Honorina

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Al señor Aquiles Deveria
Afectuoso recuerdo
del autor.
 
Si los franceses tienen tanta repugnancia por los viajes como los ingleses afición, acaso tengan tanta razón los unos como los otros. Es fácil encontrar en cualquier parte algo mejor que Inglaterra, mientras que es completamente difícil encontrar lejos de Francia los encantos que ésta encierra. Los otros países ofrecen admirables paisajes, y suelen presentar un confort superior al de Francia, que en este género hace lentos progresos.

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 Desplegan una magnificencia, una grandeza, un lujo deslumbrador; no carecen de gracia ni de formas nobles; pero la vida intelectual, la actividad de las ideas, el talento de la conversación y ese aticismo tan común en París; pero ese súbito conocimiento de lo que se piensa y de lo que no se dice, ese genio para adivinar ó sobrentender frases no expresadas, ese algo que constituye el mayor encanto de la lengua francesa, no se encuentra en ninguna parte. Por eso los franceses, cuyo carácter bromista es tan poco conocido, se ponen pronto mustios en el extranjero, como un árbol trasplantado. La emigración es un contrasentido en la nación francesa. Muchos franceses, especialmente aquellos á quienes aquí nos referimos, confiesan que experimentan cierto placer al ver á los aduaneros del país natal, cosa que puede parecer la hipérbole más atrevida del patriotismo.
Este pequeño preámbulo tiene por objeto recordar á los franceses que han viajado el placer que habrán experimentado, cuando alguna vez han vuelto á encontrar toda la patria, convertida en un oasis en el salón de un diplomático, placer que no podrán comprender los que no han dejado nunca de pisar el asfalto del bulevar de los Italianos, los cuales las orillas del lado izquierdo del muelle no son ya París. ¡Volver á París! ¿Sabéis lo que es esto parisienses? No es encontrar la cocina del Rocher de Cancale, como Borel la cuida para los golosos que saben apreciarla, porque esto no se halla más que en la calle Montorgueil; pero es encontrar un servicio que la recuerda. Es encontrar los vinos de Francia, que son un mito fuera de ella, que son raros como la mujer de que vamos á ocuparnos aquí. Es encontrar, no la broma á la moda, pues ésta, de París á la frontera se desvanece, sino esa mezcla espiritual, comprensiva en que viven los franceses desde le poeta hasta el obrero, desde la duquesa hasta el pilluelo.
En 1836, durante la permanencia de la corte de Cerdeña en Génova, dos parisienses más ó menos célebres, pudieron todavía creerse en París al encontrarse en un palacio habitado por el cónsul general de Francia, sobre la colina, último pliegue que forma el Apenino entre la puerta de Santo Tomás y la famosa linterna, que figuró siempre en todas las casas de campa de Génova. Este palacio es una de las famosas casas de campo en que los genoveses han gastado millones, en tiempo de su república aristocrática. Si la media noche es bella en alguna parte, seguramente lo es en Génova como en ninguna otra; sobre todo cuando ha llovido como llueve allí, á torrentes, durante todo el día; cuando la pureza del mar rivaliza con la pureza del cielo; cuando el silencio reina en e1 muelle y en los bosques de esta ciudad, en sus mármoles y en sus fuentes de cien bocas, por donde corre el agua con misterio; cuando brillan las estrellas, cuando las olas del Mediterráneo se enlazan unas á otras como las confesiones de una mujer cuyas palabras le vamos arrancando una á una. Reconozcámoslo: ese instante en que el aire embalsamado perfuma los pulmones y los ensueños, en que la voluptuosidad visible y movible como la atmósfera se apodera de vosotros, mientras os halláis en un sillón, con una cuchara en la mano, deshaciendo los helados más exquisitos, contemplando un pueblo dormido á vuestros pies, y hermosas mujeres á vuestro lado; estas horas á lo Bocaccio no se encuentran más que en Italia y en las orillas del Mediterráneo. Suponed alrededor de la mesa al marqués de Negro, aquel hermano hospitalario de todos los talentos que viajan, y al marqués Dámaso Pareto, dos franceses disfrazados de