Intervencion familiar en la prevención de las drogodependencias

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 Los estudios epidemiológicos revelan que muchos niños y adolescentes presentan
conductas problemáticas características de trastornos psicológicos específicos.
Una investigación histórica relevante es el estudio de Lapouse y Monk (1958), en la que se reclutó una muestra representativa de 482 niños, de 6 a 12 años, en la ciudadde Búffalo, en el estado de Nueva York.

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1. INTRODUCCIÓN
Los estudios epidemiológicos revelan que muchos niños y adolescentes presentan
conductas problemáticas características de trastornos psicológicos específicos.
Una investigación histórica relevante es el estudio de Lapouse y Monk (1958), en la
que se reclutó una muestra representativa de 482 niños, de 6 a 12 años, en la ciudad
de Búffalo, en el estado de Nueva York. Según los informes de las madres, el 48%
tenía dos rabietas por semana. Tres décadas más tarde se obtuvieron datos similares
en diferentes países (Reisman, 1986), poniendo de relieve la elevada Sin embargo, estos comportamientos se presentan en gran medida de forma aislada
y no revisten gravedad, es decir, son alteraciones pasajeras que remiten sin
necesidad de tratamiento con la maduración y el aprendizaje. En este sentido, uno de
los retos de la psicopatología del desarrollo es diferenciar cuándo una conducta problemática
constituye un aspecto evolutivo normal y cuándo es parte integrante de un
trastorno. Con otras palabras, la dificultad consiste en conocer si una conducta problemática
es una crisis transitoria o si, por el contrario, persistirá y se traducirá en un
diagnóstico clínico con el paso de los años (Campbell, 1987). Por ejemplo, cómo
saber si la desobediencia de un niño de cinco años es un fenómeno propio del proceso
de socialización que desaparecerá a medida que adquiera más autocontrol o si
evolucionará hacia un trastorno negativista desafiante en la preadolescencia.

Los estudios epidemiológicos muestran que entre el 15% y el 25% de la población infantil
y adolescente presenta un trastorno psicológico (Tuma, 1989; Verhulst y Koot, 1992).
Este amplio rango se explica por factores como las diferencias en cuanto a las poblaciones
objeto de estudio, características de las muestras reclutadas, definición de los trastornos
psicológicos, y/o medición de las conductas problemáticas. A pesar de esta disparidad,
Wicks-Nelson e Israel (1999) señalan que existe cierto grado de consenso entre los epidemiólogos
en estimar en el 20% la prevalencia de trastornos psicológicos en la infancia y
adolescencia. Los psicopatólogos además coinciden en que tanto las conductas problemáticas
como los trastornos psicológicos en la infancia y adolescencia han aumentado en las
mas de infracontrol (p. ej. agresividad) o de sobrecontrol (p. ej. retraimiento). Los
niños informan más de problemas internalizados, mientras que los padres se quejan
más de problemas externalizados en sus hijos (Kashani, Orvaschel, Rosenberg y
Reid, 1989). A su vez, los excesos conductuales y los comportamientos externalizados
(delincuencia, agresividad, desobediencia) coinciden en buena medida con los
trastornos del comportamiento perturbador (trastorno disocial, trastorno negativista
desafiante), incluidos en la cuarta edición del Diagnostic and Statistical Manual of
Mental Disorders, de la American Psychiatric Association (1994)1.

Numerosos factores familiares contribuyen a la génesis y mantenimiento de los
comportamientos perturbadores: situación socioeconómica, tamaño de la familia,
trastornos psicológicos de los padres, desavenencias conyugales, rechazo de los
padres, malos tratos en la infancia, estilo educativo autoritario o permisivo, relaciones
padres-hijo coactivas, etc. Desafortunadamente estos problemas o trastornos se asocian
a menudo con el consumo de drogas, constituyendo un factor de riesgo de la
drogadicción.

