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Hemos de comprobar repetidamente cuán ventajoso es, para nuestra investigación,
comparar entre sí determinados estados y fenómenos, que podemos considerar como modelos normales de ciertas afecciones patológicas. A este género pertenecen ciertos estados afectivos, como la aflicción y el enamoramiento, y otros de diferente naturaleza, entre los cuales citaremos el estado de reposo (dormir) y el fenómeno onírico.
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Al acostarse con el propósito de dormir, se despoja el hombre de todas aquellas
envolturas que encubren su cuerpo y de aquellos objetos que constituyen un complemento
de sus órganos somáticos o una sustitución de partes de su cuerpo, esto es, de los lentes, la
peluca, la dentadura postiza, etc., y obra igualmente con su psiquismo, renunciando a la
mayoría de sus adquisiciones psíquicas y reconstituyendo, de este modo, en ambos
sentidos, la situación que hubo de ser el punto de partida de su desarrollo vital. El dormir
es, somáticamente, un retorno a la estancia en el seno materno, con todas sus características
de quietud, calor y ausencia de estímulo. Muchos hombres llegan incluso a tomar durante
su sueño, la posición fetal. El estado psíquico del durmiente se caracteriza por un
retraimiento casi absoluto del mundo circunambiente y la cesación de todo interés hacia él.
Cuando investigamos los estados psiconeuróticos, nos vemos impulsados a
acentuar, en cada uno de ellos, las llamadas regresiones temporales, o sea el montante del
retroceso que le es particular, hacia las más tempranas fases del desarrollo. Distinguimos
dos de estas regresiones: la desarrollo del Yo y la del desarrollo de la libido. Esta última,
llega, en el estado de reposo, hasta la reconstitución del narcisismo primitivo, y la primera,
hasta la fase de la satisfacción alucinatoria de deseos.
Todo lo que sabemos de los caracteres psíquicos del estado de reposo, lo hemos
averiguado en el estudio de los sueños. Éstos no nos muestran al hombre durmiendo, pero
no pueden por menos de delatarnos algunos de los caracteres del estado de reposo. La
observación nos ha descubierto algunas peculiaridades del fenómeno onírico, que al
principio nos parecían ininteligibles, pero que luego hemos llegado a comprender
perfectamente. Así, sabemos que el sueño es absolutamente egoísta y que la persona que en
sus escenas desempeña el principal papel, es siempre la del durmiente. Esta circunstancia se
deriva, naturalmente, del narcisismo del estado de reposo.
El narcisismo y el egoísmo son la misma cosa. La única diferencia está en que con
el término de «narcisismo», acentuamos que el egoísmo es también un fenómeno
libidinoso. O dicho de otro modo: el narcisismo puede ser considerado como el
complemento libidinoso del egoísmo. También se nos hace comprensible la capacidad
diagnóstica del sueño, que nos descubre, durante el reposo, los síntomas de una enfermedad
en sus comienzos, síntomas que pasaban inadvertidos durante la vigilia. El fenómeno
onírico amplifica, en efecto, hasta lo gigantesco, todas las sensaciones somáticas. Esta
amplificación es de naturaleza hiponcondríaca, presupone que toda la carga psíquica ha
sido retraída del mundo exterior y acumulada en el Yo, y permite descubrir en el sueño,
modificaciones somáticas, que durante la vigilia hubieran permanecido aún inadvertidas
por algún tiempo.
Un sueño constituye la señal de que ha surgido algo que tendía a perturbar el reposo,
y nos da a conocer la forma en que esta perturbación puede ser rechazada. El durmiente
sueña en lugar de despertar bajo los efectos de la perturbación, resultando así el sueño un
guardián del reposo. En lugar del estímulo interior que aspiraba a atraer la atención del
sujeto, ha surgido un suceso exterior -el fenómeno onírico- cuyas aspiraciones han quedado
satisfechas. Un sueño es, pues, una proyección al exterior, de un proceso interior.
Recordamos haber hallado ya en otro lugar, la proyección, entre los medios de defensa.
También el mecanismo de la fobia histérica culminaba en el hecho de que el individuo
podía protegerse, por medio de tentativas de fuga contra un peligro exterior, surgido en
lugar de un estímulo instintivo interno. Pero hemos de aplazar el estudio detenido de la
proyección hasta llegar al análisis de aquella afección narcisista en la que este mecanismo
desempeña un principalísimo papel.
Veamos cómo puede quedar perturbada la intención de dormir. La perturbación
puede proceder de una excitación interior o de un estímulo exterior. Atenderemos en primer
lugar, al caso menos transparente y más interesante, de la perturbación emanada del
interior. La experiencia nos muestra, que los estímulos del sueño son restos diurnos, cargas
mentales que no se han prestado a la general sustracción de las cargas y han conservado, a
pesar de ella, una cierta medida de interés libidinoso o de otro género cualquiera. Así, pues,
hallamos aquí una primera excepción del narcisismo del estado de reposo, excepción que da
lugar a la elaboración onírica. Los restos diurnos se nos dan a conocer en el análisis, como
ideas oníricas latentes, y tenemos que considerarlos, por su naturaleza y su situación, como
representaciones preconscientes, pertenecientes al sistema Prec.
