Cuevas de acero

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Lije Baley recién había llegado a su escritorio cuando advirtió que R. Sammy lo observaba expectante.
Las marcadas líneas de su largo rostro se acentuaron.
—¿Qué deseas?
—El jefe quiere verte, Lije. Ya mismo. Tan pronto como llegues.
—Muy bien.
R. Sammy no se movió.

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—Te he dicho que muy bien. Retírate —añadió Baley.
R. Sammy giró sobre sus talones y se dirigió a sus tareas. Baley se preguntó por qué esas mismas tareas no podían ser hechas por un hombre.
Se detuvo a examinar el contenido de su bolsa de tabaco y hacer un cálculo mental. A razón de dos pipas por día podía estirarlo hasta el siguiente día de paga.


Salió de detrás de su barandilla (había logrado ascender a un rincón con barandilla dos años atrás) y caminó a lo largo de la sala común.
Simpson levantó la vista de un registro de expedientes mercurizados cuando Lije Baley pasó frente a él.


—El jefe quiere verte, Lije.
—Lo sé. R. Sammy me avisó.


Una cinta codificada salió de del dispositivo mientras el pequeño instrumento buscaba y analizaba en su memoria la información almacenada en los pequeños patrones vibrantes de la superficie de mercurio en su interior.
—A ese R. Sammy le daría una patada en el trasero si no temiese romperme una pierna —exclamó Simpson—. El otro día vi a Vincent Barrett —añadió inesperadamente.


—¿Oh?
—Buscaba regresar a su empleo. O cualquier otro en el Departamento. El pobre anda desesperado, pero, ¿qué le podía decir yo? R. Sammy está desempeñando su trabajo y así anda todo. El muchacho tiene que trabajar en el despacho de una granja de levadura ahora. Es un muchacho inteligente. Les gustaba a todos.
Baley se encogió de hombros y comentó en un tono más formal que el que realmente sentía:
—Es algo que a todos nos puede suceder.
El jefe ocupaba una oficina privada. Sobre el cristal esmerilado se leía: «JULIUS ENDERBY». Buenas letras. Cuidadosamente grabadas en el cuerpo del cristal. Y abajo: «COMISIONADO DE POLICÍA, CIUDAD DE NUEVA YORK».
Baley se detuvo y preguntó:


—¿Deseaba usted verme, Comisionado?
Enderby levantó la mirada. Llevaba gafas porque tenía los ojos muy sensitivos y no podía usar las lentes de contacto comunes. Y sólo después de que se acostumbraba uno a vérselas, podía percibir el resto del rostro, que carecía de características. Baley abrigaba la idea persistente de que el Comisionado apreciaba sus gafas por la personalidad que le conferían, y sospechaba que aquellos globos del ojo no eran tan sensitivos como se pretendía.
El Comisionado parecía nervioso. Cerró los puños, se echó para atrás y exclamó con gran cordialidad aparente:


—Siéntate, Lije, siéntate.
Baley se sentó muy ceremonioso y aguardó. Enderby prosiguió:
—¿Cómo está ¿Josie? ¿Y el chico? —preguntó.
—Muy bien —repuso Baley indiferente—. Muy bien. ¿Y tu familia?
—Muy bien —repitió Enderby—. Muy bien.
Fue un comienzo forzado.


«Algo está mal en su rostro», pensó Baley. Y luego, en voz alta, añadió:
—Comisionado, me agradaría que no enviase a R. Sammy a buscarme cuando desea verme.


—Bueno, ya sabes cómo me siento respecto de estas cosas, Lije. Pero ha sido colocado aquí y tengo que emplearlo en algo.
—Resulta incómodo, Comisionado. Me dice que usted me necesita y se queda parado allí. Sabe lo que quiero decir. Tengo que decirle que se vaya o de lo contrario permanece sin moverse.
—Fue culpa mía. Le di el recado para ti y olvidé ordenarle específicamente que regresase a su trabajo una vez que te lo hubiese comunicado.
Baley suspiró. Las finas arrugas en torno de sus ojos castaño oscuro se acentuaron.


