Louisa May Alcott
Aquella tarde de diciembre los niños del pequeño pueblo La Armonía se lanzaron a la calle para divertirse después de la primera nevada abundante del año. Todos estaban ansiosos por deslizarse en sus trineos. Los senderos elegidos eran tres. Uno de pendiente suave, terminaba en una planicie y generalmente estaba lleno de niños y niñas; otro cruzaba el lago helado y lo preferían los patinadores más temerarios; el tercero bajaba desde el cerro y moría bruscamente, al llegar a la cerca que rodeaba la carretera.
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Encaramados o sentados sobre la cerca, varios muchachos y niñas descansaban después de una veloz carrera y se divertían haciendo comentarios de sus compañeros que jugaban sobre la nieve.
—¡Miren a Frank Minot! Es tan formal como un juez —observó un muchacho de mentón enérgico y mirada inteligente.
—¡Y atrás viene Molly Loo, con su hermano Boo! —canturreó otro, al divisar a una niña con el pelo suelto que llegaba con un niño pequeño tras de sí.
—¡Y qué largada la de Gus Burton! —dijo un muchacho alto.
—¡Bravo, Ed Devlin! —exclamaron todos, saludando a un joven de sonrisa agradable, que siempre tenía una palabra amable para cada niña que encontraba.
—¡Y allí vienen Jack y Jill!
"¡Abran paso a Jack, el buenmozo!"
Los muchachos cantaron versos que tenían para casi cada uno de sus compañeros.
En un trineo rojo se acercaban un muchacho de pelo tan rubio que parecía de oro, y una niña de cabellos negros y mejillas rojas. Radiante de alegría, él agitaba una de sus manos.
—Jill sigue siempre a Jack, y él lo acepta —comentó una de las niñas.
—Es el mejor muchacho del mundo, jamás se enoja —repuso otra, recordando que varias veces Jack la había defendido de las bromas de sus amigos.
—No se atreve a enojarse con Jill, porque, si lo hiciera, ella le sacaría un ojo —gruñó Joe Flint, resentido aún, pues Jill no lo había dejado jugar en la pendiente suave, único lugar donde se divertían los niños pequeños.
—¡Jamás lo haría! ¡Es una chica muy buena! —exclamaron las niñas—. Estás envidioso porque es la primera de la clase y más inteligente que tú, Joe.
Joe continuó molesto y Merry Grant cambió de tema preguntando:
—¿Irán todos a la reunión esta noche?
—¡Sí! Frank nos invitó a todos y siempre nos divertimos en su casa —agregó Sue.
—Jack dijo que habría un barril de miel a nuestra disposición; y hasta podemos llevar un poco a nuestras casas —añadió uno de los muchachos, relamiéndose los labios.
—Vale la pena tener una mamá como la señora Minot —comentó Molly, que llegaba en su trineo con Boo. Sabía lo que decía, pues era huérfana y cuidaba a su hermano Boo con cariño y paciencia.
—¡Es tan buena! —exclamó Merry.
—Especialmente cuando organiza una fiesta —dijo Joe, tratando de ser amable y temiendo que no lo invitaran.
Todos rieron, luego entre bromas y risas el grupo se dispersó.
—Jack, llévame por esa bajada. Joe dijo que no me atrevería a ir por ahí y quiero demostrarle lo contrario —pidió Jill, cuando se detuvieron a descansar durante la ascensión del cerro.
—Es demasiado peligrosa. Sube y daremos una vuelta por el lago —propuso Jack indicándole a "Centella", nombre con el que había bautizado a su trineo.
—No puedo permitir que Joe diga que no me atrevo a hacer algo. Si tú tienes miedo, iré sola.
Y antes de que él pudiera contestar, ella subió al trineo y partió velozmente por la pendiente peligrosa. No llegó muy lejos, porque se apuró demasiado en partir y no guió como debía. La niña rodó por la nieve, donde permaneció riendo hasta que Jack vino a ayudarla a ponerse en pie.
