barclay_alan_-_casi_estinguidos 228.86 Kb
Desde lo alto de una escarpada colina, Harrison, sentado sobre una roca, podía
ver, a intervalos, por entre los árboles, a la persona que se acercaba corriendo. No
se veía ni se oía aún a los perseguidores. Las empinadas laderas del macizo
central surgían abruptamente de la planicie solamente a seis kilómetros de
distancia. Harinosa adivinaba el pensamiento del desconocido: la esperanza de
que, una vez entre las pendientes laderas y barrancos, de exuberante vegetación,
que llegaban hasta la meseta, sería posible escapar de los perseguidores.
Lee las primeras páginas online>>
Si hubiera sido un hombre aficionado a las apuestas o si hubiera tenido allí a
alguien con quien apostar hubiera apostado contra el corredor. Muy pocas veces
escapaba nadie de los perseguidores, excepto, naturalmente, los que, como él,
tenían facultades especiales. Harrison no estaba particularmente interesado en el
resultado de esta persecución. Sentía, quizá, un poco de simpatía por el
perseguido, pero en realidad sería mejor que este individuo fuera alcanzado y
capturado. Si escapaba, organizarían la búsqueda Y volverían por aquellos
parajes.
El corredor pasó justamente por debajo de donde estaba Harrison v saltó un
arroyuelo, y entonces Harrison vio con sorpresa que era una mujer; una mujer
fuerte, joven, con largas piernas, y de aspecto vigoroso.
Cuando descubrió esto dejó de ser mero espectador y le embargó una gran
emoción. Se poso de pie lentamente, con la cabeza erguida, como un animal
grande. Harrison era realmente un animal, un animal inteligente y peligroso.
Miró al antiguo camino con los ojos muy abiertos y el oído alerta, por si se
acercaban los perseguidores.
La joven, que había corrido velozmente, sin descanso, jadeaba y sudaba. Durante
la última media hora había trepado por la ladera hasta llegar a la tierra
resquebrajada al pie de la meseta. De cuando en cuando, oía tras ella a sus
enemigos: una piedra que rodaba, una rama que se tronchaba, las voces agudas
de los perseguidores llamándose unos a otros. No estaban muy lejos. Una parte
de ella, la parte inteligente y civilizada, sabía que su fin era seguro. A pesar de
esto, no tenía la menor intención de ceder, ni de estarse quieta esperando que la
cogieran. Estaba viva en este momento, solamente porque ella, y sus padres
antes que ella, habían sido buenos luchadores. En la raza humana, únicamente
habían sobrevivido los que tenían una furiosa y salvaje ansia de luchar y de
Correr’, que eran los invencibles. Continuaría corriendo, revolviéndose, mordiendo
y pataleando hasta su último aliento.
Se adentró en un barranco estrecho y pasó entre dos rocas salientes. Harrison
estaba allí sentado en un tronco y ella se sobresaltó al verle, y Se paró en seco.
En su mano apareció un cuchillo de hoja larga y afilada.
Harrison era alto, de ancho pecho y musculoso.
Llevaba una chaqueta de cuero sin mangas, talones cortos de cuero y un par de
mocasines bien hechos. Tenía el cabello y la barba su aspecto general era limpio
y cuidado. Un pesado cuchillo de monte con una hoja muy afilada, casi una
espada corta, colgaba de su cinto su mano sujetaba un arco. El arco era una
verdadera arma moderna, magistralmente hecha de acero y madera.
Harrison la miró serio. Ella devolvió la desconfiada, con el cuchillo preparado.
Ve por este lado – indicó el hombre -. Por ese barranco de la izquierda y por aquel
pico y valle abajo. Después sigue el arroyo hasta unas casas viejas. ¿Me
entiendes?
Sí – contestó, respirando con fuerza ¿ y después qué?
Estarás libre. Iré a buscarte allí.
Ella le miró un momento desconfiando, y, a continuación, sin preguntar nada más,
sin darle las gracias y sin saber cómo se las iba a arreglar, salió corriendo por cl
barranco en la dirección que él le había indicado.