—De todos modos, usted deseaba verme.
—Sí, Lije —convino el Comisionado—, pero para nada sencillo.
Se levantó, dio media vuelta y caminó hacia la pared, tras su escritorio. El Comisionado sonrió:


—Hice que me arreglaran especialmente esto el año pasado. Me parece que no te lo había mostrado antes. Ven y echa un vistazo. En otras épocas, todas las habitaciones tenían arreglos como éste. Se llaman «ventanas». ¿Lo sabías?
Baley lo sabía perfectamente. Había leído muchas novelas históricas. Replicó:
—Oí hablar de ellas.
—Acércate —ordenó Enderby.
Baley titubeó un poco pero hizo lo que le dijeron. Había algo de indecente en la exposición de las intimidades de un aposento a lo indiscreto de un mundo exterior. A veces el Comisionado llevaba su afectación de Medievalismo hasta un extremo absurdo.


«Como sus gafas», pensó Baley.
¡Eso era! ¡Eso era lo que le hacía parecer raro! Dijo:
—Discúlpeme, comisionado, pero… usa usted unas gafas nuevas, ¿verdad?
El comisionado se le quedó mirando con un poco de sorpresa; quitóse las gafas, las estudió y después miró a Baley. Sin ellas, el semblante redondo parecía más redondeado, y la barbilla una insignificancia más acentuada. También se veía más vago, porque las pupilas estaban desenfocadas.
—Sí —murmuró.


Volvió a calarse las gafas sobre la nariz y añadió con verdadero enojo:
—Rompí las otras hace tres días. Por una razón u otra no he podido reemplazarlas hasta esta mañana. Lije, esos tres días han sido un infierno.
—¿Debido a las gafas?
—A las gafas y a otras cosas. Deja que te lo explique.


Se volvió hacia la ventana y Baley hizo lo propio. Algo sobresaltado, Baley se percató de que llovía. Durante algunos minutos se perdió en el espectáculo del agua que caía del firmamento mientras el Comisionado exhalaba una especie de orgullo como si el fenómeno fuese algo arreglado por él mismo.
—Es la tercera vez en lo que va de mes que veo llover. Bello espectáculo, ¿no te parece?


Baley convino para sí mismo que resultaba impresionante. Durante sus cuarenta y dos años, en raras ocasiones había visto llover, o cualquier otra manifestación de la naturaleza, para el caso.
—Siempre tengo la impresión de que es un gran desperdicio toda esa agua que cae sobre la ciudad —comentó—. Se debería dirigir a los tanques de almacenamiento.


—Lije, no eres más que un modernista —le reprochó el Comisionado—. Ese es tu problema. En tiempos Medievales, la gente vivía al aire libre. No solamente en las granjas, quiero decir. En las Ciudades también. Incluso en Nueva York. Cuando llovía no pensaban que era un desperdicio. Lo glorificaban. Vivían en contacto con la naturaleza. Es más saludable, mucho mejor. Los problemas de la vida moderna vienen de que estamos divorciados de la naturaleza. Vuelve a leer sobre el Siglo del Carbón, alguna vez.


Baley lo había hecho. Había quien se quejaba de la invención del acumulador atómico. Él mismo se quejaba cuando las cosas estaban malas, o cuando se sentía cansado. Quejarse de una u otra manera era una faceta imprescindible de la naturaleza humana. En el Siglo del Carbón, la gente despotricaba contra la invención del motor a vapor. En uno de los dramas de Shakespeare, uno de los personajes se quejaba de la invención de la pólvora. Dentro de un millar de años se quejarían de la invención del cerebro positrónico. Al diablo con ello.
Y entonces dijo, sonriente:


—Mira, Julius. (no era su costumbre tratar amistosamente al Comisionado en horas de oficina, a pesar de todos los “Lije” que él le decía, pero había algo especial que lo estaba pidiendo). Mira Julius, me estás hablando de todo menos de lo que deseas decirme y para lo cual me enviaste llamar. ¿De qué se trata?
—A ello voy, Lije —contestó el Comisionado—. Permíteme que lo haga a mi manera. Tenemos…, tenemos dificultades.