—Si insistes en ir, te llevaré. No tengo miedo porque he bajado muchas veces esta pendiente con los muchachos. Pero desistimos de hacerlo porque es corta y mala —replicó Jack con valentía.
—Tienes razón, pero tendré que bajarla varias veces. Si no, Joe dirá que soy miedosa —repuso Jill, frotándose sus manos heladas.
—Toma mis mitones y quédate con ellos, si quieres. Yo no los uso nunca.
—¡Gracias! Son preciosos y me quedan muy bien. A cambio te tejeré algo para Navidad —exclamó Jill, contenta.
Se encaminaron hacia el lugar de donde partían las tres pistas para trineos.
—Y bien, ¿cuál de las tres tomamos? —preguntó el niño, con una mirada de advertencia en sus ojos.
—¡Ésa! ¡Ya te lo dije! —insistió la niña.
—Bien. Agárrate fuerte.
Se deslizaron a toda velocidad y se detuvieron bruscamente en el cerco de la barranca.
—No me pareció tan arriesgado. Subamos para repetirlo. Joe nos está mirando y me gustaría demostrarle que no le tenemos miedo a nada —dijo Jill.
—Parece que lo que quieres es partirte la cabeza —contestó Jack, mientras subían la colina.
—No; quiero probarles a los muchachos que las niñas somos valientes, fuertes y capaces de desafiar el peligro. Nos deslizaremos tres veces. Mi caída anterior no vale; así es que me tendrás que llevar otras dos veces.
Jill se sentó y miró a Jack con cara tan suplicante que el muchacho accedió de inmediato, lanzándose cuesta abajo.
—¡Es maravilloso! ¡Una vez más! —exclamó Jill, entusiasmada por los gritos de un grupo de patinadores que pasaba cerca de ellos.
Estaban tan orgullosos que iniciaron el descenso distraídamente. Jill olvidó aferrarse a su compañero y éste de guiar su trineo con cuidado.
Nadie supo cómo ocurrió, pero trineo y ocupantes cayeron en medio de la carretera. Se oyeron dos gritos y luego silencio…
—¡Sabía que terminarían así! —exclamó Joe. Y moviendo desesperadamente sus brazos, gritó—: ¡Accidente, muchachos! ¡Accidente!
El grupo corrió a socorrerlos. Jack tenía una herida en la frente, que sangraba, y trataba de sentarse para ver dónde estaba Jill.
El grupo que lo rodeaba se apartó para dejarlo ver a su amiga tirada sobre la nieve. No se le veían heridas, y cuando le preguntaron si estaba muerta, contestó:
—Creo que no… Y Jack, ¿está herido?
—Se rompió la cabeza —contestó Joe por él.
Jill cerró los ojos, y con voz muy débil dijo:
—No se preocupen por mí… Vayan a cuidarlo a él.
—¡No! ¡Estoy bien! —repuso Jack tratando de levantarse; pero, al apoyar su pierna izquierda, lanzó un grito de dolor y cayó nuevamente al suelo.
—¿Qué te pasa, Jack? —preguntó Frank, alarmado.
—Caí de cabeza, pero parece que me rompí la pierna. No le cuentes a mamá —pidió Jack, apretando el brazo de su hermano.
—Levántale la cabeza, Frank. Le ataré mi pañuelo para detener la sangre —dijo Ed Devlin, mientras colocaba un puñado de nieve sobre la herida.
—Será mejor llevarlo a su casa —aconsejó Gus.
—Lleven también a Jill; parece que se rompió la espalda. No puede moverse —añadió Molly Loo.
—¡Fue por mi culpa! —gimió Jack—. No debí haberla llevado por esa pendiente.
—No, la culpa fue mía. Si me hubiera roto todos los huesos, me lo tendría merecido. ¡No, no me ayuden, deberían dejarme morir de hambre y frío aquí! exclamó Jill, con angustia.
—Pero nosotros queremos ayudarte —murmuró Merry—. Ya veremos quién es el culpable.