genoveses; á un cónsul general, rodeado de una mujer hermosa como una virgen y de dos niños silenciosos, porque se hallan bajo la presión de Morfeo; al embajador de Francia y á su mujer, á un primer secretario de embajada, que se cree suspicaz y malicioso; á dos parisienses que van á recibir de la mujer del cónsul audiencia de despedida, en una comida espléndida y os representaréis un cuadro que ofrecía la explanada da la ciudad hacia mediados de mayo, cuadro dominado por una mujer célebre, sobre la cual se concentraban las miradas en algunos momentos, y por la heroína de esta fiesta improvisada. Uno de los dos franceses era el famoso paisajista León de Lora; el otro un celebre un célebre crítico, Claudio Viñón: ambos acompañaban á esa célebre mujer, la señorita de Touches, que era una de las lumbreras de su sexo y de la época, conocida en el mundo literario por el nombre de Camila Maupín. La señorita de Touches fué Florencia por negocios. Había prodigado á León de Lora la encantadora complacencia de acompañarle á visitar Italia, y le había hecho ir á Roma para conocer la campiña. Habiendo ido por Simplón, volvía por la Corniche á Marsella. Quiso detenerse en Génova para complacer al paisajista. Naturalmente, el cónsul general había querido hacer los honores de Génova, antes de la llegada de la corte, á una persona tan apreciada por su nombre y posición, como por su talento. Camila Maupín, que conocía de Génova hasta la última capilla, dejó á su pintor entregado á los cuidados del diplomático y de los dos marqueses genoveses, y fué avara de sus momentos. Aunque el embajador fuese un escritor muy distinguido, la célebre escritora se negó á ciertos cumplimientos, temiendo lo que los ingleses llaman una exhibición; pero ella cambió de resolución desde el momento en que se trató de dedicar un día de despedida á la casa  de campo del cónsul. León de Lora dijo á Camila que su presencia en la misma era el mejor testimonio de agradecimiento hacia el embajador y su mujer, los dos marqueses genoveses, el cónsul y su esposa. La señorita de Touches sacrificó, pues, uno de esos días de libertad, como no suelen gozar en París las personas célebres, en las cuales el mundo tiene fijas las miradas. Descrita ya la reunión, es inútil decir que la etiqueta había sido desterrada de ella; vanas señoras encopetadas sintieron curiosidad por conocer á Camila, para observar si la belleza física correspondía á la virilidad de su talento. Desde la comida hasta las nueve, hora en que fué servida la colación, la conversación se deslizó festiva ó grave alternativamente, amenizada por las festivas ocurrencias de León de Lora, que pasaba por uno de los hombres de trato más agradable. Tuvieron el buen gusto de no fatigarse mutuamente con discusiones científicas, aunque después de tocar mil cuestiones diferentes, concluyesen por ocuparse, ligeramente y en una forma bellísima, de artes y letras. Pero, antes de llegar á la conversación  cuyo giro le hizo tomar la palabra al cónsul general, no creemos inútil decir algo acerca de su familia y de él.
Este diplomático, hombre de unos treinta y cuatro años, casado hacía ya seis, era el vivo retrato de lord Byron. La celebridad de la fisonomía del gran poeta inglés nos evita hacer un bosquejo de la del cónsul. Podemos, sin embargo, hacer observar que no había afectación ninguna en su aire soñador. Lord Byron era poeta, y el diplomático era poético; las  mujeres saben  reconocer perfectamente esa diferencia que explica, sin justificarlo, el atractivo que ellas le encuentran. Esta belleza, puesta de relieve por un carácter encantador y por las costumbres adquiridas en una vida solitaria y laboriosa, había fascinado á una heredera genovesa. ¡Una heredera genovesa! Esta frase acaso hará reir en Génova, á causa de la desheredación de las solteras: allí rara vez es rica una mujer; pero Honorina Pedrotti, hija única de un banquero sin herederos varones, era una excepción. A pesar de las ventajas que produce una pasión que se inspira, el cónsul general no parecía quererse casar, cuando se hallaba al principio de sus relaciones amorosas. Sin embargo, después de dos años de permanencia allí, el matrimonio fue concertado. El