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Esta historia comienza así:
Hace seis días un hombre voló en pedazos al borde de una carretera en el norte de Wisconsin. No hubo testigos, pero al parecer estaba sentado en la hierba junto a su coche aparcado cuando la bomba que estaba fabricando estalló accidentalmente. Según los informes forenses que acaban de hacerse públicos, el hombre murió en el acto.
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Su cuerpo reventó en docenas de pequeños pedazos y se encontraron fragmentos del cadáver incluso a quince metros del lugar de la explosión. Hasta hoy (4 de julio de 1990), nadie parece tener la menor idea sobre la identidad del muerto. El FBI, que trabaja en colaboración con la policía local y los agentes del Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, comenzó su investigación con un examen del coche, un Dodge azul de siete años con matrícula de Illinois, pero pronto descubrieron que era robado; se lo habían llevado de un aparcamiento de Joliet el 12 de junio a plena luz del día.
Lo mismo sucedió cuándo examinaron el contenido de la cartera del hombre, que, de milagro, había salido de la explosión más o menos intacta. Pensaron que habían tropezado con un cúmulo de pistas –carnet de conducir, cartilla de la seguridad social, tarjetas de crédito–, pero cuando le dieron al ordenador los datos de estos documentos resultó que todos habían sido falsificados o robados.
Las huellas dactilares habrían sido el paso siguiente, pero en este caso no había huellas dactilares, ya que la bomba había desintegrado las manos del hombre. Tampoco el coche les sirvió de nada. El Dodge era un amasijo de acero retorcido y plástico derretido y, a pesar de los esfuerzos realizados, no pudieron encontrar ni una sola huella. Tal vez tengan más suerte con los dientes, suponiendo que haya suficientes dientes con los que ponerse a trabajar, pero eso les llevará tiempo, puede que varios meses. No hay duda de que al final se les ocurrirá algo, pero hasta que puedan establecer la identidad de la destrozada víctima, el caso tiene pocas posibilidades de prosperar.
Por lo que a mí concierne, cuanto más tarden, mejor. La historia que tengo que contar es bastante complicada, y a menos que la termine antes de que ellos den con la respuesta, las palabras que estoy a punto de escribir no significarán nada. Una vez que se descubra el secreto, se contarán toda clase de mentiras, los periódicos y las revistas publicarán sus desagradables versiones distorsionadas, y en cuestión de días la reputación de un hombre quedará destruida.
No es que yo quiera defender lo que hizo, pero puesto que él ya no está en situación de defenderse, lo menos que puedo hacer es explicar quién era y ofrecer la verdadera historia de cómo llegó a estar en esa carretera del norte de Wisconsin. Por eso tengo que trabajar deprisa: para estar preparado cuando llegue el momento. Si por casualidad el misterio no se resuelve, sencillamente me guardaré lo que he escrito y nadie tendrá por qué saber nada de ello. Ése sería el mejor resultado posible: silencio absoluto, ni una palabra por ninguna de las dos partes. Pero no debo contar con eso. Para hacer lo que tengo que hacer, he de suponer que ya le están cercando, que antes o después averiguarán quién era. Y no necesariamente cuando yo haya tenido tiempo de terminar esto, sino en cualquier momento, en cualquier momento a partir de ahora.
Al día siguiente de la explosión apareció en la prensa un breve resumen del caso. Era una de esas crípticas historias de dos párrafos enterradas dentro del periódico, pero yo la leí casualmente en el New York Times mientras almorzaba. Casi inevitablemente, empecé a pensar en Benjamin Sachs. No había nada en el artículo que indicara de una forma clara que se trataba de él y, sin embargo, al mismo tiempo todo parecía encajar. Hacía casi un año que no hablábamos, pero durante nuestra última conversación él había dicho lo suficiente como para convencerme de que tenía graves problemas, de que se estaba precipitando hacia un oscuro e innombrable desastre.
Si esto resulta demasiado vago, añadiré que también mencionó las bombas, que habló interminablemente de ellas durante su visita y que durante los once meses siguientes yo había vivido justamente con ese temor dentro de mí: que iba a matarse, que un día abriría el periódico y leería que mi amigo se había volado en pedazos. Entonces no era más que una disparatada intuición, uno de esos insensatos saltos en el vacío, pero una vez la idea se me metió en la cabeza, no pude librarme de ella. Luego, dos días después de que tropezase con el artículo, un par de agentes del FBI llamó a mi puerta. En cuanto me comunicaron quiénes eran, comprendí que estaba en lo cierto.
El hombre que se había volado en pedazos era Sachs. No cabía ninguna duda. Sachs estaba muerto y la única manera en que yo podía ayudarle ahora era no revelando su muerte.