—Allí viene un auto. Iré a decirle que se acerque —anunció Gus y salió corriendo.
Cuando se acercó el vehículo, los niños se tranquilizaron porque lo manejaba el señor Grant, padre de Merry.
—¿Tuvieron un accidente? Recuerdo que, cuando joven, aquí mismo me rompí la nariz —dijo, riendo.
—Levantemos primero a Jill, señor —pidió Ed, siempre tan galante con las niñas, mientras extendía su capa sobre el auto.
—Bien, niña. Quédate quieta y trataré de no lastimarte.
Por más cuidado que puso el señor Grant al levantarla, el dolor que Jill sintió fue tan agudo que hubiera gritado, pero se mordió los labios. Apenas estuvo instalada en el asiento ocultó su cara en la capa y dejó correr sus lágrimas. Luego colocaron a Jack a su lado.
Se pusieron en marcha y todos los niños caminaron junto al vehículo para acompañar a sus amigos. Sólo Joe permaneció en el lugar contemplando los restos de "Centella" que señalaban el lugar de la catástrofe.
***
Ni Jack ni Jill hablaron mucho acerca del accidente. Fue una dolorosa prueba para ambos. Cuando el médico puso los huesos de Jack en su lugar, le hizo dar varios gritos. Frank, que hacía de ayudante, se puso pálido al ver el sufrimiento de su hermano. El doctor Whiting le dio tan poca importancia a la fractura, que el niño, inocentemente, preguntó si estaría bien en una semana.
—¡Hum!… Eso no. Vas a tener que esperar por lo menos veintiún días para que se suelden los huesos.
—¡Tres semanas en cama! —se quejó con desesperación el paciente.
—Para un adulto serían cuarenta días de recuperación, jovencito. Es mejor que trates de soportar la prueba con valentía. Buenas noches; mañana te sentirás mejor. Y recuerda: nada de movimientos…
Cualquiera hubiera pensado que el daño sufrido por Jack era mayor, pero el médico parecía más preocupado por la espalda de Jill que por los huesos rotos del muchacho. La niña soportó un horrible cuarto de hora, mientras el doctor la examinaba.
—Manténgala inmóvil y el tiempo dirá cuál es la gravedad de su columna vertebral —fue lo que expresó ante la niña; pero si Jill hubiera oído lo que dijo a la señora Pecq, no se habría sorprendido al ver llorar a su madre mientras le arreglaba las almohadas.
—¡No me mimes tanto, mamá! Yo tuve la culpa de todo; Jack ha sufrido muchísimo. ¡Todos deberían odiarme! —sollozó Jill.
—No hables, hija, y trata de dormir. Toma un poco del vino que la señora Minot acaba de mandarte.
—No puedo dormir. No comprendo cómo la madre de Jack puede mandarme cosas después de que casi he matado a su hijo. Si algún día logro salir de esta cama, seré la mejor niña del mundo.
—Sería bueno que comenzaras de inmediato, porque me temo que no podrás levantarte por mucho tiempo —suspiró su madre.
—¿Estoy muy mal, mamá?
—El doctor cree que sí.
—Me alegro, es justo que sufra más que Jack. Lo soportaré bien, verás, mamá. Y ahora, ¿quieres cantarme algo? Trataré de dormir.
Jill cerró los ojos, y antes de que su madre terminara una antigua canción, la niña estaba profundamente dormida, sosteniendo un mitón rojo en su mano.
La señora Pecq era inglesa; después de la muerte de su marido, había comprado una pequeña casa, vecina a la gran mansión de la señora Minot. Se ganaba la vida vendiendo pan, trabajando en una fábrica o en cualquier tarea que le ofrecieran. Ahora se encontraba sentada junto a la cama de la niña, y sentía un gran pesar, porque sabía que su hija estaría muchos meses sin poder moverse. Una de las mayores ambiciones de la madre era ver el nombre de Janey Pecq en el cuadro de honor del colegio, como primera alumna.
