Zona de Conflicto

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La arena crujió bajo la suela de la bota de tres dedos de Budian. Entonces, él se detuvo de forma tan repentina que sus pies resbalaron ligeramente, para diversión de su grupo formado por tres. Él giró sobre sí, susurrando entre los dientes afilados:
—¡Callad! ¡Callad todos!
Si uno no hubiera tenido un traductor universal habría oído sólo una serie de ronquidos, toses y gruñidos, con ocasionales golpes corporales para dar énfasis a los mismos. Los kreel, pues así era llamada su raza, era notable por tener uno de los idiomas singularmente menos elegantes de toda la galaxia conocida.
 

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Su aspecto externo era igual de atractivo que su idioma. Los kreel tenían piernas zanquivanas que, en una de las aberraciones más curiosas de la naturaleza (junto con el abejorro y el ornitorrinco), daban soporte a un torso musculoso casi triangular. Los brazos eran largos y los nudillos les llegaban casi hasta las rodillas. Se enorgullecían tremendamente de sus cuerpos y no se mostraban tímidos a la hora de lucirlos; solían llevar calzones y casacas que apenas cubrían, confeccionados de forma que exhibieran la mayor cantidad de musculatura. Esto era desagradable para otras razas, dado que la piel de los kreel era increíblemente rugosa, seca y roja, como si todos padecieran de forma permanente quemaduras solares. Además, una fina capa de pelo grueso y enmarañado remataba sus cuerpos.
Las cabezas parecían salirles directamente de los hombros. En consecuencia, cuando se volvían a mirar a un lado o detrás de sí, se veían obligados a torcer prácticamente todo el cuerpo. Tendían a ostentar grandes mandíbulas y ser chupados de cara, y sus ojos eran enormes, casi tanto como una pelota de balonmano…, apropiados para una raza cuyo planeta de origen parecía estar sumido en las tinieblas de forma casi permanente. El planeta en el que se encontraban ahora —bajo una abrasadora estrella— resultaba tan espantosamente opuesto a su planeta de origen que les resultaba doloroso.
En respuesta a la orden de Budian, lo otros tres miembros de la expedición kreel se apresuraron a bajar la cabeza (por el sistema de doblarse ligeramente por la cintura como marcaba la antigua tradición japonesa). Entonces Budian sonrió, enseñando los dientes una vez más, antes de hacer un gesto para indicar que su segundo al mando debía reunirse con él.
—¿Tú qué crees, Aneel? —preguntó Budian—. ¿Qué dicen los instrumentos?
Aneel sacó un aparato de detección que estaba basado a grandes rasgos en el diseño de los tricorders de la Federación, un instrumento maravilloso que la actual tecnología kreel no tenía ni la más remota posibilidad de construir. Hizo girar el instrumento con seguridad y luego dijo, nervioso:
—No capto nada. Creo que está roto.
—¿Y bien?
—¿Y bien, qué? —inquirió Aneel con cautela.
—¡Repáralo! ¡Repáralo, condenado idiota!
Intimidado por el despliegue del temperamento de su comandante, Aneel hizo lo único que podía. Golpeó el detector con el flanco de su puño de tres dedos.
El detector se encendió obediente y comenzó a zumbar animadamente. Aneel parpadeó de sorpresa y luego miró a su comandante en busca de aprobación. Budian le hizo un breve gesto de asentimiento y dijo:
—¿Hacia dónde?
Aneel comprobó las lecturas del detector y señaló.
—Hacia allá.
Con lentitud, avanzaron en la dirección en que Aneel los condujo. Budian se mantenía un paso más atrás y a la derecha. Intentaba vigilarlo todo al mismo tiempo: vigilar a Aneel, vigilar a sus propios hombres que marchaban tras él porque no se fiaba de uno solo de ellos y, lo más importante de todo, vigilar el cielo.