* * *
Harrison marchó barranco abajo y siguió el camino real por el valle, andando sin
prisa, parándose a escuchar de cuando en cuando. Oyó a los perros y rebuscar
por la maleza tras él cogió el machete y se preparó. No le preocuparon los perros.
Eran dos mastines de ganado de pelo negro. Esperó tras un árbol a que se
aproximaran, y entonces saltó y acuchilló al primero que murió sin un gemido. El
otro no era un animal muy agresivo y al ver al hombre y la suerte que había
corrido su compañero, debió de asustarse bastante.
¡Fuera, Fido, vete! Le gritó Harrison y el perro metió el rabo entre las patas de un
modo muy cómico y salió corriendo.
Un minuto después apareció el primero de los perseguidores. Llevaba el fusil al
hombro e iba escudriñando por delante buscando los perros. Vio a Harrison. Por
un momento los dos hombres se miraron uno al otro. El rostro del recién llegado
no reflejó el sobresalto y la sorpresa que debió de sentir al encontrarse cara a cara
con Harrison, considerado como más peligroso que un animal salvaje. En cuanto
Harrison le vio se lanzó sobre él, atravesándole el cuello con su cuchillo. El otro
dio un grito y se derrumbó sin vida.
El otro perseguidor oyó él gritó. Entre los árboles Se oía trastear en la maleza.
Estos perseguidores estaban muy bien preparados para andar por el bosque.
Durante varias generaciones habían organizado estas batidas para exterminar a
los escasos supervivientes de raza humana.
Harrison sabía que le era imposible subir por la montaña, pues habría hombres
emboscados para no dejarle llegar a ninguna cima. Tratarían de rodearle para
cortarle la retirada.
Preparó su arco y cambióde sitio; pero, aunque tiró muy rápidamente a un bultonegro que vio moverse entre la maleza, erró el blanco.Media hora después comprendió que estaba rodeado y que iban estrechando el
cerco. Levantó la cabeza y miró hacia cl pico más alto, por el cual debía de estar
subiendo ahora la joven. Una vez allí estaría a salvo; pero él deseaba con toda su
alma matar a otro de los perseguidores.
Las ramas de un arbusto se movieron de pronto. Harrison apuntó. Una figura
agachada sé mostró un instante y él disparó. La flecha surcó veloz el aire y se oyó
un agudo grito.
Al mismo tiempo oyó silbar las balas a su alrededor. Tenían un sentido de oído
muy desarrollado y debían haberle localizado. Las balas venían ahora de todos los
lados.
Levantó los ojos hacia el pico de la montaña y miró hacia allí con un deseo fiero.
* * *
La mujer, escondida tras un muro medio derrumbado, que había sido parte de una
casa, salió de su escondite cuando vio a Harrison por lo que antes había sido la
calle principal del pueblo.
Andaba tranquilamente con el arco al hombro mirando a los lados, fatigado, pero
no exhausto. La miró con admiración. Comparándola con el tipo corriente de la
mujer antigua no era muy atractiva. Era tosca> con largas piernas y tan salvaje
como un gato montés.
Ven conmigo.
No lo dijo en son de pregunta ni tampoco de orden. Lo dijo como quien habla de
un hecho ya sabido. Eran dos animales, macho y hembra. Eso era todo. A ella ni
quisiera se le ocurrió rehusar. Puede ser que si hubiese rechazado la proposición
la hubiera dejado marcharse. También era posible que si hubiese rehusado le
habría pegado hasta que se sometiese.
¿Muy lejos? – preguntó ella.
• Seis kilómetros – respondió Harrison -. Más allá de aquel barranco.
El hombre echó a andar delante, abandonando el camino real, y caminando por un
sendero un poco por encima del pueblecillo.
¡Entres horas, andando y subiendo las laderas sin cesar, llegaron a un estrecho
valle.
Harrison no hablaba mucho. Probablemente no estaba acostumbrado a hablar con
desconocidos. La mujer no supo que ya estaban llegando a su destino hasta que
se encontraron con otro ser humano que venía por el sendero en dirección
contraria.