Entretanto, la otra madre, sentada también al lado de la cama de su hijo, sentía la misma ansiedad, pero con más esperanza.
Jack tenía las mejillas enrojecidas por la fiebre y parecía dolerle su pierna. La gente entraba y salía de la casa. La noticia del accidente había corrido con mucha rapidez. Frank colocó un cartel en la puerta que decía: "Se ruega entrar por la puerta trasera", con el fin de que el ruido de los visitantes no molestara a su hermano herido.
—¿Te sientes mejor, hijo? —preguntó la señora Minot.
—No mucho, mamá. Pero me olvido del dolor oyendo la música que toca Ed. Supongo que está preocupado por mí.
—Todos lo están. Joe trajo los restos de tu trineo, porque pensó que a lo mejor te gustaría conservarlos.
Jack trató de reír, pero no pudo, aunque consiguió decir alegremente:
—Qué bueno es. No quise prestarle a "Centella" por temor de que me lo rompiera… Creo que no necesitaré de sus restos para recordar la caída. ¡Ojalá nos hubieras visto, mamá! Debió haber sido algo emocionante… para mirar.
—No, gracias. Ni siquiera quiero imaginármelo —repuso la señora—. Nada de travesuras por un tiempo.
—Lo sé. ¡Fui un tonto al bajar esa pendiente!
—A veces algunas diversiones cuestan caras, hijo. Otra vez mantente firme ante los deseos de Jill.
—Lo recordaré, mamá. ¿Está muy mal Jill?
—Mañana lo sabremos, esperemos que el daño no sea grande.
—Me gustaría saber que tiene un lindo dormitorio… Debe ser triste vivir en esos cuartos tan pequeños —dijo Jack, mirando su habitación llena de comodidades.
—Me ocuparé de que no le falte nada, y ahora trata de dormir, que te hará bien —repuso su madre.
Jack cerró los ojos, obediente, y luego de unos minutos el niño yacía tan inmóvil que su madre creyó que dormía, pero de pronto vio que una lágrima se deslizaba por su mejilla.
—¡Hijo! ¡Qué tienes! —exclamó, angustiada, la madre.
—Todos son tan buenos conmigo que no puedo dejar de portarme un poco tonto.
—¡Un poco tonto! —repitió la madre, preocupada—. El dolor nos enseña muchas cosas, y algunas de ellas son el cariño y la bondad que hay en el mundo. No lo olvides nunca, hijo mío.
—No lo olvidaré, mamá. Dame un beso y te prometo portarme bien.
Apoyando la cabeza sobre el brazo de su madre, Jack permaneció quieto hasta que se quedó dormido.
CAPÍTULO 2
La lucha contra el tedio
Durante algunos días nadie vio a los accidentados, pero éstos estaban permanentemente en todas las conversaciones. Para ellos, los primeros días después del desastre pasaron entre el sueño, el dolor y acostumbrándose a la idea de que por muchos meses no irían al colegio ni a jugar al aire libre. Pero como jóvenes de espíritu alegre que se reponen pronto, comenzaron a dar trabajo a sus enfermeras, las que debían hacer mayores esfuerzos para distraerlos.
En la Sala Número Uno, como llamaba la señora Minot al dormitorio de Jack, que era muy sencillo debido a su pasión por los deportes, el piso no tenía alfombra ni cortinas las ventanas, y su cama era estrecha y dura. Los únicos adornos eran unos patines, guantes de boxeo y una pequeña biblioteca con libros sobre deporte, caballos, salud, caza y viajes.
Ahora se había transformado en una habitación lujosa. Pero lo que más entristecía al inválido atleta era divisar, a través de la puerta entreabierta, sus trofeos deportivos apilados en un rincón dentro de la bañera y saber que, por un tiempo, todo eso debía ser dejado de lado.