Él sabía que lo último no le habría servido absolutamente para nada, porque si esa maldita raza se presentaba por allí (maldito fuera su nombre y estériles fueran sus mujeres) para armar jaleo y llenarse la boca con tonterías respecto a este planeta (que era de forma incuestionable territorio kreel), no habría forma posible de que Budian pudiera verlos en órbita desde la superficie del planeta. La idea era absurda. Él lo sabía, y sin embargo no podía evitar mirar de modo constante hacia las alturas.
Era mediodía, el aire se limitaba a quedarse donde estaba, y el cielo presentaba un rojo uniforme abrasador. A lo lejos, Budian podía oír el incesante zumbido de los insectos. No era una amenaza, pero resultaba fastidioso.
—Hay que atravesar por ahí.
Budian alzó la mirada al tiempo que se reprendía por su lapso de atención. Semejantes lapsos podrían resultar fatales.
—¿Atravesar por dónde, Aneel? —exigió saber.
Aneel señaló directamente delante de sí, pero delante sólo había una pared de roca sólida…, parte de una gran cadena montañosa que se extendía frente a ellos.
—¿Atravesar por ahí?
—Sí, señor.
—¿Cómo demonios vamos a atravesar por ahí?
Aneel hizo un gesto de impotencia.
—No lo sé, señor.
Budian dejó escapar un suspiro como el de alguien que no soporta a los tontos… o se trataba del suspiro de alguien que teme que estén a punto de dejarlo como un tonto. Bajó la mano hasta su cinturón y desenfundó su arma.
—Retiraos —dijo al tiempo que sujetaba firmemente el disruptor con ambas manos y se preparaba. El efecto de retroceso de estas armas no era algo que pudiera tomarse a la ligera.
Disparó a tres metros de la ladera de la montaña, enviando una onda constante de sonido contra la misma. La roca estalló, cubriendo a los kreel con una fina capa de polvo. Esto no los molestó; los kreel no eran famosos por su limpieza.
—¡Lo está consiguiendo, señor! —gritó Aneel.
Budian asintió y continuó disparando hasta que se arremolinó tanto polvo que ni siquiera ellos con sus enormes ojos pudieron ver demasiado.
Su dedo dejó de pulsar el gatillo y el arma se desactivó.
—¡Maravilloso, señor! —dijo Aneel.
—Cállate.
—Sí, señor.
Budian permaneció de pie, observando, instando en silencio al polvo a quitarse del camino con el fin de que ellos pudiesen ver qué había estado oculto allí detrás, si es que había algo que ver.
Al cabo de unos minutos los restos se habían posado y Budian contuvo el aliento por la sorpresa.
Había una abertura. Clara como la luz que los iluminaba. Había habido alguna especie de puerta antes; aún resultaban visibles brillantes bordes metálicos donde el disruptor la había destrozado. Pero ahora tenían acceso a lo que fuera que había en el interior.
Los kreel se miraron los unos a los otros y luego, por deferencia, se apartaron a un lado e indicaron que Budian debía pasar primero.
Había ocasiones, pensó Budian, en las que ser la máxima autoridad era todo lo agradable que se decía que era.

El pulido crucero de guerra Kothulu entró en órbita alrededor del planeta que, en el presente, era designado simplemente como DQN 1196. El resplandeciente sol, uno insignificante que se hallaba a varios millones de millas de distancia, arrojaba un suave fulgor sobre el brillante casco de la nave.
—¿Comandante?
El comandante no alzó la mirada de inmediato. Uno nunca alzaba la vista de inmediato cuando un subordinado solicitaba su atención. Eso daba la impresión de que uno estaba ansioso por oír lo que tenía que decirle. Un buen comandante, en particular un buen comandante klingon, siempre hacía que pareciese que ya se había dado cuenta de lo que el subordinado estaba a punto de decir, fuera lo que fuere. El mensaje implícito era: «¿Por qué ha tardado tanto en informar de lo que es obvio?».
—¿Comandante? —repitió el subordinado.
