloroformo. Se le había pegado en el hospital y hacía ya diez años que lo tenía encima: ¿o eran imaginaciones suyas? Durante años se había peleado por ello con su mujer, pero ella negaba que el oído derecho le oliera a cloroformo. Hasta los chicos habían acercado la nariz para ver si era cierto, pero no habían olido nada. Sin embargo, el olor estaba allí, siempre allí, igual que aquella noche en la sala del hospital, cuando se había inclinado para besarla después de superar aquel mal trago, tan a las puertas de la muerte y sin embargo viva.
—¿Y qué pasa si tiré a mi padre escaleras abajo? ¿Qué tiene que ver con lo otro?
—¿Te echaste a perder por eso? ¿Eh? ¿Te echaste a perder?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—Pues no señor, no te echaste a perder —respondió María con firmeza.
Pero ¿qué sarta de bobadas estaba diciendo? ¡Pues claro que era un perdido! Teresa de Renzo le había dicho siempre que era un malvado, un egoísta y un perdido. A él le divertía. Y la chica aquella… como se llamaba… Carmela, Carmela Ricci, la amiga de Rocco Saccone, ella pensaba que era un demonio, y era una chica lista, había estudiado, en la Universidad de Colorado, y tenía título, y le había dicho que era un barrabás irresistible, cruel, peligroso, una amenaza para las jóvenes. Pero María.., bueno, María pensaba que él era un ángel, más bueno que el pan. Bah. ¿Qué sabía ella? No tenía educación ni estudios, ni siquiera había terminado el bachillerato.


Ni siquiera el bachillerato. Se llamaba María Bandini, pero antes de casarse con él se llamaba María Toscana y no terminó el bachillerato. En su familia eran dos hermanas y un hermano y ella era la menor. Tony y Teresa, los dos habían terminado el bachillerato. ¿Pero María? La maldición de la familia había caído sobre ella, la más tonta de los Toscana, la chica que quería vivir como le gustase y que no había terminado el bachillerato. Toscana
ignorante. Sólo ella carecía de certificado de estudios secundarios; casi lo había conseguido después de tres años y medio; pero no le habían dado ningún título. Tony y Teresa lo tenían, y Carmela Ricci, la amiga de Rocco, que hasta había estudiado en la Universidad de Colorado. Dios estaba en contra de él. ¿Por qué de todas había ido a enamorarse de la mujer que tenía al lado, de aquella mujer que ni siquiera tenía un título de bachiller?


—Pronto será Navidad, Svevo —dijo ella—. Reza una oración. Pide a Dios que sean unas buenas Navidades.
Se llamaba María y siempre le contaba cosas que él sabía ya. ¿Es que hacía falta que le dijeran que la Navidad estaba al caer? Y nada menos que el cinco de diciembre por la noche. ¿Es que hay necesidad de que cuando un hombre se va a dormir con su mujer el jueves por la noche le diga ella que el día siguiente será viernes? Y aquel Arturo… ¿por qué le habría tocado en suerte un hijo que jugaba con trineos? Ah, povera America! Y tenía que rezar porque fuesen unas buenas Navidades. Bah.
—¿No tienes frío, Svevo?
Ya empezaba, siempre queriendo saber si tenía frío o no tenía frío. Levantaba poco más de metro y medio del suelo y él no sabía nunca si estaba dormida o despierta, así era de callada. Un fantasma, eso es lo que era, siempre contenta en su breve mitad de la cama, rezando el rosario y rogando por una feliz Navidad. ¿No era lógico que no hubiese pagado el plazo de la casa, de aquel manicomio habitado por una esposa que tenía metida la religión hasta el tuétano? Lo que un hombre necesitaba era una mujer que le pinchase, que le estimulara, que le hiciera trabajar de firme. ¿Pero María? Ah, povera America!


La mujer se levantó por su lado del lecho, sus pies, sin equivocarse en medio de la oscuridad, encontraron las zapatillas que estaban en la alfombra, y él supo que iba a ir al lavabo primero, y a ver cómo estaban los chicos después, inspección última antes de volver a la cama para no volver a levantarse durante el resto de la noche. Una esposa que siempre salía de la cama para echar un vistazo a sus tres hijos. ¡Qué asco de vida! Io sono fregato!


¿Cómo iba a dormir un hombre en aquella casa, siempre hecha un infierno y con su mujer levantándose siempre de la cama sin decir ni pío? ¡A tomar por saco los Billares Imperial! Un full de reinas-doses y había perdido. Madonna! ¡Y encima tenía que rezar por una Navidad alegre! ¡Una suerte de perros y encima ponte a hablar con Dios! Jesu Christi, si era verdad que Dios existía, que hablase de una maldita vez.
Volvió a su lado tan silenciosa como se había ido.