Estaba a punto de llorar, cuando fijó sus ojos en la cara cansada de su madre, que preparaba vendas para curar sus heridas. Al mirarla, Jack recordó que hay una clase de valentía que vale mucho más que toda la fuerza del mejor atleta. Con qué valor y cariño lo había curado a pesar del esfuerzo que le costaba hacerlo y verlo sufrir.
—Acuéstate un rato, mamá, me siento muy bien. Frank me atenderá si necesito algo —propuso el muchacho.
Para la señora Minot, que estaba agotada, el rato se convirtió en tres horas y como Jack no tenía la menor intención de descansar, Frank se vio en apuros para entretenerlo.
—Te leeré algo —propuso Frank.
—Estoy cansado de la lectura, quiero hacer algo divertido —contestó Jack.
—¿Quieres jugar al naipe? —sugirió el hermano mayor.
—No tiene gracia jugar de a dos —se quejó el enfermo.
—¿Te gustaría tener un telégrafo o un teléfono para comunicarte con Jill? ¡Eso sí que sería divertido!
—¿Podrías?
—Comenzaré por construirte el telégrafo, así podrás enviarle cosas, si quieres —añadió Frank.
—¡Hazlo cuanto antes! Será una diversión para mí y también para Jill, porque sé que quiere comunicarse conmigo.
—Pero deberé dejarte solo por algunos minutos mientras preparo las cuerdas necesarias.
—¡Oh! No te preocupes; no necesitaré nada, y si me hace falta algo, llamaré a Ana.
—No, podrías despertar a mamá. Yo te arreglaré algo de modo que no necesitarás de nadie —y el joven inventor unió el atizador a la caña de pescar, fabricando un gancho que llegaba al otro extremo de la habitación.
—Aquí tienes un brazo. Trata de enganchar algo para ver cómo funciona —dijo, pasándoselo a Jack, quien lo tomó con tanto entusiasmo que, por alcanzar un pañuelo que estaba sobre la mesa, arrastró con él el mantel. Luego, al intentar correr la cortina rompió un vidrio de su ventana.
—No lo uses sino en caso de extrema necesidad. Quédate tranquilo y dentro de diez minutos tendrás tu telégrafo, así es que empieza a escribir el mensaje para Jill —propuso Frank.
Frank hizo un agujero en el cerco que separaba las dos casas; luego tendió una cuerda, haciéndola pasar por la abertura, la cual ató a ambos extremos y finalmente colgó de ella un pequeño canasto que se deslizaba por la cuerda, gracias al ingenioso sistema.
En el primer mensaje iban una naranja y una carta:
"Querida Jill: Siento mucho que no puedas venir a verme. Estoy bastante bien, pero aburrido de la inmovilidad. Tengo deseos de verte. Frank instaló un telégrafo para que podamos escribirnos. ¡Será entretenido! Cuando tú tires de tu cuerda, sonará una campana, y entonces sabré que me envías un mensaje. Te mando una naranja. ¿Te gusta la jalea? Todos me traen cosas ricas y quiero compartirlas contigo. Adiós.
Jack."
El canasto salió y quince minutos más tarde regresó con la naranja adentro.
—¡Se enojó! —exclamó Jack, cuando Frank le pasó el cesto con el mensaje. Pero, en cuanto tomó la fruta, la cáscara se abrió y cayeron de ella una carta, dos dulces y una lechuza tallada en una nuez.
—¡Esto es tan de Jill! ¡Es capaz de bromear aunque esté medio muerta! Veamos qué dice:
"Querido Jack: No puedo moverme, lo que es horrible. El telégrafo es un gran invento y nos divertiremos mucho. Sí, me gusta la jalea. La naranja estaba deliciosa. Mándame un libro, pero que trate de osos, de barcos y de cocodrilos. Vino a verme Molly Loo y dice que el colegio parece otro sin nosotros. Saludos.
Jill."
Jack le mandó el libro y una jalea, que se derramó en el camino. Jill contestó en seguida, con un gatito como préstamo que encantó al niño y al que comenzó a acariciar, pero en ese momento escuchó un prolongado silbido.