«Cuenta hasta tres, vuélvete, mira, luego habla.»
—Sí, Tron.
—Estamos captando lecturas de formas de vida en la superficie del planeta.
El comandante asintió.
—Apuesto a que son kreel.
Una pausa. Luego Tron asintió a su vez. Manteniendo fuera de su voz el apenas leve deje de admiración, dijo:
—Así lo creo, señor.
Los subordinados sabían que uno nunca debía permitir que los oficiales superiores se dieran cuenta de que uno estaba impresionado por alguna proeza de ellos.
El comandante asintió una vez más con un ligero movimiento de su cabeza coronada por una prominencia vertical.
—Así que Inteligencia estaba en lo cierto, entonces. La escoria kreel anda husmeando por este sistema.
—¿Qué hay por aquí que pueda interesarles, comandante? —preguntó Tron, y luego se censuró mentalmente al punto. «Nunca formules preguntas. Eso implica que no sabes.»
Pero ya era demasiado tarde. El comandante lo había oído.
—¿Qué hay, Tron? —dijo, en un tono de voz suficientemente alto como para que fuera oído por toda la tripulación del puente—. Nada. Nada de interés excepto para una raza atrasada como los kreel.
Con lentitud, el comandante se puso en pie. Los dedos de Tron se movieron sobre el intercomunicador, adelantándose a los pensamientos del comandante.
—La sala del transportador está preparada para transferirlos a bordo en cuanto usted lo ordene, señor —dijo.
El comandante sorbió por la nariz con desdén.
—¿Permitir que esa porquería kreel ponga los pies en nuestra magnífica nave? Ni siquiera encadenados serían dignos de eso. Llévese un grupo de descenso, Tron, y averigüe qué se traen entre manos. Vea qué han encontrado.
—Sí, comandante. A pesar de que —agregó con su voz grave y ronca—, usted ha dicho que no hay nada de interés ahí abajo.
—Cierto —respondió el comandante con calma.
—Entonces, ¿cómo es posible que ellos…?
El comandante giró sobre sí y dio varios pasos, deteniéndose y mirando a Tron a los ojos.
—Incluso los gusanos —dijo—, pueden extraer buenos bocados de un cadáver en estado de putrefacción.
Los kreel parpadearon, atónitos, incapaces de desplegar ni una pizca de su habitual fanfarronería y arrogancia.
Cuando hubieron atravesado el recién abierto agujero en el flanco de la montaña, descubrieron una escalera que descendía directamente hacia la oscuridad. Bajaron una luz al interior, pero el rayo de la misma parecía hacer sólo una ligera mella en la abrumadora oscuridad. Budian, como era natural (y con renuencia, aunque lo ocultó), bajó primero, y los demás lo siguieron en fila.
Descendieron con lentitud por escalones de metal que parecían perderse en el infinito. En un momento dado, Aneel bajó la mirada y en silencio advirtió que los escalones no estaban polvorientos ni en lo más mínimo, tras lo cual le mencionó el detalle al comandante.
—Es como si —agregó Aneel— repelieran la suciedad.
—Entonces —le espetó Budian a modo de respuesta—, es una suerte que no te repelan a ti.
A partir de ese momento, Aneel decidió que se guardaría para sí sus observaciones.
Por fin llegaron al pie de las escaleras y allí, a varios metros delante de ellos, había una gran puerta metálica pulida. Sobre la misma había grabados símbolos, símbolos que los kreels, que los contemplaban confusos, no podían ni sospechar su significado. Pero cuando llegaron a pocos pasos de la puerta, ésta se abrió en silencio.

Los kreel parpadearon ante la súbita luz que los abrumó. Desenfundaron sus disruptores, preparados para el caso de que algo los atacara mientras estaban momentáneamente desorientados. Pero nada los atacó y la desorientación cesó al momento.
Entraron en la luz y quedaron aturdidos por lo que vieron.