Probablemente fue una suerte que leyese el artículo cuando lo hice, a pesar de que recuerdo que en aquel momento deseé no haberlo visto. Por lo menos, así tuve un par de días para encajar el golpe. Cuando los hombres del FBI se presentaron aquí para hacer preguntas, yo ya estaba preparado y eso me ayudó a controlarme. Tampoco vino mal que tardasen cuarenta y ocho horas en encontrar mi pista.
Al parecer, entre los objetos recuperados de la cartera de Sachs había un pedazo de papel con mis iniciales y mi número de teléfono. Por eso vinieron a buscarme, pero la suerte quiso que el número fuese el de mi teléfono de Nueva York, mientras yo llevaba diez días en Vermont, viviendo con mi familia en una casa alquilada donde pensábamos pasar el resto del verano.
Dios sabe con cuántas personas habían tenido que hablar antes de descubrir que estaba aquí. Si menciono de pasada que esta casa es propiedad de la ex mujer de Sachs es sólo para dar un ejemplo de lo enredada y complicada que es esta historia.
Procuré hacerme el tonto lo mejor que pude y revelarles lo menos posible. No, dije, no había leído el artículo en el periódico. No sabía nada de bombas, coches robados o carreteras comarcales de Wisconsin. Era escritor, dije, un hombre que escribe novelas para ganarse la vida, y si querían investigar quién era, podían hacerlo, pero eso no iba a ayudarles con el caso, perderían el tiempo.
Probablemente, dijeron, pero ¿y el pedazo de papel de la cartera del muerto? No pretendían acusarme de nada, sin embargo el hecho de que llevase consigo mi número de teléfono parecía demostrar que había una relación entre nosotros. Eso tenía que admitirlo, ¿no? Sí, dije, por supuesto que sí, pero que lo pareciese no significaba que fuese verdad.
Había mil maneras mediante las que ese hombre podía haber conseguido mi número de teléfono. Yo tenía amigos repartidos por todo el mundo y cualquiera de ellos podía habérselo dado a un desconocido. Tal vez ese desconocido se lo había pasado a otro, el cual a su vez se lo había pasado a un tercero. Tal vez, dijeron, pero ¿por qué iba alguien a llevar el teléfono de una persona que no conocía? Porque soy escritor, dije. Oh, dijeron, ¿y eso qué tiene que ver? Que mis libros se publican, dije.
La gente los lee y yo no tengo ni idea de quiénes son. Sin saberlo siquiera, entro en las vidas de los desconocidos, y mientras tienen mi libro en sus manos, mis palabras son la única realidad que existe para ellos. Eso es normal, dijeron, eso es lo que pasa con los libros. Sí, dije, eso es lo que pasa, pero a veces sucede que esas personas están locas. Leen tu libro y algo de él toca una cuerda del fondo de su alma. De repente se imaginan que les perteneces, que eres el único amigo que tienen en el mundo. Para ilustrar mi argumentación, les di varios ejemplos, todos ellos verdaderos, todos tomados directamente de mi experiencia personal.
Las cartas de desequilibrados, las llamadas telefónicas a las tres de la madrugada, las amenazas anónimas. El año pasado, continué, descubrí que alguien había estado suplantando mi personalidad, contestando cartas en mi nombre, entrando en las librerías y firmando libros míos, rondando como una sombra maligna en torno a mi vida. Un libro es un objeto misterioso, dije, y una vez que sale al mundo puede ocurrir cualquier cosa. Puede causar toda clase de males y tú no puedes hacer nada para evitarlo. Para bien o para mal, escapa completamente a tu control.
No sé si mis negativas les parecieron convincentes o no. Me inclino a pensar que no, pero aunque no creyesen una palabra de lo que dije, es posible que mi estrategia me permitiera ganar tiempo. Teniendo en cuenta que nunca había hablado con un agente del FBI, creo que no me desenvolví demasiado mal durante la entrevista. Estuve tranquilo, estuve cortés, conseguí transmitir la adecuada combinación de colaboración y desconcierto. Eso sólo ya fue un triunfo considerable para mí.
En general, no tengo mucho talento para el engaño y, a pesar de mis esfuerzos a lo largo de los años, raras veces he enredado a nadie. Si anteayer conseguí ofrecer una representación creíble, se debe, al menos en parte, a los hombres del FBI. No fue tanto nada de lo que dijeron como su aspecto, la forma en que iban impecablemente vestidos para su papel, confirmando en todos los detalles lo que siempre había imaginado respecto al atuendo de los hombres del FBI: trajes de verano ligeros, zapatones macizos, camisas que no necesitan plancha, gafas oscuras de aviador.