2. COMPORTAMIENTOS PERTURBADORES Y FACTORES
FAMILIARES

Indocilidad, negativismo, oposicionismo, desafío a la autoridad, rebeldía, coacción,
vandalismo, delincuencia etc., son expresiones utilizadas para referirse a la
desobediencia y a la conducta antisocial. La desobediencia se define como una pauta
de conducta estable que consiste en el incumplimiento de las órdenes dadas o de
1 En este capítulo se utilizan las siguientes abreviaturas: TND (trastorno negativista desafiante). TD
(trastorno disocial). DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders. 4th edition), APA (American Psychiatric Association).
Figura 1
La demanda de tratamiento psicológico para los niños y adolescentes por parte de los adultos es mayor para problemas de fracaso escolar que para problemas en el hogar como las pesadillas, y para excesos que para déficit conductuales
últimas décadas (Achenbach y Howell, 1993; Costello, Burns, Angold y Leaf, 1983).

En teoría, existen dos peligros extremos en relación con la decisión de aplicar un
tratamiento psicológico: por un lado, subestimar el sufrimiento clínicamente significativo
y las repercusiones negativas de las conductas problemáticas y, por otro lado,
"patologizar", esto es, considerar cualquier conducta no deseada como signo inequívoco
de un problema clínico. Pero, empíricamente se constata que cuatro de cada
cinco sujetos menores de edad que requieren tratamiento psicológico no lo reciben
(Tuma, 1989), especialmente los casos más necesitados (Costello et al., 1983).

El enfoque conductual clasifica los comportamientos problemáticos en excesos y
déficit de conducta, en función de si la conducta se emite con una frecuencia, intensidad
o duración, mayor y menor respectivamente, que el parámetro considerado
adecuado para la edad del sujeto. Así, si un niño se enrabieta siempre que se le niega
una petición por insignificante que sea (frecuencia), destruye bienes y se autolesiona
seriamente (intensidad) o tarda más de dos horas en calmarse (duración), este
comportamiento infantil se considera excesivo o desproporcionado, a pesar de que
las rabietas son un fenómeno común en la infancia. La calificación de un comportamiento
como problema depende de la edad, así, para los padres las rabietas del primogénito
de once años poseen distinto significado que las del pequeño de tres años.

Existen dos diferencias relevantes entre excesos y déficit conductuales. La primera
se refiere al grado de acuerdo entre los jueces para considerar una determinada
conducta como problemática. Si un niño no anda a los dos años, no existen dudas
de su repertorio motor deficitario y de su retraso motor. Ahora bien, si un niño pega
en el recreo en respuesta a la agresión iniciada por un compañero, la maestra le castiga
y le advierte que la próxima vez debe decírselo en lugar de tomarse la justicia por
su mano. Por el contrario, el padre que observa el hematoma en el ojo de su hijo al
recogerlo del colegio, le felicita por haber sabido defenderse como un hombre hecho
y derecho. Las valoraciones sociales contrapuestas se reflejan en las amplias variaciones
constatadas en la estimación por distintas personas de los comportamientos
catalogados como excesivos.

La segunda diferencia es que los déficit de conducta repercuten negativamente
sobre todo en el propio sujeto, p. ej. retraso mental o retraso del lenguaje, mientras
que los excesos incomodan a los demás (padres, profesores, etc.), p. ej. conducta
antisocial o desobediencia. Aunque "la afirmación de que la conducta infantil anormal
se define como aquella que molesta a los adultos" parece ciertamente exagerada"
(Silva, 1987, p. 641), Pelechano (1979, 1980) ha constatado en nuestro país que,
independientemente de los problemas de fracaso escolar, maestros y padres solicitan
tratamiento psicológico para sus alumnos e hijos más por excesos que por déficit
conductuales (Figura 1). La naturaleza aversiva de los excesos de conducta explica
que las tasas de comportamientos perturbadores resulten particularmente elevadas
cuando los informantes son los adultos.
 

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