cónsul se decidió al matrimonio, más que por la pasión que inspiraba á Honorina, por una de esas crisis de la vida que hacen inexplicables hasta las acciones más naturales. Estos embrollos de las causas, afectan frecuentemente á los sucesos más serios de la historia. Las gentes de Génova hacían mil conjeturas acerca del casamiento del cónsul, querían explicarse su melancolía con la palabra pasión; pero también acerca de esta palabra, con referencia al cónsul, emitían opiniones muy divergentes, sobre todo las mujeres. Estas no  se quejan jamás de ser elegidas para una preferencia, y se inmolan con gusto á la causa común. Honorina Pedrotti, que tal vez hubiese detestado al cónsul si hubiera sido desdeñada completamente, no amaba menos á su esposo al verle enamorado. Unas veces se consideraba olvidada, y preferida otras: las mujeres admiten siempre la preferencia en los asuntos de corazón. Todo lo creen salvado, mientras se trate del sexo femenino. Un hombre no es diplomático impunemente: el esposo fue callado como la tumba, y tan reservado, que los negociantes de Génova creían ver alguna premeditación en su conducta. Algunos decían que la heredera representaba en la comedia de la vida el papel de la enferma imaginaria en amor; otros no creían que aquello fuese una comedia. Sea lo que fuere, es lo cierto que la hija de Pedrotti hizo de su amor un consuelo, meciendo su espíritu en una cuna de ilusiones. El señor Pedrotti no pudo quejarse de la elección que había hecho su querida hija. Protectores poderosos velaban en París por la fortuna del joven diplomático. Según la promesa del embajador á Pedrotti, al cónsul le fué concedido el título de barón y la encomienda de la Legión de honor. Al señor Pedrotti le fue concedido por el rey de Cerdeña, el título de conde. La fortuna de la casa Pedrotti, valuada en dos millones, ganados con el comercio de trigos, les cupo en suerte á los desposados seis meses después de su unión, pues el último y primero de los condes Pedrotti, murió en enero de 1831. Honorina Pedrotti era una de esas hermosas genovesas, que son las más encantadoras de Italia, cuando son espléndidamente bellas. Miguel Ángel tomó sus modelos en Génova: de allí vienen esa amplitud y esa curiosa disposición del pecho en las figuras del Día y la Noche, preciosas estatuas colocadas al borde de una tumba, dos veces inmortal. En Génova la belleza no existe hoy más que en el mezzaro, como en Venecia no se encuentra más que en los fazzioli. Este fenómeno se observa en todas las naciones arruinadas. El tipo noble no se encuentra más que en el pueblo, como después del incendio de una ciudad no se encuentran algunas monedas más que entre las cenizas. Pero aparte toda excepción como beneficio de la fortuna, Honorina era también una excepción como belleza patria. Recordad la estatua de la Noche de Miguel Ángel; disfrazarla con ropaje moderno, trenzando sus hermosos cabellos, alrededor de su bella cabeza; colocad una chispa de fuego en sus ojos soñadores, envolved su mórbido pecho en una echarpe elegante, imagináosla con un largo vestido blanco sembrado de flores, suponed que la estatua dotada de movimiento, se ha sentado con los brazos cruzados y tendréis el exacto retrato de la mujer del cónsul, estrechando a un niño de seis años, bello como el deseo de una madre y con una preciosa niña de cuatro años sobre las rodillas; tipo de esos cuidadosamente buscados por David, el escultor, para adornar tumbas infantiles. Este bello matrimonio fué objeto de la atención secreta de Camila. La señorita de Touches reconocía en e1 cónsul un aire demasiado distraído, para un hombre completamente feliz. Aunque durante todo el día la mujer y el marido le aparentaron una felicidad completa, Camila se preguntaba, por qué uno de los hombres mas distinguidos que había encontrado en su vida, y que había visto en los salones de París, permanecía de cónsul en Génova, poseyendo una fortuna de más de cien mil francos de renta.
—Ciertamente, decía ella, estos dos hermosos seres se amaran hasta la muerte. ¿Qué habrá de cierto en ello? Nada se puede asegurar. El cónsul poseía la calma absoluta de los ingleses, de los orientales y los diplomáticos consumados.
