Neurosis obsesiva – El hombre de las ratas

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Las páginas que siguen contienen dos cosas: en primer lugar, datos fragmentariosdel historial clínico de un caso de neurosis obsesiva, que por su duración y susconsecuencias, y según mi apreciación subjetiva, debe ser incluido entre los de ciertagravedad y cuyo tratamiento, prolongado a través de un año entero, consiguió reconstruir completamente la personalidad y suprimir las inhibiciones. Y en segundo, enlazadas a estecaso y a otros anteriormente analizados, algunas observaciones aforísticas sobre la génesisy el mecanismo de los procesos anímicos obsesivos, destinadas a continuar y ampliar mis
primeros estudios sobre la materia, publicados en el año 1896.

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Creo indispensable justificar tal índice para que no se suponga que considero perfecta y
digna de imitación semejante exposición fragmentaria de un caso clínico cuando en
realidad me es impuesta por consideraciones extrínsecas e intrínsecas y habría sido, desde
luego, más explícito si hubiera podido. Pero no me es posible comunicar el historial
completo del tratamiento, porque ello me obligaría a revelar en detalle las circunstancias
personales de mi paciente. La atención importuna que toda una gran ciudad dedica a mi
actividad médica, me impide desarrollar una exposición exacta y minuciosa, y por otro
lado, las deformaciones con las cuales suele intentarse olvidar tal inconveniente me han
parecido siempre tan inadecuadas como rechazables. Limitadas, no consiguen su objeto de
proteger al paciente de la curiosidad indiscreta, y si las Ilevamos más allá, cuestan
demasiado caras, pues hacen imposible la comprensión del caso hurtando al conocimiento
del lector relaciones fundamentales enlazadas precisamente a las pequeñas realidades de la
vida del enfermo. Resulta pues, paradójicamente más lícito dar publicidad a los más
íntimos secretos de un paciente, por los cuales no es fácil identificarle, que a las
circunstancias más inocentes y triviales de su personalidad, de todos conocidas y que Ie
descubrirán en el acto.
Justificada así la ingrata mutilación de los historiales del enfermo y de su tratamiento, el
hecho de que mi exposición aparezca limitada a resultados fraccionarios de la investigación
psicoanalítica de la neurosis obsesiva tiene una explicación todavía más clara y
convincente. Debo reconocer, en efecto, que todavía no he conseguido desentrañar sin
residuo alguno la complicada estructura de un caso grave de neurosis obsesiva y también
que no me sería posible evidenciar, a través de los estratos del tratamiento y con la
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exposición detallada del análisis, tal estructura, analíticamente descubierta o sospechada,
pues la resistencia de los enfermos y la forma en que se exteriorizan hacen dificilísima
semejante labor expositiva. Pero, además, ha de tenerse en cuenta que la comprensión de
una neurosis obsesiva no es ciertamente nada fácil y desde luego mucho más difícil que la
de un caso de histeria. A primera vista más bien nos inclinaríamos a suponer lo contrario.
El conjunto de medios de que se sirve la neurosis obsesiva para exteriorizar sus ideas
secretas, o sea el lenguaje de la neurosis obsesiva, es como un dialecto que debía sernos
más inteligible por ser más afín que el histérico a la expresión de nuestro pensamiento
consciente. Ante todo, no integra aquel salto desde lo anímico a la inervación somática -la
conversión histérica-, que nuestro intelecto no puede jamás secundar.
El hecho de que la realidad no confirme la hipótesis antes apuntada depende quizá tan solo
de nuestro menor conocimiento de la neurosis obsesiva. Los neuróticos obsesivos graves
acuden al tratamiento psicoanalítico en número mucho menor que los histéricos. Disimulan
en la vida social sus estados patológicos mientras les es posible y sólo recurren al médico
en estadios muy avanzados de su enfermedad, estadios tales como aquellos que en una
tuberculosis excluyen ya el ingreso en un sanatorio. Elegimos esta comparación porque en
la neurosis obsesiva, grave o leve, pero tempranamente combatida, pueden señalarse, como
en aquella otra dolencia crónica infecciosa, toda una serie de brillantes éxitos curativos.