Éstas eran las gafas pertinentes, por así decir, y aportaban un aire artificial a la escena, como si los hombres que las llevaban fuesen únicamente actores, extras contratados para hacer un papelito en una película de bajo presupuesto. Todo esto era extrañamente consolador para mí, y pensándolo ahora entiendo por qué esa sensación de irrealidad actuó a mi favor. Me permitió verme a mí mismo también como un actor y, puesto que me habla convertido en otro, de repente tenía derecho a engañarles, a mentir sin el más leve remordimiento de conciencia.
Sin embargo, no eran estúpidos. Uno tenía cuarenta y pocos años y el otro era mucho más joven, de unos veinticinco o veintiséis años, pero los dos tenían cierta expresión en los ojos que me tuvo en guardia durante todo el tiempo que estuvieron aquí. Es difícil precisar con exactitud qué resultaba tan amenazador en aquellos ojos, pero creo que tenía que ver con su inexpresividad, su falta de compromiso, como si lo vieran todo y nada al mismo tiempo. Aquella mirada revelaba tan poco, que yo en ningún momento supe lo que ninguno de los dos tipos pensaba.
Sus ojos eran demasiado pacientes, demasiado expertos en sugerir indiferencia, pese a que estaban alerta, implacablemente alerta en realidad, como si hubiesen sido entrenados para hacerte sentir incómodo, para hacerte consciente de tus fallos y transgresiones, para hacer que te revolvieras dentro de tu piel.
Se llamaban Worthy y Harris, pero no recuerdo quién era quién. Como especímenes físicos, eran perturbadoramente parecidos, casi como si fuesen una versión más joven y otra más vieja de la misma persona: altos, pero no demasiado altos; bien formados, pero no demasiado bien formados; pelo rubio, ojos azules, manos gruesas con uñas impecablemente limpias. Es verdad que sus estilos de conversación eran diferentes, pero no quiero dar demasiada importancia a las primeras impresiones.
Quién sabe si se turnan y cambian de papel cuando les apetece. En la visita que me hicieron hace dos días, el joven hacía el papel de duro. Sus preguntas eran muy bruscas y parecía tomarse su trabajo demasiado a pecho; raras veces esbozaba una sonrisa, por ejemplo, y me trataba con una formalidad que en ocasiones rozaba el sarcasmo y la irritación.
El mayor era más relajado y amable, más dispuesto a dejar que la conversación siguiera su curso natural. Sin duda es por eso mismo más peligroso, pero tengo que reconocer que hablar con él no resultaba desagradable del todo. Cuando empecé a contarle algunas de las disparatadas reacciones a mis libros, me di cuenta de que el tema le interesaba, y me dejó continuar con mi digresión más tiempo del que esperaba.
Supongo que me estaba tanteando, animándome a divagar para poder hacerse una idea de quién era yo y cómo funcionaba mi mente, pero cuando llegué al asunto del impostor, incluso se ofreció a iniciar una investigación del problema. Puede que fuera un truco, por supuesto, pero, no sé por qué, lo dudo. No es preciso añadir que rechacé el ofrecimiento, pero si las circunstancias hubiesen sido distintas, probablemente me lo habría pensado dos veces antes de rechazar su ayuda.
Es algo que ha estado fastidiándome durante mucho tiempo y me encantaría llegar al fondo de la cuestión.
–Yo no leo muchas novelas –dijo el agente–. Nunca tengo tiempo para eso.
–Ya, eso le ocurre a mucha gente –dije.
–Pero las suyas deben de ser muy buenas. Si no lo fueran, dudo que le molestaran tanto.
–Puede que me molesten porque son malas. Hoy en día todo el mundo es crítico literario. Si no te gusta un libro, amenaza al autor. Hay cierta lógica en ese planteamiento. Haz que ese cabrón pague por lo que te ha hecho.
–Supongo que debería sentarme a leer alguna –dijo–. Para ver por qué tanto jaleo. No le importaría, ¿verdad?
–Por supuesto que no. Para eso están en las librerías. Para que la gente las lea.
Anotar los títulos de mis libros para un agente del FBI fue una forma curiosa de terminar la visita. Incluso ahora, no tengo claro qué pretendía. Tal vez cree que encontrará algún indicio en ellos, o tal vez era sólo una manera sutil de decirme que volverá, que todavía no ha acabado conmigo. Sigo siendo su única pista, después de todo, y si suponen que les mentí, no van a olvidarse de mí. Aparte de eso, no tengo la menor idea de lo que piensan. Parece improbable que me consideren un terrorista, pero digo eso únicamente porque yo sé que no lo soy.