Se encontraban al principio de un corredor que se ramificaba en dos direcciones diferentes. Ambos pasadizos eran túneles gigantescos de brillante metal que se arqueaban en elevadas bóvedas de cañón.
Los túneles tenían al menos seis metros de altura, y al inspeccionarlos con mayor atención se veía que estaban revestidos de baldosines curvos, cada uno de unos sesenta centímetros de lado, unidos con tal perfección que las junturas resultaban apenas visibles. Budian pasó los dedos sobre ellos, y a pesar de que podía ver las divisiones no podía sentirlas mediante el tacto. Sacudió la cabeza (y, en consecuencia, el torso) con asombro.
—¿Qué pudo haber hecho esto? —susurró. En el silencio, su voz pareció resonar.
Aneel hizo gestos vagos y no fue capaz de darle una respuesta. No importaba. La verdad es que Budian no había esperado que se la diera.
Les hizo un gesto a los otros dos miembros del grupo.
—Vosotros dos —dijo—, id por ahí. —Les indicó el corredor que se desviaba hacia la izquierda—. Aneel… tú ven conmigo.
A Aneel, esta noticia no le resultó muy reconfortante. No sólo habría preferido estar con otro que no fuese Budian sino que, con franqueza, habría preferido, en primer lugar, quedarse en la nave. La nave que estaba en ese momento posada serenamente en la superficie del planeta, aguardando a que ellos regresaran.
Cuánto más fácil, pensó Aneel, sería si los kreel tuvieran la tecnología del transportador. Pero esas técnicas eran utilizadas por razas más ricas y avanzadas. No por los kreel. Por los kreel no, que eran conocidos como belicosos y atrasados carroñeros. ¿Qué podrían hacer ellos con la clase de armamento usado por los… los…
Escupió. Budian lo miró, algo sorprendido.
—¿Debe considerarse eso como una crítica? —inquirió Budian en un tono muy inquietante.
—No, señor —contestó Aneel de una forma tan brusca que Budian se dio cuenta de que decía la verdad—. Sólo estaba pensando en los klingon.
—Que sus naves se conviertan en pilas de herrumbre y su sol se vuelva nova —se apresuró a decir Budian.
Los dos escupieron, luego continuaron adelante, dejando tras ellos una pequeña estela de burbujeante esputo sobre el piso. Obtenían un cierto grado de consuelo al maldecir a los klingon en cualquier oportunidad que se les presentaba, sencillamente porque sabían que los klingon estaban tan avanzados con respecto a ellos que maldecirlos y escupir eran las únicas cosas que podían hacer.
Al alejarse ambos, una pequeña sección del piso despertó a la vida. El metal onduló de una forma casi imperceptible y los escupitajos desaparecieron sin dejar huella.

—No cabe duda de que no están aquí —dijo Spyre.
Tron asintió, al tiempo que asomaba la cabeza al interior de la nave exploradora kreel a través de la escotilla abierta. La parte de dentro estaba conformada por restos de otras naves, y Tron advirtió al menos cuatro tecnologías diferentes. Entró con precaución, asegurándose de no activar por accidente algo desagradable. Contempló asombrado el panel de control, luego metió la mano detrás del mismo y la sacó con un puñado de cables… y cinta aislante.
¡Cinta aislante! ¡Por el emperador, cinta aislante! Era un milagro que esta nave no hubiera explotado. Dejó caer el racimo de cables y se volvió hacia sus hombres.
—Encuéntrenlos —dijo Tron.
—¿Los matamos cuando los encontremos?
La frente de Tron se arrugó ligeramente. Cuando los dejaban que hiciesen su voluntad, en la época anterior a los días de la Gran Iluminación, eso era sin ningún género de duda lo que habrían hecho.