—Son los muchachos ¿quieres que suban? —preguntó Frank.
—¡Sí! —contestó Jack, escondiendo el gato, temiendo que lo vieran con un juguete poco varonil.
—¡Hola, amigo! —dijeron los tres a un tiempo.
—Pasen, muchachos. ¡Me alegro de verlos! —exclamó el enfermo.
—¿Te molesta mucho la pierna, Jack?
—No demasiado. Siéntense y sírvanse algo —ofreció Jack—. Todas las señoras me han mandado cosas ricas, y no logro comerlas porque son demasiadas. Ayúdenme a terminarlas.
En unos minutos los muchachos hicieron desaparecer todo. Durante media hora, las cinco lenguas funcionaron sin descanso hasta que sonó la campanilla anunciando un mensaje.
—Esa es Jill. Atiéndela, Frank —dijo Jack, mientras invitaba a sus amigos a ver el nuevo invento. Dieron gritos de alegría cuando llegó el canasto. Era un muñeco con una pierna vendada, y una carta que decía:
"Joven: He visto entrar a los muchachos y sé que lo estás pasando bien, por lo tanto te envío los caramelos que me trajeron Molly Loo y Merry. También te mando un retrato de Jack Minot. ¡Cómo me gustaría estar contigo! Tu
J.P."
—Enviémosle cada uno una carta —propuso Jack, idea que fue aceptada por todos.
"Querida Jill: Siento que no estés aquí. Nos estamos divirtiendo mucho. Jack está de excelente humor. Laura y Lot te enviarían cariños si estuvieran con nosotros. Apúrate en curarte.
Gus."
"Querida Alelí: Espero que te encuentres cómoda en tu "celda". ¿Te gustaría una serenata a la luz de la luna? Espero que pronto sanes, porque te echamos de menos. Tu amigo.
E.D."
"Señorita: Tengo el placer de comunicarle que todos estamos bien, y esperamos que usted también se encuentre bien de salud. Aquí hemos tenido un banquete. No me importaría romperme una pierna, si tuviera tantas cosas ricas para comer y ninguna tarea que hacer.
"Sin más. La saluda
Joe P. Flint"
"Querida Jill: Quisiera poder enviarte un poco de la entretención que me dan los muchachos. Como no puedo hacerlo, te mando todo mi cariño. Mañana mamá irá a verte y te contará cómo estoy. Buenas noches. Tu
Jack."
—¡Qué carta tan tierna! —se burló Joe, mientras sus compañeros se reían y Jack lanzaba su almohada contra el burlón.
El improvisado proyectil casi golpeó a la señora Minot en el momento que llegaba con la bandeja del té para su enfermo. Al verla, los muchachos se apresuraron a retirarse, sobre todo Joe.
—Frank, quédate y dime qué pasó —ordenó la mamá.
—No fue nada, mamá. Los muchachos estaban embromando a Jack por una carta que mandó a Jill.
Cuando el hermano mayor partió corriendo, la señora Minot aseguró a Jack que no había nada malo en su carta.
—¿Verdad que no está mal quererla? Es simpática, alegre y buena… Además, me quiere mucho, y no tengo por qué avergonzarme de ello —protestó Jack.
—No, hijo, y prefiero verte jugar con una niña alegre que con niños bruscos, de quienes aún no puedes defenderte —contestó la madre.
—¡No digas que no puedo defenderme! —exclamó Jack, molesto—. Mira los músculos de mis brazos…
La señora Minot se rió del enojo de su hijo, pero en eso se oyó la campanilla y tuvo que ir a recibir el canasto.
El último despacho del "Gran Telégrafo Internacional" —como lo llamaron desde ese día, fue un magnífico pedazo de torta de manzana y un queque recién salido del horno, con una carta que decía: "Con los mejores recuerdos de J.M."