El subsiguiente esclarecimiento de la formación de los sueños no deja de oponernos
determinadas dificultades. El narcisismo del estado de reposo significa la sustracción de la
carga de todas las representaciones objetivas, y tanto de la parte inconsciente de las mismas
como de su parte preconsciente. Así, pues, cuando comprobamos que determinados restos
diurnos han permanecido cargados, no podemos inclinarnos a admitir que han adquirido
durante la noche energía suficiente para atraer la atención de la consciencia. Más bien
supondremos que la carga que conservan es mucho más débil que la que poseían durante el
día. El análisis nos evita aquí más amplias especulaciones, demostrándonos, que estos
restos diurnos tienen que recibir un refuerzo, emanado de las fuentes instintivas
inconscientes, para poder surgir como formadores de sueños. Esta hipótesis no ofrece, al
principio, dificultad ninguna, pues hemos de suponer, que la censura situada entre el
sistema Prec. y el Inc. se halla muy disminuída durante el reposo, quedando, por lo tanto,
muy facilitada la relación entre ambos sistemas.
Sin embargo, surge aquí una objeción que no podemos silenciar. Si el estado de
reposo narcisista ha tenido por consecuencia el retraimiento de todas las cargas de los
sistemas Inc. y Prec., faltará también la posibilidad de que los restos diurnos preconscientes
sean intensificados por los impulsos instintivos inconscientes, los cuales han cedido
también sus cargas al Yo. La teoría de la formación de los sueños muestra, aquí, una
evidente contradicción que sólo podremos salvar modificando nuestra hipótesis sobre el
narcisismo del estado de reposo.
Esta hipótesis restrictiva queda también irrebatiblemente demostrada en la
«demencia precoz», y su contenido no puede ser sino el de que la parte reprimida del
sistema Inc. no obedece a los deseos de dormir emanados del Yo, conserva su carga, total o
fragmentariamente, y conquista, a consecuencia de la represión, una cierta independencia.
Correlativamente, habría de ser mantenido, durante la noche, un cierto montante del
esfuerzo de represión (de la contracarga), para eludir el peligro instintivo, aunque la
oclusión de todos los caminos que conducen al desarrollo de afecto y a la motilidad, tiene
que disminuir considerablemente el nivel de la contracarga necesaria. Así, pues,
describiríamos en la forma siguiente, la situación que conduce a la formación de sueños: el
deseo de dormir intenta retraer todas las cargas emanadas del Yo y constituir un narcisismo
absoluto. Este propósito no puede ser conseguido sino a medias, pues lo reprimido del
sistema Inc. no obedece al deseo de dormir. Por lo tanto, tiene que ser mantenida también
una parte de la contracarga, y la censura entre el sistema Inc. y el Prec. ha de permanecer
vigilante aunque no tanto como durante el día. En la esfera de acción del Yo, quedan
despojados de sus cargas todos los sistemas.
Cuanto más fuertes son las cargas instintivas inconscientes más incompleto será el
reposo. Existe también un caso extremo, en el cual el Yo abandona su deseo de dormir, por
sentirse incapaz de coartar los impulsos libertados durante el sueño, o dicho de otro modo,
renuncia a dormir por miedo a sus sueños.
Más adelante, estimaremos en toda su amplia importancia, la hipótesis de la
desobediencia de los impulsos reprimidos. Por ahora, nos limitaremos a proseguir nuestro
examen de la formación de los sueños.
Como segunda excepción del narcisismo consignaremos la posibilidad antes citada,
de que también algunas de las ideas diurnas preconscientes opongan resistencia y conserven
una parte de su carga. Ambos casos pueden ser, en el fondo, idénticos. La resistencia de los
restos diurnos puede depender de su conexión, existente ya en la vigilia, con impulsos
inconscientes. Pero también puede suceder algo menos sencillo, o sea que los restos diurnos
no despojados totalmente de su carga, se pongan en relación con lo reprimido, durante el
estado de reposo, merced a la mayor facilidad de comunicación entre los sistemas Prec. e
Inc. En ambos casos tiene efecto el mismo progreso decisivo de la formación onírica, esto
es, queda constituído el deseo onírico preconsciente, que da expresión, con el material de
los restos diurnos preconscientes, al impulso inconsciente. Este deseo onírico debe ser
distinguido de los restos diurnos. No existía en la vigilia y puede mostrar ya el carácter
irracional que todo lo inconsciente manifiesta cuando lo traducimos a lo consciente. El
deseo onírico no debe tampoco ser confundido con los sentimientos optativos que pueden
existir entre las ideas preconscientes (latentes) del sueño. Pero cuando tales deseos
aparecen integrados en dicho material, se asocia a ellos, intensificándolos.
Teoria de los suenos.
[color=red][/color][size=small][/size][b][/b][i][/i][u][/u][url][/url][quote][/quote][code][/code][img][/img] 💡 Opino, que sonar es como ustedes lo reflejan; pero de una forma mas facil; al dormir no tenemos ataduras externas ni internas. Nuestra mente al estar en un estado de reposo, refleja nuestras frustaciones y episodios de nuestras vidas que ocasiono felicidad. Gracias. Maria