Por fin, hablaron de literatura nuevamente, y hablando de esta materia se manosea el mismo tema de siempre: ¡la culpa de Eva! Muy pronto tuvieron que luchar opiniones contrarias: preguntáronse con entusiasmo quién entre la primera mujer y el primer hombre, había tenido mayor culpa en la falta de la mujer. Las tres mujeres que se hallaban presentes: la embajadora, la mujer del cónsul y la señorita de Touches, estas mujeres reputadas como irreprochables fueron despiadadas para juzgar á la mujer. Los hombres quisieron probarles, y se esforzaron en ello, que podía ser virtuosa una mujer después de su primera falta.
—¿Cuánto tiempo vamos á jugar aquí al escondite? preguntó León de Lora.
—Vida mía, dijo el cónsul, anda á acostar á tus hijos y dí a Gina que me traiga la cartera negra que se halla en mi escritorio.
La mujer del cónsul se levantó sin hacer objeción alguna lo que demostraba que amaba á su marido, pues conocía bastante á los franceses para comprender que en aquellos momentos su marido quería alejarla.
Al marchar Honorina, el cónsul habló en estos términos:
—Voy á referiros una historia en la cual he tenido un importante papel, y después podremos discutir, porque me parece pueril querer introducir el escalpelo en un muerto imaginario. Para disecar, hay que tener forzosamente un cadáver.
Los circunstantes se prepararon á oir con atención: todos habían hablado demasiado y los recursos de la conversación se iban agotando razón por la cual ésta se hallaba próxima á languidecer. Momentos como éste deben elegir los narradores para obtener la atención que desean. Veamos lo que el cónsul refirió.
«Cuando yo contaba veintidós años y cuando acababa de recibir el grado de doctor en Derecho, mi viejo tío el abate Loraux, de setenta y dos años de edad entonces, tuvo la idea de buscarme un protector y de hacerme entrar en una carrera cualquiera. Este hombre, que era casi un santo, consideraba cada nuevo año como un bien, ó una gracia especial  que Dios le concedía. No necesito decir cuán fácil le era al confesor de su Alteza Real, dar colocación á un joven educado por él, siendo además este joven el único hijo de su hermana. Uno de los últimos días del año 1824, este venerable anciano, que hacía cinco años que se hallaba de párroco en Blancs-Manteaux, en París, subió al cuarto que yo ocupaba en la casa rectoral y me dijo: —Esmérale, hijo, de tu atavío, pues quiero presentarte á la persona que te ha de tomar á sus órdenes, con el cargo de secretario Creo no equivocarme si te digo que esa persona podrá reemplazarme si Dios me llama á su santa gloria. A las nueve diré la misa, te restan, pues, tres cuartos de hora para prepararte, sé breve.
»—¡Ay! tío, exclamé, cuán doloroso me es dar un adiós á este cuarto, en el que tan feliz he sido por espacio de cuatro años.
»—No tengo fortuna que legarte, me respondió.
»—¿No me deja usted la protección de su buen nombre, el recuerdo de sus nobles acciones, y …?
»—No hablemos de esa herencia, me contestó sonriendo. Si conocieras algo el mundo, sabrías que éste estima en poco el legado á que te has referido, mientras que colocándote al lado del conde…»
—Permitidme, dijo el cónsul, designar á mi protector por su nombre de bautismo solamente, y apellidarle el conde Octavio.
»—Al llevarte á casa del conde Octavio, creo darte una importante protección, que equivaldrá seguramente á la fortuna que yo te hubiera preparado, si la muerte de mi hermano y la de mi cuñado no me hubieran sorprendido como un rayo en un día sereno. Todo esto será si agradas á ese digno hombre de Estado, como espero que suceda. Estarás allí, Mauricio, como un hijo en casa de sus padres. El señor conde te asigna dos mil cuatrocientos francos, una habitación en su palacio, una indemnización de mil doscientos francos para tus alimentos, pues para dejarte obrar con libertad no te obliga á sentarte á su mesa y tampoco quiere entregarte á los cuidados de los criados. No he aceptado el ofrecimiento hasta enterarme de que el secretario del conde Octavio será considerado y respetado. Trabajarás mucho, porque el conde es muy trabajador, pero al salir de su casa, te hallarás en aptitud de desempeñar elevados cargos. No creo preciso recomendarte la discreción, primera cualidad necesaria á los hombres que se dedican á cargos públicos.
»¡Juzguen ustedes cuán grande sería mi curiosidad al oir todo esto!