***
En la Sala Número Dos, como llamaron al dormitorio de Jill, no reinaba tanta alegría, porque la señora Pecq tenía mucho que hacer, y Jill, para entretenerse, sólo contaba con las cortas visitas de sus compañeras y los juegos que ella podía inventar. Por suerte, poseía una gran imaginación. Pero la inactividad a que la obligaba el dolor de su columna vertebral comenzaba a aburrirla. Además, había notado la preocupación del médico, cuando la revisaba, y la mirada ansiosa de su madre, temiendo quizá que su hija quedara inválida.
El telégrafo resultó una gran distracción para los enfermos, pero terminó por aburrirlos, porque ninguno de los dos tenía gran cosa que decirse, fuera de los cambios de salud.
—Esta niña terminará por enfermarse de aburrimiento —comentó la señora Pecq a la madre de Jack, que la visitaba—. Está nerviosa y cualquier cosa la preocupa. Por ejemplo, el dibujo del papel del cuarto la hace sentirse rodeada de arañas, y no tengo otra habitación donde ponerla ni dinero para cambiar el empapelado de su dormitorio.
La señora Minot miró a su alrededor y comprendió que Jill no se sintiera a gusto allí. Estaba limpia y ordenada, pero era demasiado sencilla, sin cuadros ni adornos.
Jill se encontraba durmiendo en una cama plegable que el doctor Whiting le había enviado y cuyo colchón podía levantarse a voluntad. Lucía muy hermosa con sus largas pestañas negras que contrastaban con el rojo de sus mejillas afiebradas y su lindo pelo suelto sobre la almohada.
—Ánimo, amiga, debemos ayudarnos en esta dura prueba —repuso la señora Minot.
—Así lo haremos, señora —añadió la señora Pecq, estrechando la mano de su vecina.
—Lo que debemos hacer es rodearla de felicidad, y lo demás lo hará el tiempo. Empezaremos desde ahora, así tendrá una grata sorpresa cuando despierte.
Y mientras hablaba, la señora Minot tomó una revista que había traído y recortó varios dibujos coloreados que fijó sobre el papel del muro frente a la cama.
—No se preocupe, vecina. Tengo una idea que creo será beneficiosa para todos, si logro ponerla en práctica —dijo, alegremente, cuando se despidió de la señora Pecq.
Cuando Jill abrió los ojos, la pared desnuda con sus arañas se había transformado en un alegre conjunto de dibujos coloreados.
—¡Qué bonito! —exclamó la niña y preguntó: ¿Quién los trajo?
—El hada buena que jamás viene con las manos vacías —y la mamá señaló un hermoso racimo de uvas, unas flores y una bata al pie de la cama.
Luego llegaron Merry y MolIy Loo, con Boo, por supuesto. Entonces empezaron los comentarios:
—Es buena idea cubrir ese horrible papel con dibujos. Ahora recuerdo que en el desván de mi casa tengo revistas de modas antiguas, que son muy divertidas. Ahora mismo iré a buscarlas y recortaremos —exclamó Molly Loo.
Las niñas se entretuvieron mucho con los antiguos figurines y las hermosas modelos con sus trajes pasados de moda.
—¡Qué linda está esta novia! —exclamó Jill.
—Yo prefiero los elefantes. ¡Cuánto daría por ir de cacería! —añadió Molly Loo.
—¡A mí me gusta más "La clase de baile"! ¡Es tan elegante! ¡Qué lindo seria vivir en un castillo! —agregó Merry.
—¿No les gusta este barco? —preguntó la señora Pecq—. Me hace recordar a Inglaterra… Hay días en que añoro mi patria.
—Me gustaría ser una misionera —interrumpió Molly Loo—. Ayudaría a los niños y les enseñaría a ser buenos cristianos.
—No es necesario ir al Asia o África para ser misionera, Molly Loo. En cualquier lugar del mundo se puede hacer el bien —replicó la señora Pecq.
—¡Me encantaría que pudiéramos hacer el bien en nuestro pueblo! ¿Verdad, chicas? —exclamó Molly, entusiasmada.