—Federico se ha resfriado.
También él estaba resfriado; en el alma. Su hijo Federico soltaba unas lagrimitas y María le frotaba el pecho con mentol y se pasaba media noche hablándole de ello, pero Svevo Bandini tenía que padecer solo, y no con dolores corporales, sino peor, con dolor en el alma. ¿Había un dolor más grande que el que se sentía en el alma? ¿Le ayudaba María? ¿Le preguntaba alguna vez si se resentía de los momentos difíciles? ¿Le había dicho alguna vez Svevo, cariño, cómo tienes el alma estos días? ¿Estás satisfecho, Svevo? ¿Encontrarás trabajo este invierno, Svevo? Dio Maledetto! ¡Y quería una Navidad feliz! ¿Cómo se va a pasar una Navidad feliz cuando teniendo mujer y tres hijos se sigue estando solo? Agujeros en los zapatos, mala suerte con las cartas, sin empleo, el cuello roto por culpa de un trineo de mierda… y encima una Navidad feliz. ¿Es que era millonario? Lo habría sido si se hubiera casado con la mujer que le convenía. Bueno, para el carro: basta ya de decir estupideces.


Se llamaba María y él advirtió que el calor del lecho disminuía a sus espaldas, y tuvo que sonreírse porque sabía que ella se le aproximaba, y los labios se le entreabrieron para acogerlos: tres dedos de una mano pequeña que le acariciaban los labios, que lo transportaban a un país cálido en el interior del sol, y sintió en la nariz el aliento ligero de unos labios fruncidos por la zalamería.
—Cara sposa —dijo—. Mi mujercita.
Se le habían humedecido los labios a María, que los frotó contra los ojos del marido. Éste rió con suavidad.


—Voy a matarte —le murmuró.
Ella se echó a reír, pero se envaró de pronto en actitud de quien escucha, de quien escucha a ver si se han despertado los niños en la habitación contigua.
—Che sara, sara —dijo—. Sea lo que Dios quiera.
Se llamaba María y era muy sufrida, le esperaba, le acariciaba la musculatura de los riñones, muy sufrida, le besaba en todas partes, y a él le devoraba entonces la llamarada que le gustaba tanto y ella se echaba de espaldas.


—Ay, Svevo. ¡Es maravilloso!
La amó con violencia delicada, muy orgulloso de sí, sin dejar de repetirse: no es tan idiota la María, sabe lo que es bueno. La burbuja gigantesca que perseguían camino del sol reventó entre ambos y el hombre gruñó con alivio jubiloso, gruñó como hombre contento de haber podido olvidar muchísimas cosas durante unos instantes, y María, silenciosa en su breve mitad de la cama, se quedó escuchando los latidos de su propio corazón y se preguntó cuánto habría perdido Svevo en los Billares Imperial. Mucho, sin duda; acaso diez dólares, porque María no tendría título de bachiller, pero adivinaba la desdicha de un hombre por el alcance de su pasión.


—Svevo —le murmuró.
Pero él dormía ya como un tronco.
Bandini, enemigo de la nieve. Se levantó a las cinco de aquella misma madrugada, saltó de la cama igual que un cohete, haciéndole muecas al frío, burlándose de él: bah, Colorado, en el quinto pino de la creación, siempre con un frío que pela, mal sitio para un albañil italiano; vaya vida que le había tocado vivir. Anduvo con los pies de canto hacia la silla, cogió los pantalones e introdujo las extremidades en las perneras, pensando que perdía doce dólares al día, el jornal base acordado por el sindicato, ocho horas de trabajo duro, ¡y todo por culpa de aquello! Tiró del cordón de la persiana; ésta subió de golpe crepitando como una ametralladora, y la mañana blanca y pura entró a raudales en el dormitorio, envolviéndole de luz. Gruñó a la mañana. Sporca chone, le dijo: so guarra. Sporcaccione ubriaca: guarra borracha.


María dormía con el acecho amodorrado de una gata y la persiana la despertó con viveza, los ojos desentumecidos por el pánico.
—Svevo. Es demasiado temprano.
—Sigue durmiendo. Nadie te dice nada. Sigue durmiendo.
—¿Qué hora es?
—Hora de que los hombres se levanten. Hora de que las mujeres sigan durmiendo. Así que a callar.

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