Ellos no saben nada, y por lo tanto pueden estar trabajando sobre esa hipótesis, buscando desesperadamente algo que me relacione con la bomba que estalló en Wisconsin la semana pasada. Y aunque no fuera así, tengo que aceptar el hecho de que continuarán con mi caso durante mucho tiempo. Harán preguntas, husmearán en mi vida, averiguarán quiénes son mis amigos y, antes o después, saldrá a relucir el nombre de Sachs. En otras palabras, mientras yo esté aquí en Vermont escribiendo esta historia, ellos estarán atareados escribiendo su propia historia. Ésa será la mía, y una vez que la terminen, sabrán tanto de mí como yo mismo.
Mi mujer y mi hija volvieron a casa unas dos horas después de que se marcharan los hombres del FBI. Habían salido temprano aquella mañana para pasar el día con unos amigos y yo me alegré de que no estuviesen presentes durante la visita de Harris y Worthy. Mi mujer y yo compartimos casi todo, pero en este caso creo que no debo contarle lo sucedido.
Iris siempre le ha tenido mucho cariño a Sachs, pero para ella yo soy lo primero, y si descubriera que estaba a punto de meterme en líos con el FBI a causa de él, haría todo lo que pudiera para impedírmelo. No puedo correr ese riesgo ahora. Aunque consiguiese convencerla de que estaba haciendo lo más adecuado, tardaría mucho tiempo en vencer su resistencia, y no puedo permitirme ese lujo, tengo que dedicar cada minuto a la tarea que me he impuesto. Además, aunque cediera, se preocuparía hasta ponerse enferma, y no veo cómo eso beneficiaría a nadie.
De todas formas, al final se enterará de la verdad; cuando llegue el momento, todo saldrá a la luz. No es que quiera engañarla, sencillamente quiero ahorrarle disgustos mientras sea posible. Y no creo que vaya a ser excesivamente difícil. Al fin y al cabo, estoy aquí para escribir, y si Iris piensa que estoy entregado a mis viejas mañas en la cabañita todos los días, ¿qué daño puede haber en ello? Supondrá que estoy escribiendo mi nueva novela y cuando vea cuánto tiempo le dedico, cuánto avanzo en mis largas horas de trabajo, se sentirá feliz. Iris también es parte de la ecuación, y sin su felicidad no creo que yo tuviera el valor de empezar.
Éste es el segundo verano que paso en este lugar. En los viejos tiempos, cuando Sachs y su mujer venían aquí todos los años en julio y agosto, a veces me invitaban a visitarles, pero se trataba siempre de excursiones breves y en raras ocasiones me quedé más de tres o cuatro noches. Después de que Iris y yo nos casásemos hace nueve años, hicimos el viaje juntos varias veces y en una ocasión incluso ayudamos a Fanny y Ben a pintar la fachada de la casa.
Los padres de Fanny compraron la finca durante la Depresión. Una época en que las granjas como éstas se podían adquirir por casi nada. Tenía más de cuarenta hectáreas y su propia alberca, y aunque la casa estaba deteriorada, era espaciosa y aireada por dentro, y sólo fueron necesarias unas pequeñas mejoras para hacerla habitable.
Los Goodman eran maestros en Nueva York, y nunca pudieron permitirse el lujo de hacer muchos arreglos en la casa después de comprarla, así que durante todos estos años ha conservado su primitivo aspecto desolado: las camas de hierro, la estufa barriguda en la cocina, las paredes y los techos agrietados, los suelos pintados de gris. Sin embargo, en medio de este deterioro hay algo sólido, y sería difícil que alguien no se sintiera a gusto aquí. Para mí, el gran atractivo de la casa es su aislamiento. Se alza en lo alto de una pequeña montaña, a seis kilómetros del pueblo más cercano por un estrecho camino de tierra.
Los inviernos deben de ser crudos en esta montaña, pero durante el verano todo está verde, los pájaros cantan a tu alrededor y los prados están inundados de flores silvestres: vellosillas naranja, tréboles rojos, culantrillos, ranúnculos. A unos treinta metros de la casa principal hay un sencillo edificio anexo que Sachs utilizaba como estudio siempre que estaba aquí. Es poco más que una cabaña, con tres habitaciones pequeñas, una cocinita y un cuarto de baño, y desde que unos vándalos la destrozaron hace doce o trece inviernos se ha ido deteriorando.