—Sería espléndido tener una sociedad formada por nosotras y hacer reuniones y tomar decisiones —repuso Merry.
—Pero no dejaríamos entrar a los muchachos. Sería una sociedad secreta, y tendríamos nuestro santo y seña. ¡Qué divertido sería que encontráramos algunos salvajes por civilizar! —añadió Jill.
—Eso no sería difícil —repuso su madre, sonriendo—. Conozco una pequeña salvaje que necesitaría ser civilizada..: Comienza por casa, hija, y encontrarás en qué ocupar tus aptitudes de misionera…
—Soy yo ésa, ¿verdad? Bien; seré tan buena que la gente no me reconocerá. En los libros de cuentos, los niños enfermos siempre se vuelven buenos; veremos si en la realidad ocurre lo mismo —comentó Jill.
—Y tú, Merry, podrías hacer mucho en tu casa, ayudando a tu madre y dando buen ejemplo a tus hermanos. Una niña en una casa puede cambiar muchas cosas y convertir su hogar en un lugar bello y cómodo… Hay que trabajar, en lugar de soñar con castillos.
Merry se sonrojó, pero aceptó la observación de la señora Pecq y se propuso ser útil en su casa.
—¿Y qué puedo hacer yo? Después de las peleas con la señorita Bat, ni media docena de cocodrilos puede asustarme —dijo Molly Loo, refiriéndose a la anciana que dirigía la casa de su padre.
—No tienes que ir muy lejos para encontrar al pequeño salvaje que esperas —comentó la señora Pecq, mirando a Boo, que estaba resfriado y no tenía pañuelo; sus manitas, muy sucias, lucían sabañones y su vestuario estaba muy descuidado.
—Es verdad —reconoció la niña—; parece un verdadero salvaje… Trato de cuidarlo lo mejor que puedo, pero la señorita Bat no se ocupa de él y papá se ríe cuando le hablo del asunto.
Era cierto, porque el padre de Molly vivía siempre muy ocupado en sus negocios. La señorita Bat era una anciana que creía que su obligación se limitaba a atender a su patrón viudo, y no se preocupaba de los niños. Molly notaba que muchas cosas no marchaban bien en su casa, pero no sabía cómo arreglarlas.
—Y lo harás, querida —contestó la madre de Jill, animándola—. Y ahora que cada una de ustedes tiene una misión que cumplir, yo también seré un miembro de la sociedad, y pienso que haremos grandes cosas.
—No empezaremos hasta después de Navidad. ¡Hay tanto que hacer! —exclamó Jill.
—¡Qué lástima que tengamos que suspender la fiesta de Navidad! —se lamentó Merry—. Sin ti y sin Jack no será lo mismo, sólo tendremos que conformarnos con los regalos.
—Dentro de quince días yo estaré bien, pero Jack no; podríamos hacer un baile en su habitación, así él podrá divertirse —sugirio Jill.
—Podrías decírselo a Jack —propuso Molly Loo.
Mandaron la carta y, entretenidas, se habían olvidado por completo de la contestación, cuando sonó la campanilla. En el canasto venían papeles de colores y una caja de cuentas brillantes, cintas de colores, un carrete de hilo, agujas y una carta de la señora Minot.
"Querida Jill: Pienso adornar un árbol de Navidad para que tú y Jack se diviertan, con todos sus amigos. Te envío papel para que fabriques bolsas para los bombones, y algunas cuentas para que hagas collares. Si te hace falta alguna cosa, pídemela.
Ana Minot."
—¡Qué corazón tan bondadoso! —exclamó la señora Pecq, al darse cuenta de que su vecina había encontrado una distracción para su hija.
Las niñas dieron gritos de alegría ante los hermosos colores de las cuentas, e inmediatamente se pusieron a trabajar y no tardaron en lucir cada una un hermoso collar.
Una vez sola, Jill empezó a cantar alegremente mientras enhebraba las preciosas cuentas y fabricaba las bolsas.