Solamente un eco

pdf barclay_alan_-_solamente_un_eco 235.10 Kb

 

DON LINGARD se alisó cuanto pudo la guerrera del uniforme y golpeó en la puerta
del despacho del comandante en jefe. Esperaba que su llamada habría tenido las
proporciones correctas de decisión y deferencia que se pueden pedir al simple tactac
en el panel de una puerta.


La llamada fue seguida al otro lado de la puerta por un fuerte e indefinible ruido de
origen humano. Don entendió que esto quería decir «¡Adelante!» y entró. La
habitación era larga y estrecha y el comandante en jefe estaba sentado delante de
su mesa, al fondo del cuarto, inclinado sobre unos papeles. Don se adelantó con
firmeza, cosa nada fácil dado el mínimo de gravedad existente en el Asteroide
Cepha III. Se detuvo exactamente en el centro de la mesa, enfrente del comandante,
a un metro de él, y saludó. Transcurrido aproximadamente medio
minuto, el comandante levantó la cabeza. Tenía la cara bastante macilenta y los
ojos de un azul desteñido. Miró a Lingard, observando su correcta rigidez, su impecable
uniforme negro y su único galón.

Lee las primeras páginas online>>

 

 Lingard, por su parte, notó con disgusto que su superior llevaba desabrochado el
cuello del uniforme.
-¡Gran Júpiter! – exclamó el comandante en jefe finalmente -. ¿Quién demonios es
usted?
– Subteniente Lingard, señor – replicó -. Destacado en la Base Avanzada Cepha
III…> presentándose a usted> señor.


-¿Subteniente, eh? – preguntó el comandante en tono casi admirativo -. ¡Pobre
chico! – continuó inesperadamente -. Aparque en esa silla y cuéntemelo todo. Vaya
derecho al grano, que ahora no está en un escuadrón de entrenamiento.
Plantó sus largas piernas sobre la mesa y se retrepó hacia atrás en la silla.
-¿Qué edad tiene? ¿Veinte? ¿Cuál es su puntuación de entrenamiento?
– Tengo casi veintiuno, señor. Aprobé con el número dos de mi clase el
entrenamiento básico Categoría A en pilotaje y navegación. Seis meses adelantado
en entrenamiento de combate en la Estación de Entrenamiento de la Luna.
Clasificación A en artillería.


– Bien, bien…; y muriéndose de ganas de tener un choque con el enemigo, estoy
seguro.
– Sí señor, naturalmente.
-¿Por qué? – le espetó el comandante en jefe con violencia inesperada.

– No hay más que una posible razón, señor – respondió Lingard titubeando . Para
cumplir con mi deber v avudar a derrotar al invasor – estaba bastante azarado al
decir todo esto.


– Muy propio muchacho, muy propio – aprobó el viejo . Y por supuesto para adquirir
fama, sin duda. Bien, tendrá su oportunidad, aunque yo creo que la atmósfera de
gloria y de muerte predomina más en las unidades de retaguardia que aquí fuera;
pero tengo que decidir lo que voy a hacer con usted… ¿Dijo clasificación A en artillería?
Mientras hablaba apretó un botón y el teléfono de su mesa lanzó una respuesta.
– Hawkins ¿está el capitán Stinson franco de servicio?
– Sí, señor.
– Bien; búscale. Dile que tenga la amabilidad de venir en seguida a verme.
Transcurrieron unos segundos de silencio.
– No me entusiasmo demasiado con la muerte y la gloria – continuó el comandante -.
Tenemos una guerra espacial entre manos desde que sorprendimos al enemigo
merodeando alrededor de los límites exteriores de nuestro sistema y nadie puede
decir que se vea una solución, por el momento. Por tanto, yo pienso que es
necesario para ustedes, los jóvenes, hacer parte de su servicio aquí. Creo justo el
dar una oportunidad a todos los muchachos para que pasen aquí una temporada y
que puedan volver pronto a sus casas en la madre Tierra. Tengo la satisfacción de
decir que la proporción de bajas en mi estación es verdaderamente escasa.
– Pero seguramente, señor, es de vital importancia continuar la lucha resueltamente
– aventuró Lingard.


– Resueltamente – repitió el comandante en jefe más bien para sí mismo-. Sí, eso
está bien, aunque implica la posibilidad de alcanzar una solución. De todos modos,
hablaremos sobre ello más adelante. Por el momento, le voy a nombrar segundo
con el capitán Stinson en su nave.


– Pero señor – protestó Lingard -. Yo estoy clasificado como piloto de guerra de
clase A. No soy un segundo.
– Ya lo sé; pero, sin embargo, hará su primera docena de guardias como segundo
del capitán Stinson.
– Muy bien, señor. A sus órdenes.
– El servicio que haga al lado de Stinson doblará aproximadamente sus
posibilidades de sobrevivir – añadió sonriendo el comandante -. Stinson no
impresiona al mirarle, pero es un buen hombre. Cauto y calculador. Ahora vendrá.
Lingard esperó pacientemente. Se encontraba un poco desorientado por la actitud
del comandante en jefe por la confianza con que le trataba y por su manera de
hablar tan poco marcial.

La aparición de Stinson fue otra sorpresa para Lingard. La primera impresión fue
que era muy viejo. A un muchacho de la edad de Lingard, cualquiera que pasase de
los treinta años le parecía casi senil. Stinson era bajo y algo contrahecho. No
solamente su uniforme estaba considerablemente arrugado> sino que el hombre
que había dentro parecía encontrarse bajo una fuerte depresión moral.


-¡Ah, Stinson! – exclamó el comandante en jefe, mientras el recién llegado le hacía
un saludo negligente. Le presento al subteniente Lingard aquí presente. Está
clasificado como piloto, pero le he nombrado su segundo para que adquiera experiencia.
-¿Otro más ?- dijo Stinson mirando agriamente a Lingard. Preferiría un artillero
experimentado.