»E1 conde Octavio ocupaba entonces uno de los más altos cargos en la magistratura, poseyendo además la confianza de la Delfina, que acababa de nombrarlo ministro de Estado: llevaba una vida parecida á la del conde de Sérizy, que todos ustedes conocen; pero algo más obscura, pues vivía en Marais, calle Payenne, y no recibía casi nunca. Su vida privada quedaba oculta á la curiosidad pública por su modestia cenobítica y su constante laboriosidad. Déjenme pintarles en pocas palabras mi situación. Después de haber encontrado en mi colegio de San Luis un digno representante de mi tío, en el que éste había delegado sus poderes, concluí mis estudios á los diez y ocho años de edad. Salí de aquel colegio, tan puro como sale un seminarista de San Sulpicio. En su lecho de muerte, obtuvo mi madre la concesión, por parte de mi tío, de que yo no sería sacerdote; pero yo era tan piadoso como si hubiera estado preparado para recibir las órdenes sacerdotales. A mi salida del colegio, el abate Loraux me tomó á su cargo para dirigirme en todo. Durante los cuatro años de estudios necesarios para tomar los grados, trabajé mucho y sobre todo en el árido terreno de la jurisprudencia. Apasionado por la literatura, deseaba saciar mi sed de ella. Desde que leí las mejores obras clásicas, me aficioné al teatro, y asistí á él todos los días durante algún tiempo, aunque mi tío no me daba más que cien francos al mes. No podía ser más espléndido, porque destinaba mucho á los pobres y porque quería contener en sus justos límites los deseos de un muchacho inexperto. Al entrar en casa del conde Octavio, yo no era inocente, y, sin embargo, consideraba crímenes mis escapatorias. Mi tío era tan angelical, que por el temor de disgustarle, jamás había yo dormido dos noches fuera de casa en los cuatro años que estuve á su lado. Él tenía la bondad de no acostarse hasta que yo me hubiese retirado. Esta tierna solicitud tenía para mí más fuerza que todos los severos sermones con que llenan la vida de los jóvenes las familias puritanas. Ajeno á las diferentes clases sociales de la sociedad parisiense, no conocía á las mujeres distinguidas ni á las del pueblo, más que por haberlas visto en los paseos ó teatros y á gran distancia siempre. Si en esa época me hubieran dicho: «Vas á ver á Camila, á Camila Maupín», hubiera sentido un fuego devorador en el corazón y en la cabeza. Las personas célebres eran en mi opinión dioses que no andaban, no comían, no dormían y no hablaban, como las demás criaturas. ¡Cuántos cuentos de las Mil y una noches crea la imaginación de un adolescente! ¡Cuántas lámparas maravillosas han de haberse manejado antes de saber que la verdadera lámpara maravillosa es el genio, la fortuna ó el trabajo! Para algunos hombres, estos sueños del espíritu duran muy poco; en mí duraron bastante. Largo tiempo me dormí, creyéndome gran duque de Toscana, millonario, amante de una princesa, ó célebre. De este modo, entrar en casa del señor conde Octavio y tener cien luises al año para mí solo, era entrar en una vida feliz é independiente. Entreví alguna probabilidad de penetrar en la  sociedad y buscar en ella lo que más deseaba mi corazón, una protectora que me librase de la vida peligrosa y del abismo en que suelen caer en París los jóvenes de veintidós años, aunque sean juiciosos y pertenezcan á familias distinguidas. Empecé á temerme á mí mismo. El estudio constante de mis deberes con referencia á la situación en que me había colocado, no era suficiente para calmar la exaltación de mi fantasía. A veces me abandonaba mentalmente á la vida de teatro, buscaba emociones, creía poder ser un gran actor, ambicionaba triunfos y amores sin fin, ignorando las decepciones que se ocultan tras el telón, como en todas partes, pues todo escenario tiene sus bastidores. Algunas veces sentía mi corazón abrasado ante el deseo de enlazarme á una bella mujer, empezando por seguirla hasta su casa, espiarla, escribirle, entregarme á ella completamente y vencerla á fuerza de amor. Mi pobre tío, aquel tierno corazón abrasado en la caridad y en el amor divino, mi tío, aquel