Las cañerías se han roto, la electricidad está cortada, el linóleo se está despegando del suelo. Menciono estas cosas porque es aquí donde estoy ahora, sentado ante una mesa verde en medio de la habitación más grande, sosteniendo una pluma en la mano. Durante los años que le traté, Sachs pasó todos los veranos escribiendo en esta misma mesa, y ésta es la habitación donde le vi por última vez, donde me abrió su corazón y me reveló su terrible secreto. Si me concentro lo suficiente en el recuerdo de esa noche, casi puedo engañarme y pensar que todavía está aquí.
Es como si sus palabras flotaran aún en el aire, como si todavía pudiese alargar la mano y tocarle. Fue una conversación larga y agotadora, y cuando finalmente la terminamos (a las cinco o las seis de la mañana), me hizo prometer que no permitiría que su secreto saliera de las paredes de esta habitación. Ésas fueron sus palabras exactas: que nada de lo que había dicho debía escapar de esta habitación. Por ahora podré mantener mi promesa.
Hasta que llegue el momento de mostrar lo que he escrito aquí, puedo consolarme con el pensamiento de que no estoy rompiendo mi palabra.La primera vez que le vi nevaba. Han transcurrido más de quince años desde ese día, pero todavía puedo evocarlo siempre que lo deseo. Muchas otras cosas se han perdido para mí, pero recuerdo ese encuentro con Sachs tan claramente como cualquier suceso de mi vida.Fue un sábado por la tarde en febrero o marzo, y los dos habíamos sido invitados a hacer una lectura conjunta de nuestra obra en un bar del West Village. Yo no había oído hablar de Sachs, pero la persona que me llamaba tenía demasiada prisa como para contestar a mis preguntas por teléfono.
–Es un novelista –me dijo ella–. Publicó su primer libro hace un par de años.
Me llamó un miércoles por la noche, sólo tres días antes de que la lectura tuviese lugar, y en su voz había algo que rayaba el pánico. Michael Palmer, el poeta que tenía que aparecer el sábado, acababa de cancelar su viaje a Nueva York, y se preguntaba si yo estaría dispuesto a sustituirle. No era una petición muy directa, pero le dije que lo haría.
Yo todavía no había publicado mucho entonces –seis o siete cuentos en revistas de corta tirada, un puñado de artículos y de reseñas de libros–, y no se podía decir que la gente clamara por el privilegio de oírme leerles en voz alta. Así que acepté el ofrecimiento de la mujer abrumada, y durante los dos días siguientes yo también fui presa del pánico, mientras rebuscaba frenéticamente en el diminuto mundo de mi colección de relatos algo que no me avergonzase, unos párrafos que fuesen lo bastante buenos como para exponérselos a una sala llena de extraños.
El viernes por la tarde entré en varias librerías y pedí la novela de Sachs. Me parecía lo correcto haber leído algo de su obra antes de conocerle, pero el libro había sido publicado dos años antes y nadie lo tenía.
La casualidad quiso que la lectura nunca se realizase. El viernes por la noche hubo una inmensa tormenta procedente del Medio Oeste y el sábado por la mañana había caído medio metro de nieve sobre la ciudad. Lo razonable habría sido ponerse en contacto con la mujer que me había llamado, pero por un estúpido descuido no le había pedido su número de teléfono, y como a la una todavía no había tenido noticias suyas, supuse que debía ir al centro lo más rápidamente posible.
Me puse el abrigo y los chanclos, metí el manuscrito de mi cuento más reciente en un bolsillo y caminé trabajosamente por Riverside Drive en dirección a la estación de metro de la calle 116 esquina a Broadway. El cielo estaba empezando a aclarar, pero las calles y las aceras continuaban cubiertas de nieve y apenas había tráfico. En medio de altos montes de nieve junto al bordillo habían sido abandonados unos cuantos coches y camiones y de vez en cuando un vehículo solitario avanzaba centímetro a centímetro por la calle, patinando cada vez que el conductor trataba de pararse en un semáforo en rojo. Normalmente habría disfrutado de aquella confusión, pero hacia un día demasiado horrible como para sacar la nariz de la bufanda.
La temperatura había ido descendiendo constantemente desde el amanecer y ahora en el ambiente se respiraba un intenso frío, acompañado de violentos golpes de viento procedentes del Hudson, ráfagas enormes que literalmente empujaban mi cuerpo. Estaba aterido cuando llegué a la estación de metro, pero a pesar de todo parecía que los trenes seguían funcionando. Esto me sorprendió, y mientras bajaba las escaleras y compraba el billete supuse que quería decir que, a pesar de todo, la lectura se celebraría.