En tales circunstancias no queda más posibilidad que comunicar las cosas tan imperfectas e
incompletamente como las sabemos y podemos hacerlas públicas. Los fragmentos de
conocimientos, trabajosamente extraídos, que aquí ofrecemos, podrían parecer poco
satisfactorios; pero la labor de otros investigadores se enlazará a ellos, y el esfuerzo común
podrá conseguir aquello que para uno solo es quizá demasiado arduo.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total» 1.0 (versión electrónica)
I) HISTORIAL CLÍNICO
UN hombre joven, de formación universitaria, se presenta en mi consulta
manifestando padecer representaciones obsesivas ya desde su infancia, pero con particular
intensidad desde cuatro años atrás. El contenido principal de su dolencia era el temor de
que les sucediera algo a las dos personas a las que más quería: su madre y la dama de sus
pensamientos. Sentía, además, impulsos obsesivos, tales como el de cortarse el cuello con
una navaja de afeitar, y se imponía prohibiciones que se extendían también a cosas triviales
e indiferentes. La lucha contra sus ideas obsesivas le habían hecho perder mucho tiempo,
retrasándole en su carrera. De todos los tratamientos ensayados, sólo uno le había aliviado
algo: una cura hidroterápica en un balneario, pero sólo porque durante su estancia en el
mismo halló ocasión de desarrollar una actividad sexual regular. Aquí, en Viena, no se le
ofrecía ocasión semejante, y sólo raras veces y con grandes intervalos cohabitaba. Las
prostitutas le repugnaban. En general, su vida sexual había sido muy limitada. El onanismo
había desempeñado en ella muy escaso papel, y sólo a los dieciséis o los diecisiete años. Su
potencia era normal, y hasta los veintiséis años no había conocido mujer. El paciente daba
la impresión de ser un hombre de inteligencia despejada y penetrante. Preguntado por qué
razón ha iniciado la anamnesis con informes sobre su vida sexual, explica haberlo hecho
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por saber que así correspondía a mis teorías. Fuera de esto, ni ha leído ninguna de mis
obras, y sólo muy recientemente, al hojear una de ellas, encontró la explicación de ciertas
asociaciones verbales que le recordaban la «elaboración mental» a la que él mismo sometía
sus ideas y le decidieron a acudir a mi consulta.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total» 1.0 (versión electrónica)
a) Iniciación del tratamiento.
Al día siguiente, una vez comprometido a observar la única condición del
tratamiento, esto es, la de comunicar todo lo que se le viniera a las mientes, aunque le fuera
desagradable hablar de ello o le pareciera nimio, incoherente o disparatado, y habiendo
dejado a su arbitrio la elección del tema inicial de su relato, comenzó por lo siguiente:
Tiene un amigo al que estima mucho. Siempre que se ve atormentado por un impulso
criminal, acude a él y le pregunta si le desprecia considerándole como un delincuente. El
amigo le da ánimos, asegurándole que es un hombre irreprochable, sujeto tan sólo desde su
juventud a analizar sus actos con temeroso escrúpulo infundado. Análoga influencia hubo
de ejercer antes sobre él otra persona: un estudiante que tenía diecinueve años cuando él
catorce o quince, y cuya estimación elevó su opinión sobre sí mismo, hasta el punto de que
llegó casi a creerse un genio. Aquel estudiante pasó luego a darle clases particulares, y
entonces varió bruscamente de actitud para con él, dándole a entender que era un inútil. Por
fin advirtió que si antes le había mostrado simpatía había sido tan sólo para lograr su
amistad y conseguir ser recibido en su casa, pues estaba enamorado de una de sus
hermanas. Esta fue la primera grave desilusión de su vida.
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b) Sexualidad infantil.