—Su suerte está en las manos del comandante —dijo—. Entre ustedes y yo, matarlos sería sin duda mi preferencia. Lo que con toda probabilidad haremos… —e hizo hincapié en la palabra probabilidad con leve aversión—, es arrojarlos dentro de su nave, remolcarlos y dejarlos, sin energía, en algún punto del espacio. A partir de ese momento, su suerte quedará en sus propias manos. Sin embargo, no tienen que mostrarse amables cuando los encuentren.

Budian y Aneel no podían creer en su buena suerte.
Pasaban ante una habitación tras otra, cuyas puertas se abrían con un suspiro ante ellos. Era como si esta guarida subterránea estuviese llena de secretos que no podía aguardar para entregárselos. Y cada habitación estaba repleta de…
—Armas —dijo Aneel, que se detuvo para acariciar con gesto reverente un arma de mano. A diferencia de las enormes y toscas armas que llevaba el grupo explorador kreel, éstas eran más pequeñas, más pulidas, más avanzadas, aunque inconfundiblemente mortales.
Budian arrebató el arma de las manos de su segundo al mando.
—Podrías hacerte daño con esto —le espetó. «O hacérmelo a mí», pensó en silencio—. Continuemos. Veamos que hay al final del corredor.
—Pero… —Aneel hizo un gesto de impotencia—. ¿No deberíamos examinar algunas de estas habitaciones? ¿Explorarlas? ¿Catalogar las armas?
—No van a irse a ninguna parte. Han permanecido aquí durante quién sabe cuánto tiempo, y continuarán estando aquí. Descubramos todo lo que este hallazgo tiene que ofrecernos antes de comenzar a catalogar lo que hemos encontrado. Es bastante sencillo de entender, ¿no es cierto, Aneel?
—Sí, señor —repuso el interpelado con acentuada falta de entusiasmo.
Continuaron avanzando; Aneel hacía ahora un esfuerzo consciente para no mirar ni a izquierda ni a derecha. Por fin, el corredor describió una ligera curva, luego otra, y entonces Budian retrocedió alarmado al aparecer de forma repentina delante de él una silueta. Sin vacilar, levantó la pequeña arma que llevaba en la mano y tiró del gatillo.
Una fracción de segundo demasiado tarde se dio cuenta de que era uno de sus propios hombres.
El infortunado kreel había alzado las manos, gritando:
—¡Espere! —comenzó… y desapareció. Del arma no salió rayo alguno, sino un mero fulgor suave y difuso, y de pronto el kreel sencillamente ya no estaba. Fue como si Budian hubiese tenido en las manos un aparato de control remoto mientras observaba algo en un monitor, y entonces lo hubiera apagado.
—¡No me alarmes! —le gritó Budian al aire vacío, pues todo había sucedido con tal rapidez que no tuvo el tiempo suficiente para darse cuenta de que su subordinado había desaparecido—. Detesto que… —Y entonces comenzó a comprender.
Contempló de hito en hito el espacio que había ocupado el miembro de su tripulación, y luego miró a los dos restantes miembros del grupo. Los dos dieron un paso atrás, como si los pusiera nerviosos la posibilidad de ser el siguiente.
Budian sujetó el arma con un poco más de firmeza.
—Vamos —dijo, haciendo un gesto con ella. Los otros lo siguieron obedientes.
Así pues, los dos corredores que se ramificaban habían vuelto a unirse, y ahora los tres miembros de la fornida raza kreel avanzaron a lo largo de otros veinte metros, pasando ante más salas que contenían tecnología fascinante, ante curiosas inscripciones que había en las paredes y no tenían ningún sentido para ellos.
Y finalmente, llegaron a un callejón sin salida.
La puerta ante la que se encaraban era más enorme que cualquiera que hubiesen visto jamás. Las dos hojas de ésta se unían entre sí en un dibujo de zigzag vertical que tenía aspecto de dientes dispuestos a triturar a cualquiera que intentase entrar. A la derecha había un pequeño panel compuesto por un conjunto de rectángulos más pequeños de diversos colores. Diez en sentido ascendente, cuatro de ancho, cuarenta en total.