Llegué a la Taberna de Nashe a las dos y diez. Estaba abierta, pero una vez mis ojos se acostumbraron a la oscuridad del interior, vi que no había nadie. Un camarero con un delantal blanco estaba detrás de la barra, secando metódicamente los vasos con un paño rojo. Era un hombre corpulento de unos cuarenta años y me estudió cuidadosamente mientras me acercaba, casi como si lamentase aquella interrupción de su soledad.
–¿No se suponía que aquí había una lectura dentro de unos veinte minutos? –pregunté.
En el mismo momento en que las palabras salieron de mi boca, me sentí estúpido por decirlas.
–Se ha cancelado –dijo el camarero–. Con toda esa nieve ahí fuera no tendría mucho sentido. La poesía es algo hermoso, pero no vale la pena que se te congele el culo por ella. Me senté en uno de los taburetes de la barra y pedí un bourbon. Todavía estaba tiritando por mi caminata sobre la nieve y quería calentarme las tripas antes de aventurarme a salir de nuevo. Me liquidé la bebida en dos tragos y pedí otra porque la primera me había sabido muy bien. Iba por la mitad de mi segundo bourbon cuando otro cliente entró en el bar. Era un hombre joven, alto, sumamente delgado, con la cara estrecha y una abundante barba castaña.
Le observé mientras daba patadas en el suelo un par de veces, batía palmas con las manos enguantadas y exhalaba ruidosamente a consecuencia del frío. No había duda de que tenía una pinta extraña, tan alto dentro de su abrigo apolillado, con una gorra de béisbol de los Knicks de Nueva York en la cabeza y una bufanda azul marino envuelta sobre la gorra para proteger las orejas. Parecía alguien que tuviera un terrible dolor de muelas, pensé, o bien un soldado ruso medio muerto de hambre, desamparado, en las afueras de Stalingrado. Estas dos imágenes acudieron a mí en rápida sucesión, la primera cómica, la segunda desolada.
A pesar de su ridículo atuendo, había algo fiero en sus ojos, una intensidad que sofocaba cualquier deseo de reírse de él. Se parecía a Ichabod Crane, quizás, pero también era John Brown, y una vez que ibas más allá de su atuendo y su desgarbado cuerpo de jugador de baloncesto, empezabas a ver una clase de persona totalmente diferente: un hombre al que no se le escapaba nada, un hombre con mil engranajes girando en su cabeza.
Se detuvo en la puerta unos momentos examinando el local vacío, luego se acercó al camarero y le hizo más o menos la misma pregunta que le había hecho yo diez minutos antes. El camarero le dio más o menos la misma respuesta que me había dado a mi, pero en este caso también hizo un gesto con el pulgar señalando hacia donde yo estaba sentado al extremo de la barra.
–Ese también ha venido a la lectura –dijo–. Probablemente son ustedes las dos únicas personas de Nueva York lo bastante locas como para salir de casa hoy.
–No exactamente –dijo el hombre de la bufanda enrollada alrededor de la cabeza–. Se olvida de contarse a sí mismo.
–No –dijo el camarero–. Lo que pasa es que yo no cuento. Yo tengo que estar aquí, ¿comprende?, y usted no. A eso es a lo que me refiero. Si yo no me presento, pierdo el trabajo.
–Yo también he venido aquí a hacer un trabajo –contestó el otro–. Me dijeron que iba a ganar cincuenta dólares. Ahora han suspendido la lectura y yo he perdido el precio del billete de metro.
–Bueno, eso es diferente –dijo el camarero–. Si usted tenía que haber leído, supongo que tampoco cuenta.
–Eso deja a una sola persona en toda la ciudad que ha salido sin necesidad.
–Si están ustedes hablando de mí –dije, entrando finalmente en la conversación–, su lista se reduce a cero.
El hombre de la bufanda alrededor de la cabeza se volvió hacia mí y sonrió.
–Ah, eso quiere decir que eres Peter Aaron, ¿no?
–Supongo que sí –dije–. Si yo soy Peter Aaron, tú debes de ser Benjamin Sachs.
–El mismo que viste y calza –respondió Sachs, y soltó una risita como burlándose de sí mismo. Vino hacia donde yo estaba sentado y me tendió la mano derecha–. Me alegra que esté usted aquí –dijo–. He leído últimamente algunas cosas de las que escribe y tenía muchas ganas de conocerle.
Así fue como empezó nuestra amistad, sentados en aquel bar desierto hace quince años, invitándonos mutuamente hasta que los dos nos quedamos sin dinero. Aquello debió de durar tres o cuatro horas, porque recuerdo claramente que cuando al fin salimos de nuevo al frío tambaleándonos, ya había caído la noche. Ahora que Sachs ha muerto, me resulta insoportable pensar en cómo era entonces, recordar toda la generosidad, el humor y la inteligencia que emanaban de él aquella primera vez que le vi.