«Mi sexualidad fue muy precoz. Recuerdo una escena que hubo de desarroIlarse
teniendo yo de cuatro a cinco años -a partir de los seis poseo ya un claro y preciso recuerdo
de mi vida-, y que surgió en mi memoria años después. Teníamos una institutriz joven y
bonita, Fräulein Peter, y una noche que estaba leyendo echada en un sofá y ligeramente
vestida, le pedí permiso para meterme debajo de sus faldas, dejándome ella a condición de
que no se lo contara a nadie. Llevaba poca ropa encima, y pude tocar sin dificultad sus
genitales y su cuerpo todo, que me pareció singularmente conformado. Desde entonces me
quedó una ardiente curiosidad de contemplar el cuerpo femenino. Recuerdo todavía con
qué ansia esperaba que la institutriz se desnudase cuando íbamos a bañarnos, pues aún se
me permitía ir en tales ocasiones con ella y con mis hermanas. Otros recuerdos más
detallados de este género son ya posteriores a mis seis años. Teníamos entonces otra
institutriz, también joven y bonita, que sufría de abscesos en las nalgas y se los curaba al
acostarse, momento que yo esperaba con impaciencia para saciar mi curiosidad. Y lo
mismo en el baño, aun cuando Fräulein Lina era más pudorosa que la otra. (A una pregunta
mía responde que habitualmente no dormía en el cuarto de la institutriz, sino en el de sus
padres.) Recuerdo también otra escena que debió de desarrollarse teniendo yo unos siete
años. Una tarde que estábamos juntos la institutriz, una cocinera, una doncella, un
hermanito mío, año y medio menor, y yo, oí que Fräulein Lina decía a las otras muchachas:
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«Con el pequeño sí se podría hacer, pero Pablo (yo) es muy torpe y seguramente no
acertaría.» No comprendí claramente de lo que se trataba, pero sí que se me posponía a mi
hermano, y me eché a llorar. Lina me consoló y me contó que una muchacha que había
hecho aquello con el niño encomendado a su custodia había ido por unos cuantos meses a la
cárcel. No creo que Lina llegase a hacer conmigo nada ilícito, pero sí consentía que me
tomara con ella grandes libertades. Cuando estaba acostada, me llegaba a su cama y la
destapaba y la tocaba sin que protestase. No es muy inteligente y sí muy sexual. A los
veintitrés años había tenido ya un hijo, cuyo padre se casó luego con ella. Todavía la veo
alguna vez por la calle.
A los seis años tenía ya frecuentes erecciones, y recuerdo haberme quejado alguna vez a mi
madre de las molestias que me causaban, aunque no sin cierto temor, pues sospechaba la
relación de aquel fenómeno con mis imaginaciones y mi curiosidad y andaba preocupado
con la idea morbosa de que mis padres conocían mis íntimos pensamientos por haberlos
revelado yo mismo en voz alta sin darme cuenta de ello. Veo aquí el comienzo de mi
enfermedad. Había muchachas que me gustaban mucho y a las que deseaba ardientemente
ver desnudas; pero tales deseos iban acompañados de una sensación de inquietud, como si
por pensar aquellas cosas hubiera de suceder algo y tuviera yo que hacer todo lo posible
para evitarlo.»
(Interrogado por mí, señala, como ejemplo de tales temores, el de que su padre muriera.)
«La idea de la muerte de mi padre me preocupó desde muy temprana edad y durante mucho
tiempo, causándome gran tristeza.»
En este punto me entero, para mi sorpresa, de que el padre del sujeto al que todavía hoy se
refieren los temores obsesivos que le atormentan, ha muerto hace ya varios años.
Aquellos sucesos de sus seis o siete años que nuestro paciente nos describe en la primera
sesión del tratamiento no constituyen tan sólo el comienzo de su enfermedad sino ya la
enfermedad misma, una neurosis obsesiva completa, a la que no falta ningún elemento
esencial y que es, al mismo tiempo, el nódulo y el prototipo del padecimiento ulterior,
constituyendo el organismo elemental, cuyo estudio es el único medio que puede aclararnos
la complicada estructura de la enfermedad actual. Vemos al niño bajo el dominio de uno de
los componentes del instinto sexual, el placer visual, resultado del cual es el deseo,
emergente siempre de nuevo con gran intensidad, de ver desnudas a las personas femeninas
que son de su agrado. Este deseo corresponde a la idea obsesiva ulterior, y si no entraña aún
carácter obsesivo, es porque el yo no se ha situado todavía en franca contradicción con él y
no lo siente como algo ajeno a sí mismo; pero ya se inicia, sin que sepamos de dónde
procede, una oposición a tal deseo, pues un afecto penoso acompaña regularmente la
aparición del mismo. En la vida anímica del pequeño voluptuoso hay un conflicto. Junto al
deseo obsesivo existe un temor obsesivo íntimamente enlazado a él. Siempre que el sujeto
piensa algo relacionado con su deseo, surge en él el temor de que va a suceder algo terrible,
y este algo reviste ya una indeterminación característica concomitante siempre a Ias
manifestaciones de la neurosis. Pero en el niño no es difícil descubrir lo que tal
indeterminación encubre. Si conseguimos encontrar un detalle en el que se haya
concentrado alguna de las vagas generalidades de la neurosis obsesiva, podremos estar
seguros de que tal detalle encierra el elemento original y auténtico que debía ser encubierto
por la generalización. El temor obsesivo era, pues, en este caso, reconstruido según su
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sentido, el siguiente: «Si tengo el deseo de ver desnuda a una mujer, mi padre morirá.» El
afecto penoso toma claramente un matiz inquietante y supersticioso y da ya origen a
impulsos tendentes a hacer algo para alejar la desgracia, tales como se impondrán luego en
las ulteriores medidas de protección.