La puerta no mostraba ninguna posibilidad de franquear la entrada.
Budian avanzó hasta ella y aguardó con toda la paciencia de que era capaz, pero la puerta no se movió. Había permanecido cerrada durante incontables años y, al parecer, permanecería cerrada durante incontables más.
—Retiraos —ordenó con voz tensa. Levantó su nueva arma y la disparó a quemarropa contra la puerta.
La puerta no pareció tomárselo a bien: el arma de mano de Budian desapareció.
Junto con la mano que la sujetaba.
Así de sencillo. El brazo derecho de Budian acababa ahora en un muñón pulcramente cauterizado a la altura de la muñeca.
Budian lo contempló, sin habla. Había sucedido con tanta rapidez que no tuvo tiempo de reaccionar. Se produjeron horrorizadas exclamaciones por parte de sus hombres, y ésa fue la primera confirmación de que no lo estaba imaginando. Tras comprender cabalmente lo ocurrido, llegó la primera reacción física: se tambaleó, apoyándose contra la pared y sujetándose el muñón, presa de una fuerte impresión.
Intentó flexionar los dedos que ya no tenía. Podía jurar que estaba haciéndolo. Sabía que estaba haciéndolo. Incluso mientras tendía la otra mano y de hecho tocaba el muñón de carne endurecida, su mente continuaba gritando: «¡Todavía está ahí! ¡Tiene que estar todavía ahí!».
—Señor… —susurró Aneel—. ¿Se encuentra bien?
La cósmica estupidez de la pregunta quedó ahí flotando, y ni siquiera Budian se atrevió a denunciarla.
—Nosotros… —dijo Deni, el otro miembro de la tripulación—. Tenemos que llevarlo de vuelta a la nave.
—No. —La respuesta de Budian fue débil.
—Pero…
—¡No! —contestó Budian con más fuerza; y ahora, el dolor comenzaba a aparecer y él lo forzó a retirarse. Más tarde, en privado, aullaría y gritaría. Ahora no. Aquí no—. No, primero pasaremos por esta condenada puerta.
Resultaba claro lo que estaba pasándoles por la cabeza. Pensaban que ellos iban a tener que intentar dispararle. Se miraron el uno al otro, acordando en silencio que si era dada esa orden, dispararían contra Budian antes de tener que emprender una acción suicida.
Afortunadamente para ellos (y para Budian, habría pensado alguno, de no ser que al final no significó gran diferencia), no era ésa la opción que Budian estaba considerando.
Budian recobró sus fuerzas, se apartó de la pared y avanzó hasta el panel. Ahora llevaba apoyada la muñeca mutilada en la curva del brazo izquierdo, y el dolor inicial estaba comenzando a ceder aunque de forma muy leve. Sin embargo, tenía la seguridad de que pasaría meses imaginando que flexionaba la mano que ya no tenía.
Tocó el panel y los cuarenta cuadrados de colores se iluminaron. Un zumbido bajo llenó el área, y los colores se reflejaron en su rostro tenso.
—Es una especie de cerradura de combinación —murmuró—. Es probable que haya que tocarlos en un orden específico.
—Entonces… ¿cómo vamos a entrar? —preguntó Aneel.
—Nos limitaremos a pulsar diferentes cuadrados hasta dar con la combinación correcta.
—Pero eso podría llevarnos…
Budian se volvió a mirarlo con una furia apenas contenida.
—¡Esta maldita puerta me ha costado una mano! ¡Haya lo que haya tras ella, quiero saberlo! Quienes construyeran esta instalación, dejaron al alcance de cualquiera armas más avanzadas que las que nosotros tenemos, tal vez más que las que tienen los klingon, pero sentían el suficiente respeto hacía lo que hay tras esta puerta como para dejarlo encerrado. ¡Yo quiero saberlo! ¡Me lo merezco!