A pesar de los hechos, es difícil para mí imaginar que la persona que estuvo sentada conmigo en el bar aquel día era la misma persona que acabó destruyéndose la semana pasada. El viaje debió de ser para él tan largo, tan horrible, tan cargado de sufrimiento, que casi no puedo pensar en ello sin sentir ganas de llorar. En quince años, Sachs viajó de un extremo de sí mismo al otro, y para cuando llegó a este último lugar, dudo que supiera ya quién era. Había recorrido tanta distancia que le debía de ser imposible recordar dónde había empezado.
–Generalmente, consigo estar al corriente de lo que se publica –dijo, desatándose la bufanda debajo de la barbilla y quitándosela junto con la gorra de béisbol y el largo abrigo marrón. Lo dejó todo en un montón sobre un taburete cerca de él y se sentó–. Hasta hace dos semanas nunca había oído hablar de ti. Ahora, de repente, parece que asomas por todas partes. De entrada, tropecé con tu artículo acerca de los diarios de Hugo Ball.
Un articulo excelente, pensé, hábil y bien argumentado, una respuesta admirable a los temas en cuestión. No estaba de acuerdo con todas tus opiniones, pero las defendías bien y respeté la seriedad de tu posición. Este tipo cree demasiado en el arte, me dije, pero por lo menos sabe dónde está y tiene la inteligencia de reconocer que hay otras opiniones posibles.
Luego, tres o cuatro días después, me llegó una revista por correo y lo primero que vi fue un cuento firmado por ti. “El alfabeto secreto”, el que trata sobre un estudiante que constantemente encuentra mensajes escritos en las paredes de los edificios. Me encantó. Me gustó tanto que lo leí tres veces. ¿Quién es este Peter Aaron?, me pregunté, ¿y dónde ha estado escondido? Cuando Kathy como–se–llame me telefoneó para decirme que Palmer había escurrido el bulto, le sugerí que se pusiese en contacto contigo.
–Así que tú eres el responsable de que me encuentre aquí –dije, demasiado aturdido por sus pródigos elogios como para que se me ocurriera algo más que esta débil respuesta.
–Bueno, reconozco que no ha salido como esperábamos.
–Puede que no sea tan mala cosa –dije–. Por lo menos no tendré que permanecer de pie en la oscuridad notando cómo me flojean las piernas. No deja de ser una ventaja.
–La madre naturaleza ha acudido en tu ayuda.
–Exactamente. La suerte me ha salvado el pellejo.
–Me alegro de que te hayas ahorrado ese tormento. No quisiera vivir con eso en mi conciencia.
–Pero gracias por hacer que me invitasen. Fue una satisfacción para mí, y la verdad es que te estoy muy agradecido.
–No lo hice para que me lo agradecieses. Sentía curiosidad, y antes o después me habría puesto en contacto contigo yo mismo. Pero se presentó esta oportunidad y pensé que sería una forma más elegante de hacerlo.
–Y aquí estoy, sentado en el Polo Norte con el almirante Peary en persona. Lo menos que puedo hacer es invitarte a una copa.
–Acepto tu invitación, pero con una condición. Tienes que responder primero a mi pregunta.
–Encantado, siempre y cuando me digas cuál es la pregunta. No recuerdo que me hayas hecho ninguna.
–Claro que sí. Te he preguntado dónde has estado escondido. Puede que me equivoque, pero mi suposición es que no llevas mucho tiempo en Nueva York.
–Antes vivía aquí, pero luego me marché. Hace sólo cinco o seis meses que he vuelto.
–¿Y dónde has estado?
–En Francia. He vivido allí cerca de cinco años.
–Eso lo explica. Pero ¿por qué diablos quisiste vivir en Francia?
–Por ninguna razón especial. Sencillamente, quería estar en algún sitio que no fuese aquí.
–¿No fuiste a estudiar? ¿No trabajabas para la UNESCO o para algún importante bufete internacional?
–No, nada de eso. Más o menos vivía al día.
–La vieja aventura del expatriado, ¿no es eso? Joven escritor norteamericano se va a París para descubrir la cultura y a las mujeres hermosas, para experimentar los placeres de sentarse en los cafés y fumar cigarrillos negros.
–No creo que fuese eso tampoco. Sentí que necesitaba aire para respirar, eso es todo. Elegí Francia porque hablo francés. Si hubiese hablado serbo–croata, probablemente me hubiese ido a Yugoslavia.
–Así que te fuiste. Sin ninguna razón especial, según dices. ¿Hubo alguna razón especial para que volvieses?