niño de setenta y dos años, inteligente como Dios y sencillo como un hombre de genio, adivinaba las tempestades de mi alma y no perdía ocasión de decirme: «¡Anda, Mauricio, tienes veinticinco francos, diviértete, tú no has de ser sacerdote.» Decía esto cuando veía que se iba á romper la tirante cuerda á que me tenía sujeto. Si hubieran visto ustedes el fuego sagrado que iluminaba sus ojos, la dulce sonrisa que vagaba por sus labios, la adorable expresión de su augusta fisonomía, que parecía apostólica, hubiesen comprendido el sentimiento que me embargaba al oirle y que me obligaba á arrojarme en sus brazos como en los de una tierna madre. «Tú no tendrás un amo, me dijo mi tío; en el conde Octavio tendrás un amigo, pero un amigo desconfiado, ó por hablar con más propiedad, un amigo prudente. La amistad de ese hombre de Estado y su confianza, tienen que alcanzarse con el tiempo, pues á pesar de su perspicacia profunda y su costumbre de juzgar a los hombres, ha sido engañado por tu antecesor, siendo el conde víctima de un abuso de confianza. Te he dicho bastante acerca de la conducta que debes seguir en su casa. Ahora, vamos allá.» Mientras mi tío se entregaba con el conde á gratas conversaciones, yo lanzaba una de esas miradas que quieren abarcarlo todo de una vez: contemplaba el patio muy bien empedrado y cubierto de hierba por algunos lados, los negros muros que ofrecían pequeños jardines dentro de las decoraciones de una bella arquitectura, y techumbres elevadas como las de las Tullerías. Las balaustradas de las galerías superiores estaban carcomidas. Tras un magnífico arco, vi un segundo patio lateral, y dentro una limpia cuadra, donde se hallaba un viejo criado limpiando un coche. La soberbia, fachada del patio me pareció triste como la de un palacio perteneciente al Estado, ó á la Corona, y entregado para algún servicio público. Un fuerte campanillazo resonó en la habitación del portero, al entrar mi tío y yo, y sobre la puerta de la portería se leían aún estas palabras: Hablad al portero. Al momento apareció un criado cuya librea recordaba á los Labranche del teatro francés, en el repertorio antiguo. Una visita era muy rara allí, por eso el criado, no esperándola, se había vestido precipitadamente su librea, que no había terminado de ponerse bien. Al abrir una puerta vidriera, de muchos vidrios distintos, observé que el humo de dos reverberos había dibujado estrellitas en las altas paredes. Un peristilo de una magnificencia digna de Versalles, dejaba ver una de esas escaleras como ya no se construirán en Francia y que ocupan el lugar de una escalera moderna. Al subir los peldaños de piedra, fríos como sepulcros, y por los cuales cabían ocho personas colocadas de frente, nuestros pasos resonaban como bajo bóvedas sonoras. Podíamos considerarnos en una catedral. La baranda y pasamano de la escalera distraían la mirada por los insípidos adornos de la caprichosa fantasía de un pintor de la época de Enrique III. Atravesamos antecámaras é inmensos salones amueblados con esas antigüedades preciosas que hubieran hecho la felicidad de un anticuario. Por fin, llegamos á un gran gabinete situado en un pabellón en forma de escuadra, cuyas ventanas tenían vistas á un hermoso jardín. Un criado anunció á mi tío y á mí. El conde Octavio, vestido con traje gris, se levantó del sillón que tenía colocado delante de su pupitre, se acercó á la chimenea, me indicó que me sentase y se dirigió á mi tío, estrechándole las manos con efusión.
»— Aunque estoy en la parroquia de San Pablo, le dijo á mi tío, he oído hablar del dignísimo prelado de Blancs-Manteaux, y tengo un vivo placer en conocerle personalmente.
»—Vuestra Excelencia es muy amable para mí; añadió mi tío. Os traigo mi único pariente. Al traerlo, os entrego un adicto sumiso y le doy en vos un nuevo padre á mi sobrino.
»—Es cierto; pero podré contestarle mejor, señor abad, cuando nos hayamos experimentado mutuamente su sobrino y yo.
»— ¿Cómo se llama usted?— me preguntó.
»— Mauricio.
»—Es doctor en Derecho, añadió mi tío.

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