– Tenga en cuenta que Lingard lo es de primera clase – respondió el comandante
amigablemente – Tiene una excelente clasificación en artillería.
– Sí, disparando sobre patos sentados – rezongó Stínson. Me falta poco para cumplir
mi tiempo, señor. ¿Por qué quitarme oportunidades encomendándome el
entrenamiento de novatos?


– Es una orden – repuso el comandante, todavía amigablemente.
– Muy bien, señor – contestó Stinson poniéndose firme. ¿Puedo someter
formalmente mi petición para ser trasladado a otra unidad, señor?
– Lo tiene que hacer por escrito y razonándolo – señaló el comandante -> y no se le
concederá. Ahora Ilévese a Lingard a la residencia de oficiales para que se vaya
familiarizando.


– Muy bien, señor – dijo Stinson, saludando. ¿Viene, teniente Lingard?
El hall de la residencia de oficiales era un cuarto muy alegre, circular, y se
encontraba situado a unos metros debajo de la superficie del asteroide. Había gran
cantidad de enormes butacas, de muchas de las cuales surgían las piernas de los
ocupantes> aparentemente inconscientes> y un bar. En las paredes había colgadas
láminas de las que usualmente se ven en las residencias de oficiales jóvenes y
algunos grabados en colores bastante buenos.


Estos grabados eran evidentemente obra de un verdadero artista y todos trataban
del mismo asunto. Uno de ellos llevaba el título «¿Es este cl enemigo?»
Representaba a una criatura parecida a un pulpo, con grandes ojos amenazadores>
saltones, como de loco. En otro decía: «¿O quizá este?», y representaba un tipo
como un cocodrilo montado sobre un scootcr> delgado como un lápiz y con una
larga y estrecha cola color humo azulado. Ese cocodrilo estaba disparando un
desintegrador. El tercer dibujo mostraba un animal marino, rechoncho> pero de
expresión inteligente, flotando en un barco rodeado de un líquido bulboso.
– Entonces, ¿es verdad que nadie los ha visto nunca? – preguntó Lingard-. ¿O es
que, al menos, nadie ha vivido lo suficiente para explicar cómo son?

– Vamos a tomar una copa – le invitó Stinson, que no parecía tener muchos deseos
de entrar en discusiones sobre este asunto.


Al día siguiente la unidad operó durante veinte horas seguidas. Lingard llegó a la
sala de tripulación con media hora de anticipación> cruzó el rastrillo exterior y entró
en la nave, que se encontraba en el túnel.


A pesar de ser muy temprano, Stinson ya estaba allí. El hombrecillo se dedicaba a
revisar el armamento y, al verle, le saludó con un gruñido.
Lingard ocupó el puesto del artillero y empezó a trabajar en las piezas. Estuvo
comprobando cómo los largos y pulidos cañones se deslizaban suavemente en sus
montajes y les hizo girar a derecha e izquierda> manejando los controles. Los
mecanismos de carga movían sus brazos de acero con un chasquido cuando
Lingard probaba su funcionamiento. Finalmente quitó la cubierta y vió con disgusto
que se trataba del viejo tipo Mark 1 en lugar del moderno Mark III, con control
automático, como él esperaba hallar.


Lingard hizo notar esto a Stinson, mientras se ayudaban mutuamente a colocarse
los uniformes de vuelo.


– Ese modelo tiene por lo menos media tonelada de lastre inútil y nos acorta
considerablemente la aceleración – apuntó Lingard.
– Tenemos autorización del comandante en jefe para desecharlo – contestó
Stinson. Mejor será que se ajuste el cinturón de vuelo.
Ocupó el puesto del piloto. Puso en marcha los motores y empezó a llamar a la
torre de control pidiendo vía libre.


Lingard no apartaba la vista del cronómetro Cuando el segundero llegó al punto
indicado, Stínson, sin hacer ninguna ceremonia, apretó el botón para ponerlo en
marcha.
Permanecieron un instante bajo el sonido atronador de los motores y, de repente,
una mano gigantesca pareció asir a la aeronave y la lanzó con una fuerza increíble
a lo largo del túnel, hacia el silencio y la negrura del espacio. Un momento después
Stinson cortó los gases para dejar los motores en un susurro, niveló, con el plano
de la eclíptica por horizonte, y puso rumbo a los límites exteriores del contorno del
asteroide.


– Bueno, Lingard – le dijo Stínson con mucha menos acritud de lo usual en él -, este
es el momento para el que ha vivido v se ha entrenado todos estos años. ¿Cómo lo
encuentra?
– Me tengo mucho sentido de la realidad – admitió el otro francamente -, sino
cuando mi cabeza se lo recuerda al estómago, y entonces siento como si un
enjambre de mariposas diese vueltas a mi alrededor.
– Lo mismo me pasa a mí – añadió Stinson, solo que yo las tengo todo el tiempo.
¿Desea usted preguntar algo?

– Lo menos un millón de cosas – replicó Lingard con vehemencia -. Para empezar,
¿cuál es nuestra área de acción?
– Está ahí, en el mapa – le respondió -. En el esquema de los trabajos de patrulla no
tiene importancia mil millas más o menos. El enemigo trata de engañarnos llamando
nuestra atención sin dar la cara desde el sector de Aries; por tanto, trace primero
una raya desde el Sol hacia Aries después tome un punto en esa línea que esté justamente
por fuera de los asteroides v trace un círculo cuyo centro sea un punto en
ángulo recto con la línea. Dándole a ese círculo un grosor de dos millones de millas
tendrá nuestro volumen del área de patrulla.

Scroll al inicio