–Me desperté una mañana el verano pasado y me dije que ya era hora de volver a casa. Así, por las buenas. De repente sentí que ya había estado allí suficiente tiempo. Demasiados años sin béisbol, supongo. Si no recibes tu ración de partidos, se te puede empezar a secar el espíritu.
–¿Y no piensas volver a marcharte?
–No, no creo. Fuera lo que fuera lo que estaba intentando demostrar al irme allí, ya no me parece importante.
–Puede que ya lo hayas demostrado.
–Es posible. O puede que la cuestión haya que plantearla en otros términos. Puede que utilizara los términos equivocados desde el principio.
–De acuerdo –dijo Sachs, dando de pronto una palmada sobre la barra–. Ahora tomaré esa copa. Estoy empezando a sentirme satisfecho, y eso siempre me da sed.
–¿Qué quieres tomar?
–Lo mismo que tú –dijo, sin molestarse en preguntar qué estaba tomando yo–. Y puesto que el camarero tiene que venir hasta aquí de todas formas, dile que te sirva otro. Se impone un brindis. Es tu vuelta al hogar, después de todo, y tenemos que celebrar con clase tu regreso a los Estados Unidos.
No creo que nadie me haya desarmado nunca tan totalmente como lo hizo Sachs aquella tarde. Entró a saco desde el principio, asaltando mis mazmorras y escondites más secretos, abriendo una puerta cerrada tras otra. Según descubrí más tarde, era una actuación típica de él, casi un ejemplo clásico de su forma de moverse por el mundo. Nada de andarse por las ramas, nada de guardar distancias; arremángate y empieza a hablar.
No le costaba ningún esfuerzo entablar conversación con absolutos desconocidos, lanzarse a hacer preguntas que nadie más se habría atrevido a hacer y, con mucha frecuencia, salirse con la suya. Uno tenía la impresión de que no había aprendido nunca las reglas, que, puesto que carecía por completo de inhibiciones, esperaba que todo el mundo fuese tan franco como él. Y sin embargo había siempre algo impersonal en su interrogatorio, como si no estuviese intentando establecer un contacto humano contigo sino más bien intentando resolver para sí algún problema intelectual.
Esto daba a sus comentarios cierto matiz abstracto, lo cual inspiraba confianza, te predisponía a contarle cosas que en algunos casos ni siquiera te habías dicho a ti mismo. Nunca juzgaba a nadie cuando le conocía, nunca trataba a nadie como a un inferior, nunca hacía distinciones entre las personas por su condición social.
Un camarero le interesaba tanto como un escritor, y si yo no me hubiese presentado ese día, probablemente habría pasado dos horas hablando con el mismo hombre con el cual yo no me había molestado en cruzar ni diez palabras. Sachs le presuponía automáticamente una gran inteligencia a la persona con la que hablaba, confiriéndole así una sensación de dignidad e importancia.
Creo que ésa era la cualidad que más admiraba en él, esa habilidad innata para sacar lo mejor de los demás. A veces parecía un tipo raro, un excéntrico con la cabeza en las nubes, permanentemente distraído por oscuros pensamientos y preocupaciones, y sin embargo me sorprendía una y otra vez con cien pequeñas muestras de su atención. Como todo el mundo, sólo que quizás más que otros, conseguía combinar una multitud de contradicciones en una única y compacta presencia.
Estuviera donde estuviera, siempre parecía sentirse a gusto en su entorno, a pesar de que raras veces he conocido a nadie que fuese tan torpe, tan inepto físicamente, tan inútil para realizar las acciones más sencillas. Durante toda nuestra conversación de aquella tarde no paró de tirar su abrigo del taburete.
Debió de suceder seis o siete veces, y una de ellas, cuando se agachó para recogerlo, incluso se dio con la cabeza en la barra. No obstante, según descubrí más tarde, Sachs era un excelente atleta. Había sido el principal anotador del equipo de baloncesto de su colegio, y en todos los partidos de uno contra uno que jugamos a lo largo de los años, no creo que le ganara más de una o dos veces.
Era locuaz y a menudo descuidado al hablar, pero su literatura se caracterizaba por una gran precisión y concisión, un auténtico don para la frase adecuada. El hecho de que escribiera, por otra parte, me parecía muchas veces un enigma. Estaba demasiado volcado hacia fuera, demasiado fascinado por los demás, demasiado contento entre las multitudes, para dedicarse a una ocupación tan solitaria. Pero la soledad apenas le perturbaba y siempre trabajaba con tremenda disciplina y fervor, encerrándose a veces durante varias semanas seguidas para terminar un proyecto.