—Por supuesto. ¿En dónde no las hay, en este planeta? ¿Más dificultades con los robots?
—Hay algo de eso, Lije. Aquí me tienes, y me pregunto: ¿qué más penalidades pueden ocurrir en este viejo mundo? Cuando ordené que me colocaran esta ventana, lo hice para dejar que de vez en cuando me entrase un poco de cielo y que entrase también la ciudad. La contemplo y me pregunto: ¿qué será de ella dentro de un siglo?


Baley se sintió asqueado por el sentimentalismo del otro; pero se encontró mirando fascinado hacia el exterior. Aún empañada por el clima, la Ciudad era algo tremendo para mirar. El Departamento de Policía se encontraba en las plantas superiores del Palacio Municipal, y éste era muy elevado. Desde la ventana del Comisionado, las vecinas torres quedaban muy abajo, y los techos eran visibles. Se asemejaban a otros tantos índices que apuntaran hacia arriba. Sus muros se veían ciegos, monótonos. Eran los cascarones exteriores de colmenas humanas.


—En cierto modo —prosiguió el Comisionado—, siento que esté lloviendo. No podemos ver Espaciópolis.
Baley dirigió la vista hacia el poniente; pero era como decía el Comisionado. El horizonte se cerraba. Las torres de Nueva York se alzaban entre la niebla y terminaban contra una blancura plana.
—Sé cómo es Espaciópolis —murmuró Baley.


—Me agrada su aspecto desde aquí —explicó el Comisionado—. Se puede columbrar en la abertura que forman los dos Sectores Brunswick. Domos bajos espaciados. Esa es la diferencia entre nosotros y los Espacianos. Nosotros nos elevamos y aglomeramos. En cambio, cada uno de ellos tiene un domo para sí. Una familia: una casa. Y tierra entre cada domo. ¿Has hablado alguna vez con un Espaciano, Lije?


—En algunas ocasiones. Hará un mes hablé con uno aquí mismo, en tu intercomunicador —replicó Baley pacientemente.


—Sí, lo recuerdo. Pero, vamos, me estoy poniendo filosófico. Nosotros y ellos. Diferentes modos de vida.


Baley sentía retortijones en las tripas. A medida que el Comisionado empleaba más circunloquios, más mortal se le figuraba la conclusión. Insinuó:
—Muy bien; pero, ¿qué hay de sorprendente en eso? No puedes esparcir ocho mil millones de personas sobre la Tierra en pequeños domos. Los Espacianos disponen de mucha más extensión en sus mundos; deja, pues, que vivan a su manera.


El Comisionado caminó hasta su sillón y se sentó. Sus ojos miraron a Baley sin parpadear, reducidos por los cristales cóncavos de sus gafas, y manifestó:
—No todos se muestran tan tolerantes respecto a las diferencias de cultura. Ni entre nosotros ni entre los Espacianos.
—De acuerdo. ¿Y bien?
—Hace tres días murió un Espaciano.
Ahora comenzaba. Las comisuras de los delgados labios de Baley se levantaron ligeramente; mas el efecto sobre su rostro triste y alargado resultó imperceptible. Comentó:
—Lo siento mucho. De algo contagioso, supongo. Algo virulento. Quizás algún catarro.


De pronto el comisionado apareció como sobresaltado:
—¿De qué estás hablando?
Baley no se molestó en responder. La precisión con que los Espacianos habían desterrado toda clase de enfermedades de su sociedad era bien conocida. El cuidado con el que evitaban, tanto como les era posible, todo contacto con los de la Tierra, plenos de enfermedades, era mejor conocida aún. No obstante, el Comisionado no supo captar el sarcasmo.


—Hablaba por hablar. ¿De qué murió? —inquirió Baley y se volvió hacia la ventana.
—Murió de una pérdida de pecho. Alguien le disparó con un desintegrador.
Baley se puso rígido. Sin volverse, exclamó:
—Pero ¿qué estás diciendo?
—Te estoy contando un asesinato. Tú eres un detective y sabes muy bien lo que es un asesinato.
—Pero, ¡un Espaciano! ¿Y hace tres días?

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