Hallamos, pues, un instinto erótico y una rebelión contra él mismo, un deseo (no obsesivo
aún) y un temor contrario (obsesivo ya), un afecto penoso y un impulso a la adopción de
medidas defensivas; esto es, el inventario completo de la neurosis. Y todavía algo más: una
especie de delirio o manía de contenido singular, según el cual sus padres conocían sus más
íntimos pensamientos, porque él mismo los revelaba en voz alta sin darse cuenta. No
incurriremos apenas en error al considerar esta infantil tentativa de explicación como un
presentimiento de aquellos singulares procesos anímicos que llamamos inconscientes y de
los que no podemos prescindir para la aclaración de tan oscuro estado de cosas. Las
palabras «Revelo en voz alta mis pensamientos sin darme cuenta» suenan como una
proyección al exterior de nuestra propia hipótesis de que el sujeto entraña pensamientos de
los que nada sabe; esto es, como una percepción endopsíquica de lo reprimido.
Vemos claramente que esta neurosis elemental e infantil entraña ya su problema y se
muestra aparentemente absurda, como toda neurosis complicada de un adulto. ¿Qué puede
significar que el padre haya de morir si en el niño se promueve aquel deseo voluptuoso?
¿Es una pura insensatez o existen caminos de comprender tal afirmación y aprehenderla
como resultado necesario de procesos y premisas anteriores?
Aplicando a este caso de neurosis infantil conocimientos logrados en otros, hemos de
suponer que también aquí, o sea con anterioridad a los seis años, han existido sucesos
traumáticos, conflictos y represiones que han sucumbido luego a la amnesia, pero dejando
como residuo aquel contenido del temor obsesivo. Más adelante veremos hasta qué punto
nos es posible volver a hallar tales sucesos olvidados o reconstruirlos con cierta seguridad.
Pero entre tanto habremos de hacer resaltar como una coincidencia que no es,
probablemente, indiferente el hecho de que la amnesia infantil de nuestro paciente halle
precisamente su fin a los seis años. Tal comienzo de una neurosis obsesiva crónica con
semejantes deseos voluptuosos, a los que se enlazan inquietantes temores y una tendencia a
realizar actos de defensa, nos es ya conocido por otros casos. Es totalmente típico, aunque
no sea, probablemente, el único tipo. Dedicaremos aún algunas palabras a las tempranas
vivencias sexuales del paciente, antes de pasar al contenido de la segunda sesión del
tratamiento. No se puede menos de considerar tales vivencias como especialmente ricas en
contenido y eficacia. Pero lo mismo ocurre, exactamente, en todos los demás casos de
neurosis obsesiva por mí analizados. Al contrario de lo que en la histeria sucede, jamás
falta en ellos una actividad sexual prematura. La neurosis obsesiva deja ver, mucho más
claramente que la histeria, cómo los factores que integran las psiconeurosis no deben
buscarse en la vida sexual actual, sino en la infantil. La vida sexual actual de los neuróticos
obsesivos puede parecer muchas veces, a un observador superficial, absolutamente normal,
pues ofrece frecuentemente menos factores patógenos y menos anormalidades que la de
nuestro paciente.

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