Estaba anocheciendo y la mujer distinguía con dificultad la figura del que se
acercaba, que salió 1inesperadamente de detrás de la sombra de un 1arbusto.
Harrison, de todos modos, no dio señal alguna de sorpresa, como si esperase
encontrar a alguien allí. Llamó a la figura con el nombre de Jim y ella vio que Jím
era un muchacho de unos doce años.
Vienes con retraso, Pop – indicó el muchacho -. Estábamos ya
preocupados.
Tuve que venir por el peor camino – gruñó Harrison -. Traje esta mujer. Los
«Ranas» la perseguían.
El muchacho la miró con interés.
Bueno, Pop, tienes las manos llenas ahora, conforme; pero no sé que
pasará cuando Ma la vea. ¿Cómo te llamas? – preguntó a la joven.
Magdalena – contestó ella.
¿De dónde eres?
De allí abajo, del Sur, donde está el mar.
¿Tienes familia?
Ahora no, la perdí hace dos inviernos.
Entremos – ordenó Harrison -. Tengo tanta hambre que podría comerme un
«Rana». ¿Tenéis algo que darnos, Jim?
Seguramente. Cogí una liebre muy grande esta mañana.
* * *
Echaron a andar, rodeando una roca, sé metieron por una abertura natural del
terreno y sé encontraron en una gran cueva. Estaba alumbrada con una luz tenue
y vacilante por varias lámparas colocadas en una especie de nichos en la roca.
Había tres hogueras encendidas y un gran número de figuras, humanas al
parecer, se movían sin cesar de un lado a otro, mientras sus sombras se
proyectaban en las paredes y en el techo.
Después de un momento de confusión, Magdalena pudo ver que en realidad no
había tanta gente.
Vio dos mujeres, una de unos treinta y cinco años v la otra de unos veinte. Esta
última estaba encinta. También había un hombre que parecía viejo, con el cabello
blanco y un brazo deforme. Y varios niños; calculó que debían de ser más de diez.
A pesar de la cantidad de gente que habitaba la cueva, olía a limpio, más que la
vieja bodega que ocuparon sus padres. Un olor a carne guisada le hizo la boca
agua.
Harrison se acercó al fuego donde estaba la mayor de las dos mujeres
inclinándose sobre una olla.
Esta es Magdalena – explicó bruscamente -; los «Ranas» la estaban persiguiendo
y yo la salvé.
Salvarla era tu deber – respondió la mujer -, pero traerla aquí no veo el porqué, Joe
Harrison. Por lo visto esperas que cargue también con esta.
Bueno, yo no veo el modo. Mañana por la mañana a primera hora, se marcha.
Cállate y danos algo que comer – gruñó Harrison.
Por una vez parecía no encontrarse a gusto, e incluso un poco azarado.
La mujer, de un modo poco afable, les puso dos platos de madera, echando un
trozo de carne en cada uno.
Magdalena, que no había comido mucho los dos últimos días, cogió la carne y
empezó a partiría con los dientes. La otra mujer le dio un fuerte pescozón.
Deja de hacer eso – ordenó -. Escúchame.. Muchas cosas han cambiado
desde los antiguos tiempos y supongo que tengo que ayudar a Harrison en lo que
tenga pensado para ti, lo mismo que hice con la joven Lucy que está ahí, pero
todavía hay una o dos cosas que no han cambiado. Esta es mi casa. Puede ser
que vivas en ella y que tengas hijos en ella, pero siempre continuará siendo mi
casa. Y mientras siga siendo mía tiene que estar limpia y decente. Nada de
porquería. Nada de escupir en el suelo. Nada de tirar huesos, ni carne
estropeada por los rincones. Nos hemos hundido muy bajo, pero no hemos
llegado todavía al nivel de los animales. Ahora cómete tu comida limpia y
decentemente no como una bestia salvaje.
– Eso está bien dicho – añadió Harrison -. Esta es Liz, mi mujer. Ella es la que
manda en esta casa.