Dio media vuelta y, con la mano que le quedaba, comenzó a pulsar furiosamente los cuadrados. Cada uno emitía una nota distinta, un débil «ping» que sonaba cuando se lo pulsaba. Y cada una brillaba bajo su contacto, de modo muy breve. Pero ninguna combinación hacía que la puerta se abriese y revelara sus secretos.
De pronto se produjo un brusco silbido agudo.
Budian se volvió a mirar a sus hombres, que se encontraban a alrededor de un metro y medio de distancia, y preguntó:
—¿A qué creéis que se parece ese sonido?
Comenzó de una forma casi ridícula. Budian estaba mirando a sus hombres, esperando a que Aneel hablara, y entonces el rostro de Aneel se contrajo de horror, al igual que el de Deni. Eso fue lo primero que vio.
Luego Budian pensó que los otros dos hombres de su tripulación estaban haciéndose más altos. Este pensamiento fue reemplazado por la parcialmente correcta toma de conciencia de que, de hecho, él estaba haciéndose más pequeño.
Bajó la mirada y toda la verdad, el pleno horror de aquello, comenzó a hacérsele evidente.
Estaba disolviéndose.
Sus pies ya habían desaparecido, reducidos a una irreconocible masa informe. Mientras su mente estaba aún consiguiendo registrar lo que ocurría, le desaparecieron parte de las piernas, luego las rodillas. Se oía un claro sonido sibilante, pero nada más. Ni olor a carne quemada. Ni sangre. Nada.
Y cuando el terror consiguió penetrar del todo en su mente, fue cuando Budian se puso a gritar.
Budian comenzó a chillar con palabras incomprensibles para un kreel. Su discurso era incoherente a causa del terror al mirar hacia abajo y ver su cuerpo, su magnífico cuerpo, que era destruido molécula a molécula.
Y sin embargo, a pesar de todo su horror, en ningún momento pidió ayuda, en ningún momento suplicó auxilio, divino o no. Porque los kreel no ruegan. Mueren, de forma horrible si cabe, pero no ruegan.
Ahora su pecho había desaparecido y él continuaba estando monstruosamente consciente; aún podía ver y sentir lo que sucedía.
«Oh, Dios —pensó Budian—, que acabe, que acabe, que acabe…» Pero no terminó. De alguna forma, perversamente, fue consciente hasta su último momento, cuando la cabeza llegó al suelo y también ésta comenzó a derretirse; su cerebro continuó funcionando y registrando las imágenes que los ojos le transmitían.
La última imagen que registró fue la de sus hombres, sonriendo.
Momentos más tarde el suelo onduló y los restos del oficial kreel fueron tragados.

Tron se encontraba ante la entrada de la cueva, la entrada que había sido volada, y la contemplaba asombrado.
—¿Cómo pudo haber estado esto aquí? —preguntó—. ¿Cómo pueden haber inspeccionado todo el planeta nuestros primeros equipos de reconocimiento, y no haberlo encontrado?
Era una pregunta retórica, por supuesto. Ninguno de los otros klingon había formado parte de esos primeros equipos exploradores, así que no había en la frase contenido personal alguno. Uno de los klingon pensó: «Quizás estaba preparado para que no lo encontraran». Se trataba de una especulación privada, hecha más por lo que sería fantasía klingon que por otra cosa y, como tal, no expresada en voz alta.
Resultó ser cierta. Pero de todas formas, de haberla expuesto, no se le habría dado crédito.
—Muy bien —dijo Tron al tiempo que le hacía un gesto a su pequeño grupo—. Vayamos a ver qué hay dentro.
Y entonces, una voz gutural habló:
—En lugar de eso, deja que nosotros te lo enseñemos…, cerdo klingon.
Provenía de la zona inmediatamente interior de la abertura, y el acento era inconfundible. El rostro de Tron se contrajo con una mueca de asco mientras decía:
—¿Está dentro el kreel que huelo…?
El suelo inmediato a la izquierda de Tron explotó, llevándose al klingon que se hallaba de pie sobre él.
 

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